Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 5 de agosto de 2012

Xoroy, el moro

Al atardecer, el acantilado que se interna en el mar, a la izquierda de cala'n Porter, se tiñe de un hermoso color na­ranja. La pared rocosa, cortada a plomo, tiene abiertas en el centro, casi, de su perpendicular, las ventanas de una impre­sionante cueva natural, bautizada con el apodo de un hom­bre. Es la cova d'En Xoroy, escenario de un episodio -dicen que legendario- enmarcado en una época en la que el impo­sible amor vivido por los protagonistas, no podía tener otro desenlace que la muerte.
Ocurrió en aquel tiempo en el que, todavía, la palabra moro -moru- alteraba el ánimo de los isleños, recordando amargas experiencias, todavía recientes.
La comarca, las casas del entorno, eran frecuentemente asalta-das. Alimentos, ganado, algún mueble incluso, consti­tuían el botín, siempre pobre, de aquel ladrón que nadie ha­bía visto jamás.
Eran tiempos difíciles y los robos no sorprendían ni mo­vilizaban importantes batidas, siempre que lo sustraído no excediera del convencional límite marcado por el hambre de una persona.
Sin embargo, el día en que una doncella de Biniedris no volvió a las casas, al caer la tarde, cundió la preocupación en la comarca. A la preocupación siguió la alarma y a la alarma el dolor y el llanto. La muchacha no regresó y su desapari­ción quedó envuelta por un halo de misterio mientras una sospecha que nadie. se atrevía a confesar, quedó flotando en el aire.
El tiempo, el paso de los años, no logró borrar el recuer­do de la doncella de Biniedris. Al contrario, los robos se su­cedían con mayor frecuencia y lo robado preocupaba ya se­riamente a los payeses.
Fue un invierno especialmente crudo el que brindó una solución inesperada. La nieve cubría los campos y sobre ella, las delatoras huellas de unas pisadas, conducían al borde del acantilado.
Debió ser una proeza para los perseguidores armados, lle­gar hasta la cueva abierta en la pared. Desde su interior al­guien se defendía ferozmente, con la rabia de un desespera­do, en un intento de impedir que nadie traspusiera el um­bral de aquel reducto.
Desbordado al fin, los hombres penetraron por la bocana. Allí estaban los enseres robados, la desaparecida doncella de Biniedris y el triple fruto de su amor con el hombre que, en aquel instante, cogiendo de la mano al mayor de sus hijos, se arrojaba al vacío, al mar que se estrellaba, deshaciéndose en espuma, al pie del acan-tilado.
Alguien alcanzó a ver que el hombre era xoroy, es decir, que le faltaba una oreja. Que, además, era moro, nadie lo puso en duda, aunque no se volviera a saber nunca nada más de él.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear)

Vengarse despues de morir

Tuvo que ser la iglesia de San Francisco el escenario de esta historia, macabra en su fondo y romántica en su exposición, que sólo con imaginación es posible situar en una cronología más o menos precisa.
San Francisco albergaba bajo sus bóvedas un legado de tra­gedia de la que dan aún hoy testimonio imborrable unias cruces rojas en los entasis de sus columnas. No son símbolos de li­turgia ni emblemas religiosos o nobiliarios, sino el documento indeleble de una nueva consagración del templo, después de haber sido profanado. Allí, en su interior, el día de Difuntos del año, 1490, se cruzaron sacrílega-mente los aceros de Armadans y Espanyols, dos familias de antiguo enemistadas a las que una insignificancia llevó a reavivar sus odios en plena sangre verti­da y los gemidos de los moribundos, convirtie-ron los Oficios de Difuntos en una masacre que sólo frenó, en un desesperado in­tento, la idea de un fraile franciscano de exponer públicamente el Santo Sacramento ante los enfurecidos rivales. La iglesia que­dó en entredicho y cerrada al culto hasta su posterior rehabili­tación.
¿Sería tal vez entonces y quien sabe si como consecuencia de estas nefastas rivalidades, cuando podríamos situar el origen de esta leyenda?
La honra y el buen nombre de Leonor Desmur, habían que­dado en entredicho a causa de la difamación esparcida por un joven de notable alcurnia que, no pudiendo sostener con pruebas fehacientes la veracidad de su infamia o acobardado por la im­placable venganza anunciada por los varones allegados a la mu­chacha, optó por acudir a las interminables guerras que se su­cedían en el continente, poniendo a prueba su arrojo y valentía en defensa de la corona y obteniendo por ello especiales favores y distinciones.
Los años de gloria del joven fueron de pena y de tristeza para la doncella que, marcada por la maledicencia, se recluyó voluntaria-mente entre las cuatro paredes del caserón familiar, lan­guideciendo día a día, hasta que la muerte puso piadosamente fin a su atormen-tada existencia.
Un atardecer, las campanas de la iglesia de San Francisco esparcían sobre la ciudad su fúnebre tañido de difuntos, mien­tras la galera en la que regresaba el joven, huido años atrás, amarraba cerca de la Lonja. Impresionado al conocer la muerte de Leonor, trasladóse a la iglesia donde, sobre un túmulo rodeado de flores blancas y alumbrado por la espectral claridad de los cirios, reposaba el cadáver de la muchacha que Al difamara, ex­trañamente hermosa en su palidez, aunque un ligero rictus de amargura se dibujaba en sus finos labios.
Embargado por el dolor, comprendiendo entonces el mal que su inconsciente conducta había causado, el antiguo difamador rom­pe en amargos sollozos y cae de rodillas, aferrado al severo ataúd, pidiendo a gritos perdón, un tardío y ya imposible perdón, para su culpa. Desde la penumbra de una capilla, un franciscano le lla­ma y obliga a confesar su antiguo pecado, imponiéndole como penitencia expiatoria el velar, absolutamente sólo, durante toda la noche, el cadáver de la muchaca.
Las puertas del templo han sido cerradas ya y los frailes, terminados sus rezos, se han abandonado al descanso en un apar­tado lugar del convento. Mientras, en el interior del templo, el que ayer se distinguiera por su valor en el campo de batalla, tiembla atemorizado bajo la luz de los cirios, ante la fúnebre vi­sión de la mujer que difamara y de cuya muerte se siente ahora, cada vez más responsable.
El dulce olor de la cera, la espectral danza de sombras rep­tando por las paredes, la soledad y el silencio, rompen al fin la voluntad del hombre que ladea la cabeza, vencido por el cansan­cio y el sueño. Pero es sólo un momento; un imperceptible roce de sedas, un suave soplo helado le vuelven a la realidad y ante él, erguida, hierática, fría, pálida, Leonor le tiende sus manos mien­tras una horrible mueca distorsiona su rostro. Horrorizado, el hom­bre salta del banco y huye buscando la salida del templo. Grita, pide favor, pero los muros devuelven, multiplicadas por cien, sus desesperadas voces. Una y otra vez sus puños se estrellan contra el portón de la iglesia que cuatro cerrojos mantienen fa­talmente cerrado, La carrera jadeante del caballero, perseguido de cerca por el ingrávido espectro, termina junto al túmulo fu­nerario donde cae, fulminado por el horror, a los pies de la don­cella.
Con las primeras luces del alba, el hermano lego acude a abrir el templo para la misa primera y es cuando descubre el en­sangrentado cadáver del joven. Junto a él, retorcida y desgarra­da, aparece su lengua sobre las losas de piedra. En el ataúd, con el semblante distendido por una serena e imperceptible sonrisa, reposa el cuerpo de la doncella. Unas leves y todavía frescas manchas de sangre, contrastan en la blancura de su mortaja...

Fuentes:
A. Campaner: Cronicón Mayoricense.
P. Morey Servera: Guía de Baleares.
P. Piferrer y J. Mª Quadrado: Islas Baleares.
M. Costa i Llobera: Tradicions i fantasíes

092. anonimo (balear-mallorca-palma)

Tesoros ocultos

También los moros de Menorca, al verse obligados a abandonar la isla, tomaron buen cuidado de dejar ocultos los tesoros que no pudieron llevar con ellos. En algún caso, hubiera sido suficiente para hallarlos el simple hecho de conocer su escondrijo. En otros, más complicados, se hacía necesario, además, resolver las conjuras de extraños encan­tamientos que garantizaban la invulnerabilidad de las escon­didas riquezas.
Estos tesoros -al menos eso cuentan en la isla- no se han dado aún por perdidos. Siempre habrá algún animoso buscador, dispuesto a dar con ellos, basándose en alguna conjetura, en una leyenda medio olvidada o, en alguna cir­cunstancia, más o menos sorprendente. Así, por ejemplo, cuentan que, hace años, un argelino que visitaba Menorca, preguntó a las gentes de Sant Cristófol si habían oído hablar del tesoro de Albranca. ¡La leyenda había pervivido! A través de los siglos, de una generación a otra y muy lejos de la isla, se había mantenido viva la historia que los lu­gareños conocían muy bien y que contaron así al curioso visitante:
Muchos años después de conquistada Menorca por las tropas de Alfonso III, en 1287, vivía cautivo en Argel un me­norquín de las tierras de Albranca. Las relaciones del escla­vo con su amo debían ser cordiales ya que, frecuente-mente, entablaban largas conversaciones donde el único tema era la isla que el moro -de lejana ascendencia menorquina- de­mostraba conocer bastante bien, a través de relatos oídos a sus mayores.
Un día, seguro ya el árabe de la absoluta lealtad de su es­clavo, le hizo una confidencia. Le habló de un viejísimo tala­yot y de unas cuevas de laberínticas galerías que el isleño conocía, por haber resguardado en ellas, frecuente-mente, a su rebaño. En su fondo, en el rincón más oscuro, debería per­manecer oculto un anciano moro, guardián de un fabuloso tesoro que sólo entregaría mediante una determinada con­traseña: tres toques prolongados. dados con una caracola, y, al hacerse visible el enigmático guardián, presentarle una vara de madera, grabada con extraños jeroglíficos árabes.
El argelino concedió la libertad a su esclavo y, entregán­dole la caracola y la vara, envióle a Menorca en busca de aquel tesoro, del que debería mandarle una parte, en pago de su rescate.
Llegado el menorquín a la cueva, sopló por tres veces la caracola y esperó. Un sonido extraño, parecido al de una voz humana, le llegó de algún escondido lugar de aquellas gale­rías. Probó nuevamente y otra vez aquel rumor enigmático, algo más débil, se dejó oír en la oscuridad de la caverna. De nuevo hizo sonar el corn y esta vez sólo un suspiro, como un debilísimo estertor, contestó a su llamada.
A la luz de una antorcha, preso de una creciente agita­ción, el hombre se puso a buscar, febrilmente, el origen de aquellos sonidos. Recorrió el laberinto de pasillos, miró el interior de grietas y agujeros hasta que, al fin, en un nicho húmedo, recostado sobre un jergón de paja, algo que recor­daba la figura de un anciano moro, le miraba desde la pro­fundidad de sus ojos desorbitados.
El antiguo esclavo se inclinó sobre aquel despojo huma­no que parecía tener todos los años del mundo, y le mostró la vara de los grabados cabalísticos, instándole a levantarse y conducirle al lugar del tesoro.
Demasiado tarde. El árabe musitó una ininteligible pala­bra y se quedó yerto sobre su yacija, bailándole en las pupi­las el resplandor de la antorcha...
Desde entonces, cuentan, el tresor d'Albranca se convirtió en la quimérica meta de muchos buscadores, absolutamente convencidos de su existencia.

* * *
Muy cerca de cala'n Turqueta, una de las playas de Me­norca ante la que palidecen los calificativos cuando se trata de describir su hermosura, se levantaban, tiempo atrás, cabe una antigua atalaya, las casas de Torre-Llefuda.
Sus moradores tenían fama de acaudalados y, cuando al­guien inquiría sobre los orígenes de su fortuna, no tenían in­conveniente en aclararlo. Su riqueza no provenía de las ás­peras tierras de la marina circundante, sembradas de pinos, lentiscos y matas de olorosa manzanilla, sino que arrancaba de aquella lejana noche, perdida ya en la oscuridad del tiem­po, cuando todos en el predio dormían profundamente.
Unos golpes en el portón de madera claveteada interrum­pieron el descanso de los payeses que, al descorrer el cerro­jo, se encontraron ante una chusma de moros, invadiendo el amplio zaguán de la casa. La silueta de una nave con el trapo replegado, recortándose a la luz de la luna sobre las tranqui­las aguas de cala'n Turqueta, desgarró el alma de aquellas buenas gentes que se aprestaron, sin resistencia, a empren­der el temido viaje hacia los mercados de esclavos, en las cos­tas africanas.
Sin embargo, no parecían éstas las intenciones de los pi­ratas. Una voz familiar, tal vez la de algún renegado integra­do en aquella cuadrilla, les ordenó sacar del corral las bes­tias de carga y proveerse de capazos y herramientas. Segui­damente les vendaron los ojos y, cogidos de la mano, les obligaron a seguirles, tierra adentro, en una larga y silen­ciosa caminata.
La extraña procesión se detuvo en el seco cauce de un torrente donde a una orden del cabecilla, pusiéronse todos a cavar la base de una gran roca. Al poco rato se abrió ante ellos una cueva ofreciendo a sus ojos una visión alucinante. Un inmenso tesoro, una verdadera montaña de oro, joyas y pedrería, pasó del interior de la gruta a las albardas de las bestias y, vendados nuevamente los ojos a los de Torre-Lle­fuda, la comitiva emprendió el regreso hacia la playa.
Pronto estuvieron a bordo los moros y su valioso botín. Levada el ancla, cuando el suave viento terral empujaba al velero hacia el mar abierto y a salvo ya de una reacción vio­lenta de los menorquines, el renegado que conocía su idioma les despidió desde la popa:
-«¡Gracias por vuestra ayuda! Este tesoro era nuestro desde hacía muchos años; sin embargo, hemos dejado una parte para vosotros en la cueva. La encontraréis caminando dos leguas en línea recta y luego...»
Justo es dejar constancia de esta historia en la que el moro, al menos por una vez, no entró a saco en la isla sino que volvió a recuperar lo suyo que repartió, además, genero­samente, con sus forzados colaboradores dándoles fama de ricos durante muchos años.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-menorca)

Talayots, gigantes y cavernas

El menorquín sencillo, el buen hombre del campo o la marina, despacha rápidamente la edad de unas piedras vie­jas, de una caverna o de una construcción megalítica, de ma­nera terminante: aixó és des temps des morus, dirá, como queriendo dar a entender que no cabe en la historia de su isla, época más lejana que aquella, tan relativamente próxi­ma, de la dominación sarracena. Es evidente la impronta que los moros, es morus, dejaron en la balear menor -avezada, por otra parte, a sufrir cuantiosas y dispares dominacio­nes- patente en su tradición, en su folklore y en su leyen­da. Clapers de morus, capades de morus, son, en lenguaje doméstico, definiciones aplicadas a los talayots, abundantes en toda la isla, o a esas pequeñas cavidades -como resulta­do de cabezazos en la roca- que servían, en opinión de al­gunos, de hornacinas funerarias para cadáveres infantiles o para las urnas con los huesos o cenizas de algún antepasado.
Sin embargo, Menorca, ese paraíso del arqueólogo, ese importantísimo museo a cielo abierto, ve cómo su historia se prolonga mucho más allá de la dominación agarena, hasta épocas lejanas en las que, según las leyendas, la isla estuvo habitada por portentosos gigantes. Ellos nos legaron su obra ciclópea, el testimonio megalítico y gran-dioso de su existen­cia de la que, aún hoy, viejas consejas mantienen vivo su re­cuerdo.
Éstas son algunas de ellas.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-menorca)

Supersticiones, brujas y demonios

Al cura rural -cuenta don Isidoro Macabich- le extra­ñó que los familiares de aquel anciano fueran a solicitar el Viático. Él mismo había visto al viejo, por la mañana, y su estado de salud no parecía infundir alarmas. Viejo sí era, desde luego, pero aún aspiraba el humo de aquellos ciga­rros, malolientes y retorcidos, con la fruición de un mozo. Pero el buen sacerdote, tal vez por aquello de «estad vigi­lantes, poque cuando menos penséis, etc., etc.», tomó su maletín con los santos óleos y se dispuso a partir.
-¿Y bien? -preguntó- ¿qué le ha ocurrido al viejo?
-Nada. Pero como es aficionado al «Lunario», ha echa­do cuentas y le toca morirse esta noche, a las once. ¡ Y son las nueve!
El reverendo dudó un momento, pensando en mandar al cuerno a aquellos cándidos payeses, pero optó por ir. Sabía de las aficiones de los isleños por todo lo que oliera a pro­fético, sobrenatural o misterioso. Los «lunarios», los alma­naques religiosos, instructivos, cronológicos, históricos, pro­féticos, astronómicos y populares», con sus infalibles «reglas astronómicas para saber el signo de la hora en que uno nace» o conocer «el límite de la existencia bajo el influjo de los astros», eran, casi, tratados dogmáticos para aquellas buenas gentes. Por otra parte, el vejete era testarudo como una mula y si se había metido en la cabeza lo de morirse a las once, era muy capaz de hacerlo, de una u otra forma.
El «moribundo», metido en la cama, se esforzaba inútil­mente en poner cara de agonizante. Sólo una cosa le obse­sionaba: preguntar la hora, a cada momento, esperando con ansiedad el instante fatídico. El cura puso sus condiciones a la familia: desde aquel momento, el único reloj que man­daría allí iba a ser el suyo. Al poco tiempo, a una nueva pregunta del viejo, ordenó que le pasaran recado:
-¡Son las doce!
-¿Cómo las doce? -tronó. ¡Si yo tenía que morirme a las once!
Y, profundamente decepcionado, optó por saltar de la cama y fumarse uno de sus pestilentes cigarros.
Los que le conocieron cuentan que vivió, todavía, bas­tantes años más.

* * *

Tampoco tiene desperdicio la historia del consorte de aquella bruja, una más en la nómina de las legendarias ar­pías de Formentera.
El hombre no lo sabía a ciencia cierta -estaba demasia­do ocupado en sus trabajos del campo- pero algo le decía que su mujer andaba involucrada en extraños menesteres. Un día resolvió salir de dudas y, viendo que su parienta en­traba en la alcoba, decidió espiarla por la cerradura.
La mujer se puso en cueros, tomó de una alacena un mis­terioso ungüento y empezó a embadurnarse todo el cuerpo. Seguidamente, abrió la ventana, se montó sobre una esco­ba, dijo: ¡dalt fuia! y salió disparada, perdiéndose en la os­curidad.
Ya metido en el lío, el hombre quiso llegar hasta el fon­do del asunto. Entró en la habitación y se encueró, frotán­dose con la misteriosa pomada. Tomó una escoba y, monta­do en ella, se dispuso a pronunciar la mágica conjura. Fue­ran los nervios o que no había oído bien las palabras, lo cierto es que dijo: ¡baix fuia! y se vio arrastrado hacia la negra noche.
Ya era tarde para rectificar cuando comprendió su error. En lugar de volar sobre las hojas -dalt fuia- el hombre lo hacía por debajo de ellas y no había rama que no le hi­riera, zarza que no le arañara ni espino que no se le clava­se. Cuando, al fin, llegó a un calvero del bosque, más que un brujo, parecía un «ecce homo».
A pesar de estar en lo más granado de la fiesta, el aque­larre se disolvió nada más llegar aquel intruso. La bruja -al fin y al cabo se trataba de su marido- le acomodó so­bre el mango de su escoba y emprendió de nuevo el vuelo hacia su casa acompañada, durante todo el trayecto, de las maldiciones y reniegos del hombre que juraba molerla a palos, tan pronto se repusiera de su traumatizante expe­riencia.
El cuento añade que el maltrecho marido no llegó a cum­plir su promesa. Tan feroces debieron ser las amenazás, que la bruja, luego de dejarle en la cama, optó por subir de nuevo a su escoba y tomar el camino de la noche, en busca de horizontes más tranquilizadores, de los que no regresa­ría jamás.

* * *

Formentera no fue una excepción en las andanzas del espíritu del mal. También por aquí anduvo Satanás, en bus­ca de almas que llevar a sus calderas y en las tradiciones de la isla no faltan los relatos con abundante olor a azufre y visiones, más o menos espeluznantes, del señor del Infierno.

* * *

Después de hacerse rogar mucho, aquel gran pecador, en trance de emprender su último viaje, decidió confesarse. El cura entró en la habitación, se colocó la estola y se dis­puso a oír los pecados del moribundo. Este, sin embargo, callaba aún y, ante la insistencia del reverendo, manifestó que quería estar allí, sólo con él. «Pero si estamos solos ya», le dijo el sacerdote. «No es verdad -rezongó el enfermo-, mirad allí.» Y, en efecto, recortada su cornuda silueta al contraluz de la ventana, la imagen del perdedor de almas se esfor-zaba, aún, con su presencia, en retener aquella que se le escapaba. Una bendición del cura y una jaculatoria fueron suficientes para ahuyentarle. Sólo quedó, flotando en el aire, una nube amarillenta y densa, con el olor penetran­te del azufre quemado.
Otro relato, patrimonio de las Pitiusas ya que en ambas se localiza, servirá para cerrar el capítulo de sus leyendas.
También había sido un gran pecador el que acababa de morir, pero, a diferencia del otro, éste sin confesión, impe­nitente y contumaz.
Hacía tiempo que el desfile de amigos y vecinos había cesado y sólo quedaban en la cámara mortuoria de la casa unas pocas mujeres, desgranando rosarios, medio dormidas, ante el féretro alumbrado por dos parpadeantes hachones. Fuera, los hombres fumaban y ahuyentaban el sueño ha­blando de las cosechas, del tiempo, de cualquier cosa. De la muerte y del muerto, se lo habían dicho ya todo.
De pronto, un grito salió del interior de la casa. Las mujeres, como histéricas, aparecieron corriendo, desencaja­das, señalando a los hombres la habitación del muerto. Cuan­do éstos entraron, el espanto les dejó clavados en el um­bral. Dos gallos negros, de encrespado plumaje y formas gi­gantescas, batían siniestramente sus alas, a ambos lados del ataúd.
Los hombres corrieron en busca de sus escopetas, mascu­llando juramentos pero, al regresar, los dos hachones alum­braban sólo las paredes, encaladas y desnudas, y una caja de pino en el suelo que, vacía como estaba, resultaba aho­ra mucho más macabra.
Se juramentaron no decirlo a nadie. A la mañana siguien­te enterraron el ataúd, con un leño dentro, y abandonaron deprisa el cementerio.
Pero el suceso trascendió y ni siquiera el tiempo ha con­seguido borrar su recuerdo.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-formentera)

Son manná

La legendaria lluvia de pan celestial, caída sobre Menorca con motivo de la masiva conversión de la judería mahonesa, en el lejano siglo V, tiene curiosas connotaciones con otras leyendas, nacidas mucho tiempo después, en las que el maná -o sus sucedáneos- es, de una u otra forma, protagonista.
Es el caso de Son Manná, humilde alquería en el camino de Binicossig, cerca de Torrauba.
En una ocasión -cuentan- un peregrino llegó hasta el predio mendigando algo que llevarse a la boca. La familia era numerosa y los recursos más bien pocos; sólo un peque­ño pan tenían, por todo alimento, para la siguiente jornada y las posibilidades de obtener más eran dudosas. Sin embar­go, no fueron capaces de negarle al peregrino aquel mísero socorro y el buen hombre, sentándose a la mesa, despachó con apetito el pan, dejando tan sólo un mendrugo.
Al clarear el día se levantaron los payeses. El peregrino había partido ya y, sobre la tosca mesa de la cocina, el soli­tario mendrugo era observado con desaliento por la concu­rrencia. La madona vertió en las escudillas el miserable cal­do de una olla y fue desmigando en ellas el mendrugo. Cuan­do todas estuvieron llenas a rebosar, la mujer tenía todavía en sus manos el minúsculo pedazo de pan, sin poderse expli­car aquello que no podía ser otra cosa que un milagro.
La opinión de todos fue que el cielo les compensaba con el santo maná, por su desinteresado socorro al peregrino. El hecho se repitió, día a día, hasta la siguiente cosecha, que fue abundosa y rica.
Nunca más en Son Manná supieron lo que era el hambre y por las noches, al llenar de sopas sus tazones, los payeses tuvieron siempre un recuerdo agradecido para la persona del misterioso peregrino.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-menorca)

Severo y teodoro

El reverendo Paulo Orosio, enviado años antes por San Agustín a Jerusalén, a entrevistarse con San Jerónimo, re­gresa de Oriente trayendo consigo las reliquias del proto­mártir San Esteban. Llegado a Maó, depositó el relicario en una iglesia de las afueras, en una pequeña cala, fuera ya del puerto.
El hecho de la llegada de las reliquias se difundió pronto por la isla y no tardó en llegar a Jammona (la Ciutadella de entonces), sede del obispo Severo y muy celosa de su fama de ciudad cristiana por los cuatro costados. Jammona se va­nagloriaba -tan acendrada era su fe- de que su clima era para los hebreos tan perjudicial como para los escorpiones y culebras que, tradicional-mente, perdían al acercarse a ella el veneno que hacía peligrosa su mordedura.
No ocurría la mismo en Maó, mucho más liberal, por lo visto, en cuestiones de religión, donde convivían, en mejor o peor armonía, las comunidades judía y cristiana y donde la primera, regida por el rabino Teodoro, llevaba la voz cantan­te en asuntos espirituales.
Naturalmente, el acontecimiento que suponía la llegada a Menorca de las reliquias de San Esteban era lo suficiente­mente importante como para que Severo, obispo al fin y al cabo de toda la isla, mos-trase su interés por el hecho y deci­diera ponerse en marcha, con un nutrido grupo de feligreses. Pronto se organizó la numerosa pere-grinación y, pertrecha­dos de todo lo necesario, los romeros iniciaron la caminata de treinta mil pasos que les separaba de Maó.
La cosa, que se había iniciado bajo los auspicios de una manifes-tación piadosa, fue complicándose poco a poco. Eran tradicionales -ya entonces- las diferencias entre los vecinos de una y otra villa, que no se ceñían únicamente a cuestio­nes de fe. Temiendo, tal vez, alguna airada recepción, los recelosos peregrinos iban armándose sobre la marcha y la comitiva, a su paso por el centro de la isla, debía tener más aspecto de mesnada que de procesión.
Los de Maó, alertados, pensarían que se les echaba enci­ma una hueste de fanáticos, guiados por un obispo dispuesto a convertirles a garrotazos y se aprestaron a vender caras sus particulares teorías religiosas.
Un mutuo temor, una soterrada desconfianza, latía en el ambiente al hacer su entrada en Maó la romería cristiana. Los ánimos estaban tensos y fueron suficientes unas cuantas imprecaciones, seguidas de algunas pedradas, para romper el equilibrio. La pelea callejera degeneró pronto en tumulto y, al poco tiempo, la sinagoga ardía por los cuatro costados. Los recién llegados, envalentonados por aquel hecho, empe­zaron a propalar por todo Maó su grito de: «¡cree en Dios, Teodoro!», exhortando a la conversión al máximo capitoste del judaísmo local y los hebreos, dando por hecho ya lo que no era más que una incitación, depusieron masivamente su actitud y empezaron a clamar por el bautismo.
Lógicamente, Teodoro, ante tal hecatombe espiritual, si­guió el ejemplo de sus correligionarios y abrazó la nueva fe.
Continúa la relación diciendo que, los días siguientes, del 2 al 9 de febrero de aquel bienaventurado año 418, el cielo se mostró generoso en sobrenaturales prodigios. Mientras el alborozado Severo tomaba con sus feligreses el camino de Jammona, un sol rutilante iluminaba día y noche la iglesia de la cala de Sant Esteve, donde se habían depositado las reliquias del mártir.
Los nuevos conversos, imbuidos de un espíritu altamente prag-mático, acarreaban piedras para construir un templo cristiano sobre las todavía humeantes cenizas de su sinago­ga. Mientras tanto, una intermitente lluvia de maná, caía del cielo entre el general regocijo de los hijos de Maó...

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-menorca)

Santos, rosas y tumbas

Campanet, poble cristiano,
du dins sa sang per herència
sa fè amb sa vostra clemència:
gran mártir San Victoriano.

Así canta uno de los muchos gozos en honor del santo cuyo cuerpo incorrupto, regalado por Pío VI al cardenal mallorquín Antonio Despuig, se conserva y venera en la iglesia parroquial del pueblo. Para Campanet, el soldado romano martirizado y exal­tado a los altares, no es un santo más; es el Sant Nou cuya pre­sencia entre el pueblo, a partir de su primera instalación en el oratorio de Ullaró se hacía necesario aureolar inmediatmente de un legendario hallazgo, para completar así su carismática imagen a los ojos de la feligresía.
Habida cuenta de la filiación romana del santo y de la re­motísima presencia de los soldados imperiales en nuestra isla, no existían impedimentos aparentes para que la invención popular viera en Victoriano uno de aquellos legionarios y situara aquí su martirio, su muerte y su inhumación, bajo uno de los muchos clapers, montones de piedras que en Campanet son testimonio de las etapas prehistó-ricas de la cultura mallorquina.

Vós qui essent soldat romano,
un traidor vos va matiz.
Dins un claper vos posà
oh mártir San Victoriano!

Y en el indeterminado tiempo en el que los pastores mallor­quines empezaron a hallar, todas o casi todas cuantas imágenes marianas se veneran aquí, uno de ellos, el de Son Garreta -muy cerca de Ullaró- descubrío un rosal con tres hermosas rosas, emergiendo de un montón de piedras. El muchacho cortó las flo­res y, asombrado, vio como del tallo de la de en medio se escu­rrían unas gotas de sangre. A la noche siguiente, llegose de nue­vo el pastor hasta el claper. El rosal y sus tres flores habían bro­tado otra vez y nueva-mente, al cortarlas el niño, la del centro derramó en su mano una sangre caliente y espesa.
En su aturdimiento, el pastor creyó ver extraños destellos del cielo posándose sobre el claper mientras unas bellísimas melodías sonaban en la placidez de la noche. Una aroma suave, como el que salía del incensario de plata los días de oficio en la parro­quia, le fue acompa-ñando hasta el pueblo, donde contó a todos su extraña vivencia.
El día siguiente no quedó nadie en Campanet. Todos esta­ban congregados junto a las piedras, con la vista fija en las tres hermosas rosas del misterioso rosal que el muchacho cortó, mos­trando a todos lo sangre que rezumaba de una de ellas.
Entre todos deshicieron el montón y bajo él, como dormido, apareció el incorrupto cuerpo de San Victoriano.

* * *
El oratorio de San Miguel, uno de los más antiguos de Ma­llorca, marca el emplazamiento inicial del primitivo Campanet hasta que una riada obligó a los vecinos a buscar un lugar más seguro sobre una loma próxima. Allá quedó el oratorio, escasa­mente retocado a través de los siglos, con su eremítica pobreza y la elemental esbeltez de su gótico austero.
Adosado a la capilla, un pequeño cementerio de tumbas de tierra, sombreado por añosos árboles, es un delicioso remanso de paz, donde el tiempo se detuvo un día. En la no muy alta tapia, unas cerámicas que los años han respetado y hasta diríase que embelle-cido, perpetúan nombre y fechas repitiendo, una y otra vez, sonoros apellidos de ancestrales resonancias en la cabecera de las sepulturas.
Una de ellas, identificable por una lápida de mármol blanco, es la de Isabel. Tenía sólo veintiún años cuando murió trágica­mente al caer sobre ella -según testimonios no muy precisos­la balaustrada del coro de la parroquia. Campanet sintió la muer­te de la joven pero no tanto como Matías, su prometido, que le dedicó la lápida y cuidó de que no faltaran nunca, sobre su tum­ba, unas rosas rojas en recor-danza de una pasión prematuramente truncada.
La historia de Matías e Isabel, anónimos y lejanos amantes, no alcanzaría jamás la celebridad literaria y universal de otras. Sin embargo, no por menos espectacular deja de ser tan auténtica y sentida. El tiempo, los siglos que en esta ocasión no han empa­ñado su recuerdo, se han encargado de ir revistiéndolo, poco a poco, con las galas de la leyenda. Porque no es raro encontrar sobre la olvidada tumba de Isabel una rosa roja, recién cortada, que no falta jamás la víspera del día de Difuntos.
Nadie sabe qué mano la corta. Nadie conoce al que, con su anónimo homenaje, ayuda a la muchacha a soportar la larga es­pera, hasta el día en que retome el camino de su interrumpida historia...

Fuentes:
José Mascaró Pasarius: 30 excursiones en coche por Mallorca.
Goigs de San Victoriano.
Gabriel Maten Mayrata.

092. anonimo (balear-mallorca-campanet)





San vicente ferrer en mallorca


El «Cronicón Maioricense», de Alvaro Campaner, meticuloso rosa-rio de noticias mallorquinas, contiene una, fechada al 1 de Setiembre de 1413, que dice textualmente así: «Llegó a Mallorca San Vicente Ferrer, donde ejerció el ministerio de la predicación en casi todos los pueblos de la Isla con gran aplauso de los fieles, hasta el 22 de Febrero del año siguiente en que se embarcó, lla­mado por el Rey, para ir a Zaragoza».
Mallorca sintió pronto una especial predilección por este va­rón de Dios hasta el punto de ser declarado, por votación del General e Gran Consell, como patrón del Reino, el 6 de Agosto de 1675.
Justo es dejar constancia aquí del paso del santo que, como es natural, se ve involucrado en el contexto del las leyendas del país en las que el pueblo le asignó el papel de protagonista de algunas de ellas.

San Vicente compra vino


Por la ciudadana calle de la Gabella Vella de la Sal -hoy del Mar- en el barrio de la Lonja, andaba predicando un día San Vicente Ferrer. Enterado por alguien de la poca honestidad co­mercial de un tabernero, poco amante de las prédicas del santo, a las que no acudía, quiso éste darle una lección en su propia casa. Así fue como entró el dominico en la taberna a comprar algo de vino y, como no llevaba vasija ni recipiente donde verterlo, man­dó al tabernero que lo echara en el faldón de su hábito que previamente había recogido. Creyó el tabernero que el reverendo le gastaba una broma y, dis-puesto a seguirla echó sin más dilación el vino donde le mandaban.
Cuál no sería su asombro al comprobar como la mitad del vino que había vertido, se filtraba por la estameña del religioso y caía al suelo formando un pequeño charco de agua clara. La otra mitad, sin embargo, quedó retenida en la bolsa que forma­ra el fraile con su hábito.
-Que te sirva de lección -le dijo San Vicente- ante todos los que han podido ver tus trampas. Lo que ha caído al suelo, como ves, es el agua que añades a tu vino y que luego vendes como tal. Esto es robar, y robar es pecado.
Quedó corrido el tabernero ante su habitual parroquia y cuentan que, a partir de entonces, el vino que se despachaba en su casa era el mejor y más puro de toda la ciudad. Es de imagi­nar pues que su escarmiento y consiguiente contricción, supusie­ron para el pícaro vinatero un mayor florecimiento de su negocio

El olivo de San Vicente


A falta, de púlpito y para poder ser mejor visto y oído por toda la parroquia de vallderriosines que le seguían, San Vicente Ferrer se encaramó a uno de los milenarios olivos que pueblan los terrenos de Son Gual, Mientras ejercía su apostólica misión, una inoportuna lluvia vino a estorbar su prédica dispersando al atento público que, hasta entonces, seguía silente el mensaje de su sermón.
Conoció el santo que aquella lluvia era una provocación de Satanás e, invocando al cielo, impetró su ayuda contra aquella suerte de demoníaco boicot. No bien hubo acabado su rezo, cuan­do otra nube se colocó sobre la asamblea toda y, a modo de te­cho protector, resguardó de la lluvia a los que permanecían aten­tos, mientras que los demás llegaban empapados al pueblo. Aquel olivo fue desde entonces mirado con especial cariño por las gen­tes del lugar hasta que un día el señor de Son Gual ordenó talar­lo. Empresa inútil; las hachas de los leñadores se torcían y llena­ban de muescas sin conseguir hender en el árbol.
Informado el amo de tan insólito suceso, se trasladó al lugar y, admirado, prometió levantar allí mismo una capilla dedicada al santo dominico. Seguidamente, unos pocos golpes de hacha bastaron para talar el conflictivo árbol. Se iniciaron pronto las obras del prometido oratorio que no llegó a concluirse, quedando arruinada poco después la familia propietaria de la finca. Lógica­mente, este revés de fortuna fue atribuído por el pueblo a la ira del santo que tomaba así sus represalias al no haber cumplido con él la promesa que se le hiciera.
Muchos años más tarde, un gran enamorado de Mallorca, el Archiduque Luis Salvador, fue quien mandó erigir en aquellos terrenos la capilla dedicada al santo valenciano y en la que una lápida -«Aquí predicó San Vicente Ferrer, en otoño de 1413»- perpetúa hasta nuestros días aquellos hechos.

San Vicente y el carbonero


Terminadas sus prédicas en la isla y reclamado por el rey, marchaba San Vicente a embarcarse en la nave que le aguardaba junto a la costa. Iba el hombre atravesando un bosque de encinas cuando divisó a lo lejos la redonda plazoleta de una sitja y arro­dillado sobre ella, a un renegrido mozalbete musitando una sal­modia de plegarias. Acercose el dominico y preguntó al carbone­ro el motivo de aquellos susurros.
-Estoy rezando -contestó el muchacho-, siempre lo hago por las mañanas y por las tardes, antes de comer mis sopas.
-Bien hijo, muy bien hecho. ¿Y cómo rezas tu? A ver, di­me tus oraciones.
-Siempre digo las mismas, las que aprendí de muy peque­ño: «Oh Jesús, mi buen Jesús: si nunca te hubiera amado y siempre te hubiera ofendido...».
-Pero, ¡como es posible! -tronó el fraile- eso no es re­zar, eso es ofender a Dios. Pero ¿es que no te das cuenta de lo que dices, infeliz?
-No, -balbuceó el carbonerillo- así me lo enseñaron y así lo repito.
-¡No, hombre, no! Debes decirlo al revés así: «Oh Jesús, mi buen Jesús, si siempre te hubiera amado y nunca te hubiera ofendido». ¿Te acordarás?
-Bueno, supongo que sí.
-Pues queda con Dios, hijo mío, y no te olvides nunca de rezar.
Y el santo varón siguió su camino hacia la costa, meneando paternalmente su tonsurada cabeza.
Ya había embarcado el fraile cuando el muchacho, sin sa­lir aún de su confusión, se dispuso a recitar las preces del modo y forma como acababan de enseñárselas. Puso buen cuidado en recordarlas, pero estaba tan aturdido que no sabía ya lo que tenía que decir ni como hacerlo. Echó a correr en pos del dominico con la intención de rogarle que le repitiera una vez más la lección. Corrió y corrió hasta llegar al mar y como viera a lo lejos la galera en la que había embarcado el predicador, siguió corrien­do sobre las olas hasta que le dio alcanse. A los gritos del mu­chacho apareció el apóstol en la cubierta y quedó sin palabras al reconocerle.
-¡Vengo a que me repitáis de nuevo como debo rezar, que ya no me acuerdo!
-Hijo mío -dijo San Vicente casi sin hablar- hazlo como quieras. Bien es cierto que nunca es tarde para que un pobre pe­cador como yo reciba lecciones de humildad.
Y bendijo emocionado al carbonerillo que, saludando con la mano, echó a correr de nuevo sobre el mar y no paró hasta llegar de nuevo a su sitja.

Fuentes:
A. Campaner: Cronicón Mayoricense.
Juan Muntaner Bujosa: Recopilación de costumbres, leyendas y otros te­mas folklóricos, referentes a Palma. (Inédito).
Juan Muntaner Bujosa: Tradiciones y leyendas de Valldemossa. (Separata de Revista núms. XLII - XLVIII. Palma 1948).
Jordi d'es Recó: Rondaies mallorquines.

092. anonimo (balear-mallorca)

Sant cabrit y sant bassa


La oscura y paqueña sacristía del oratorio de Nª Sra. del Refugio, en las ruinas del que otro tiempo fuera castillo roquero de Alaró, guarda en un lugar preferente, entre los exvotos que cuelgan de las paredes, un viejo relicario conteniendo dos des­carnadas costillas humanas. Un manuscrito de desvaído color, cer­tifica que aquellos despojos pertenecen a Guillermo Cabrit y Gui­llermo Bassa, ejemplos de entereza y fidelidad a su rey, mante­nidas hasta las últimas consecuencias de un cruel suplicio.
Hacía tan sólo nueve años que Jaime II, el primer soberano del nuevo reino cristiano de Mallorca empuñaba el cetro que le cediera su padre, cuando su hermano Pedro, el poderoso rey de Aragón, determinó pasar a la isla con una potente escuadra y to­marla por la fuerza, so pretexto de unas desavenencias con Jai­me. No llegó el rey Pedro a hacerse a la mar; la muerte truncó inesperadamente sus proyectos y fue su hijo Alfonso quien des­embarcó en Mallorca, sometiéndola sin apenas resistencia.
Sólo en lo alto de la escarpada montaña de Alaró, encerra­dos tras los muros de su fortaleza, un puñado de leales a Jaime juraron no doblegarse a las pretensiones del invasor y defender el alcázar hasta la muerte esperando, quizás vanamente, una libera­ción imposible. Las escarpadas paredes de la montaña eran la mejor garantía de la inexpugnabilidad de la fortaleza que recha­zaba con facilidad cualquier intento de ser tomada por las armas, batiendo el único sendero que conducía hasta la puerta del cas­tillo. Sus alcaides, Cabrit y Bassa, mantenían invicto el pendón de su rey y se permitían altaneras respuestas a los emisarios del sitiador.
-¿Quién pide la rendición?, preguntaban.
-«Lo rei Amfós».
-Pues decidle que aquí al amfós lo comemos con salsa y que no conocemos otro rey que nuestro señor Jaime.
Para el rey Alfonso, el insulto del castellano al ridiculizarle con aquel juego de palabras, en el que su nombre se confundía con el del mero (amfós, en mallorquín), fue el determinante de su sanguinaria venganza. Juró rendir el castillo y asar a su inso­lente alcaide como cabrito que era, juntamente con su compañero Bassa. Pudo más el hambre que todas las escaramuzas y los asal­tos. El castillo de Alaró rindió sus puertas y Alfonso III cumplió su cruel promesa, entre-gando al verdugo las personas de los dos vencidos que murieron abrasados, encadenados a una parrilla.
Es fama que, repuesto Jaime II en el trono de Mallorca, los carbonizados restos de sus bravos alcaides fueron recogidos y guar­dados en dos urnas de piedra que, sin inscripción alguna, se depositaron en la catedral de Palma, concretamente en el altar de la capilla situada bajo el órgano.
El pueblo, a fuerza de idealizar la figura de sus héroes, creó durante siglos una aureola de leyendas llegando a mitificar de tal modo su recuerdo que no es extraño encontrarnos con una orden, dictada por los Jurados en Noviembre de 1631, mandando «sea celebrada la fiesta de los santos Cabrit y Bassa en la capilla de la Seo donde se hallan enterrados estos mártires de la lealtad y de la patria». Hacía tiempo por otra parte que en algunos bre­viarios usados por los religiosos, figuraba el rezo propio de estos «santos».
El fervor popular, la leyenda al fin y al cabo, estaba ya completa-mente formada llegando en esta ocasión a canonizar por su cuenta a sus protagonistas cuya fiesta se celebró solemnemen­te, año tras año, con la plena anuencia o al menos tolerancia de los rigurosos inquisi-dores que no vacilaban en proponer excomu­niones y anatemas ni en levantar continuos entredichos entre el poder civil y el religioso por motivos mucho más nimios.
Fue mucho más tarde, en 1776, desatada por los tomistas una depuradora campaña contra la figura de Ramón Llull, cuando sus consecuencias alcanzaron a los «santos» alcaides y el obispo Gue­rra ordenó al cabildo que fueran retirados los cuadros e imágenes de Cabrit y Bassa «previniéndoles que no los tuviesen en público ni en privado». Es decir que los destruyeran.
Pero ni el celo del obispo ni sus amenazantes órdenes doble­garon la tozudez de los Jurados que siguieron celebrando fiestas en honor de los mártires de Alaró, ni mucho menos erradicaron la leyenda que el pueblo había atesorado ya, como parte de su rico patrimonio.

Fuentes:
A. Campaner: Cronicón Mayoricense.
P. Piferrer y José Mª Quadrado: Islas Baleares.

092. anonimo (balear-mallorca-alaró)

Sa plaça d'es lladoners o de ses cols


En el plano de la Ciutat de Mallorca que, en 1644 levantó el presbítero y matemático Antonio Garau, luego de haber rese­ñado cuidadosamente sobre el mismo hasta treinta edificios des­tinados al culto, añade como aclaración: Amés de éstes, se tro­ben 28 Iglesies entre suffragáneas y oratoris publics a hont se celebra Missa. Nada menos que un total de cincuenta y ocho igle­sias (alguna de ellas con setenta y ocho clérigos beneficiados) encerradas en un recinto amurallado cuyo perímetro era de 3.215 canas mallorquinas, equivalentes a unos 5.000 metros. En el or­den espiritual, al menos, es de suponer que la. población estaba suficientemente atendida.
De todas ellas, la más antigua es la de Santa Eulalia que ejercicio de primer templo ciudadano mientras se levantaba la ca­tedral y que guarda, además del famoso Cristo del Milagro, el testimonio de la legendaria conversión de Ramón Llull.
Cuentan que Ramón, sin ninguna clase de miramientos, pe­netró a caballo en el templo en persecución de una hermosa joven. Acorralada la doncella contra los muros de una capilla y viendo avanzar hacia ella al disoluto cortesano, abrió de golpe su corpi­ño y, ante los espantados ojos de Lulio, aparecieron los pechos de la muchacha corroídos por la lepra. Profundamente impresio­nado, juró allí mismo Llull cambiar de vida y el tiempo y la historia son testigos de que lo cumplió.
Hay algo que hace de «sa plaça d'es lladoners» o plaça de ses cols, frente a la fachada del templo, un lugar de recuerdos un tanto macabros. No son los restos del pequeño cementerio, otro tiempo situado junto a la iglesia, sino la memoria de las muchas ejecuciones que, con carácter de ejemplar escarmiento, se cumplieron allí mismo, a lo largo de muchos siglos y de las que, como muestra transcribire-mos dos, separadas en el tiempo por más de doscientos años en el curso de los cuales no logró suavizarse tan espantosa costumbre ni, lo que es peor, obtener la ejemplaridad que se buscaba con ella:
«1416. -Entre varias ejecuciones criminales de este año, es notable la del moro Issa, cautivo del mercader Juan Tanyo, por irreverencias y blasfemias: fue condenado a salir a la vergüenza, azotado, clavada su lengua, pasado por el lugar donde ordinaria­mente se reunían los moros y llevado a la plaza de las coles, de­lante de Santa Eulalia, donde había cometido las irreverencias y allí sentado sin bragas en una sartén hecha ascua, hasta que se tostasen bien aquellas partes de su cuerpo.»
«1632. -En 9 de Enero se sentencia a muerte a los dos pre­suntos autores del asesinato del presbítero Jaime Juan (un sobri­no suyo y un esclavo moro llamado Zaîm ). El día 10 se les dio tormento para indagar si tenían o no cómplices y no produjo re­sultado la diligencia. El sobrino del muerto fue arrastrado por un caballo desde la plaza de Cort hasta delante de la casa donde se perpetró el delito (calle del Palau, junto a la Catedral), allí le cortaron la mano derecha y vuelto a llevar a la plaza de Santa Eulalia, lo degollaron y descuartizaron. El; mismo día sacaron al moro en un carro nuevo con dos sacerdotes para catequizarlo, lo que no consiguieron; siguió el camino de su correo y se le cor­taron, una tras otra, ambas manos, la derecha frente al lugar del crimen, la izquierda en la plaza de Santa Eulalia donde ya esta­ban colgados los restos de aquel, y después fue llevado fuera de la ciudad, a la Plaça de Sant Antoni dels Porchs, donde le dieron garrote y lo quemaron. La mano del sobrino se clavó en el Cas­tillo.»
En cuestión de refinamiento aplicado a los suplicios, no an­dába-mos remisos en Mallorca. Antes que buscar ejemplaridad con la práctica de tan crueles torturas, hubiera sido, tal vez, más po­sitivo intentar resolver o al menos suavizar los muchísimos pro­blemas que, por clase social, religiosa o económica enfrentaron, durante siglos, a los hijos de esta tierra.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-mallorca-palma)

Sa pedra d'es perdons


Al santuario se sube por una empinada carretera que llega serpenteando hasta la cima de la montaña. Y es en esa carretera, un poco antes de comenzar la pendiente, donde todos los que ha­cen el camino a pie, se detienen al borde de una pequeña quebra­da y lanzan varias piedras contra otra mayor situada en el fondo, y a la que conocen con el nombre de sa pedra d'es perdons, la piedra de los perdones. Es una curiosa forma de ganar indulgencias que arranca de la lejana concesión, hecha por un obispo, otor­gando cuarenta días de perdón por cada piedra que se lanzara al fondo de aquella hondonada. Así estimulaba de paso, a los pere­grinos, a colaborar, rellenando baches, en la construcción de un nuevo camino más cómodo y transitable:

Anant a San Salvadó
he-i trobareu una roca:
qui la fer o qui la toca
guanya cent anys de perdó.

Una anotación de fecha 4 de Marzo de 1617 efectuada en el libro de sufragios de la parroquia e intitulada Dominique infra­octava Asuncionis o Diumenge dels perdons, explica la leyenda de la famosa piedra y aclara seguidamente que, como el camino hace años que se terminó, se agotó también el cupo de las indulgencias. No obstante aún hoy, los que se atreven con la caminata y cono­cen la historia, siguen lanzando cantazos a sa pedra d'es perdons. Es una buena manera de conservarla, a la leyenda naturalmente.
  
Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-mallorca-felanitx)

Sa ma d’es moro


La palmesana calle del Moro, angosto y corto pasadizo que une las del Estanco y la de Montenegro, ofrece al curioso vian­dante en una de sus fachadas, la ocupada íntegramente por la parte trasera de un viejo caserón, una visión setecentista del lu­gar, con gruesas rejas de hierro oxidado en ventanas y tragalu­ces. La pared es de piedra arenisca, revocada a trozos, y se adi­vinan, tapiados, algunos portales y ventanas como evidencia de las reformas llevadas a cabo en el edificio que, a comienzos del siglo XVIII, era una pura ruina.
La calle, sin embargo, no fue siempre tranquila, como pudiera denotar su aspecto. Una historia antigua cuenta que, durante más de cien años, cada quince de noviembre, al cerrarse la noche sobre la ciudad, se sobresaltaba con el susurro de apagadas vo­ces, el arrastrar de pesadas cadenas y un rumor de tocas desli­zándose a lo largo de los pasillos de la mansión. Los misteriosos ruídos iban tomando incremento hasta que un desgarrador alari­do brotaba de los espesos muros y, al extinguirse, hacía aún más lóbrego el silencio que envolvía la calle. Era entonces cuando la reseca mano de un hombre, un día cercenada, clavada en el fondo de una hornacina, empezaba a moverse arañando las tinieblas y de su muñón brotaban unas gotas de sangre que se embebía, poco a poco, en la arenisca de la pared. Con el alba cesaba el macabro movimienta y la mano volvía a su inmovilidad.
Don Martín Mascort, presbítero adscrito a alguna parroquia de las cercanías, vivía en una pobre casa de aquella calle de nom­bre ignorado. Su existencia rayaba casi en la miseria hasta que, un día, quiso la fortuna que, al golpear uno de los tabiques, la pared cediera descubriendo la existencia de una cámara oculta. Ante los atónitos ojos del reverendo, apareció entonces un fabu­loso tesoro, tres ollas de tierra repletas de monedas de oro cuyo valor dejaría seguramente atónito al sacerdote.
La humilde casa convirtióse pronto en una hermosa man­sión y don Martín tomó a su servicio a un criado moro, joven y apuesto mozo -que naturalmente se llamaba Ahmed- y a una anciana ama de llaves a la que encomendó el cuidado de su so­brina, la joven María, que hacía tiempo compartía con él su fran­ciscana existencia.
No podía ser de otro modo y, al poco tiempo, estalló un amor apasionado e incontenible en las almas de los dos ióvenes. Ahmed, consciente de los impedimentos que suponían su raza y su reli­gión, hacía continuas promesas a la muchacha de que abrazaría la fe cristiana si accedía a acompañarle a África, donde le espe­raba una herencia que le convertiría en un hombre rico y respe­tado. Una vez cristianizado y con el carácter que le confería su nueva posición, regresarían con María a solicitar el perdón del tío que,¡ ante tantas evidencias, no tendría incoveniente en darles sus bendiciones y unirlos en matrimonio.
Era el 18 de Octubre de 1731, la noche prevista para la fu­ga. Amparados en la oscuridad, Ahmed y María llegaron hasta el embarcadero, a corta distancia de su domicilio. So pretexto de recoger algo de equipaje, el moro volvió sobre sus pasos, entró en la casa y, deslizándose a través de estancias y pasillos llegó hasta la alcoba donde el sacerdote dormía profundamente, sumi­do en un sueño del que no despertaría jamás. Ahmed lo cosió a puñaladas y, dejándolo tendido en un charco de sangre, empezó a buscar alocadamente las llaves de la arquilla, donde sabía se encontraba la fortuna de su amo. Algo debió traicionar su sangre fría, algún riesgo no calculado, alguna eventualidad no prevista; lo cierto es que, mientras andaba revolviendo cajones y alacenas, los horrorizados gritos de la vieja criada terminaron con la ya escasa serenidad del homicida que, cegadas sus facultades por el pánico, buscaba afanosamente una salida sin acertar a encontrar­la. Al trasponer finalmente la ansiada puerta, Ahmed se dio de bruces con los alguaciles de la ronda, que llegaban atraídos por el griterío del vecindario.
Tomando ahora ya el hilo de la historia, «el quince de no­viembre se notificó al moro la sentencia de muerte, debiendo an­tes ser arrastrado y cortársele la mano derecha, circunstancias que se modificaron, aplazando la mutilación para después de muerto. Convirtióse el reo y fue bautizado, siendo padrinos el alcaide de la cárcel y su esposa. Subió al patíbulo con la cara vuelta a él y la espalda al pueblo, y después de ejecutado y cor­tada la mano (que se colocó en el portal de la casa del sacerdote difunto) se quemó el cuerpo delante del abrevadero de Itria. En 1840 se veía aún sa ma d'es moro, tras de una reja de hierro y en el sitio indicado›.
La leyenda, por su parte, no es tan piadosa como la historia. Según ella, Ahmed fue arrastrado vivo por la ciudad con parada obligatoria frente a la casa del cura donde, sin ninguna contem­plación, se le amputó la mano derecha que fue clavada al ins­tante en la fachada. En cuanto a la bella sobrina, recluída en un convento desde el día de autos, era depositada cadáver en el ataúd al mismo tiempo que el verdugo terminaba con la vida de su enamorado.
Y para que nadie se escapara con bien de un final de trage­dia, la criada, que era de Lluc, fue sepultada por un desprendi­miento cuan-do se volvía para su casa a reponerse de los últimos sobresaltos.

Fuentes: A. Campaner: Cronicón Mayoricense.
Aliquid (seud, de Jaume Cerdá): Sa mà d’es Moro, romance por entregas publicado en L'Ignorancia. Tomo II.

092. anonimo (balear-mallorca-palma)