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domingo, 8 de julio de 2012

El elefante y la tortuga


Era una clara mañana. La selva estaba animada por la presencia de muchos animales que habían acudido curiosos a presenciar una apuesta muy rara: el elefante y la tortuga se habían desafiado a una carrera. La tortuga decía que corría más que el elefante; y éste con una risa más grande que su boca, pues la alargaba en la trompa, se reía de la atrevida tortuga.
Muy pocos fueron los animales que apostaron por la tortuga; únicamente los que conocían su astucia y picardía.
En presencia de la concurrida asamblea de animales, se fijaron la fecha, la hora, el itinerario del recorrido, así como las fiestas en honor del vencedor. Al cabo de dos días, a las ocho de la mañana y desde Bata a Punta Mbonda, el elefante y la tortuga disputarían la carrera más dispar que se había dado entre los habitantes del bosque guineano. El triunfo del vencedor sería celebrado con bailes, comidas y bebidas del país, cuyo costo correría a cargo del perdedor.
Mientras el elefante se las prometía muy felices, confiado en sus robustas y largas patas, la tortuga aprovechó los dos días que mediaban entre la apuesta y su ejecución, para meditar y poner por obra la más hábil estratagema que se puede imaginar.
Convocó a todas las tortugas de la región; les dio cuenta de la apuesta, y les dijo más o menos:
-No se os oculta ni se me oculta que ni yo ni ninguna de vosotras por separado, podemos ganar la competición; pero todas juntas, en equipo, si podremos triunfar.
Para ello, las que tienen el mismo tamaño que yo se colocarán a ambos lados de todos los ríos que hay de Bata a Punta Mbonda, por donde tiene que cruzar el elefante.
Tanto al llegar como al pasar el río, el elefante os preguntará:
-¿Cómo te va, amiga tortuga? ¿Estás cansada?
Le responderéis:
-Me va muy bien. Sigamos. Sigamos.
Lo importante es que cada una esté en su puesto, bien escondida y únicamente os dejaréis ver cuando el elefante os haga la pregunta, y le contestéis a la misma. El elefante como es tontito, creerá que soy yo la que habla con él. Las tortugas aprendieron la lección y se encaminaron a sus respectivos puestos.
El amanecer del jueves, que era el día de la carrera, estaba sonoro con los gritos, aullidos, cantos, gorjeos y aplausos del numeroso público selvático que había acudido al punto de partida de los corredores. Los que apostaron por el elefante miraban compasivos a los de la tortuga. El elefante con su larga trompa olfateaba los mil olores de la selva y llenaba sus amplios pulmones con el fresco aire de la mañana.
La tortuga, en su diminutez, tampoco daba señales de abatimiento, tanto confiaba en el éxito de sus mañas.
Dio la señal de salída el león con uno de sus rugidos peculiares. A los pocos instantes, el elefante se perdió de vista entre el bicoro y la tortuga, entre las espesas hierbas.
Al llegar al Utonde, una tortuga salió al paso del elefante al que respondió y animó en su carrera, tal como había sido aleccionada. La escena tortuguil y elefantina se repitió del otro lado del Utonde y en cuantos ríos hay que cruzar entre Bata y Punta Mbonda. Los astutos planes de la tortuga iban respondiendo puntualmente a las previsiones de su autora.
A dos o tres metros de la meta, entre unas plantas de contrití, estaba escondida la última tortuga que, cuando oyó el estruendo del bicoro abatido por el pesado y veloz elefante, salió corriendo y llegó a la meta segundos antes que el elefante.
Los estupefactos espectadores que esperaban el fin de la apuesta, ignorantes de las artimañas de la tortuga, la aplaudieron como vencedora y compeona. El incauto elefante, sudoroso y avergonzado por la derrota, cayó desmayado y tardó tres horas en volver en sí.
La tarde del domingo el elefante, tal como estaba'estipulado, pagó un abundante y opíparo banquete a todos los participantes en la apuesta; y los partidarios de la tortuga acrecentaron sus haberes.
Una vez más se cumple el adagio «vale más maña que fuerza» y que la «unión hace la fuerza».

111. anonimo (guinea ecuatorial)

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