Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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martes, 7 de agosto de 2012

El campesino que se libró de la miseria


Vivía en un pueblo un matrimonio de campesinos más pobres que las ratas. Tenían un montón de hijos y padecían una miseria tremenda. Su pequeña parcela de tierra no les rendía nada, la vaca no les daba leche, los cerdos tenían el mal rojo. Y para col­mo, los atormentaba el alcalde: una vez exigía el pago de los im­puestos; otra vez les quitaba una cabra con la excusa de que se había comido la hierba de un campo ajeno, y el pobre campesi­no tenía que trabajar los siete días de la semana para el propie­tario de esa tierra.
«No puedo seguir así -pensó el campesino, es mejor que nos vayamos a alguna otra parte. No creo que la miseria se venga con nosotros.»
Dicho esto, preparó enseguida el traslado. Cargó todos sus trastos -muy pocos, por otra parte- en un carro, enganchó la vaca y ya estaba a punto de partir cuando se oyó una voz muy fina que salía de la chimenea:
-Espera, campesino. ¡No me dejes aquí!
-Pero ¿tú quién eres? -preguntó el campesino, estupefacto.
-Soy la Miseria. Me gusta tu familia y quiero estar siempre contigo.
El campesino se rascó una oreja, meditando: «Vaya por Dios, yo me escapo de la miseria y ésta no quiere soltarme». Sin embargo, dijo en voz alta:
-De acuerdo, te llevaré con nosotros. Pero tendrías que echarme una mano para cargar en el carro aquella tabla que está en el fondo del patio.
-Claro, claro -respondió la Miseria y se fue enseguida hasta el muro, donde estaba apoyada una gruesa tabla de madera de encina.
El campesino cogió un hacha, la clavó en la tabla y le dijo a la Miseria:
-¿Ves esta raja? Tú tira del hacha de ese lado, yo tiro de éste.
La Miseria metió los dedos en la raja, el campesino fue más rápido en sacar el hacha, la raja se cerró y los dedos largos y fi­nos de la Miseria quedaron aprisionados. La Miseria se lamen­tó, lloró, amenazó, pero el campesino no le hizo caso y se fue muy deprisa.
Así se libró de la Miseria. Desde aquel día, la suerte se puso de su lado. Poco después de marcharse, encontró en medio del camino una bolsa con monedas de oro, con las que pudo com­prarse una magnífica granja en un país lejano y, pasados unos pocos años, no había en aquellas tierras un campesino más rico y más respetado que él.
¿Y la Miseria?
Os cuento que, poco después de la partida del campesino, el alcalde del pueblo apareció en la casa abandonada.
-Ah, buen hombre -gritó la Miseria en cuanto lo vio. Libé­rame de esta maldita tabla.
El alcalde no sabía que quien hablaba era la Miseria y la ayu­dó a liberar los dedos. Desde aquel día, la Miseria ya no lo aban­donó. Su granja se prendió fuego, se murió su ganado, la tor­menta destruyó su cosecha y, antes de acabar el año, al pobre alcalde sólo le quedaba un bastón con el que iba mendigando por las calles. Así anduvo rondando por el mundo, en compañía de la Miseria, viviendo de la limosna que le daba la gente, y sólo Dios sabe cuántas calamidades padeció antes de morir.

125. anonimo (polonia)

Pakala, tandala y el diablo


Un día se le ocurrió a Belcebú, señor de los infiernos, gastarles una broma a los hombres para divertirse un poco. Pero como no lograba imaginar nada que valiese la pena, dio tres palmadas y enseguida apareció en la puerta un minúsculo diablillo, negro como la pez, grueso como un puño, con los ojos como dos alubias y una cola de tres brazos de largo.
-¿Qué deseas, Diabólica Excelencia?
-Reúneme ahora mismo a todos los diablos, grandes y pequeños. Quiero pedirles consejo.
Poco después, la sala se llenó de diablos de todas las medidas, grandes, pequeños. Eran tantos que resultaban incontables. Cada uno de ellos le hizo una reverencia a Belcebú y se sentó en su puesto. Belcebú se colocó en el trono y en su mano, en lugar del cetro, tenía un tridente de oro. Cuando todos estuvieron sentados, él les dijo:
-Os he reunido para pediros un consejo. Querría gastarles a los hombres una broma, para divertirme un poco, pero por más que me rompo la cabeza no se me ocurre nada. Espero vuestras propuestas.
Los diablos pensaron un rato, pero a ninguno de ellos se le ocurrió una buena idea y, uno tras otro, bajaron la cabeza. Dijeran lo que dijeran, ninguna sugerencia le gustaba al soberano. Después de que habló el último diablo, Belcebú se puso furioso. Se enderezó en su trono, agitó con actitud amenazadora el tridente y les infligió las penas más terribles. Entonces se hizo oír también Misia, el minúsculo diablillo:
-Espera un momento, poderoso soberano, aún no he hablado yo.
-¿Qué pretendes tú, pigmeo? ¿Crees que encontrarás la respuesta que no han hallado los diablos magores que tú?
-Escúchame antes de enfadarte.
-De acuerdo, habla.
-Mi idea es que invitemos a los hombres a un magnífico banquete.
-¿Qué? -rugió Belcebú. ¿Yo busco una manera de burlarme de ellos y tú me propones que los invitemos a comer?
-Déjame que termine de hablar -dijo el diablillo. Los invitaremos a comer, prepararemos una mesa llena de toda clase de manjares, pero les daremos cucharas y tenedores tan largos como tu tridente. Y no se le permitirá a nadie que coma con las manos. Verás cómo nos divertiremos cuando intenten usar esos cubiertos. Frente a una mesa repleta de comida no llegarán a llevarse ningún bocado a la boca.
-Buena idea -dijo admirado Belcebú.
-Pero hay que estar atentos para que no vengan Pakala y Tandala. Esos dos bufones podrían arruinarnos la diversión.
Y se hizo así, tal como había sugerido el diablillo Misia. Los diablos se disfrazaron de cazadores, prepararon un magnífico banquete e invitaron a los hombres. Se supone que fueron todos. Así, a la hora señalada, innumerables comensales se acercaron a la mesa, se sentaron frente a las fuentes llenas de manjares. Se les hacía agua la boca. Pero, cuando cogieron los cubiertos, las cosas se les pusieron difíciles: los tenedores, los cuchillos y las cucharas eran largos como tridentes. ¡Probad de llevaros un bocado a la boca con semejantes cubiertos!
Los diablos espiaban desde las puertas y las ventanas y se desternillaban de risa.
Los comensales lidiaban con aquellos cubiertos, se batían a duelo con cuchillos y tenedores, mientras los diablos se revolcaban de risa por el suelo.
De repente, sin embargo, quién sabe de dónde, aparecieron en el umbral los dos bufones Pakala y Tandala. Echaron un vistazo a la mesa y preguntaron:
-¿Por qué no coméis, amigos?
-¿Y cómo queréis que hagamos con estas cucharas?
-Sois francamente estúpidos -se rieron Pakala y Tandala; observadnos bien.
Se sentaron uno frente al otro y comenzaron a comer. Pakala extendía la cuchara a través de la mesa y daba de comer a Tandala, y Tandala hacía otro tanto con su compañero, y así, sirviéndose el uno al otro, comían con avidez.
Dejaron a los diablos con un palmo de narices y los hombres lanzaron gritos de júbilo. Se acercaron a las mesas y, en pocos minutos, sirviéndose unos a otros, comieron todo lo que había. Después abandonaron la sala del banquete cantando, mientras desde los infiernos brotaban chillidos y lamentos como nunca antes se habían oído. Belcebú se dedicaba a asestar golpes a los diablos con su tridente.

126. anonimo (rumania)

Largo como la cola de la liebre


Había una vez un campesino, y este campesino unció sus bueges al arado. Cuando los hubo uncido, se fue al campo y comenzó a ararlo. En el campo encontró una madriguera, y esta madrigue­ra tenía una tapa de hierro. El campesino levantó la tapa de hie­rro de la madriguera que había encontrado en el campo, mien­tras araba con sus bueljes, y de la madriguera salió una liebre, y esta liebre tenía una cola muy corta, tan corta como este cuen­to corto, muy corto. Si la cola de la liebre hubiese sido un poco más larga, también nosotros podríamos haber contado un cuen­to un poco más largo.

Así que os digo hasta mañana:
es hora de irse a la cama.

Fuente: Gianni Rodari

126. anonimo (rumania-transilvania)

La princesa del sol


Había una vez un poderoso emperador, soberano de un reino inmenso y padre de una sola hija. Ésta era hermosa como una flor de primavera, pero el emperador estaba muy preocupado porque ella no quería casarse.
Ningún príncipe llegaba a gustarle: ni alto ni bajo, ni rubio ni moreno. Cada vez que su padre le hablaba de matrimonio, ella respondía:
-Solamente me gusta el Sol.
Un día, el emperador montó en cólera.
-Si es así, ve y cásate con el Sol, pero no se te ocurra volver a presentarte ante mi vista.
Y la echó de casa.
La pobre princesa emprendió el viaje en busca del Sol. Caminó hacia el este, a través de montes y valles, bosques y campos, hasta que llegó a la cumbre de la montaña sobre la cual el Sol tenía su palacio. En la casa sólo había una vieja, que le preguntó:
-¿Qué buscas aquí, muchacha?
-Busco al Sol -respondió la princesa, y le contó a la vieja cómo su padre la había echado de casa.
La vieja la escuchó con simpatía.
-Bien, querida muchacha. El Sol es mi hijo y yo te lo daré como esposo. Pero recuerda que, si quieres quedarte con él, no debes mirarlo jamás a la cara.
La princesa se lo prometió y, durante mucho tiempo, mantuvo su promesa. Vivió con el Sol feliz y contenta un año entero,
y en todo ese tiempo no lo miró a la cara una sola vez. Pero la curiosidad comenzó a atormentarla:
-¿Por qué no podré mirar a mi marido a la cara?
La vieja intuyó las razones de la inquietud de la princesa y tuvo compasión de ella:
-Yo sé qué te atormenta. Si quieres, puedo darte un consejo. Pon un vaso de agua delante de tu marido y mira cómo se refleja en él. Pero no se te ocurra mirarlo durante mucho tiempo; de otro modo, se dará cuenta y para ti sólo habrá desdichas.
La princesa hizo lo que le había dicho la vieja. Cuando el Sol volvió a casa después del crepúsculo, puso delante de él un vaso de agua y miró cómo se reflejaba. En el vaso, le apareció el rostro de un hombre tan hermoso, tan amable, que le faltó el aliento. Se olvidó de lo que le había recomendado la vieja y siguió un buen rato mirando aquel semblante, hasta que su marido se dio cuenta.
El Sol se puso furioso.
-¡Si no puedes obedecer, tampoco puedes quedarte en mi casa! -gritó, y echó a la princesa del palacio.
La pobre princesa se fue llorando, sin saber adónde. Pero no llegó muy lejos. Cuando llegó a un campo, el Sol tuvo compasión de ella y la transformó en una planta con una flor amarilla. Y, desde aquel día, la flor amarilla se vuelve constantemente hacia el Sol. Por eso los seres humanos la han llamado «girasol».

126. anonimo (rumania)

La mosca que quería estudiar

Había una vez una mosca que quería ser culta. Voló hasta la ventana de un colegio y escuchó lo que estaban aprendiendo los alumnos. En aquel momento repetían una cancioncilla:

¡Pronto, pronto, pronto,
el borrico es un tonto!

La mosca aprendió enseguida la canción y pensó: «Ahora soy una mosca verdaderamente instruida. Saldré por el mundo a educar a otros animales».
Voló hasta un prado y se encontró con un viejo burro que pastaba. La mosca se posó en su lomo y cantó:

¡Pronto, pronto, pronto,
el borrico es un tonto!

-¿Qué estás cantando? -preguntó el burro. Y la mosca repitió:

¡Pronto, pronto, pronto,
el borrico es un tonto!

-Es una bonita canción -admitió el burro. Pósate en mi cola 9 cántala otra vez, por favor.
La mosca voló hasta su cola y el burro la sacudió con tanta fuerza que la mosca cagó a tierra y casi se rompió sus patas.
«Qué burro ingrato», pensó la mosca cuando se repuso, y se fue volando.
Voló hasta un estanque, donde una carpa nadaba con mucha pachorra. La mosca se acercó al borde del agua y cantó suave­mente:

¡Monta, monta, monta,
esta carpa es una tonta!

Sin decir agua va, la carpa salió fuera del estanque y salpicó a la mosca y le dio una ducha tal que le resultó difícil después se­carse al sol.
«Era una carpa ingrata e ignorante», pensó la mosca cuando estuvo seca y se fue volando.
Llegó a una granja y vio a un ganso. Se posó en el pico del ganso y comenzó a cantar con sentimiento:

¡Pronto, pronto, pronto,
este ganso es un tonto!

El ganso abrió el pico y así terminaron los estudios de la mosca.

126. anonimo (rumania)

La cabra con el cascabel de plata


Una cabrita recibió como regalo de su amo un cascabel de plata. El precioso cascabel relucía y tintineaba que era un primor. La cabrita iba de un lado al otro para hacerse ver. Corría, saltaba, sacudía la cabeza para que tintineara el cascabel. Llegó al bos­que y se encontró frente a un seto de espinos. La cabrita intentó pasar al otro lado, pero el cascabel se trabó en un espino y allí quedó enganchado. Entonces la cabra le suplicó al seto:
-Espino, no seas cruel, devuélveme el cascabel.
El seto respondió:
-Fuiste tú quien lo dejó enganchado. Quitarlo corre por tu cuenta.
-Feo, antipático, me las pagarás -dijo la cabra y acudió a pe­dirle auxilio a una vieja sierra. Sierra, querida sierra, ayúdame tú. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. Ven y córtalo.
-Ay, cabrita, soy muy vieja yya no tengo dientes. No puedo cortar el seto.
-Fea, antipática, me las pagarás -chilló la cabrita y fue en busca del fuego. Fuego, fueguito, ayúdame tú. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudido a la vieja sierra y le he pedido que le dé un corte al seto, pero no lo quiere cortar, dice que ya no tiene dientes. ¡Ven y quema la sierra!
-¿Por qué habría de quemarla? Es verdad que qa no tiene dientes. No la quemaré, ni lo pienses.
-Feo, antipático, me las pagarás -se enojó la cabrita y fue a hablar con el agua. Agua, agüita querida, ayúdame tú. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudi­do a la vieja sierra y le he pedido que le dé un corte al seto, pero no lo quiere cortar, dice que ya no tiene dientes. He ido a ver al fuego y le he rogado que queme la sierra, pero no la quiere que­mar, dice que la sierra tiene razón. ¡Hazme el favor, apaga el fuego!
-¿Por qué habría de apagarlo si se niega a quemar a la pobre sierra! Hace bien en no quemarla y yo no lo apagaré.
-Fea, antipática, me las pagarás -chilló la cabrita y fue a ha­blar con unos bueyes. Bueyes, queridos bueyes, ayudadme vo­sotros. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudido a la vieja sierra y le he pedido que le dé un cor­te al seto, pero no lo quiere cortar, dice que ya no tiene dientes. He ido a ver al fuego y le he rogado que queme la sierra, pero no la quiere quemar, dice que la sierra tiene razón. He acudido al agua y le he rogado que apague el fuego, pero no lo quiere apa­gar, dice que el fuego ha hecho bien. ¡Bebed esa agua, amigos!
-El agua tiene razón -respondieron los bueyes. No la bebe­remos.
-Feos, antipáticos, me las pagaréis -chilló la cabrita y fue en busca del lobo. Lobo, querido lobito, ayúdame tú. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudido a la vieja sierra y le he pedido que le dé un corte al seto, pero no lo quiere cortar, dice que ya no tiene dientes. He ido a ver al fuego y le he rogado que queme la sierra, pero no la quiere quemar, dice que la sierra tiene razón. He acudido al agua y le he rogado que apague el fuego, pero no lo quiere apagar, dice que el fuego ha hecho bien. He hablado con los bueyes y les he pedido que beban el agua pero no la quieren beber, dicen que el agua tiene razón. ¡Cómete a esos bueyes, lobo!
-No tengo la menor intención, no tengo hambre -respondió el lobo. Y además no quiero meterme con los bueyes porque son capaces de atravesarme con sus cuernos. Vete, si no te co­meré a ti.
-Feo, antipático, me las pagarás -gritó la cabra y fue a ha­blar con la escopeta. Escopeta, escopetita, agúdame tú. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudi­do a la vieja sierra y le he pedido que le dé un corte al seto, pero no lo quiere cortar, dice que Ija no tiene dientes. He ido a ver al fuego y le he rogado que queme la sierra, pero no la quiere que­mar, dice que la sierra tiene razón. He acudido al agua y le he rogado que apague el fuego, pero no lo quiere apagar, dice que el fuego ha hecho bien. He hablado con los bueyes y les he pedi­do que beban el agua pero no la quieren beber, dicen que el agua tiene razón. Después le he rogado al lobo que se coma a los bue­yes pero me ha dicho: vete ya o te como a ti. ¡Mata a ese lobo, escopeta!
-No puedo -respondió la escopeta. No estoy cargada.
-Fea, antipática, me las pagarás -chilló la cabrita y acudió a los ratones. Ratones, queridos ratoncitos, ayudadme vosotros. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudido a la vieja sierra y le he pedido que le dé un corte al seto, pero no lo quiere cortar, dice que ya no tiene dientes. He ido a ver al fuego y le he rogado que queme la sierra, pero no la quiere quemar, dice que la sierra tiene razón. He acudido al agua y le he rogado que apague el fuego, pero no lo quiere apagar, dice que el fuego ha hecho bien. He hablado con los bueyes y les he pedido que beban el agua pero no la quieren beber, dicen que el agua tiene razón. Después le he rogado al lobo que se coma a los bueyes pero me ha dicho: vete ya o te como a ti. He ido a hablar con la escopeta y le he pedido que mate al lobo, pero ella no quiere, dice que no está cargada. ¡Ratones, roed la escopeta!
-No la roeremos en absoluto -respondieron los ratones. La escopeta es de hierro y se nos romperían los dientes.
-Feos, antipáticos, me las pagaréis -gritó la cabrita y fue a ver al gato. Gato, querido gatito, ayúdame tú. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudido a la vieja sierra y le he pedido que le dé un corte al seto, pero no lo quiere cortar, dice que ya no tiene dientes. He ido a ver al fuego y le he rogado que queme la sierra, pero no la quiere quemar, dice que la sierra tiene razón. He acudido al agua y le he rogado que apague el fuego, pero no lo quiere apagar, dice que el fuego ha hecho bien. He hablado con los bueyes y les he pedido que beban el agua pero no la quieren beber, dicen que el agua tiene razón. Después le he rogado al lobo que se coma a los bueyes pero me ha dicho: vete ya o te como a ti. He ido a hablar con la escopeta y le he pedido que mate al lobo, pero ella no quiere, dice que no está cargada. Entonces les he rogado a los ratones que roan la escopeta, pero no quieren hacerlo porque tienen miedo de que se les rompan los dientes. ¡Gato, caza a todos esos ratones!
-No, no los cazaré -respondió el gato. Por ti no moveré ni la cola. ¿Cuántas veces has querido hacerme daño con tus cuer­nos? Arréglatelas sola.
-Feo, antipático, me las pagarás -chilló la cabrita y fue a ver al campesino. Campesino, sé bueno, ayúdame tú. El seto se ha quedado con mi cascabel y no me lo quiere dar. He acudido a la vieja sierra y le he pedido que le dé un corte al seto, pero no lo quiere cortar, dice que ya no tiene dientes. He ido a ver al fuego y le he rogado que queme la sierra, pero no la quiere quemar, dice que la sierra tiene razón. He acudido al agua y le he rogado que apague el fuego, pero no lo quiere apagar, dice que el fuego ha hecho bien. He hablado con los bueyes y les he pedido que beban el agua pero no la quieren beber, dicen que el agua tiene razón. Después le he rogado al lobo que se coma a los bueyes pero me ha dicho: vete ya o te como a ti. He ido a hablar con la escopeta y le he pedido que mate al lobo, pero ella no quiere, dice que no está cargada. Entonces les he rogado a los ratones que roan la escopeta, pero no quieren hacerlo porque tienen miedo de que se les rompan los dientes. Y cuando he hablado con el gato y le he pedido que cace a los ratones, me ha dicho que no quiere mover ni la cola para ayudarme, dice que he in­tentado un montón de veces hacerle daño con los cuernos. ¡Ven, por favor, dale una paliza al gato!
Pero el campesino se rió:
-Tontorrona, ¿por qué le iba a dar una paliza al gato? Va­mos, yo recuperaré el cascabel de plata.
Así lo hizo. Recogió el cascabel, pensó un momento q final­mente le dijo a la cabra:
-La culpa es toda tuya. Nadie te ha hecho daño, pero tú quie­res hacerles daño a todos. En castigo ya no te daré el cascabel.
Y, en efecto, no se lo dio. La cabra, con mucha rabia, se fue al prado, saltó, sacudió la cabeza, pero ya no hubo tintineos. El campesino había colgado el cascabel de un clavo en el establo.

126. anonimo (rumania)

El rey ambanor y la huérfana misteriosa


Hace varios miles de años, vivía un rey joven y bello. Era pru­dente en el gobierno de su reino, bueno con su pueblo y el país disfrutaba de una situación de bienestar. Sus consejeros sólo es­taban preocupados porque el rey no quería casarse.
-Tengo que ocuparme de mi país, no me queda tiempo para pensar en casarme -les decía cada vez que tocaban el tema.
Durante un tiempo, los consejeros fueron pacientes, pero un día entraron en la sala del trono y le dijeron:
-Poderoso soberano, es hora de que busquéis una mujer. Si queréis seguir siendo nuestro rey, debéis casaros.
El rey Ambanor comprendió que esta vez ya no podría decir que no a sus consejeros. Pero no tenía ganas de casarse, así que recurrió a la astucia para eludir el compromiso.
-De acuerdo -respondió; si queréis, me casaré. Me casaré con la muchacha que sea capaz de hacer caer la corona de mi ca­beza lanzándome una manzana a una distancia de cien pasos.
Los consejeros menearon la cabeza ante tal extravagancia, pero no se opusieron. El último día del año, reunieron en el pra­do, frente al palacio real, a todas las muchachas casaderas del reino.
Llegaron muchísimas jóvenes, todas con vestido de novia y con una manzana en la mano, pero ninguna logró hacer caer la corona de la cabeza del rey. Todas tenían miedo de darle al rey en la cara y lanzaron sus manzanas demasiado alto.
Acabada la prueba, el rey Ambanor, muy contento, preguntó:
-¿Hay alguna joven que no haya lanzado aún su manzana?
Inesperadamente se oyó una voz:
-¡Yo!
De un espeso bosquecillo salió una muchacha, esbelta como un abedul, con un tupido velo que le cubría el rostro. Avanzaba cubierta de flores de la cabeza a los pies y llevaba en la mano una manzana de diamante. Se colocó a cien pasos de distancia del rey, lanzó la manzana e hizo rodar por el suelo la corona de Ambanor.
De la boca de todos salieron exclamaciones de alegría, segu­ros de que a partir de ese momento tendrían reina pero, cuando quisieron acudir a ella para homenajearla, yo no estaba y nadie sabía por dónde se había ido.
El rey Ambanor se sintió defraudado, tal vez porque lo do­minaba la curiosidad de saber quién se escondía tras ese tupido velo. Ordenó a sus servidores que buscasen a la muchacha por todo el país. Pero la enigmática desconocida había desaparecido sin dejar rastro.
Pasado un tiempo, el rey pidió que se reuniesen otra vez las muchachas casaderas. Ninguna consiguió, tampoco en esta oca­sión, hacer caer su corona de la cabeza. Sólo después de que to­das lanzasen su manzana, volvió a aparecer del espeso bosqueci­llo la joven con su velo y cubierta de flores. Lanzó una manzana de diamante, acertó en la corona Y la hizo caer al suelo pero, an­tes de que el rey y la corte pudiesen reaccionar, ya había desapa­recido. El rey Ambanor hizo registrar todo el reino, desde la ca­pital hasta la última aldea, pero tampoco esta vez encontraron a la muchacha.
Días después, el rey ordenó de nuevo que se convocase a las jóvenes del reino. Y de nuevo todas tuvieron que pasar por la prueba de hacerle caer la corona con una manzana, pero fallaron el tiro. La gente esperaba que volviese a aparecer la muchacha del velo. Y, en efecto, apareció. Salió del bosquecillo, se colocó frente al rey, le lanzó una manzana de diamante y desapareció. La corona rodó a los pies del rey. El rey Ambanor se inclinó, recogió la manzana de diamante y se quedó pasmado. En la man­zana, como en un cristal, se reflejaba el rostro de una joven be­llísima. El rey exclamó:
-Ésta ha de ser mi esposa. Venid todos a mirarla. ¿Alguien la conoce?
Todos observaron encantados aquel rostro hermoso, pero nadie supo decir quién era.
Desde aquel día, el buen rey Ambanor languideció de nostal­gia. Se mantenía encerrado en el palacio sin hablar nunca con nadie, o bien se iba a cazar solo a lo más profundo del bosque. Un día, durante una de sus correrías, llegó a la frontera del rei­no. La noche lo sorprendió en medio de la espesura. Vio a lo le­jos una lucecita que ardía en una humilde cabaña en la linde del bosque. En la cabaña, al amor de la lumbre, estaba sentada una bruja vieja y fea con sus dos hijas, aún más feas que ella. El rey Ambanor le pidió que lo hospedase. La bruja no quería dejarlo entrar pero, cuando oyó que era el rey Ambanor, le preparó un lecho junto al fuego sobre una manta de lana. El rey se acostó, pero no lograba conciliar el sueño. En la habitación vecina, du­rante toda la noche, la fea bruja gritaba como si estuviese riñen­do a alguien. A sus gritos respondía la voz serena y clara de una muchacha.
Al amanecer, el rey se levantó dispuesto a seguir viaje. Antes de despedirse, compensó generosamente el favor de la bruja y le preguntó:
-Dime: ¿a quién le gritabas durante toda la noche?
-Ah, poderoso soberano -respondió la vieja, debo decirte que vive en mi casa una hijastra, una huerfanita, que no me agu­da en nada. Cree que es más hermosa que mis dos hijas legíti­mas. Además pretende robarme el pan para aplacar el hambre de una horrible lechuza que le ha regalado, según dice, tres manza­nas de diamante.
El rey Ambanor se quedó muy sorprendido y dijo:
-¿Más hermosa que tus hijas? Me gustaría verla. Hazme el favor de presentármela.
La vieja gritó:
-Ven aquí, basura.
Y apareció entonces en la puerta una muchacha vestida con harapos, pero su rostro era más bello que la luz del día. El rey Ambanor exclamó:
-Ésta es la joven que yo buscaba.
Corrió a su encuentro, la abrazó y dijo:
-Ven conmigo, tú serás mi esposa.
Se fue con ella tal como estaba, vestida con harapos. La hizo montar a caballo, delante de él, y cabalgó hasta su reino. Cuan­do llegó, ordenó los preparativos de la boda y se casó con la muchacha.
Ésta es la historia del rey Ambanor y de su bella reina.

126. anonimo (rumania)