Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 22 de julio de 2012

La roldana maravillosa

Cuento de hadas

En una humilde casa de campo, vivían, cierta vez, dos hermanas llamadas Rosa y Cristina.
Rosa por ser tan bella como la flor de su nombre era la mimada de sus padres y para ella eran todos los regalos, todos las fiestas y todas las dichas de la vida.
Cristina, por el contrario, era una niña humilde y dócil que había sido abandonada del corazón de sus padres y sólo la utilizaban en la casa como sirvienta, ordeñando las vacas por la mañana, haciendo la comida al mediodía, fregando los platos, lavando la ropa de todos y dando de comer a las aves que cacareaban en los corrales.
Tan injusta era la diferencia, que el vecindario estaba indignado y las habladurías llegaron hasta los más apartados rincones de la aldea.
Rosa, como es natural, pronto tuvo un novio rico y buen mozo, tan orgulloso e inútil como ella, con lo que colmó la ambición de los padres, que creían a la niña, por su belleza, como el astro de la familia.
Cristina, buena y sin manchas de envidia en su alma, se alegraba también de la felicidad de su hermanita y proseguía sus quehaceres domésticos, sin pensar nada malo de la frialdad de trato de cuantos la rodeaban.
La humilde niña, se levantaba del lecho al amanecer, iba al pozo a sacar agua, como primera faena, y escuchaba alegremente el chirrido de la roldana que le cantaba mientras iniciaba su rápido girar:

-Soy la roldana que canta
y agua te da cristalina...
buenos días, bella y santa,
inigualable Cristina.

La chica respondía a este saludo mañanero con su risa angelical y miraba con cariño a la roldanita, que proseguía su canción estridente y alegre, mientras el balde ascendía hasta sus manos.
Pero para la pobre Cristina, las cosas iban de mal en peor, y la altiva Rosa, que como la del rosal, estaba llena de espinas, comenzó a despreciarla en tal forma, que los días se le hicieron amargos y las noches muy tristes.
Los padres, entusiasmados con el próximo casamiento, de la hermosa Rosa ni se acordaban de la otra hija, y sólo le hablaban cuando tenían que darle alguna orden terminante o para castigarla por faltas imaginarias.
Pero Cristina, paciente y buena, sufría todas estas injusticias y se consolaba llorando a solas, mientras proseguía sus rudos trabajos diarios.
Así continuó la vida, y todas las madrugadas, al llegar al pozo e iniciar sus faenas, la roldanita le cantaba...

-Soy la roldana que canta
y agua te da cristalina...
buenos días, bella y santa,
inigualable Cristina.

La infeliz criatura un día no pudo acallar más su dolor y al oír la canción de la roldana, comenzó un lloro tan sentido y amargo que ésta, deteniendo su rápido andar, le dijo en tono grave:

-Sé que tú sufres y lloras
de la noche a la mañana...
pídele lo que desees
a tu amiga la roldana.

Cristina al escuchar la voz argentina de la pequeña rueda, no pudo contener un estremecimiento de alegría y mirándola con sus grandes ojos dulces, la respondió entre sollozos:
-Roldanita amiga, compañera de todas mis horas, sólo pido el amor de mis padres y el cariño de mi hermana.
-¡Los tendrás! -fue la respuesta y prosiguió girando la frágil polea impulsada por los desnudos y fornidos brazos de la niña.
Al día siguiente, la casa se llenó de luz y se animó de alegría, abierta a todos los habitantes de la región que acudían a presenciar el casamiento de la hermosa muchacha, la niña mimada de sus padres.
Cristina no tuvo permiso para presenciar tan magnífica fiesta y se contentó con mirar todo desde lejos, mientras preparaba los manja-res para la comida de bodas.
Sus ojos vertían copioso llanto y su corazón sufría en silencio tan gran injusticia, pensando lo desgraciada que era, por el olvido en que la tenía su familia.
La música y las risas, llegaban hasta la cocina y se mezclaban con los sollozos de la chica, que continuaba su labor sin odios ni rencores, pues éstos no tenían cabida en su alma.
Pero, hete aquí, que sucedió lo inesperado, como siempre suele acontecer cuando se cometen tan grandes injusticias.
Cristina necesitó sacar agua del pozo y se encaminó a él con los ojos enrojecidos y el corazón contrito.
Había iniciado el ascenso del balde lleno de agua cristalina, cuando escuchó la alegre voz de la roldana, que le decía:

-Querida amiga Cristina
yo cumpliré mi promesa,
saca lo que hay en el balde
y envidiarán tu belleza.

La niña, asombrada y curiosa, al escuchar la voz de su amiga, miró el cubo al llegar a sus manos y quedó maravillada y suspensa de lo que vio dentro de él.
En vez de agua, en el fondo había un voluminoso paquete con cintas de oro, que estuvo pronto entre sus dedos.

-Ponte todo lo que tiene
en vez de agua cristalina
y reinarás en la fiesta
mi buena amiga Cristina.

Así cantó la roldana entre sus chirridos estridentes y alegres.
La chica, con el paquete junto a su corazón palpitante, corrió a su modesta habitación y al abrirlo se encontró con un traje de extra-ordinario belleza, todo recamado de piedras preciosas de incalculable valor, un cintillo de perlas y diez anillos de oro rematados por deslumbrantes esmeraldas y rubíes.
Innecesario es decir que Cristina se desprendió enseguida de sus viejas ropas y se puso el extraordinario vestido, las esplendorosas alhajas y los adornos que había en el paquete, y mirándose luego al espejo quedó asombrada ante el cambio que había experimentado.
¡No podía creer lo que contemplaban sus ojos! Era ella... ¡sí! Pero... ¡qué cambiada! Hasta su cabello, como por arte de magia, aparecía debidamente peinado y su cara rosada y juvenil era ahora de una belleza fascinante, capaz de ser admirada por el más exigente galán.
Su entrada en el salón de la fiesta fue digna de una reina y cruzó entre los invitados, que la miraban mudos de asombro, en unión de sus padres, incapaces de comprender lo sucedido.
Desde aquel instante todos las ponderaciones fueron para ella y tanto su hermana Rosa como los indiferentes padres, creyeron ver en este milagro una dura lección por su desamor y despego, y abrazaron a la feliz y virtuosa Cristina que pasó a ser tan mimada y querida como su hermosa hermanita Rosa.
Las joyas y las piedras preciosas de su vestido de un valor incalculable, fueron vendidas, y con el dinero de tanta magnificencia compraron campos, edificaron una lujosa casa y vivieron todos felices por el resto de sus días.
Pero la dichosa Cristina no abandonó nunca a su amiga, la roldana maravillosa, y todas las mañanas iba al brocal del pozo y elevando el balde lleno de agua a rebosar escuchaba la voz de su amiga, que alegremente le seguía cantando:

-Soy la roldana que canta
y agua te da cristalina...
Buenos días, bella y santa,
inigualable Cristina.

015. anonimo (argentina)

La maravillosa flor del haravec

Cuento de hadas

Cierto día de hace muchos siglos, el Inca Huiracocha, rey absoluto del imperio incaico, desaparecido después por la dominación española, y que abarcaba los territorios que hoy forman Perú y parte de Bolivia y Argentina, se sintió repentinamente enfermo de un mal desconocido.
En vano se consultaron, con la urgencia que el caso requería, a los amautas y hechiceros de todos sus dominios.
Sus consejeros y familiares, desesperados, ya que el emperador se debilitaba por instantes acordaron convocar al pueblo para efectuar solemnes rogativas a Inti, el Dios Sol, solicitando su ayuda para evitar la muerte del sabio monarca.
Un día, se abrieron las suntuosas puertas de oro macizo del Coricancha o casa dedicada a la adoración de los dioses y una muchedumbre inmensa de hombres y mujeres llegados de todas partes de la nación, se prosternaron ante un disco de oro que el gran Villac-Umu, el sacerdote, mostró al pueblo desde la entrada del templo.
-¡Inti! -gritó el sacerdote, mirando al radiante astro que los iluminaba desde el cenit.
-¡Inti! Padre del Cielo y de la Tierra... humildemente te rogamos devuelvas la salud a nuestro bondadoso emperador.
Miles de hombres de todas las clases sociales, levantaron las manos al escuchar al Villac-Umu y miraron al sol, con sus ojos inundados de lágrimas, en demanda de la gracia solicitada por el gran sacerdote.
Después, surgieron del templo, como si fueran mariposas blancas, cientos de muchachas vestidas con vaporosas telas y al compás de los extraños instrumentos de aquel tiempo llamados quenas, se pusieron a danzar alrededor del disco de oro que simbolizaba al astro rey. Eran las Vírgenes del Sol o sacerdotisas de aquella singular religión incaica.
Mientras tanto, Huiracocha, postrado sobre blandos cojines, dormía, pálido y demacrado, rodeado de sus familiares que no sabían qué hacer para devolver la salud a tan digno gobernante.
Aquella noche, el Villac-Umu o gran sacerdote, dictó una proclama, comunicando al pueblo que Inti, el Dios Visible, había depositado en uno de los hombres de los extensos dominios, el don de curar al Inca y que, como señal de tal virtud, el elegido tendría un sueño extravagante en el que se le aparecería el Sol y lo besaría en la frente.
El Villac-Umu también comunicaba que, si alguien tenía ese sueño, inmediatamente se presentase en el palacio del emperador, donde sería recibido por éste, y al que se le prometía, si curaba al soberano, todo el oro que cupiera en el gran salón del trono del palacio del Coricancha.
Para dar a conocer esta proclama, los ministros enviaron cientos de mensajeros hasta los más apartados lugares del país, que pregonaron la voluntad de Huiracocha, desde las llanuras dilatadas hasta las cumbres más abruptas.
Por ese tiempo, muy lejos de la ciudad del Cuzco, capital del Imperio lnca, junto a las márgenes del hermoso lago Titicaca, vivían dos hermanos llamados Rimac y Húcar, los que cuidaban de sus ancianos padres, con el producto de la venta de hermosas llamas, que domesticaban desde pequeñas.
Una noche descargó una terrible tempestad en aquellos regiones y los torrentes que se precipitaban desde las cumbres anegaron la llanura y ahogaron a todos los animales que con tanto esmero cuidaban Rimac y Húcar.
-¡Qué desgracia! -exclamaba el hermano mayor entre sollozos.
-¡Es nuestra ruina! ¿Qué será de nuestros padres?
-¡Inti nos ha abandonado! -gritaba el menor.
-¡Inti es malo!
-¡No digas eso! -exclamó Rimac con cara de enojo.
-¡Inti es bueno! ¡Él hace los campos feraces y que los frutos sazonen! ¡Él alumbra nuestro camino y pone alegría en nuestros corazones! ¡Él es el padre de la Pachamama o Madre Tierra, ya que sus rayos calientan el mundo y hacen brotar la vida!
-¡Mentira! -interrumpió furioso Húcar.
-¡Inti no vale nada! ¡Inti nada puede, ya que no supo detener la tormenta que nos ha arruinado!
-¡No blasfemes! -gritó Rimac.
Y así, los dos hermanos, disgustados, se recogieron aquella noche, entristecidos por la terrible miseria caída sobre ellos.
Al día siguiente, resolvieron viajar por las tierras desconocidas que se extendían del otro lado del Gran Lago, con el propósito de buscar nuevas llamas salvajes, para domesticarlas y así continuar la tarea que les daba el sustento y, sin vacilar, emprendieron la marcha, cargados sus alforjas con víveres y entre ellos el maíz, que en aquella época se denominaba Upy.
Varios días anduvieron entre terribles soledades, siempre blasfemando el malo de Húcar, por la desgracia, sin escuchar los sabios consejos de su hermano mayor, que le pedía no hablara mal de Inti el Padre de la Tierra.
Una noche fría que se habían recogido bajo de unas rocas de la montaña, los dos hermanos tuvieron distintos sueños, que los llenaron de estupor.
Rimac, el mayor, soñó que el Sol se le aparecía en un gran trono de oro, tan brillante que hacía daño a los ojos, y que después de sonreírle, se le acercaba hasta besarlo en la frente.
Húcar, el menor, soñó que el Sol se ponía en el horizonte y que las sombras de la noche se hacían eternas, sin que nunca más apareciese el gran disco de fuego, muriendo de frío cuanto había con vida en el mundo.
Los dos hermanos, asustados de sus sueñas, se despertaron al otro día y se contaron lo que habían visto con los ojos del alma.
Húcar, el menor, convencido de que su sueño era cierto, exclamó entristecido:
-¡Ya ves, Inti se muere! ¡No volverá a aparecer jamás! ¡Es un mal dios que se deja vencer por las sombras de la noche!
-¡No digas eso! -exclamó Rimac, el mayor.
­¡Inti se hunde en el horizonte para dormir, pero siempre vuelve a aparecer para alegrar la tierra y el corazón!
Pensando cosas tan diferentes, los dos hermanos se disgustaron, y mientras Húcar, el menor, resolvió regresar a la casa paterno y esperar la muerte sin lucha, Rimac, el mayor, prosiguió su camino con la esperanza de encontrar un mejor porvenir.
Así anduvo por espacio de muchas semanas, hasta que por fin llegó a un pueblecito donde, con gran asombro, escuchó la proclama del Inca Huiracocha.
-¿Cómo? -se dijo en el colmo del estupor.
­¡Ese hombre a quien busca soy yo! ¡Yo he soñado con el Sol que me daba un beso en la frente!
-Y, sin vacilación, emprendió el camino del Cuzco, la capital del Imperio donde agonizaba el gran lnca Huiracocha.
Un mes más tarde, hizo su entrada en la ciudad incaica y se presentó a los soldados que guardaban la entrada del Palacio Imperial.
-¿Qué quieres? -le preguntaron.
-Vengo a ver al Inca.
-¿Quién eres tú, pobre diablo, para ver a nuestro emperador?
-¡Soy el hombre que ha soñado con el Dios Inti!
Al oír tal respuesta, los soldados se prosternaron y las puertas del esplendoroso palacio se abrieron de par en par ante el asombrado Rimac, el mayor.
Después de cruzar muchas habitaciones primorosamente adorna-das, llegó hasta el trono de oro y piedras preciosas en donde reposa-ba el triste monarca.
-¿Es verdad que Inti te ha besado en la frente? -le preguntó el Inca abriendo los ojos,
-¡Sí, Majestad! -respondió puesto de rodillas el tembloroso viajero.
-Según el Villac-Umu, tú deberás curarme.
-¿Yo?-respondió, en el colmo del asombro, Rimac, el mayor.
-¡Sí, tú! ¡Las palabras del Dios Invisible nunca se ponen en duda! Desde hoy eres mi huésped de honor. En mi palacio tendrás todo lo que apetezcas hasta que llegue la hora de mi curación.
-Y al pronunciar estas palabras, el Inca señaló al pastor la puerta de oro por donde se contemplaba el interior de aquel palacio de ensueño.
Rimac, el mayor, penetró turbado en la sala que le habían destinado, pensando, con amargura y temor, cómo salir de aquel compromiso tan grande que podía costarle la vida,
-¡Si Huiracocha muere, yo también moriré! ­decía a solas el muchacho sin saber qué decisión tomar.
Así pasaron varios días y en todos ellos, a la puesta del sol, entraba el Gran Sacerdote para preguntarle qué novedades tenía para la curación del soberano.
-¡Ninguna! -había respondido siempre Rimac, dominado cada momento por más intensos temores.
Pero, hete aquí que, una noche que dormía sobre su cama de plumas, soñó otra vez con Inti. Contempló cómo el Sol lo miraba con su redonda faz roja y, luego de sonreírle con dulzura le decía, con una voz grave y pausada:
-¡Rimac! ¡Tú eres bueno y mereces ser feliz! ¡Tú crees en mí, y proclamas mis bondades para con los habitantes de la tierra! ¡Yo, en pago, haré que cures al Inca Huiracocha!
-¿De qué manera? -había respondido Rimac, el mayor.
-¡El Inca -prosiguió el Sol, tiene más enferma el alma que el cuerpo! Vete hasta las cumbres de Ritisuyu y en ellas encontrarás la inmaculada flor del haravec, que nadie aún ha visto. Recoge sus pétalos que tienen el don de ahuyentar la tristeza y hazlos aspirar al desgraciado monarca.
Aquella misma noche, Rimac, el mayor, cumplía la orden del Padre Inti y se encaminaba silenciosamente hacia las más altas cimas de la cordillera de los Andes, en busca del preciado y mágico tesoro.
Caminó muchos días por colinas escarpadas, atravesó grandes torrentes que caían de piedra en piedra con gran estruendo y, después de matar un cóndor que intentó atacarlo con sus agudas garras y de trepar murallones casi verticales, llegó a las agudas cumbres de la montaña, siempre cubiertas de blanca nieve.
-¿Será aquí? -se preguntó, mirando a todos partes,
Pero nada encontró y prosiguió buscando.
Otros días más lo vieron los cóndores continuar su camino, observando las más insignificantes grietas de la roca.
Cansado ya, una noche, muerto de frío por el helado viento de la montaña, se tendió en una caverna solitaria y cerró los ojos en un suspiro de desaliento.
Bien pronto el sueño lo dominó y el Sol se le apareció de nuevo casi quemándole la frente.
-Hijo mío -le dijo el astro rey, admiro tu valor y tu tenacidad para cumplir mi orden. El triunfo es de los perseverantes y a ti ya te llegó el momento de regresar. Mañana, uno de mis rayos, te indicará dónde se oculta la maravillosa flor del haravec.
Al otro día, Rimac, el mayor, recordando su prodigioso sueño, salió de la caverna y continuó su marcha por las empinadas sendas de las montaña.
De pronto, ante su sorpresa, vio que del Sol que reinaba casi sobre su cabeza, se desprendía un rayo más brillante que su permanente luz, que al describir en el cielo una caprichosa curva, caía vertiginoso sobre la tierra, lanzando mil chispas de oro en un lugar del camino, muy próximo a donde se encontraba.
-¡Ahí debe ser! -dijo el pastor y se encaminó corriendo hacia el sitio donde aun resplandecía la misteriosa luz.
Efectivamente, de entre las negras grietas de la montaña, brotaba una diminuta planta, nimbada de rayos dorados y en su centro se abría una magnífica flor de pétalos azules y corola blanca.
Rimac, el mayor, se arrodilló ante ella, y luego de elevar sus oraciones de gracia hacia el Padre Inti, recogió sus pétalos uno por uno y los fue depositando con todo cuidado en su alforja de lana de vicuña.
Siete días después, llegó a la ciudad del Cuzco Y se dirigió hacia el Palacio Real, penetrando con rapidez hasta las habitaciones del trono.
-¡Inca! -gritó cuando estuvo frente a Huiracocha.
-¡Aquí tienes lo que esperabas!
-¿Qué me traes? -preguntó el monarca.
-¡La vida! 
-Y diciendo esto, dejó caer sobre las manos del enfermo emperador, los azules pétalos de la flor del optimismo.
-¿Qué debo hacer con estas hojas? -preguntó, sorprendido, Huiracocha.
-¡Aspira su perfume y salvarás tu cuerpo! -respondió Rimac.
El Gran Inca acercó los pétalos a sus narices y aspirando el suave aroma de la maravillosa flor, sintió que dentro de su pecho resucitaba la vida y dentro de su corazón la alegría.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! -gritó levantándose del trono con incontenible entusiasmo.
-Inti ha salvado a su hijo! ¡El sueño del Villac-Umu se ha hecho realidad!
El agradecimiento del monarca no se hizo esperar y el buen Rimac, el mayor, no sólo llenó las alforjas de sus llamas de enormes cantidades de oro, sino que también llevó hacia sus tierras del Lago Titicaca, a la más hermosa princesa que habitaba el palacio real del Cuzco.
Meses después llegó a su humilde morada, ante el asombro de los suyos, y, al reunirse con su hermano, el descreído Húcar, el menor, le contó su aventura y la verdad invencible de su sueño.
Desde entonces, Húcar, el menor, creyó en el poder sobrenatural del rojo astro que nos calienta
y nos da vida, y prosiguieron felices la existencia, junto al maravilloso lago en el que todas las mañanas contemplaban los reflejos de los primeros rayos, tibios y acariciadores, del dorado y eterno Padre Sol.

015. anonimo (argentina)

La cazadora de mariposas

Cuento de hadas

Hace muchísimos años, vivía en los alrededores de Buenos Aires, una familia acaudalada poseedora, entre otras fincas hermosas: de un jardín que parecía de ensueño.
En él había macizos de cándidas violetas, escondidas entre sus redondas hojas; olorosos jazmines blancos; rojos claveles, como gotas de sangre; altaneras rosas de diversos colores, pálidas orquídeas de imponderable valía; grandes crisantemos y moradas dalias que recordaban a países remotos y pintorescos.
Es natural que, al abrirse tantas flores de múltiples coloridos y perfumes, existiera también la corte de insectos que siempre las atacan, para alimentarse con sus néctares o simplemente para revolotear entre sus pétalos.
De día, el jardín era visitado por miles de bichitos de variadas especies, entre los que sobresalían las mariposas de maravillosas alas azules, blancas y doradas.
Pero estos hermosos lepidópteros tenían un gran enemigo que los perseguía sin tregua y con verdadera saña y sin ninguna finalidad práctica.
Este enemigo era la hija del dueño de casa, llamada Azucena, como cierta flor, pero menos pura que ésta, ya que no se conmovía ante la belleza y la fragilidad de las pobrecitas mariposas, y con su red, en forma de manga, las cazaba para después pincharlas sin piedad con alfileres y colocarlas en sendos tableros, donde las coleccionaba, por el sólo placer de mostrar a sus amistades el curioso y cruel museo.
Cierta noche, después de una fructífera caza, Azucena soñó con el Hada del Jardín. Esta era una mujer blanca, como los pétalos de las calas, de cabello dorado como la espuela de caballero y de ojos celestes como los pequeñas hojas de las dalias. Vestía un manto soberbio de piel de chinchilla, adornado con flores de lis hechas de láminas de oro, y su mano derecha sostenía una vara de nardo en flor, que derramaba sobre el jardín una pálida luz como la reflejada por la luna.
Su corte era numerosa, y tras el hada, en disciplinadas filas, llegaban toda clase de insectos, abejas, escarabajos, grillos, maripo-sas, avispas, cigarras, hormigas y miles de otras especies, que en perfecto orden, caminaban a paso de marcha, portadoras de armas de los más variados tipos.
El hada se acercó a la cama de la cruel niña y luego de tocarla con la olorosa vara de nardo, le dijo con su voz suave como la brisa del jardín:
-¡Azucena! ¡Tú eres una niña educada y de buen corazón! ¡Tus crueldades para con algunos hermosos habitantes de mis canteros, son producto de tu inconsciencia! ¡Todos los animalitos de mis dominios son buenos e inofensivos y llegan hasta mis flores para alimentarse y embellecer mi reino! ¡No les hagas daño! ¡Tú eres una enemiga despiadada de mis mariposas! ¡Las persigues y las matas entre los más atroces suplicios! ¿Qué te han hecho ellas? ¡Nada! ¡Su único pecado consiste en ser bellas y tener alas de divinos colores! ¡Piensa que son hijas de Dios, como tú y como todo lo creado, y desde mañana debes dejar de perseguirlas y ser amiga de todo lo que existe en mi hermoso jardín!
-Hada divina -respondió la niña.
-¡Tus mariposas son tan bellas que yo deseo coleccionarlas para enseñárselas a mis amigas!
-¡Tú eres también bella! -le respondió el hada, pero no te gustaría que, por serlo, alguien te hiciera sufrir y te matara pinchándote en la pared.
-¡Oh, no! -contestó la niña asustada.
-¡Pues bien! ¡Lo que no quieres para ti, no lo hagas a los demás y seguirás tu vida feliz y contenta, querida por todos y bendecida por los inofensivos animalitos de mis dominios!
La pequeña Azucena prometió enmendarse, jurando no perseguir más a las multicolores mariposas, pero a la mañana siguiente, en presencia del follaje que le brindaba mil placeres, olvidó las palabras del hada y prosiguió su incansable persecución de tan encantadores lepidópteros.
La noche siguiente soñó algo que la llenó de miedo.
Estaba en presencia de un tribunal de insectos, en medio de un macizo de violetas, presidido por el hada que dominaba el cuadro, sentada sobre un sillón de oro, adornado con varas de nardo y tapizado con pétalos de rosa.
El acusador era el grillo, que agitaba sus élitros como un loco, señalando al aterrorizado reo.
-Esta mala niña -decía el grillito, no ha hecho caso de los ruegos de nuestra hada. Desde hace mucho tiempo persigue a nuestras amigas las mariposas, que embellecen el jardín con sus maravillosas alas multicolores. Sin piedad, llevando en sus crueles manos una gran red para cazarlas, las mata entre los más atroces suplicios que, si se cometieran entre los humanos, levantarían un clamor por el crimen y la alevosía. El reo tiene en su contra el haber sido perjuro.
Un griterío ensordecedor apagó la vibrante voz del grillo.
Éste continuó:
-¡El reo, he dicho, es perjuro, ya que ha cometido la enorme falta de engañar a nuestra reina, la hermosa y buena Hada del Jardín!
-¡La muerte! ¡La muerte! -aullaban los insectos.
El hada levantó su vara de nardo e impuso silencio.
-¡Debe de pagar sus culpas, con la peor de las penas -terminó el acalorado acusador, y por lo tanto, solicito del tribunal que me escucha, la de muerte, para la niño mala y cruel!
Las últimas palabras del grillo, produjeron un verdadero alboroto y todos los animalitos gritaban en sus variadas voces, solicitando un ejemplar castigo, ante el terror de Azucena que contemplaba todo aquello, atada a un árbol y vigilada por cien abejas de puntiagudos aguijones.
Una vez hecha la calma, se levantó el defensor, un escarabajo cachaciento y grave que comenzó diciendo:
-Respetable tribunal. ¡Francamente no sé qué palabras emplear para defender a tan temible monstruo que asola nuestro querido país! ¡Su majestad, nuestra hada, me ha designado para que defienda a esta niña mala y no encuentro base sólida para iniciar mi defensa! ¡Sólo sé decirles, que esta criatura, como ser humano de pocos años, quizá no tenga aún el cerebro maduro para reflexionar en los graves daños que comete y persiga a nuestras mariposas con la inconsciencia de su corta edad! ¡Pero... creo que no es ella la única que ha faltado a sus deberes de la más simple humanidad, sino sus mayores, que han descuidado conducirla por el buen camino y hacerle ver con suaves palabras que martirizar a los débiles es un pecado que ni el mismo Creador perdona! ¡Por lo tanto, solicito seáis clementes con ella!
Acallados los silbidos y los aplausos motivados por la feliz peroración del escarabajo, mucho más elocuente que la de algunos mortales que llegan a altas posiciones, se reunió el tribunal para deliberar sobre el castigo que merecía tan despiadada muchacha.
Breves momentos después, el ujier, que para este caso era un alargado alguacil, leyó gravemente la sentencia...
"¡La niña Azucena, será condenada a sufrir los mismos martirios que ella ha impuesto a las indefensas mariposas!"
Una salva de atronadores aplausos se siguió a la lectura y los insectos todos, ante la orden del hada, se encaminaron a sus respectivas tareas, ya que las primeras claridades del día anunciaban bien pronto la llegada del sol.
Azucena, aquella mañana se levantó del lecho algo preocupada con el sueño, pero ante la presencia de los padres y con la confianza que inspira la luz, olvidó la pena impuesta por los insectos y reinició la cruel cacería con la temible red, que no paraba hasta atrapar los hermosos lepidópteros.
Pero la fría cazadora no contaba con la ejecución de la sentencia del tribunal nocturno.
No bien comenzó su inconsciente persecución, fue atacada por un verdadero ejército de miles de abejas y de avispas, qué bien pronto convirtieron la cara de la muchacha en algo imposible de reconocer por el color y la hinchazón.
En vano la infeliz gritaba pidiendo socorro y tratando de defen-derse de tan brutal ataque. Las abejas y avispas, poseídas de un ciego furor, continuaron su obra hasta que la niña, casi desvanecida, fue sacada de tan difícil situación por los padres, que inmediatamente la condujeron a su habitación para hacerle la primera cura de urgencia.
Azucenita, tardó varios días en mejorarse de tan terribles picaduras y cuando volvió a su jardín recordó la dura lección de los insectos y nunca mas volvió a cazar mariposas ni cometer actos de crueldad con los indefensos animalitos de los dominios de la hermosa hada, que tan bien la había aconsejado.

015. anonimo (argentina)

La caverna del puma con ojos de sangre

Cuento de hadas

Como ya sabrán todos los niños del mundo, el puma es un animal carnicero que vive en las desoladas pampas argentinas o en los inmensos arenales de los desiertos patagónicos.
Más pequeño que el león africano, pero de tanto valor como éste, recorre las interminables extensiones, atacando a los ganados, y muchas veces causando destrozos en las mismas casas de la llanura a donde entra acuciado por el hambre, sin temor a las bolas ni a los hombres, a los que hace frente, si se ve acorralado y en peligro de muerte. Sus garras potentes y afiladas y su extraordinaria agilidad para trepar de un salto al lomo de las bestias, lo hacen un peligroso adversario, que muchas veces sale victorioso en las más sangrientas luchas contra animales mayores y hasta contra los seres humanos que se aventuran a presentarle batalla.
En las lejanas épocas de nuestra historia, cuando aun no había sido conquistado totalmente el desierto por el ejército nacional, vivía en las estribaciones de las Sierras de Tandil, un enorme puma con ojos de sangre, que era el azote de toda la comarca.
No había rancho en la región que no hubiera sido visitado por tan terrible fiera, matando ovejas, caballos y vacas y hasta hiriendo con sus formidables zarpas a los propietarios que se habían aventurado a defender el espantado ganado.
La indiada y aun los escasos blancos que habitaban las cercanías de las sierras, le habían cobrado a la sanguinaria fiera un espantoso terror supersticioso, ya que según decían, las balas resbalaban sobre su piel dorada y las flechas caían al chocar contra sus flancos, como si hubieran dado sobre una dura roca.
No era extraño, pues, que los aborígenes y aun los gauchos, creyeran que se trataba de alguna fiera sobrenatural, quizá el mismo Diablo, encarnado en tan espantosa bestia.
-¡Mandinga en persona! -dijo una noche de crudo invierno, el paisano Peñaranda, entre mate y mate, cebado por la diestra mano de su mujer.
-¡Puede que así sea! -respondió ésta, mirando temblorosa hacia el campo por la mal cerrada puerta del rancho.
Manolito, el vivaracho hijo de estos colonos, desde su rústica cama había escuchado las palabras de sus padres e incorporándose, también terció en la conversación, diciendo por lo bajo:
-Algunas personas dicen que el puma tiene ojos de sangre, garras de oro y dientes largos, blancos y tan grandes como los que he visto en algunas estampas de elefantes.
-Puede ser -respondió el padre con preocupación, pero lo cierto es que ese animal nos tiene enloquecidos a todos.
-¿Por qué no procuran matarlo? -preguntó la pobre mujer.
-Ya se ha hecho -respondió el paisano, varias veces han salido grandes partidas armadas, llevando buenos perros para seguirle las huellas, pero todo ha sido inútil. ¡La fiera tiene su guarida en algún lugar secreto de las sierras y no hay cómo llegar a ella!
Esa noche la humilde familia durmió bajo el dominio de su terror, y así siguieron los días entre sobresaltos e investigaciones, hasta que una tarde sucedió lo inesperado.
Volvía la mujer de recoger sus majaditas, siendo ya muy entrado la tarde, en compañía de su hijo, el travieso Manolito, cuando escuchó a su espalda, entre unas enormes matas que crecían junto a los corrales, un espantoso rugido y el grito desgarrador del niño pidiendo ayuda.
La desesperación de la infeliz mujer no tuvo límites y, sin darse cuenta del peligro que corría, acudió hacia el sitio de la tragedia, no viendo más que soledad y sombras.
¿Qué había sido de su hijo?
Toda esa noche y los días que siguieron, grandes contingentes de gauchos e indios pacíficos buscaron a la criatura, pero nada pudieron sacar en limpio, hasta que, al regreso a sus casas con las manos vacías, abandonando la pesquisa, comunicaron a las autoridades que el puma con ojos de sangre debía ser algo sobrenatural, escapado de las profundidades de la tierra.
Y ahora sigamos nuestra historia con la curiosa aventura que le ocurrió a Manolito, a continuación de ser apresado por el temible felino.
El niño, al verse agarrado de su ropa por el animal, lanzó, como dejamos dicho, un desgarrador grito de socorro, pero aun no se había apagado el eco de su voz, cuando se vio suspendido en el aire entre los largos dientes del puma, y transportado a la carrera por la soledad del desierto.
El misterioso viaje duró varias horas, sin que el animal diera muestras del menor cansancio, hasta que, luego de trepar las empinadas cuestas de las sierras y de bajar a desconocidos precipicos, fue introducido en una inmensa caverna entre las grandes rocas de granito.
"¿Habrá llegado mi último hora?", se preguntaba Manolito angus-tiosamente.
Pero, al parecer, el puma no tenía, por el momento, propósitos homicidas y se limitó a arrastrar al niño por un largo corredor hasta depositarlo suavemente en un mullido colchón de paja, en donde lo dejó para quedarse absorto, contemplándole.
Manolito, con algo más de confianza, se atrevió a abrir un ojo y vio lo más terrorífico que se hubiera podido imaginar su mente conturbada.
Junto a él, casi quemándole con su fétido aliento, estaba el terrible carnicero, sentado en sus patas posteriores, y agitando lentamente la larga cola que pegaba en sus flancos.
El puma era en verdad de fantásticas proporciones, casi diez veces el tamaño natural de los leones americanos y sus ojos eran rojos sangre rodeados de una aureola brillante como de fuego. Su pelo largo y sedoso, era color oro bruñido y sus garras potentes y tan grandes como el propio Manolito, terminaban en unas uñas amarillas que parecían hechas del mismo metal. Lo que más le llamó la atención al despavorido niño, fueron los dientes del animal, que brotaban de su hocico como los de los elefantes y de un tamaño tan desproporcionado, que más bien parecían colmillos de estos paqui-dermos.
La criatura se sintió desfallecer ante tan horripilante cuadro y musitó con voz apagada:
-¡Me voy a volver loco! ¡ojalá me mate de una vez!
Pero su asombro no tuvo límites cuando el puma habló con voz humana, grave y profunda, mientras lo contemplaba con sus pupilas de sangre:
-Escucha, Manolito -comenzó la fiera, no me temas porque no te haré daño. Te he traído aquí para que hablemos y me ayudes a salvarme de mi lamentable desgracia.
-¡Habla! -respondió el niño, más confiado.
-Yo, en otras épocas lejanas, era un ser humano como tú. Tenía mi choza entre estas mismas serranías, junto a mi tribu de indios pehuelches que dominaban la llanura. Yo me llamaba el cacique Carupán, era valiente y noble, pero una tarde, la desgracia tocó mi alma. En una de nuestras correrías por el desierto, combatimos contra nuestros enemigos los araucanos y los vencimos, trayendo a mi toldo a la princesa Yacowa, hija predilecta del gran emperador Coupalicán. Mi amor sin límites por la muchacha enemiga, me hizo traicionar a mi raza y huí con ella por las más altas cumbres de la cordillera hacia el país de Arauco, cuna de la hermosa Yacowa. En la ciudad de Arauco fui mal recibido por los enemigos de mis tribus y el rey Coupalicán me hizo encerrar en una caverna durante diez años, en cuyo tiempo sufrí mucho y fui muy desgraciado. Una noche, con la ayuda de un indio de buen corazón, pude escapar de manos de mi cruel adversario y corrí otra vez por las cumbres nevadas, en demanda de mi pueblo, al que llegué después de muchos días de luchar contra los vientos y las nieves. Pero mi tribu tenía otro jefe y fui recibido como un traidor por los que antes me habían querido y obedecido. Inútil fue rogar y pedir que me admitieran como el último de los guerreros; la sentencia se dictó y una noche me condenaron a morir en la hoguera de los sacrificios. Horas antes de la ejecución, el hechicero de mi tribu, hombre de gran ciencia y de un poder sobrenatural, se acercó a la choza donde estaba encerrado y me dijo con grave tono:
"-Cacique Carupán. En otras épocas fui tu vasallo y admiré tu valor, hasta que un amor demente te alejó de nosotros traicionando a tu raza. Ahora estás condenado a morir entre las llamas, pero como no deseo verte gemir abrasado por ellas, con el poder mágico de mi caña de tacuara, te convertiré en un puma sanguinario que será el terror de las praderas. Todo el mundo te perseguirá durante muchos siglos y así vivirás en continuo sobresalto, pagando de esta manera tu grave falta. Si alguna vez consigues esta caña de tacuara y te golpeas tres veces la cabeza con ella, volverás a ser el valiente Carupán amado por tu pueblo."
Y al decir esto, tocó mi hombro con su maravillosa tacuara, e instantáneamente un rugido brotó de mi garganta. Me había convertido en lo que soy: en un puma de sanguinaria mirada.
La terrible fiera hizo silencio y el buen Manolito pudo observar que, por los párpados rojos del animal, corría una lágrima de fuego, que cayó sobre las rocas, brotando de ellas una pequeña llamarada azul.
-Y... ¿qué puedo hacer por ti? -preguntó el niño.
-¡Mucho! -respondió el felino.
-¡Yo no puedo, en mi condición de animal, buscar la varita mágica del cruel hechicero! ¡Tú, que eres bueno y noble, puedes hacerlo y con ello conseguirás que vuelva a ser un hombre, y me tendrás de esclavo el resto de mi vida!
-¿Dónde está ese hechicero? -volvió a decir el muchacho.
-¡Ay! ¡No lo sé! -contestó el puma.
-Mi transformación en animal ocurrió hace más de un siglo y el hechicero hace muchos años que ha muerto.
-Entonces... será imposible encontrar su caña de tacuara -exclamó Manolito con tristeza.
-¡Imposible, no! ¡Pero muy difícil, sí! Solamente debes tener paciencia y recorrer estos contornos hasta que halles la tumba del mago, y en ella encontrarás el precioso talismán -contestó el felino en un rugido muy parecido a un sollozo.
-Haré lo que me pides. Desde ahora, por la salvación de tu alma, trataré de encontrar la sepultura del hechicero de tu tribu.
-Gracias. Gracias, amigo Manolito. Si me conviertes en lo que fui, te enseñaré dónde se ocultan los tesoros de mi reino y serás inmensamente rico.
Dichas estas palabras, el puma de ojos de sangre, cogió al niño entre sus dientes y de un salto prodigioso lo colocó en el camino de la montaña, diciéndole como única despedida:
-¡Vete! ¡Aquí te espero! ¡Cumple tu promesa!
Manolito, al verse libre y solo, lanzó un suspiro de alivio y pensó inmediatamente en huir hacia la casa de sus padres, pero las palabras del puma aun le sonaban en los oídos y decidido y valiente, resolvió ponerse a buscar la tumba del hechicero para rescatar de entre sus restos la caña de tacuara que tanto deseaba conseguir el monstruoso felino.
Diez días y diez noches recorrió las serranías sin hallar más que piedras y arena, hasta que una tarde que había bajado a un pequeño valle solitario, escuchó a lo lejos el grito de un chajá que le decía entre aleteos:
-¡Chajá... chajá... aquí está... aquí está!
El niño creyó soñar, pero dominando sus nervios, se detuvo para mirar al simpático volátil.
-¡Chajá... chajá... aquí está... aquí está! -repitió el animalito como llamándolo.
Manolito no vaciló más y pronto estuvo junto al chajá, que estaba parado sobre un pequeño montículo de piedra semejante a una antigua tumba india.
El chico, con una emoción sin límites, se puso inmediatamente a quitar los pedruscos hasta que después de algunas horas de labor, descubrió los negros huesos de un ser humano y junto a ellos la codiciada caña de tacuara.
-¡El talismán! ¡El talismán! -gritó loco de alegría tomando la caña con sus dedos temblorosos.
­¡Ahora salvaré al pobre Carupán!
Corriendo por los peñascales, llegó horas después a la caverna donde dormitaba la fiera y entró en ella jadeante mostrando en su mano el precioso hallazgo.
El puma lo recibió con muestras de gran alegría y al contemplar la tacuara, dijo entre sollozos:
-¡Es ésa, mi buen Manolito! ¡Pégame con ella tres veces en la cabeza!
El niño, trémulo, ejecutó la orden y de pronto, el puma de ojos de sangre desapareció, y ante sus ojos abiertos por el asombro se presentó un indio alto y arrogante, cuya frente estaba cubierta con hermosas plumas de águila.
-¡Soy tu esclavo! -dijo Carupán, arrodillándose ante el pequeño, ¡cumpliré mi promesa!
La magia del temible hechicero había sido vencida y muy pocos días después, Carupán ponía en manos de Manolito los enormes tesoros de su tribu, con lo que éste vivió muchísimos años, feliz y contento, en compañía de sus padres y bajo la permanente custodia del cacique Carupán que nunca abandonó al valiente y decidido salvador de su alma.

015. anonimo (argentina)

La arañita agradecida

Cuento de hadas

Consuelo era una niñita muy buena y estudiosa que todas las mañanas se levantaba con el canto de los gallos para hacer sus deberes, después tomaba su desayuno y se dirigía entre saltos y canciones a la escuela que distaba apenas tres manzanas de su casa.
A la hora del almuerzo regresaba al hogar y dando un beso a sus padres, se sentaba a la mesa para comer, con toda gravedad, los diversos platos que le presentaba una vieja sirvienta que hacía muchos años que estaba en la casa.
Consuelo había descubierto durante su almuerzo, colgando de su telita transparente, a una pequeña arañita que ocultaba su vivienda colgante de uno de los adornos que pendían del techo.
-¡Querida amiguita! -había dicho la niña alborozada, mientras agitaba su mano en señal de saludo.
-¡Eres mi compañera de comida y no es justo que te quedes mirándome, mientras yo termino mi plato de dulce! ¡Tú también debes acompañarme!
La arañita, como si hubiera entendido el discurso de la pequeña, salió de su tela y se deslizó casi hasta el borde de la mesa, pendiente de un hilo casi invisible.
-¿Me vienes a visitar? ¡No eres fea! ¡Diminuta y negra como una gota de tinta! Seremos amigas, ¿no te parece? Desde hoy dialogaremos todos los días y mientras yo te cuento cómo me ha ido en el colegio y te digo cuantos juguetes nuevos me compran mis padres, tú me dirás todo lo que contemplas desde un sitio tan elevado como ese en que tienes tu frágil vivienda.
La arañita se balanceaba en su hilillo al escuchar a la niña, como si comprendiera las palabras que le dirigían y subía y bajaba graciosamente, en el deseo de agradar a su linda amiguita.
De pronto se escucharon ruidos en el pasillo que conducía al comedor.
-¡Sube! ¡Sube pronto a tu telita, que si te ven te echarán con el plumero! -gritó la pequeña, alarmada, haciendo señas a la arañita para que se diera cuenta del peligro que la amenazaba.
El arácnido, como si hubiera comprendido, inició el rápido ascenso y bien pronto se perdió entre las molduras del colgante, en donde tenía escondido su aposento de cristal.
La amistad entre estos personajes tan distintos se arraigó cada día más y conforme la niña se sentaba para almorzar, la arañita bajaba de su escondite y se colocaba casi al nivel de los ojos de la alegre criatura, como si quisiera darle los buenos días.
Así pasaron muchas semanas, hasta que una vez la desgracia llamó a la puerta de ese hogar, al ponerse enferma de mucho cuidado la hermosa criatura, que por su estado febril hubo de guardar cama, con el consiguiente sobresalto de los padres que se desesperaban ante el peligro de muerte que corría el rayo de sol de la casa.
La pequeña, dolorida y presa de una modorra permanente producida por la alta temperatura, creía ver entre sueñas a su diminuta compañera, que se balanceaba sobre su cabeza y le sonreía cariñosamente, colgada de su hilillo invisible.
-¡Buenas noches, querida mía! -susurraba la niña alargando sus manecitas, ¡no puedo moverme, pero te agradezco la visita! ¡Estoy muy malita y creo que me moriré!
Los padres escuchaban estas palabras y creían, como es natural, que eran ocasionadas por la fiebre que abrasaba el cuerpo de la enfermita.
Mientras tanto, la arañita del comedor, al no ver más a su amiga, había abandonado la tela y deslizándose por las paredes, pudo llegar, venciendo muchas dificultades, hasta el dormitorio en donde reposaba Consuelo.
El animalito quizá no se dio cuenta cabal de todo lo que ocurría, pero se extrañó mucho de que su compañerita no pudiera levantarse de la cama, que a ella le parecía, desde las alturas, un campo blanco de tamaño inconmen-surable.
Pero, como la simpatía y el amor existe en todos los seres de la creación, nuestra amorosa arañita se conmovió mucho de la situación de su graciosa amiga y decidió acompañarla, formando otra tela sobre la cabecera de la cama, escondida tras un cuadro que representaba al niño Jesús.
-Aquí estaré bien -pensó mientras trabajaba afanosamente en el maravilloso tejido.
-¡Desde este sitio podré observar a mi compañera y cuidar su sueño!
La enfermedad de la criatura seguía, mientras tanto, su curso y los médicos, graves y ceñudos, examinaban su cuerpecito calenturiento, recetando mil cosas de mal sabor y peor aspecto.
La arañita, entristecida desde su frágil vivienda, miraba todo aquello con profundo dolor y no sabía cómo serle útil a la paciente, que se revolvía entre los cobertores, inquieta por la fiebre.
La primavera mientras tanto había llegado y las plantas del jardín se cubrieron de flores de mil coloridos que alegraban la vista y perfumaban el ambiente.
Todo era paz y alegría en el exterior, pero en la habitación de la criatura la muerte rondaba sin apiadarse de la fragilidad e inocencia de su víctima.
Muchas veces el olor de los remedios y el vapor de ciertas mezclas que quemaban en la alcoba, molestaban mucho a nuestra diminuta arañita, pero su voluntad de mantenerse cerca de la enferma vencía su temor de caer asfixiada por aquellas emanaciones, y se encerraba dentro de la tela como mejor podía, para defenderse de tales peligros.
Por fin, gracias a Dios y a la juventud de Consuelo, se inició la difícil convalecencia, pudiendo sentarse en la cama y mirar por la abierta ventana su jardín cubierto de colores y lleno de trinos.
La felicidad de nuestra araña no tenía límites y, aprovechando la ausencia de seres indiscretos en la pieza, se deslizó por su invisible hilillo y se columpió ante los ojos de su amiga que la contemplaba con una sonrisa de inmensa dicha.
-¡Hola, compañerita mía! -exclamó la niña.
¡Mucho te eché de menos los pasados días! ¡Muy pronto volveremos a almorzar juntas!
La arañita escuchaba las palabras extrañas y sólo atinaba a acercarse más, como dando con ello muestras de su desbordante felicidad.
Con el calor, llegaron al jardín mil plagas de insectos que, sin solicitar permiso, penetraron en la habitación de la enferma y cubrieron sus sábanas blancas, cuando no revoloteaban junto a la luz de los candelabros.
Para la pobre niña, esto era un martirio, ya que los mosquitos no le dejaban conciliar el sueño de noche y le cubrían el rostro de feas y peligrosas ronchas.
Inútil era que los padres combatieran esta plaga quemando ciertos preparados insecticidas y otros productos; lo único que conseguían era mortificar a la convaleciente.
-¿Qué haremos? -preguntó una noche la madre, alarmada al contemplar la cara de la niña llena de puntos rojos.
-¡No lo sé! -respondió el padre, desesperado al no encontrar el remedio para terminar con los dañinos insectos.
La arañita, desde su punto de observación, había escuchado todo, y en su diminuto mente concibió una idea maravillosa para socorrer a su querida amiga y enseguida la puso en práctica.
Aquella noche, nuestro arácnido se deslizó de su tela y corriendo lo más velozmente que le permitían sus patitas, sobre las verticales paredes, llegó al desván de la casa, en donde, como es natural, habitaban miles de arañas de todas las clases y tamaños.
-¡Vengo a pedir ayuda! -gritó el animalito, en cuanto estuvo cerca de sus congéneres.
-¡Necesito de vuestros servicios!
-Estamos a tus órdenes -respondieron las arañas a coro.
La patudita, entusiasmada con tan preciosa alianza, explicó en pocas palabras de lo que se trataba y muy pronto miles de arañas, dirigidas por ella, abandonaron sus telas y en formaciones dignas de un ejército disciplinado, se dirigieron a la habitación donde reposaba Consuelo, molestada a cada instante por los mosquitos sanguinarios y otros insectos molestos.
-Debemos protegerla -dijo tan pronto llegaron. 
-¡A trabajar todas!
Las arañas, al escuchar esta orden terminante, se dividieron en varios grupos y comenzaron a formar telas, desde la cabecera hasta los pies de la cama, dejando en pocos instantes a la criatura bajo de un tejido maravilloso, en donde los mosquitos y otros bichos, se enredaban y morían atacados sin tregua por las arañas que no daban un minuto de reposo a su humanitaria tarea.
En contadas horas la pieza quedó libre de insectos y la niña convaleciente, sin nada que la molestara, pudo continuar descansando en su cama, cubierta por tan extraño palio que más bien parecía un tejido de hadas sobre el lecho de un ángel.
Una vez terminada la tarea, las arañas regresaron al desván y la arañita de nuestra historia volvió a su casita de tul, prendida tras el cuadro del Niño Jesús, desde donde continuó contemplando el plácido sueño de su amiga del alma, pagando con esto, la amistad que la niña le había dispensado en los ya lejanos días del comedor.
Así, el frágil animalito, probó ante el mundo que el amor y la lealtad no son sólo patrimonio de algunos corazones humanos.

015. anonimo (argentina)