Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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martes, 7 de agosto de 2012

El ave del paraíso


Al padre Anselme, un anciano monje del convento de Chaumont, le gustaba mucho pasearse por el bosque cercano, llamado Bosque de los Padres. A la sombra de los grandes árboles centenarios meditaba, recordaba, rezaba. Caminar a pie le era también beneficioso para la salud. Un día, como de costumbre, salió del convento después de haber intercambiado algunas frases con el hermano Jérôme, el portero. Hacía buen tiempo y el padre Anselme se perdió entre el boscaje, tranquilo y feliz. De repente, oyó el canto de un pájaro, un canto tan melodioso que se detuvo, sorprendido. Levantó la vista y vio un pájaro de resplandeciente plumaje, y de una forma particular, desconocida. El ave continuó con sus ligeros trinos, y el padre los sintió penetrar en su corazón y llenarlo de dulzura y de ternura nuevas para él. «¡Qué bello es!». Pensaba simultáneamente del canto y del ave. Súbitamente, el pájaro agitó las alas y echó a volar. El padre Anselme no pudo impedirse seguirlo, intentando no perderlo de vista. El ave voleteaba de rama en rama sin dejar de cantar. Con los ojos levantados, como fascinado, el monje seguía tras él. Muchas veces tendió las manos, tan cerca de él se hallaba el ave. Pero en el último instante, el ave escapaba y se iba más lejos... El encantamiento se prolongó. Finalmente, no obstante, el padre Anselme hizo un esfuerzo para recuperar el dominio de sí mismo: «Ya es suficiente -se dijo- debo regresar, si no mis hermanos se inquietarán, pues hace más de dos horas que estoy andando». Con pesar, abandonó el ave, y tomó el camino de regreso al convento, impregnado aún de su maravilloso encuentro. Pronto divisó el priorato; cuando llegó a la puerta, tiró de la cuerda de la campana. La campana sonó, la puerta se abrió y apareció la silueta de un monje desconocido.
-¡Vaya! -dijo el padre Anselme sorprendido- ¿el hermano Jérôme no está?
-No conozco al hermano Jérôme -respondió el nuevo portero.
El padre siguió mirándolo cada vez más sorprendido por su aspecto.
-¿Por qué lleva usted ese hábito? -preguntó. No es el de nuestra orden.
-Sí -contestó el otro. Mi hábito es el que llevan los monjes mínimos.
-¡Eh!, ¡eh!... Espere un momento: nosotros somos benedictinos, de la orden de san Benito de Cluny, y no monjes mínimos...
-¡Qué ocurrencia! -El portero sacudió la cabeza, tan sorprendido como su interlocutor.
-Pero estoy en el convento de Chaumont ¿no? -dijo el padre Anselme.
-Sí.
El monje se frotó los ojos, sintiendo su espíritu enajenado por algo incomprensible.
-Llame al prior, se lo ruego. Jean de Chalençon me explicará este misterio del nuevo portero y del nuevo hábito.
-Aquí no hay ningún prior que se llame Jean de Chalençon...
-¡Cómo! -gritó el padre. ¡Vaya a ver, pues su celda está cerca de la mía! ¡Estoy seguro!
-Lo siento.
El diálogo de sordos se prolongó. El portero creía que tenía que vérselas con un loco, y el padre Anselme estaba a punto de convertirse en uno de verdad... Ambos subían el tono de sus palabras; su ruido atrajo a otro monje que preguntó:
-¿Qué está ocurriendo? Soy el padre superior del convento...
-Pero... pero... -tartamudeó el padre Anselme- ¿y entonces que ha sido de Jean de Chalençon?
Contó su historia de nuevo, insistió, no comprendía nada; hace un rato, después del almuerzo, él, el padre Anselme, había salido a pasearse por el bosque, y ahora regresaba tranquilamente como siempre. ¿Qué sucedía en el convento? ¿por qué esos desconocidos? ¿por qué aquellos misterios? Frente a él, el superior lo escuchaba sin comprender. Al mismo tiempo, reflexionaba: el nombre de Jean de Chalençon le recordaba algo, sí...
-Padre -dijo suavemente, tiene usted razón, yo he oído hablar de Jean de Chalençon; era efectivamente el superior de este convento... Sólo que murió hace por lo menos doscientos años.
-Doscientos años... -murmuró el padre Anselme sofocado. Se dejó caer sobre un banco, sin decir nada más, con los ojos desorbitados.
-Espere -prosiguió el prior. Tengo que verificar todo esto. No se nueva de aquí. Ya regreso.
Se marchó corriendo hacia la biblioteca del priorato. Allí, revisó gruesos registros empolvados y terminó por encontrar lo que buscaba. Era lo que él pensaba: el padre superior Jean de Chalençon había muerto dos siglos antes... Y, de repente, el monje se sobresaltó: unas líneas por debajo de aquel anuncio de fallecimiento, la crónica del convento narraba la desaparición de un tal padre Anselme, que había salido un día a dar un paseo por el bosque, y no había regresado jamás. El libro cayó de las manos del prior. Completamente azorado, se dirigió hacia la entrada del convento. Demasiado tarde, ¡sólo encontró allí al portero!
-¿Dónde... dónde está el padre Anselme? -preguntó. El otro se encogió de hombros.
-Se ha marchado.
Por orden del prior, todos los monjes del convento se lanzaron a buscar al fugitivo. No hubo forma de dar con él. Algunos monjes contaron, como anécdota, que en el bosque, a lo lejos, habían oído el canto de un ave, mucho más bello, en su opinión, que los que se oían de costumbre.

Traducción : Esperanza Cobos Castro

120. anonimo (francia)

Culebra sera


Cuando san Menulphe o Menoux regresaba de Roma a pie hacia Quimper-Corentin-en-Bretagne, se hallaba muy fatigado al llegar al pueblo de Mailly-les-Roses, a orillas del Ours. Se detuvo para descansar, luego se estableció allí definitivamente, y llevó en soledad una vida de oración y meditación. Toda la región supo enseguida que el santo anacoreta era un enviado de Dios, que realizaba numerosos milagros, aliviaba a los desgraciados con su infatigable caridad, curaba los males de los inválidos y de los enfermos. Se le respetó y se depositó en él la máxima confianza.
En el pueblo de Mailly-les-Roses, antes de que cambiara ese bonito nombre florido por el de Saint-Menoux, convertido en su patrón, había una fuente de la que todas las gentes del lugar iban a sacar agua. Unas mujeres, al llegar un día a la fuente, vieron una gruesa serpiente que allí se bañaba. Su cabeza salía del agua, su boca dejaba ver un dardo amenazador y sus ojos lanzaban llama-radas de fuego. Las mujeres huyeron despavoridas, fueron a buscar a san Menoux y le suplicaron que los librara de aquel monstruo salido, sin duda, de los infiernos. El santo ermitaño se dirigió a la fuente, introdujo en ella su cayado, alrededor del cual se enrolló la serpiente. Cuando la hubo sacado del agua, la lanzó al aire diciendo: «Donde caiga, culebra será».
La bestia inmunda fue a caer a más de diez leguas de allí, entre Cérilly y Lurcy-le-Sauvage, en un territorio de aspecto desolado donde, después, se construyó una iglesia alrededor de la cual se fue edificando la aldea de Couleuvre (culebra).
La serpiente proliferó y atrajo a otros animales venenosos: víboras, sapos, escorpiones. Había tal cantidad que nadie se atrevía a acercarse a aquel lugar por miedo a recibir una picadura mortal. San Julián -la tradición no aclara si se trataba de Julián el Apóstata que venció el Galileo o de Julián el Hospitalario, pero asegura que había matado a su padre y a su madre sin saberlo-, al tener conocimiento de la gran desolación del lugar en el que había caído la serpiente de Menulphe, decidió vivir allí en un montaraz ascetismo, para espiar el doble parricidio que había cometido involuntariamente. Tan pronto como él llegó, todos los animales venenosos desaparecieron. Y no regresaron jamás. Julián construyó en primer lugar un oratorio, cerca del cual hizo brotar una fuente. Luego decidió construir una iglesia. Pidió a las gentes del lugar que le ayudaran, acarrearan las piedras e hicieran los muros. Todo el mundo se puso manos a la obra y, pronto, la iglesia salió de sus cimientos, se levantó con un frontispicio perforado por una puerta románica, una puerta lateral adornada con tímpanos esculpidos, una torre redonda con vanos de medio punto, sostenida por pilares y rematada por una alta fecha. Como todo el mundo colaboró, el trabajo avanzó rápidamente. Se cuenta, no obstante, que hubo tres jóvenes que decidieron no prestar su colaboración a la edificación común. Tramaron una farsa macabra para no trabajar, convencieron a uno de ellos de que se hiciera el muerto y lo colocaron, cubierto con una sábana blanca, sobre una carreta tirada por dos bueyes. Cuando llegaron al tajo, san Julián les dijo:
-Deteneos un instante y llevad vuestra piedra a la iglesia que levantamos a la gloria de Dios.
-No podemos -contestaron los jóvenes- porque llevamos un muerto.
-Entonces proseguid vuestro camino -dijo san Julián, y que todo sea como decís.
Preguntándose qué significaban aquellas palabras, los jóvenes aguijonearon a los bueyes y se pusieron de nuevo en marcha. Tan pronto como pensaron que el santo no podía verlos, levantaron la sábana e invitaron a su compañero a levantarse. Éste permaneció sin moverse. Los otros lo sacudieron. No se movió. Entonces compren-dieron el sentido de las palabras de san Julián, al constatar con terror que su amigo no daba ya señales de vida.
Pero Julián era incapaz de sentir rencor. Estimó que la lección que le había dado a los jóvenes era suficiente. Además la prometida del muerto fue llorando en su busca, para suplicarle que le devolviera la vida. Julián se puso a orar y le dijo a la joven:
-Beba agua de la fuente que Dios ha hecho brotar, y regrese a su casa, pidiendo al Cielo que perdone la mentira de su novio.
Cuando llegó cerca de su casa, vio al joven que se dirigía hacia ella sonriendo. Este hecho milagroso produjo una gran conmoción en toda la región. Dio testimonio de las virtudes y del poder de san Julián. Todos quisieron ponerse bajo su protección. Las casas se fueron edificando en torno a la iglesia y es así como nació la aldea de Couleuvre.
Después de haber expiado su doble asesinato por la penitencia, Julián falleció a una edad muy avanzada. Fue enterrado en la iglesia que él había construido y el pueblo tomó la costumbre de acudir en peregrinación a su tumba, el día de su fiesta. Acudían desde lugares lejanos. Se formaba una procesión, con el clero a la cabeza, y llegaban a la fuente al fondo del barranco. Los enfermos bebían su agua fresca y se sentían instantáneamente aliviados. Las chicas jóvenes y las mujeres también bebían, las primeras para encontrar marido en aquel año y las otras para conocer las alegrías de la maternidad.

120. anonimo (francia)

Los dones de la caridad


Había una vez en una aldea dos mujeres que vivían en casas ve­cinas. Una era rica y avara; la otra era capaz de compartir todo lo que tenía, a pesar de ser más pobre que una rata.
Un día llegó a la aldea un viejo mendigo y le pidió a la mu­jer rica, por caridad, un trozo de pan. Pero ella lo echó a gritos:
-¡Vete con los que son como tú! No tengo nada para darte.
El mendigo fue a la casa de la mujer pobre, quien lo invitó a entrar y le dio la barra de pan que estaba preparando para la co­mida de sus hijos.
-Lo que tengo, te lo doy -dijo-. No es mucho, pero no ten­go más.
El mendigo le dio amablemente las gracias y se marchó di­ciendo:
-¡Dios te bendiga! ¡Lo que comiences a hacer ahora, segui­rás haciéndolo hasta la puesta del sol!
Cuando el viejo se marchó, la mujer se puso a pensar qué les daría de comer a sus hijos. Ya no tenía patatas y la última barra de pan se la había dado al mendigo. Sólo tenía unos metros de tela con la que pensaba hacer unas camisas para los niños. Pero, como no se puede vivir sin comer, decidió vender aquella tela para comprar pan.
Cogió el rollo de tela y comenzó a medirla. Y, mientras me­día, se daba cuenta de que la tela no terminaba nunca. Se pasó midiendo hasta el anochecer y llegó a contar varios miles de metros. Se acordó entonces de las palabras del mendigo y com­prendió que la había recompensado con creces.
La pobre mujer cogió la tela, fue a venderla a la feria y, con la ganancia obtenida, compró dos vacas, una parcela de tierra y un pequeño prado y, aun así, le sobró dinero. Pudo vivir tranquila con sus niños y agradeció al mendigo la aguda que le había dado.
Cuando la vecina rica se enteró de lo ocurrido, se arrepintió por haber echado al mendigo.
Pasó un año y, un buen día, reapareció en la aldea el viejo mendigo. La mujer rica, en cuanto lo vio, lo invitó a entrar en su casa y le ofreció lo mejor que tenía. El mendigo comió hasta la saciedad, se lo agradeció y se marchó diciendo:
-¡Dios te bendiga! Lo que comiences a hacer ahora, seguirás haciéndolo hasta la puesta del sol.
La mujer ya había preparado un retal y decidió comenzar inmediatamente a medirlo. Pero en ese momento entró en la casa una gallina y la mujer intentó ahuyentarla. Pero fue en vano, porque la gallina siempre lograba escapar. La persiguió durante todo el día.
Sólo logró atraparla al anochecer.                

Fuente: Gianni Rodari

125. anonimo (polonia)

La cabra fanfarrona


Había una vez un campesino que tenía una mujer, una hija y una cabra. Un día mandó a su hija al prado con la cabra. Cuando volvieron a casa, el campesino le preguntó a la cabra:
-Y dime, cabra bonita: ¿cómo has pastado hog?
-He comido una sola brizna de hierba, me he bebido toda el agua del estanque p ahora tengo hambre.
El campesino castigó a su hija porque no había cuidado bien a la cabra y, al día siguiente, le encargó a su mujer que llevase a la cabra a pastar. Por la noche, le preguntó de nuevo a la cabra:
-Y dime, cabra bonita: ¿cómo has pastado hoy?
-He comido una sola brizna de hierba, me he bebido toda el agua del estanque y ahora tengo hambre.
El campesino castigó a su mujer porque no había cuidado bien a la cabra y, al tercer día, se encargó él mismo de llevar a la cabra al prado. Por la noche, le preguntó a la cabra:
-Y dime, cabra bonita: ¿cómo has pastado hoy?
-He comido una sola brizna de hierba, me he bebido toda el agua del estanque y ahora tengo hambre.
El campesino montó en cólera y exclamó:
-¡Eres una embustera! Has estado en el prado todo el día y ahora me vienes con que tienes hambre. Por tu culpa he castiga­do a mi hija, por tu culpa he castigado a mi mujer. ¡Ahora te daré a ti unos cuantos azotes!
Y le dio unos cuantos azotes en el lomo.
La cabra se escapó, siguió corriendo hasta que llegó al bosque y se refugió en la guarida de la zorra. Cuando la zorra vol­vió a casa, vio que había alguien en su casa.
-¿Qué clase de animal eres tú? -preguntó dirigiéndose a la cabra.
La cabra respondió:

Soy una cabra fuerte y sin complejos
y mil cornadas yo te asestaré:
¡por más quebrados que tenga los huesos,
ese gustazo, sí, me lo daré!
A coces al techo te haré llegar,
con estos cuernos te voy a ensartar,
y con un palo, al fin, te golpearé.

La zorra tuvo un susto muy grande y se escapó corriendo. Bañada en lágrimas y temblando de miedo, se encontró con un lobo.
-¿Por qué lloras? -le preguntó el lobo.
-En mi casa hay un animal feroz. Es una cabra sin complejos que quiere darme cornadas: dice que tiene quebrados los huesos, pero que no me salvaré de unos buenos azotes.
-¡No tengas miedo! ¡Iremos juntos a tu casa y echaremos a la cabra!
Fueron, pues, a la guarida de la zorra y el lobo se puso a gritar: 
-¿Qué clase de animal eres tú?
Y la cabra respondió:

Soy una cabra fuerte y sin complejos
y mil cornadas yo te asestaré:
¡por más quebrados que tenga los huesos,
ese gustazo, sí, me lo daré!
A coces al techo te haré llegar,
con estos cuernos te voy a ensartar,
y con un palo, al fin, te golpearé.

También el lobo se asustó y puso pies en polvorosa junto con la zorra. Se encontraron con un oso.
-¿Por qué tembláis tanto? -preguntó el oso.
-¡Hay un animal feroz en la casa de la zorra! Es una cabra sin complejos que quiere darnos cornadas: dice que tiene que­brados los huesos, pero que no nos salvaremos de unos buenos azotes.
-Vamos juntos y la haremos salir de allí -afirmó el oso.
En cuanto llegaron a la guarida de la zorra, el oso bramó:
-¿Qué clase de animal eres tú?
Y la cabra respondió:

Soy una cabra fuerte y sin complejos
y mil cornadas yo te asestaré:
¡por más quebrados que tenga los huesos,
ese gustazo, sí, me lo daré!
A coces al techo te haré llegar,
con estos cuernos te voy a ensartar,
y con un palo, al fin, te golpearé.

El oso también se asustó mucho y los tres se alejaron de pri­sa. En el camino, se encontraron con un puercoespín que les pre­guntó:
-¿Por qué tembláis tanto?
-¡Hay un animal feroz en la casa de la zorra! Es una cabra sin complejos que quiere darnos cornadas: dice que tiene quebrados los huesos, pero que no nos salvaremos de unos buenos azotes.
-Si vamos todos juntos, ya veréis como logramos echar a la cabra.
Y así fue. Se fueron todos hacia la guarida de la zorra. El puercoespín gritó:
-¿Qué clase de animal eres tú?
Y la cabra, como de costumbre, respondió:

Soy una cabra fuerte y sin complejos
y mil cornadas yo te asestaré:
¡por más quebrados que tenga los huesos,
ese gustazo, sí, me lo daré!
A coces al techo te haré llegar,
con estos cuernos te voy a ensartar,
y con un palo, al fin, te golpearé.

Pero el puercoespín no se asustó y les dijo a sus compañeros:
-Esta cabra es una fanfarrona, y lo único que sabe es jactar­se de cosas que no es capaz de hacer. No le tengo ningún miedo -dijo y le gritó a la cabra-: Cabra, sal de ahí y veremos qué sa­bes hacer.
La cabra respondió que en ese momento no le daba la gana salir.
Entonces el puercoespín se ovilló hasta formar una especie de bola, rodó por la casa de la zorra y clavó sus púas en el lomo de la cabra, justo donde el amo había dejado las marcas de sus azotes. La cabra dio un gran salto, se precipitó fuera de la guari­da y salió pitando. Así la zorra recuperó la tranquilidad de su casa.

125. anonimo (polonia)

El pastor que comprendía el lenguaje de los animales


Una vez un pastor, mientras hacía pastar a su rebaño en el bos­que, oyó una extraña crepitación y un silbido. Se volvió y vio una fogata, en la cual se retorcía una serpiente. Le extendió su cayado y la serpiente se puso a salvo.
-Llévame a casa de mi padre -le dijo la serpiente. Él es el rey de las serpientes y verás cómo te da una buena recompensa. Te ofrecerá oro y piedras preciosas, pero tú pídele, en cambio, la hierba que hace comprender el lenguaje de los animales.
El pastor llevó a la serpiente a la casa de su padre y, cuando el rey de las serpientes le ofreció un cofre lleno de oro y de pie­dras preciosas no aceptó nada, pero le pidió como regalo la hier­ba que hace comprender el lenguaje de todos los animales.
-Piénsalo bien -le dijo el rey de las serpientes, esa hierba es peligrosa. Si le revelases a alguien que puedes comprender lo que dicen los animales, morirías en el acto.
Pero el pastor no cambió de idea, y el rey de las serpientes le dio la hierba mágica. En cuanto la probó, para él ya no tuvo se­cretos el lenguaje de los animales.
Mientras atravesaba el bosque, oyó que una corneja le decía a otra:
-Si este pastor supiese que bajo aquella piedra hay enterrado un tesoro, se pondría a excavar enseguida y se haría tan rico que podría incluso casarse con la hija del alcalde.
Naturalmente, el pastor entendió estas palabras, desenterró el tesoro, se convirtió de golpe en el hombre más rico del país y, además, el alcalde le dio a su hija como esposa.
Un día, mientras estaba con su mujer en la caballeriza, oyó que los caballos decían:
-Qué lástima que nuestro amo no sepa que perderá la vida por culpa de su mujer.
El pobre infeliz se quedó pasmado y su mujer le preguntó:
-¿Qué te ocurre que te has puesto tan pálido?
-Nada, nada -le respondió su marido.
Pero su mujer siguió insistiendo para descubrir el secreto que le ocultaba, hasta que el hombre se dijo: «Le diré que compren­do el lenguaje de los animales; por lo demás, el destino ya ha de­cidido que perderé la vida por su culpa».
Llegados a casa, el hombre se tumbó en la cama y se prepa­ró para morir. Pero mientras estaba acostado, oyó que la gallina la decía al gallo:
-¿Tú cantas alegremente y no sabes que nuestro amo se está preparando para morir?
-Pero la culpa es suya. Si ahora se levantase y, con un buen garrote, le enseñase a su mujer a no obligarlo a revelar lo que debe callar, viviría cien años más después de nosotros.
Al oír estas palabras, el hombre se levantó e hizo precisa­mente lo que el gallo había aconsejado. Después vivió muy feliz cien años, sin jamás decirle a nadie que comprendía el lenguaje de los animales.

125. anonimo (polonia)

El molinero y el hombre de agua


Había una vez un aprendiz de molinero, ni viejo ni joven, que iba de molino en molino. En todas partes lo recibían de buen grado, pero en ningún sitio se quedaba mucho tiempo.
Un día, llegó a un molino y el molinero lo saludó desde la escalera:
-Me alegra que hayas venido. Justamente necesito un aprendiz. No doy abasto.
-¿No tienes a nadie que te ayude?
-A nadie, amigo. Debo hacerlo todo solo con mi mujer y mi hija. Nadie se queda conmigo porque todos los días, a medianoche, viene el hombre de agua a escupir en mi molino.
-Yo no le tengo miedo al hombre de agua -dijo el aprendiz, y se declaró dispuesto a quedarse allí y ayudar al molinero.
Por la noche, se tumbó en un banco cerca de la rueda del molino. Al llegar la medianoche, oyó que llamaban a la puerta. El aprendiz se despertó g preguntó:
-¿Quién es?
Nadie respondió y, a pesar de ello, volvieron a golpear la puerta.
-He preguntado quién es -gritó el aprendiz.
No hubo respuesta tampoco esta vez, pero alguien insistía en llamar a la puerta. Entonces el aprendiz, irritado, dijo:
-Quienquiera que seas, acaba de golpear y entra.
La puerta se abrió y apareció un hombrecillo con ojos de rana vestido con un frac rojo, de cugos faldones se escurría agua en abundancia.
-Es el hombre de agua, debería habérmelo imaginado -refunfuñó el aprendiz y, volviéndose hacia el otro lado, simuló que dormía.
-¿No me tienes miedo? -preguntó el hombre de agua sorprendido.
-¿Y por qué debería tenerte miedo? Estog en un sitio seco y tú no puedes hacerme nada. Así que déjame en paz, porque quiero dormir.
-Vale -dijo el hombre croando y rascándose la oreja. No te puedo hacer nada porque estás en lugar seco. Pero no te dejaré dormir.
En efecto, se sentó en el banco junto al aprendiz y comenzó a cantar. Tenía la voz propia de las ranas y el canto resultaba insoportable. El aprendiz de molinero soltó un bufido, sacó el violín y se puso a tocar.
El hombre de agua dijo:
-¿Sabes que tocas francamente bien? Déjame probar a mí.
El aprendiz le entregó el violín, pero el hombre de agua sólo consiguió sacar del instrumento unos rasgueos espantosos. Era peor que oírlo cantar.
-Dámelo -gritó el aprendiz de molinero. Serías capaz de romper-me los tímpanos. Tienes los dedos como los de las ranas, nunca aprenderás a tocar el violín.
Pero el hombre de agua le rogó al muchacho que le enseñase a tocar e intentara alargar un poco sus dedos de rana, demasiado cortos. El aprendiz miró a su alrededor, vio en un rincón una prensa y se le ocurrió una idea.
-De acuerdo, hagamos la prueba. Mete los dedos en esa prensa y cierra los ojos.
El hombre de agua metió los dedos en la prensa, cerró los ojos y el aprendiz giró la manivela para ajustar la máquina.
-¡Ay, ay! -chilló el hombre de agua, ya que la prensa le comprimía los dedos hasta hacerle crujir los huesos. Por favor, basta, me duele mucho. Ya no tengo ganas de aprender a tocar el violín.
-De acuerdo -dijo entonces el aprendiz. Te dejo ir, pero ten mucho cuidado de volver al molino porque, de otro modo, trituraré tus patas de rana y las haré papilla.
Aflojó la presión de la prensa y dejó libre al hombre de agua, que enseguida fue a zambullirse al arroyo y no se dejó ver nunca más por el molino.
El molinero no cabía en sí de contento, ni sabía cómo demostrar su reconocimiento al aprendiz, hasta que decidió darle a su única hija como esposa. Poco tiempo después, el aprendiz fue al arroyo y, de repente, vio al hombre de agua sentado en el puente.
-Espera, espera, muchacho -gritó el hombre de agua. Esta vez no te me escaparás. Te tiraré al agua y todo habrá acabado para ti.
Pero el aprendiz de molinero se echó a reír:
-¿Y a mí qué me importa? Cuando esté bajo el agua, te enseñaré a tocar el violín.
Al oírlo hablar del violín, el hombre de agua se quedó muerto del susto, se zambulló en el arroyo y nadie ha vuelto a oír hablar de él. Tal vez se ha ido a vivir a otro país.

125. anonimo (polonia)

El mantel mágico, el gallo y el bastón


Un campesino tenía tres hijos. Dos eran listos y el tercero, un despistado. Como el dinero escaseaba y se les había muerto la única vaca que tenían, el mayor decidió salir a buscar trabajo. Después de mucho caminar, se encontró con un viejo de barbas blancas:
-¿Adónde vas, jovencito?
-He salido a buscar trabajo porque ya no nos queda nada de comer en casa.
-Si buscas trabajo, ven conmigo. Trabajarás para mí duran­te un año y te compensaré con creces.
El joven estuvo de acuerdo, trabajó durante un año y, trans­currido ese tiempo, el viejo le entregó un mantel diciéndole:
-Ten en cuenta que éste no es un mantel común. Basta con que digas: «¡Mantel, prepárate!» y tendrás de comer y beber todo lo que quieras.
El joven le dio las gracias y emprendió el camino de vuelta a casa. Al anochecer, entró en una posada y le dijo a la posadera:
-No se preocupe por la cena: tengo algo mucho mejor.
-Co­gió el mantel mágico, lo extendió sobre la mesa y añadió: ¡Man­tel, prepárate!
De inmediato aparecieron sobre la mesa excelentes alimen­tos y bebidas que ni el joven ni la posadera habían visto jamás en su vida. El joven comió hasta saciarse, convidó también a la po­sadera y se fue a dormir. Pero la dueña de la posada era una desalmada y, durante la noche, cambió el mantel mágico por uno cualquiera.
Cuando el joven llegó a su casa, su mantel sólo provocó bur­las y carcajadas. Le tocó al segundo hijo salir a buscar trabajo.
Después de mucho caminar, también él se encontró con el viejo de barbas blancas.
-¿Adónde vas, jovencito?
-He salido a buscar trabajo porque en casa ya no queda nada para comer.
-¿Quieres trabajar conmigo?
-Con mucho gusto.
El joven se fue con él, trabajó durante un año, y el viejo lo recompensó con un gallito diciéndole:
-Ten en cuenta que éste no es un gallo cualquiera. Si le dices: «¡Gallo, canta!», él obedece y lanza por el pico una moneda de oro.
El joven le dio las gracias y retomó el camino de vuelta a casa. Al anochecer, entró en una posada, la misma en la que ha­bía pasado la noche su hermano mayor.
-Prepárame algo de cenar -le dijo a la posadera. Tengo todo el dinero que haga falta.
Puso al gallo sobre la mesa y dijo:
-¡Gallo, canta!
El gallo cantó y de su pico salió una moneda de oro.
La posadera preparó deprisa una cena tan deliciosa que ni ella ni el joven habían probado jamás: claro, porque tenía el mantel mágico. Pero, cuando el joven se durmió, le cambió el ga­llito mágico por otro cualquiera. Fue así como el segundo hijo, a su regreso, también fue objeto de burlas y carcajadas.
Le tocaba irse ahora al hermano más joven.
-¡A ver qué haces, con lo tonto que eres! -lo ridiculizaban sus hermanos mayores.
Pero el tonto se fue igualmente. Después de mucho caminar, se encontró también él con el viejo de las barbas blancas.
-¿Adónde vas, jovencito?
-He salido a buscar trabajo, porque en casa no tenemos ya nada para comer.
-¿Quieres trabajar conmigo?
-Con mucho gusto.
Transcurrido un año, el viejo le dio como recompensa un garrote, diciéndole:
-Ten en cuenta que éste no es un garrote cualquiera. Si tú le dices: «¡Garrote, golpea!», comienza a hacer de las suyas. Y so­lamente se detiene si le dices: «¡Garrote, basta!».
El tonto le dio las gracias y retomó el camino de vuelta a casa. Y también él entró en la posada donde habían pernoctado sus dos hermanos. Cuando llegó la hora de dormir, le dijo a la posadera:
-Señora, escúcheme bien. Tenga en cuenta que mi garrote no es un garrote cualquiera. Cuídese de decirle: «¡Garrote, golpea!», porque será tarde para arrepentirse.
Pero, fiel a su mala entraña, en cuanto el tonto se durmió, la posadera cogió el garrote y dijo:
-¡Garrote, golpea!
No bien dijo eso, el garrote voló por el aire y comenzó a darle golpes por todo el cuerpo. La posadera chillaba, el tonto se despertó y vio lo que estaba ocurriendo. La posadera le su­plicaba:
-Señor, tenga piedad, ordénele a su bastón que me deje en paz. Le prometo que no volveré a engañar a nadie y le daré, además, el mantel mágico y el gallito que lanza monedas de oro.
-Con que ésas tenemos -dijo el tonto, dándose una palmada en la frente-. Fue usted la que se burló de mis hermanos.
-Le juro que no lo volveré a hacer. Pero, por favor, detenga al garrote. Si sigue así, acabará matándome.
Entonces el tonto gritó:
-¡Garrote, basta!
Y el garrote dejó de golpear. La posadera estaba verde y azul de tantos garrotazos y a duras penas lograba mantenerse en pie. Pero se dio prisa en entregar al tonto el mantel mágico y el galli­to, aliviada por haber salvado el pellejo.
Imaginaos qué alegría cuando el hermano más joven volvió a casa con el mantel mágico que preparaba por sí solo la comida y la cena, con el gallito que escupía monedas de oro cada vez que cantaba y con el garrote embrujado que golpeaba cuando uno quería.
La miseria desapareció para siempre de aquella casa y na­die volvió a decirle al hermano menor que era corto de enten­dederas.

125. anonimo (polonia)