Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 31 de agosto de 2012

Sucesos


La vi desde la ventana de la cocina. Experimenté un sentimiento mezcla de estupor y de indignación ante aquella descarada intromisión. La pequeña tienda de campaña aparecía plantada en el extremo sur de la pradera, casi junto a la valla. Su color verde contrastaba vivamente con el verde del césped. A juzgar por la quietud reinante, sus ocupantes deberían de dormir todavía a pierna suelta. Permanecí allí perplejo, con el vaso de zumo de naranja en la mano, considerando lo insólito de aquella imprevista ocupación. Al rato Celia entró en la cocina y me preguntó que miraba con tanto interés. Se aproximó hacia dónde yo me encontraba y miró hacia el exterior. Después me miró a mí. Los ocupantes deberían haber considerado que la mullida hierba del jardín de nuestra propiedad era el lugar más indicado para hacer la noche. Al parecer no se habían detenido a considerar que para hacerlo era necesario saltar la valla, invadiendo un terreno privado. Cabía también  la posibilidad de que, como la noche anterior nos habíamos acostado muy temprano, hubieran supuesto que el chalet se encontraba deshabitado todavía. Lo más singular era que Tomy, nuestro perro, no hubiera dado durante la noche el mínimo signo de inquietud.
En aquel mismo instante, mientras nos encontrábamos Celia y yo contemplándola desde la ventana de la cocina, Tomy salió de su perrera, se desperezó largamente y miró hacia la tienda. Después, sin mostrar ningún signo de inquietud, vino hacia nosotros y comenzó  a dar saltos junto a la ventana en espera de que le arrojáramos algo de comer. Pero en vista de que sus cabriolas no tuvieron el éxito esperado, se marchó caminando lentamente y se echó sobre la hierba a mitad de camino entre la tienda y la casa.
Me disponía a salir al jardín para despertar a los intrusos cuando Celia me detuvo, arguyendo que convenía obrar con prudencia. No sabíamos con qué clase de personas teníamos que habérnoslas; podría tratarse de golfos o desaprensivos. El hecho de que no hubieran tenido reparo en traspasar la valla era indicio de su falta de escrúpulos. Ella consideraba más sensato no darse por enterados del asunto. Con toda probabilidad los intrusos levantarían el campo a no tardar y se marcharían por donde habían venido. Yo me revelé contra aquella manera de actuar, y ella me recordó que nos hallábamos en medio campo y que la casa más cercana se hallaba a kilómetro y medio. Teníamos un arma, pero echar mano de ella hubiera sido desorbitar las cosas. La carretera distaba tan sólo unos doscientos metros. El tráfico solía ser abundante hasta la hora de comer. Lo más fácil era que los desconocidos desmontaran la tienda y se marcharan haciendo auto-stop.
Permanecimos cerca de hora y media tras la ventana de la cocina. Los propietarios de la tienda no parecían tener la mínima prisa por contemplar la luz del sol. Yo me sentía ridículo en aquella posición de espera; sentía mi amor propio humillado. Pensaba que a pesar de lo que había dicho, Celia esperaría de mí que me enfrentara con los tipos de la tienda y les conminara a abandonar nuestra propiedad. Si se trataba de alguna clase de delincuentes o de gente alborotadora, supondrían de inmediato que nos habían amedrentado, lo que les facilitaría actuar a su antojo. En medio de aquella situación ridícula, lo más indignante era la pasividad de Tomy que, por lo general, ladraba furiosamente a cualquiera que se atreviera a aproximarse a menos de cien metros de la valla. Allí estaba, contemplando perezosamente la piscina, como si la tienda de campaña roja no significara la más mínima intrusión.
Llegó la hora del mediodía sin que nadie hubiera hecho su aparición. Empezábamos a sospechar que la tienda estaba vacía, lo que resultaba todavía más extraño. Como el sol empezaba a calentar, bajamos la persiana y continuamos al acecho a través de las rendijas. De pronto algo se movió en el interior de la tienda; las paredes de lona se agitaron y alguien descorrió la cremallera de la entrada. Un individuo de aspecto desaliñado, desnudo de cintura para arriba, salió al exterior y se desperezó voluptuosa-ente. Debería de tener aproximadamente nuestra misma edad. Vestía unos pantalones vaqueros descoloridos, y su pelo, más largo de lo habitual, parecía sucio y grasiento. Miró hacia la casa y a pesar de que no podía vernos, Celia y yo retrocedimos instintivamente un paso. El intruso volvió a entrar en la tienda, de la que salió al poco con una pequeña toalla. Se encaminó hacia la piscina con la intención probable de lavarse. Tomy se incorporó al verle aproximarse y, sin dar muestra alguna de inquietud, aguardó a que el desconocido llegase hasta el borde del agua. Luego inició una carrerita hacia él, moviendo amistosamente el rabo, y se dejó acariciar por el hombre de la tienda. El desconocido se echó al borde de la piscina y se lavó el rostro y los brazos. Después volvió a entrar en la tienda.
  Celia y yo, ocultos por la persiana, suponíamos que el individuo no tardaría en recoger la tienda y marcharse. Pero, lejos de hacerlo, salió con un pequeño hornillo de gas y una sartén, y procedió a prepararse la comida. El perro a él al oler el guiso, y el desconocido le arrojó unos despojos que Tomy devoró con avidez. Celia y yo nos miramos con desconcierto. Me pidió que continuara al acecho y ella se dedicó a preparar la comida. Yo situé la mesa de forma tal que, sentados, pudiéramos seguir viendo la tienda. Comimos en silencio. En el ambiente tenso, los ruidos de los cubiertos contra la vajilla sonaban desmesuradamente.

Al atardecer decidimos enfrentarnos al desconocido. Salimos al porche y permanecimos detenidos un momento. El de la tienda parecía contemplar ensimismado el crepúsculo. Tomy se aproximó a nosotros meneando la cola y acercó su hocico húmedo a mi mano. Pedí a Celia que permaneciera en el porche y comencé a bajar los cuatro escalones que dan sobre la hierba. Celia me contemplaba desde el porche mientras acariciaba al perro de manera mecánica.
A unos metros del intruso, que no parecía haberse percatado de mi presencia, me detuve. No sabiendo cómo empezar, le di las buenas tardes en un tono que pretendí enérgico. El no se dignó ni siquiera a mirarme. Me acerqué más y, a su espalda, volví a repetir el saludo. El hizo girar entonces su cabeza y clavó en mis ojos una mirada atroz. Tuve miedo y las palabras se congelaron en mi garganta. Luchando contra el temor que me inspiraba esa mirada, logré articular penosamente una frase. Le pregunté qué hacía allí y dije que aquello era una propiedad particular. El volvió a concentrarse en el sol crepuscular haciendo caso omiso de mi presencia. Cuando regresé al lado de Celia mi frente estaba empapada de sudor y me flanqueaban las rodillas.
Celia no me preguntó qué es lo que le había dicho. Yo pensaba contarle que parecía extranjero -sabiendo que mentía, porque no había dado muestras de entenderme. Pero ella, anticipándose a mi comentario, dijo: «Ya se irá...»
Durante la cena nos pusimos de acuerdo tácitamente para obviar el tema. Teníamos la esperanza de que, olvidándonos de él terminaría por desaparecer y todo continuaría como antes de su llegada. Celia se mostró especialmente amable, aunque yo tenía el convencimiento de que, secretamente, me recriminaba por mi falta de energía. ¿Qué podía yo hacer? No era aquel momento para salir al jardín y exigirle que abandonara nuestra propiedad. No era cuestión tampoco de dejarla allí sola e ir a buscar a la policía. Igualmente absurdo resultaría dejar al desconocido acampando en nuestro jardín y correr los dos en el coche a la ciudad. Cuando regresáramos -en el supuesto de que la policía nos hiciera caso- seguramente no encontraríamos ya a nadie, con el consiguiente ridículo.
Nos pusimos de acuerdo para seguir haciendo nuestra vida normal. Ella fregó los platos después de la cena y yo la ayudé a enjuagarlos. Nos preparamos nuestras bebidas favoritas y salimos a sentarnos en el porche como cada noche. En el límite de la pradera una luz roja indicaba que la tienda continuaba allí y que el desconocido no tenía intención de marcharse, por lo menos hasta el día siguiente. Busqué música en la radio portátil y ofrecí a Celia un cigarrillo. Las volutas de humo ascendían hacia el techo del porche. La mirada de Celia estaba clavada en la lucecilla roja. Hubiera dado todo el oro del mundo por penetrar en sus más íntimos pensamientos. Me desperté varias veces, pero contuve los deseos de levantarme y mirar por la ventana. La noche era oscura. Si, como parecía natural, el intruso había apagado el farol, no había medio de saber si continuaba allí o no. Al amanecer Celia se removió inquieta en el lecho. Yo fingí que dormía. Ella entonces apartó las sábanas y se acercó a la ventana. Permaneció mirando el exterior durante algunos minutos, al cabo de los cuales volvió a acostarse. «Sigue allí», musitó dándome la espalda.
Desayunamos muy tarde. Cuando nos asomamos al porche, vimos que el desconocido estaba sentado en una de las butacas situadas al borde de la piscina. Tomy se había echado a su lado y parecía dormitar apaciblemente.
Yo permanecí en el porche en actitud vacilante. Celia -hubiera jurado que me miró con el mayor desprecio del mundo- entró de nuevo en la casa, y salió al poco en traje de baño. Tomando de encima de la mesa del porche la novela que estaba leyendo, se encaminó hacia la piscina y se sentó en la otra butaca a escasos metros del desconocido, el cual no dio muestras de haberse apercibido de su presencia. Ella llamó al perro, que corrió a tumbarse a sus pies. Después, mi esposa se enfrascó en la lectura del libro como si tal cosa. Yo debía hacer una figura ridícula en lo alto del porche.
Poco después, el intruso, despojándose del pantalón vaquero, se quedó en bañador y se lanzó a la piscina. Tomy -como solía hacer cada vez que yo saltaba al agua- se levantó saltando y siguió por la orilla las trayectorias del nadador. Celia, sin cerrar la novela, permanecía atentas a las evoluciones natatorias del desconocido. Sentí que un odio sordo se iba incubando en mi alma, y que ese odio tenía también a Celia como objeto. Cuando el des-conocido salió del agua, me pareció que Celia lo contemplaba con satisfac-ción.
Descendí lentamente las escaleras y caminé sobre la hierba en dirección paralela a donde ellos se encontraban. Me sentía ridículo, y Celia había sido la causante de aquel sentimiento al actuar como si nada anormal estuviera ocurriendo. Cuando llegué a la altura de piscina, siempre siguiendo la cerca del jardín, me senté sobre la hierba. Desde donde me encontraba podía ver perfectamente a los dos. El desconocido tomaba el sol apaciblemente. Celia fingía leer la novela, pero me apercibí de que, por encima de las páginas, no cesaba de mirar al intruso.
Después del mediodía, Celia cerró su libro y se encaminó hacia la casa. Yo la seguí. Entró a la cocina y se dispuso a preparar la comida. Sin decir palabra dispuso tres servicios sobre la mesa. Yo me quedé perplejo y, ante la expresión adusta de su rostro, preferí no hacer ningún comentario. Si aquella era su forma de llamarme cobarde, lo más sensato sería no darme por enterado. Retiré uno de los servicios y me senté a la mesa. Ella se encerró en un silencio cazurro y no me dirigió la palabra durante toda la comida.
Una vez que hubimos fregado la vajilla, nos dirigimos al dormitorio para echarnos una siesta. Al poco de estar en la cama, me sentí fuertemente excitado y me fui aproximando a su cuerpo. Ella, con suavidad, pero enérgicamente, apartó mis manos y se retiró a un extremo del lecho.
Al atardecer, se repitió la escena de la mañana. Celia se sentó cerca del intruso, al borde de la piscina, y yo, caminado cerca de la valla me situé a su altura, a una distancia media entre el porche y la tienda de campaña. El perro corría alocadamente sobre la hierba persiguiendo pequeños insectos voladores. En determinado momento el desconocido hizo un gesto con la mano y Tomy corrió hacia él de manera sumisa. Se echó s sus pies moviendo la cola y emitió unos aullidos de contento.
Poco a poco, procurando que no me viera, comencé a caminar cerca de la valla en dirección a la tienda de campaña. Cuando ya estaba cerca de la parte superior del jardín, Celia me miró y debió comprender mis intenciones, porque cerrando el libro, dirigió por primera vez unas palabras al desconocido y, poniéndose en pie, se dirigió hacia la casa. El hombre fue siguiéndola con la mirada hasta que ella subió las escaleras del porche. Una vez allí, ella se volvió y se detuvo un momento sonriente. No supe si su mirada estaba dirigida a mí o a él, porque en ese momento nos encontrá-bamos los tres en línea recta. Después los dos entraron en la casa.
Llegué hasta la tienda y me detuve un buen rato con los ojos fijos en la puerta del chalet. Por un momento pensé que alguien me observaba desde la ventana de la cocina. El perro se vino corriendo hacia mí y comenzó a olisquearme los zapatos y a lamerme la mano. De pronto me sentí fuerte-ente excitado. Comprendí repentinamente que los dos habían entrado en la casa con el mismo propósito. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al imaginarlos desnudos sobre el lecho. Experimenté un deseo atroz y un odio furibundo. Entré en la tienda como una exhalación y vi el machete junto a las provisiones.
Con el cuchillo en la mano me encaminé hacia la casa. Di un rodeo buscando una ventana abierta y me deslicé en el interior por la de la cocina. Caminando sigilosamente llegué hasta la puerta del dormitorio. Desde fuera se oían sus jadeos. Me detuve un instante mientras sentía acrecentarse en mi interior el odio y el deseo. Después, di una gran patada a la puerta y entré dando alaridos y enarbolando el cuchillo en alto. Allí estaban, desnudos sobre la cama, indefensos.
Sin perder un segundo me lancé contra ellos y hundí repetidas veces el machete en el cuerpo del hombre. La sangre brotó a borbotones. Un último tajo a la altura de la garganta, y se derrumbó muerto sobre el entarimado. Entonces me volví hacia ella que, incapaz de emitir un solo grito, me miraba espantada con los ojos fuera de las órbitas. Apliqué el machete a la altura de su yugular y la abracé convulsamente. Ella retorció bajo mi peso, pero al cabo de un instante las fuerzas la abandonaron. Entonces la forcé y gocé de su cuerpo. Simultáneamente con el último espasmo, el machete tembló en mi mano y, a impulsos de aquel gozo, penetró profundamente en su blanca garganta. Después lo levanté varias veces sobre mi cabeza y lo hundí en su cuerpo convulso.
Salí del dormitorio manchado de sangre. Bajé los escalones del porche y me lancé al agua desde el borde de la piscina sosteniendo el machete en la mano. El perro corrió hacia la casa y comenzó a aullar lastimeramente.
Después me encaminé hacia la tienda y, tras asegurarme de que el machete estaba completa-mente limpio, lo guardé en su funda. Recogí el hornillo y la sartén y los guardé en la mochila. Plegué el saco de dormir y descolgué el farol. Luego, sin precipitaciones, haciendo las cosas ordenada-mente, comencé a desmontar la tienda.
Cuando hube empacado todas mis pertenencias, cargué la mochila al hombro, salté la tapia del jardín y, silbando tranquilamente, me largué por donde había venido.

999. Anonimo

Sin amo, sin casa, sin nombre


Esta es la historia de un perrito que no tenía, amo y naturalmente no tenía casa, y por supuesto no tenía nombre. Cuando yo lo conocí, que ya para entonces tenía las tres cosas, le dije que me extrañaba mucho que se hubiera quedado sin casa, si seguramente tuvo varios hermanitos y se notaba que, aunque quizá nunca llegaría a merecer un premio en un concurso canino, no era tan corriente, sino que procedía de buenos padres. Me contestó que probablemente, como estaba tan chiquito cuando se perdió o lo abandonaron, no recordaba las circunstancias en que se había quedado en la calle. Bueno, su historia comienza cuando, aunque todavía cachorro, ya podía correr y recorrer lasa calles de la ciudad donde entonces vivía. Era muy triste vida la suya, verdadera vida de perros, porque casi nunca encontraba comida: unas veces se las disputaban otros perros más fuertes que él y otras veces algún muchacho malcriado lo perseguía a pedradas o puntapiés. Su instinto le decía que en los mercados era donde más probabilidades había de encontrar que comer, pero ahí había también más competencia de perros y afluencia de muchachos ociosos y crueles. Por fin, un día decidió a abandonar la ciudad y se dirigió al bosque vecino. Llevaba una media hora de corretear a lo largo de un sendero del bosque, cuando llegó a la orilla de un laguito. Allí estaba sentado en una piedra un enanito llorando amargamente y quejándose en voz alta: ¡Ay, ay, ay, mi pobre Bombi se va ahogar; ay, ay, qué desgracia, me voy a quedar sin mi queridísima Bombi! Al oír esto, se le acercó el perrito y le preguntó: ¿Qué te sucede, por qué estás llorando? Y el enanito, sin dejar de llorar, le contestó: Mira allá en medio del lago está mi esposa Bombi subida en una hojota de nenúfar; ella no sabe nadar ni yo tampoco, se va ahogar. Y el perrito le preguntó: ¿Por qué está haciendo subida en la hoja de nenúfar? Tu esposa, aunque también sea enanita como tu, ya es gente grande y no debería haberse subido a la hoja de nenúfar. Eso ordinariamente no lo hacen en los cuentos más que las ranas. Bueno, dijo el enanito, creyó ella que la hoja no se iba a mover y quiso saber (a las mujeres les gusta comprobar que no están sobradas de peso) si no es más pesada que una rana.
Y ya ves, de repente la hojota, con Bombi subida en ella, se desprendió de la orilla, y se ha ido alejando; como no sabemos nadar, ni ella se atrevió a arrojarse a tratar de llegar a donde yo estoy, ni tampoco me atrevo a ir por ella. Bueno, le dijo el perrito, ya no te apures, eso tiene remedio: yo voy a irme nadando hasta donde está tu Bombi y te la traigo ¿De veras?, -dijo entre sollozos el enanito- yo te lo agradeceré muchísimo y te pagaré todo lo que me pidas si me devuelves sana y sana a Bombi. Y dicho y hecho, se lanzó al agua el perrito y se fue nadando ( al estilo perruno) por supuesto, no se crean ustedes que sabía crol (crawl), y al llegar a donde estaba la enanita, con los dientes cogió por un extremo la hoja de nenúfar, y nadando, nadando, manoteando, manoteando, la llevó empujando hasta la orilla del laguito; el enanito le dio la mano a Bombi para que saltara de la hoja y saltó Bombi y se puso en tierra firme sin siquiera mojarse los pies. Mientras el perrito se sacudía para secarse (lo hizo a buena distancia de los enanitos para no salpicarlos), éstos se abrazaban y se besaban sin descansar, comen-tando encantados la forma como se había resuelto su problema que podría haber terminado en tragedia. Luego que se abrazaron y besaron todo lo que les pareció conveniente, llamaron al perrito, y Bombo (así se llamaba el enanito) se puso a acariciarlo y a darle las gracias con gran entusiasmo y le recordó que le había prometido pagarle todo lo que le pidiera y que deseaba cumplir desde luego su promesa. Pos mira qué manera tan satisfactoria de ser recom-pensado sería para mí que tu esposa y tú se convirtieran en mis amos; eso es lo que ando buscando desde hace muchos días: conseguir un amo, y parece que ya se me hizo. Por supuesto,-dijeron al unísono los dos enanitos, - también nosotros teníamos desde hace mucho tiempo ganas de tener un perrito, y tú nos pareces muy bueno y muy simpático y estamos seguros de que vas a sernos muy fiel; de manera que ya sabes que desde este momento te adoptamos. Qué felicidad, -exclamó el perrito, nunca imaginé que iba a conseguir tan pronto unos amos tan bondadosos como ustedes; les prometo ser un perro obediente. Y aquí termina la primera parte de este cuento: ya el perrito tiene amo. Ahora ya tenemos en camino de su casa a Bombo, Bombi y su perrito. Dentro del bosque vivía una colonia entera de enanitos, unas cincuenta familias. La casa de Bombo era subterránea, como todas las demás casas de la colonia y como son en todo el mundo de los cuentos las casa de los duendecillos. La entrada a la casa era un agujero en el tronco de un árbol. Entraron por ese agujero el par de enanitos e invitaron al perrito a que los siguiera. Y aquí empezaron nuevas dificultades: a pesar de que el perrito era todavía un cachorrito, no cupo por el agujero; imagínense ustedes cuando crezca lo que tiene que crecer. Ya recordarán mis queridos lectores que los enanitos de mis cuentos tienen de estatura quince centímetros o seis pulgadas; bueno, más o menos, siempre hay unos más altos y otros más chaparros que los demás.
Ni a Bombo ni a Bombi ni al perrito se les ocurrió en ese momento la solución de tan peliagudo problema. Entonces convocaron a asamblea general de la colonia de enanitos para que alguien sugiriera la mejor forma de resolverlo. Cuando se completó el quórum y se declaró debidamente iniciada la sesión, todos estuvieron de acuerdo en que no resultaba nada conveniente hacer más grande el agujero del árbol, por que entonces habría también manera de que se metiera algún otro animal poco amigable o demasiado listo, empezando por algún conejo recién cazado; perdón me equivoqué de ortografía, quise decir casado (con ese); que quisiera ahorrarse el trabajo de fabricar su madriguera para su luna de miel. Tras de haberse discutido el asunto y haber soportado discursos largos y aburridos de algunos enanitos presumidos que querían lucirse, se llegó a la opinión general de que debería hacérsele al perrito una casa junto al agujero del árbol. Pero como los duendecillos siempre han vivido bajo tierra, no saben hacer casas de madera ni de mampostería, y una casa de asbesto cemento, como las que venden para los perros en las tiendas de departamentos, sería un verdadero adefesio antiestético en medio del bosque. Por fin uno de los enanitos se le prendió el foco y tuvo una idea luminosa: había visto en un campo no muy lejos, una calabaza gigantesca, de cerca de un metro de diámetro, que resultaría perfecta para que vaciada y luego barnizada por dentro y por fuera, sirviera de habitación al perrito. Todos aprobaron la idea y se dirigieron a donde estaba la famosa calabaza; la encontraron, le hicieron por un lado el agujero del tamaño suficiente para que pudiera entrar el perrito, todos fueron a sus casas y trajeron unas cubetas de plástico que habían comprado unos días antes, en una oferta especial de los Grandes Almacenes Tienen todo, cada quien llenó su cubeta con relleno de la calabaza para luego hacer dulce; cuando quedó vacía invitaron al perrito a que se metiera y comprobaron que iba a quedar muy cómodamente instalado. Pero no habían tomado en cuenta un pequeño detalle: la calabaza convertida en casa para perro estaba a media legua de la casa de Bombo y a esa distancia no iba a ser útil, para que el perrito estuviera cuidando la casa de sus amos. No se dieron por vencidos: otro de los enanitos propuso que se usaran troncos de arbusto del largo y grueso convenientes para que sirvieran de rodillos y poniéndose debajo de la calabaza la pudieran empujar o arrastrar hasta llevarla junto a la entrada de la casa de Bombo. Cómo eran el número suficiente de enanitos y todos trabajaron con mucho entusiasmo, en menos de dos horas ya tenían la dichosa calabaza en el lugar conveniente a un lado del agujero del árbol. Con ladrillos le hicieron una base para que no se fuera a humedecer y podrir el fondo de la calabaza, la montaron en esa base y la barnizaron por fuera y por dentro para hacerla impermeable, le pusieron la cama de paja seca en el piso. Después de que una comisión de dos enanitos inspeccionó debidamente la obra terminada y rindió un informe favorable, se volvió a invitar solemne-mente al perrito a que se instalara y él declaró que todo había resultado a la perfección. Bombo y Bombi dieron las gracias a toda la concurrencia y la obsequiaron con galletitas y refrescos hechos por Bombi, que era muy lista para esos asuntos. Y aquí termina la segunda parte de este cuento; ya el perrito también tiene casa. Espero que no se han aburrido los lectores con estas dos partes y seguirán dispuestos a leer u oír la tercera parte, en que se tratará de lago tan importante como es el de darle nombre a nuestro perrito. Así es que ya tenemos al perrito encantado por haber conseguido tan felizmente unos amos inmejorables y una casa como la puede tener ni el mejor perro del mundo. De día se la pasa dormitando metido en su cómoda calabaza o correteando en persecución de las mariposas del bosque; de noche está siempre vigilando muy celosamente la casa de sus amos. Todos los enanitos de la colonia están complacidos de la presencia del perrito por que de paso cuida también a todos y avisa con sus ladridos de la proximidad de cualquier extraño, hombre o animal, que pudiera significar un peligro para los enanitos. Todos lo quieren mucho y al pasar lo acarician y él les contesta con meneos amistosos del rabo, con brincos y hasta con una que otra lamida. Ya habían pasado varios días de esa vida tranquila y sin incidentes hasta que uno de los enanitos (en todas partes hay gentes que se meten en lo que no les viene) amonestó a Bombo por haber descuidado de hacer lo primero que debe de hacer el dueño del perro: ponerle un nombre a su gusto. Tiene toda la razón ese metiche, pensó Bombo, ha habido negligencia de mi parte; mi perrito necesita tener desde luego un nombre bonito y apropiado. Consultó el asunto con su Bombi; pero no se pudieron poner de acuerdo. Bombo quería de nombre César, Nerón, Napoleón y Bombi se oponía porque decía que esos nombres aparte de estar choteados, son apropiados para perros grandotes y su perrito no iba a crecer tanto para que le quedara bien el nombre de esos. Y cuando Bombi sugería que se le pusiera Pirrín, Chatito, Primor, Chinito y cosas así, Bombo protestaba diciendo que esos son nombres para gatos u otro animal insignificante y no para un perro tan valiente. No hubo más remedio que volver a convocar a la asamblea general de la colonia de enanitos, para tratar un negocio de tanta importancia y trascendencia. Reunida la asamblea resultó peor la cosa, porque cada quien reclamaba a gritos que los demás aceptaran el nombre disparatado que él se le ocurría. Por fin uno de los enanitos propuso que se abriera un concurso y él ofreció como premio un traje nuevo de enanito que él había comprado en la barata del Día del Compadre de los famosos Grandes Almacenes Tienentodo. Era una primoroso traje completo incluyendo desde gorro puntiagudo hasta zapatillas de punta retorcida para arriba, todas las piezas de dos colores, una con el lado derecho verde y el izquierdo amarillo, otras con la mitad derecha amarilla y la izquierda verde, en fin, un verdadero traje de lujo para duendecillo.
Todos los enanitos se sentaron en círculo al rededor de una canasta, a la que cada uno echó un papelito muy bien doblado en el que habían puesto su nombre y el nombre que él proponía para el perrito. Bombo revolvió muy bien todos los papelitos y dijo que los iría sacando al azar; si el nombre que venía en el papel no merecía la aprobación de la asamblea, sería destruido ese papel sin mencionar el nombre del autor, para no avergonzarlo. Fue una idea con-veniente, por que la mayoría de los nombres eran tontos, absurdos, inadecuados. Imagínense que algunos pusieron nombres como mango, martillo, pistola, pato, etc., y otros chinchín, priqueto, profuncio, cuasimodo, etc. Total, que ya iban más de veinte nombres y ninguno servía ni gustaba. Por fin salió un nombre que a todos agradó, empezando por el perrito que al oírlo prorrumpió en ladridos de satisfacción. El nombre premiado fue: Valientín. Todos felicitaron al autor, que inmediatamente recibió el traje y fue a cambiárselo y se presentó ante la asamblea con una flamante indumentaria. Bombo se dirigió al perrito y le dijo muy solemnemente: Desde este momento eres Valientín; a ver, Valientín, ven a dar las gracias. Y Valientín dio la vuelta al ruedo ante toda la concurrencia luciendo su nombre con enérgicos ladridos y entusiastas meneos de rabo. Y ya ven ustedes como este afortunado Valientín, antes un infortunado perrito, sin amo, sin casa, sin nombre, tiene ahora todo lo que anhelaba: bondadosos amos, comodísima casa y sonoro y apropiado nombre. Para terminar, hay que hacer constar que Bombo se acordó del dicho "Después del niño ahogado tapan el pozo", y para que no pudiera volver a suceder lo que le sucedió cuando Bombi se le ocurrió treparse a la hoja de nenúfar, consultó la sección amarilla y tomaron Bombi y él, clases de natación y ya ahora en algún día de sol y en alguna noche de luna, atraviesan nadando muy contentos, en compañía de Valientín, el famoso laguito. A que ninguno de mis lectores ha visto a un duendecillo en traje de baño, ni menos a una duendecilla en bikini.

 999. Anonimo

Simbad el marino


Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdad vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
-¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas  por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...
"Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdad..."
Llegado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.
Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...
"Volví  a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar."
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...
"Hubiera podido quedarme en Bagdad disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo  y escapamos de aquel espantoso lugar.
De vuelta a Bagdad, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..."
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.
"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdad cargado de joyas..."
Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.
"Regresé a Bagdad y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los pade-cimientos."
Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de  ningún fardo...

999. Anonimo

Secuestro aéreo


Estaban sentados en una mesa apartada del bar del aeropuerto. Un hombre bajo y otro alto, sin ninguna característica especial que les apartara de la vulgaridad. Pero su conversación, mantenida en un tono suave, sí que podía considerarse como interesante. Quizá la policía, que ya conocía de sobra, y no para bien, a aquellos dos personajes, se hubiera mostrado especialmente interesada, en efecto.
-No se trata de probabilidades -gruñía el más alto-. Es seguridad, certeza. Todo tiene que salir bien, convéncete.
El segundo no se convencía.
-Esos asuntos han pasado ya a la historia -dijo, tozudo-. Escucha, Lenny, me estás proponiendo el camino más corto para la cárcel. ¿Es que no te has enterado cómo funcionan ahora las medidas de seguridad de los aero-puertos? Todo el que se acerque al avión tiene que pasar por los rayos, y en cuanto esos chismes olfateen la matraca, por muy bien que la lleves escondida, ya te has caído con todo el equipo. Que no, hombre, que no, que la época de los secuestros aéreos ha pasado ya.
El llamado Lenny suspiró hondamente.
-Estás hablando de las grandes compañías, de los vuelos de línea. Mira, yo me refiero a un avión pequeño, de la Flying Broom.
-¿La Flying Broom? -bizqueó el otro, divertido. ¿Y qué es eso?
-Una pequeña compañía independiente que se dedica a los vuelos charter. Bueno, ¿hablamos?
-De acuerdo -se decidió el hombre bajo, aún no muy convencido. Hablemos.
Lenny miró a derecha e izquierda, y luego puso sobre la mesa unos cuantos papeles.
Aquí tienes el aeropuerto de Nestorville, de donde saldrá el vuelo. Apartado, descuidado y casi sin vigilancia. Si engraso un par de bolsillos, podremos pasar por aquí y por aquí, entrar en la pista como si fuéramos un par de cargadores y meternos en el departamento de equipajes inmediata-mente después de que suban las maletas. ¿Hasta ahí todo bien?
-Hasta ahí. Estamos en el compartimento de equipajes y, suponiendo que no nos descubra alguien, allí estaremos hasta que el avión aterrice de nuevo y la policía nos pase a recoger.
Lenny hizo un amplio gesto de negación, mientras extendía un nuevo pliego.
-De ninguna manera. Este es el plano del avión, un birreactor Silvershine de la Lockeed. Podremos escondernos en este compar-timento de herramientas hasta que el avión esté en vuelo, y luego pasar por aquí y convertirnos en una sorpresa desagradable en la cabina de pasajeros.
El hombre bajo quedó contemplando el plano con gesto dubitativo.
-Bueno, tal como lo presentas, puede resultar- admitió. Pero queda otro problema. ¿Quién viaja en ese avión? Por el modelo del cacharro y el aeropuerto de salida, bien puede ser una turba de emigrantes mejicanos. El gobierno haría oídos sordos a toda exigencia y esperaría a que se terminara la gasolina y el avión se estrellara en el suelo con ellos y con nosotros.
Pero la sonrisa de Lenny se amplió, al tiempo que extendía los últimos papeles sobre la mesa.
-¡De mejicanos, nada! -rió-. Fíjate en la lista de pasajeros. Diecisiete en total, pero sin desperdicio. Mira quién aparece en primer término.
El otro leyó, alzó los ojos y dejó escapar un suave silbido.
-No me explico por qué ese fulano no viaja en su propio avión particular... Meterse en un vuelo charter en un cacharro como ese Silvershine...
-Se trata de una especie de congreso o algo por el estilo -dijo Lenny sin comprometerse demasiado. Para mí que esos pájaros no quieren llamar la atención. Pero fíjate en esta foto. Un amigo mío la hizo en una fiestecita que dieron esos tipos en el Imperial Hotel de Nueva York, antes de empezar los preparativos del vuelo hacia su reunión o lo que sea. ¡Fíjate en las pieles! ¡Y en la joyas! Esa gente dará todo lo que le pedimos a cambio que los dejemos aterrizar libres y en paz.
-Pues me estás convenciendo -rió a su vez el otro. Lo que no comprendo es cómo no se te ocurrió dar el golpe tú sólo, si lo ves tan fácil...
Lenny guiñó un ojo.
-¿Es que te parezco novato? Para un secuestro aéreo hacen falta dos, por lo menos. Cada uno cubriendo al otro. Uno solo resulta demasiado vulnerable; un descuido y se te echan encima. De manera que me dije a mí mismo, ¿quién sino el viejo Gus para colaborar en un asunto como éste?
-Se agradece la intención. Y ahora pasemos a concretar detalles...

* * *
Gus se removió, inquieto. Hacía tiempo que la canción de los reactores llegaba hasta su incómodo escondite. El avión llevaba un buen rato en vuelo.
-¿Vamos?
Lenny consultó su reloj de pulsera.
-Creo que sí. ¿Preparado?
Gus extrajo la gran Magnum negra que hasta el momento había guardado en el bolsillo, y quitó el seguro.
-Listo.
Lenny echó un apreciativa mirada al arma de su compinche. El mismo iba provisto de un antiguo revólver de tambor, viejo pero de mortal eficiencia.
-En marcha, entonces.
Abandonaron el estrecho compartimento y caminaron cautamente por entre los bultos de equipaje. Sin ninguna dificultad alcanzaron el conducto que debía llevarles hasta la portezuela que se abría en la cabina de pasajeros, justamente detrás de los lavabos. El conducto era angosto, y Gus murmuró un par de ternos mientras se abría paso por él.
La portezuela se abrió cuando Lenny la empujó con suavidad. Asomando apenas la cabeza, el secuestrador pudo atisbar el tranquilo interior de la cabina, un espectáculo clásico de los vuelos aéreos. Apacibles conversa-ciones, un par de personas leyendo el periódico, alguien dormitando, la azafata cruzando entre los asientos.
La azafata.
-Cúbreme -susurró Lenny a su compañero- y luego reúnete conmigo.
Abrió la puerta y se puso deliberadamente en marcha, ni muy lentamente ni muy aprisa, hacia la azafata. Vio como los ojos de la muchacha se fijaban en él, y al cabo de un momento se agrandaban con la sorpresa. Pero ya  estaba junto a ella.
-¡Esto es un secuestro! -gritó, pero no demasiado alto. No quería alarmar aún, si podía evitarlo, a los pilotos-. ¡Que nadie se mueva de su sitio!
  Aquel era el momento malo. Las mujeres podían empezar a gritar, incluso era posible un ataque de histeria. Y alguno de los pasajeros varones podía creerse héroe e intentar desarmarle. Lenny estaba dispuesto a no derramar sangre si no era absolutamente necesario.

Para esto estaba Gus. El mantendría quieto al pasaje, golpeando incluso a cualquiera que se pusiera tonto.
Pero no pasó nada. Ningún chillido, ninguna exclamación. Desde luego la atención de los pasajeros se vio instantáneamente atraída por lo que estaba sucediendo. Pero tal atención fue por completo pasiva. Como la de un grupo que se agolpa para ver una pelea callejera.
-Nadie sufrirá ningún daño- dijo Lenny, algo inseguro-. Mantén-ganse sentados y no pasará nada desagradable.
Gus estaba ya en el pasillo, esgrimiendo un arma a derecha y a izquierda. Los pasajeros le contemplaban con curiosidad. Había hombres, mujeres y aun algunos niños. Incluso éstos se mostraban tranquilos, y ninguna madre hizo gesto alguno de protección hacia ellos.
Lenny sintió un tufillo de anormalidad, pero luchó por dominar su inquietud. Vista la cosa de manera objetiva, el asunto se estaba desarro-llando a la perfección.
-Vamos a la cabina de pilotaje -indicó a la azafata.
La chica se puso en marcha, sin protestar ni gemir. Lenny la mantenía cogida del cuello con el brazo, mientras con la otra mano encañonaba su sien derecha. Pero ella no parecía alarmada, y su marcha hacia el puesto de pilotaje seguía su mismo ritmo que su anterior paseo por entre los asientos de los pasajeros, antes de la emergencia.
Había dos pilotos en la cabina. Ambos se volvieron al entrar Lenny, ambos contemplaron el cuadro de la azafata aprisionada y el revólver dirigido hacia ellos, y ambos dieron muestra de una leve sorpresa. Exactamente como los pasajeros.
-Es un secuestro -dijo Lenny. No hagan ningún movimiento brusco y no les pasará nada.
El piloto dirigió la mirada hacia su segundo.
-Vaya, un secuestro -dijo, como si la cosa no tuviera importancia.
El otro hizo una mueca, como de contrariedad.
-Sigan la ruta como antes -ordenó Lenny-. De momento no hagan ninguna llamada por radio fuera de lo habitual.
-No veo motivo para hacerla -estuvo de acuerdo el piloto.
La serenidad de aquella gente empezaba a poner nervioso a Lenny. ¿Acaso se trataba de una trampa de alguna clase? Echó algunas desconfiadas miradas a su alrededor. Luego asomó la cabeza para ver cómo le iba a Gus con el pasaje. Todo estaba tranquilo por allí también, incluso dos pasajeros habían vuelto a abrir sus periódicos. Gus hizo un gesto de incomprensión hacia él.
-¿Quieren que le llevemos a Cuba, o algún sitio semejante? -preguntó el segundo piloto con amabilidad.
Aquello desquició los nervios de Lenny.
-¡Un infierno para Cuba! -gritó, agitando el revólver bajo la nariz de su interpelante. Queremos dinero... pasta... ¿entiende?
El otro se encogió de hombros.
-¿Qué se supone que tenemos que hacer? -preguntó.
-Seguir volando, de momento. ¿Cuánto tiempo queda para el aterrizaje?
El piloto consultó el reloj.
-Hora y cuarto.
-Bien. Cuando lleguemos sobre el campo, empezarán a dar vueltas alrededor, sin descender. Entonces comunicaremos a la torre de control y pondremos nuestras condiciones. ¿Cómo estamos de combustible?
-Podríamos estar cinco horas dando vueltas -dijo el piloto.
Lenny hubiera jurado que el otro aviador ahogaba una risita, y eso no le gustó nada.
-No hagan ninguna tontería -dijo, nervioso. Les advierto que puedo pilotear perfectamente este aparato por mí mismo.
Aquello, desde luego, era un farol, pero los dos pilotos no parecieron advertirlo. Se limitaron a asentir.
Continuó el vuelo, apacible como si nada extraordinario ocurriera. Ningún pasajero se manifestó enfermo, ni nadie pidió ir a los servicios. Dos niños, que viajaban junto a las ventanillas, trans-firieron pronto su atención al espacio exterior. Un sujeto gordo y colorado cerró los ojos y pareció dormitar. Tan sólo las con-versaciones habían cesado por completo. La mayoría de los pasajeros contemplaban con curiosidad a los secuestradores.
Lenny había soltado a la azafata, tras recomendarla «que no hiciera ninguna tontería», a lo que la chica asintió seriamente.
Gus se acercó, sin perder de vista al pasaje.
-Oye -susurró, nervioso, ¿qué les pasa a éstos fulanos? Se diría que no se han enterado todavía de lo que está pasando.
-Tú, tranquilo -le replicó Lenny. No les quites ojo de encima. Si pasa algo extraño, llámame enseguida. Procura no disparar si no es absolutamente necesario.
La hora de llegada al punto de destino se acercaba. Lenny cedió a Gus la vigilancia de los pilotos y se encaró con los pasajeros.
-Señor Braggs -llamó.
Un hombre de mediana edad, alto y elegante, enarcó una ceja con aire interrogativo.
-Venga aquí, por favor.
El hombre se levantó de su asiento, pidió paso cortésmente a su compañero de la derecha, y se dirigió hacia Lenny. Aquel era el personaje cuyo nombre le había hecho silbar a Gus cuando le vio en la lista de pasajeros.
-Usted será nuestro portavoz -le dijo Lenny. Exigimos cuatro millones de dólares, pagados en el mismo aeropuerto, y combustible para llegar a Jamaica.
-¿A Jamaica? -sonrió Braggs. ¿No está un poco lejos?
-Si es necesario haremos otras escalas -replicó Lenny, irritado-. No se preocupe por eso. Usted sólo tiene que decir lo que se le ordene.
Braggs sonrió de nuevo, con la expresión de una persona mayor que debe tratar con un niño caprichoso.
-Escuche usted, quienquiera que sea -dijo. Tenemos que asistir a un congreso de gran importancia, que no admite el menor retraso. De modo que haría bien en olvidarse todas esas fantasías de Jamaica y los cuatro millones de dólares. Tenemos que aterrizar según el horario previsto.
Lenny se engalló.
-¿Sí? -preguntó con ironía. Pues me temo que tendrán que cambiar de planes. Usted hablará ahora por radio con la torre de control, y expondrá nuestras condiciones. Desde luego todos ustedes son rehenes, y vendrán con nosotros hasta que el asunto haya terminado, tanto si es en Jamaica como en la Conchinchina. El congreso tendrá que pasarse sin su presencia.
-El congreso no puede pasarse sin nuestra presencia -enunció el otro con placidez.
Iba Lenny a responder, pero se vio interrumpido por un grito de Gus.
-¡Lenny! ¡Lenny! ¡Ven pronto, maldita sea! Estos tíos están descendiendo.
Olvidándose por un momento de Braggs y del resto del pasaje, Lenny saltó hacia la cabina de los pilotos. Notó, que, en efecto, el aparato había iniciado el descenso.
-¿Qué hacen? -gritó. ¡Les dije que no descendieran!
-Estamos llegando al aeropuerto -informó cansadamente el piloto. Tenemos que iniciar el descenso para aterrizar.
-Y no tenemos tiempo para jueguecitos -terminó el copiloto.
Lenny se atragantó, pensando si haría bien disparando sobre alguno de aquellos hombres que le desafiaban. Por fin dirigió el arma hacia la azafata, que se encontraba sentada tranquilamente en un butacón lateral.
-La mataré a ella -anunció. Luego dispararé sobre los pasajeros, uno tras otro. Hasta que  entren en razón.
-Bueno -era Braggs quién había hablado, desde la puerta de la cabina. Johnny, hijo, creo que deberíamos dar algunas vueltecitas en el aire antes de aterrizar.
El secuestrador respiró, pensando haber vencido. Pero la expre-sión del piloto le desengañó. Indicaba claramente que en aquella frase había un subentendido, que aquella maniobra nada tenía que ver con la exigida por él.
-¡Lenny! ¡Lenny! -llamó de nuevo Gus, esta vez desde el recinto de los pasajeros.
Acudió al llamado, y no pudo evitar un respingo. Los pasajeros se estaban levantando de sus asientos, sin ninguna prisa, sonrientes. Algunos desabrochaban sus cinturones de seguridad, que hasta entonces había mantenido en función. Era un movimiento lento e implacable, con la potencia irresistible de un fenómeno natural.
-¡Quietos! -gritó Lenny-. ¡Quietos todos ahí!
-Me temo que han cometido los dos una seria equivocación al elegir este avión como objetivo -dijo Braggs, con acento de pesar-. Ahora ya no podemos retroceder, ni olvidar.
-¿Es que creen que no dispararemos? -aulló Lenny-. ¡Ahora verán! ¡Ahora verán!
Sentía una terrible furia, pero muy mezclada con miedo. Saltó hacia atrás, entró en la cabina de pilotos y regresó arrasando a la joven azafata. La arrojó contra la pared del fuselaje. La muchacha sonrió.
-¡Por última vez, vuelvan a sus asientos!
La marea humana continuó su lento avance. Hombres, mujeres y niños, paso a paso.
Lenny disparó su revólver. La bala alcanzó de lleno la frente de la azafata, atravesó su cabeza y se incrustó en el tabique de plástico, tras ella. La muchacha se sacudió fuertemente al recibir el impacto, mientras en su frente aparecía una horrible marca roja.
Pero casi al instante la marca se cerró, como en un guiño malévolo. La azafata recuperó el equilibrio y sonrió graciosamente.
Lenny gritó con todas sus fuerzas, apartándose de la mujer que le sonreía. Como un eco al suyo, oyó tras él el alarido de Gus.
-¿Quiénes... quiénes son todos ustedes? -preguntó histéricamente.
Braggs abrió los brazos.
-No somos nadie -dijo. El mundo ha dejado hace mucho de creer en nosotros, y en nuestros congresos, que antes llamaban con un curioso nombre... -sonrió él también, sin duda divertido ante el recuerdo. Formamos una comunidad muy unida, y nos interesa que el mundo siga olvidándonos. No queremos despertar ciertos recuerdos que pudieran llevar a incidentes desagradables, como los sucedidos en el pasado.
La marea humana continuaba avanzando, con rostros festivos, enormes sonrisas, manos extendidas hacia el frente. Lenny, en el colmo del terror, oyó como Gus gritaba de nuevo tras él, y luego el terrible estampido de su Magnum.
Alzó el revólver y disparó contra el más cercano de los pasajeros... y luego contra otro... y contra otro...

* * *
El oficial de campo del pequeño aeropuerto de Salem levantó los ojos de la documentación para fijarse en el jovial rostro del piloto.
-Todo en regla -dijo. ¿Despegarán hoy de nuevo?
El piloto negó.
-Nos trasladaremos con nuestros pasajeros a la ciudad -dijo. Dejaremos el aparato a su cuidado tres o cuatro días.
-De acuerdo -afirmó el oficial. Deberán llenar los formularios, y abonar las tasas de estacionamiento. Por cierto, ¿a qué se debieron esas vueltas en torno al campo, antes de tomar tierra? ¿Tienen alguna avería?
-Nada de eso -dijo el piloto, con una sonrisa. Tuvimos que hacer unas... revisiones. Pero todo está en orden.
-Me alegro de ello -el oficial consultó de nuevo los documentos de vuelo-. Diecisiete pasajeros y tres tripulantes. ¿Han descendido todos? ¿No queda nadie dentro del avión?
-Absolutamente nadie -respondió el piloto. Los muchachos de mante-nimiento pueden limpiarlo, en cuanto lleguen las maletas. Ha sido un vuelo tranquilo y sin incidentes.
Se despidió y se unió  a sus dos compañeros de tripulación. El oficial bostezó, y siguió con la mirada al trío. Buena gente la de aquellas compañías pequeñas. Y en especial aquella de nombre tan curioso, Flying Broom (La Escoba Voladora), que parecía alusivo, sin duda casualmente, a algunos episodios de la vieja historia de la ciudad de Salem.
El oficial trasladó luego su atención al grupo de pasajeros que esperaban el equipaje. Gente educada, dictaminó, y sin duda económicamente fuerte.
Por un momento tuvo la extraña sensación de que aquellas per-sonas mostraban un curioso e indefinible aspecto de satisfacción, de saciedad. Charlaban apaciblemente, y sus gestos eran casi sensuales, sibaríticos, como si se hallasen complacidos por algo ocurrido en un pasado muy próximo.
Uno de los niños se relamió brevemente, como bajo el recuerdo de una reciente y apetitosa comida.

999. Anonimo




Secreto a voces


Un joven granjero llamado Juan, que se había sentado a la sombra de un árbol a descansar, oyó que un pájaro le decía a otro:
-Desengáñate, las mujeres no saben guardar un secreto.
Aquello hizo pensar a Juan, y se propuso averiguar si su joven esposa sabría guardar un secreto. Así que al día siguiente le dijo:
-Me ha ocurrido algo muy raro; he puesto un huevo, pero no se lo cuentes a nadie, porque me tomarían por una gallina.
El marido se fue a trabajar y la mujer se lo contó en secreto a su mejor amiga, y ésta a su vez, a su vecina. Todas creían que la confidente sabría guardar el secreto. Pero no era así. Y lo peor de todo fue que lo contaban corregido y aumentado, de modo que primero fue un huevo lo que ponía Juan, luego una docena, después cien, y así hasta dos mil.
Estaba Juan trabajando la tierra y una gitana que iba de camino, le dijo:
-Acabo de enterarme de un caso bien raro que ocurre en tu pueblo: hay un granjero que pone huevos por miles.
-¡Vaya, tenían razón los pájaros! -exclamó Juan, disgustado.

999. Anonimo

Scherezade


Hace muchísimos años, reinaba en Per­sia un sultán llamado Sharriar. Era des­pótico y caprichoso, además de feo y to­dos los días se casaba con una hermosa doncella a la que luego hacía llevar al "Va­lle del que no se vuelve". Esto sucedía siempre antes de que el alba despuntara.
El despótico sultán vio a la hija del gran visir, llamada Scherezade y decidió to­marla por esposa.
El gran visir, esto es, primer ministro, se llevó un susto de muerte, pues amaba mucho a su hija y conocía la crueldad del sultán.
La muchacha, por el contrario, decidió poner fin a las malas costumbres de su soberano.
Además de bonita, era alegre, ingenio­sa y lista. Cada noche, contaba un cuento al sultán, tan interesante y tan largo que, por saber el final, llegaba la aurora y con ella la vida de la muchacha se pro­longaba un día más.
Y así una noche y otra noche. Sharriar no se había dado cuenta de que era feliz.
La hermosa muchacha iba hilvanando sus maravillosos cuentos que han hecho las delicias de todos los niños del mun­do, como "Aladino y la lámpara maravi­llosa", "Alí Baba y los cuarenta ladrones"; "Simbad el marino" y tantos y tantos otros.
Pasaron así mil noches y una más. Ma­ravillado el sultán, perdonó la vida de la muchacha y la hizo feliz.
Las historias de Scherezade podéis leerlas en el libro titulado, "Las mil y una noches".

999. Anonimo

Riquete el del copete


El hada de nuestra historia estaba muy ocupada aquel día. Las reinas de dos países vecinos estaban a punto de ser mamás por primera vez. Y ella, como amiga de las dos reinas, debía estar presente, cuando los bebés nacieran, para darles sus bendiciones.
El primero en nacer fue un principito que era, pobrecito, muy requetefeo. Tenía un gran mechón de pelo, por lo que le llamaron Riquete, el del copete.
-¡Vaya niño más feo! -dijo el rey al ver a Riquete.
-Sí, pero cuando crezca tendrá una gran virtud -contestó el hada ante las palabras del rey.
-¿Una gran virtud? ¿Qué virtud? -preguntó la reina con gran curiosidad.
-Será feo sólo exteriormente, porque por dentro será el joven más sabio y bondadoso de cualquier reino. Y además, aquella persona a quien ame tendrá también esos dones -contestó la dulce hada mientras sonreía al mirar al bebé.
En el otro reino, nació una niña muy linda. Al verla, todo el mundo quedaba admirado de tanta belleza.
-Es una niña preciosa. ¡Es tan hermosa! -dijo la reina con gran cariño.
-Será el orgullo de nuestro país. Todos los príncipes vendrán a pedirla en matrimonio. -comentó el rey, muy feliz por su princesita.
-Es cierto, pero tendrá un defecto -dijo el hada que acababa de llegar del reino de al lado.
-¿Un defecto? -preguntó la reina muy preocupada.
-La niña será muy agraciada por fuera, pero un poco torpe e ingenua. Pero, no os preocupéis, porque no será así siempre -contestó el hada con una voz muy extraña.
Pasaron los años y Riquete, con su típico tupé, se hacía cada vez más bondadoso y sabio. Pero no era feliz. Su aspecto era bastante feo y, por eso, ninguna doncella le miraba.
La princesa, al contrariom, cada día gustaba más a los jóvenes por su belleza, pero todos se alejaban de ella cuando abría la boca para decir algo.
Un día, mientras la princesa paseaba por el bosque se encontró con un muchacho bastante feo, era Riquete. Tras asustarse un poco se dio cuenta de que era un muchacho de gran corazón e inteligencia. Riquete, nada más verla, sintió que se enamoraba de la princesita. Como se veían muchos días, se hicieron amigos.
La princesa aprendió muchísimas cosas de Riquete y daba gusto escucharla hablar sobre cualquier tema.
Con el tiempo se decía que la princesita no sólo era la más bella, sino que era prudente y sensata. Por eso el castillo se llenó de pretendientes de muchísimos lugares que iban a pedirla para esposa. Pero todos eran rechazados por la linda muchacha.
Un día llegó al castillo un apuesto joven. Era no sólo muy sabio, sino que, además, tenía un gran atractivo. Había algo que le diferenciaba: su gran copete.
-Soy el príncipe Riquete, el del copete, y deseo contraer matrimonio con la princesa más bella del mundo -exclamó ante la corte de palacio.
El amor no sólo había cambiado a la princesa sino también a Riquete. Como suele suceder entre las personas que se quieren bien.

999. Anonimo