Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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martes, 5 de junio de 2012

Taligvak


Hace mucho tiempo, en un pueblo a orillas del océano Ártico, los cazadores de focas tuvieron un mal invierno. Continuamente se desataban tormentas de nieve que hacían imposible cazar, la gente pasaba hambre.
Los cazadores invitaron a magos famosos para invocar a los espíritus en el gran iglú ritual que llamaban qalgie. Pero los magos fueron incapaces de atraer a las focas y el hambre amenazaba el poblado. Un joven llamado Taligvak vivía con esta gente. Nadie le quería, y vivía él solo fuera del poblado, lejos de los demás. Era muy pobre; carecía de casi todo lo necesario. Nadie quería entregarle una hija por esposa, y así Taligvak no tenía quien le cosiera ropa caliente. Sólo tenía un cuchillo, y con él pudo construirse una casa de nieve. Pero era tan pequeña que no podía acostarse dentro, y tenía que permanecer sentado hasta cuando quería dormir. Además, como en su iglú no había lámpara de grasa, Taligvak pasaba frío. Cuando sus guantes se helaban de escarcha, tenía que ponerlos debajo de la ropa, pegados a la piel, y el calor de su cuerpo los secaba mientras dormía.
Puede ser que todo el mundo evitara a Taligvak porque le tenían miedo. Siendo tan joven, tenía fama de ser un mago poderoso. Se decía que dominaba extrañas fuerzas mágicas. Se creía que no había nada que Taligvak no pudiera hacer: sus medios eran los espíritus del aire y de la oscuridad, que, apiadándose de él, acudían a su llamada y hacían milagros con él. Todos hablaban atemorizados de los extraños poderes del joven, pero, como no era de su gusto, le mantenían a distancia. Sin embargo, ahora que les amenazaba el hambre, se preguntaban si no debían pedirle ayuda.
La gente se reunió en el qalgie, el gran iglú ritual, para discutir qué hacían. Acordaron que el único que podría ayudarles en esta época de mala suerte era Taligvak. Rápidamente enviaron tres hombres para que le llevaran al qalgie.
Cuando los tres hombres llegaron al iglú de Taligvak, dos de ellos tenían tanto miedo que no se atrevieron a pasar dentro. El tercero, que tenía más valor, miró dentro y dijo:
-Taligvak, la gente quiere que vayas al qalgie. Ven a verles.
Taligvak guardó silencio durante un rato. Luego respondió:
-El viento está acarreando una tormenta. Fuera hace frío y yo no tengo nada caliente que ponerme, ni siquiera guantes ni botas. No voy a ir.
Al oír su negativa, los mensajeros volvieron al qalgie. Entonces mandaron una mujer que le llevó guantes y botas. La mujer le tomó del brazo y le condujo al gran iglú.
Taligvak entró en el iglú reptando por el pasillo bajo. Cuando llegó a la entrada de la sala grande, se negó a entrar, prefiriendo quedarse de pie junto a la puerta, sin moverse, sin decir una palabra. La gente tenía los ojos fijos en él. Uno de ellos habló:
-Quieres un iglú caliente; quieres quedarte con nosotros, tener buena ropa, guantes y pieles calientes para dormir. Te daremos todo esto, si haces un agujero en el hielo justo aquí al borde del iglú y haces venir a las focas. Nos vamos a morir de hambre, seguro. ¡Cógenos algunas focas!
Taligvak se quedó algún tiempo donde estaba. Luego fue hacia la pared del qalgie y se arrodilló en el hielo.
-No miréis lo que hago -ordenó a la gente-. Tenéis que poneros a bailar.
La gente empezó a cantar y bailar mientras él hacía el agujero en el hielo. Sopló en el hielo una y otra vez, y la fuerza mágica de su aliento iba ahuecando la superficie. Finalmente el hielo se rompió y el agua burbujeó en el agujero.
Entonces el joven pidió a los bailarines que se acercaran y miraran. Todos vieron con sus propios ojos el agua en el fondo del agujero y soltaron un grito de alegría.
-Ahora -dijo Taligvak- poneros a bailar otra vez y no miréis lo que voy a hacer.
Llevaba en la mano un arma mágica. Era un arpón como un juguete de niño. Lo blandió sobre su cabeza y cantó una invocación a los espíritus para que le ayudasen:

¡Que alegría oír subir desde el fondo del agua
un animal muy gordo
que dará a todos
de comer cuanto quieran!
¡Qué alegría verlo tendido
en el suelo del iglú,
cuando lo saquen
del fondo del agua!

Mientras cantaba, estaba arponeando una foca que había respondido a su llamada, y la había sacado al suelo del iglú. A sus órdenes, la gente arrastró la bestia al otro lado del qalgie, a un colgadizo de nieve que formaba una habitación auxiliar. Les mandó que sacaran el gancho del arpón del cuerpo de la foca.
Cuando le llevaron el gancho del arpón, volvió a colocarlo en el mango de su arma. Luego ordenó que despedazaran el animal y repartieran la carne.
Mientras unos comían y otros cantaban, reanudó la guardia junto al agujero. Prohibió a la gente mirar lo que hacía y se puso a cantar otra vez:

¡Qué alegría para los hombres
cuando del hielo
se saca una foca grande
del agujero donde iba a respirar!
¡El mango de mi arpón es para ella
como un lazo que la aprieta!

Y otra vez, gracias a su canción mágica, Taligvak sacó al hielo una foca grande, gorda. La gente lloraba de alegría; ya no temían morir de hambre.
Pasó el invierno, y la oscuridad se levantó del cielo y la tierra. Volvió la primavera, y al llegar, la gente abandonó su campamento en el hielo para ir tierra adentro a cazar caribús y pescar en los lagos.
En ese momento Taligvak recibía ayuda de los demás, pero, en cierto modo, le dejaban solo. También él fue tierra adentro, pero iba detrás de los otros, con sus pieles de dormir, su cuchillo y sus artilugios de costura a la espalda. (Se decía que las agujas que usaba estaban hechas de los huesos de la pata de un conejo.)
Pronto llegó el deshielo. Taligvak siguió solo, mientras los demás acampa-ban a alguna distancia cerca del río Padlek. Abandonado, vio cómo se aceleraba el deshielo; la nieve desaparecía poco a poco de la superficie de la tierra, los ríos empezaron a abrirse y el agua corría. Vio al caribú bajar hacia el río. Alentado por estas señales de primavera, Taligvak se puso a buscar materiales para hacer un kayak. Encontró algunos trozos de madera que flotaban a la orilla del mar. Puso trampas en los sauces y cazó conejos. Limpió las pieles y quitó cuidadosamente el pelo.
Después, eligiendo los trozos de madera que eran más fáciles de trabajar, los talló con su cuchillo para formar un armazón de kayak. Esto le llevó algún tiempo; el sol ya calentaba más y más. Taligvak vio a los peces saltando en el río y cogió unos cuantos. Vio algunos pájaros y consiguió echar el lazo a un somorgujo. Le cortó el cuello en anillos e hizo algunas tiras finas. Ahora tenía todo lo necesario para terminar el kayak.
Tomó las pieles de conejo, que había puesto aparte a remojar en agua, y las extendió sobre el armazón del kayak. Cosió las pieles con las tiras finas hechas del somorgujo. Su kayak estaba listo.
Cuando estaba probando el kayak apareció de repente un rebaño de caribús en la otra orilla, frente a él. Parecían dispuestos a entrar en el agua para cruzar el rio. Taligvak preparó su kayak para cazar-los. Su única arma era el cuchillo, y tenía miedo. A pesar de esto, se acercó a uno de ellos y lo mató.
Más tarde, mientras comía la carne del caribú, observó la forma de los huesos y se preguntó qué podía hacer con ellos. Tomó una tibia, la batió con una piedra y la partió en dos a lo largo. Con una de las mitades del hueso hizo un arma puntiaguda, que montó en un trozo de madera. Ahora, cuando el caribú llegaba a la orilla opuesta del río, no sentía miedo, porque tenía en su poder una lanza firme y aguzada.
Salió en su kayak al otro lado del río con intención de no dejar escapar ni un solo caribú. De hecho, usando hábilmente su lanza, los mató todos, uno tras otro. De esta caza no se desperdició nada. La carne y las pieles las dejó fuera a secar. La médula y las lenguas fueron conservadas en bolsas hechas de los estómagos de los primeros animales. No se tiró nada.
Esa misma noche llegó gente a su campamento. Se había construido un abrigo de paredes bajas, hecho de piedra y turba, y cuando vio a esta gente a lo lejos se preguntó quiénes serían. Continuó observándoles desde su refugio.
Cuando se acercaron vio que eran gente de su poblado. Se levantó rápidamente y fue a saludarlos. Tenían hambre, y el hambre les hizo volver junto a Taligvak y junto al río que sabían que estaba lleno de peces en esta época del año. Además tenían curiosidad por saber si aún estaba vivo.
Taligvak dio de comer a esta gente hambrienta. El plato que colocó en el suelo era un pedazo viejo de piel de foca, que habían tirado porque no les parecía bastante bueno para ellos. En este trozo de piel Taligvak puso un poco de carne, una pequeña ración de médula y unas cuantas lenguas; poco de todo para una multitud grande y hambrienta. Mandó a la gente que se sentara frente a él, al otro lado del plato, les dijo que no mirasen lo que hacía y se puso a cantar:

¡Llegaron a casa de Taligvak,
y qué suerte que tenga
algunas lenguas que ofrecerles,
y que haya matado un caribú muy gordo,
eso, ya lo sabéis!
No hace falta que os lo diga.
Pero mirad este plato,
este pobre plato de nada,
está lleno hasta rebosar...
¡Rebosa!

Y la gente vio cómo el plato en que Taligvak había puesto tan poco se llenaba más y más. Taligvak continuó su canto mágico:

¡De las orillas del río Padleq
vinieron junto a mí
y yo maté un caribú muy gordo
en mi kayak cosido con tiras finas,
eso, ya lo sabéis!
No hace falta que os lo diga,
pero mirad este plato,
este pobre plato de nada,
está lleno a rebosar...
¡Rebosa!

La carne continuaba aumentando en el plato hecho de piel. Había mucha gente allí, y tenía mucha hambre. Llevaban demasiado tiempo sin comer carne. Comieron hasta reventar, pero no pudieron terminar lo que había en el plato mágico del pobre Taligvak.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)

Secuestrado por los lobos


Era verano en la ribera del río, en la montaña. Allí un matrimonio había construido un abrigo rudimentario con paredes de turba y techo de piel de caribú. Dormían cuando el sol estaba en su punto más bajo en el horizonte. Durante el día iban a pescar, viendo a los peces nadar en la presa de piedra construida en el río. Después de arponear los peces, el marido y la mujer los despedazaban y ponían los filetes a secar al sol.
Un día dejaron a su hijo durmiendo en el refugio mientras ellos ampliaban el espacio para secar el pescado a poca distancia de casa. Habían puesto espantapájaros todo alrededor de sus reservas de pescado. Para los cuerpos usaron montones de piedras, sobre los que colocaron trozos de turba a modo de cabezas. De esta manera su comida estaba protegida de los cuervos y gaviotas que merodeaban por allí.
El hombre y la mujer estaban haciendo más espantapájaros cuando un lobo se acercó a ellos. Se había quitado la piel y la había dejado detrás de unas rocas. Parecía un hombre. La única diferencia es que tenía patas de lobo, pero la pareja no notó esto.
El lobo se aproximó y les invitó a quitarse sus ropas de trabajo.
-Bailad -les dijo-. Yo voy a cantar para vosotros.
Este ser, medio hombre, medio lobo, tenía un plan preconcebido. Él y su esposa habían observado a la pareja con el niño. Querían robarlo. La loba, que estaba escondida no muy lejos, esperaba la oportunidad de llevarse al niño. Mientras la pareja bailaba, ella sacaría al niño del refugio y se escaparía con él.
Al hombre y a la mujer les gustaba bailar y aceptaron la invitación del lobo. Se quitaron la ropa y se pusieron a bailar al ritmo de las canciones de su visitante. Sin que ellos lo supieran, el lobo cantaba cantos mágicos y la pareja pronto sucumbió al conjuro. Sus mentes flotaban en otro mundo; lo habían olvidado todo, incluso a su hijo. Cuando la loba los vio en este estado como de trance, tomó el niño y huyó a su cubil. Tan pronto como creyó que su esposa había llegado bien a casa con el niño robado, el lobo puso fin al baile y dejó a la pareja. Poniéndose la piel, volvió a convertirse en un lobo de verdad. El hombre y la mujer volvieron en sí, vieron al lobo huyendo y fueron inmediatamente al refugio para ver al niño.
El niño había desaparecido, aparentemente sin dejar rastro. Sus padres buscaron por toda la zona, pero no encontraron nada. Cuando volvieron al refugio vieron en el sendero de entrada unos pelos de lobo. Este indicio les hizo pensar que quien había robado el niño era un compañero de su visitante.
Tenían un perro y, al día siguiente, le hicieron rastrear las huellas del lobo. Anduvieron mucho tiempo sin éxito. El suelo estaba muy seco y revelaba poquísimas huellas. Justo cuando estaban a punto de renunciar, encontraron el cubil de los lobos. Ataron el perro fuera de la vista y, escondiéndose, empezaron a observar las idas y venidas de los lobos. Los vieron sin sus pieles, actuando como seres humanos de verdad. La loba tenía al niño en brazos, meciéndolo en sus rodillas para que se durmiera.
Hablando en voz baja para no revelar su presencia, la mujer dijo:
-Si tuviéramos dos arcos, podríamos tirarles flechas y matar a los dos de una vez mientras duermen. Vamos a casa, donde tú puedes hacer un arco.
Al marido le pareció buena la idea de su mujer, y volvieron a casa. De vuelta a su refugio, el marido hizo un arco a su mujer, así como muchas flechas para ella y para él. Hizo las puntas de las flechas de cuerno y las afiló. Para matar a los hombres-lobos usarían flechas que nunca se habían usado para otra caza.
Volvieron al cubil de los lobos y decidieron esperar hasta que estuvieran profundamente dormidos para sorprenderlos. En ese momento el lobo y la loba estaban dando de comer al niño algo que parecía grasa de caribú. Después de la comida, metieron al niño en la cama en medio de los dos. Pronto se quedaron dormidos. No sospechaban nada. Saliendo de sus escondrijos, los padres del niño echaron a volar las flechas y los dos lobos murieron instantánea-mente. Pero la loba tenía al niño muy apretado contra su cuerpo. La flecha que perforó su pecho mató al niño en el mismo momento.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal) 

Perdidos en el mar


Hace casi cien años un grupo de cazadores de focas construyeron sus iglús a la orilla del océano, en lo que hoy se conoce por Bahía de Stapylton.
Una extensión de hielo sólido se adentraba bastante en el mar desde la orilla. Un día en que el tiempo era favorable, un grupo de hombres se marchó, como era su costumbre, en busca de los aglu, los respiraderos que las focas perforan en el hielo del mar.
Cuando estaban a cierta distancia de la tierra, el hielo se dividió de repente entre los hombres, y un vapor espeso como el humo salió de la brecha. Algunos de los cazadores, que estaban más cerca de la orilla, tuvieron tiempo de saltar al hielo sólido del otro lado antes de que fuera demasiado tarde. Pero los que estaban más lejos no percibieron el peligro, porque estaban entretenidos mirando el aglu, esperando que apareciese la foca. Sólo cuando uno de los hombres, Ulukhaq, dejó su puesto para buscar otro aglu, vio la brecha. Ulukhaq observó la columna de vapor y se dio cuenta inmediata-mente de lo que había pasado.
Los demás le oyeron gritar:
-Viene la niebla, se está levantando la bruma, el hielo está roto.
Llamándose los unos a los otros, todos los cazadores corrieron hacia la línea de humo negro, colgada como una cortina entre ellos y la tierra.
Los hombres siguieron el borde de la grieta buscando en vano un bloque de hielo por donde poder cruzar el agua. Pero la espesa niebla lo impedía todo. Ni siquiera era posible llamar la atención de los que habían escapado al hielo sólido del otro lado. Después de mucho buscar, el pequeño grupo de cazadores se reunió. Faltaba uno, Kudlaluk. Sus compañeros pensaron que quizá había encontrado una manera segura de pasar al otro lado, y así crecieron sus esperanzas.
Pero justamente entonces volvió a aparecer Kudlaluk. No había podido encontrar un camino para cruzar la brecha. Los hombres se vieron obligados a quedarse donde estaban, y su témpano de hielo se iba desplazando hacia la niebla, donde no se veía nada. Esa tarde los hombres construyeron un iglú en el témpano y pasaron la noche a su abrigo y calor.
Al día siguiente su balsa de hielo dejó de desplazarse. Los cazadores vieron que estaban al oeste de su punto de partida, porque podían distinguir veladamente el lugar donde habían construido sus primeros iglús sobre el hielo sólido. Su plan era quedarse donde estaban todo el día, para que el hielo que se había formado entre ellos y la tierra tuviera tiempo de espesar. Todos los hombres estaban de acuerdo en esto, excepto Nulialik, que quería intentar llegar a la orilla inmediatamente.
Después de algunas discusiones, decidieron seguir a Nulialik. Había caído la oscuridad. En lugar de salir del iglú por la puerta, hicieron un agujero en la pared lo suficientemente grande para desli-zarse por él. Los cazadores confiaban en eludir los malos espíritus que vigilaban la entrada del iglú y que, sin duda, eran los responsa-bles de sus problemas.
Cuando terminaron de cruzar al otro lado de la pared, los hombres corrieron sin parar, saltando aquí y allí por donde los pedazos de hielo eran más sólidos.
Cada vez se acercaban más a la seguridad de la orilla. Pero, cuando sólo les quedaba una corta distancia que recorrer, tuvieron que parar. Ante ellos apareció una grieta ancha, y los hombres volvieron de mala gana al iglú del que acababan de salir. Aquí se quedaron la mayor parte del invierno.
Durante este tiempo nunca estuvieron libres de grandes peligros. Si hubieran sido hombres corrientes, probablemente se hubieran perdido, pero entre ellos había verdaderos magos, que poseían poderes mágicos extra-ordinarios. Dos de los magos eran Qorvik y Kud- laluk.
Una vez, cuando la balsa de hielo era arrastrada hacia el oeste, un gran bloque de hielo cayó encima de ellos amenazando con aplastar el iglú. Qorvik usó sus grandes facultades mágicas para evitar este desastre, simplemente apoyándose contra la pared de hielo y conte-niéndola así.
Una amenaza permanente era la falta de alimento. El hambre, la sed y el cortante frío fueron compañeros constantes. La nieve, de la que los hombres dependían para conseguir agua, estaba ahora saturada de sal. La ardiente sed y la escasez de comida debilitó a los cazadores hasta tal punto que sus cuerpos eran poco más que piel y huesos.
Evidentemente, algo había que hacer si no se quería morir de hambre.
Afortunadamente, los magos sabían cómo parar los vientos y las fuertes corrientes. Los magos sabían que a los espíritus que viven en el fondo del océano les gustan los objetos de metal. ¿Qué se podía hacer para satisfacer a los espíritus? Cada cazador tenía un cuchillo de cobre de hoja larga, un arma que siempre llevaban consigo. Sin él, un cazador corría el riesgo de pasar hambre, e incluso de una muerte segura, en los viajes largos. Quizá su suerte mejorara si regalaban los cuchillos a los espíritus.
Así pues, se tomó la decisión. Uno tras otro, cada uno sacrificó su cuchillo. Cada una de las valiosas armas fue decorada con una borla hecha de finas tiras de piel. Después sostuvieron el cuchillo sobre la superficie del agua y lo dejaron hundirse en el fondo del océano. Aun esto fue en vano, y los hombres y su balsa de hielo siguieron desplazándose, siempre hacia el oeste.
Todavía quedaba un cuchillo, el de Quingalorqana. Este cuchillo tenía una maravillosa hoja de cobre, muy apreciada por su dueño, que se resistía a deshacerse de él. Pero, al ver que no había otra esperanza, Quingalorqana decidió seguir el ejemplo de sus compañe-ros. Haciendo señas a sus amigos para que acudieran, sostuvo el cuchillo sobre la superficie del agua clara. Cuando la mano de Quingalorqana le soltó, los cazadores quedaron sorprendidos al ver el cuchillo de cobre macizo flotando durante mucho tiempo. Finalmente, desapareció en el agua. Todos tomaron esto por un buen augurio; los espíritus debían estar satisfechos.
Sólo para estar seguros de que todo iba a ir bien, Qorvik realizó un rito mágico más. Eligiendo un pequeño bloque de hielo que el océano había arrojado a su témpano, Qorvik lo tiró en dirección a tierra firme. Al hacerlo pidió a los espíritus que los devolviesen sanos y salvos a casa. Poco después el viento cambió de dirección y los hombres supieron que ahora llevaban un camino seguro.
Esa noche los hombres permanecieron en su iglú, hablando entre ellos y siempre esperando el ruido del hielo rechinando contra la tierra, el sonido que indicaría el final de sus penalidades.
A la mañana siguiente avistaron tierra. Excitados, los dos cazadores más viejos exclamaron:
-¡Vamos! ¡Vamos!
Uno tras otro los hombres salieron a gatas del iglú encabezados por Qorvik, y Kudlaluk atrás. A la débil luz del amanecer sólo podía verse la silueta del témpano. Esto no detuvo a los hombres. Corriendo y saltando de bloque en bloque de hielo, los cazadores se fueron abriendo camino hacia la orilla. Durante todo el día se abrieron paso a través del montón de hielo que tenían delante. Cuando la noche empezaba a cerrarse alcanzaron el hielo espeso que delineaba la orilla de la tierra. Al fin los hombres estaban fuera de peligro.
Inmediatamente después de llegar a tierra los cazadores se pararon a calmar su sed. La nieve pura que llevaban ahora a su boca les confirmaba que la nieve saturada de sal había quedado tras ellos.
-No hay duda de que hemos llegado. Este es hielo viejo, sólido; ¡estamos en tierra!
Gritaron de alegría al comer la nieve; rieron y lloraron.
Ahora sabían dónde estaban situados sus iglús y, después de descansar, partieron para reunirse con sus familias. Algunos hicieron pausas por el camino, mientras otros siguieron andando. De esta manera los cazadores llegaron a sus iglús unos tras otros.
Se estaba formando una tormenta cuando llegaron. Un hombre estaba fuera recubriendo su iglú para que estuviera caliente. Fue él quien oyó el ruido que hicieron los cazadores al volver. Tan pronto como reconoció a los hombres empezó a saltar de alegría, como se alegra uno después de una buena caza. Todo el mundo salía de los iglús y se alegraba. Habían creído a los hombres perdidos para siempre. Algunas de las mujeres habían tomado otros maridos. Pero ahora que los cazadores habían vuelto sanos y salvos, todo el mundo manifestaba su alegría.
Durante mucho tiempo después, siempre que los cazadores se echaban a dormir, el cimbrear del océano aún seguía meciendo sus cuerpos. Se hizo parte de sus almas y les perseguía como un fantasma.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)

Los jugadores de pelota


Dos grupos de personas vivían a un lado y otro de un río. De vez en cuando algunos de los hombres se reunían para jugar a la pelota, los de un lado del río contra los del otro lado.
Siempre ganaba el mismo equipo, y tan pronto llegaban a casa en sus kayaks gritaban y reían de alegría. En el campamento de los perdedores reinaba la tristeza y la frustración.
Un día, después de haber sido derrotados en un partido más, un viejo del equipo perdedor tomó la pelota usada en el juego y pronunció un conjuro. Estaba seguro de que los ganadores del otro lado del río pronto volverían a jugar otro partido, de modo que realizó un rito mágico que hiciera desaparecer la pelota.
En el partido que se jugó a continuación, apenas los hombres habían empezado a jugar cuando desapareció la pelota. Nadie sabía dónde encontrarla. Los visitantes volvieron a cruzar el río, muy disgustados por haber perdido la pelota que les había traído tanta suerte.
Los hombres que habían hecho desaparecer la pelota usaron de nuevo su magia. Cuando en el campamento de los vencedores todos estaban durmiendo, echaron una maldición a todos aquellos que eran jugadores de pelota. A la mañana siguiente, cuando estos hombres salieron de sus tiendas a ver qué tiempo hacía, cayeron inmediata-mente al suelo. Estaban muertos.
La alegría cundió ahora en el poblado de los perdedores, y sus hombres, al ir río abajo en busca de focas, gritaban de júbilo. Habían ganado incluso sin usar la pelota.
Mientras tanto, en el poblado a donde había llegado la muerte, uno de los supervivientes ideó un medio de venganza. Tomó un somorgujo y lo desolló con mucho cuidado para no estropear nada la piel. Luego lo rellenó con hierbas secas, lo sacó de casa y allí lo colocó de pie. Mientras tanto, no paraba de mirar indignado a los que habían matado a sus parientes y amigos.
Al observar su somorgujo mágico un día después, el hombre notó que algo se estaba empezando a formar en el plumón de alrededor del pico del ave, como si estuviera empezando a respirar un poco. Al mirarle las plumas uno hubiera creído que el pájaro estaba vivo.
Pasó tiempo antes de que el hombre volviera a salir a mirar su obra. Esta vez el somorgujo ya no estaba allí. Había cobrado vida y se había ido volando.
Los del otro lado del río habían ido a cazar focas al norte y volvieron a casa al cabo de cierto tiempo. Estaban ya camino de vuelta cuando, de repente, apareció un somorgujo en el agua delante de sus kayaks. Los hombres estaban a punto de arponear el ave, cuando repentinamente se sumergió en el agua. Los hombres del kayak más cercano al lugar donde había desapa-recido el somorgujo pusieron rumbo en esa dirección para descubrir sólo un inmenso torbellino. Pronto el kayak quedó apresado en las aguas turbulentas haciéndoles dar vueltas y más vueltas hasta que fueron arrastrados al centro del embudo. El kayak desapareció bajo el agua.
Sus adversarios lo habían observado todo desde la orilla del río. Otra vez habían ganado y se habían vengado con ayuda del somor-gujo mágico. Ahora les tocaba a ellos el turno de regocijarse por su victoria.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)

La lechuza y la perdiz


Ukpik, la gran lechuza del desierto ártico, estaba enamorada de Aqilgiep, la pequeña perdiz blanca. Pero Aqilgiep ya tenía marido, al que quería mucho.
En un ataque de celos, Ukpik mató a su rival y empezó a cortejar a Aqilgiep con la esperanza de ganar su corazón. Pero la pequeña perdiz lloraba por la muerte de su marido; no quería a su nuevo pretendiente y se puso a cantar una canción para ridiculizarle:

¡Ukpik, márchate!
Con tu cabezota
y tus ojos demasiado grandes
y tus lastimosas patas.
¡Eres feo!
¿Quién te va a querer como marido?
¿Quién va a querer como marido
a un ser como tú?
Con tus grandes cejas fruncidas,
y esas pestañas tan largas,
grandísima lechuza culibaja,
sin pies ni cuello.

Ukpik, que se creía guapo, se enfadó y quiso avergonzar a Aqilgiep, cantando así:

Comelechuzas ¡Bah!
¡Ahí te quedas!

Y diciendo esto, se marchó.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)

La cazadora


Hace mucho tiempo, en el pueblo de Tiqeraq vivían un hombre y su mujer. Su hija era una gran cazadora y tenía una resistencia y una fuerza excepcionales. Cuando iba de caza en kayak, se marchaba muy lejos y dejaba a los demás cazadores atrás. A menudo esperaba hasta que los otros se perdían de vista antes de ponerse en camino. Luego, remando rápidamente, los alcanzaba en muy poco tiempo.
Usaba un kayak largo, de dos asientos. A su padre le gustaba llevar el timón mientras ella remaba y arrojaba el arpón. Un día padre e hija se marcharon de casa en su kayak. Estuvieron cazando algún tiempo y luego decidieron volver a casa. Cuando regresaban, surgió una bestia del mar gruñendo furiosamente. Cuando la bestia se acercó al kayak, la muchacha arrojó el arpón. En ese mismo instante se desmayó.
Cuando volvió en sí y abrió los ojos, se encontró arrodillada en una costa desconocida. Miró alrededor sin saber adonde ir. Por fin echó a andar en dirección oeste, siguiendo la línea de la costa. Paró varias veces en busca de señales que indicasen la presencia de gente, pero no había nada, ni la más leve señal de que el lugar estuviera habitado.
Después de un largo recorrido tropezó con unos leños cortados. Desde ese momento encontró varias veces leña, que parecía recién cortada. Sabía que pronto iba a encontrar gente.
Un poco más adelante tropezó con un kayak que estaba en la orilla. Miró en torno en busca del dueño, cuando una voz dijo:
-Mi kayak ha atrapado a alguien. Si es un hombre, lo mataré. Si es una mujer, vivirá.
No bien había oído la muchacha estas palabras, el dueño del kayak llegó corriendo hacia ella. Tomándola del brazo, el hombre la condujo a su iglú y la hizo su esposa. Este hombre iba a cazar a menudo, levantándose por la mañana muy temprano y desplazán-dose durante muchas horas en su kayak. Era un mago, que podía ir en este maravilloso kayak por tierra y por mar. Cuando él estaba fuera cazando, su mujer se quedaba en el iglú ocupada en varias tareas caseras.
Cada vez que se quedaba sola iba a visitarla un niño pobre. Nunca le vio acercarse ni pudo decir de dónde venía. En un momento no estaba allí; un instante después, estaba de pie junto a ella. Cuando la joven notaba su presencia y después de terminar su trabajo, siempre le daba al niño un trozo pequeño de carne. Cogiendo la comida, el niño desaparecía tan silenciosamente como había llegado. Un día, viéndole marcharse, la joven pudo descubrir dónde estaba su casa. El niño pobre vivía en el iglú de su abuela, que en realidad estaba cerca, pero tan oculto a la vista que la joven no lo había advertido.
Una mañana, cuando su trabajo estaba hecho y había dado al pequeño huérfano de comer, dijo:
-La abuela quiere que vayas.
La chica le siguió inmediatamente al iglú de la vieja mujer. Tan pronto como la vio, la abuela empezó a decir:
-Has alegrado la vida de mi nieto dándole algo de comer. Te está agra-decido. Por eso quiero avisarte que te espera un gran peligro. Este hombre que has tomado por marido está cansado de ti. Pronto va a matarte. Ya ha tenido muchas esposas, y cuando se cansó de ellas, las mató. Cuando vuelva de viaje, te llegará a ti el turno. Su despensa está llena de la carne de sus esposas muertas. Sola, no tienes posibilidades de escaparte. Te matará. Las otras mujeres nunca apreciaron a mi nieto. Nunca le dieron ninguna comida. Por eso no hice nada por ellas. Pero a ti quiero ayudarte. Vuelve aquí mañana. No va a ser fácil para mí salvarte de este peligro, pero lo intentaré. Ahora vuelve a casa de prisa antes de que tu marido regrese.
La mujer volvió a casa. Cuando su marido regresó de cazar, notó que había cambiado. Estaba del mal humor; ni siquiera la miró. Era como si estuviera enfadado con ella. El hecho de que se negara a mirarla a la cara confirmaba sus sospechas y la convenció de que lo que había dicho la mujer era cierto. A la mañana siguiente, cuando su marido se hubo marchado y ella había hecho el trabajo doméstico, fue al iglú de la vieja.
La abuela le anunció:
-Va a intentar matarte cuando vuelva al anochecer. No tengo nada que te proteja de él. Sólo un balde pequeño. Únicamente esto te puede salvar de ese gran peligro.
La vieja mujer continuó hablando como si pudiera ver la escena que describía.
-Aquí está tu marido, que se prepara para volver a su iglú a matarte. Cuando llegue, quédate aquí. Ahora está en camino. Toma este balde, que está hecho de piel de foca y tiene algo en el fondo.
Los movimientos y las palabras de la abuela eran los de un mago. Uno juraría que estaba junto al hombre e imitaba todo lo que éste hacía.
-Está en su iglú. Ahora entra. Te busca. Cree que has desapare-cido. Sale. Te busca alrededor del iglú. Va en su kayak mágico. Viene aquí. ¡Coge este balde en la mano!
Diciendo esto, la maga dio el balde mágico a la muchacha.
-Mira hacia fuera; cuando aparezca la proa del kayak, tira el cubo encima de él. ¡Ahí viene! Dentro de un momento aparecerá en la entrada. ¡Ahí está!
Cuando la proa del kayak maravilloso apenas asomaba en la entrada, la muchacha tiró el cubo. Inmediatamente perdió el sentido y no supo qué pasaba a su alrededor.
Cuando volvió en sí, se encontró otra vez de rodillas en una playa extraña, sin saber adonde ir. Se puso a andar por la orilla del mar. De vez en cuando paraba a descansar. Finalmente llegó a un iglú y entró.
Dentro, completamente sola, había una mujer. La mujer no ofre-ció nada de comer a su visitante. Más bien se disculpó diciendo:
-No te ofrezco nada de comer porque tengo miedo de lo que pueda decir mi hermano mayor.
La joven mujer de Tikeraq no se quedó más que un rato. Cuando estaba lista para irse, la mujer del iglú le dio este consejo:
-No mires atrás cuando te marches. Sólo cuando hayas recorrido una cierta distancia puedes volverte si quieres.
La muchacha siguió el consejo. Después de andar algún tiempo, se volvió y vio a un gigantesco animal salvaje, distinto a todo lo que había visto hasta entonces, tendido en el suelo junto al iglú.
Siguió andando y vio otro iglú a lo lejos. Aquí vivían varias perso-nas, y le dieron de comer y la dejaron dormir. A la mañana siguiente, después de comer otra vez, uno de los hombres le preguntó:
-¿Te quedas con nosotros?
-No -contestó-, voy a continuar.
-¿Y a dónde vas?
-Por ese camino, hacia el oeste; en esa dirección voy.
Entonces el hombre le dijo:
-En ese sitio a donde quieres ir hay seres que matan a los hombres. No están lejos de aquí. A ti, por ser una mujer, te matarán sin dudarlo. Hace muy poco que asesinaron a nuestro hijo. No tienes ningún arma con qué defenderte. Toma ésta. Así podrás librarte de ellos.
El hombre tomó del cinturón un cuchillo de mango corto. El mango era tan corto que era difícil agarrarlo. Pero su pequeño tamaño hacía que fuera fácil ocultarlo en un bolsillo o en un cinturón. Era un arma mágica que tenía el poder de matar cosas terribles.
-Aquí -dijo el hombre- tienes un arma que te salvará del peligro.
Para enseñarle a la muchacha cómo usarlo, el hombre humedeció la hoja con saliva y metió el mango en la pared del iglú junto a él. A su pesar, la muchacha se sintió atraída hacia la afilada hoja de cobre. Después de haber demostrado sus poderes, el hombre tomó el cuchillo y se lo dio diciendo:
-Tómalo y llévalo contigo.
Después de despedirse, la muchacha anduvo hasta que llegó a los iglús de las bestias contra las que la habían prevenido. La recibió el criado de uno de los ogros, que la condujo del brazo al iglú de su señor.
Al ver a la muchacha el ogro dijo:
-¡Una mujer! A ésta no le queda mucho de vida.
Después de un breve silencio, la chica respondió:
-Sí, no soy más que una mujer. No me queda mucho de vida.
El ogro habló otra vez:
-Ésta es una mujer de mucha labia. No le queda mucho de vida.
Una vez más la chica contestó:
-Sí, tengo mucha labia y no me queda mucho de vida.
En este momento el ogro se preparó para saltar sobre la muchacha. Ella exclamó:
-Mira, no soy más que una mujer, y no me queda mucho tiempo de vida.
Diciendo esto, sacó el cuchillo del cinturón, mojó la hoja con saliva y metió el mango en la nieve del lado del iglú donde ella estaba. La magia del cuchillo atrajo al ogro hacia la hoja. Dio pisotones e intentó resistir, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Cada vez más deprisa fue atraído hacia el cuchillo. A su pesar, se vio arrojado sobre el arma. La herida fue mortal.
Cuando se conoció la noticia de la muerte del ogro, la gente del pueblo acudió a dar las gracias a la muchacha por haberles librado de esta amenaza. Pensando que aún podía haber más mata-hombres en la zona, la muchacha preguntó:
-¿A dónde tengo que ir ahora para encontrar más como él?
-Aquí no hay más -respondió la gente- y estamos muy contentos porque teníamos mucho miedo. Pero allá en Tikeraq hay un ogro que mata a los viajeros. Lo hemos oído a la gente que vive en tierra y van allí en busca de aceite de foca.
Estas novedades hicieron a la muchacha pensar en el pasado. Se preguntó cómo podía ser esto en su propio pueblo de Tikeraq, en el que nunca había habido estas bestias.
-Las noticias deben ser ciertas. Recuerdo que en el pasado la gente venía a nuestro poblado, a Tikeraq, en busca de aceite.
Pensando estas cosas, reanudó el viaje.
Cuando se aproximaba a los iglús de Tikeraq, otro criado de un ogro salió a recibirla y la llevó a casa de su señor. Al entrar en el iglú, los que estaban presentes reconocieron inmediatamente a la muchacha. Su padre, sobre todo, estaba jubiloso.
-Desde que desapareciste no he hecho más que matar gente. Yo mismo me convertí en un mata-hombres. Desde ahora esto se acabó. No mataré a nadie más.
Entonces la hija contó las aventuras que había corrido desde el día en que se desmayó en el kayak de su padre. Cuando ella terminó su historia, su padre le explicó lo que le había pasado a él y a su gente.
-Nosotros fuimos los únicos que comimos la carne de aquella bestia terrible que arponeaste aquel día. Aún queda alguna. No le dimos nada a nadie. Quizá fue la carne lo que me convirtió en un ogro. Pero, después que tú te fuiste, no teníamos a nadie que cazara para nosotros. Maté a los que venían aquí en busca de carne.
La joven sacó su cuchillo, lo humedeció y lo puso a su lado. Su padre y los demás del iglú fueron atraídos hacia él, y hubieran muerto apuñalados si la chica no lo hubiera sacado a tiempo.
-Fue esta hoja la que me salvó -dijo-. La usé para matar al ogro.
El padre quedó atemorizado por esta demostración, pero su alegría era aún mayor por tener de nuevo a su hija. Declaró que nunca más volvería a matar.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)

Kautaluk


Viviendo en la costa ártica, entre un grupo de inuits, había una mujer vieja y su nieto, Kautaluk. Como los padres del niño habían muerto, no había nadie que cazase para ellos. Algunas veces personas amables les daban comida, pero lo más frecuente es que tuvieran que apañárselas con las sobras de los demás.
Aunque algunas personas respetaban a Kautaluk y a su abuela, había otros que intentaban amargarles la vida. Como no había nadie lo suficientemente fuerte que le protegiera, a menudo Kautaluk se sentía burlado y atormentado. Algunas veces, cuando visitaba los iglús, le cogían por la nariz y le levantaban del suelo. En momentos como éste, Kautaluk sufría un dolor terrible. Cuando tenía mucha hambre, esta misma gente no le ofrecía más que desperdicios de comida.
Una noche, después de volver a casa sufriendo por este trato cruel, Kautaluk recibió una visita. Todo estaba tranquilo en el poblado cuando el Gran Espíritu que vigila la Tierra acudió a Kautaluk y le hizo el regalo de una gran fuerza. Kautaluk no dijo a nadie lo que había pasado. En lugar de eso, se dispuso a probar el poder recientemente adquirido. Cuando todo el mundo dormía, salió y empezó a recoger las piedras más enormes que pudo encontrar. Una por una las tiró contra los iglús donde dormían sus atormenta-dores. Más tarde Kautaluk encontró un árbol gigantesco que había sido arrastrado a la orilla por las olas del océano. Lo llevó a la puerta de uno de sus peores perseguidores.
A la mañana siguiente, cuando la gente salió de sus casas, se quedó sorprendida al ver las rocas y el tronco de árbol.
-¿Cómo puede haber ocurrido esto? -se preguntaban.
-No es posible que ningún ser humano haya podido hacer esto.
Kautaluk no decía nada. Algún tiempo después Kautaluk volvió a recibir la visita del Gran Espíritu, que le dijo:
-Pronto va a llegar un oso blanco y sus dos cachorros. Sus pieles serán un saco de dormir, caliente para vosotros dos.
Kautaluk y su abuela no tenían nada para taparse en su iglú helado, sólo el calor del cuerpo de su abuela había evitado que Kautaluk se helara mientras dormía.
No mucho tiempo después de esto, uno de los cazadores vio una osa madre y a sus dos cachorros. Todos los hombres salieron inmediatamente al hielo. Kautaluk observó a los cazadores cuando pasaron delante de él. Luego tomó las botas de su abuela, se las ató y echó a andar en dirección a los osos. Corriendo rápidamente, Kautaluk pronto alcanzó y luego adelantó a todos los demás cazadores. Quería ser el primero en coger los osos.
Los hombres quedaron asombrados al reconocer a Kautaluk adelantándoles. Todos a una, exclamaron:
-Oh, no es más que Kautaluk. Seguro que le van a atacar y a morder. Ese pobre huérfano, corriendo por ahí con las botas de su abuela. ¡Lo van a matar!
Kautaluk no hizo caso. Corrió directamente hacia los osos y, agarrándolos por las patas traseras, los golpeó repetidamente contra el hielo, como una mujer sacude la nieve de la ropa. Los tres osos quedaron muertos en el acto. Kautaluk recogió los osos y los llevó sin esfuerzo al iglú de su abuela. Los cazadores le siguieron mansa-mente.
Al llegar al iglú, Kautaluk se volvió hacia los hombres y les dijo:
-Aquí hay comida para todos nosotros, pero primero tenéis que quitar la piel a los osos. Mi abuela y yo vamos a hacernos unos buenos sacos de dormir con los pellejos.
Los cazadores se pusieron a trabajar sin hacer comentarios.
Cuando terminaron de quitar las pieles, Kautaluk dio algunos trozos de carne a cada hombre para su familia. Ahora sus mujeres podían empezar a cocinar en sus grandes ollas encendiendo hogueras al aire libre.
Según era su costumbre, Kautaluk recorrió el poblado visitando por turno todos los iglús. En todos había abundante carne que comer. Al revés de lo que le había ocurrido en visitas anteriores, todo el mundo le invitó a comer con ellos. Sólo le ofrecieron las partes más selectas y deliciosas del oso. Kautaluk rehusó generosamente dicien-do:
-Nunca había comido esos trozos suculentos. Dame sólo un poco del lado correoso. Sólo quiero comer los pedazos a los que estoy acostumbrado.
Después de haber ganado la admiración de mucha gente, Kautaluk deseó tener su propio hogar. Quería tomar esposa y eligió a la hija de su mayor atormentador. Amaba a la chica, pero no quería tener nada que ver con el padre. Decidió que por última vez iba a demostrar su fuerza para que lo vieran todos. De esta manera podía estar seguro de que la gente nunca iba a tratarle injustamente otra vez.
Cuando todo el mundo estaba dormido, Kautaluk recorrió tranquilamente el poblado. Al encontrar otro árbol grande que había sido arrastrado a la orilla, lo llevó al iglú del padre de la chica. Cuidadosa-mente colocó el árbol contra el iglú de manera que, a menos que él mismo lo quitara, el más ligero movimiento de la gente de dentro lo haría estrellarse contra las paredes aplastando a todos los que estaban dentro.
A lo largo de la noche Kautaluk estuvo haciendo lo mismo con los iglús de todos los que le habían maltratado.
Al día siguiente el miedo y el pánico cundieron por el poblado. La gente quería abandonar el lugar, porque sus vidas estaban en peligro.
Entonces Kautaluk reveló su enorme fuerza quitando los árboles de los iglús de sus antiguos enemigos. Todos quedaron pasmados, sus perseguidores temieron por sus vidas, e hicieron preparativos para marcharse.
Sin embargo, Kautaluk se dirigió a los que habían sido amables con él.
-Vosotros no tenéis que marcharos. Me habéis ayudado cuando yo era débil. Quedaros aquí, y mi abuela, mi esposa y yo nos quedaremos con vosotros.
Y así lo hicieron.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)

Kajortoq y la corneja

Kajortoq, la zorra roja, deambulaba al borde de un acantilado cuando vio a un ratón comiendo musgo. Acercándose al ratón, Kajortoq dijo:
-Conozco un sitio cerca de aquí donde hay frutas silvestres. Es una repisa estrecha de rocas, a donde podemos llegar siguiendo el sendero que recorre el centro del acantilado.
El ratón siguió a Kajortoq sin dudarlo y, saltando sobre los huecos de las rocas, pronto se encontró en una situación precaria al borde del precipicio. La zorra, que iba delante del ratón, se dio la vuelta y le advirtió:
-Ten cuidado aquí. Es fácil perder pie. Ten cuidado de no caerte. ¡Salta rápidamente a este lado!
El ratón hizo lo que le indicó Kajortoq, pero cuando sus patas se posaron en las resbaladizas rocas dieron con una piedra suelta, y cayó al fondo del acantilado. Cuando Kajortoq llegó abajo encontró al ratón muerto y se dispuso a comerse a su víctima.
Días más tarde había acabado toda la comida y salió a continuar la caza. Finalmente vio un pájaro sentado sobre sus huevos en un nido en la copa de un árbol. Llamó al pájaro:
-Quiero comer unos huevos. Tírame uno.
Aunque el pájaro apreciaba sus huevos, estaba asustado y dejó caer uno al suelo. Kajortoq lo comió rápidamente y se marchó del árbol.
Pronto volvió a pedir más huevos. Esta vez el pájaro respondió:
-No, no te los voy a dar.
Al oír esto, Kajortoq chilló:
-¡Si no me das algunos de tus huevos, los cogeré todos, porque voy a cortar este árbol con mi hacha!
Intimidado, el pobre pájaro dejó caer unos cuantos huevos al suelo y la zorra comió hasta hartarse y se fue. Tulugaq, la corneja, había estado viendo esto y se acercó a hablar con el pájaro:
-¿Por qué dejaste comer tus huevos a esa zorra renegada? -preguntó.
El pájaro explicó que, si no hubiera dado algunos huevos a Kajortoq, la zorra hubiera usado su hacha para cortar el árbol y todos los huevos estarían perdidos. Tulugaq replicó:
-Esa zorra no es más que una mentirosa; ¡no tiene hacha! Lo único que intenta es asustarte.
No bien se hubo marchado la corneja, Kajortoq volvió pidiendo aún más huevos y amenazando otra vez con cortar el árbol. Esta vez el pájaro habló sin miedo ni dudas.
-No te voy a dar más huevos. Los guardo para mí.
Kajortoq sospechó:
-¿Quién anduvo contando cuentos de mí?
-La gran corneja me dijo que no tienes ningún hacha y que no puedes cortar este árbol donde yo tengo mi nido -respondió el pájaro-. No te daré más huevos.
La zorra roja se fue mascullando
-Esa corneja no es más que una charlatana.
Se encaminó a un espacio abierto donde se acostó aparentando estar muerta. Curiosa, Tulugaq se acercó a la zorra, graznando ruidosamente y picoteándole las nalgas y las patas traseras para ver si la zorra se movía. Con grandes dificultades, la zorra se quedó perfectamente quieta hasta que Tulugaq, segura de que Kajortoq estaba muerta, pasó a la cabeza de la zorra para sacarle los ojos de un picotazo. De repente, la corneja se encontró aprisionada en las fuertes mandíbulas de la zorra.
Kajortoq llevó a su víctima a una pequeña colina y se dispuso a comérsela. Pero antes de que pudiera empezar, la corneja habló:
-¿De dónde sopla el viento? -preguntó la corneja.
La zorra pensó:
-¿Cómo preguntas eso? ¿Estás loca?
Para decirlo abrió la boca de par en par y la corneja se escapó volando.


Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)

Kajortoq, la zorra roja


Un día de verano, Kajortoq, la zorra roja, dejó su camada de cachorros en la madriguera y salió a buscar algo que comer. En una vasta llanura encontró a Aklaq, el oso pardo, y dijo:
-Primo, ¡cuánto tiempo hace que no te veo! ¿Qué es de ti?
-Tengo hambre -respondió Aklaq.
-Yo también. De veras -dijo Kajortoq-. Vamos a cazar juntos. Tú vas por este camino y yo por aquél.
-Por este camino no hay más que perdices blancas -se quejó Aklaq-, y me tienen miedo. Cada vez que me acerco, salen volando.
-Para mí es fácil cogerlas -observó la zorra-. Pero -añadió-, yo tengo miedo a los hombres.
-Yo no tengo miedo a los hombres -dijo Aklaq-, pero soy incapaz de cazar perdices, blancas.
-En ese caso -declaró Kajortoq-, espérame aquí; voy a cogerte algunas perdices. No tardaré mucho.
Aklaq esperó y Kajortoq pronto volvió con unas cuantas perdices. El oso pardo estaba contentísimo y dio las gracias a su compañera una y otra vez. Tenía mucha hambre y se comió las perdices en seguida. Cuando hubo terminado, dijo:
-Has sido muy amable en traerme algunas perdices. A cambio, yo ahora te traeré un hombre. Espérame aquí.
Kajortoq esperó, pero el oso tardó mucho en volver, y cuando llegó, no llevaba ningún hombre. En lugar de eso, se tambaleaba al andar; perdía sangre, y el suelo estaba rojo detrás de él. Un hombre le había disparado una flecha y le había herido en un costado. La flecha se había roto y la punta quedó hincada en la carne.
Kajortoq se compadeció:
-Primo, lo siento por ti. Déjame que te cuide.
Kajortoq construyó un hogar de piedra, encendió una hoguera y calentó algunas piedras.
-Tiéndete aquí -le dijo al oso-. Estira las piernas, y no te muevas aunque te haga daño. Si te sacudes, morirás, porque no podré sacar la flecha.
El oso se tendió en el suelo. La zorra cogió de la hoguera una piedra al rojo y la aplicó a la herida apretando cada vez más contra ella. Aklaq gemía y aullaba de dolor, pero pronto cesaron los aullidos. Estaba muerto.
Kajortoq se alzó sobre sus patas traseras y bailó encima del oso riéndose en voz alta:
-De esto puedo estar orgullosa. Nadie más que yo ha podido hacerlo. Tengo comida suficiente para mucho tiempo.
La zorra no volvió a su cubil, sino que permaneció aquí todo el verano comiendo la carne del oso.
Cuando llegó el invierno se había quedado sin provisiones. Ya se había comido todo el oso; no quedaban más que los huesos. Los amontonó y los quemó debajo de unas piedras.
Un rato después vio a Amaroq, el lobo, que avanzaba hacia ella, y fue a su encuentro.
-¿Cómo estás, primo?
-No demasiado bien -respondió Amaroq, tengo mucha hambre.
-Ten confianza en mi -dijo Kajortoq-. Te enseñaré lo que tienes que hacer para conseguir alguna comida. ¿Ves ese río frente a nosotros?
Señaló un río cercano cubierto con una delgada capa de hielo. En algunos sitios podía verse el agua por los agujeros del hielo.
-Vete allí -sugirió Kajortoq-. Intenta coger algunas truchas. Voy a hacerte un anzuelo. Todo cuanto tienes que hacer es sentarte junto al agujero, atar el anzuelo a la cola y dejarla bajar al fondo. Quédate sentado y no te muevas hasta que se ponga el sol. Entonces tiras del anzuelo. Habrá una trucha atrapada en él. Créame, así es como yo pesqué las mías.
El lobo se sentó junto al agujero sin moverse. Mientras tanto, la zorra roja echó a andar por la orilla diciendo que iba a buscar algo que comer. Pero, en lugar de eso, se escondió detrás de una peque-ña colina a observar al lobo, pero con cuidado de que él no la viera. Amaroq se quedó todo el día donde estaba, esperando confiado los resultados de la pesca. Pero cuando el sol llegó al oeste se dio cuenta de que no había cogido nada. Indignado, gruñó:
-Kajortoq me mintió. ¡Voy a perseguirla y a comérmela!
Intentó levantarse, pero su cola estaba atascada en el hielo. Tiró de ella una y otra vez, hasta que, de repente, salió; la cola se había partido. Espumajeando de ira y sangrando profusamente, el lobo rastreó la llanura tras las huellas de Kajortoq. Pero la zorra se había escondido en su cubil.
El lobo no tardó en descubrir su madriguera y se puso a gritar:
-¡Sal de tu agujero para que te pueda comer!
-¿Qué dices? -respondió Kajortoq sacando la cabeza de su cubil para mirar. Al hacerlo, con un ojo cerrado, ladeó la cabeza-. Nunca te había visto. ¿Qué quieres?
-Hoy me has engañado y me he quedado sin cola. ¡Ahora voy a comerte!
-Yo no sé nada de eso -replicó Kajortoq saliendo de su agujero-. ¿Has preguntado a esa zorra roja de allí? Debe haber sido ella. He oído pasar a alguien por mi puerta hace un ratito.
El lobo se marchó impaciente para ir tras la otra zorra roja. Kajortoq vio cómo se iba y siguió mirando hasta que el lobo sucumbió a su herida. A la mañana siguiente, después de haber perdido toda la sangre, Amaroq estaba muerto. Kajortoq se alzó sobre sus patas traseras y empezó a bailar dando vueltas alrededor de él.
-Puedo alardear de esto. Nadie más que yo pudo hacerlo.
Vivió del lobo todo el invierno. Cuando hubo comido toda la carne, apiló los huesos y se fue a otra parte en busca de comida.
Un día vio yendo hacia ella una osa parda que parecía más grande y más aterrorizante que cualquier otro oso que Kajortoq hubiera visto. La osa se dirigió a la zorra de mal humor.
-¿Conocías a mi hijo? Se marchó la primavera pasada a cazar, pero no volvió. He encontrado sus huesos cerca de esta colina.
-Yo no sé nada de eso -respondió Kajortoq-. No le he visto. Voy a ir contigo y así podrás enseñarme dónde están sus huesos.
Se marcharon juntas. La zorra reconoció el sitio donde había matado a Aklaq. Al ver que la osa lloraba, aparentó estar muy triste.
-Las lágrimas no te van a servir de nada -dijo a la osa madre-. Creo que sé quién mató a tu hijo. Espérame aquí un rato.
Kajortoq subió a la cima de la colina. Desde esta posición privile-giada miró en todas direcciones y vio otro oso pardo. Volvió rápida-mente junto a la osa y dijo:
-El que mató a tu hijo está allí al otro lado. Vete a atacarle. Es grande y fuerte, pero yo te ayudaré.
Mientras los osos luchaban, Kajortoq saltaba alrededor aparentan-do ayudar. En realidad, no hacía más que salpicarse de sangre el pelo. Final-mente, la osa mató al otro oso. Se volvió hacia la zorra y le dijo agradecida:
-Me has ayudado. Gracias. Llévate toda la carne. Yo estoy can-sada y herida y no quiero nada.
La osa se puso en camino hacia su madriguera, pero murió a causa de sus heridas antes de perderse de vista. Kajortoq volvió a bailar de alegría. Estaba contenta; los dos osos le proporcionarían carne suficiente para mucho tiempo.

Fuente: Maurice Metayer

036. Anónimo (esquimal)