Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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martes, 5 de junio de 2012

Witranawe


Hacia 1950, en la zona cercana a El Turbio [1] habitaba una pareja de artesanos. Él se llamaba Nahuel y ella Alina [2]. Ambos eran descendientes de los primitivos pobladores de esas tierras, y vivían a caballo entre las antiguas tradiciones y la vida moderna, de la cual trataban de mantenerse lo más apartados que podían. Pero era inevitable que debieran hacer algo para sobrevivir, por lo cual dos veces al mes ‑exceptuando, por supuesto, los meses más fríos del invierno, en los cuales debían mantenerse con lo obtenido durante el resto del año‑ Nahuel juntaba las mejores artesanías en un pequeño carro tirado por una mula que la pareja tenía, y recorría toda la zona desde más al oeste de Lago Puelo [3], rodeando todo Epuyén [4], hasta las laderas del Piltriquitrón [5].
En los tiempos de esta historia, Nahuel y Alina llevaban tres años viviendo en aquella zona, durante los cuales él había realizado, desde luego, muchos de esos viajes. Hasta que uno de tantos, de pronto, fue especial. Tanto, que el artesano jamás olvidaría ese viaje y ya no volvería a hacer otro sin ir acompañado por Alina (quien, dicho sea de paso, era la autora de la mayoría de las piezas artesanales que producían).
Fue en el último viaje antes de un invierno que prometía ser especialmente duro. Nahuel había tenido buena suerte en algunos pueblos de la comarca, pero en general no había sido un viaje muy productivo económicamente hablando. Por esta razón lo extendió algunos días más de lo que tenía previsto, aunque esto lo acercara peligrosamente al invierno. Y no sólo eso, sino que extendió también las horas del día que dedicaba a recorrer la zona con sus artesanías.
Extendiendo y extendiéndose, un anochecer lo encontró regresando junto a Alina, pero en una complicada posición: era muy tarde tanto para aventurarse más adelante como para regresar al último pueblo que había visitado; en cualquiera de los dos casos, la noche lo sorprendería en mitad de camino.
Esto preocupó a Nahuel, porque no tenía los pertrechos suficientes para pasar una noche helada sobre su carro, ni tampoco para acampar. En estos pensamientos estaba, cuando creyó que su suerte finalmente no sería tan adversa: vio a cierta distancia a alguien que venía cabalgando en dirección a él. Quizá, pensó Nahuel, fuera alguien que vivía en alguna casa cercana que él no podría encontrar por su cuenta en plena noche. Muchas veces había sabido de historias así: un viajero que se pierde en la oscuridad y el frío de una noche invernal sin saber que, de haberse desviado algunos metros hacia un lado o hacia otro, se hubiese cruzado con una casa en medio del valle o el bosque o incluso sobre los cerros, que hubiera sido la solución a todos sus incon-venientes.
Pero en cuanto comenzó a distinguir mejor la figura del jinete que avanzaba entre la niebla del crepúscu­lo y ahora estaba a una cincuentena de metros de él, Nahuel ya no se sintió tan aliviado. Parecía un hombre muy alto y muy delgado, se diría esquelético, que estaba envuelto en una gran manta negra que se agitaba al viento, y presentaba una actitud más bien agresiva, galopando en línea recta hacia el inquieto artesano.
A medida que se iba acercando, la velocidad del jinete parecía aumentar. Hasta que, cuando le faltaba sólo una docena de metros para alcanzar a Nahuel, éste sintió que lo que veía perdía todo viso de realidad, porque el caballo ‑esquelético y mal entrazado como el atemorizador jinete‑ ya no galopaba con sus cascos en el suelo. No: claramente su velocidad estaba fuera de posibilidades naturales y las patas estaban a no menos de un metro del suelo.
Esto distrajo totalmente la atención de Nahuel hacia el jinete. Por un segundo no pudo más que fijar su vista en los cascos del caballo. Y ese segundo fue más que suficiente para que, a esa velocidad irreal, caballo y jinete estuvieran sobre él. Literalmente sobre él, porque cuando instinto-vamente Nahuel levantó su rostro vio a caballo y jinete a un par de metros más arriba que la altura de su cabeza, como si la idea fuera usarlo como obstáculo para un salto imposible.
Y sin embargo eso sucedió: la increíble figura pasó bastante por encima de su cabeza, y en menos de lo que tardó un latido del acelerado corazón de Nahuel ya estaba a muchos metros a sus espaldas, y se perdía en la noche a una velocidad que parecía ralentizarse a medida que se alejaba y se internaba de nuevo en la bruma.
Pero ese instante, quizá menos de un segundo, en que Nahuel logró fijar sus ojos en el jinete justo cuando pasaba por encima de él, fue más que suficiente para grabar una imagen infaustamente inolvidable en el alma del pobre artesano: alto, delgado como si los huesos pugnaran por atravesar la seca piel ‑porque en ese salto la manta negra que lo cubría se abrió como un par de alas macabras dejando ver el torso desnudo‑, y con un rostro como de duende demente, congelado en una sonrisa que, por la delgadez del rostro, lo hacía parecer una calavera que se hubiera puesto una burlona máscara.
Nahuel sintió un vértigo que lo envolvía como una cortina de negrura, y por algún tiempo que no pudo especificar, perdió todo sentido de la ubicación. Cuando se serenó y volvió a abrir los ojos, todo era silencio a su alrededor. Y oscuridad. Apenas distinguía las orejas inmóviles de su mula, que parecía más una estatua de piedra que un animal vivo.
Tanto era el terror del pobre artesano, que apenas atinó a cubrirse hasta la cabeza con la única manta que tenía y permanecer inmóvil, casi sin darse cuenta del frío que penetraba en sus huesos, hasta que la primera luz del amanecer se dejó ver por entre las nubes que cubrían el cielo.
Entumecido, tembloroso, Nahuel trató de obligarse a reaccionar. Se golpeó repetidamente ambas mejillas, frotó sus manos con energía, y por fin saltó de su humilde carro para caminar en círculos alrededor. En ese momento la mula comenzó a moverse con cierta inquietud, como si despertara de un sueño inducido por algún elemento extraño.
Cuando hubo recuperado su ánimo, Nahuel comprobó con angustia que le faltaban casi todas las artesanías que no había podido vender y aún llevaba en el carro. No eran muchas cosas, pero lo aterrador era el simple hecho de que faltaran. ¿Cómo habían desaparecido?
Más inquieto que preocupado, más atemori-zado que irritado por la pérdida, Nahuel montó en el carro y se echó a andar. Se sentía, además, algo mareado, y pensó que le vendría muy bien poder beber algo caliente. El humo de lo que seguramente seria un hogar de leños lo hizo desviarse del camino, y enseguida divisó a poca distancia una hermosa casa de madera casi al borde de un arroyo. Hacia allí se dirigió.
Se trataba, evidentemente, de una de esas construcciones confortables y casi lujosas dentro de su estilo que muchos terratenientes de aquellas zonas mandaban realizar en algún paraje agreste y sereno, como una suerte de lugar de retiro para momentos en que no querían ser molestados por asuntos de sus negocios y actividades productivas. No era la clase de sitio ideal para ir en busca de un gesto hospitalario para alguien como Nahuel, pero el artesano no estaba en condiciones de pensar en las diferencias sociales en ese momento. Incluso, si tenía suerte, en la casa quizá hubiera sólo algún empleado o un peón que había venido temprano para calentarla en espera de la llegada del patrón.
Un peón había y fue quien se asomó al llamado de Nahuel, pero, también el patrón estaba en la casa. Preguntó desde adentro qué pasaba. El peón dijo que sólo se trataba de un artesano que pedía algo de té caliente y que lo atendería en el galpón de la parte trasera. A manera de aprobación, el patrón se asomó desde la casa e hizo un gesto con la mano hacia Nahuel. Era un hombre de mediana edad, con rasgos europeos, pero claro aspecto de haber tenido una vida rural, y señas evidentes de una vida más que acomodada. Por detrás de él, en el interior de la casa, se veía ir y venir a una muchacha joven de rasgos nativos aunque no muy marcados.
Cuando Nahuel estaba pasando cerca de la puerta, se sorprendió mucho al ver a esa muchacha que se acercó a una de las ventanas para mirarlo a su vez. Sonreía con cierta picardía y jugaba con un trarihue [6] que se ponía alternativamente en la cintura o en torno al cuello.
¿Qué había sorprendido tanto al artesano? Lo inexplicable: que estaba seguro, por completo, de que ese trarihue era de los que confeccionaba Alina, más exactamente uno que pocas horas atrás, antes del episodio con el aterrador jinete, estaba en su carro.
No le cabía duda al respecto: el color y, sobre todo, el motivo diseñado sobre la prenda la hacían inconfundible. ¿Cómo podía, entonces, haber llegado hasta ahí?
Ante la sorpresa del peón, Nahuel de pronto se lanzó hacia la puerta y entró en la casa.
‑¿Qué es lo que necesita, amigo? ‑le preguntó el patrón volviéndose hacia él y con un tono de clara molestia, casi de amenaza.
‑El trarihue... Ése... Lo tejió mi mujer, estoy seguro...
‑¡Ah!, de eso se trata... ‑contestó el hombre sonriendo ahora con tranquilidad y suficiencia‑. Bueno, pues lo felicito... Dígale a su esposa que es una excelente artesana... ‑Y mirando a la muchacha que le sonreía agregó‑: Yo soy un gran amante de las habilidades autóctonas.
‑Usted no entiende, señor. Le digo que ese trarihue lo traía esta misma mañana en mi carro. Que no se lo vendí a nadie. ¡Que es imposible que lo tenga usted!
‑Deje de embromar, hombre, cuántos de éstos habrá hecho iguales, y...
‑No, señor... ‑lo interrumpió Nahuel acercándose a la muchacha y señalando la faja que ella ahora sostenía ya sin juguetear ni sonreír‑. Todos son parecidos, pero ninguno es igual a otro. Y es la primera vez que mi esposa usa esas figuras de cabra como motivo, ¿me entiende? Este trarihue no se parece a ninguno que ella haya hecho antes... y yo no se lo vendí a nadie.
‑Perdone, patrón, enseguida le saco a este paisano mal encarao... ‑dijo el peón, entrando con pasos reivindicativos de lo que consideraba una falta propia: la presencia de Nahuel dentro de la casa‑. ¡Vamos, che!, ¡dejá de molestar al señor Muller!
El hombre llamado Muller miró a Nahuel con su sonrisa de patrón mientras hablaba a su voluntarioso peón.
‑Está bien, Cipriano, el joven no me molesta...
El peón se retiró sólo hasta poco más allá del umbral de la puerta. Muller se sentó en un sillón de mimbre y siguió hablando con esa amabilidad de los que se suponen superiores.
‑A ver, amigo, ¿y qué está sugiriendo, eh? Por ahí la cosa es que yo aproveché mientras usted dormía para ir a robarle sus cositas del carro... No tengo otra cosa que hacer por las noches, más que andar vagando por mis campos a ver si puedo robar a los que pasan...
‑Algo debe de andar haciendo de noche por ahí, porque, si no, no me explico cómo sabe que yo andaba por acá con un carro lleno de artesanías...
Muller se puso serio.
‑No sea abombado, hombre. Su carro está ahí nomás, a la vista.
‑Pero no tiene ningún cartel que diga "artesano", ni nada que diga que anduve anoche por acá cerca... Yo sé que alguien como usted no necesita robarle a alguien como yo, o por lo menos no lo hace de una forma tan directa. Pero que algo raro pasa…no me lo va a negar, señor.
Muller se irritó visiblemente. Se puso de pie y ensayó su mejor tono de patrón:
‑Bueno, mocito, retírese ahora mismo de mi casa, antes de que me arrepienta y le haga pagar su impertinencia.
Esta reacción, de alguna manera, tranquilizó a Nahuel. El artesano sintió que, por inexplicable que fuera, había alguna razón detrás del misterioso asunto. Y lo que roba la serenidad de un espíritu no es lo horroroso sino lo que no se puede comprender, porque a esto último no se lo puede enfrentar de manera alguna.
-Está bien, está bien, no lo molesto más, ya me voy... ‑dijo con una sonrisa tranquila que intranquilizó más a Muller. Y salió en busca de su carro.
Pero no siguió su camino de regreso a su hogar junto a Alina. Volvió sobre sus pasos hasta llegar al pequeño destacamento de la Gendarmería en el que tantas veces había parado a tomar mate con Roberto, un gendarme que había sido su amigo desde la adolescencia.
Le contó lo que había sucedido desde la noche anterior y cuál era su idea sobre todo aquello. Roberto se encogió de hombros en un gesto de duda.
‑¡Y qué sé yo!, Nahuel... Es una idea rara... ¿Por qué un tipo rico como Muller tendría a su servicio a un ladrón de caminos, para que le robe chucherías a los que pasan? No supondrás que se hizo millonario así, haciendo asaltar a los pobres cristos que pueden llegar a andar por esta zona...
‑Más bien, ya sé, pero... no sé, ¿y si el tipo estuviera medio loco? ¿Por qué no? Yo, como la mayoría de los que andamos por la comarca, no tengo tiempo de aburrirme porque conseguir lo mínimo para sobrevivir se hace muy cuesta arriba. Pero un tipo como ese Muller... ¿Quién te dice que, ya harto de engordar juntando plata, no haga cosas como pagarle a algún vago para divertirse con los pobres diablos como yo o cualquiera que ande por sus campos?
‑Ni siquiera sabes cómo hizo el flaco feo ese para robarte... Más bien me lo describiste casi como un aparecido...
‑Bueno, pero eso puede ser porque era de noche y yo estaba cansado y con frío y... ¡qué sé yo! Pero el trarihue que vi en esa casa era bien real. Y a mí nadie me lo pagó.
Sin dejar de dudar, Roberto accedió a acercarse con Nahuel hasta la casa del arroyo. Pero lo hicieron recién después de las 7 de la tarde, cuando Roberto terminó su servicio de ese día, porque no quiso que la cosa pareciera oficial. ¿Qué iba a decirle a Muller: que como gendarme venía a ver a un poderoso terrateniente que se robaba artesanías de dos centavos?
Para alivio del gendarme, cuando llegaron a la casa no había nadie. Para su preocupación, Nahuel se puso insistente en que debían aprovechar para entrar porque estaba seguro de que encontrarían más artesanías de las que habían desaparecido de su carro.
Roberto trataba de disuadirlo, mientras Nahuel recorría todos los flancos de la casa buscando una forma de entrar sin tener que forzar la puerta, y en eso el rostro del artesano se encendió en una mueca de triunfo. En la parte trasera de la casa, una ventana tenía los postigos interiores abiertos a medias, y Nahuel señaló muy entusiasmado a Roberto un objeto que alcanzaba a verse sobre una repisita en el interior:
‑¡Ahí tenés! ¡Te dije: mirá, ese metahue [7] es mío! ¡Mirá las dos cabezas de cabra: no hay ninguna duda, es de la serie que Alina empezó a hacer recién en los últimos dos meses! ¡No lo pudo comprar en ningún lado! ¡Vas a ver que está firmado en la base!
‑¿Y cómo voy a ver eso? No imaginarás que voy a entrar por la fuerza a la casa... ni que voy a venir como gendarme a decirle a Muller que sospechamos que se robó una vasijita...
Nahuel no alcanzó a contestar porque un sonido algo lejano le congeló la sangre. Aferró con fuerza el brazo de Roberto y se volvió hacia el lado del nacimiento del arroyo. En medio de la oscuridad creciente del crepúsculo, y ‑era así, no cabía duda‑ cabalgando un poco por encima de las cristalinas aguas, el desgarbado y alucinante jinete venía hacia ellos.
Roberto lamentó inmediatamente no haber llevado su arma reglamentaria. El jinete llegó hasta ellos en un tiempo imposible de atribuir a la velocidad con que cabalgaba. Los dos hombres, instintivamente, pegaron sus espaldas a la madera de la casa.
El espantoso caballo se paró sobre sus patas traseras a apenas unos centímetros de ellos y el jinete, con la manta negra abierta y desplegada en ese movimiento de alas monstruosas que Nahuel ya conocía, estiró su rostro cadavérico en una carcajada que resonó irrealmente en el aire de la noche que nacía.
La aterradora imagen pareció mantenerse en esa alucinante posición durante un tiempo interminable. La carcajada se hacía atronadora. Era como si la expresión inhumana y demente de aquel rostro de duende insano y desquiciado quisiera grabarse a fuego en los espíritus de aquellos dos pobres hombres.
Y entonces se oyó el rugido de un motor, la estridencia de una frenada y una voz potente y autoritaria que gritó:
‑¡Witranawe [8]! íFeykülen [9]!
Ante el asombro de Nahuel y Roberto, jinete y caballo quedaron inmoviliza-dos en su irreal posición, como en una tensión que en cualquier momento se resolvería en un reiniciar del hostigamiento. Entonces sonó otra vez la voz, ahora más cerca:
‑¡Fewla, Witranawe [10]!
En ese momento, vieron a Muller que acababa de descender de una camioneta rural y avanzaba decidido hacia el jinete, cuyo caballo entonces posó las cuatro patas sobre la tierra. Cuando Muller estuvo a poco más de un metro, el jinete habló con una voz gutural mezclada con un tono casi infantil, combinación que resultaba aterradora.
-¿Chumwelu am [11]?
‑Porque yo te lo estoy diciendo. ¿Qué otra razón necesitás, bicho malcriao?
El jinete, el witranawe, se arropó en su manta negra y de repente se lanzó al galope desapareciendo en la distancia en menos de lo que la vista alcanzaba a percibir.
‑¡Mirá que sos cabeza dura! ‑exclamó Muller mirando con reproche a Nahuel. Y enseguida, dirigiéndose a Roberto, le preguntó‑: Y vos... ¿estás acá como gendarme, o...?
‑¡No, no! ‑se apresuró a contestar Roberto‑. Sólo lo acompañé a él, porque me dijo que... en fin, que...
‑Pasen para adentro. Voy a tener que contarles la historia del witranawe, parece...
Una vez dentro de la casa, Muller les contó que desde chico había oído historias de los nativos, y una de ellas era la del witranawe, que según decían tenía la facultad de proteger y multiplicar la riqueza de quien se asociara a él. Cuando su padre murió y Muller se hizo cargo de los campos familiares, se puso a investigar entre los nativos que aún quedaban en sus tierras hasta que halló, del lado chileno, un kalku [12] que le enseñó cómo hacer que un witranawe se presentara ante él, y cómo negociar la protección de la macabra entidad. Pero le advirtió que todo el beneficio que podía obtener era a cambio de condenarse a vivir para siempre con el witranawe a su lado, a mantenerlo, a hacerlo parte de toda su vida.
Muller aceptó, y así fue que durante más de veinte años estuvo conviviendo con el terrible duende. Su fortuna se hizo mayor año tras año, pero así también su condena. Durante mucho tiempo buscó todas las formas posibles de deshacerse del terrible compromiso que había contraído, pero fue en vano. No quiso detallar qué clase de hechos terribles le deparaba su contrato mágico con el witranawe. Sólo dijo al terminar su relación:
‑¿Qué harán ahora? ¿Contar esto? Nadie les creerá. Y además, ¿para qué? ¿Creen acaso que merezco algún castigo por tener semejante aliado? ¿Creen, acaso, que existe algún castigo humano que supere el que padezco por compartir mis días con un witranawe?
Ni Nahuel ni Roberto quisieron saber más. De hecho, hubieran preferido que su memoria borrara esa historia para siempre. Pero eso, claro, no sucedió.

Fuente: Néstor Barrón

066. Anónimo (patagon)

[1] En la provincia argentina de Chubut, al oeste del paralelo 42% muy cerca de la frontera con Chile.
[2] En mapudungun el nombre Nahuel significa, literalmente, "tígre". Alina, obvia­mente, no es nombre araucano ni mapuche.
[3] Puelo quiere decir "agua del este", topónimo que ya figura en los antiguos relatos de los buscadores de la Ciudad de los Césares. En sus primeros viajes a lo que hoy es territorio argentino, los araucanos venían desde el Pacífico, es decir desde el oeste, por lo que las aguas del lago Puelo les quedaban al este, lo que podría explicar el origen de este nombre.
[4] El nombre de este lago de la provincia de Chubut tiene dos posibles orígenes. Un significado de "Epuyén" es "dos que van", en probable alusión a los lagos Epuyén y Puelo que van hacia el océano. Otra acepción lo deriva de la palabra puyné, nombre mapuche de un pez autóctono de los lagos de la región hoy extinguido, o bien de puyé, un pez de aspecto anguiliforme y transparente, de pequeño tamaño, cuya pesca se explota hoy en Chile, Argentina, Islas Malvinas, Australia, Nueva Zelanda y Tasmania.
[5] Cerro ubicado junto a la localidad de El Bolsón, en la provincia argentina de Río Negro. El nombre es de origen araucano y su significado más aceptado es "que cuelga de las nubes", dado que en invierno, cuando las nubes provenientes del oeste tapan la cumbre, la nieve que lo cubre da la impresión de estar colgando de esas nubes, como si fuese una cortina blanca.
[6] Típica artesanía mapuche. Es una faja de alrededor de 10 cm de ancho y de 2 a 3 m de largo, tejida en telar vertical. La técnica utilizada en su confección es en base a flotes de hilos de urdimbre, que van apareciendo o desapareciendo para dibujar la figura deseada. Las figuras que aparecen en esta prenda son de tipo antro-pomorfo, zoomorfo y geométrico.
[7] Pieza de cerámica típica de origen mapuche, que poco a poco ha ido desapareciendo por la falta de uso, quedando sólo una pequeña producción para su ven­ta como adorno artesanal turístico. El metahue es un contenedor de líquidos, con figuras que pueden representar animales tales como gallinas, perros, ca­bras, caballos, etc. La técnica que se utilizaba para su realización era más o me­nos la siguiente: se recogía la greda de los lugares donde se acumula el sedimento necesario, se la dejaba secar al sol, se limpiaba, y se amasaba con agua y con arena más fina. Enseguida esta pieza se moldeaba a mano dándole la forma deseada, se dejaba orear y por último se pulía con una piedra muy fina. La terminación consistía en cocer la cerámica en un fogón preparado en el suelo.
[8] En mapudungun, este nombre significa "alma succionada" o también "alma forastera". Vale aquí hacer la salvedad de que con este nombre ‑o una versión muy similar: "Wiltranalwe"­ -se conoce también al Malulo, un ser de mayor entidad maléfica, equivalente al «Príncipe de las Tinieblas" del cristianismo hispánico, que se integró con las antiguas creencias araucanas y mapuches para producir esa versión del Diablo. Aquí no se habla de esa entidad, sino de un espíritu más modesto, una suerte de duende o aparecido que de todos modos rescata la temática de "pacto con las fuerzas del rnal" que es característica del Malulo de la Araucanía, genio invisible y aliado de las sombras, protector y custodio de los intereses de los potentados.
[9] En mapudungun: "¡Ya basta!".
[10] En mapudungun: " iAhora, Witranawe!
[11] En mapudungun: "¿Por qué?".  
[12] Una clase de brujo mapuche, relacionado con la magia del mal.

Piwichen y el amo de los gatos

Esta historia viene de muy lejos en el tiempo, de cuando los huilliches [i] dominaban todo más allá del río Toltén.
Caicheo [ii] vivía con una comunidad en Río Blanco desde que había partido de su comunidad original en isla Huapi para unirse a la familia de su amada Coloane [iii], una familia de cazadores de los bosques.
Caicheo no conocía las características de aquella zona, pero era muy orgulloso y prefería no preguntar y tratar de ir enterándose por su propia cuenta. Así fue como tuvo algunos inconvenientes en sus incursiones de caza, en principio no demasiado graves más allá de sufrir magullones alguna vez o tener que montarse a un árbol para evitar ser presa de un hambriento nawel [iv]. Pero su desconocimiento de aquellos bosques impenetra-bles iba a meterlo en un problema mucho más serio una tarde en la que el invierno ya comenzaba a retirarse.
En esa ocasión, se internó en el bosque como nunca antes había hecho, porque el viento le traía el llanto de un niño. Siguiendo ese lamento, Caicheo fue acercándose a la zona más pantanosa de la espesura. A medida que avanzaba, el llanto parecía ir calmándose de a poco, aunque nunca dejaba de ser desgarrador. Por fin, Caicheo llegó a las orillas de un cerrado y humeante pantano. Se quedo parado allí, escuchando atentamente. El llanto venía, no había duda alguna, del centro mismo del pantano. Caicheo, desconcertado pensó que debía ir a buscar a otros hombres de la comunidad y regresar rápidamente para hacer algo, pero a la vez sintió que no podía mover sus pies. Aunque esto duró sólo unos segundos, porque enseguida Caicheo dejó de oír el llanto del niño y el ruido del viento y dejo de ver el pantano y simplemente sintió que su ser desaparecía envuelto en una manta de sombras y silencio.
Despertó en plena noche. Se sentía débil y totalmente confundido. Se puso en pie como pudo, y a duras penas logró desandar el camino hacia su ruka en la aldea. Coloane lo recibió muy preocupada por tantas horas de ausencia, pero Caicheo no pudo comenzar a contarle nada: se desplomó en su lecho y hasta el siguiente mediodía.
Al levantarse pensó mucho en lo que le había sucedido, pero no logró llegar a ninguna conclusión. Esta confusión chocaba con su caracter orgulloso, y por esa razón, no dijo nada a su esposa de lo que había vivido en el pantano el día anterior. Al atardecer, sintiendose algo repuesto de sus fuerzas, decidió regresar a averiguar lo que había sucedido. Pensaba, orgullosamente, que ahora que estaba prevenido no se vería sorprendido por lo que sucediera, como le había pasado el día anterior.
Llego al punto del bosque donde había comenzado a oír el llanto y comenzó a recorrer los alrededores, pero nada parecía fuera de lugar. Su persistencia hizo que el día fuera retirándose y comenzara a llegar el crepúsculo, y fue entonces cuando el llanto recomenzó. Al oírlo, Caicheo se sintió avergonzado de sí mismo, porque cayó en la cuenta de que su actitud podía haber parecido muy decidida pero, en realidad, como si en el fondo estuviera muy asustado, no había ido directamente hacia el pantano, como hubiera sido lógico si era verdad que quería averiguar lo que le había sucedido el día anterior. Esta vergüenza le dio nuevo impulso y encaró el camino hacia el pantano con premura. Pero apenas llegó a las orillas volvió a sentirse raro, como si el mundo alrededor desapareciera vertiginosamente, y de pronto, la negrura, la inconsciencia y el silencio volvieron a ser su única realidad.
Nuevamente despertó en plena noche, nueva-mente regresó a los tumbos a su ruka. Pero esta vez Coloane lo esperaba junto a los ancianos de la comunidad para exigirle una explicación. Con apenas las fuerzas mínimas para pronunciar unas pocas palabras, Caicheo alcanzó a decir que había oído el llanto de un niño en medio del pantano, y luego cayó en el mismo pesado sueño de la noche anterior.
Al otro día, Caicheo esperaba encontrarse con severos planteos de parte de su esposa o los ancianos, pero todos lo trataron como si nunca hubiera sucedido nada. Por su parte, su orgullo le impidió hacer cualquier referencia a los hechos. Ya no pensaba en volver al pantano a averiguar nada, porque se sentía muy débil, cansado, como si en vez de acabar de despertar de varias horas de sueño hubiera llegado recién de una larga caminata. Sin embargo, al promediar esa tarde sintió unos irrefrenables deseos de marchar al bosque.
Al mismo tiempo que no podía dejar de internarse entre los árboles, deseaba para sus adentros, con toda intensidad, que los sucesos no se repitieran por una tercera vez, que no pasara nada, que todo quedara en una inexplicable aventura que procuraría olvidar pronto. Lo cual no fue así, por supuesto. Una vez más el llanto lo llevó a orillas del pantano. Y cuando comenzaba a perder la noción de su alrededor, justo cuando la negrura se cerraba en torno a su conciencia, oyó el inconfundible sonido de un kultrum y sobre ese ritmo hipnótico la potente voz de la machi de la comunidad que gritaba en medio de su trance extático:
‑¡Feí tami ngillatufiñ: amomarituaimí! ¡Tefachí kuñifal em chumlafeimeu, fentieni mi nutran-kafiel! [v]
De repente Cai­cheo sintió que sus piernas no lo sostenían, y cayó         de rodillas. Pero su espíritu permanecía atento, sin perder el dominio de sí. Así pudo ver a la machi golpeando su kultrum y repitiendo el conjuro, y a dos hermanos de su esposa corriendo a levantarlo por los brazos para llevárselo de allí. Mientras se alejaba del pantano en brazos de sus cuñados, Caicheo reparó en que el llanto del niño ya no se escuchaba. El sonido del kultrum fue quedando atrás, y entonces Caicheo dejó que sus párpados se cerraran como querían hacer desde que los hombres lo arrancaron de la orilla del pantano.
En su ruka había una reunión. Los ancianos de la comunidad, su esposa, ahora Caicheo y sus cuñados, y un momento después la machi, que regresó del pantano con la mirada encendida y aún resoplando y bufando como consecuencia de su éxtasis que no terminaba de desaparecer. Fue así como Caicheo se enteró de que había sido presa de un encantamiento. El llanto provenía de un ñakiñ, un niño embrujado cuya función era atraer con ese lamento a quienes rondaran cerca del pantano. Lo que no sabían los ancianos era qué clase de ser mágico estaba usando al ñakiñ y con qué fines. Pero la machi, por haber enfrentado con su conjuro a las fuerzas que querían controlar a Caicheo, pudo aclarar esto:
‑Es píw¡chen [vi]. Estoy segura. Caicheo es víctima de piwichen. Y ya los ancestros lo sabían: cuando píwichen te hace suyo, es muy difícil que te quiera soltar.
Al oír todas estas cosas terribles, Caicheo se sintió aún más débil y desprotegido. No las entendía muy bien, pero comprendía que estaba en problemas muy serios. La machi y los ancianos se retiraron para hacer un concejo entre ellos.
Coloane era nieta de uno de los ancianos y conocía bastante de las historias de la gente de la tierra; de hecho, alguna vez, cuando era niña, había sido señalada como posible discípula de la machi para reemplazarla algún día, pero finalmente ese honor quedó para su hermana Raimilla[vii]. Caicheo sabía de todo esto, y por eso le dijo a su esposa:
‑Quiero saber más de lo qtie está sucediendo, y qué es píwichen, y qué me va a pasar. ..
Coloane, entonces, le explicó que píwichen es una especie de serpiente con alas, de raza muy antigua, arcaica, de piel asquerosa y verdinegra, que habita en el corazón de los árboles muertos; pero es muy difícil hallarla porque, cuando ella lo habita, el árbol no parece muerto, aunque esto es sólo por una ilusión mágica. Y que habitualmente devora ovejas, en especial las de color negro; pero tiene una costumbre mucho más terrible: a veces se encapricha con un hombre y lo quiere como amante, y su forma de ser amante es beber de a poco la sangre de dicho hombre hasta secarlo. Y mientras eso sucede, el hombre se va debilitando, y no sólo no puede resistirse a píwichen sino que, cuantas más veces la serpiente beba de su sangre, más se siente él inclinado a ir al encuentro de su asesina.
Todas estas cosas le reveló Coloane a Caicheo, y el joven cazador se sintió desolado ante una posibilidad tan cierta e irresoluble de que su vida llegara a un final atroz.
‑Pero... ¿entonces no hay nada que se pueda hacer? ‑preguntó tembloroso.
‑Nada puede hacerse si no se atrapa a la píwíchen que te está chupando la sangre, y ya te dije que no se puede saber en cuál de los miles de árboles del bosque puede estar escondida. Cuando por fin encuentren ese árbol, ya estarás muerto hace mucho. Pero la machi y los ancianos están haciendo concejo. Pediles a las almas de los ancestros que iluminen a nuestros ancianos y sobre todo a la machi. Si no...
No terminó la frase, porque la angustia llenó los ojos de su marido.
‑¿Mañana... querré volver a ir al pantano? ‑dijo con un hilo de voz.
‑Mañana, y más al día siguiente, y al siguiente más…Y no habrá forma de detenerte, ni encerrándote, ni durmiéndote con gualicho. Si la machi no puede atrapar a piwichen...
La voz de Coloane era firme y segura pero llena de ternura. Tenía que decir la verdad de la situación, pero lo hacía con gran coinpasión por ese hombre al que había elegido como marido. Ambos permanecieron luego en silencio, mientras la noche pasaba más lenta que cualquier otra noche que recordaran. Entraron en una especie de trance de angustia y espera, del que recién pudieron reaccionar cuando al amanecer sintieron los pasos de los ancianos acercándose a la ruka.
‑¿Dónde está la machi? ‑preguntó Coloane.
‑Uno de tus hermanos la llevó al monte más allá del río, en busca de la única persona que podría hacer algo por tu marido. Es un lamgenchife [viii], que vive en una ruka solitaria en la cima del monte.
‑Entonces... sólo tenemos que esperar ‑dijo Coloane.
‑No. Tenemos que llevar a tu marido a la entrada del bosque, y dejarlo allí. Para que cuando su sangre lo impulse a ir en busca de su p¡wichen... lo haga libremente.
El espíritu de Coloane se sintió desolado, pero su alma sabía bien que la obediencia y la aceptación de la sabiduría de los mayores son condiciones básicas para que todo mantenga su equilibrio natural. Por lo cual obedeció a los ancianos. Caicheo, por su parte, ya no tenía fuerzas para resistirse a nada. Simplemente se dejó llevar por el brazo amoroso de su esposa.
Lo dejaron donde la arboleda comenzaba a hacerse más densa, y allí permaneció Caicheo durante algunas horas, rendida su voluntad y dormidos todos sus sentidos.
El sol empezaba a ocultarse detrás de las cumbres lejanas cuando Caicheo sintió el llamado irrefrenable de su sangre impulsándolo a ponerse de pie e internarse en la espesura. Su cuerpo estaba débil, pero todo lo que le restaba de fuerza estaba puesto al servicio de esa caminata hacia su perdición. Esta vez ni siquiera oyó el llanto proveniente del pantano. Ya no necesitaba ese estímulo mágico: su espíritu quebrado y la influencia de la ponzoña de la piwichen en sus venas eran razones suficientes para llevarlo adonde lo esperaba aquel macabro ser mágico. La noche ya estaba acariciando las copas de los árboles del bosque.
Caicheo llegó a orillas del pantano, pero casi no había terminado de detenerse allí cuando de repente vio a su alrededor algo que hubiera helado la sangre a cualquiera que tuviese que presenciarlo: decenas, centenas de huiños [ix] comenzaron a surgir de todas partes, en una carrera loca en la que se entrecruzaban a velocidades inauditas emitiendo un destimbrado coro de chillidos agudos hasta lo inaudible, los cuales, sin embargo, parecían atronar contra la madera de los centenarios árboles. Seguro de estar enloqueciendo a causa de su sangre infectada por la piwichen, Caicheo permaneció inmóvil mientras esta escena sin sentido crecía y crecía en torno a él.
Luego de unos momentos ‑por supuesto que Caicheo nunca podría decir de cuánto tiempo se trató‑, se oyó un alarido espeluznante proveniente del aire mismo, como si el viento entre los troncos de los árboles se hubiera aterrorizado de las vertiginosas carreras sin rumbo de los huiños y gritara como una mujer. Pero el origen del grito era mucho más aterrador. Caicheo vio surgir casi sobre su cabeza un ser horrendo, una serpiente alada y retorcida, de piel escabrosa y purulenta, un ser de pesadilla que abría sus fauces inconcebiblemente para producir ese sonido espantoso. Y en medio de todo esto, de repente una voz humana:
‑¡Aquí! ¡Éste es! ¡Éste es el árbol!
Caicheo giró su cabeza y vio a cuatro hombres de la comunidad siguiendo a un anciano que sin embargo parecía el más fuerte y decidido de todos ellos. Era el lamgenchife. Guió a los hombres hasta un árbol de tronco muy grueso y fuerte, alrededor del cual los huiños habían comenzado a girar en círculos a una velocidad extrema. Los hombres traían una larga red vegetal, que comenzaron a enrollar alrededor del tronco del árbol, y entonces Caicheo vio con asombro que este tronco comenzaba a convertirse en el de un árbol viejo, seco, muerto.
La piwichen ‑porque claro que no era otra la criatura monstruosa que se retorcía en el aire por sobre la cabeza de Caicheocomenzó a sufrir una suerte de convulsiones como si en el interior de todo su cuerpo se agitaran otros corpúsculos que pugnaran por salir al exterior destrozando su piel. Y entonces fue cuando la machi llegó presurosa junto al árbol que los hombres rodeaban con la red y, sacudiendo su junllu, lanzó un petíutripan [x] hacia la madera reseca. El árbol estalló en llamas, como latigazos de lenguas de fuego que se elevaban hacia el cielo o se lanzaban hacia la tierra pero retornaban para volver a envolver el tronco, sin que, sin embargo, ese fuego siquiera chamuscara una mínima hoja del resto de la densa vegetación que rodeaba a aquel árbol maldito.
La piwichen, entonces, también pareció estallar, pero no en llamas sino en horribles y espesos líquidos que se fundieron con los del pantano, en el cual cayó, luego, este ser espantoso, y al fin se hundió al mismo ritmo lento pero fatal con que las llamas en el árbol maldito se iban apagando porque ya no quedaba madera que las alimentara.
Todo había sucedido a tan irreal velocidad y había sido tan impresionante e incomprensible que Caicheo sintió su cabeza girar por un par de segundos y luego, en ese mismo girar, su conciencia se perdió en las sombras. Pero esta vez se dejó llevar a la inconsciencia, con una sensación de alivio que quizá muy pocos minutos antes no hubiera creído que podría volver a sentir jamás.
Pasó cuatro días al cuidado de su esposa, bebiendo preparados que la machi le indicaba y recibiendo ungüentos en su pecho. Recién cuando la machi decidió que estaba lo suficientemente repuesto, Coloane fue autorizada a contarle todo lo que había sucedido y cómo terminó salvando su vida que estaba ya casi perdida.
Como ya le había dicho antes, no había forma de hallar el refugio de la piwichen entre los miles de árboles del bosque, al menos no antes de que Caicheo ya hubiera muerto desangrado por la maldita serpiente. Pero la machi pensó que lo que no pueden hacer los hombres quizá lo pudieran otras criaturas de la Natura­leza, y, por eso fue en busca del lamgenchífe, quien tiene el poder de convocar las fuerzas físicas y esenciales de todos los felinos de la Tierra. El lamgenchífe escuchó lo que la machi le planteaba, y decidio que haría intervenir a los misteriosos huiños, que podían identificar el árbol seco de la píwichen aunque estuviese oculto por encantamiento entre los innumerables árboles saludables del bosque. En cuanto la píwichen salió del árbol para atacar a Cai­cheo, los huiños pudieron señalar el preciso lugar donde luego el lamgenchife, los hombres y la machi debieron actuar según los pa­sos de iwelmawida [xi] que esta última había consultado previa­mente con las voces de los ancestros, para así terminar con la ame­naza de la maléfica serpiente y evitara Caicheo una muerte prematura y espantosa.
La gratitud de Caicheo no tuvo límites, porque más allá de salvar su vida, toda aquella aventura le permitió pasar de ser el mas orgulloso de los cazadores al más humilde y, con el tiempo, sabio hombre de su comunidad.

Fuente: Néstor Barrón

066. Anónimo (patagon)

[i] Etnia muy relacionada con los mapuches que habitó la zona más austral de Chile, aproxima-damente desde el río Toltén hasta el Golfo de Corcovado. "Huilliche" significa, justamente, la gente del sur" (de willi= sur, y che= gente).
[ii] Nombre de origen huilliche que significa "seis avestruces".
[iii] Nombre de origen huillíche que significa "cara enrojecida".
[iv] Nombre aborigen del tigre americano (Panthera onca), el mayor felino de América y uno de los más corpulentos carnívoros del mundo.
[v] Conjuro para alejar a un espíritu maligno, cuyo significado aproximado es: “¡He aquí que te conjuro: a que te vayas sin poder negarte! ¡Este pobre enfermo no te ha hecho nada, mientras que tú lo haces padecer tanto!".
[vi] El nombre está compuesto de piwen= seco y che= tierra.
[vii] Nombre de origen huilliche que significa "flor de oro".
[viii] Este vocablo podría traducirse como "el que domina los poderes felinos", o, más poéticamente, «el amo de los felinos".
[ix] El huiño es una especie de gato salvaje pequeño, conocido también como kodkod y cuya denominación científica es Oncifelis guigna. Presenta un largo de cabeza y cuerpo de entre 40 y 52 cm, un largo de cola de aproximadamente 17 a 23 cm, y pesa de 2 a 3 kilogramos. Es uno de los felinos menos estudiados, incluso se conoce muy poco de su biología. Al parecer presenta hábitos nocturnos, es un ágil trepador y muy arborícola.
[x] Fuego que sale chispeando.
[xi] Una de las artes secretas de las machi.

Los xaru


Una antigua piam [1] de la comunidad Maiquillahue [2] explica por qué los xaru, unos simpáticos espíritus familiares, van siempre de a dos.
"De esto hace muchos años, muchos. En aquellos tiempos hubo dos hermanos, uno llamado Lefin y el otro Pichin, que provenientes de la zona de Lanco llegaron a Maiquillahue a pescar. Y pasaron por un lugar en el cual poco rato antes acababa de realizarse un gijatun [3]. Vieron allí el corazón de oveja que se había usado en la ceremonia, y entonces ambos hombres decidieron preparar un fuego y comérselo.
“Tras haberlo hecho, se montaron en bote y se internaron en el mar para pescar, que era su objetivo. Pasó todo ese día, pasó la noche, y a la mañana siguiente el bote llegó a la orilla vacío, sin los dos hermanos.
“La familia de Lefin y Pichin los buscaron día y noche, pero no lograron ningún resultado. Entonces buscaron una machi para que hiciera una rogativa.
"Al amanecer, la machi se dispuso a hacer la rogativa en el lugar de la desaparición. Estuvo el día entero haciéndola. Al otro día, muy temprano en la mañana, dos espíritus pasaron por el lugar de la rogativa y la machi dijo a los familiares:
"Ésos eran Lefin y Pichin, sus familiares. Ellos no respetaron este lugar sagrado del gijatun, y con este lugar no se puede bromear. Por eso serán xaru, y estos espíritus siempre andarán de a dos."

Fuente: Néstor Barrón

066. Anónimo (patagon)


[1]Literalmente, significa "pues", "se dice", "entonces"; pero se usa con el sentido de "leyenda".
[2] Habitantes de una zona perteneciente a la comuna de San José de la Mariqui­na, en la IX Región de Chile, lo que se conoce como Región de los Lagos.
[3] Gijatun significa "pedir", y es básicamente una rogativa. El gijatun comprende el rito de la oración juntamente con las actitudes que asumen los actores en ese momento: arrodillarse, ofrecer todo tipo de comida y granos, etc. Es la palabra en acción, acompañada de súplicas, a través de frases reiterativas. A las ofrendas se agrega el concepto de gejupu o jejipun que indica "ruego" y "súplica", siendo éste el otro componente del gijatun.