Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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miércoles, 4 de julio de 2012

El pastor tonto


430. Cuento popular castellano

Éstos eran dos hermanos pastores, el uno casao y el otro mozo. Y dio a luz la mujer del casao, y le hizon padrino del bautizo al mozo.
Yendo a bautizar a la criatura salió el señor cura a la puerta de la iglesia y le dice al padrino:
-¿Qué? ¿Se viene a acristianar a la criatura?
-¿No lo ve ustez que sí? -contesta el padrino.
-¿Es infante o infanta? -pregunta el señor cura, dándole a entender si era chico o chica.
A lo cual contestó el padrino:
-¡No es infante ni infanta; es un chico que ha parido mi cuñada!
-Y, ¿qué día ha nacido? -preguntó el cura.
-El día de San Bartolo.
-Entonces le habrá que poner Bartolomé.
-¡Bien, hombre! -dice entonces el pastor. ¡Hace tres días que ha nacido la criatura y ya le está ustez poniendo motes! Bautizaron al chico y al volver a casa le dijo su madre al pastor:
-¿Qué tal os habís portao con el señor cura? Y el pastor le contestó:
-¡Anda! ¡Como nosotros no vamos por la misa, se ha reído lo que ha querido de `nosotros!
-Pues mañana puedes ir a misa antes de soltar las ovejas -le dijo su madre.
-Y, ¿qué sé yo lo que tengo que hacer en la misa? -dice el tonto.
-Pues tú te vas donde veas ir gente y haces lo que veas hacer a los demás.
Conque al día siguiente se va el pastor a la misa. Y como aquel día había una boda, al terminar la misa todos los que estaban convidaos se fueron a la casa donde era el gasto para pasar allí el día comiendo y bebiendo. Y el pastor se fue tras ellos. Y des­pués de estar todo el día comiendo y bebiendo lo que le pareció, se guardó dos tajadas de carne en el bolso. Y al retirarse por la noche a casa, le preguntó su madre:
-¿De dónde vienes a estas horas?
-De misa -contestó el tonto.
-¿De misa a las doce de la noche?
-Sí, señora -contestó el tonto; mira donde tengo dos ca­chos de misa en el bolso. Y, ¡qué bien se pasa en la misa! ¡Qué bien se come! Mañana también voy a misa. Sólo que yo no sé lo que hacen en misa. Unos se levantan y otros se agachan.
Y le ice su madre:
-Pues ten cuidao de lo que hacen los demás para hacerlo tú también.
Al día siguiente se fue otra vez a misa, y viendo que todos van a mojar los dedos en la pila de agua bendita para santiguarse, metió él toda la mano creyendo que era un plato de tajadas. Y al ver que salía chorreando el agua, dijo:
-¡Quien se ha comido las tajadas que se sorba el caldo! ¡Lo que hace el venir tarde! ¡Mañana ya vendré más pronto!
Y se puso a oír misa en medio del cuerpo de la iglesia, entre las mujeres. Y como su madre le había dicho que hiciera todo lo que viera hacer, se fijó en lo que hacía el señor cura, que se arrodillaba y el monaguillo le levantaba la casulla. Y va el tonto y coge las faldas de una mujer y se las pone a la cabeza. Al reñirle los que estaban a su lado y preguntarle que por qué hacía eso, el tonto les dice:
-¿Pa qué se lo hacen a aquel hombre que está allá arriba? ¡Más vale que no nos volviera el trasero y no se pusiera la camisa encima la chaqueta!
A volverse el señor cura pa icir «Dominus Vobiscum», creyendo que le amenazaba a él, le dice:
-¡Si me vuelves a amagar, te suelto el porro!
Los que estaban a su lao le reprendían, pero él decía:
-¡Me da la gana!
Y viendo que al terminar la misa se volvió el cura para echar la bendición, el tonto le soltó el porro y pegó en una lámpara que había en medio de la iglesia y gritó:
-¡Si no es por la changarra, qué palo te clavo!

Peñafiel, Valladolid. Mariano Ruiz Salinero. 27 de abril, 1936. Dulzainero, 58 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El pastor gorgundóforo


310. Cuento popular castellano

En el pueblo de Malpeceres había un pastor buen mozo que se quería casar con dos hermanas. Y su padre le decía:
-Pero, hombre, ¿tienes vergüenza?
-Pero usted, ¿qué me dice? ¿Usted cree que yo con una mujer tengo para mi vida bastante?
-Hombre, está bien; pero si termina la una, te casarás con la otra, que las dos a la vez no se puede conceder.
Y el pastor, al fin y al cabo, se casó con una de las hermanas. Y a los cuatro días quería tener un hijo. Tanto la suegra como su mujer le decían que eso no podía ser. Y él, cuando venía de con el ganado, siempre preguntaba que si tenían algún niño. Ya tanto molestarla, había en el pueblo una vieja que se llamaba la tía Lu­crecia. Y consultaron con ella:
-Mire usted, que me da mala vida mi marido y nos hemos ca­sao hace cuatro días.
-Pero tonta, y ¿por qué?
-Pues, porque quiere que tengamos un niño.
-Calla, tonta; yo te lo arreglaré. Mira, mañana, cuando se vaya al monte con las ovejas, le dices que no te castigue, que cuando venga, ya tienes un niño.
En efecto, al día siguiente, llaman a la tía Lucrecia. Y cogen al gato de la casa y le envuelven en mantillas con un gorro. Y se mete la mujer en la cama con él. Y llega el pastor.
-Mira, Gorgundóforo, ya tenemos un niño. 
-¡Hombre!
Y el pastor, loco de alegría, sube en seguida a quererle. En esto le va a sacar de la cama y al cogerle, huye el gato, dejando los pa­ñales envueltos. Y dice el pastor:
-¡Oy, qué niño más guapo! ¡Qué ojos tenía! Y pregunta que cómo se llamaba. 
-Serafín.
Y Serafín corría por los tejados. Y el pastor sale diciendo:
-.¡Ven aquí, niño, Serafín! Éste es tan listo como su padre. Ya le tira la intención de marcharse a buscar el ganado. Y le dice la tía Lucrecia:
-Mira, Gorgundóforo; para que veas lo que es tener un hijo que está ya cuasi criado, corre como un gamo por los tejados. Éste es el cuento de Gorgundóforo.

Cuéllar, Segovia. Mariano, señor de unos 55 años. 22 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El ojaranco


281. Cuento popular castellano

Había un ojaranco en un monte, donde tenía su casa. Y tenía una piara de carneros que los guardaba él. Y todos los que pa­saban y le pedían albergue, les mataba.
Y llegó una noche un chico joven y le pidió albergue. Le ad­mitió el ojaranco; y cuando ya iba a matar al chico, éste, viéndo­se perdido, le dio con una navaja en el ojo. Pero el ojaranco se puso a la puerta y dijo:
-¡Todo el que ha entrado aquí, no ha salido!
Al día siguiente el ojaranco a soltar su ganao. Y como no vía, no se quitaba de la puerta. Y el muchacho joven mató un carne­ro, se puso el pellejo encima de sus costillas. Y el ojaranco, al pasar los carneros, los iba tentando y decía:
-Éste no es, que tiene lana. Éste no es, que tiene lana.
Y pasó el muchacho. Y al verse libre, le dijo en voz alta:
-¡Ojaranco vil, a muchos matastes, pero no a mí!

Navas de Oro, Segovia. Petronilo Bartolomé Redondo.
8 de abril, 1936. 74 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El nuevo cura


414. Cuento popular castellano

Una vez había un labrador que tenía un hijo estudiando pa cura. Pero resulta que en vez de estudiar, se marchaba todos los días de juerga y las asignaturas las daba al diablo. Pero llegó ya la hora en la cual ya debía de haber terminao la carrera y los profesores, aun cuando reconocían que no sabía ni una palabra, decidieron darle la carrera por terminada por causas que, ¡vete a saber!
Y regresó al pueblo el muchacho, y él, a pesar de ser un juer­guista, picardía tenía poca, pero la suficiente para engañar al res­to del pueblo, que todos eran más tontos que él.
Y cuando llegó a casa, le chocaron grandemente las dimensio­nes del horno para cocer el pan. Y agarra un metro y venga a medir el horno por acá, venga a medir el horno por allá; y venga a medir la puerta de la casa; medía las ventanas, medía los bal­cones y se volvía loco el hombre midiendo todo, hasta que su pa­dre se fijó de tantas medidas como tomaba y le dijo:
-¿Qué es lo que mides?
Y el muchacho le dice:
-Pues que me choca pa ónde han podido meter el horno en casa.
Y le dice el padre:
-¡Pero, so animal!, ¿así has empleao las pesetas que yo te
enviaba, que tan poca ciencia azquiristes para no poder compren­
der que el horno fue metido ladrillo por ladrillo? Y entonces dice el muchacho:
-Pero, ¿ustez cree que yo no estudié? Pos, mire si estudié, que llego hasta adivinar las cosas.
Y va y coge la lezna que tienen los labradores para arreglas las sogas y se la mete en un cajón de salvaos. Y el padre, al día si­guiente, fue a buscar la lezna, y nada, que la lezna no aparece. Y entonces le dice al hijo:
-Ven acá, majadero, tú que adivinas las cosas; a ver si me adivinas dónde está la lezna.
-¿No es más que eso? -le dice el muchacho-. Pos eso en seguida se adivina.
Agarra el misal, le abrió por donde le pareció y dice:
-Lezna leznatis, cajonatis salvaratis.
-Y eso, ¿qué es? -dice el padre.
-Pos, hombre; eso es que está en el cajón de los salvaos. Va el hombre para allá y mete la mano, y tanto revolvió que se la clavó en un dedo y dice:
-¡Sí que es verdá! ¡Sí que es verdá que está!
Bueno; conque, ¿qué hace después? Coge una vacaa del cura del pueblo y la sujetó en el monte a un roble en un sitio que le llaman el Monte de la Cabaña. Llega la noche y la vaca el cura, que no aparece. Venga a buscarla por todas partes, hasta que dice el ama del cura que era mejor preguntar al nuevo cura, que todo lo adivina. El cura viejo dijo que eso que era creer en brujerías; pero el ama fue a preguntarle sin decirle a su amo nada:
Abre el libro el nuevo cura y lee:
-Vaca vacatis, sujetatis en el montatis de la cabañatis.
-Y, ¿qué es eso? -pregunta el ama.
Y responde el nuevo cura:
-Pos que eso quiere decir que la vaca está en el Monte de la Cabaña, sujeta a un roble.
Y fueron allá y efeztivamente allí estaba la vaca.
Bueno; pues resulta de que el primer domingo tenía el nuevo cura que cantar misa por primera vez y el sábado por la tarde le dijo al sacristán:
-Te vas a subir a las bóvedas de la iglesia y llevas un tizón encendido y una paloma. Y cuando yo diga que salga Dios en figu­ra de paloma, sueltas por un agujero la paloma para que caiga en la iglesia. Y cuando yo diga que caigan chispas sobre esta ilumi­nación, soplas el tizón pa que salgan las chispas y las vea toda la gente.
Así que llegó por fin el domingo, y el nuevo cura dijo la misa allá como Dios quiso. Se subió al púlpito y empezó el sermón de esta manera:
-Lagartis pintis travesabis caminis. Por debajo el puenti, pe­cis. Debajo de los cantis, sapis.
Y tenía una calavera en las manos; pero cuando la cogió, no se dio cuenta que estaba llena de avispas. Y al decir «Calavera mortis», le picó una avispa, y dijo:
-¡Calavera mortis, mosquis!
Y tiró la calavera entre toda la gente, por lo cual se armó un revuelo que no había quien parara. Y para sosegar la gente y hacerle ver que era un hombre que tenía don divino, dijo:
-¡Que salga Dios en figura de paloma!
Y nada ocurría. Y era que el sacristán andaba corriendo por las bóvedas detrás de un gato que se había comido la paloma. Y por fin logró atrapar el gato, y cuando el nuevo cura volvió a de­cir, «¡Qué salga Dios en figura de paloma!», fue el sacristán y echó el gato y dijo:
-¡No sale Dios en figura de paloma, pero sale el cochino. que se la comió!
Y entonces dijo el nuevo cura:
-¡Éste es un castigo de Dios! ¡Que caigan chispas sobre esta iluminación!
Y mientras el sacristán corría tras del gato, se le apagó el ti­zón; así que cuando el cura repitió:
-¡Que caigan chispas sobre esta iluminación! -el sacristán asomó la cabeza por el agujero y dijo:
-¡Que caigan hostias benditas, que se me apagó el tizón!
Y entonces la madre del nuevo cura gritó:
-¡Hijo, hijo, benditos sean los nueve meses que te tuve en el vientre!
Y ahí terminó la misa.

Frama (Potes), Santander. Juan José Orga Díaz.
25 de mayo, 1936. Maestro calzador, 31 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)



El niño avisado


245. Cuento popular castellano

Un rey tenía una hija que no quería casarse, y urgida por el padre, que deseaba tener un heredero varón, dijo que se casaría con el que la hiciera responder otra cosa que «bien podrá ser». Acudieron príncipes y reyes a conversar con la princesa; pero a todo lo que le decían, respondía siempre «bien podrá ser».
Al fin un príncipe que vivía en lejanas tierras determinó pro­bar fortuna y ver si podría casarse con la princesa. Y para que nadie lo supiera, si salía mal en su intento, marchó solo, montado en un brioso caballo.
Al pasar por una aldea, un chiquillo, que estaba a la puerta de una casucha, al lado de un fogón, le dijo:
-El que mucho corre, atrás se queda.
El príncipe continuó su veloz carrera; pero apenas había sali­do del pueblo, tropezó el caballo en una piedra y cayó, rompién­dose una pata. No hubo más remedio que dejarlo abandonado y volverse al pueblo cargado con los arreos. El príncipe fue a la casa donde había visto al chiquillo, y se entabló entre ellos el si­guiente diálogo:
-Dime, niño, ¿dónde está tu padre?
-Está enterrando vivos y desenterrando muertos.
-Y ¿tu madre?
-Está amasando el pan que comimos la semana pasada.
-¿Tienes hermanos?
-Tengo una hermana que está llorando las risas del año pasado.
-¿Podrías indicarme dónde comprar un caballo? -dijo el príncipe, queriendo terminar de una vez las respuestas tan extra­vagantes que el muchacho le daba.
-Sí señor; en aquella casa blanca que se ve a lo lejos vive un hacendado que tiene hermosos caballos de silla.
-¿Puedes venir conmigo para guiarme?
-Sí, señor, porque no tengo que hacer nada más que comer­me los que suben y aguardar a que suban más.
-Bien, hombre, pero ¿quieres explicarme las extrañas res­puestas que me has dado?
-¿Cómo no, señor? La cosa es bien sencilla: Mi padre está enterrando sarmientos nuevos en una viña que plantó el año pa­sado, y desenterrando los que se murieron. Por eso le dije que estaba enterrando vivos y sacando muertos. Mi madre está ama­sando pan para dárselo a una vecina que nos prestó el que comi­mos la semana pasada. En cuanto a mi hermana, ésa se casó el año pasado y tuvo unos días muy alegres; pero ahora está de par­to, gritando como una chancha. Por eso le dije que estaba llo­rando las risas del año pasado.
-Y ¿qué has querido decir con eso de que estás comiéndote a los que suben y aguardando que suban más?
-Es muy sencillo. Yo estoy al lado de esta olla donde se cue­cen los garbanzos, y cuando con el hervor sube alguno, lo pesco con una cucharita y espero que suban otros para hacer lo mismo.
Después se fueron los dos a casa del hacendado, y allí compró el príncipe un hermoso caballo. Al volver a la casa, había llegado el padre del niño, y el príncipe le preguntó si tendría inconve­niente en que se llevara al muchacho, pagándole buena soldada. Consultado el chico, el cual contestó que con mucho gusto iría, quedó arreglado el negocio.
El príncipe compró otro caballo y los arreos correspondien­tes, y empren-dieron los dos el camino. Yendo por el camino, el muchacho supo las intencio-nes que llevaba el príncipe y le dijo:
-Usted deberá pedir al rey que me permita a mí hablar con la princesa, entendiéndose que si yo consigo hacerla decir otra cosa que «bien podrá ser», ella debe casarse con usted.
Así quedó convenido.
Todavía faltaban varias jornadas para llegar al palacio de la princesa. En la primera posada donde pernoctaron, desapareció una vara de tresno que llevaba un arriero para arrear su recua, y el arriero, furioso, preguntaba a todo el mundo por ella; pero no fue posible dar con ella. Al día siguiente, cuando iban de nuevo por su camino, el chiquillo le dijo al príncipe:
-¿Sabe usted dónde está la vara del arriero?
Y metiendo la mano en el bolsillo, se la mostró convertida en pequeños pedazos.
-Niño, ¿por qué has hecho eso? -dijo el príncipe.
-Déjeme no más -dijo el niño; yo tengo mi idea.
El príncipe le recomendó que no volviera a hacer cosas seme­jantes, y siguieron su camino. En la posada donde pernoctaron la segunda noche desapareció una sartencita en que la posadera acostumbraba freír los huevos de a uno, y por más que la buscó, nunca pudo hallarla. Cuando a la mañana siguiente continuaron los dos su camino, el chiquillo dijo de pronto:
-¿Sabe usted, príncipe mío, dónde está la sartencita?
Y sacándola del bolsillo, dijo:
-Mírela.
El príncipe se enojó y reprendió agriamente al muchacho; pero él se limitó a decir:
-Perdóneme; pero yo tengo mi idea.
Aquella noche desapareció de la posada donde alojaron un frasquito de aceite de los que había en el convoy, y como las otras veces, tampoco pareció. Al día siguiente dijo el chiquillo, cuando iban de camino:
-¿Sabe usted, príncipe, dónde está el frasquito de aceite? Véalo.
Y lo sacó del bolsillo. Esta vez el príncipe se enojó verdade­ramente, y le conminó con aplicarle un severo castigo si volvía a hacer otra cosa semejante; pero el chico volvió a repetir:
-Déjeme no más; que yo tengo mi idea.
En las dos noches siguientes no ocurrió nada de particular; pero a la tercera desapareció un huevo fresco que la posadera iba a pasar por agua y lo había dejado encima de una mesa por un momento. Al día siguiente nada dijo el chico, temeroso de que el príncipe cumpliera las amenazas; pero lo cierto es que él había. sido el ladrón.
Aquel día hacía mucho calor, y al pasar por una quebrada el muchacho se desmontó y pidió permiso para internarse en la quebrada para satisfacer cierta necesidad apremiante. Cuando volvió, venía envolviendo cuidadosamente un papel, que se guar­dó en el bolsillo.
Aquél fue el último día de viaje, pues en la noche llegaron a la capital, donde pernoctaron. El príncipe se levantó muy de maña­na al otro día, se puso su mejor vestido y se acicaló, como es de suponer, para presentarse en palacio, acompañado del chico, que también iba correctamente vestido. Se presentó el príncipe al rey y le expuso sus pretensiones, las que fueron aceptadas, y quedó convenido que el muchacho lo acompañaría en la visita a la prin­cesa y trataría de hacerla decir otra cosa que el consabido «bien podrá ser».
Llegaron al palacio y penetraron en el salón donde al poco tiempo llegó la princesa. Y después de las presentaciones de esti­lo, el chiquillo entabló con la princesa el siguiente diálogo:
-Princesa, aquí traigo una sartencita.
-Bien podrá ser.
-Aquí traigo un huevo.
-Bien podrá ser.
-Aquí traigo un frasquito de aceite. 
-Bien podrá ser.
-Aquí traigo una varita hecha pedazos para hacer fuego con ella y freír el huevo.
-Bien podrá ser.
-Pero después que fría el huevo, lo voy a sazonar con lo que traigo en este papel.
-Bien podrá ser.
-Pero ¿sabe usted lo que traigo en este papel? Es mierda seca, y después de que la mezcle con el huevo, la tortilla será para que se la coma usted, señora princesa.
-¡Para que te la comas tú, gran marrano!
-Apunte usted, señor escribano que la mujer es de mi amo -dijo el muchacho.
Y la princesa no tuvo más remedio que casarse con el príncipe.

Zamora, Zamora. Don Victoriano de Castro G.
Profesor, 55 años (contado en Chile a don Ramón A. Laval). 1928

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El mejor sueño


355. Cuento popular castellano

Una vez había tres gallegos que estaban sin un real y tenían mucha hambre. Uno de ellos encontró un trozo de pan, y dijeron:
-Como buenos compañeros, debemos repartirle.
Acordaron que sí, que estaba bien; pero el que encontró el trozo de pan, queriendo apropiársele, dijo:
-Es mejor hacerle sopas, porque así aumentará más y será mayor cantidaz.
Les pareció bien a los otros; pero después de hechas las sopas, tavía les pareció poco para el hambre que tenían. Y vuelve otra vez el que encontró el trozo de pan y dice:
-Vamos a echarnos a dormir y el que sueñe que ha ido más lejos, aquél se come las sopas; porque si las repartimos para los tres, los tres quedaremos con hambre. Y así por lo menos uno se hartará.
Y, claro, los otros dijeron que estaba bien.
Se echaron a dormir; pero el que inventó eso no se durmió, sino que se levantó y se comió las sopas. Y después se durmió de verdaz, porque tenía la tripa llena. Cuando los otros se cansaron de dormir, despertaron y llamaron al otro y dijeron:
-¡Arriba, compañeiro, que vamos a ver quién se lleva las sopas!
Se levanta el que se comió las sopas y dice a uno de -los otros:
-A ver: tú, ¿adónde soñastes que fuistes? -Eu fue a Barcelona, al Sudán y a la China -respondió.
-¿Y tú? -preguntó al otro.
-Eu fue a o fin do mundo -dijo.
Y entonces dice el que se comió las sopas:
-¡Ah, compañeiros, eu soñó que como ibais tan lejos pensé que no volvíais y fue y me comí las sopas!

Frama (Potes), Santander. Juan José Orga Díaz. 25 de mayo, 1936. Maestro calzador, 31 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)



El mejor discurso respecto al lobo


252. Cuento popular castellano

Éstos eran tres estudiantes, que llegado el día de las vacacio­nes, y encontrándose sin recursos para el viaje a sus correspon­dientes pueblos, decidieron irse a pie. Mas como éstos eran ca­zadores, tenían cada uno su escopeta y con ella hicieron el viaje, con la esperanza de encontrar algo de caza por el camino y con ella poderse sustentar durante la jornada.
Efectivamente, llegaron a un pueblo de la provincia de Sala­manca donde mataron un lobo, que se les presentó en medio de un camino. Llenos de alegría se fueron con el lobo al pueblo más inmediato para vender la piel y con ello sacar para comer. Mas tuvieron una discusión entre ellos sobre quién había sido el que le había matado, queriéndose adjudicar cada uno el importe para él.
Y como no tenían ningún medio de arreglo entre los tres, se presentaron al juez del pueblo y le dijeron que habían matado el lobo. Cada quien decía que le había matado él, y no querían que se repartiera entre los tres; pero como todos decían lo mis­mo, que cada quien lo había matao él, el juez les propuso que la piel se la daría a aquel que desarrollara mejor un discurso res­pecto al lobo. Y así lo hicieron. Puso a cada uno en una habita­ción, les dio un plazo de diez minutos y pasados éstos, se presen­taron cada uno. Entra el primero, y dice al juez:
-Señor juez, este lobo que hemos matado, yo digo que ha dormido más noches en desierto que no en poblado.
-Bien, bien. Está muy bien. Vamos a ver ahora el otro.
Entró el otro, el segundo, y dice:
-Señor juez, yo digo que este lobo que hemos matado, ha comido más carne cruda que no asada.
-Perfectamente. Muy bien, muy bien. Me gusta.
Y entra el tercero y dice:
-Señor juez, yo digo que este lobo que hemos matao jamás ha llevado peor noche que la que le hemos dado. Y el juez dijo:
-Muy bien. Has estado muy bien. Para ti es el lobo.

Herrera de Río Pisuerga, Palencia. Miguel Arroyo. 25 de mayo, 1936. 60 años.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)