Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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martes, 13 de enero de 2015

Viaje a la luna

Patricia había tenido que quedarse en cama varios días a causa de las paperas. Hoy, se levantaba por primera vez en mucho tiempo. Estaba sentada junto al fuego coloreando unos dibujos y empezaba a aburrirse.
Dejó los lápices en el suelo y fue a acurrucarse en su butaca favorita. Sintió que los párpados empezaban a pesarle, al tiempo que echaba un última vistazo a su lápiz verde. Se hacía cada vez más grande, al igual que los demás.
De repente, oyó una voz que contaba: «diez, nueve, ocho... Si quieres dar una vuelta, Patricia, sube.» La niña atravesó la habitación corriendo y se sentó sobre el lápiz verde que, mientras tanto, se había convertido en un cohete. Dos. Uno. Cero... Salió por la ventana con una formidable explosión y se elevó hacia el cielo. Patricia pudo ver la luna casi al alcance de su mano. ¡Qué emocionante!


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Unos guantes muy especiales

¡Pobre Nina! Todos sus amigos estaban de vacaciones y ella había cogido la rubeola. Al cabo de dos semanas, cuando empezaba a aburrirse de verdad, fue a verla su tía.
-Te he traído un par de guantes -le dijo su tía, con un ligero guiño.
«Unos guantes -pensó Nina. ¡Qué regalo más tonto!» No obstante, abrió la bolsa y ¿qué creéis que había dentro? Un par de guantes en forma de marioneta.
-¡Gracias, tía! -exclamó abrazando a su tía con un solo brazo, mientras con la otra mano intentaba mover la marioneta.
Después de esto, nunca más volvió a aburrirse y casi se alegraba de estar mala y poder así jugar con sus marionetas.


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Una visita al rey melchor

Juan estaba como loco de alegría. Su madre le había llevado a los grandes almacenes de la calle principal, para que viera a los reyes magos.
Tuvieron que hacer cola bastante rato porque había muchos niños y niñas esperando para lo mismo: saludar a los reyes magos.
Por fin, le tocó el turno a Juan con el rey Melchor.
-¿Cómo te llamas? -preguntó el rey.
Cuando Juan le hubo contestado, el anciano rey continuó:
-¿Qué regalos nos has pedido?
Juan le explicó que quería un caballo de cartón, un coche teledirigido y un rompecabezas. El Rey mago repetía en voz alta cada juguete que iba nombrando.
¿Le traerán a Juan todo lo que ha pedido? Todavía tendrá que esperar varios días para saberlo. Se portará muy bien hasta entonces para merecerlos.


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Una nueva casa para la ardilla

Tomás se había hecho muy amigo de la ardilla y la convenció para que se quedara en su jardín.
Así que se dirigieron al parque con el fin de transportar todas las pertenencias de la ardilla. No os podéis imaginar la cantidad de cajas, jarras, tarros, tazas y recipientes de todas clases que pueden caber en la casa de una ardilla. En uno decía «almendras garrapiñadas». En otro, «almendras saladas». En un tercero, «reserva de nueces». En los demás, «harina», «piñas», «bayas de saúco», «bellotas», etc.
No fue fácil hacer la mudanza y trasladarlo todo, sin romper nada, al jardín de Tomás. Después, la ardilla lo subió todo al pino y, desde aquel día, vive feliz cerca de su amigo.


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Una flauta en la noche

Un hombre, que tenía el corazón triste, pasaba las noches tocando la flauta. Su sonido era tan triste que partía el corazón. Un pajarillo blanco le dijo:
-¿Cuál es tu secreto? Yo, cuando canto, siempre estoy contento...
-Estaba enamorado de una joven, pero ella me dejó -respondió el hombre de la flauta.
-Pues yo conozco a una jovencita pelirroja que te escucha todas las noches. Creo que está enamorada de ti -apuntó el pajarillo.
Pero el hombre suspiró diciendo que el amor que había perdido era único en el mundo.
De nuevo la nostalgia lo invadió, se acercó la flauta a los labios y empezó a tocar su triste melodía.
Bajo la luna, la joven pelirroja seguía escuchando.


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Una felicitacion para mama

Era el cumpleaños de mamá y Sara había salido con su abuela a escoger un regalo. Pero Sara estaba empeñada en regalarle a su madre algo diferente, algo que hubiera hecho ella sola, sin ayuda de ninguna persona mayor. Decidió dibujarle una tarjeta de felicitación.
Sacó todas sus pinturas y pintó un arbusto de acebo de un verde brillante, salpicado de bolitas rojas.
Sara pensaba que era un dibujo precioso, aunque no le había quedado muy bien, porque siempre había oído a mamá decirle a papá, sobre todo cuando se le quemaba la comida, que nadie es perfecto.
Después recordó que siempre hay que escribir algo en las felicitaciones. Para ella, que todavía no sabía escribir bien, era algo difícil pero escribió lo mejor que pudo: «Felicidades, mamá.» Aunque lo que en realidad escribió fue: «Felizidades, mamá.» Pero a mamá no le importó.

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Una extraña planta

Un viejo vagabundo se perdió un día en el bosque. Cuanto más intentaba encontrar el camino, más perdido estaba. Por fin se paró ante una planta de extraño aspecto. Y el viento le susurró:
-Si le preguntas a la planta cómo encontrar el camino, te lo dirá. Pero ten mucho cuidado. Sólo una de las hojas te dirá la verdad.
El anciano hizo lo que el viento le había dicho. Una de las hojas se enderezó y el hombre supo que mentía. Otra apuntó hacia abajo y el hombre supo que tampoco decía la verdad. Pero una tercera hoja le indicó que debía caminar hacia adelante y a esta sí le hizo caso. De esta forma, no tardó mucho en llegar a su casa.


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Una curiosa manera de jugar al escondite

Érase una vez un niño africano que vivía en la jungla. Su diversión favorita era jugar al escondite con su amigo el mono. Un día, el niño se internó tanto en la jungla que no encontraba el camino de regreso. Asustado, se escondió entre la maleza y escuchó con atención, esperando oír un ruido de pasos o el roce de las ramas. Pero lo único que conseguía distinguir era su propio corazón, que no dejaba de latir con excitación.
«¿Por qué no me busca el mono? ¿Por qué no me llama?» -pensaba. Después, se le ocurrió mirar hacia arriba. Y allí, sentado en una rama, el mono le sonreía, con gesto burlón. El negrito lo llamó, mientras, para sus adentros, pensaba que es imposible esconderse de un mono que se mueve por entre los árboles como un pez en el agua.


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Una cometa atrapada en el manzano

Al día siguiente, como había predicho el gorrión, el viento sopló... ¡y cómo! La cometa de Cali se alzó como una flecha. El viento la subía cada vez más alto, hasta el punto de que Cati se preguntaba si no le daría vértigo estar tan alto.
Cati tuvo que soltar todo el hilo, pero no fue bastante y el viento le arrancó la cometa de las manos y, por un momento, la agitó de un lado para otro. Finalmente, aterrizó en un manzano.
Ayer había sido el gorrión y esta vez fue el petirrojo quien vino en su ayuda.
-Yo iré a buscártela, no te preocupes -murmuró.
Y, con muchísimo cuidado, le trajo su cometa.


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Una carpa para dos pescadores

A la orilla de un lago, dos pescadores se disputaban el mérito de haber pescado una carpa muy pequeña. Por este pececillo sin importancia, no tardaron en llegar a las manos.
-¡Es mío! ¡Estaba en mi caña! -gritaba el primero.
-¡Es mío! ¡Estaba en mi red! -vociferaba el segundo.
En aquel momento, acertó a pasar por allí Tito, el hijo del herrero del pueblo. Viendo a los pescadores pegarse sin ocuparse ya del pez, que yacía medio muerto a sus pies, se dirigió hacia ellos y devolvió a la carpa al agua.
-No os pertenece a ninguno de los dos -dijo Tito. Seguirá perteneciendo al lago. Volved el año que viene cuando haya crecido.
Un tercero había decidido por ellos. Los dos pescadores tuvieron que esperar al año siguiente para volver a probar suerte.


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Un zorro muy astuto

«Atraparé a ese animal» -se dijo el granjero Mateo para sus adentros, al comprobar que un zorro había robado una de sus gallinas. Descolgó su escopeta y partió en su busca. Acababa de internarse en el bosque cuando se topó con el zorro en cuestión, apoyado en un árbol. En cuanto vio al granjero Mateo con su escopeta, el zorro comprendió que el hombre iba tras él.
-Perdone, señor granjero -dijo el zorro. Sé muy bien que me persigue porque le he robado una gallina. Es cierto, he sido yo y no sabe cuánto lo siento. Mi mujer y mis hijos tenían hambre y no había nada que echarse a la boca. Así que, cuando vi que usted tenía tantas gallinas, no pude resistirlo. Sé que merezco un castigo.
El granjero quedó tan impresionado que dejó marchar al zorro, por su honradez.
No por esto dejó de cazar gallinas, claro está, pues los zorros no pueden evitarlo. Pero, después de cada golpe, se alejaba cuanto podía del bosque donde vivía el granjero.


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Un vestido digno de un hada

Hace mucho tiempo, había un hada que quería hacerse un vestido blanco para el baile del claro de luna. Sin embargo, no encontraba una tela que tuviera el blanco puro y límpido que buscaba. ¿Qué podía hacer?
De pronto, se le ocurrió una idea. Tomó varios almohadones del palacio de la reina, los subió al tejado y sacó todas las plumas. Tocó después su silbato mágico para llamar al viento del norte. Sopló el viento y se llevó, en un torbellino, todas las plumas, las cuales, al rozar la tierra, se transformaron en copos de nieve de una blancura inmaculada. Después, vació un saco de polvo de diamante e invocó al viento del este. El viento no tardó en levantarse y lo dispersó sobre la nieve, como si se tratara de una escarcha refulgente.
El hada cortó su vestido de la nieve recién caída, cubierta de polvo de escarcha. Fue, sin duda, el más hermoso vestido del baile.


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Un soldado en busca de aventuras

Un apuesto soldado cabalgaba por la ciudad en busca de aventuras.
-Aquí no hay aventuras -le dijeron.
-Seguro que alguna vez ocurre alguna.
-Nunca -insistieron.
En aquel preciso instante, un hombre con un enorme sacó al hombro salió corriendo del banco. Tras él corría el director del banco, gritando a grandes voces:
-¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
-Dejádmelo a mí -gritó el soldado, quien, a lomos de su caballo, se lanzó en su persecución y no tardó en darle caza.
-Cuando pienso que me decían que aquí nunca pasa nada -señaló el soldado.
-Nunca suele ocurrir nada -confirmó el director del banco. ¿No será tu llegada la que ha provocado el incidente?
-Prefiero quedarme aquí por si acaso volvéis a necesitarme -dijo el soldado. Pero nunca más volvió a ocurrir nada.


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Un regalo de la feria

Hoy, como empiezan las fiestas del pueblo, ha llegado la feria. Es tan grande que ocupa dos prados. Han montado un tiovivo en la plaza del pueblo, así como varias tómbolas y una caseta de tiro al blanco. Hay también puestos con dulces, bastones y martillos de caramelo, frutos secos, etc. Lo que más llama la atención es un algodón dulce con forma de muñeco. ¿Qué vamos a llevarle a mamá de la feria? Una manzana de caramelo. ¿Y a papá? Un cucurucho de almendras garrapiñadas.


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Un poney para sandra

Sandra sentía pasión por los caballos, pero sus padres no tenían dinero suficiente para regalarle uno.
Tenía montones de libros sobre caballos y, cuando había en televisión un programa sobre el tema, no se separaba de la pantalla.
Un sábado, el padre de Sandra le preguntó si quería ir con él a dar una vuelta en coche por el campo. Apenas habían recorrido unos kilómetros cuando el padre de Sandra se detuvo. Estaban delante de unas cuadras y su padre le dijo que entrara con él.
-Esta es Sandra -dijo a la mujer que había salido a su encuentro.
-Muy bien -contestó ésta. Me será de gran ayuda.
El padre de Sandra se las había arreglado para que, en adelante, su hija trabajara en un picadero los sábados.
Sandra era, sin duda, la niña más feliz del mundo.


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Un perro pastor muy valiente

Un día, mientras su amo iba a comer, Bob, el perro pastor, tuvo que quedarse él solo al cuidado del rebaño.
De pronto, apareció un hombre. Bob lo reconoció al instante.
La última vez que el pastor lo había llevado con él a la ciudad, Bob había visto su retrato en la fachada del puesto de policía. A aquel hombre lo buscaban por robo de ovejas.
Bob corrió a la ciudad. Llegó hasta el puesto de policía y se puso a ladrar tan fuerte que los policías comprendieron que quería decirles algo.
Salieron detrás de él y el perro les condujo hasta las cercanías de la granja, donde el bandido estaba ya reuniendo las ovejas.
El amo de Bob se sintió muy satisfecho al saber que su perro había atrapado al ladrón. Aquella misma noche le dio para cenar un hueso especial.


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Un pastor feliz

Todas la ovejas querían al pastor. Conocía a cada una en particular y a todas les había puesto nombre. Un día, no apareció y un viejo huraño ocupó su lugar.
-El pastor está muy enfermo -explicó el perro pastor a las ovejas. El doctor cree que no vivirá mucho.
Aquella noche, cuando el nuevo pastor hubo regresado a su casa, todas las ovejas se dirigieron a la casa del pastor enfermo. Se reunieron bajo la ventana y empezaron a balar suavemente.
El pastor lo oyó y comprendió cuánto iban a echarle de menos si moría. A partir de entonces, empezó a mejorar poco a poco y, a las pocas semanas, volvió a salir con sus ovejas.


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Un paseo en avestruz

Una vez, un niño africano quiso visitar a su abuela, que vivía muy lejos en la sabana. Tenía prisa por llegar, así que le preguntó al avestruz si podía llevarlo hasta allí.
-¿Por qué no? -respondió el avestruz. Si consigues sostenerte sobre mí.
El negrito hizo un gesto con la mano, como queriendo decir que eso era lo más fácil del mundo, y se encaramó sobre el avestruz. Pero, en cuanto la enorme ave echó a correr, el niño cayó al suelo, como una pera madura cae del árbol.
-Es la primera vez que monto -se excusó el niño y subió otra vez sobre el avestruz. El ave le preguntó cuántas veces más quería caerse.
-Sólo una vez más, en los brazos de mi abuela -replicó el negrito.
En adelante, el avestruz tuvo cuidado de que el pequeño no volviera a caerse.


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Un exito para tomas

Tomás salió un día hacia la ferretería de su padre con su perro Al, la gata Kiti y la ardilla Sammy.
Mucho antes de llegar, vieron que ante la tienda se había formado una enorme cola para comprar cascanueces. Había también una segunda cola, formada por la gente que tenía perro y quería comprar collares.
-¡Mirad, es ella! -gritó uno de los que esperaban en la cola de los cascanueces -es la ardilla del escaparate.
-¡Es él! ¡Es él! -gritaron a su vez los dueños de los perros, apuntando con el dedo hacia Al.
El padre de Tomás apenas tuvo tiempo de hablar con su hijo y sus amigos. Sin embargo, encontró un minuto para advertir a Tomás que los comederos para gatos acababan de llegar y que debía terminar cuanto antes la escultura de arcilla de la gata Kifi.


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Un conejo llamado castaño

En un bosquecillo de castaños vivían, hace muchos años, un conejo y su mujer. Eran felices, pero una sola cosa turbaba su felicidad: no tenían hijos. Un día, cayó delante de su madriguera una castaña, envuelta todavía en su cáscara verde.
La señora conejo empezó a acunarla en sus brazos y, repentinamente, se convirtió en un bebé conejo.
Como había nacido de una castaña y era de color castaño, le llamaron Castaño.
Aunque Castaño había nacido a principios de Agosto otoño, pronto creció tanto como si hubiera nacido en primavera. En cuanto se hizo mayor, partió en busca de aventuras.
¿Qué fue de él? Mañana os lo contaré.


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