Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 1 de febrero de 2015

La tortuga y el leopardo .060

Una vez, la tortuga se dirigió al leopardo para decirle: «Voy a hacer un milagro. A ver si tú serás capaz de hacer lo mismo». El leopardo asintió. Llamaron a toda la gente del poblado, que se aprestaron a ver el milagro que la tortuga quería hacer.
La tortuga dio un machete al leopardo y puso la cabeza encima del tronco de un árbol. La gente empezó a cantar:

«Que venga la cabeza de la tortuga
que ha cogido mi mujer
que es mi mujer
y la tiraré a los bambús»i.

El leopardo asestó un golpe con el machete. La tortuga metió rápidamente la cabeza dentro del caparazón y luego la volvió a sacar. Todos estaban asombrados y felicitaban a la tortuga, que todavía repitió su milagro.
Luego pidió a la gente que trajeran leña y que hicieran una gran hoguera. Cuando la pila empezó a arder, la tortuga se metió dentro y empezó a cantar y a bailar mientras la gente repetía la canción:

«Que venga la cabeza de la tortuga
que ha cogido mi mujer
que es mi mujer
y la tiraré a los bambús».

La tortuga salió de la hoguera sin una sola quemadura. E, igual que antes, repitió la operación. El leopardo estaba sorprendido: «No sé cómo has podido hacerlo, pero yo también puedo hacer esos mismos milagros. Primero entraré en la hoguera y luego me cortarás la cabeza con el machete».
Se aprestó a entrar en la hoguera, mientras la gente repetía el estribillo:

«Que venga la cabeza del leopardo
que ha cogido mi mujer
que es mi mujer
y la tiraré a los bambús».

El leopardo entró en la hoguera y lanzó un alarido que se oyó hasta en el rincón más apartado del bosque. Avergonzado y herido en su amor propio, quiso pasar enseguida la otra prueba: dio el machete a la tortuga y metió la cabeza encima de un tronco. La gente repetía la canción:

«Que venga la cabeza del leopardo
que ha cogido mi mujer
que es mi mujer
y la tiraré a los bambús».

La tortuga dio un gran golpe y le cortó la cabeza. El leopardo murió, mientras la tortuga era aclamada por todos como una gran milagrera.

Fuente: Jacint Creus/Mª Antonia Brunat

0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 055

i Mola kudu wiakao o o viakao
aingandi ngwe mwado o o viakao
mwadame mete o o viaka
levugandimu djamba o o viaka.

La tortuga y el leopardo .059

El leopardo y la tortuga vivían en el mismo poblado. Cada día salían al bosque para buscar alimento para sus familias. Y siempre sucedía que el leopardo, al tener más fuerza, encontraba más recursos y vivía mejor. Para colmo, un día encontró un bosque virgen de palmeras. Y, a partir de entonces, además de vivir mejor, la familia del leopardo pudo beber mejor, puesto que fabricaba un buen topei en sus palmeras.
La tortuga sentía una fuerte envidia, pero no podía alcanzar el tope porque el leopardo lo fabricaba sin tumbar la palmeraii. De manera que la tortuga, que no sabía subirse a los árboles, tuvo que asociarse con el antílope para que éste le ayudara a subir.
Así lo hicieron: el antílope ayudaba a la tortuga a subirse a la palmera, y ambos bebían el tope del leopardo. Cuando la tortuga advertía que él se acercaba por el camino, gritaba: «¡sus!». Y entonces, el antílope la empujaba al suelo y ambos escapaban corriendo.
El leopardo estaba confundido, porque no encontraba nunca al que le robaba el tope. Hasta que un día quiso cerciorarse mejor y pasó por otro camino. Al aproximarse a sus palmeras, advirtió la presencia de aquellos dos animales y lanzó un rugido de furor. La tortuga y el antílope echaron a correr, y el leopardo persiguió al antílope. Éste corría a toda velocidad cuando se encontró frente a un pantano. Lo quiso saltar, pero no pudo: se hundió en el barro, de manera que solamente sobresalía un ojo entre el fango.
Cuando el leopardo llegó al pantano, preguntó al ojo: «¿Has visto por dónde iba el antílope?». El ojo le contestó: «Amigo leopardo, ese antílope corría como el viento. Tendrás que esforzarte mucho más que hasta ahora si pretendes atraparle». El leopardo salió raudo en pos del antílope, mientras que éste regresaba tranquilamente a la casa de la tortuga: «No me habías dicho que estábamos robando el tope del leopardo.» La tortuga se excusó: «Las palmeras son mías. Lo que ocurre es que el leopardo cada día me exige que le regale un vaso de tope. Y como no se lo quiero dar, por eso está enfurecido».
La tortuga y el antílope continuaron yendo tranquilamente al bosque de palmeras del leopardo. Cuando éste regresó de perseguir al inexistente antílope, se propuso escarmentarlos. Y se acercó a sus palmeras por un tercer camino. Contuvo su rabia hasta llegar al mismo árbol donde los dos animales se estaban bebiendo su tope y les sorprendió. El antílope escapó a toda prisa, pero la tortuga cayó en sus garras.
El leopardo se sentía satisfecho. Llevó a la tortuga a su casa, y la metió dentro de un bidón. A la mañana siguiente, salió: quería ir a buscar tope para hacer una buena comida con la tortuga, dejando en casa a su madre. Cuando la tortuga vio la situación, levantó la voz para engañar a la madre del leopardo: «Tienes que sacarme del bidón. Voy a defecar, y debes saber que las excreciones de tortuga provocan un olor inaguantable». La madre del leopardo no quería sacarle del bidón: «Es igual. Hazlo en el mismo bidón. Ya lo sacaré fuera de la casa y lo utilizaremos como lavabo».
La tortuga porfiaba, porque le iba la vida: «Eso no podrás hacerlo. El lugar donde ha habido heces de tortuga no puede utilizarse de nuevo». La madre del leopardo, por fin, dejó que la tortuga saliera del bidón y se apartara un poco para hacer sus necesidades. La tortuga, naturalmente, aprovechó la ocasión para escapar.
Y así, cuando el leopardo regresó con el tope, vio que la tortuga había engañado a su madre; y se quedó sin poder comérsela.

Fuente: Jacint Creus/Mª Antonia Brunat

0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 055
i Bebida alcohólica que se extrae del corazón de la palmera.

ii Es una costumbre annobonesa y bubi.

La tortuga y el leopardo .058

El leopardo y la tortuga pasaban mucha hambre. El leopardo tuvo una idea genial: «Podríamos comernos a nuestras madres». La tortuga dijo que estaba de acuerdo, puesto que no podían morirse de hambre. Pero el leopardo puso una condición: «Primero matarás tú a tu madre; luego mataré yo a la mía; y luego nos las comeremos a las dos». La tortuga no opuso ningún reparo y se dirigió al río a buscar a su madre.
Cuando la encontró, le dijo que se escondiera rápidamente. Cogió unas hojas rojas y empezó a doblarlas y a machacarlas. Luego las echó a una parte del río que había dejado estancada con piedras. El agua se tiñó de color rojo, y la tortuga llamó al leopardo: «¿Te das cuenta? Ya he matado a mi madre. Ahora tú debes hacer lo mismo».
El leopardo, convencido de la muerte de la madre de la tortuga, se dirigió a su casa; allí encontró a su madre, y le dio muerte. Luego llamó a la tortuga para empezar a preparar la comida. La tortuga apro­vechó un momento de descuido para arrancar el estómago de la madre del leopardo: lo envolvió en una tela, y dijo que aquello era la carne de su propia madre.
Cuando ya toda la carne estuvo preparada, la tortuga propuso: «Antes he empezado a actuar yo. Es justo que también sea la primera en comer». El leopardo aceptó. La tortuga empezó a comer la carne de la madre del leopardo. Cuando ya estaba satisfecha, le dio al leopardo la tela donde guardaba el estómago que había arrancado, y se fue a toda velocidad.
El leopardo creyó que la tortuga se iba porque ya había comido su­ficientemente.
Al levantar la tela, se dio cuenta de que aquello no era la carne de la madre de la tortuga sino el estómago de su propia madre. Quiso perse­guir a la tortuga, pero ésta ya había desaparecido.

Fuente: Jacint Creus/Mª Antonia Brunat


0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 055

La tortuga y el leopardo .057

En un poblado, cerca del río, vivían muchos animales. Cada día lo cruzaban para ir a cazar a otros animales que vivían en la orilla opues­ta. Excepto la tortuga, que sabía un lugar donde había muchos caraco­les e iba allí para comerlos.
Los caracoles se terminaron, y la tortuga no sabía qué hacer. A los demás animales se les presentó también un problema: porque los ani­males de la orilla opuesta iban disminuyendo; y, además, había apare­cido un gran jabalí que no dejaba acercarse a nadie.
El leopardo no se resignó; y de su expedición regresó cargado de buena carne. Y como el resto de animales apenas podía cazar, lo repar­tió entre todos y empezó a actuar como si fuera el jefe del poblado.
La tortuga pensaba: «También me dedicaré a cazar animales, pues­to que se han terminado los caracoles». El leopardo le advirtió: «Si quieres, podemos ir juntos; pero te será muy difícil cazar algo, porque hay un jabalí que no permite que nadie se acerque».
Efectivamente, cuando el jabalí vio a la tortuga intentó matarla. Pero ella se escondió en su caparazón y aguantó las inútiles embestidas de su rival. Así que pudo regresar a casa, pero sin comida que llevarse a la boca.
Mientras tanto, el leopardo decidió no regalar más carne al antílo­pe: porque éste tenía la mujer más bonita del poblado, y él quería conseguirla. Un día, el antílope consiguió cazar dos piezas; pero encon­tró al leopardo, que le quitó una. El antílope presentó una queja delante de todo el poblado, y el otro le mató. Después quería quedarse con su mujer, pero ésta solamente aceptó la compañía de la tortuga. De esta manera, el leopardo empezó a odiar a la tortuga; y quería matarla, tal como había hecho con el antílope.
Otro día invitó a la tortuga a ir de caza a la orilla opuesta del río, como habían hecho anteriormente. Al llegar a la otra parte del río, el leopardo empezó a poner trampas por un lado, y la tortuga por otro. La trampa que preparaba la tortuga consistía en una cuerda atada a la rama de un árbol; preparó con ella un lazo, y ella misma se lo puso al cuello, protegida por otras ramitas más pequeñas; luego extendió los brazos, de manera que parecía que estaba flotando en el aire.
Pasó un antílope, y quedó boquiabierto: «Ésta sí que es buena: ¡una tortuga voladora!». Ella respondió: «Amigo, esto es lo más bonito que he hecho en toda mi vida. Estoy haciendo como los pájaros del cielo, y no conozco nada, mejor». El antílope tenía ganas de probarlo, y la tortuga no opuso reparos: «Es muy sencillo: ponte tú en mi lugar». Así lo hizo el antílope, y al instante se dio cuenta de que se estaba ahogan­do: «¡Por favor, sácame el lazo, que me está matando!». La tortuga esperó a que muriera estrangulado, y a continuación lo escondió entre el follaje.
Fueron pasando muchos otros animales, y la tortuga los iba matan­do de esta forma. Cuando ya tenía un buen número, se presentó el temible jabalí: «¡Hola, amigo jabalí!». Éste se sorprendió muchísimo: «No puede ser. ¿Puedes levantarte sola en el aire?». La tortuga asintió: «Hago lo mismo que los pájaros en el cielo. Y créeme que no tener que tocar el suelo con los pies es lo más cómodo y divertido que existe». El jabalí se moría de envidia: «Por favor, amiga tortuga, deja que lo prue­be».
Ahora la tortuga se hacía la remolona: «En todo caso, prométeme que no vas a estar mucho tiempo: no me gustaría que, después de ayudarte, te quedaras aquí».
El jabalí se mostró conforme, y empezaron la maniobra: él la ayudó a bajar, y se colocó la soga en el pescuezo. La tortuga empezó a levan­tarlo, y el jabalí empezó a chillar.
Entonces la tortuga fue en busca de su machete, y cada vez que el jabalí abría la boca intentaba golpearlo; pero no había manera. El jabali intentaba disuardirla: «Déjalo, por favor. ¿No ves que no sabes ha­cerlo?».
La tortuga fue a cortar una cuerda de espinas con su machete. Y con esta cuerda golpeó al jabalí en los ojos, dejándole ciego. Después lo bajó y le dio un buen golpe de machete en el cuello y terminó con él.
Cuando el leopardo se acercó, no daba crédito a lo que veía. La tortuga le lanzó una severa advertencia: «Ya ves que soy muy buena poniendo trampas. Sé que quieres matarme, como al antílope. Pero ándate con mucho cuidado: yo he sido capaz de matar a este terrible jabalí, y tú no». El leopardo se fue presa del miedo.
La tortuga repartió los animales que había cazado entre todos los del poblado. Y los demás animales, al saber que aquel jabalí ya estaba muerto, pudieron volver a la orilla opuesta a cazar.
El leopardo buscaba una buena oportunidad para dar muerte a la tortuga, pero no la encontraba. Un día, la tortuga puso una trampa detrás de la cocina. Por la noche, el leopardo quiso entrar para sor­prender a la tortuga, y quedó atrapado y en envidenciai.
La tortuga lo mató, y todos los animales del poblado la ayudaron a comérselo.

Fuente: Jacint Creus/Mª Antonia Brunat

0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 055


i La última secuencia, en contraste con el resto del cuento, apenas está desarrollada; se justifica solamente para redondear la victoria de la tortuga.

La tortuga y el leopardo .056

El leopardo y la tortuga eran muy buenos amigos. Un día, la tortu­ga sugirió que podían ir juntos a cazar al bosque; y así lo hicieron. Pero mientras el leopardo ponía trampas por una parte, la tortuga no hacía nada: se limitaba a esperar a que pasara algún animal y, entonces, le pedía ayuda para aprender a preparar una trampa. Cuando el animal en cuestión ya la había montado, la tortuga le suplicaba que metiera la pata para probar si funcionaba. La trampa funcionaba siempre, el ani­mal quedaba atrapado, y la tortuga lo mataba sin contemplaciones. De esta manera, y sin ningún esfuerzo, nuestra amiga consiguió cazar un gran número de piezas.
Cuando el leopardo llegó al lugar donde estaba la tortuga, vio que ésta había cazado bastante más que él. Se pusieron a preparar la carne, secándola en el mismo bosque. Y el leopardo quiso descansar antes de emprender el regreso, dejando que la tortuga metiera en sendos sacos el resultado de su cacería. La tortuga, sin embargo, metió toda la carne en un solo saco; y en el otro saco sólo puso un montón de piedras, más cuatro piernas de antílope que, atadas a la boca del saco, le daban la sensación de estar lleno a rebosar.
El leopardo se despertó y miró los dos sacos. Quiso llevarse el que pesaba más, que era el que estaba cargado de piedras, creyendo que habría más carne que en el otro. Así que la tortuga se quedó con el saco de la carne.
Al llegar a su casa, el leopardo mandó llamar a todos sus amigos y vecinos, invitándoles a comer buena carne. Pero, cuando llegó el momento, de su saco solamente salieron piedras; y tuvieron que repartirse las cuatro patas de antílope. El leopardo había quedado en ridículo, y estaba furioso con la tortuga. Así que se dirigió a su casa con la inten­ción de matarla.
Pero sólo encontró a la mujer de la tortuga. Ésta le dijo: «En nues­tro saco, solamente hemos encontrado cuatro patas de antílope; el res­to eran piedras. ¿Podrás darnos un poco de la carne que te has llevado, puesto que la tienes toda?». El leopardo comprendió que la mujer de la tortuga se estaba burlando de él, e intentaba engañarle. Se enfureció mucho más, y empezó a buscar a la tortuga de una manera rabiosa.
La tortuga estaba bien escondida, temiendo lo peor, cuando llegó a sus oídos la noticia de que su amigo el leopardo estaba enfermo. Un poco recelosa, se acercó a la casa del leopardo. Pero de lejos ya divisó al propio leopardo que estaba trabajando en la casa. De manera que no cayó en la trampa y escurrió el bulto sin llamar la atención.
Al leopardo le extraño mucho que, diciendo a todo el mundo que se encontraba enfermo, la noticia no hubiera llegado a oídos de la tortuga. De manera que hizo correr la voz de que había muerto. La tortuga quería ver por última vez a su amigo, así que se dirigió de nuevo a su casa. Pero tomó la precaución de meterse en el bolsillo a dos hormigas peleonas. Al llegar al lecho donde yacía, inmóvil, el leo­pardo, puso a las dos hormigas encima del cadáver, que al cabo de un momento comenzó a brincar de dolor por los mordiscos de las hormi­gas. La tortuga regresó a su escondite a toda prisa, evitando así la segunda trampa.
Entonces el leopardo llamó a sus amigos, para que le ayudaran a excavar un hoyo en el camino que la tortuga solía utilizar. La tortuga, inadvertida, cayó en él. Y al día siguiente, cuando el leopardo, ufano y complacido, se disponía a lanzarse sobre su presa, la tortuga arguyó: «Amigo leopardo, si saltas sobre mí con este ímpetu me destrozarás y no podrás comerme. Ya que me has atrapado, puedes prepararte un buen plato si llenas este agujero con picante».
El leopardo, satisfecho por la perspectiva de tomar venganza del ardid de la tortuga, buscó picante por todas partes hasta llenar el aguje­ro en que la tortuga estaba prisionera. Luego, la tortuga empezó a masticarlo. Cuando el leopardo ya se frotaba las manos pensando en el plato delicioso que comería, la tortuga le echó el picante masticado sobre los ojos, dejándole cegado. Y aprovechando esta argucia volvió a escapar.

Fuente: Jacint Creus/Mª Antonia Brunat


0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 055

La tortuga y el arco iris .069

Un día, cuando la tortuga regresaba de uno de sus paseos, vio al arco iris que bebía el agua del mar por dos sitios a la vez. Le maravilla­ron sus colores, y pensó que debía intentar hacerse su amiga. Cuando volvió a verlo, empezó a nadar con todas sus fuerzas para alcanzarlo; pero estaba tan lejos que se cansó mucho antes de llegar hasta él. Preparó entonces un cayuco y una vela, y la tercera vez que se divisaba el arco iris en el horizonte montó en su embarcación y alcanzó su obje­tivo.
El arco iris era muy tratable, y pronto nació entre ellos una buena amistad. Hasta el punto que la tortuga le invitó a su casa. Se pasó la semana pescando y secando los peces, mientras que su mujer y su madre salían a la finca a buscar yuca y otras clases de comida: todo para agasajar a su huésped. Pero cuando llegó el día señalado, el arco iris se negó a comer todo aquello que le presentaron: «Lo único que me apetece comer es a tu propia madrei».
La tortuga intentó convencerle de que no podía matar a su madre, al mismo tiempo que se dolía por no poder ofrecer a su amigo el manjar que aquél prefería. Al final, sin embargo, cogió su machete, mató a su madre y se la ofreció a su invitado. El arco iris comió a su entera satisfacción y, antes de emprender el regreso, invitó a la tortuga para que fuera a comer a su casa al domingo siguiente.
La tortuga estaba furiosa: «Cuando vaya a su casa, pediré que mate también a su propia madre». Mientras que su mujer intentaba tranquilizarle: «No debes pedir algo para comer solamente porque antes lo haya pedido otro. Al fin y al cabo, él te ha pedido a tu madre, que era una tortuga; y las tortugas somos comestibles». Pero no le hizo el menor caso: al domingo siguiente, la tortuga rechazó todos los manja­res que el arco iris le había preparado. E indicó a su amigo que lo único que le apetecía comer era a su propia madre.
El arco iris comprendió que no podía negarse, porque la tortuga había sacrificado también a su madre cuando él se la había pedido. Así que la mató y se la ofreció como comida a la tortuga, que quedó satisfecha por su venganza. Inmediatamente le entró una tos atroz y persistente, que empezó a molestar a todos los de la casa. Hasta que, cuando ya no podían entenderse en la conversación, echaron a la tor­tuga fuera y ésta, despedida desde el cielo, murió en la caída.
La mujer de la tortuga afirmó que la muerte de su marido había sido por su propia culpa: «Porque, si nadie ha comido jamás al arco iris, debería haber comprendido que es indigesto».

Fuente: Jacint Creus/Mª Antonia Brunat

0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 055


i En los episodios de canibalismo, la víctima elegida suele ser la madre de uno de los comensales. Ello acrecienta la reacción de sorpresa del público.

La tortuga, el leopardo, el elefante y el antilope .063

La tortuga, el leopardo, el elefante y el antílope querían organizar una fiesta. Pero la fiesta teñía que ser en un piso, y la tortuga no podía subir sola. Decidieron que antes que nada debían ir a buscar agua, de manera que mandaron al antílope. Al llegar al pozo, el antílope empe­zó a recoger agua. Y, entonces, un sapo que se encontraba junto al pozo empezó a gritar. El antílope se espantó mucho y echó a correr hacia donde se encontraban sus amigos.
Éstos mandaron al leopardo, el más fiero de los cuatro. Pero su fiereza se desvaneció frente a los gritos del pequeño sapo. El leopardo regresó nervioso y derrotado, y pidió que ahora lo intentara el más fuerte, que es el elefante. Pero al gran elefante le ocurrió lo mismo, y no pudo aguantar los gritos del sapo.
Entonces la tortuga dijo: «Si no han sido capaces de traer agua ni el más veloz, ni el más fiero, ni el más fuerte, voy a probarlo yo. Pero tenéis que prometerme que si traigo agua me ayudaréis a subir al piso». Quedaron todos de acuerdo y la tortuga se dirigió al pozo. Cuando se disponía a coger agua, el sapo empezó a gritar. La tortuga miró al sapo, lo cogió, se lo metió en el bolsillo, cogió el agua que necesitaban y regresó junto a los demás.
Éstos quedaron admirados, y llevaron a la tortuga a cuestas hasta el piso. Luego, la tortuga pidió comida. Pero le dijeron: «Te habíamos prometido que te ayudaríamos a subir al piso, no que te daríamos comida». Entonces la tortuga se sacó el sapo del bolsillo y ése se puso a gritar. Los otros tres animales huyeron despavoridos y la tortuga se lo comió todo.
Cuando hubo terminado de comer, se dio cuenta de que no le sería fácil bajar del piso. Se acercó a la ventana y se tiró abajo, y su capara­zón impidió que se lastimase. El elefante, el leopardo y el antílope, al darse cuenta de que la tortuga. había bajado sola, quisieron apresarla. Pero ella ya se había metido entre las hierbas y había desaparecido en las entrañas del bosque.

Fuente: Jacint Creus/Mª Antonia Brunat


0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 055