114. Cuento
popular castellano
Era un rey que tenía una hija muy
guapa. Y un día que había una gran nevada, se asomó la princesa a un balcón, y
estaba un pastor degollando un cabritillo. Y hacía muy bonito el manchar de la
sangre en la nieve. Y oyó que decía el muchacho:
-Lo blanco con lo encarnado, ¡qué bien
está! Como el rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del señor San
Juan.
Y a la princesa la llamó mucho la
atención eso que había oído y le mandó llamar. Y le dijo que la repitiese eso
que había dicho de lo blanco con lo encarnado. Y el muchacho lo repitió. Y
entonces ella le pregunta que qué quería significar aquello. Y dice el
muchacho:
-Es una cosa que nos explicaba a
nosotros mi madre. -A ver, explícamelo tú a mí -le dijo la princesa. Empieza el
muchacho:
-Pues dice mi madre que en un castillo
que está muy lejos de aquí vive un rey encantado que se pasa el año durmiendo y
sólo se despierta la mañanita de San Juan. Y si ve que no hay nadie a la
cabecera de su cama, se vuelve a quedar dormido hasta el año siguiente.
Permanecerá dormido hasta que encuentre una princesa a la cabecera de su cama,
que será la que se casará él con ella.
Y la princesa le dijo que si estaba
muy lejos el castillo. Y dice el muchacho:
-Yo no sé; pero dice mi madre que para
llegar a él se romperían unos zapatos de hierro.
Y la princesa mandó hacer unos zapatos
de hierro. Y cuando estaban hechos, empezó a andar y se metió en un bosque. En
él se le apareció una viejecita, y le dijo que adónde iba. Y ella dijo que iba
en busca del palacio del rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del
señor San Juan.
Y la viejecita dijo que no sabía dónde
estaba ese palacio, pero que a lo mejor su hijo, el sol lo sabía.
-Pero temo que al verte aquí te haga
algún daño.
Sin embargo la llevó a su casa y la
metió en un cuarto. Y llegó el sol y dijo:
-¡A carne humana me huele, y quiero
que se me dé!
-Calla -le dijo su madre-, que es una
pobre niña que va en busca del castillo del rey que dormirá y no despertará
hasta la mañanita del señor San Juan. Yo la he dicho que a lo mejor tú sabías
dónde estaba.
Y él dijo que no lo sabía, que a lo
mejor sus hermanas las estrellas, que eran muchas, lo sabían.
Entonces la princesa siguió por el
bosque en busca del palacio. Y vio una casa aislada. Y llamó a la puerta y
salió una viejecita. Y la dijo que dónde iba.
-Voy en busca del palacio del rey que
dormirá y no despertará hasta la mañanita del señor San Juan.
Y la viejecita la dijo que ella no
sabía dónde estaba, pero que a lo mejor sus hijas las estrellas lo sabían. La
llevó a su casa y durmió allí aquella noche. Y a la mañana siguiente iban
pasando las estrellas una por una. Y a la pregunta de la viejecita, todas
decían que ellas no lo sabían, que a lo mejor su hermano el aire, que entraba
por todas partes, a lo mejor lo sabía.
Y ya después de desayunarse se fue y
encontró otra casa, también sola, y llamó a la puerta. Y salió otra viejecita,
y la dijo que adónde iba.
-Voy en busca del palacio del rey que
dormirá y no despertará hasta la mañanita del señor San Juan. Y la dice la
viejecita:
-Yo no sé dónde está ese palacio; pero
a lo mejor mi hijo el aire lo sabe. Pero temo que al verte aquí te haga daño.
Y la metió en un cuarto. Y llegó su
hijo el aire y dice:
-¡A carne humana me huele, y quiero
que se me dé!
-Calla -le dijo su madre-, que es una
pobre niña que va en busca del palacio del rey que dormirá y no despertará
hasta la mañanita del señor San Juan. Y la he dicho que a lo mejor tú sabías
dónde estaba.
Y ya dijo el aire:
-Por la otra puerta se llega en
seguida a él.
Entonces se marchó la princesa. Y
cuando había andado un cacho de camino, pues miró a los pies y vio que se la
habían roto los zapatos de hierro. Y se la apareció delante el castillo. Y fue
y miró por todas las habita-ciones hasta que llegó a la del rey. Y se sentó a
la cabecera de la cama.
Y aunque estaba muy contenta porque se
iba a casar con el rey, pues ya se aburría mucho de que estaba allí ella sola.
Y uno de los días que estaba más aburrida, oyó en el campo una voz que decía:
-¿Quién compra una esclava? ¿Quién
compra una esclava?
Y la princesa bajó y la compró. Y allí
vivía con ella. Y ya llegó la noche de San Juan. La princesa, claro, no sabía
que era la noche de San Juan. Y entró la esclava y la dijo:
-Ahí hay una música muy buena. Si la
quiere oír, puede asomar al balcón y la oye.
Y la princesa no se quería retirar, no
fuese que se despertara el rey mientras; pero como la gustaba mucho la música,
y ya hacía tiempo que no la había oído, pues se asomó. Y pensó volver al
instante; pero la gustó mucho y se entretuvo un poco más. Y mientras despertó
el rey. Y creyó que había sido la esclava la que había estado velando durante
su sueño. Y cuando entró la princesa y la vio tan guapa, pues dijo que quién
era. Y la esclava le dijo que era una de sus damas.
Y el rey quiso obsequiar a las dos con
un regalo, el que cada una quisiese. Y la princesa le dijo que a ella que la
regalase una piedra dura y un ramito de amargura. Y al rey le extraño mucho que
le pidiese ese regalo.
Y cuando se le dio, la princesa entró
a su habitación. Y el rey se quedó a la puerta para ver qué se hacía con el
regalo. Y la princesa la preguntó a la piedra que si recordaba el sacrificio
que había hecho para retirarse de la cabecera de la cama, Y ella la dijo que
sí. Y iba a matarse con el ramito de amargura, cuando entró el rey. Y la dijo
que ya sabía que había sido ella quien había velado por su sueño y se casó con
ella. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Matabuena,
Segovia. Narrador
XXX, 29 de marzo, 1936.
Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo
058. Anonimo (Castilla y leon)
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