Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

Mostrando entradas con la etiqueta 010. Centroamerica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 010. Centroamerica. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de julio de 2012

Tío conejo y tía boa .010

Pues estaba ya muy preocupado tío conejo porque, por tercera vez, había estado a punto de ser tragado por tía boa de un bocado. Se la había encontrado hecha una espiral entre el zacatito [1] verde donde acostumbraba cenar y, pensando que estaba dormida y no le haría caso, empezó a comer.
Pero en un santiamén, la boa se desenroscó como si tuviera un resorte y, de no ser porque tío conejo tenía buenas piernas y era buen corredor, se lo hubiera tragado.
Así que estaba pensando qué hacer para librarse de ella, pero nada se le ocurría, porque tía boa era tan larga y tan gruesa que de solo verla le temblaba el cuerpo. Al fin le vino una idea. Tomó un saco grande de tela gruesa y se encaminó hacia la casa de tía boa. Ella vivía en el tronco seco de un viejo espabel [2] que daba sombra a un manantial. Se acercó al árbol y comenzó a hablar, como si estuviera acompañado de alguien. Cambiaba la voz cada vez.
-¡A que alcanza!
-¡A que no alcanza!
-¡A que alcanza!
-¡A que no alcanza!
-¿A que sí?
-¿A que no?
-¡Qué te apuestas a que sí!
-¡Qué te apuestas a que no!
-¡Pero claro que alcanza!
-¡Pero no seas bruto, hombre, no ves que tía boa es más larga que un camino y más gruesa que ese tronco! Yo apostaría mi cabeza a que no alcanza.
-¡Pues yo te digo que sí alcanza!
Después de esta frase, tía boa, que estaba durmiendo, se despertó por las voces. Por fortuna, estaba de buen humor, pues tenía en su panza un roedor, que se había acercado al manantial a beber, y todavía estaba haciendo la digestión. Asomó su cabeza por el tronco y, al ver a tío conejo, le preguntó:
-Pero, hombre, ¿qué es este escándalo que traes que me ha despertado?
-Pues, señora, imagínese que este bobo de hermano que tengo
-y diciendo esto, señaló la parte de atrás del árbol, como si allí estuviera el hermano- apuesta que usted no cabe en este saco -y se lo mostró. Y yo digo que sí que alcanza.
-A ver, abre la boca del saco -dijo tía boa- para que me meta dentro, así se convencerá ese tonto y tú ganarás la apuesta.
Tío conejo, que estaba temblando de miedo, decía para sí: «Ay, María Santísima, que no le entren ganas de comerme».
Se serenó y abrió el saco, donde tía boa se metió perfectamente. Sin perder un segundo, tomó tío conejo una cuerda que llevaba en el bolsillo, ató con un gran nudo la boca del saco y de un empujón lo echó al río.
Y desde entonces, tío conejo y otros animales que gustaban de beber en el manantial, vivieron un tiempo sin preocupaciones.

010. anonimo (centroamerica)


[1] Zacate: arbusto gramíneo pequeño.
[2] Espabel: árbol de grandes dimensiones típico de Costa Rica.

La historia del hijo que dejo perdido el rey

Cuento popular

Ocurrió un día que, habiendo salido el rey a pasear por tierras lejanas, se le perdió el hijo pequeño que llevaba con él. Como le urgía regresar, recomendó a una anciana campesina que lo buscara y que, si aparecía, le diera una cajita que le entregó. Con ese objeto le sería fácil llegar hasta donde su padre. Pero eso sí, nadie tenía permiso más que el hijo de abrir la cajita, bajo pena de morir ahorcado, pues él era el dueño.
Al cabo de algunos años, el príncipe ya era un gallardo mozo de dieciocho años y se le apareció por casualidad a la campesina, a quien le dijo que tenía el propósito de ir a buscar a su padre, pues era cosa triste tener uno y vivir alejado de él.
-¡Ay, niño! Será imposible que lo encuentres, pues tu padre está a muchos días de viaje de aquí -dijo la campesina.
Y luego agregó:
-Y, aunque lo encuentres, ¿cómo te reconocerá?
-Aunque tenga que cruzar ríos y atravesar montañas, voy a ir en su busca -dijo el joven.
Viéndolo tan decidido, la señora le dijo:
-Toma, aquí te dejó tu padre esto. Él me aseguró que si viajas con lo que está en la caja, fácilmente lo encontrarás.
El joven no esperó ni un segundo más y, tomando la caja, partió al instante sin destino fijo. Camina que caminarás llegó a un llano y, como no llevaba agua, estaba casi muerto de sed. Un poco más allá, vio a un hombre con un cántaro y le pidió de beber, pero el hombre se lo negó. Como el joven insistió, el hombre le dijo que solamente le diera el agua a cambio de la cajita, pues pensaba que estaría llena de dinero.
-Eso es imposible, buen hombre -replicó el joven-, porque sin ella jamás encontraré a mi padre.
-¿Y quién es tu padre? -preguntó el hombre.
-¡Ah, dicen que es un gran rey...!
El joven no pudo decir nada más, porque la lengua se le pegaba al paladar. Finalmente, cambió la cajita por un poco de agua. Luego, preguntó al hombre si quedaba muy lejos la capital del reino. Este le señaló el camino más largo que conocía: por lo menos tardaría una semana en llegar. El príncipe, de bueno que era, tomó esa dirección.
En cambio, el hombre tomó el camino más corto, para llegar enseguida y presentarse al rey como su propio hijo. Y de veras llegó a la ciudad, se presentó al palacio mostrando la cajita y diciendo que él era el hijo perdido del rey. Nadie le quería creer, pero como llevaba la cajita y dentro estaba una carta manuscrita del rey diciendo que se le había perdido el hijo y que quien presentara esa carta fuera reconocido como tal, pues no les quedó más remedio que aceptarlo con grandes honores.
Mientras tanto, el verdadero hijo del rey caminaba y caminaba, y aquel camino parecía no tener fin. Otra vez volvió a tener mucha sed y, por casualidad, encontró un pozo, pero no tenía nada con qué sacar el agua. Finalmente, se le ocurrió poner unos palos y bajar por ellos.
Cuando terminó de beber y se disponía a salir, vio a un mono en el borde del pozo que le pedía agua.
-¡Ay, monito, qué cara es aquí el agua y no tengo vaso para dártela! Pero tengamos paciencia y te la iré subiendo trago a trago en el hueco de mi mano.
Y así el joven bajó y subió un sinnúmero de veces, hasta que el mono dejó de tener sed. Cuando se despedían, el mono, agradecido, le dio un pelo, diciéndole que cuando se le ofreciera algo dijera: «Dios y mi amigo mono», y que al instante él estaría a sus pies.
Siguió el príncipe su marcha y no había caminado mucho cuando sacó el pelo y dijo:
-Dios y mi amigo mono.
Y al instante estaba el mono a sus pies, diciéndole:
-¿Qué me quieres?
-Nada -le dijo el príncipe-, era por probar.
Llegó por fin a la ciudad y buscó trabajo. Lo encontró con una señora que tenía un huerto y él le vendía las hortalizas y verduras. Pasaba cada día ante el palacio del rey. Las princesas le llamaban y le compraban casi todo, diciéndose en voz baja una a la otra: «¡Qué muchacho tan parecido a papá cuando era joven!». Y lo convencían para que fuera a trabajar como jardinero al palacio.
Finalmente, un día aceptó. Y el mismo día que comenzó, el hombre que se había quedado con su cajita lo reconoció y empezó a pensar en un plan para matarlo.
En el palacio había una mula tan salvaje que nadie se había atrevido a amansarla, aunque hubieran ofrecido todo el dinero del mundo. Así que el hombre fue al rey y le dijo:
-Papá, dice el jardinero que él es capaz de montar a la mula sin caerse.
-¿Es posible, muchacho? -contestó su majestad. Pues que venga el jardinero y me lo diga él mismo.
El pobre, por más que aseguró que él no había dicho nada, tuvo que obedecer al rey, que le obligó a montar en la mula y juró matarlo si no lo hacía. Se acordó entonces del monito y, metiéndose en su cuarto, sacó el pelo y dijo:
-Dios y mi amigo mono.
Al instante lo tenía a sus pies, preguntándole:
-¿Qué me quieres?
-Amigo mono, tengo un problema -y le contó lo que pasaba.
-No te preocupes -agregó el mono; toma esta pistola y estos algodones; dale un balazo en el pecho a la mula, y así que se desangre un poco la montas. No te pasará nada, te lo aseguro. Caminas sobre ella y, al llegar al palco real, tomas a una de las princesas y la montas para pasearla por la plaza.
Más bien resultó como una gran fiesta, en la que el joven fue aplaudido y el hombre envidioso se mordía los labios. Así que se inventó otra. Le dijo al rey que decía el joven que a él lo podían echar en una caldera de agua hirviendo y nada le pasaría.
El rey ordenó al punto colocar una gran caldera en medio de la plaza y, llamando al joven, le dijo que hiciera allí la prueba. El muchacho se entristeció mucho y llamó a escondidas al mono.
-No te preocupes -dijo este, dale otro balazo a la mula, úntate la sangre en toditito el cuerpo y te metes sin miedo en la caldera.
Así sucedió, y lo más prodigioso no fue esto sino que, cuando salió de la caldera, ¡aún era más bello!
Al hombre se le retorcía la culebra del odio en el corazón y se inventó otra mentira. Le dijo al rey que el joven le había asegurado que podía traerle la hija perdida que un dragón se había robado. Para llegar a la guarida de ese dragón, había que atravesar el mar y pasar muchas dificultades. El rey le ordenó hacerlo, y nuevamente el joven llamó al mono.
-Ya sé para qué me has llamado -le dijo, pero no te aflijas, que mi amistad te salvará. Pídele al rey un novillo, mucha provisión y un buque de cuatro palos.
Al momento estuvo todo listo, y el joven marchó en compañía del mono y sus amigos, que eran: el tigre, el león, el coyote y el águila.
Atravesaron los mares y llegaron al país de los dragones. Tuvieron mucha suerte, porque era la hora de la siesta y dormían.
El águila voló muy cerca del suelo y, viendo dónde estaba la princesa, la tomó en sus garras y la elevó hasta llevarla al buque. El tigre, el león y el coyote salieron para defender el barco y, finalmente, embarcaron todos y salieron.
Cuando llegaron al reino, se despidieron del joven, y el amigo mono le dijo:
-Ya no me necesitarás más, porque de hoy en adelante serás feliz. No le ocultes al rey quién eres.
Y desapareció.
El joven fue a entregar a la princesa a su padre, quien se quedó asombrado del valor y la astucia del muchacho. En agradecimiento por lo que había hecho, le ofreció la mano de una de sus hijas, pero el joven le contestó:
-No puedo aceptar como esposa a mi misma hermana.
Y el muchacho le contó su historia hasta que llegó al palacio como jardinero. El rey comprendió que decía la verdad y, lleno de cólera por el engaño, mandó capturar al hombre que se había hecho pasar por su hijo y expulsarlo para siempre del reino.
Al príncipe le dio la corona de su reino como premio a su honestidad y valor.
Y como empezó, pues se acabó.

010. anonimo (centroamerica)

El tapir y el mono chillón

Un tapir y un mono chillón estaban recorrien­do la jungla. El tapir iba tocando un silbato.
-¿Me das ese silbato, tapir? -dijo el mono.
-No, chillón, no puedo dártelo, porque es un re­cuerdo de mi padre.
-Entonces véndemelo.
-No, chillón, no puedo. Es un recuerdo de mi padre, quien, a su vez, lo heredó del suyo.
-Préstamelo al menos un momento, toco una vez y después te lo devuelvo.
El tapir le dio el silbato, pero el mono se escapó trepando hasta la copa de un árbol.
-Devuélveme mi silbato -gritó el tapir, y se puso a sacudir el árbol para que el mono se cagese. Pero el mono, riendo, co­menzó a saltar de un árbol al otro.
Desde aquel lejano día, el tapir sigue vagando bajo los ár­boles y sacudiéndolos. No deja de buscar al mono chillón. Y el mono no baja nunca de los árboles. Cuando tiene sed, en vez de beber de alguna corriente de agua, prefiere sorber el rocío de las hojas. En lo alto, trepado a un árbol, se siente más seguro.

Fuente: Gianni Rodari

010. anonimo (centroamerica)

El príncipe tonto

Había una vez un rey que tenía tres hijos. Los dos mayores eran inteligentes e instruidos, pero el menor no tenía caso, y todo el mundo le llamaba el príncipe tonto.
Un día los dos mayores le dijeron a su padre que querían salir a recorrer mundo y que para ello necesitaban la herencia que les correspondía.
El menor, o sea el tonto, dijo que él también se iba con los hermanos.
-Pero ¡qué va a hacer ese bobo! -exclamó la reina al enterarse.
Ni ella ni el rey querían que se fuera, y los hermanos se morían de la risa.
Salieron, pues, los hermanos mayores con su herencia en la bolsa, y el más pequeño, dale que dale, al final también se marchó, aunque no recibió nada de dinero. Y de veras se les pegó a los dos hermanos y no había manera de que fuera por otro sitio, y eso que los hermanos le dieron varias tundas e hicieron lo posible para que regresara.
Así que el tonto decidió seguirlos sin que se dieran cuenta. Por a noche, los hermanos se internaron en un bosque con la intención de dormir, y el tonto se acercó a ellos lo más que pudo y se acostó bajo un árbol que tenía tres ramas. Como estaba muy cansado, pronto se durmió, pero a medianoche le despertaron unas voces que procedían del árbol bajo el que se encontraba.
Eran tres aves, cada una en una rama. Una de ellas dijo:
-Voy a cantar y dejo caer mi mochilita.
-¿Y qué hace tu mochilita? -preguntó otra de las aves.
-Pues que si se vacía, se vuelve a llenar solita de dinero -dijo la primera.
Y, entonces, cantó y dejó caer la mochilita. El tonto se fijó bien dónde cayó.
Otra de las aves dijo:
-Yo voy a cantar y dejo caer mi violincito.
-¿Y qué hace tu violincito? -preguntó otra ave.
-Que cuando suena, todos bailan.
Y cantó el ave y dejó caer el violincito.
La última dijo:
-Pues niñas, voy a cantar y dejo caer mi capita.
-¿Y qué hace tu capita? -le preguntaron.
-Que cuando uno se la pone, no le ven.
Y cantó y dejó caer la capita.
En cuanto amaneció, el tonto se levantó antes que sus hermanos y recogió los objetos que habían dejado las aves. Cuando sus hermanos se dieron cuenta de que estaba ahí, se enfadaron y quisieron pegarle, pero él les suplicó que no lo hicieran, que a cambio les daría algo. Y diciendo esto, les mostró los objetos, contándoles cómo los había conseguido y las propiedades que tenían.
El hermano mayor cogió la mochila, el otro, el violín, y al tonto le quedó la capita. Siguieron juntos el camino y, cuando pasó el día y llegó la noche, volvieron a internarse en un bosque y se refugiaron bajo un árbol. Cuando los hermanos mayores se dieron cuenta de que el tonto dormía, aprovecharon para marcharse sin hacer ruido.
Al amanecer se despertó el tonto y, en lugar de tomar el camino real por donde había ido con sus hermanos hasta ese momento, tomó una veredita que le llevó hasta una montaña. Allí había muchas fieras, pero el tonto se puso la capita y nadie le vio. Todo el día caminó y caminó, y muy lejos encontró un árbol lleno de frutas olorosas tan grandes como una naranja. Como estaba hambriento, recogió varias y se sentó en un tronco a comer. Al ratito sintió que le pesaba la cabeza y, al pasarse la mano por la frente, se dio cuenta de que ¡le habían salido unos cuernos como de venado!
-¿Y ahora? -se dijo- ¿Qué hago? ¿Cómo voy a llegar donde el rey así, con estas pintas?
Al rato pensó que no sería tan malo tener cuernos, porque podría defenderse de las fieras. Tiró las frutas que le quedaban y continuó su camino. Al pasar junto a un arroyo tropezó y cayó en una poza que, por fortuna, no era muy profunda. Salió sin dificultad con un gran susto y se dio cuenta de que los cuernos le habían desapa-recido. Se puso a reír de contento y dijo:
-Ahora ya sé el remedio.
Y regresó para coger las frutas que había dejado. Comió unas cuantas, y otra vez le nacieron los cuernos. Fue a la poza y se mojó la cabeza, y enseguida desaparecieron.     
Siguió caminando y llegó a una ciudad y, aunque era tonto, se dio cuenta de que era la capital de un reino importante, así que decidió ir donde el rey a venderle las frutas y divertirse un rato.
Cuando llegó al palacio, la princesa estaba en el balcón.
-Niña, ¿me compras pelotas?
-¡Papá! -llamó la niña al rey-. Dice un muchacho que si compras frutas.
-Niña, que son pelotas -dijo el tonto.
Salió el rey y, al oler las frutas, no pudo resistirse y las compró todas.
Al día siguiente, corrió la noticia por toda la ciudad de que al rey y a todos los del palacio les habían crecido unos cuernos como de venado. Todos querían verlo, pero nadie del palacio se asomaba. El tonto, entonces, se puso su capita y entró en el palacio sin que nadie le viera. Fue por todas las habitaciones y llegó hasta las de la reina y la princesa, quienes estaban llorando en un rincón por los cuernos tan grandes que tenían.
Más tarde, en la ciudad, supo que sus hermanos estaban allí y fue a visitarlos. Ellos se portaron muy amablemente, y el tonto, apro-vechando esto, le pidió a uno de ellos que le prestara el violín. Se puso entonces la capita, tomó el violín y fue hasta el palacio donde, a las puertas, comenzó a tocar con tal entusiasmo que los reyes y toda la servidumbre, olvidándose de que tenían cuernos, se pusieron a bailar en los salones que daban a la calle. Poco a poco, se fue apiñando alrededor del palacio un gentío tremendo que también bailaba al ritmo de la música. Y como esta era cada vez más alegre, aumentaba el entusiasmo de los danzantes que, cuando veían aparecer por los balcones al rey o a sus criados con los cuernos, reían sin poder parar.
Como la música no cesaba, los más cansados se tiraban al suelo, pero ni así conseguían dejar de mover brazos y piernas.
El rey, más muerto que vivo, gritaba que acabara la música y prometió dar una gran bolsa de dinero a quien lo consiguiera. El tonto le contestó que solamente dejaría de tocar la música si le daba a la princesa como esposa. El rey, pues, como no tenía otra alter-nativa, le dijo que sí, que bueno.
Así está mejor -dijo el tonto, y guardó el violín.
Al día siguiente, fue el tonto al palacio y pidió que le anunciaran como futuro esposo de la princesa. El rey, recordando su promesa del día anterior, le hizo pasar, pues tenía curiosidad por saber quién era el personaje del violín. El tonto entró entonces acompañado de un criado, y enseguida reconocieron al muchacho de las frutas. El rey, lleno de rabia, lo arrojó a un patio, dando la orden de que lo encarcelaran para ahorcarlo al día siguiente.
-Ahora sí que hasta aquí he llegado -se dijo el tonto-.
Aunque, pensando y pensando, decidió que prefería tener a la princesa por esposa y comenzó a suplicarle al carcelero:
-Ay, buen hombre, déjame salir un poquito para que me dé el aire, que ya bastante tengo con mi castigo a pesar de ser inocente. No seas mala persona y déjame salir un segundo, que este aire me asfixia, que yo no hice sino vender unas frutas frescas, y mírame ahora como estoy. Ay, que voy a morir asfixiado si no me abres un poquito la puerta... Me muero antes de la hora...
El carcelero, por no escucharle más o porque le creyó, quién sabe, le abrió un poco la puerta, y el tonto se puso entonces su capita y salió sin que nadie se diera cuenta. Fue corriendo donde el hermano y le pidió prestada su mochilita. La vació unas cuantas veces y, con el dinero, compró en una tienda un buen traje de doctor. En otra compró un carruaje con caballo, se buscó un criado y en un local puso un letrero que decía: «Médico especialista en enfermedades de la cabeza, como cuernitis aguda».
Pronto le llegó al rey la noticia de este nuevo médico, y lo mandó llamar al palacio.
El rey le dijo que había prometido la mano de su hija a quien les curara de tan espantosa enfermedad. El médico le contestó que bueno, que aceptaba, pero le advirtió que la curación era muy penosa, y que no todo el mundo la resistía.
-No importa qué clase de medicina sea -respondió el rey, haré lo que se tercie con tal de librarme de estos cuernos.
-Entonces, empecemos cuanto antes -dijo el médico. Mande construir una pila que tenga cinco metros de largo y cuatro de profundidad y llénela de agua cristalina hasta los bordes. Yo regresaré dentro de tres días.
Al tercer día volvió el supuesto doctor, le mostraron la pila y comenzó su tarea. Echó en el agua varias clases de perfumes y aceites, diciendo que eran los medicamentos indispensables para la curación. En cada esquina puso unos cuernos con sahumerios y, cuando estuvo todo listo, pidió que llevaran hasta ahí al rey en traje de baño.
-Su majestad me perdone -le dijo muy solemne, pero para hacerle circular la sangre, tengo que darle con esta vara, así que arrodíllese, que cuanto antes comencemos, antes terminaremos. Créame que es el único remedio.
El rey se arrodilló, y le cayó una tanda de varazos. Luego, el supuesto médico lo aupó y lo echó a la pila como quien deja caer una piedra. Al rato, cuando el rey ya casi parecía que se ahogaba, lo sacó.
-¡Ay, hijitas! -decía el rey a la reina y a la princesa- ¡Quién sabe si ustedes soportarán la curación...! ¡Ay, miren qué cuerpo me ha dejado!
El doctor llamó entonces a la reina, y esta llegó llorando a lágrima viva.
-Mi señora -dijo el médico, arrodíllese aquí y no se aflija, que su dosis va a ser mucho menor.
Le dio media docena de veces con la vara y la echó a la pila, pero la sacó enseguida.
Luego llegó la princesa, llorando también, pero el doctor le dijo que su dosis sería insignificante. La mandó arrodillarse y sacó un pañuelo de seda con el que la pegó. Después, la tomó en brazos, la echó en la pila y la sacó de inmediato.
Por último, llegaron los criados, a quienes les daba un poco con la vara y los echaba a la pila. Cuando terminó la curación, el rey le obsequió con un baile y un gran banquete. Pocos días después, se casó con la princesa, y el rey, además, le entregó la corona del reino. Y así es como nuestro príncipe tonto llegó a convertirse en rey. Y, aunque era tonto, como tenía buen corazón, hizo venir al palacio a sus hermanos y les dio puestos de honor en el reino.
Y se acabó el cuento.

010. anonimo (centroamerica)

Don juan del bijagual

En medio de un bosque muy retirado y tupido, donde casi no llegaban ni los rayos del sol, vivía un pobre muchacho huérfano.
Su casa era una chocita mal construida con hojas de bijagua [1], las mismas que le servían de vestido.
Dormía en el suelo sobre una cama de hojas secas y se alimen-taba con los productos de una pequeña huerta, única herencia que le dejaron sus padres.
Él no sabía lo que era cortarse el pelo, y mucho menos las uñas, así que, al verlo, la verdad era que inspiraba miedo.
Un día que fue a la huerta a recoger verduras, encontró en ella a un pobre conejito y, ya iba a cazarlo, cuando este le dijo:
-No me mates, Juan, yo te prometo hacerte el más feliz de los hombres.
Juan, más por pena que por interés, le perdonó la vida, y desde aquel día vivieron en la choza como dos amigos.
Los días pasaban y pasaban sin que el conejito hiciera nada por la felicidad de Juan. Una mañana de tantas, cuando amaneció, el conejito no estaba en la choza, y Juan pensó que se había ido defini-tivamente. Mientras tanto, el conejito se encaminaba hacia el palacio del rey, a donde llegó pasada la mañana.
Una vez que estuvo delante del rey, le saludó con mucha cortesía. El rey le preguntó que a qué se debía su visita.
-Su majestad -contestó el conejito, vengo de parte de mi amo, don Juan del Bijagual, a solicitarle una vasija para medir monedas de plata, pues don Juan no tiene por el momento ninguna.
El rey, sorprendido ante tal petición y lleno de curiosidad, preguntó:
-Pues ¿y quién es ese señor? ¡Ya debe ser bien rico cuando necesita una vasija para las monedas en lugar de contarlas!
-Sí, majestad -contestó todo serio el conejito-, don Juan es el hombre más rico que hay sobre la Tierra.
El rey se levantó del trono y fue personalmente a buscar un hermoso jarrón de plata que entregó al conejo, diciéndole que con ese medía él su dinero y que el palacio estaba a las órdenes de don Juan. El conejito le dio las gracias y se marchó. Cuando llegó a la casa de Juan, escondió el jarrón y no le dijo nada.
Tres días más tarde, regresó al palacio llevando el jarrón y puso en el fondo una moneda de plata de venticinco céntimos que tenía. Cuando estuvo delante del rey, se lo entregó. Le dijo que don Juan estaba muy agradecido por el ofrecimiento del palacio y por el préstamo del jarrón. Y se fue.
-¡Conejito...! ¡Conejito...! -gritó el rey. Mire, aquí hay una moneda.
-Oh, no se preocupe -contestó el conejito, eso no vale nada para don Juan, pues con eso tiene pavimentados los establos de su palacio. ¡Adiós! -Y se fue.
Pasado algún tiempo, volvió donde el rey.
-Manda decir mi amo don Juan del Bijagual, que le haga el favor de prestarle la vasija que usted usa para medir las monedas de oro.
-Con mucho gusto -respondió el rey.
Y fue a buscar un precioso jarrón dorado.
El conejito se marchó muy pronto y, una vez en la chocita, escondió el jarrón y no le dijo nada a Juan.
Cuatro días después, fue al palacio a dejar el jarrón. Le dijo al rey:
-Dice don Juan que le haga el favor de prestarle la vasija que usa para medir diamantes y perlas, y la de medir otras piedras preciosas de menos valor.
El rey buscó entre los objetos valiosos dos hermosas copas, una de plata muy bien labrada y otra de oro con el borde incrustado de perlas, y se las entregó al conejito, que se marchó después.
Unos días más tarde, regresó para devolver las copas. Y sin entretenerse mucho, volvió a su casa.
Una mañana, muy lluviosa por cierto, le dijo a Juan el conejito:
-Vamos a ir a la ciudad porque el rey desea verte, pero antes debes prometerme que me obedecerás y harás lo que yo te pida.
Juan dijo que vale y, bajo una lluvia menuda, abandonaron la rústica vivienda. Al llegar a la ciudad, Juan se quedó esperando escondido mientras el conejito iba al palacio. Antes de entrar, se metió en un charco de barro y agua sucia, y así se presentó ante el rey. Le dijo:
-Manda decir mi amo don Juan del Bijagual que le haga el favor de prestarle un vestido y algún dinero, pues hemos tenido la desgracia de perder las maletas al atravesar el río que estaba muy crecido. Las mulas que traíamos se ahogaron y se las llevó la corriente junto con los regalos que don Juan le iba a dar.
El rey mandó que prepararan de inmediato el mejor de los carruajes y que trajeran dinero. Después, buscó personalmente un elegante vestido y le entregó todo al conejito. Ordenó que le acompañara uno de los criados, pero el conejito no lo permitió, pues no quería que viera la pinta de Juan. Él mismo condujo el carruaje hasta el lugar donde había dejado al distinguidísimo don Juan del Bijagual.
Lo primero que hizo fue bañarle, recortarle las uñas y vestirlo. De ahí fueron a una barbería, donde dejaron a don Juan como un príncipe.
Mientras, en el palacio, estaban haciendo grandes preparativos para recibirlo.
No tardó mucho don Juan en llegar, y los criados, vestidos de gala, salieron a recibirle. El rey, la reina, la princesa, todos tenían mucha curiosidad por ver a tan ilustre invitado y se deshacían en atenciones. Don Juan del Bijagual no se separaba del conejito, como había prometido, y seguía sus indicaciones.
Varios días de fiesta se sucedieron, al cabo de los cuales el conejito le aconsejó a Juan que pidiera la mano de la princesa. Y efectivamente, así lo hizo.
El rey, contentísimo, accedió de inmediato y, muy pronto, lo casó con su hija. Por este motivo, hubo otros cuantos días más de fiesta y celebración.
Finalmente, Juan debía marchar a su palacio con su esposa. Como el rey y la reina y todos los de la corte ansiaban conocer el famoso palacio del rey, se pusieron en marcha una mañana soleada. Todos iban felices y alegres, menos don Juan, claro. Pero él disimulaba como podía su pena.
El conejito, que iba guiando el grupo, charlaba con uno de los criados.
Habían caminado un buen trecho cuando el conejito salió a la carrera, como para preparar el camino, que no tenía pérdida. Corrió y corrió y llegó hasta un palacio cuya belleza dejaba a cualquiera con la boca abierta.
El palacio estaba rodeado de jardines llenos de árboles con frutas muy extrañas y sabrosas. Dentro, había todo tipo de riquezas y todo eso pertenecía a las señoritas Hormiguitas Laboriosas.
El conejito apareció dando grandes voces:
-¡Hormiguitas! ¡Hormiguitas! Vengo a librarlas de la muerte.
¡Rápido!, métanse en este saquito para que no las vea el gigante... ¿No oyen sus pasos?
Lo que se oía era el ruido de los caballos de la comitiva del rey que, al caminar al mismo ritmo, parecían los pasos de un gigante.
Las hormiguitas le creyeron, porque en el fondo eran ingenuas y desconocían a doña Mentira. Por eso, todas sin excepción, se metieron en el saco del conejo. Este lo cerró con una cuerda y lo tiró al río. Después, entró al palacio, buscó las llaves de todas las habitaciones, las colgó en una percha y salió al encuentro del rey. Con cara de sorpresa, dijo:
-¡Pero quién ha visto nunca tal cosa! Ni uno solo de los criados y criadas se halla en palacio. No me explico qué puede haber pasado...
Pero nadie le escuchaba, porque todos estaban contemplando el palacio. Por fin, le atendieron, y el rey mandó a sus criados que se quedaran para siempre con don Juan.
El conejito, con el montón de llaves en el hombro, les fue mostrando los cuartos llenos de tesoros: monedas de oro, plata, perlas, diamantes, rubíes, etc. Todo allí era deslumbrante.
Una semana permaneció el rey en el palacio y, cuando regresó al suyo, lo encontró horrible de feo.
Juan, su esposa y el conejito vivieron desde entonces muy felices, pero un día amaneció muerto el conejito. Uno de los criados avisó a Juan, y este dio orden de que lo tirara en una zanja. El criado así lo hizo, y el conejito, que en realidad no estaba muerto, se levantó y le dijo a Juan:
-¿Así es como me pagas la felicidad que te he dado? Pues esto no quedará así.
Y al instante, Juan y su esposa estaban en la choza del bosque. Juan, de rodillas y muy apenado, le suplicó que le perdonara y le juró y le perjuró que nunca más haría una cosa así. El conejito lo devolvió al palacio.
Juan cumplió su palabra, pues un año más tarde, cuando el conejito murió de veras, le hizo un entierro por todo lo alto, y tanto él como la princesa vistieron de luto muchos años.

010. anonimo (centroamerica)

[1] Bijagua: planta silvestre.