Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 11 de enero de 2015

El devorador de la campiña

Había una vez un hombre muy rico llamado Angus que vivía en las cercanías del pueblo de Londonderry, en la gran isla esmeralda de Irlanda. Había criado cinco fuertes y maravillosos hijos, que con el paso del tiempo fueron creciendo, y cada uno marchó para hacer fortuna en diferentes lugares lejanos.
A los pocos meses de la partida del último de los muchachos, su esposa, la bella Kate, enfermó gravemente y no hubo nada ni nadie que la pudiera salvar. Las altas fiebres se prolongaron por un lapso de tres días, y cuando el sol se hundió en el horizonte del tercer día, falleció.
Después del velorio y del entierro apropiados Angus se quedó muy solo. Tenía ya sesenta años y había sido tan feliz con sus hijos y su esposa que ya no deseaba casarse nuevamente. La velocidad con la que los días pasaban comenzó a aminorar, mientras que la tristeza embargaba su corazón.
Un día se despertó, se vistió con desgano y luego salió al umbral de la puerta de su casa. Allí adelante se extendían sus tierras. Algunos animales pastaban y la cosecha crecía lentamente.
-Tengo que hacer algo -se dijo mientras miraba el horizonte.
Angus siempre había tenido suficiente dinero para alimentar a toda su familia, pero nunca había sido lo que se llama un "hombre rico".
Fue entonces cuando tomó la decisión:
-Haré fortuna -se dijo.
Y así, a los sesenta años, comenzó a trabajar tan fuerte y tan duro como cuando tenía veinte. Se levantaba antes del amanecer y cuando el sol ya se había ocultado él seguía trabajando hasta altas horas de la noche.
Con el paso de las estaciones las cosechas se multiplicaron y los pocos animales que tenía parecieron contagiarse de su entusiasmo por el trabajo y empezaron a parir muchas crías.
Al terminar el año, tenía tanto dinero y tanto trabajo, que ya no le quedaba tiempo ni para dormir.
Así pues, decidió contratar a más hombres para que lo ayudaran en su labor diaria, y se dedicó a criar una sola raza de animales, es decir, a especializarse.
Y eligió las ovejas.
Al año siguiente las ovejas de Angus se habían multiplicado casi como las estrellas que brillan en la noche y su fama comenzó a correr de boca en boca.
Las ovejas de Angus eran las más gordas, las que proporcionaban mejores lanas y las que tenían más cantidad de crías.
Cuando Angus cumplió los sesenta y tres años era un hombre adinerado. Su casa estaba equipada con todas las mejoras que existían en ese momento, y en ella se preparaban las mejores comidas, tanto para él como para sus hombres.
Pero llegó un día en que las cosas parecieron darse vuelta. No fue de repente, pues el mal, la mayoría de las veces, se acerca en forma sutil, solapada, como un susurro del viento, tratando de pasar desapercibido hasta instalarse profundamente como las raíces del roble.
Lo primero que sucedió fue la desaparición de una oveja.
Nadie le prestó la mayor importancia. No era algo habitual que sucediera pero no era algo excepcional, y Angus se conformó diciéndose que alguna vez tendría que sucederle.
Al día siguiente sus hombres le comunicaron la desaparición de otra, y Angus comenzó a mostrarse algo preocupado.
Pero cuando al tercer día consecutivo le dijeron de la desaparición de otra oveja más, la preocupación pasó a ocupar toda su atención.
Y fue allí, en ese momento, en que la semilla de la duda y la desconfianza comenzaron a germinar en la mente y en el alma del hombre. Entonces mandó a todos los trabajadores a que revisaran la zona, buscando alguna abertura en la cerca y verificando el terreno en busca de algún pozo.
La respuesta que él esperaba finalmente llegó a sus oídos: todo estaba en orden.
La cuarta noche Angus no pudo dormir. Algo le decía en su interior que las cosas no andaban bien. Una sensación inexplicable le atenazaba el alma.
Un poco antes del amanecer Angus salió a revisar su rebaño, y luego de contarlo tres veces se percató de que faltaba otra oveja. No había rastros ni huellas. Parecía como si el animal se hubiera esfumado.
Mandó a todos sus hombres a rastrear el terreno, buscando huellas o indicios de algún animal o algún ladrón. Cuando terminaron la búsqueda la respuesta fue rotundamente negativa.
Entonces, muy malhumorado, se dirigió a lo del boticario del lugar para que le prepara el veneno más potente que existiera. Regresó un poco antes del ocaso. Tomó al azar una de las ovejas de su rebaño y la mató. La colgó de las patas y puso un balde debajo para recoger toda la sangre. Cuando el proceso hubo terminado, embadurnó su interior con el veneno y luego la bañó con la sangre que se había derramado en el cubo.
Si se trataba de un animal, no podría evitar la tentación del olor y, por otra parte, si el veneno emanaba algún aroma, el olor de la sangre lo cubriría.
Esa noche se fue a dormir un poco más tranquilo, esperando que su plan diese resultado.
El cansancio y los nervios se juntaron y Angus se quedó profunda-mente dormido. A la mañana, unos golpes en la puerta lo desper-taron. Cuando se levantó y abrió, vio a uno de sus hombres que permanecía pálido y temeroso.
-¿Qué sucede?
-Lo siento mucho, señor, no sé cómo decírselo, pero hoy contamos el rebaño, todos lo contamos varias veces... y falta otra oveja. -¿Y el sebo?
-Aún permanece en el lugar, sigue clavado en la cerca, nadie lo ha tocado ni movido, salvo algunas moscas.
El viejo Angus meditó por algunos instantes y finalmente dijo:
-Prepárense, esta noche todos montarán guardia.
Y así continuó el día, trabajando con las faenas acostumbradas hasta la llegada la noche. Cada uno de los hombres se armó con cuchillos, piedras, hondas y pistolones.
Angus recorrió todo el perímetro saludando a cada uno de sus hombres e instándolos a permanecer despiertos y matar a quien se aproximara a la cerca.
Esa noche no pudo dormir tranquilo, otra vez tenía esa sensación extraña, algo le decía que había una presencia maligna merodeando en el lugar.
Un rato antes del amanecer no aguantó más y se vistió, se puso su sombrero y salió al exterior. Comenzó a caminar por su tierra verde y verificó que todos los hombres seguían en sus puestos. Sin embargo, cuando llegó el momento de contar el rebaño descubrió lo que tanto temía: faltaba otra oveja.
Entró furioso a su casa, su piel blanca se había tornado roja como la sangre y por primera vez le gritó a sus hombres para que se fueran a dormir.
-Esta noche yo haré la guardia.
Un rato antes del ocaso Angus salió armado con su escopeta y se sorprendió al encontrar a todos sus hombres en la puerta, esperán-dolo.
-No lo dejaremos solo, señor, lo ayudaremos a hacer guardia durante toda la noche.
El cielo estaba despejado, la luna brillaba plateada y ni una nube se cruzaba en su luz. Angus caminó de un puesto a otro sin dejar de mirar hacia el exterior.

Habían pasado algunas horas desde la medianoche, aún el cielo oscuro estaba plagado de estrellas y la luz del sol todavía no empezaba a asomarse cuando, de pronto, Angus tuvo una extraña sensación, la misma que había tenido la noche anterior: sentía una presencia, algo maligno que caminaba por sus tierras.
Corrió hacia el rebaño que permanecía en silencio. Contó las ovejas y, nuevamente, descubrió que faltaba una.
Angus abrió la boca, arrojó la cabeza hacia atrás y desató un terrible grito de furia. Todos sus hombres corrieron asustados hacia él y al ver el estado en que se encontraba se sintieron desorientados, no sabían cómo actuar, si acercarse o no hablarle.
Angus se dio cuenta del espectáculo que estaba haciendo y los mandó a todos a dormir.
Sean, uno de sus hombres de más confianza, se acercó lentamente, temeroso, y le dijo como en un susurro:
-Discúlpeme, señor, mi atrevimiento, pero quiero decirle algo que tal vez nos pueda ayudar.
-¡Habla!
-Lo que sucede en estas tierras no es algo normal, no creo que sea algo de este mundo lo que se está llevando sus ovejas. Muchos de nosotros creemos lo mismo. Por eso me atrevo a hacerle esta sugerencia.
-¿Y qué es lo que sugieres?
-Existe una mujer muy anciana, una mujer sabia, que tiene más de cien años y que vive a un cuarto de día de camino de aquí. Ella ha ayudado a mucha gente que ha tenido este tipo de problemas de causas inexplicables.
Angus miró al hombre con ojos brillantes:
-¿Crees que algún duende me está robando el ganado?
-No lo sé, señor, pero no hay huellas ni rastros y por más que pusimos cebos y montamos guardia, las ovejas siguen desapareciendo. Tal vez no pierda nada con verla y comentarle el problema.
Angus asintió, le puso una mano en el hombro a modo de agradecimiento y caminó hacia la caballeriza. Tomó su caballo, lo ciisilló y partió al galope hacia la casa de la anciana sabia.
La mujer vivía en una cabaña destartalada, parecía que en cualquier momento se iba a derrumbar. Angus se bajó del caballo, lo ató a un poste que antiguamente había pertenecido a una cerca, y cuando caminó hacia la puerta para llamar ésta se abrió y apareció una vieja que aparentaba mucho más de cien años.
-¿Eres la mujer sabia? -preguntó Angus deteniéndose al instante.
La vieja lo miró de arriba abajo y de abajo arriba y finalmente respondió:
-¿Estás preparado para la respuesta que voy a darte?
-¿Sabe cuál es la pregunta?
-Pasa, Angus, siéntate, yo te diré lo que tienes que hacer para matar al que te roba las ovejas.
Angus cerró la puerta y se volvió hacia la anciana, que le señaló una vieja silla de madera. El hombre descansó en ella todo el peso de su cuerpo y observó a la mujer envuelta en sus ropajes negros y rotosos.
La casa era pequeña y los pocos muebles consistían en mesas, arcones y aparadores. No había ninguna superficie libre, todo estaba lleno de frascos, plumas, figuras de barro y trenzas de soga.
El desgreñado cabello blanco de la vieja le cubría parte del rostro; sin embargo, sus ojos brillaban como dos luceros en la noche.
-Lo que mata a tus ovejas no es un hombre -dijo con voz lenta y trémula.
-Dígame cómo encontrarlo. ¿Cómo puede pasar la cerca? La vieja rió con carcajadas cortas y secas.
-Porque no viene a través de la cerca, viene a través del suelo.
-¿Del suelo? ¿Cómo del suelo?
La vieja inspiró profundamente y luego sopló todo el aire de pronto, como si estuviera hastiada de la conversación.
-Hay una zona de tu tierra, dentro del cerco, en la cual hay pasto. Si observas bien, verás que ninguna oveja se acerca a ese lugar. Ni siquiera defecan allí. Ésa es la puerta del devorador.
-¿Quién es? -preguntó Angus levantándose de la silla y acercando su rostro al de la anciana.
-La pregunta no es quién... ¡No es un hombre! -gritó de pronto. ¡Es un ogro! Es una criatura terrible que se alimenta de la carne cruda.
Angus volvió a sentarse sorprendido, su mente no podía aceptar tal respuesta.
La vieja levantó un poco el rostro y algunos cabellos despejaron su cara:
-Y debes matarlo, porque cuando acabe con tu rebaño, comenzará a comer personas.
La desesperación de Angus llevó a su mente a aceptar el hecho y entonces le preguntó:
-¿Cómo lo mato?
-Sólo hay una manera efectiva de matarlo: debes decapitarlo y quemar su cadáver.
Angus se puso de pie de pronto, le dejó algunas monedas sobre la mesa y se volvió hacia la puerta.
-¡Que los antiguos dioses te bendigan! -le dijo la vieja.
Angus saludó con la cabeza y partió.
Llegó a su casa y se encerró para pensar sobre lo que la vieja le había dicho. Cuando la noche se instaló, salió a recorrer el terreno armado con su escopeta y un hacha de mano. Algunos nubarrones negros cortaban la pálida luz de la luna y de las estrellas.
Finalmente encontró la zona del terreno que la vieja le había dicho. ¡Era cierto! El pasto crecía libremente como si nadie lo hubiera pisado nunca. Se alejó unos metros hasta llegar a una posición desde donde pudiera ver todo el lugar, y se acostó boca abajo.
Las horas pasaban y el frío del suelo le había endurecido el pecho. La mente de Angus dudaba y cuando estaba a punto de levantarse sintió un pequeño temblor. Se aferró a su arma de fuego y permaneció expectante.
Allí mismo frente a sus ojos sucedió algo que, si se lo hubieran contado, nunca lo habría creído. Primero la tierra tembló, luego se hundió como si abajo estuviera hueco y el pasto se sumergió. Y cuando un gran agujero negro se hubo formado, emergió una criatura horripilante pues su olor era nauseabundo y su abundante pelo negro estaba sucio. Medía más de dos metros y sus manos terminaban en garras, como las de un animal salvaje. Pero lo más extraño de todo era que tenía dos cabezas.
Angus primero se sorprendió, luego se asustó y finalmente se enojó. ¡Ésa era la bestia que le estaba matando las ovejas! Preparó la escopeta y disparó a la repugnante espalda de aquélla.
La bala no la mató. Todo lo contrario: pareció enfurecerla. La criatura se dio la vuelta y clavó sus terribles ojos rojos en Angus. Abrió sus dos bocas plagadas dee agudos colmillos y emitió un grito desgarrador.
Angus se puso de pie, dejó caer la escopeta -pues sabía que no tenía tiempo de recargarla- y se aprestó con su pequeña hacha.
El ogro se lanzó sobre el hombre y éste sobre la criatura bicéfala. Angus dio un golpe de hacha y seccionó una de las dos cabezas.
El ogro aulló con la cabeza que le quedaba y, con un golpe de garra, hirió gravemente a Angus en una pierna, haciéndolo caer. Pero desde el suelo, haciendo caso omiso del profundo dolor que sentía, volvió a blandir el hacha y le cercenó uno de los pies a la criatura, que perdió el equilibrio y cayó pesadamente.
La sangre que manaba de las heridas del ogro era negruzca y repugnante. Éste vio que su fin estaba próximo, de modo que comenzó a arrastrarse hacia el agujero mágico por el que había salido.
Angus sabía que si lo dejaba escapar, algún día regresaría a cobrar venganza; por lo tanto, arrastrándose e ignorando el terrible dolor que sentía en la pierna desgarrada, hundió los dedos en la tierra humedecida por el rocío nocturno y comenzó a perseguir a al ogro, que ya se estaba metiendo en el agujero.
El extraño ser se volvió y vio que Angus lo estaba persiguiendo. El agujero comenzó a llenarse. Angus tomó más impulso y metiéndose de cabeza arrojó un golpe de hacha y seccionó la segunda cabeza del ogro justo cuando el agujero se cerraba.
Algunos peones, aquellos de más confianza, habían escuchado el ruido de los disparos y los extraños gritos; corrieron hacia el lugar y grande fue la sorpresa cuando vieron que las piernas del viejo Angus sobresalían de la tierra como si alguien lo hubiera enterrado cabeza abajo.
Pronto se agacharon y comenzaron a cavar alrededor, hasta que por fin lo pudieron sacar. El pobre hombre había perdido mucha sangre y estaba casi asfixiado. Cuando lo sacaron tenía la piel del rostro de color azul y estaba inconsciente.
Dos días más tarde despertó, presa de una fiebre muy alta. Inmediata-mente contó lo que había sucedido; pero nadie le creía, ya que se lo atribuían a su estado febril.
-Quédese tranquilo, señor, pronto se repondrá. Se hizo una herida muy fea en la pierna y se infectó. Esperemos que mañana mejore -le dijo su peón de mayor confianza.
De pronto, este peón recordó a la vieja que le había recomendado a su patrón. Tomó un caballo y fue a toda la velocidad que pudo hasta la casa de ella. Allí, le contó lo que sucedía. De inmediato, la vieja le dio un preparado para que él mismo le frotase en la herida. El hombre regresó lo más rápido posible, le aplicó el ungüento y pronto Angus se recuperó.
Y nunca más alguien se atrevió a robarle.

Cuentos de ogros


0.124.1 anonimo (irlanda) - 078

sábado, 4 de agosto de 2012

Por qué la paloma no sabe hacer su nido


Una vez, la paloma fue al encuentro de la corneja, que era una buena carpintera, y le dijo:
-Por favor, ¿me enseñas a construir un nido?
-¿Quieres saber cómo se hace? -dijo la corneja. Presta mu­cha atención. Primero coges un trozo de leño y lo colocas así.
-Eso ya lo sé -dijo la paloma.
-Después coges otro trocito de leño y lo colocas de este modo.
-Eso ya lo sé -dijo la paloma.
-Después coges un tercer trocito de leño y lo pones de esta manera.
-Eso ya lo sé -dijo la paloma.
-¿Si lo sabes, por qué me lo preguntas? -se enfadó la corne­ja, que era buena carpintera, y se marchó volando.
Así pues, la paloma no aprendió a hacer su nido y vive aún hoy en los palomares que le fabrican los seres humanos.

124. anonimo (irlanda)

La mitad de una manta

En una humilde casa vivía un hombre, su mujer, su padre y su hijo, que todavía era un bebé. El viejo padre no servía para nada. Estaba demasiado débil para trabajar. Comía y fumaba sentado de la puerta. Entonces el hombre decidió sacarlo de la casa, dejarlo tirado a su suerte en las calles, como a veces se hacía, en las época más duras, con las bocas inútiles.
La esposa intentó interceder en favor del anciano, pero fue en vano.
-Como mínimo dale una manta -dijo ella.
-No. Le daré la mitad de una manta. Eso es suficiente.
La esposa le suplicó. Finalmente consiguió convencerlo para que le diese la manta entera. De repente, en el momento en que el viejo estaba a punto de salir llorando de la casa, se oyó la voz del bebé en la cuna. Y el bebé le decía a su padre:
-¡No! ¡No le des la manta entera! Dale sólo la mitad.
-¿Por qué? -preguntó el padre anonadado, acercándose a la cuna.
-Porque -contestó el bebé- yo necesitaré la otra mitad para dártela el día que te eche de aquí.

124. anonimo (irlanda)

Jaime y la bella durmiente

Hace mucho tiempo vivía en una aldehuela una humilde viuda. No tenía más que una pobre cabaña y un hijo llamado Jaime. Jaime era un buen hijo, y sus vecinos solían admirar sus cualida­des. Era hábil, laborioso y todo lo que ganaba durante la sema­na se lo entregaba los sábados a su madre. Si ella le dejaba unas monedas para el tabaco, él le besaba la mano para darle las gra­cias. En la colina, detrás de la cabaña, asomaba un viejo castillo medio derruido. Allí había vivido, tiempo atrás, un poderoso se­ñor, pero ahora lo habitaban solamente unos enanos. Así se de­cía, y así debía de ser, porque en la noche de San Juan se expan­dían luces y sonidos desde el castillo.
La imagen de aquellos enanos no dejaba dormir a Jaime. Mu­chas veces vio las luces, oyó sus canciones, y se sentía tremenda­mente curioso por saber cómo vivirían esos extraños vecinos.
Cuando llegó el día de la fiesta de San Juan, Jaime ya no pudo contenerse. Se puso el sombrero, fue hacia la puerta y le dijo a su madre:
-Mamá, me voy al castillo en busca de fortuna.
-¿Qué? -gritó la anciana. ¿Qué crees que vas a encontrar allí, desdichado? Los enanos te matarán, ¿y qué haré yo, des­pués, cuando me quede sola?
-No temas, mamá -la consoló Jaime, ya verás que no me ocurrirá nada malo.
Y se encaminó derecho al castillo. Hasta las hojas más peque­ñas de los árboles y de los arbustos parecían de oro a la luz que solía de las ventanas. Jaime se paró un momento a escuchar en la linde del bosque. Del castillo le llegó un sonido de cantos y de ri­sas. Entonces Jaime avanzó animosamente y traspuso el portón.
Dentro del castillo había un gran salón para las fiestas, re­pleto de invitados, pero todos eran pequeños, minúsculos, no más altos que un niño de cinco años. Algunos estaban sentados a la mesa comiendo y bebiendo; otros bailaban al son de flautas y cornamusas.
Ante la aparición de Jaime, se oyeron gritos de todos lados:
-¡Bienvenido, Jaime, bienvenido!
Y los cariñosos enanitos, cogiéndolo de la mano, lo llevaron a la mesa y lo hicieron sentarse en medio de ellos. Jaime fue tra­tado como un rey. A medianoche, sin embargo, los enanos se le­vantaron de improviso de la mesa y comenzaron a gritar:
-Vamos a la capital, vamos a Dublín a buscar a la hermosa muchacha. Ven con nosotros, Jaime.
-¿Por qué no? -gritó Jaime, levantándose también.
Junto al portón, esperaban unos caballos. Jaime montó al primero y de inmediato el caballo se alzó en vuelo. Abajo, a sus pies, divisó por un instante el tejado de su cabaña, pero no pudo siquiera mirarlo muy bien, porque ya se había alejado varias mi­llas. Montes y valles, ríos p bosques, ciudades y países desfilaban por debajo. Y tras cada monte, tras cada río, tras cada ciudad, los enanos mencionaban el nombre del lugar que estaban sobre­volando.
Finalmente se pusieron todos a gritar:
-¡Dublín, Dublín, Dublín!
Habían llegado. Los enanos aterrizaron y se acercaron a la ventana de una espléndida casa. Por la ventana, se veía una ha­bitación y a una bella muchacha tendida en la cama. Jaime la miró y de repente le pareció que su corazón dejaba de latir.
Los enanos sacaron de la cama a la muchacha dormida q pu­sieron sobre las almohadas, en su lugar, un leño. En cuanto el leño tocó la cama, se transformó en una muchacha idéntica a la hermosa muchacha.
Los enanos reanudaron el vuelo hacia su casa montados en los caballos. Llevaban a la muchacha dormida por turnos, mon­tada en la silla delante de ellos. Y, mientras tanto, seguían di­ciendo los nombres de las ciudades, las montañas y los ríos que sobrevolaban. Cuando Jaime, al oír esos nombres, comprendió que se estaban acercando a su casa, dijo:
-Por qué no me dejáis que yo también lleve a la muchacha? Todos vosotros ya la habéis llevado.
-No te preocupes, Jaime -respondieron los enanos, justa­mente ahora te toca a ti.
Jaime tomó entre sus brazos a la bella durmiente y enseguida, manteniéndola bien sujeta, descendió con su caballo hasta la puerta de su cabaña.
-Jaime, Jaime -gritaban los enanos, persiguiéndolo, no se­rás capaz de hacernos eso, ¿no?
Pero Jaime mantuvo sujeta a la muchacha y no se desprendió de ella, ni siquiera cuando los enanos la transformaron en un perro negro, después en un trozo de hierro candente, luego en una bolsa de lana g sólo el diablo sabe en qué otras cosas más. Jaime cerró los ojos y sólo los volvió a abrir cuando ella vol­vió a ser la hermosa muchacha.
Entonces uno de los enanos gritó con voz airada:
-Vale, quédate con ella, pero te servirá de muy poco, porque se volverá sordomuda.
los enanos mencionaban el nombre del lugar que estaban sobre­volando.
Finalmente se pusieron todos a gritar:
-¡Dublín, Dublín, Dublín!
Habían llegado. Los enanos aterrizaron y se acercaron a la ventana de una espléndida casa. Por la ventana, se veía una ha­bitación y a una bella muchacha tendida en la cama. Jaime la miró y de repente le pareció que su corazón dejaba de latir.
Los enanos sacaron de la cama a la muchacha dormida y pu­sieron sobre las almohadas, en su lugar, un leño. En cuanto el leño tocó la cama, se transformó en una muchacha idéntica a la hermosa muchacha.
Los enanos reanudaron el vuelo hacia su casa montados en los caballos. Llevaban a la muchacha dormida por turnos, mon­tada en la silla delante de ellos. Y, mientras tanto, seguían di­ciendo los nombres de las ciudades, las montañas y los ríos que sobrevolaban. Cuando Jaime, al oír esos nombres, comprendió que se estaban acercando a su casa, dijo:
-¿Por qué no me dejáis que yo también lleve a la muchacha? Todos vosotros ga la habéis llevado.
-No te preocupes, Jaime -respondieron los enanos, justa­mente ahora te toca a ti.
Jaime tomó entre sus brazos a la bella durmiente y enseguida, manteniéndola bien sujeta, descendió con su caballo hasta la puerta de su cabaña.
-Jaime, Jaime -gritaban los enanos, persiguiéndolo, no se­rás capaz de hacernos eso, ¿no?
Pero Jaime mantuvo sujeta a la muchacha y no se desprendió de ella, ni siquiera cuando los enanos la transformaron en un perro negro, después en un trozo de hierro candente, luego en una bolsa de lana y sólo el diablo sabe en qué otras cosas más. Jaime cerró los ojos y sólo los volvió a abrir cuando ella vol­vió a ser la hermosa muchacha.
Entonces uno de los enanos gritó con voz airada:
-Vale, quédate con ella, pero te servirá de muy poco, porque se volverá sordomuda.
Dicho eso, rozó a la muchacha con su varita mágica. Los ena­nos desaparecieron. Jaime descorrió el cerrojo y entró en la ca­baña.
Jaime, hijo mío -lo saludó su anciana madre, ¿dónde has pasado la noche? ¿Qué te han hecho?
-Nada malo, mamá -respondió Jaime, he tenido suerte y te he traído también una dama de compañía.
-¡Santo cielo! -exclamó la madre asustada, mirando a la hermosa muchacha que Jaime llevaba en sus brazos. ¿Qué ha­remos con ella? Seguro que viene de una familia rica y nosotros somos muy pobres.
-No te preocupes, mamá -dijo Jaime-, estará mejor aquí que en cualquier otro sitio.
Y con el pulgar señaló el castillo.
La hermosa muchacha tembló y abrió los ojos.
-Pero debe de tener frío, con sólo ese camisón encima -dijo la mujer, asustada, y fue hacia el arcón.
Poco después, la hermosa muchacha estaba vestida con el an­tiguo traje de las fiestas que la madre de Jaime guardaba para que se lo pusiesen el día de su muerte. Con aquel vestido, la mu­chacha parecía una novia.
-¿Y ahora cómo nos arreglaremos con ella? -se preocupaba la madre. ¿Qué le daremos de comer?
-Yo trabajaré el doble -dijo Jaime, y también ella podrá ha­cer algo en cuanto se haya habituado a su nueva vida.
Y así fue. Desde aquel día, Jaime trabajó por dos y la hermo­sa muchacha se habituó muy pronto a su nueva vida. Nadie pudo sacar una palabra de su boca, porque era sordomuda, pero su tristeza desapareció muy pronto, y se convirtió en una hábil y laboriosa ama de casa. Se ocupaba del cerdo, preparaba el pien­so para los pollos, guisaba para Jaime y para su madre, e in­cluso aprendió labores de punto.
Pasó así un año y estaba muy próxima la fiesta de San Juan. Cuando cayó la noche, Jaime cogió su sombrero, se dirigió a la puerta u dijo:
-Mamá, quiero ir al castillo en busca de fortuna.
-Hijo mío -respondió la mujer, te has vuelto loco. Seguro que te matarán por lo que les hiciste el año pasado.
-No, no me matarán, no tengas miedo -dijo Jaime y se fue derecho al castillo.
Antes de entrar, sin embargo, se quedó escuchando bajo las ventanas. Precisamente los enanos estaban hablando de él.
-¿Qué hará Jaime? ¿Os acordáis de cómo nos tomó el pelo el año pasado? -decía uno de los enanos.
-Pero yo lo di un buen castigo -decía el segundo: tiene a la muchacha, pero es sordomuda.
-Y pensar -se rió el tercero- que bastarían tres gotas de mi vaso para devolverle el oído y el habla.
Jaime ya sabía bastante. Entró en la sala con el corazón algo acelerado y de pronto, desde todos los ángulos, como la prime­ra vez, se oyó gritar:
-¡Bienvenido, Jaime, bienvenido!
Uno de los enanos se le acercó con un vaso y le dijo:
-¡Bebe con nosotros, Jaime, a la salud de todos!
Antes de que el enano pudiese llevarse el vaso a los labios, Jaime se lo arrebató de las manos y se precipitó hacia la puer­ta como una flecha. No se detuvo hasta llegar a su casa, junto al fuego, pero él mismo no habría sabido contar cómo había llegado y cómo había hecho para escapar de los enanos que lo perseguían.
-Ay, qué pena, esta vez sí que te matarán de verdad -se la­mentaba su madre.
-Que no me matarán -respondió Jaime y le entregó el vaso a la muchacha.
Aunque Jaime lo había llevado corriendo a toda prisa, habían quedado tres gotas. La muchacha las bebió y enseguida pudo ha­blar y oír de nuevo. Con lágrimas en los ojos, le dio las gracias a Jaime y se quedaron levantados hasta el amanecer escuchando su historia, quién era y de dónde venía.
-Y ahora debo volver a casa de mis padres en Dublín -con­cluyó la muchacha cuando ya amanecía.
-Pero ¿cómo? -dijo el pobre Jaime preocupado. No tengo di­nero para que vallas en una carroza y a pie tardarías mucho en llegar.
Pero la hermosa muchacha no quiso ceder y tanto habló que acabó convenciendo a Jaime. A los tres días, llegaron a Dublín.
El camino era largo, pero Dios quiso que llegaran a destino. Jaime y la hermosa muchacha entraron en Dublín, frente al por­tón de una magnífica casa, y llamaron.
Apareció un sirviente y la muchacha le ordenó:
-Ve a decirle a mi padre que su hija ha vuelto a casa.
-Nuestro amo no tiene ninguna hija -respondió el sirviente. Tenía una, pero murió hace un año.
-¿Quiere decir que ya no me conoces, Sullivan? -preguntó la muchacha.
El criado de nombre Sullivan observó atentamente a la mu­chacha, que llevaba ropa de campesina, y meneó la cabeza:
-No, no te reconozco.
-Llama a tu amo, entonces.
Poco después, apareció en la puerta el dueño de casa.
-Papá, ¿tampoco tú me reconoces?
-No te atrevas a llamarme papá -gritó el dueño de la casa, irritado. Yo no tengo ninguna hija.
-Llama a mamá, entonces. Sin duda ella me reconocerá -dijo la hermosa muchacha echándose a llorar.
Al principio, el rico señor no quería saber nada, pero por fin se decidió a ordenar que llamasen a su mujer. Cuando apareció la anciana señora, la hermosa muchacha exclamó:
-Mamá, ¿será posible que tú tampoco me reconozcas?
La anciana señora alzó la cabeza, miró a la muchacha vesti­da con sus pobres ropas, extendió los brazos y gritó:
-¡Hija, hija mía!
Todo lo que ocurrió después cada uno puede imaginárselo. Jaime tuvo que contar con pelos q señales todo lo que había ocurrido y, cuando terminó, los padres de la muchacha no sa­bían cómo agra-decérselo. Jaime se quedó con ellos unos días y se despidió.
-Debo volver a casa, me espera mi madre -respondió cuando intentaban retenerlo.
-Si Jaime se va, yo me voy con él -dijo de repente la hermosa muchacha. Él me ha salvado la vida, lo ha hecho todo por mí y yo quiero recompensarlo.
¿Qué hacer? Los ancianos padres aceptaron a Jaime como yerno, enviaron una carroza a la aldea para recoger a su madre y vivieron todos juntos, felices y contentos, en la magnífica casa de Dublín.

124. anonimo (irlanda)

El irlandés embustero

En el Lejano Oriente vivía un rey que tenía una sola hija. Cuan­do ella creció y ya era una joven casadera, el rey proclamó que concedería su mano a la persona que lo impulsase a decir tres ve­ces seguidas: «¡Eso es mentira, mentira, mentira!».
La noticia de la proclama se difundió por el mundo y llegó también a Irlanda, donde vivían, en aquel entonces, una humil­de viuda y su hijo, que era un famoso embustero. Una noche, el muchacho volvió a casa y dijo:
-Me sorprendería si no fuese capaz de conquistar a la hija del rey. Déme su bendición, madre, que mañana mismo salgo de viaje.
A la mañana siguiente, el irlandés embustero emprendió su aventura. Viajó varios días y, al fin, llegó al palacio del rey. En la puerta lo detuvieron dos guardianes:
-¡Eh, tú! ¿Adónde vas, pequeño irlandés?
-Voy a ver a vuestro rey para casarme con su hija -respon­dió el embustero.
Los guardianes lo guiaron enseguida a presencia del rey. Éste lo condujo a un enorme prado, donde pastaban sus manadas y sus rebaños, y le preguntó:
-¿Qué piensas de mi ganado?
-¿Qué pienso, Majestad? Éstos no son rebaños, ni ganado, ni nada. ¡Deberíais ver el ganado de mi madre! -exclamó el ir­landés embustero.
-¿Y qué tiene de especial? -preguntó el rey de Oriente.
-¿Que qué tiene de especial? Hay tantas vacas que el suero de su leche basta para hacer girar setecientas setenta y siete rue­das de molino.
-Hum, hum -gruñó el rey de Oriente, y llevó al embustero a un enorme campo donde crecían coles.
-¿Qué piensas de mis coles? -preguntó.
-¿Que qué pienso, Majestad? Que éstas no son coles sino, a lo sumo, unos pobres brotes. ¡Deberíais ver las coles que cultiva mi madre! -exclamó el irlandés embustero.
-¿Y qué tienen de especial? -preguntó el rey de Oriente.
-¿Que qué tienen de especial, Majestad? Son tan grandes que una vez, bajo una hoja de aquellas coles, fue posible celebrar un banquete de bodas. Incluso, como estaba lloviendo, los invi­tados se bañaban en el patio.
-Hum, hum -farfulló el rey de Oriente, y condujo al embus­tero a un huerto muy extenso donde crecían habas.
-Dime ahora qué piensas de mis habas -preguntó.
-¿Que qué pienso, Majestad? Pero ¿éstas son habas? ¡No son habas ni nada! ¡Deberíais ver las habas del huerto de mi ma­dre! -exclamó el irlandés embustero.
-¿Qué tienen de especial? -preguntó el rey de Oriente.
-¿Que qué tienen de especial, Majestad? Son plantas tan al­tas que la más insignificante de ellas llega a las nubes. Una vez, cuando ya las legumbres estaban maduras, fui con un saco a re­coger las habas de una planta. Trepé de hoja en hoja, recogién­dolas y echándolas en el saco. Cuando éste estuvo lleno, lo tiré al suelo y seguí subiendo, hasta que llegué a la altura de las nu­bes. Allí vi una casa y en un muro había una pulga. Como nece­sitaba una nueva bolsa, la maté y la despellejé: su piel daba para nueve bolsas. Cuando comencé a bajar, las hojas ya estaban se­cas y se rompieron bajo mis pies. De repente se hizo pedazos todo el tallo de la planta. Me caí y me precipité en un gran ba­rranco. Como había quedado atrapado entre dos rocas y no con­seguía liberarme, saqué mi navaja del bolsillo, me corté la cabe­za y la mandé a casa para informar a mis familiares de lo que me había ocurrido. En el camino, mi cabeza se encontró con un zorro y el muy bribón se la metió en la boca. Esto me fastidió bas­tante. Pero reaccioné enseguida, corrí en pos del zorro y, cuando lo alcancé, le corté un pedazo de cola con la navaja. ¡Y en la cola estaba escrito que vuestro padre había sido siervo de mi padre!
-¡Eso es mentira, mentira, mentira! -aulló el rey enfurecido.
-Lo sé, Majestad -respondió el irlandés embustero. Pero vos me habéis incitado a decirla. Ahora, como castigo, debéis darme a vuestra hija por esposa.
Y así fue como el pobre irlandés obtuvo la mano de la hija del rey de Oriente. Se preparó un espléndido festín, que duró todo un año, y el último día fue tan alegre y bullicioso como el primero.

124. anonimo (irlanda)

El gallito rojo

Un gato, un ratón q un gallito rojo vivían juntos en una her­mosa casa, situada en medio del bosque. El gato tenía su cama en una cesta mullida, el ratón en una cueva profunda y el galli­to en un robusto aseladero. Al despertarse una mañana, el ga­llito preguntó:
-¿Quién se levanta primera a encender la chimenea?
-Yo no -dijo el gato.
-Yo no -dijo el ratón.
-Vale, me levantaré yo -dijo el gallito rojo, se levantó y en­cendió el fuego.
Cuando el fuego se avivó, el gallito rojo hizo una nueva pre­gunta:
-¿Quién barre la habitación?
-Yo no -dijo el gato.
-Yo tampoco -dijo el ratón.
-Vale, barreré yo -dijo entonces el gallito y barrió todos los rincones.
Acabada la limpieza, preguntó:
-¿Quién prepara el desayuno?
-Yo no -dijo el gato.
-Yo tampoco -dijo el ratón.
-Vale, lo prepararé yo -dijo el gallito rojo e hizo de comer. Cuando el desayuno estuvo listo, el gallito rojo preguntó:
-¿Y quién se come ahora este magnífico desaguno?
-Yo -dijo el gato.
-Yo, yo -dijo el ratón.
-De ninguna manera -dijo entonces el gallito rojo. Me lo co­meré yo solo, salvo que me prometáis que me ayudaréis siempre.
-Yo te ayudaré -prometió el gato.
-Te ayudaremos -prometió el ratón.
El gallito rojo se enterneció y compartió el desayuno con sus dos amigos.
Cuando no quedaba ya siquiera una migaja, el gallito rojo miró por la ventana y vio que venía por el camino el zorro en persona.
-¡Llega el zorro! -gritó el gallito y saltó al aseladero.
-¡Llega el zorro! -gritó el gato y se acomodó en su cesta.
-¡Llega el zorro! -gritó el ratón y se escondió en su cueva.
El zorro entró en la habitación.
-Buenos días, ratoncito. Buenos días, gatito. Buenos días, gallito rojo. ¿Cuál de vosotros podría rascarme la espalda?
-Yo no -dijo el gato.
-Yo no -dijo el ratón.
-Vale -dijo el gallito rojo, te la rascaré yo.
Y comenzó a rascar al zorro. Le rascó la espalda de la cola a las orejas pero, cuando llegó a las orejas, el zorro extendió una pata, atrapó al gallito y lo metió en su bolsa.
-Socorro, socorro, ¿quién me ayuda? -gritaba el gallito rojo en la bolsa.
-Yo no -dijo el gato y se ovilló más aún en su cesta.
-Yo tampoco -dijo el ratón y se ocultó aún más en su cueva.
Pero si creían estar a salvo, se equivocaban. El zorro dio un salto, sacó al gato de la cesta y al ratón de la cueva y los metió en la bolsa, para que hiciesen compañía al gallito rojo. Después se echó la bolsa al hombro y retomó a la carrera el camino hacia su casa.
Era un día espléndido pero bastante caluroso y, al poco rato, la bolsa comenzó a pesar. El zorro la dejó en el suelo, al pie de un cerezo, se tumbó a la sombra y se durmió.
En cuanto se durmió el zorro, el gallito rojo sacó unas tijeras que llevaba bajo el ala, una aguja y un hilo y preguntó:
-¿Quién corta la bolsa con las tijeras?
-Yo -dijo el gato.
-Yo, yo -dijo el ratón.
Uniendo sus fuerzas, cortaron la bolsa y salieron al exterior.
Entonces el gallito rojo preguntó:
-¿Quién trae unas piedras?
-Yo -dijo el gato.
-Yo, yo -dijo el ratón.
Uniendo sus fuerzas, consiguieron tres piedras y las pusieron en la bolsa.
Entonces el gallito rojo preguntó:
-¿Quién quiere ahora remendar la bolsa?
-Yo -dijo el gato.
-Yo, yo -dijo el ratón.
Uniendo sus fuerzas, remendaron muy bien la bolsa y se fue­ron corriendo a casa. Y, desde aquel día, el gato y el ratón ayu­daron siempre al buen gallito rojo.
En cuanto al zorro, poco después se despertó, cargó la bolsa al hombro y retomó su camino. Y, mientras tanto, pensaba:
-Vaya, vaga, he dormido bien, pero parece que esta bolsa se vuelve cada vez más pesada.
Cuando avistó su casa, gritó desde lejos:
-Mamá, mamá, pon la olla de cristal en la chimenea que lle­go con la cena.
La vieja madre del zorro puso la olla de cristal en la chime­nea, la llenó de agua y encendió el fuego.
Mientras el agua hervía, el zorro subió al tejado y desató la bolsa encima de la chimenea.
-¡Señor gato, señor ratón, señor gallito rojo, acomodaos en la olla! -exclamó y echó campana abajo lo que había en la bolsa.
Las tres piedras cayeron en la olla de cristal y la hicieron añicos.
Podéis imaginaros cómo se enfadó la vieja madre del zorro. Salió al patio, cogió los zuecos de madera, se los arrojó a su hijo y lo hizo caer del tejado.
Así el zorro, en lugar de una buena cena, consiguió dos chi­chones: uno se lo hizo su madre con el zueco; el otro se lo hizo al caer del tejado.

124. anonimo (irlanda)