Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 5 de julio de 2012

El tio ricopelo y los galgos


322. Cuento popular castellano

En Villota del Duque había un vecino muy chocante que le lla­maban el tío Ricopelo. Un día de los muchos que acostumbraba venir al mercao de Saldaña, se le ocurrió salir al puente que dista pocos metros de la villa. Y había comprao un cuarterón de carne. Hizo una especie de caña, y cuando más transitaba el personal, empezó a grandes voces a decir:
-¡Milagro! ¡Milagro!
Y después de tener allí reunida alguna partida de personal, ya le llamaban la atención, diciéndole:
-Pero, ¡hombre! ¿Qué clase de milagro es ése? Y claro, dice:
-Pues, ¿no lo estáis viendo? (Había metido la carne dentro del río). ¡Milagro! ¡Milagro! Pues, ¡un cuarterón de carne entre tanto caldo!
En otra ocasión se fue a Palencia, y cuando más personal tran­sitaba por la calle Mayor, se agarró a una reja y, quejándose, gri­taba:
-¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!
Y claro, todo el mundo se acercaba a ver lo que tenía. Y se de­cidieron a llamar a un médico. Y el médico le preguntó:
-¿Qué es lo que ustez tiene, hombre?
-Pues, que tengo todos los huesos fuera de su lugar.
Le metieron allí en una casa próxima, y le reconoció el médico. Y en vista de que no tenía nada, pues le echó a la calle. Y ya le pre­guntaron al médico:
-¿Qué es lo que tiene ese pobre?
-Pues, nada; que le he reconocido y no encuentro la menor en­fermedaz en él.
Y ya en el portal le decían:
-Pero, ¡hombre! ¿No decía ustez que tenía todos los huesos fuera de su lugar?
-Claro que sí; como que yo soy de Villota y ahora estoy en Palencia.
Este tío Ricopelo era muy amigo de la cacería de galgos. Y siempre tenía mucha fama, porque todos los galgos que había tenido hablan sido muy buenos. Llegó un momento en que no tenía más que uno. Y bueno, unos decían si por un golpe que se había dado en la cabeza, y otros porque se le hubiera infeccionado la vista con algunas plantas venenosas..., el resultao..., que se quedó ciego.
Se determinó llevarle al mercao de Saldaña para venderle. Y te­niéndole allí a su lado, con el collar y la cadena, comenzó a tomar medidas desde la cabeza hasta el rabo, y decía:
-Para dos, sobra, y para tres, no alcanza.
En esto que pasaron por allí unos aficionados también a la caza de galgos, y presenciaron las medidas que tomaba; pero ellos siem­pre creyeron que quería decir que para coger dos liebres, le sobra­ba carrera; pero que para tres, no alcanzaba. Y ya uno de ellos se determinó a decir:
-Bien mantenido, también alcanza los tres.
Entraron en el trato y le compraron. Y le advirtieron al tío Ri­copelo:
-¿Ustez cree que bien mantenido pudiera coger las tres liebres? 
-¡Hombre! -contestó. ¡Como él las viera!... 
-Bueno, pues, entonces está cerrao el trato. Pagando lo que era. Y les advirtió el tío Ricopelo:
-Tienen ustedes que llevarle atao y del cordel, porque pudiera escapárseles.
Y como el galgo estaba acostumbrao a las pisadas de las caba­llerías, pues se fue detrás de ellos hasta llegar a casa de los com­pradores. Después de ocho días bien mantenido, ya determinaron salir a caza. Y claro está, al llegar al cazadero, le soltaron. Y él, siempre, al ruido de las pisadas... Pero en esto, que sale una liebre, y le aperrean:
-¡Perro! ¡Perro!
Y el animal, como siempre tuvo mucha afición, emprendió la carrera; pero en el primer roble que encontró, pues se pegó un cabezazo y cayó rodando. Siguen otra vez aperreando. Y otra em­bestida contra los robles. Claro está que se apearon de los caballos, y al reconocerle vieron que estaba ciego.
Retiráronse para casa. Al mercao siguiente se presentaron en el mercao con idea de hacerle quedarse con el galgo al tío Ricopelo. Y claro, al encontrarse cara a cara, les dijo:
-Pero, ¡hombre! ¿Qué venís buscando?
-Pues, que se quede ustez otra vez con el galgo, porque hemos notao que está ciego.
-Hombre, yo les advertí cuando me preguntaron si cogería las tres liebres, que si él las vería, seguras eran...
-Bien. Y entonces, ¿las medidas?
-Pues, ya verán ustedes: que decía una, dos; pa dos, sobra, y para tres, no alcanza. Y como en el pueblo soy el dulzainero, pensaba haberle matao. Y por eso decía: una, dos; pa tres no al­canza: dos parches pa el tamboril, y el rabo pa la gaita.

Saldaña, Palencia. Florencio Garrido. 19 de mayo, 1936. 63 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El tío monago de la mata


393. Cuento popular castellano

El señor Monago de la Mata tenía una mujer muy guapa y, por desgracia, sorda. Y se tenía que confesar en la sacristía. Y el se­ñor cura, un poco granuja, la conquistaba; pero el sacristán es­cuchaba sus palabras, y obser-vaba, y decía:
-Donde tú vayas, yo voy.
Y el monaguillo, también granuja, escuchaba también, y decía:
-Si a mí no me dan parte, yo lo parlo.
Viéndose la señora acometida de un día y otro, se lo dijo al tío Monago, en ocasión que el mismo marido la propuso:
-No tengas ningún inconveniente el decirle que venga cual­quiera día.
Y en uno de los días de aquella misma semana, se le propor­cionó un viaje de ir con roña a Villarramiel. Y el marido dijo a su mujer a tiempo de ir ella a misa:
-Ahora tienes la ocasión, de que yo me voy de viaje, de citar al señor cura.
La señora va a confesar, y la pregunta el señor cura:
-Señá María, ¿cuándo podré ir a su casa? Y -le contesta la mujer:
-Hoy tiene ustez la ocasión, que mi marido va de viaje a Villa­rramiel, y nadie nos puede ver.
Y entonces dice el sacristán, aplicando el oído:
-Allá voy yo también.
Y el monaguillo dice:
-Si tú vas, iremos los tres.
En ocasión de que se persona después de salir de misa el se­ñor cura en casa de la señora María.
-¡Nunca mejor que ahora, que no está el señor León (que era su marido)!
En ocasión que llega el sacristán:
-¡Señá María, un recado!
-¡Ay, por Dios! ¿Dónde le esconderé yo al señor cura? Y le esconde en el horno. Y sube el sacristán.
-¿Qué hace ustez aquí? -le dice la señá María.
-¿Dónde está el señor cura?
-¡Caramba! ¿Por quién pregunta ustez? ¡Si aquí no ha veni­do nadie!
Y se presenta el monaguillo.
-¡Señá María, si no me da ustez la propina, me tienen que dar parte!
Y entonces ella, asustada, le esconde al sacristán en la esca­lera del derván. Y sube el monaguillo.
-¿Qué traes tú por aquí, rapacillo?
-Pues, que he visto entrar al cura y al sacristán, y si no me dan la propina, esto lo tengo que parlar.
Y llega entonces el señor León, el marido de la señora María:
-¡Chica, chica, que se me ha olvidado la escopeta!
Y entonces la mujer, con disimulo, esconde al monaguillo en un cangilón (tina pequeña). Y grita el marido:
-Digo que ¿si está la escopeta en el horno?
-Hombre, deja, que yo te la bajaré.
-Yo subiré a por ella. Y al mismo tiempo la cargaré. Sube y se encuentra con el señor cura.
-Hombre, don Frailán. ¿Ustez por mi casa?
-Perdone, señor; he venido a hacer unas preguntas a la se­ñora María, y en este momento me voy.
-Pues, no tenga prisa; le voy a enseñar mi casa. Pasaremos un ratito en buena conversación.
Y el señor León tenía piedra de moler roña pa tenería. Enton­ces lleva al señor cura al lugar donde la tenía, le tapa los ojos, le engancha en una piedra, y a dar vueltas a moler la roña. De vez en cuando se paraba, y el señor León, con una verga, al señor cura le atizaba. Entonces subió al derván preguntando por una soga, y se encontró al sacristán:
-¿Qué haces aquí, tú, Cándido?
-Dispense, señor León, que como había visto al cura, estaba aquí escondido en un rincón.
-Tú, no te apures por nada. Bájate conmigo, que verás una buena algazara.
Y le enganchó a la otra piedra, donde estaba moliendo el cura.
Y al quejarse el sacristán, con una vara de las piñas latigazos grandes le da. Pero le falta una cosa, y preguntó por la tina, don­de estaba el monaguillo. Y le saca más que a paso, y le baja a la tenería, donde... echando roña con un cesto pa el cura y el sacris­tán. Después de largo rato, el monaguillo, descalzo, se quejaba, y con razón, que les echaba roña a los otros para que juegaran al moscón. Y el señor León, al oír eso, fue y le tumbó panza abajo y le clava una vela en el culo. El cura y el sacristán... dando vuel­tas como mudos. Y a eso del amanecer los soltó a los tres.
Sin aguardarse más, se fueron los tres a misa. Y ya cuasi al terminar, dice el cura:
-¡Víspera de San Andrés! Y contesta el sacristán:
-¡Qué bien nos j... a los tres! Y dice el monaguillo:
-¡Yo pagué más que ninguno, que estuve toda la noche con una vela en el culo!

Cuéllar, Segovia. Hombre de unos 55 años. 21 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El tío grillo, adivinador


358. Cuento popular castellano

En Matilla de los Caños había un hombre que le llamaban el tío Grillo. Y tenía el correo de Matilla, que le producía- tres cuar­tos todos los días. Y un día le dice el zapatero del pueblo:
-Tío Grillo, ¿quiere ustez que ganemos para Nochebuena?
-Bueno -dijo el tío Grillo. Bueno.
En ocasión que iba un aceitero vendiendo aceite a Matilla, le dice el zapatero:
-Tío Grillo, yo voy a coger un cuarto de arroba al aceitero, y mientras que le doy la cuenta, le mete ustez el macho en esa bodega somera. Y le voy a decir que hay aquí un adivino. Y le va ustez a pedir diez duros por adivinar dónde está el macho.
-Bueno -dijo el tío Grillo.
Mientras entró el aceitero por la cuenta del aceite, el tío Grillo metió el macho en la bodega somera. Sale el aceitero y no ve el macho, y le dice al zapatero:
-Pos, no está el macho.
Le anduvo buscando por el pueblo y no le encontró. Y le dice el zapatero:
-No se asuste ustez, que hay aquí un adivina (sic).
-Bueno.
-Vive la casa más abajo, y se llama tío Grillo. Y ése le puede decir a ustez aónde está el macho.
En ocasión que llama a la puerta: ¡Tun, tun!
-¿Quién? (¡Coño!).
-Servidor.
Y abre la puerta el tío Grillo. Y le dice el aceitero:
-Me han dicho que es ustez adivina.
Calle, calle, calle -dice el tío. (¡Coño!).
-¿Eh?
-Que no quiero que sepan que soy adivina. Pero, ¿qué desea ustez?
-Pues, ha desaparecido el macho que traía, y vengo a ver si me puede decir ustez aónde está.
-Pero bueno, vamos a ajustar antes el precio. Pues, me va ustez a dar doscientos reales.
Y dice el aceitero:
-¡Es mucho, tío Grillo! ¿Dónde vamos a parar?
Y se ajustaron en veinte y cinco pesetas. Y dice el tío Grillo:
-Vas, y más abajo en esa bodega está metido. Y dice el aceitero:
-¡Estaba tan cerca! ¡Quién hubiera sabido dónde estaba! Conque se marchó el aceitero y dice el zapatero al tío Grillo:
-¡Sabe ustez que hemos hecho para la Nochebuena!
Y en ese medio tiempo, el aceitero, que tenía un macho, adqui­rió pa otros tres más. Y llevaba el aceite con los cuatro machos a palacio. Y en ese medio tiempo que estaba con el aceite allí, la roban el aderezo a su majestaz. Y dice su majestaz:
-¡Me han robao el aderezo!
Y el aceitero, que lo oyó, dice:
-¡Yo sé ánde hay un adivino!
Y la contó lo que le había pasado con el tío Grillo. (¡Coño!). -¡órdenes! -dijo su real majestaz. En seguida venga un teniente de infantería con veinte y cinco números a por el tío Gri­llo a Matilla de los Caños, provincia de Valladoliz.
Se presentó el teniente y dijo su real majestaz:
-¡Hala, y tratarle como debe ser! ¡Que coma y beba todo lo que pida!
Y tardaron cinco días a venir, a jornadas, vamos a ver; no había tren. Y vienen y llegan a Matilla con la escolta de veinte y cinco hombres. Y el tío Grillo, que no había visto un soldao ar­mao, ¡bueno! Llegan a Matilla, y va y dice el jefe:
-Llamar con la culata allí, que allí vive el tío Grillo. Y con esa fuerza que tienen los militares: ¡¡Pun!! Y va el tío Grillo:
-¿Qué gente será ésta?
-¿Venga ustez con nosotros! -dice el jefe.
Y cierra la puerta el tío Grillo y le dice al zapatero:
-Tome la llave, que no sé aónde me llevan estos hombres.
Conque claro, desde Matilla hasta aquí. Le dicen cuando llegan aquí:
-¿Qué, ha hecho ustez gana de comer?
-¡A ver, desde Matilla a aquí!
Y le dieron todo lo que pedía. Y así fue todo el camino: ca cinco leguas o seis tenían que darle de comer. Llegan a Madrid, a palacio, y le dicen a su real majestaz:
-Ahí está el adivina.
Dice su majestaz:
-¡Que pase!
Pasa y se saludó como sabía. Y le dice su majestaz:
-Tío Grillo, me han dicho que es ustez adivina.
-Señora, ni aun por pienso.
-¡Aceitero, que salga!
Y cuando sale éste, dice el tío Grillo:
-Vamos, ¡en qué aprieto me ha puesto el zapatero!
-Pues, me han robao el aderezo -dice su real majestaz. En veinte y cuatro horas me tiene ustez que adivinar dónde está el aderezo.
Y al teniente le dijo:
-¡Al calabozo con el tío Grillo!
De manera que le llevaron al calabozo. Y estaba como en esta habitación y la calle: la ventana de su celda daba a la calle. Y había estao cinco o seis horas y no había visto a nadie. Y estaba aburridísimo porque no veía a nadie. Y llegó uno de los tres que habían robao el aderezo:
-Buenos días, tío Grillo.
Y le ice el tío Grillo:
-¡Gracias a Dios que vi a uno!
Y asustado, creyendo que le había conocido, dice:
-El aderezo… ya hablaremos.
-Bueno, bueno -dice el tío Grillo. Llega y lo dice a sus compañeros, ice:
-Estamos perdidos. Me ha conocido el tío Grillo. Y dice el segundo:
-Ahora voy yo, a ver si me conoce. Llega el segundo y dice:
-Buenos días, tío Grillo. Dice el tío Grillo:
-¡Gracias a Dios que vi a dos! Y va corriendo a decir a los otros:
-Estamos perdidos. También me ha conocido a mí. Y dice el otro:
-Ahora voy yo, hombre. Vosotros no sabéis lo que habéis hecho.
Y llega el tercero:
-Buenos días, tío Grillo.
Ice:
-¡Gracias a Dios vi a los tres!
-¡Ya hemos caído! -dice. El aderezo está en el buche del pavo real.
Y dice el tío Grillo, como si ya lo sabía:
-Bueno, bueno.
Llegó la hora y le icen al teniente:
-¡A sacarle del calabozo a presencia de su majestaz! Le llevan ante su majestaz.
-Tío Grillo, ¿qué ha adivinado ustez?
-Todo lo dudoso no es cierto, y todo lo cierto no es dudoso. (¡Coño!).
Y dice:
-El aderezo está en una cosa que tenía ustez muy en estima.
-¿Dónde?
-En el buche el pavo real.
Y dice su real majestaz:
-¡Oy, animalico, animalico!
Llama al facultativo y dice si se puede operar el pavo sin mo­rir el pavo. Y dijo el facultativo que se podía operar sin morir él. Y allí estaba el pavo. Le operaron y le sacó el aderezo. Ya le ice su real Majestaz al tío Grillo:
-Vamos, ¿qué desea ustez?
-El correo de Matilla..., perpetuo: tres cuartos todos los días.
-¡Bueno! (¿Qué le parece?).
Bueno, y le dio una gratificación en dinero.
Y volvieron al tío Grillo por las mismas jornadas que le habían llevao pa allá. Y era cerca de San Juan ya, ¿sabe?, y media legua antes de llegar a Matilla, fue el teniente y vio un grillo por el ca­mino. Y fue y cogió el grillo. Echa el alto el jefe a los soldados y dice:
-¡Alto, y meter al tío Grillo en medio! Y dice el jefe:
-Si no me adivina ustez lo que llevo en el puño, va a ser el fin de ustez.
Y dice el tío Grillo, asustao:
-Grillo, Grillo, ¡qué apretao te ves! Y tira el teniente el grillo y le dice:
-¡Ahora sí creo que es ustez adivina!

Tordesillas, Valladolid. Pedro Bragado Escudero. 3 de mayo, 1936. 78 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)



El sermón del día de san roque


423. Cuento popular castellano

El patrón de mi pueblo es el glorioso San Roque. Y el día del Santo, que, como ustedes saben, cae el 16 de agosto, se celebra allí con una fiesta morrocotuda. Hay de todo, bailes, corridas de toros, carreras de burras, procesión y romería; pero hay que ver la iglesia cuajada de luces y de flores: el santo parece un ascua de oro.
El perro también, a temporadas, muy majo, pues han de saber ustedes que los dos caciques que eran por turno alcalde, el uno conservador y el otro liberal, le tomaron con el chucho, y hubo cosas de risa. El primero le puso un collar con cascabeles de plata; el otro pescó la vara, le quitó el adorno, y le puso un bozal. El cura párroco, muy anciano, y sin mieja de carázter, tuvo que escribir a su ilustrísima para que prohibiera aquella profanación.
Pero eso no viene al caso. Sí viene el decir que el cura anciano no estaba al tanto de las teologías y retóricas necesarias para de­cir un sermón en honor del santo; así que el municipio mandaba siempre a llamar a un predicador de fuera, y le pagaba a respetive del mérito del sermón.
Se terció un año que vino un señor clérigo de la catedral, per­sona muy leída, y que estaba falto de conquibus, o sea, de metal. Dijo un sermón regularcito; el ayuntamiento le gratificó con doce duros, con lo cual quedó muy satisfecho, prometiendo volver al año siguiente, como así lo hizo, trayéndose un sermoncito de en­cargo, que quitaba el sentido. Porque es lo que él decía:
-Si por un sermoncillo de nada me han dado doce duros, ¿qué no me darán por éste lleno de letras, de latín de los Santos Padres?
Pues, se llevó el gran chasco el buen señor. Cuando fue a co­brar, le puson encima de la mesa diecinueve pesetas limpias y peladas. Le daban ganas de llorar al verlas tan solas. Él no se atrevió a protestar. Luego que alvirtió mis miradas, me llamó aparte y me dijo:
-No comprendo cómo me han pagado de un modo tan mez­quino el sermón de este año, que era magno, siendo que el año pasado me pagaron espléndidamente un sermoncillo de nada, he­cho de mogullón (de cualquiera manera).
-Precisamente por eso -le dije yo-. Ahí está el toque.
-¿Cómo? -me dijo. ¿Pagan aquí los sermones mejor cuan­to peor son?
-No, señor -le dije. Mire ustez, en este pueblo no hay nin­guno que sepa apreciar el mérito de un sermón, así que el muni­cipio se ha dignado pagar una pesetas por cada vez que el predi­cador nombre al santo.
-Y ¿cómo se saben las veces que el predicador nombra al san­to para sacar la cuenta?
-Pues, muy bien -le dije. ¿Ustez conoce al tío Murria, el zapatero?
-No, señor.
-Pues, es un viejecito que por encargo del ayuntamiento se sienta todos los años en el primer escalón del púlpito. Y lleva una caña larga y la cuchilla del oficio, y cada vez que oye el nom­bre del santo, hace una señal en la caña...
Y comprendido. Al año siguiente volvió a predicar trayéndose un sermoncito de encargo capaz de dejar más limpia que la pa­tena la caja de ahorros del municipio. ¡Señor mío, aquello era un chaparrón de San Roques! Empezó diciendo:
-¡Bendito San Roque! ¡Sapientísimo San Roque! ¡San Roque arriba! ¡San Roque abajo! Todos a San Roque adoran. Todos a San Roque claman. Todos a San Roque gritan. ¡Qué más! ¡La naturaleza misma, y hasta las ranas desde sus charcas te alaban! «Roque, Roque, Roque», dicen; «Roque, Roque, Roque», claman; «Roque, Roque, Roque», gritan...
Salta el alcalde, furioso:
-¡Basta, basta! ¡Ustez sí que está buen rana! ¡No miente us­tez más al santo, o salimos a las malas!
Pues, si le dejamos, no tenemos mala plaga. Sigue el predicador:
-¿Dónde pondremos hoy a San Roque? Y dice el tío Murria:
-¡En tus narices, que aquí ya no cabe!
El tío Murria, muy enfadado, tiró la caña, que se hizo mil pe­dazos. Y se fastidió la propina con que yo contaba.

Peñafiel, Valladolid. Mariano Ruiz Salinero.
29 de abril, 1936. Dulzainero, 58 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)












El seminarista

415. Cuento popular castellano

Un seminarista vino una vez a su pueblo por la temporada de vacaciones. Su padre era muy amigo del cura del pueblo y le dijo al cura:
-¿Sabe ustez, don Fulano, que ha venido mi hijo a vacaciones?
-Hombre -le dijo el cura, pues dígale ustez que venga por aquí a hacerme una visita.
Y así lo hizo. Por la tarde se presentaron padre e hijo en casa del señor cura. Al saludarse, como. el cura era tuerto, el semina­rista le preguntó:
-¡Hombre! ¿Dé qué se ha quedado ustez así?
Pues mira, hijo -le contestó el cura; jugando yo de pe­queño con otros muchachos de mi edaz tuve la desgracia de caer­me al suelo y clavarme un palo por el ojo.
-¡Hombre! -dijo el chico-. ¡Qué lástima no hubiera tenido horquilla!
Después pasaron a la habitación, y el padre del chico le dijo al señor cura:
-Pregúntele ustez a mi hijo algo de letras. ¡Vera ustez qué listo es! ¡Es una eminencia!
El cura, cogiendo un vaso en la mano, hizo una o en la mesa y le preguntó al chico:
-Vamos a ver. ¿Qué letra es ésta?
El muchacho, después de darla muchas vueltas y mirándola desde arriba y desde abajo, por fin se puso la mano en la frente y dijo:
-A Dios o a dicha: equis.
El cura le dijo entonces al padre:
-Tiene ustez razón; no creía yo que sabía tanto. Al día siguiente dice el padre a su mujer:
-Vamos a irnos a caza de conejos para que se distraiga el muchacho.
Antes de salir de casa le dijo el padre:
-Vamos a estar en espera metidos en un cabañuelo. Y si vie­ras que salía algún conejo, no se te ocurra hablar, porque enton­ces se meterá otra vez en la cueva.
Al poco tiempo de meterse en el cabañuelo, ve el muchacho que asoma un conejillo y dice:
-¡Patre, patre, conéquili, conéquili!
En tanto el conejo, al aír la voz, se encuevó. Y entonces le dice el padre a su hijo:
-¿No te he dicho que no tenías que hablar aunque vieras sa­lir conejos?
Y dice el muchacho:
-¡Qué sabía yo si el conejo entendía latín!

Peñafiel, Valladolid. Mariano Ruiz Salinero.
28 de abril, 1936. Dulzainero, 58 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)




miércoles, 4 de julio de 2012

El sastre y el zapatero .390

390. Cuento popular castellano

Era un sastre que tenía muchos deudores y no pudiendo pagar lo que debía, dijo un día a la mujer:
-He pensado una cosa. Puesto que no hacen más que llamar a la puerta a todas las horas y no tenemos para pagar a nadie, he pensado hacer el muerto a ver si nos perdonan lo que debemos.
Así lo hizo. Y al correrse las voces por el pueblo que el sastre había muerto, los deudores, el que más y el que menos, decían:
-A mí me debía tanto; pero ahora, ¿qué le vamos a hacer? Ha muerto; ha perdido más que nosotros. Ya le perdonamos lo que nos debía.
Pero había en el pueblo un zapatero, a quien el sastre le debía un real, que decía:
-Yo no le perdono mi rial. Lo único que hago es ir esta noche a velarle a la iglesia.
Por la noche llevaron el cadáver del sastre, el que hacía el di­funto, a la iglesia y lo pusieron en las andas en medio de la igle­sia. Y el zapatero se subió a velarle al púlpito.
Aquel día había habido un robo considerable y al no saber los ladrones adónde ir a partir el dinero, viendo luz en la iglesia a medianoche, se metieron allí. Se pusieron a partir las onzas a al­muenzas y decían:
-Esto para ti. Esto para ti. Y esto para ti.
Después de partir la cantidaz, sobraba una onza y dice uno de los ladrones:
-Esta onza que sobra es para el primero que dé una puñalada al difunto que está en ese ataúz.
Al oír eso, el que estaba haciendo el difunto se levantó corrien­do del ataúz, diciendo:
-¡Animas mías, amparazme!
Entonces el zapatero se tira del púlpito dando gritos y los la­drones, atribuyendo eso a un milagro, salieron cada uno por don­de pudo, dejando allí todas las onzas robadas.
Entonces entre el difunto y el zapatero partieron las onzas. Y mientras hacían el reparto, se acordó el zapatero del real que le debía el sastre y le dijo:
-Y, ¿mi rial? Ya sabes que me debías un rial de una compos­tura que te hice.
Pero el sastre seguía diciendo:
-Esa cantidaz para ti y esta cantidaz para mí. Esa cantidaz para ti y esta cantidaz para mí.
Pero el zapatero seguía diciendo:
-Pero, ¿mi rial? ¡Ahora dame mi rial!
A todo esto los ladrones pararon de correr. Reflexionaron y dijeron:
-Parece mentira que hayamos tenido valor para hacer este robo tan grande y ahora tengamos miedo de las ánimas y lo haya­mos dej ao allí en la iglesia.
Y en esto el que era más valiente de todos dijo: 
-¡Yo no lo dejo; voy a por ello!
Pero como iba ya con miedo, antes de entrar en la iglesia, se puso a escuchar en la puerta y oyó que decía el zapatero:
-Y, ¿mi rial? Y, ¿mi rial?
Entonces el ladrón, aterrado, dio la vuelta a todo correr y dijo a sus compañeros:
-¡Chicos, vámonos corriendo! ¡Aquello está lleno de ánimas! ¡Con las onzas que había y no tocan ni a rial, que está una recla­mando el suyo!
Y echaron a correr sin atreverse a volver la cara atrás.

Peñafiel, Valladolid. Mariano Ruiz Salinero. 27 de abril, 1936. Dulzainero, 58 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El sacristan y la paloma

424. Cuento popular castellano

Éste era un pueblo en el que los feligreses eran tan malos, tan malos, que a todos los sacerdotes que habían sido destinados allí por el señor Obispo les habían tratado a pedradas. Pero un día un sacerdote pidió autorización a susuperior para ser destinado al referido pueblo, la que en principio fue negada; pero a fuerza de sus insistencias, accedió el señor Obispo a que fuera destinado a dicho pueblo.
Una vez allí, el sacerdote ordenó al sacristán que publicara un bando haciendo saber a los habitantes del mismo que a las diez de la mañana del día siguiente acudieran todos a la iglesia donde apare-cería Dios en figura de paloma.
A dicha hora se congregó en el templo el pueblo en masa. Y el nuevo sacerdote de antemano había preparado una palomita blanca que al efecto compró y entregó al sacristán para que des­de una ventanita, que había en la guardilla, la soltara a la tercera vez que él dijera: «Dios bajará en figura de paloma.»
Una vez en la guardilla el sacristán, subió al púlpito el sacer­dote. Y comenzó a hablar, haciendo ver a los vecinos de dicho pueblo el error en que vivían, lo mal que se habían portado con sus antecesores, y que Dios, que es omnipotente y bondadoso, es también justiciero -castiga los hechos malos. Y para probarles que existía ese Dios, a la tercera vez que él dijera: «Dios bajará en figura de paloma», aparecería por cualquiera parte, por ser todopoderoso.
A la segunda vez que dijo «Dios bajará en figura de paloma», el sacristári, que se había quedado dormido, despertó, y se dio cuenta que la paloma se la había comido un gato. El sacerdote, cuando dijo por tercera vez, «Dios bajará en figura de paloma», se extrañó que el sacristán no la soltara. Y vuelve a insistir que va la tercera vez:
-¡Dios bajará en figura de paloma!
Entonces el sacristán asoma la cara por el ventanillo y en voz alta dice:
-Padre cura, ¡el Señor no puede bajar, porque se le ha comi­do el gato!

Roales, Valladolid. Antolfn Gutiérrez Cuñado. 10 de mayo, 1936. 35 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)