Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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martes, 7 de agosto de 2012

Lección dada a un jorobado


Cuenta una historia que un jorobado, escuchando a un predicador, se le hacía difícil creerle sobre la perfección de la obra de Dios. Un día lo esperó a la salida de la iglesia y le dijo:
-Usted pretende que Dios lo hace todo bien, pero ¡mire cómo me hizo a mí!
El predicador lo examinó un instante y le contestó:
-Pero, amigo mío, ¿de qué se queja? ¡Está muy bien hecho para ser jorobado!

120. anonimo (francia)

La pava


Sucedió a mediados del pasado siglo, un año particularmente inclemente, en la costa al sur de Languedoc. El invierno, tardío, había sido muy riguroso, y la sequía se había hecho notar a partir de Pascua. Y, he aquí que, a finales de año, Marinette y Fernand se encontraban sin un céntimo. Habían renunciado hacía tiempo a la chimenea, que tiraba de forma caprichosa según soplara el viento, y sólo se calentaban con una vieja estufa, completamente desgastada por los fregados. Desde cuatro domingos antes de Navidad habían estado oyendo la voz de las campanas que la anunciaban: «¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! La Navidad se va. Déjadla marchar, que ya volverá». Al oír el repique de campanas, Marinette, que volvía de la montaña Negra, lejos, al norte, se puso a entonar una canción de su infancia: «A la venguda de Nadal, un bel capon dins cada ostal» (Por Navidad un hermoso pollo capón en cada hogar). Y le dijo a su marido:
-Necesitaríamos un buen capón, o mejor, una buena pava, y asarla para la cena de Nochebuena.
-Sí, pero ¿cómo? -le contestó Fernand. Sabes bien que la cosecha ha sido escasa, muy escasa.
-¿Y si vendiéramos la estufa y nuestro viejo caldero?
-¡Pardiez! -decide-. Hace demasiado tiempo que no hemos tenido una fiesta.
A partir del día siguiente, Marinette acechó el paso del ropavejero que se anunciaba desde lejos con el grito de «¡Se compran pieles! ¡Ropa, chatarra!». Y tan pronto como lo oyó salió a la puerta de la casa para detenerlo.
-¿Qué tal le va, señor Louis? Lo estaba esperando ¿Quiere comprarme mi estufa y mi caldero?
-Con mucho gusto, Marinette.
-¿Cuánto me ofrece usted?
-¡Ah! eso depende del peso. Enséñamelos.
La estufa y el caldero, muy desgastados, no pesaban demasiado y su precio no bastaría para comprar una pava. Marinette reflexionó y dijo:
-¿Y si además le diera dos lámparas de aceite de estaño que heredé de mis abuelos?
Después de haber examinado y pesado todo el lote, el señor Louis le dio un luis y 15 sous. Al día siguiente, víspera de Navidad, Marinette se levantó al alba para ir al mercado, donde compró una hermosa pava de diez libras, totalmente desplumada. Mientras tanto, Fernand había ido detrás de la casa a coger dos haces de sarmientos y algunas cepas de viña, que había colocado allí para que se secaran después de la tala. Cuando llegó la tarde encendió fuego en la chimenea para colocar en él la pava en el asador. Marinette la había preparado con un buen relleno, y unas castañas se asaban lentamente en un extremo del fuego. Por fin, la pava estuvo dorada, con una piel crujiente, a gusto. Marinette y Fernand se disponían a sentarse a la mesa cuando, de repente, un perro vagabundo, un bastardo gris, empujó la puerta, entró en la habitación y se dio una vuelta por ella.
-¡Oh! mira -exclamó Fernand. ¿Has visto ese perro perdido?
-¡Eh! ¡es una perra, hombre! -replicó Marinette.
-Para mí que es un perro -aseguró Fernand.
-¡Pues bien! yo te digo que es una hembra -insistió la testaruda de Marinette.
Empezaron a discutir y argumentaron hasta que la pava tuvo tiempo de enfriarse. Finalmente, al límite de su paciencia, Fernand agarró el plato en el que había colocado la pava para partirla, y arrojó su contenido por la ventana, con un gesto de rabia. El perro, que había vuelto a salir y esperaba que le ofrecieran algún hueso, atrapó la pava y se fue a las viñas cercanas a devorar aquel banquete de Navidad que le caía del cielo.

Traducción : Esperanza Cobos Castro

120. anonimo (francia)

Jeanne et brimboriau


Un día, un mendigo pasó por una aldea pidiendo limosna; llamó a la puerta de una casa en la que vivía un hombre llamado Brimboriau con su esposa, Jeanne. Jeanne, que se encontraba sola en casa, acudió a abrir:
-¿Qué desea?
-Un trozo de pan, por favor.
-¿Adónde va usted?
-Al Paraíso.
-¡Ah!, muy bien -dijo la mujer. ¿No podría usted llevarle un pan y provisiones a mi hermana que está en el Paraíso desde hace tiempo? Debe carecer de todo. Si pudiera enviarle también ropa me quedaría muy contenta.
-Le haría ese favor de todo corazón -contestó el mendigo- sólo que no podré llevar tantas cosas. Necesitaría por lo menos un caballo.
-¡Ah! ¡por eso que no quede! -dijo la mujer. Coja nuestra Finette, y luego nos la devuelve. ¿Cuánto tiempo le llevará ese viaje?
-Estaré de regreso dentro de tres días.
El mendigo cogió la yegua y se marchó cargado de ropa y provisiones. Poco después regresó el marido.
-¿Dónde está Finette? -preguntó.
-No te inquietes -contestó su mujer. Hace un momento ha venido un buen hombre que se dirigía al Paraíso. Le he prestado a Finette para que le llevara a mi hermana ropa y provisiones que debe estar necesitando mucho. Le he enviado de ambas cosas para bastante tiempo. El buen hombre regresará dentro de tres días.
Brimboriau no se sintió muy contento; sin embargo esperó los tres días. Al cabo de ese tiempo, al ver que la yegua no regresaba, le pidió a su esposa que lo acompañara a buscar al animal. Ahí van los dos recorriendo la campiña. Al pasar junto a un lugar en el que habían enterrado un caballo, Jeanne vio una de las patas que salía de la tierra.
-Ven rápido -le gritó a su marido. Finette está empezando a salir del Paraíso.
Brimboriau acudió corriendo y, cuando vio de qué se trataba, se enfureció.
Mientras tanto, llegaron unos ladrones que apresaron a Brimboriau y a su mujer. Encontraron, no obstante, forma de escapar y se llevaron consigo una puerta que los ladrones habían robado de una casa. Como se había hecho muy tarde, se subieron los dos a un árbol para pasar la noche; Brimboriau llevaba consigo la puerta. Poco después, el azar quiso que los ladrones vinieran a colocarse justamente al pie de aquel árbol, para contar el dinero que habían robado. Mientras estaban tranquilamente sentados, Brimboriau dejó caer sobre ellos la puerta. Los ladrones, aterrorizados, se pusieron a gritar: «¡Es el buen Dios que nos castiga!» y huyeron despavoridos dejando atrás el dinero. Brimboriau se apresuró a recogerlo, y le dijo a su mujer:
-No nos fatiguemos más buscando a Finette, ya tenemos con qué reemplazarla.

Traducción : Esperanza Cobos Castro

120. anonimo (francia)

El puente de la discordia


Mejor es prevenir cuanto antes: esta historia no le agradará a todos. Es comprensible y verán por qué: En el pueblo de Ardes-sur-Couze, en el Puy-de-Dôme, decidieron un día construir un puente sobre un río para ir sin esfuerzo a una venerable iglesia. El puente fue construido en piedra, de un solo arco y tan estrecho y arqueado que, al entrar en él por un extremo, no podía verse se alguien caminaba en sentido contrario. Así fue que, desde el primer día, dos gruesas cabras se encontraron frente a frente. Ninguna de las dos quería ceder el paso, por lo que llegaron a pelearse por pasar y a caer finalmente las dos en el agua. Al día siguiente, le llegó el turno a dos burras. El mismo rechazo a ceder el paso, la misma disputa y la misma caída en el río. En esas condiciones, decidieron prohibir el paso por el puente a los animales. Pero al tercer día, dos campesinas de los alrededores llegaron a encontrarse cara a cara. No lo hicieron mejor que las cabras o las burras y su querella terminó en el Couze... Por lo que inventaron un dicho: «Una cabra, una burra y una mujer, tal para cual». ¡Ya les decía yo que habría alguien que se enojaría al leer esta historia!

Traducción : Esperanza Cobos Castro

120. anonimo (francia)

El pilar que llora


En el período de terror que constituyen los años 1635-1636, durante el cual llegaron hordas de bárbaros procedentes de países nórdicos, Saint Nicolas du Port conoció su hora de desastres. Efectivamente, este período corresponde a la guerra de los Treinta Años, azote para la región lorenesa, por parte de bandas de suecos, húngaros, alemanes y croatas que lo pillaban, incendiaban y saqueaban todo a su paso.
La mañana el 5 de noviembre de 1635, los habitantes de Saint Nicolas de Port no tuvieron tiempo de ocultarse en el bosque cuando una numerosa banda de suecos se dirigía hacia el pueblo. Aterrorizados, los habitantes pensaron en refugiarse en la iglesia donde, en su opinión, se encontrarían más seguros. A lo largo de una semana, los asaltantes se movieron a sus anchas por el pueblo, quemando, saqueando, entregándose a numerosas comilonas y borracheras. Los infortunados aldeanos ansiaban desesperada-mente el final de su calvario, la marcha de aquellas hordas inmundas. Muy pronto, no quedó sino ruinas y cenizas en el pueblo. Sólo la iglesia permanecía en pie en medio de un paisaje apocalíptico. Los aldeanos verían por fin a la soldadesca bárbara desaparecer. Pero, desgraciadamente, los criminales suecos prendieron fuego al tejado de la iglesia. Fuego que, según dicen, podía verse desde Nancy. Luego forzaron la puerta del templo y degollaron y reventaron a la desdichada población refugiada en aquel lugar.
En el altar de santa Bárbara, el benedictino Dom Moye acababa de celebrar misa. Cuando se percató de la situación, corrió a refugiarse detrás del ancho pilar de la Torre de San Pedro. De inmediato, un sueco alto lo vio y corrió hacia él con intención de matarlo. En ese instante, el pilar se abrió y volvió a cerrarse con el monje dentro. Estupefacto, el soldado golpeó insistentemente el pilar, intentando destruirlo. Pero no lo logró.
En la actualidad, el pilar de la iglesia de Saint Nicolas du Port sigue conteniendo al desgraciado monje. Cuando se acerca el oído a la piedra, se escucha el lamento que el pilar parecer exhalar. Y cuando graves amenazas pesan sobre Lorena, el pilar rezuma abundantemente: dicen entonces que llora. Poco antes de las guerras de 1870 y 1914, pudieron verse grandes gotas deslizarse a lo largo de la piedra...

Traducción : Esperanza Cobos Castro

120. anonimo (francia)

El paraíso perdido


Había una vez en un bosque una pareja de carboneros, marido y mujer, desdichados como pueden serlo los carboneros cuando las cosechas son malas por todas partes y nadie se interesa por el carbón de leña. Se hallaban pues en la miseria y el pan les faltaba.
-¡Ah! -se lamentaba el carbonero.
-Todo esto -decía la carbonera, que hablaba más que su marido- todo esto sucede por culpa de nuestra madre Eva; aún estaríamos en el paraíso si ella no hubiera sido tan curiosa. ¡Maldita manzana! Tengo hambre.
-¡Ah! -suspiraba de nuevo el carbonero.
Pero he aquí que una mañana, llamaron a la puerta de su humilde choza y entró el rey, sí, el rey en persona.
-Buenos días carboneros; he sido informado de vuestra desgracia, ¡seguidme!
La pareja se apresura. El rey los hace subir a su carroza, el cochero azota los caballos y muy pronto la carroza se detiene ante el palacio real.
-¡Venid!
En el palacio, los carboneros fueron lavados junto a las estufas y vestidos con ropas hermosas. Inmediatamente después, los criados los condujeron al comedor donde una mesa los esperaba. Abrieron desmesuradamente los ojos y sus bocas se pusieron a segregar saliva. No faltaba sobre aquella inmensa mesa ni patés olorosos ni pescados en salsa ni carne de caza, ni otras viandas suculentas... Por no hablar de las frutas exquisitas, los pasteles y los vinos espiritosos.
-¡Comed! -les dice el rey- comed cuando queráis, todo es para vosotros. La mesa estará provista como ahora todo el tiempo que permanezcáis aquí. Os hago, no obstante, una recomendación: no destapéis jamás la sopera de oro que ahí veis. De lo contrario, la desgracia caerá sobre vosotros.
Lo juraron, apresurados por lanzarse sobre aquellos alimentos tan atrayentes.
-No tocaremos jamás esa sopera -prometió el carbonero.
-Por mi parte -dijo la carbonera- no sé siquiera que esa sopera existe, ni quiero saberlo...
El rey se marchó sin decir nada. Comenzaron entonces días de gran felicidad. La pareja se levantaba tarde, comenzaba a comer, se paseaba, asistía a las fiestas organizadas en su honor, y volvía a comer antes de irse a dormir. Y así sucesivamente. Los días pasaban uno tras otro. El carbonero y la carbonera engordaban a ojos vista. Seguían comiendo mucho, pero más lentamente que al principio, y la carbonera miraba cada vez más la sopera que reinaba en medio de la mesa.
-Me pregunto por qué el rey no quiere que la toquemos.
-No quiere y eso es todo.
-De acuerdo, de acuerdo... -La carbonera se callaba, pero no por ello dejaba de aumentar su curiosidad. Ésta le producía ardores de estómago y le impedía dormir por las noches: «Después de todo, sólo es una sopera, ¿qué puede tener de extraordinario?». Aguantó bastante tiempo sobre todo por su marido, pero finalmente no pudo aguantar más:
-Voy a abrirla justo un poquito.
-¡No lo hagas, desgraciada!
-¡Cállate, no eres sino un miedoso y un tonto!
La carbonera empujó a su marido, se inclinó sobre la mesa y cogió la sopera prohibida. Tan pronto como levantó la tapa, una rata salió de su interior y cayó al suelo. Justo en ese momento, mientras la carbonera gritaba por la sorpresa, entró el rey. Su ceño se frunció. También él gritó llamando a su guardia.
-¡Me has desobedecido y seréis castigados los dos!
Pese a las súplicas y lágrimas, los carboneros fueron despojados de sus bellos ropajes y se encontraron con los harapos de antes. Una carreta los devolvió hasta el corazón del bosque, hasta la puerta de su choza. Allí los abandonaron los soldados y se marcharon. Cuando la pareja dejó de lamentarse, el carbonero levantó la cabeza:
-Ya ves -dijo a su mujer. No hay que burlarse de nuestros primeros padres Adán y Eva: nosotros hemos hecho exactamente lo mismo que ellos.

Traducción : Esperanza Cobos Castro

120. anonimo (francia)

El diablo y el asno


Había una vez, en la región de Thiers, un viejo párroco de fe tan sincera que toda su parroquia del valle del Durolle se había transformado. Desde que él ejercía su ministerio, nadie cometía allí el más mínimo delito, robo o crimen de ningún tipo. Las mujeres, que habían renunciado a sus chismorreos, dedicaban sus escasos ratos libres a hacer encaje y pasamanería de tal calidad que venían a buscarlos desde Saint-Étienne. Los hombres, muchos de los cuales eran cuchilleros, se mostraban sobrios, absteniéndose incluso de blasfemar o de pelearse, y en la feria de ganado, donde siempre había existido algo de taimería, se habían hecho tan honestos que confesaban espontáneamente los defectos de los animales alineados para la venta. No es allí donde podría haberse construido, como en la ciudad vecina, para servir de ejemplo a los que pasaban, una casa de los siete pecados capitales. La influencia tan piadosa del párroco tenía al diablo loco de rabia, hasta el punto de que no dejaba de merodear por la región buscando en vano un alma a la que poder arrastrar fuera del buen camino. No era cuestión, desde luego, de acercarse al párroco que le obligaba a huir haciendo la señal de la Cruz. A la desesperada, se volvió hacia el asno del sacerdote. Mezcló ramas de espino con su ración de avena, se transformó en abejorro para volar constantemente ante su vista, le hostigó como un tábano, le hizo tropezar y se dedicó de todas las maneras posibles a volverlo loco. Pero el asno era tan dulce y paciente como su amo. Soportaba todos aquellos ataques sin dar coces ni quejarse jamás. La Nochebuena, la costumbre recomendaba que se le diera doble ración de alimento a los animales en memoria de la ayuda que prestaron en el portal de Belén. Viendo el día concluir, el asno esperaba pues su ración de avena con algo de gula, cuando, de improviso, vio llegar al sochantre de la parroquia, que le dijo:
-Mi buen asno, me gustaría que me hicieras un gran favor. Las ovejas van a empezar a parir esta noche y debo quedarme con ellas. ¿Aceptarías sustituirme en la misa de medianoche?
El asno había oído decir con frecuencia que, durante la Nochebuena, los animales reciben la facultad de hablar como los humanos. ¿Por qué no iba a aceptar, después de todo? Inclinó la cabeza como prueba de aceptación y entonces el sochantre le explicó:
-Bastará con que digas Amén de vez en cuando. Haz una prueba.
-Y el asno rebuznó.
-Muy bien, -aprobó el sochantre. Cantas más alto que yo. Todo el mundo te oirá bien y nuestro párroco se sentirá orgulloso de ti.
El sochantre desapareció como había venido sin que al asno, henchido de importancia ante la idea de representar aquel gran papel, se le ocurriera sorprenderse por nada. Sin embargo, habría debido sospechar que el que se transforma en mosca punzante o en murciélago, puede asimismo adoptar la forma de un viejo sochantre. Pero estaba ya ocupado en acicalarse. Se revolcó por el suelo para quitarse el polvo del lomo, se dio aquí y allá varios lengüetazos para que su pelaje brillara, golpeó sus cascos contra el muro para desprender la tierra, y los alisó pasándoselos por los corvejones.
Al oír el primer toque para la misa, se puso en camino, levantando mucho las patas como un caballo en un picadero que hace el paso español. Cuando llegó por fin a la iglesia, todo el pueblo se le había adelantado, los hombres se encontraban a la derecha, las mujeres a la izquierda, y el párroco estaba esperando ante el altar. Temiendo llegar con retraso para el primer canto, el asno se lanzó al galope por el pasillo central, frenó con las cuatro patas y se puso a rebuznar a pleno pulmón. Asustadas, las mujeres se pusieron a gritar y los hombres se lanzaron a cogerlo para llevárselo al exterior. El asno, que quería dar explicaciones, se negó a moverse, pero logró rebuznar más fuerte y con ello aumentó la confusión. Le dieron una tunda de garrotazos para hacerle callar. Él respondió coceando y, dándose la vuelta, huyó.
Los mozos del pueblo soltaron los perros y lo persiguieron tan bien que tuvo que irse al galope hacia el bosque de Moûtier. Fue tropezando de árbol en árbol y terminó por caer de rodillas, jadeante. En un claro del bosque que había delante de él, se esparció de repente una luz roja. Un olor a azufre impregnó el aire. El asno se sintió observado. Levantó la cabeza, vio al falso sochantre y supo que era el diablo el que allí lo esperaba. Totalmente confundido, comprendió que había caído de cabeza en una trampa, y había cometido un pecado de vanidad. Y ahora el diablo lo tenía a su merced... «Has querido jugar a ser sochantre -se dijo- y mira lo que te ha sucedido. Ahora juega a ser asno. Es tu última oportunidad para escapar de aquí». Y resopló, pareció incapaz de levantarse, tropezó y se dejó caer de nuevo pesadamente. El diablo soltó una burlona carcajada.
-¿Quién sois? -preguntó el asno. Os suplico que tengáis piedad de un pobre ciego. He debido saltarme los ojos al pasar por entre los espinos, y me faltan las fuerzas. Indicadme el camino hacia mi cuadra, por favor. Quiero exhalar mi último suspiro en casa de mi amo.
-Si te guío -preguntó el demonio- ¿qué me darás por molestarme?
-Antes que nada, me gustaría saber quién sois.
-Es muy sencillo, soy el diablo.
-Señor diablo, si así lo deseáis podréis recibir mi alma, puesto que es eso lo que se acostumbra a intercambiar con vos.
-Un alma de asno no es gran cosa, -dijo el otro. ¡Pero, en fin! Voy a subirme a tu grupa y te indicaré el camino a seguir.
-¡Oh! Estoy cubierto de moratones y demasiado débil para llevaros, como veis. Id por delante. Yo me orientaré sujetando la punta de vuestro rabo.
Sin ver en la propuesta malicia alguna, el diablo echó a andar seguido por el asno. «Voy a llevarlo al río -se decía- y al querer seguir mis pasos, se ahogará.»
-No vaya demasiado rápido, -protestaba el asno, detrás de él. No puedo más...
Llegaron por fin a la orilla del río. El diablo pensaba dar un salto hasta la otra orilla, porque en diciembre el río está muy frío.
-Agárrate bien -dijo, y camina. Sólo tiene que dar unos cuantos pasos más.
El asno, que veía perfectamente y había comprendido cuáles eran las intenciones del demonio, le mordió el rabo con todos sus dientes y se apoyó en una roca cercana en el momento en el que el diablo saltaba. El rabo se arrancó, quedando entre los dientes del asno, y el diablo perdió el equilibrio y cayó a la corriente helada. Se le oyó gritar de dolor desde la iglesia del pueblo.
El asno regresó al trote en el momento en el que la misa estaba terminándose. Depositó el rabo del demonio ante el buen párroco, que no tardó en comprender que su querido asno había sido víctima del Maligno, pero que había sabido tomarse la revancha. Le perdonó que hubiera interrumpido a misa y le concedió doble ración de avena, regada con vino caliente, en honor de aquella dulce noche de Navidad.

Traducción : Esperanza Cobos Castro

120. anonimo (francia)