Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

viernes, 27 de julio de 2012

Las tres naranjitas


Érase un hijo de rey que andaba buscando las tres naranjitas del amor. Las buscaba a caballo por todos los jardines que se encontraba, pero no había conseguido dar con ellas. Cuando preguntaba, en unos sitios le decían que nunca las habían visto y en otros que sí, pero que ya no quedaba ninguna; y él seguía buscando sin desmayo, hasta que un día llegó a otro jardín, donde salió a recibirle un jardinero y a él, como a todos los que encontrara anteriormente, le preguntó:
-¿Tiene usted noticia de las tres naranjitas del amor?
Y el jardinero le contestó:
-Sí que tengo, que hay tres en el árbol.
El hijo del rey no cupo en sí de gozo y se las compró y se fue con ellas.
Pero el camino de vuelta era muy largo, pues se había alejado mucho en la búsqueda, y al cabo de tanto cabalgar, el hijo del rey tuvo sed y decidió abrir una de las naranjitas; y cuando la abrió se encontró con que era una muchacha con un niño en brazos. La muchacha era muy hermosa y llevaba el pelo suelto y le dijo al hijo del rey:
-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?
-No los tengo -dijo el hijo del rey.
Entonces la muchacha se convirtió en paloma y se marchó volando con el niño.
El hijo del rey quedó entristecido y guardó cuidadosamente las otras dos naranjas jurándose no volver a hacer uso de ellas hasta llegar a palacio; pero el camino era tan largo que la sed pudo más que él y decidió abrir la segunda naranja.
Cuando la abrió, apareció una muchacha aún más hermosa que la anterior, con un niño en brazos y el pelo suelto, que le dijo:
-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?
-No los tengo -dijo el hijo del rey, y la muchacha se convirtió en paloma y echó a volar llevándose con ella al niño.
El hijo del rey se llenó de pesadumbre y estaba aún más triste que antes, pero siguió cabalgando con la esperanza de llegar pronto al palacio. Y estando de camino le ocurrió que llegó a un lugar donde le vendieron una vasija, un peine y un paño para secar.
Y otra vez tuvo mucha sed y se hallaba todavía a mucha distancia del castillo, pero esta vez encontró una fuente y bebió de ella. Y cuando hubo saciado la sed le entró una curiosidad irresistible por ver qué contenía la tercera naranja; así que la abrió y salió otra muchacha, ésta aún más bella que las anteriores, con un niño en brazos, que le dijo:
-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?
Y el hijo del rey le dijo que sí, y le ofreció agua de la fuente en la vasija, el peine y el paño. Entonces ella le dijo:
-Pues contigo me he de casar.
Entonces el hijo del rey le dijo que él debía adelantarse a palacio para hablar con sus padres y preparar la boda y, apenas tuviera dadas las órdenes, volvería por ella para llevarla consigo. Y a ella le pareció bien y quedó esperando junto a la fuente.
Al cabo del rato llegó a la fuente una mujer mayor con un cántaro a recoger agua y al mirar al agua vio reflejado el rostro de la muchacha y creyendo que era el suyo se decía:
-Siendo yo tan guapa ¿por qué he de venir a recoger agua?
Hasta que vio a la muchacha y se enfadó a causa del engaño y le dijo a la muchacha:
-Baja, muchacha, que yo he de peinarte.
-No, no -decía la muchacha-, que ya estoy peinada.
Pero tanto porfiaba la mujer que al fin bajó y la otra, que era una bruja, empezó a peinarla y en éstas extrajo un alfiler de su bolso y se lo clavó en la cabeza.
Y nada más clavarle el alfiler, la muchacha se volvió paloma y echó a volar, pero dejándose el niño.
Entonces la mujer cogió al niño y se sentó a esperar al hijo del rey.
Volvió por fin el hijo del rey y se extrañó de ver a aquella mujer vieja y fea y le dijo:
-Con lo guapa que eras ¿cómo te has vuelto fea y vieja?
-Pues ha sido del sol y del aire, pero soy la de siempre. Ya se me quitará y me quedaré como antes.
El hijo del rey se la llevó a palacio, pero no estaba nada convencido y ya no le gustaba aquella mujer a la que había dado su palabra.
Y resultó que la paloma llegó un día al jardín del palacio y estaba revoloteando por allí cuando apareció el jardinero, y dirigiéndose a él, le preguntó:
-¡Jardinero del rey!
¿Cómo le va al niño con la reina mora?
Y el jardinero le contestó:

-Unas veces canta, otras veces llora.

Y la paloma dijo, levantando el vuelo:

-¡Y su triste madre por los campos sola!

Así sucedió un día y otro día hasta que el jardinero, extrañado, se lo dijo al hijo del rey y éste le encargó que preparase un lazo y atrapara a la paloma.
Y dicho y hecho, al otro día el jardinero se presentó con la paloma.
El hijo del rey la tomó en sus manos y la vio tan entristecida que comenzó a acariciarla; y la reina mora, su esposa, le decía:
-Déjala volar, deja que se vaya.
Pero el hijo del rey contestaba:
-No, no, pobre paloma.
Y le acariciaba la cabeza. Y al acariciársela, la paloma temblaba de dolor. Y volvió a acariciarle la cabeza y volvió a temblar de dolor, y así otras veces más ante la irritación de la reina mora. Hasta que el hijo del rey dijo, palpándole la cabeza a la paloma:
-Pues ¿qué tiene aquí? -porque había topado con algo duro y, mirándolo bien, vio que era una cabeza de alfiler; tomándola con dos dedos, se la arrancó y en ese mismo momento se convirtió en la bella muchacha que había dejado en la fuente y la muchacha le contó todo lo que había sucedido. Y el rey casi se desmayó al saber que había estado haciendo vida con una bruja, pero en seguida la mandó prender, la sacaron al patio, cortaron mucha leña y allí mismo la quemaron.
De este modo el hijo del rey pudo casarse al fin con la muchacha y todos vivieron felices.

003. anonimo (españa)

Las tres manzanitas de oro

Un matrimonio de pastores tenía tres hijos y a los tres los querían por igual. Con el tiempo, los tres niños se fueron haciendo mayores hasta que llegó un día en que los dos mayores les dijeron a sus padres que se querían marchar de casa a servir en algún lugar donde ver mundo y ganar dinero. Y el más pequeño dijo que él también quería ir. Los padres se pusieron tristes porque de golpe se quedaban solos sin sus tres hijos, pero tanto se empeñaron éstos que no tuvieron más remedio que dejarlos marchar.
Se fueron los hermanos y llegaron a un camino que se bifurcaba en tres di­recciones, y se dijeron entre sí:
‑Pues que cada uno tome una dirección y dentro de un año nos volvemos a ver aquí.
Así lo hicieron y cada uno se fue a correr aventuras por su cuenta. Y pasó el año y llegó el día en que tenían que volver a reunirse los tres en la bifurca­ción de caminos. Y, tal como habían quedado, los tres se encontraron allí.
El mayor traía una bolsa mediana llena de dinero; el mediano, una bolsa pequeña llena de dinero, que era lo que les habían pagado por servir en otras casas. Y el pequeño traía tres manzanitas de oro, que le había dado la Virgen porque había estado sirviéndola a ella; y la Virgen le dijo:
‑Ya que te vas, te doy tres manzanitas de oro, una para ti, otra para tu pa­dre y la otra para tu madre.
De modo que cuando se encontraron en la bifurcación los tres se enseña­ron unos a otros lo que habían conseguido en ese año de trabajo. Y a los dos mayores les gustaron tanto las manzanitas del pequeño que le pidieron una para cada uno.
El pequeño les dijo que no, que él no deseaba lo de los otros y que ellos tampoco debían querer lo suyo.
Entonces le dijeron los hermanos, muy enfa-dados:
‑Pues danos tus manzanitas o te matamos.
El pequeño no se las quiso dar y los mayores se abalanzaron sobre él y le dieron muerte, pero las manzanitas cayeron de sus manos ladera abajo y se perdieron entre la maleza y no las pudieron coger. Entonces enterraron con fastidio al pequeño y se marcharon a su casa.
Los padres, cuando vieron llegar sólo a los dos mayores, les preguntaron por el pequeño y ellos contestaron:
‑No sabemos nada de él. Quedamos en juntamos en un lugar al cabo de un año, pero él no apareció y tuvimos que venimos.
Los padres pensaron que quizá estaba a gusto donde estaba y que no vol­vería hasta el próximo año.
El padre, al día siguiente, se fue con el ganado para que pastase y estando en las tierras de pasto vio una caña muy hermosa que le llamó la atención. La cortó y se hizo con ella una flauta y vio que la flauta sonaba maravillosamen­te, así que cuando llegó a casa se la mostró a su mujer y a los dos hijos y dijo:
‑Mirad esta flauta que hay que ver lo bien que toca.
Y empezó a tocar, y dijo la flauta:

‑Toca, toca, padre mío,
mis hermanos me mataron
por tres manzanitas de oro
y al cabo no me robaron.

El padre quedó muy extrañado de lo que acababa de oír, pero luego no le dio importancia. La madre, en cambio, quedó impresionada por el canto y le daba vueltas.
En esto, uno de los hermanos la cogió para probarla y la flauta dijo esta vez:

‑Toca, toca, hermano mío,
que ayudaste a matarme
por tres manzanitas de oro
y al cabo no me robaste.

Entonces la madre, que lo escuchó por segunda vez, dijo:
‑¡Ay, Dios mío, que éstos me han matado al pequeño, que han matado a mi hijo!
Y dijo el padre:
‑Calla, mujer, que eso es un delirio que tú tienes.
Y dijo la madre:
‑Pues vuélvela a tocar tú, y piensa bien qué es lo que la flauta toca.
La cogió el padre y tocó, y la flauta volvió a decir:

‑Toca, toca, padre mío,
mis hermanas me mataron
por tres manzanitas de oro
y al cabo no me robaron.

Entonces el padre también se dio cuenta de lo que decía la flauta y cogió a los dos hermanos y los apaleó hasta que declararon la verdad. Entonces se marcharon a donde había cortado la caña el padre cuando pastoreaba al ganado, y allí apareció su niño, y le salía la caña del corazón.

003. anonimo (españa)

Las tres hilanderas .003

Un matrimonio tenía una hija muy, pero que muy guapa, y sus padres es­taban muy orgullosos de su belleza y no hacían más que hablar de ella a to­do el mundo. Estaban tan orgullosos que no sólo hablaban de su guapeza si­no de lo trabajadora y dispuesta que era; en fin, hablaban tanto de ella, los padres y sus vecinos, que la fama de la muchacha llegó a oídos del rey.
Y se dijo el rey:
‑¿Cómo es que en ese pueblo hay una muchacha tan bella y tan hacendosa? Eso lo tengo yo que ver.
Para verlo, organizó una fiesta a la que invitó a mucha gente y, claro, también a la muchacha.
Pero la muchacha no acudió a la fiesta. Entonces el rey buscó a sus padres y les preguntó cómo su hija no había acudido a la fiesta cuando tanta y tanta gente había venido; y los padres, deshaciéndose en excusas, le dijeron que la muchacha no era amiga de fiestas, que prefería quedarse en casa haciendo labores de casa y que lo que más le gustaba era hilar. Todo eso lo decían para engrandecer a su hija, pero no era cierto.
Pero la reina se enteró de lo que dijeron los padres y le produjo gran contento porque apreciaba mucho que las mujeres supieran hilar. Como también había tenido noticias de que esta muchacha era hilandera y muy trabajadora, la mandó llamar a palacio y le ofreció un buen salario. El padre de la muchacha puso muchas excusas, pero acabó accediendo. El caso es que la reina aspiraba a casar a su hijo el príncipe con una mujer que fuera hilandera y por eso la mandó llamar. Una vez que estuvo la muchacha en palacio, la reina decidió comprobar sus cualidades. Y le dijo:
‑Te voy a mandar este trabajo para ver si sabes hilar tan bien como dicen y si eres tan trabajadora como me han contado.
Conque la llevó a una habitación grande que estaba llena de lana lista para hilar y le dijo:
‑Si hilas esta lana en tres días, te casas con mi hijo.
La pobre muchacha se quedó consternada, porque nunca había usado la rueca y no sabía hilar.
Y dijo la reina:
‑Yo daré orden para que aquí en esta habitación no entre más que quien te trae la comida. Así que tienes tres días para hilar esta lana.

La muchacha se puso a llorar en cuanto se quedó sola y no sabía qué hacer, ni con la lana ni con la rueca.
Y llorando se le echó la noche encima. Y aún hubiera seguido llorando si no llega a oír que alguien tocaba en la ventana de la habitación. Abrió la ventana y aparecieron tres señoras que le pidieron que no se asustara y les contase su problema. Ella se lo contó, tan compungida que daba pena verla, y las tres señoras le dijeron:
‑Déjanos aquí contigo y no temas nada porque mañana cuando despiertes toda la lana estará hilada.
Trajeron un huso y una rueca mágicos y estuvieron hilando toda la noche y a la mañana siguiente todo estaba hilado. Y cuando la reina entró, se quedó maravillada de que hubiese hilado toda la lana en una sola noche. En vista de lo cual, se la llevó a otra habitación mucho más grande que era como un sa­lón y que estaba también llena de lana y le dijo lo mismo que la otra vez.
Y la muchacha, apenas se quedó sola, se echó de nuevo a llorar pensando qué haría esta vez. Pero sucedió que las tres señoras volvieron a aparecer en la ventana y, como la noche anterior, trajeron el huso y la rueca mágicos e hi­laron toda la lana de la habitación en una sola noche.
La muchacha, además, se fijó en que una de las hilanderas tenía el dedo pulgar desmesurada-mente ancho, de tanto dar al huso; y que otra tenía el la­bio inferior muy ancho porque para hilar mojaba su dedo en él constante­mente; y la tercera tenía un pie enorme de tanto dar a la rueca de hilar. Pero no se atrevió a comentárselo.
En fin, que cuando la reina vio el portento de la segunda noche, se dijo:
‑Pues ésta se casa con el príncipe.
En seguida prepararon las bodas y, claro, el padre de la muchacha estaba loco de contento. Entonces la muchacha, viendo que estaban preparando las listas de invitados, dijo:
‑Las que no pueden faltar son tres primas mías.
Que eran las tres hilanderas. La reina dijo que sí y el padre, tan atolondra­do como estaba por el acontecimiento, ni se fijó en quiénes serían esas primas. Así que llegó el día de la boda, pero la muchacha estaba triste porque pensa­ba: «De qué me sirve casarme si cuando me manden seguir hilando no voy a saber».
Todo el mundo vino a la boda y cuando llegaron las tres primas la gente se quedó mirándolas porque con el dedo enorme, el labio colgante y el pie gi­gante a todos les parecieron horrendas, aunque nadie dijo nada porque eran las primas de la novia.
Terminada la celebración, el príncipe, que era curioso, no pudo resistir pre­guntarles a qué se debían aquellas deformidades y ellas empezaron a decir:
‑Pues yo tengo este dedo de tanto dar al huso años y años, que siempre me gustó el huso ‑dijo la primera.
‑Pues yo tengo este labio de tanto mojarme el dedo para hilar ‑dijo la se­gunda.
‑Pues yo tengo este pie de tanto dar a la rueca de hilar ‑dijo la tercera.
Y el príncipe, espantado, dijo a su esposa:
‑Nunca más quiero verte hilando desde ahora.
Y así se salvó de hilar la muchacha.

003. anonimo (españa)

Las mantecas del rey hijón


Había un conde, a quien llamaban el conde Arnaldo, que un día se puso enfermo y por más que llamaron a médicos y curanderos a que vinieran a reconocerle, nadie daba con el origen de su mal. Primero vinieron los médicos del condado y después de tierras más alejadas, pero no había manera. Buscaron más allá de las tierras que se conocían, y tampoco. Hasta que por fin apareció un hombre muy viejo y muy sabio que vivía en el fin del mundo y que, después de reconocer al conde, dijo que no había curación para él como no fuera frotado con las mantecas del rey Hijón. Y todo el mundo se echó las manos a la cabeza pues nadie sabía dónde podría encontrarse al rey Hijón, de quien jamás habían oído hablar.
El conde Arnaldo tenía un hijo que era ya un buen mozo. Y este hijo, al oír el dictamen del viejo médico sabio, anunció:
‑Yo voy a salir a buscar al rey Hijón; en cuanto le encuentre, le sacaré las mantecas y las traeré al palacio para sanar a mi padre.
Y dicho y hecho, pues se preparó para un largo viaje, ensilló su caballo y abandonó el pueblo y su casa camino de no‑se‑sabe‑dónde con el mejor de los ánimos.
Yendo por una senda que atravesaba un monte, se encontró con una viejecilla que traía un caballo del ramal, que no lo podía montar porque el pobre animal se tambaleaba de flaco que estaba. Y la vieja le dijo al muchacho:
‑Ay, buen mozo, ¿por qué no me cambia usted el caballo, que yo no puedo montar en el mío?
Y le dijo el muchacho:
‑Señora, tengo un viaje muy largo por delante, que no sé ni cuándo termina, y su caballo no podría llevarme, que está en los huesos.
Y la vieja le insistía:
‑Ay, buen mozo, si me lo cambiara usted... y él:
‑Nada, que no puedo.
Espoleó a su caballo y siguió adelante sin mirar atrás. Pero a los cinco minutos ya estaba de vuelta, porque le dolía ver a la pobre vieja en tan malas condiciones. La llamó y le dijo:
‑Abuela, tenga usted mi caballo y estas cinco monedas para que coma usted en la primera fonda a la que llegue.
Aupó a la vieja en su caballo y los despidió. Luego cogió el caballo flaco mientras pensaba: «A ver si este animal puede aguantar mi peso». Y, en efecto, ya al agarrarse a la crin para montarlo, el caballo se tambaleaba. Pero así que se aupó en él, ¡no podía creer lo que estaba viendo!: el caballo no es que corriera, volaba de tan rápido como iba, y en muy poco tiempo salvó montes y valles y le llevó sin parar hasta la misma orilla del mar.
En esto que desmonta en la orilla y allí mismo ve una ballena varada en la orilla dando bocanadas porque le faltaba el agua. Y pensó: «Mira ese pobre animal que está a punto de morir por no poder volver al agua».
Bueno, pues se acercó a la ballena y, a fuerza de darle vuelcos y empujones, consiguió llevarla al mar. Y apenas el animal sintió las olas, ya se dio vuelta sola y en seguida salió nadando.
El hijo del conde volvió a montar su caballo, picó espuelas y el caballo iba tan rápido que pasó sobre las aguas del mar y le llevó al otro lado. Y después siguió trotando por caminos de tierra, y así estaba cuando vio un águila que se cernía sobre él y trataba de arrebatarle el sombrero. Y se dijo: «Este pobre animal tiene hambre».
Rebuscó en su bolsa, donde encontró un buen pedazo de carne curada, lo mostró en alto y el águila, a la siguiente pasada que hizo, se la llevó en el pico y desapareció.
Y otra vez a galopar. Cuando en esto ve una zorra que ora se ponía delante del caballo, ora lo rodeaba por los lados, ora volvía a adelantarse, hasta que el hijo del conde se dijo: «Este animal debe de tener hambre».
Echó mano a la bolsa otra vez, sacó un pedazo de pan y echó un buen pedazo al suelo. Y el pedazo ni siquiera llegó al suelo, que antes lo cogió la zorra con la boca y escapó con él.
Y así continuó, haciendo preguntas en los lugares en que encontraba gente, para ver si alguien podía darle cuenta del rey Hijón, pero nadie sabía nada. Y en una de éstas, se metió por unos campos en los que, le habían advertido, vivía una fiera que no dejaba acercarse a nadie, y, yendo por ellos, encontró una herradura de la fiera y se la echó a la bolsa. Y entonces oyó que el caballo le decía:
‑Hijo del conde, no cojas eso que va a ser tu perdición.
‑¡Atiza! ‑dijo el muchacho‑. Este caballo, además, habla. Pero ¿qué mal puede hacerme una herradura? ‑y no la tiró.
Y siguieron adelante. Y se encontraron una carta tirada en mitad de la hierba.
‑Mira, una carta ‑dijo el muchacho, y se bajó por ella.
Y le dijo el caballo:
‑Hijo del conde, no cojas eso que va a ser tu perdición.
El hijo del conde no le hizo ni caso y se guardó la carta. Y llegaron a un pueblo a la noche, donde el muchacho pidió posada, guardó a su caballo en el establo, cenó y se echó a dormir. Y aprovechando que dormía, el posadero fue y le registró las alforjas y lo primero que vio fue la herradura. Entonces esperó a la mañana y, nada más levantarse el muchacho, se le encaró y le dijo:
‑¿De dónde has sacado esta herradura?
Y dijo el muchacho:
‑Nada, que la encontré viniendo hacía aquí, que estaba en el suelo.
Y dice el posadero, que era también el alcalde:
‑Pues esta herradura es de la fiera y si no nos la trae viva o muerta, nosotros le matamos a usted.
Apenas se quedó solo, el muchacho empezó a lamentarse de su mala suerte y se fue a donde tenía el caballo. Y el caballo que le vio tan doliente le preguntó:
‑¿Qué te sucede, hijo del conde?
‑Ay ‑dijo el muchacho‑, que ya me avisaste tú que esta herradura sería mi perdición ‑y le contó lo que ocurría.
Dijo el caballo:
‑Mira que te lo dije. Pero, en fin, monta en mí y vamos a las tierras que guarda la fiera.
Cabalgaron un buen rato y el caballo le llevó a la entrada de una cueva de enorme boca. Allí el caballo le dijo:
‑Ahora entra y verás a la fiera dormida. Coge tu trabuco con la mano derecha y lleva en la izquierda un palo corto y fino. Te llegas hasta la cabeza de la fiera y le pones el trabuco junto al oído; entonces le pinchas con el palo y, en el momento en que se despierte, disparas.
Así lo hizo el muchacho y la fiera cayó muerta al instante. Luego la sacó a rastras de la cueva hasta que se quedó sin fuerzas y le dijo el caballo:
‑Ata su cola a la mía y monta en mí, que yo llevo a los dos.
De esta manera el muchacho consiguió llevar la fiera hasta el pueblo. Nada más llegar, se fue a la posada y tocó a la puerta y, cuando preguntaron quién era, gritó, para que lo oyeran bien todos:
‑¡El hijo del conde Amaldo, que trae a la fiera muerta!
Todo el pueblo se llenó de júbilo por la muerte de la fiera y porque las tierras de la fiera ahora quedaban libres. Y el muchacho estaban tan cansado que se fue a dormir. Y el posadero volvió a la cuadra a registrar bien las alforjas y encontró la carta. Lo que no sabía el muchacho es que la carta era de la reina Sabiduría, que era la prometida del rey Hijón. Y, claro, el posadero fue a verle inmediatamente:
‑A ver, muchacho, ¿quién te ha dado a ti esta carta?
Y el muchacho:
‑Pues lo mismo, que venía caminando hacia aquí y la encontré y la guardé.
Y dice el posadero:
‑Ésta es la carta de la reina Sabiduría, la prometida del rey Hijón. Como no nos traigas a la reina, te mataremos a ti.
Y vuelta a la cuadra a contárselo al caballo, para ver qué hacían esta vez.
‑Anda ‑le dijo el caballo‑ y vuelve a montar en mí, que mira que te lo advertí.
Salieron al camino de nuevo y el caballo echó a correr sin parar hasta un lugar lejanísimo donde estaba el palacio de la reina Sabiduría, la prometida del rey Hijón. Y así que llegaron a las puertas, el hijo del conde pidió hablar con la reina y le llevaron con ella.
‑Bien, ¿qué es lo que deseas? ‑preguntó la reina.
‑Yo he encontrado una carta que es de usted ‑dijo el muchacho‑ y me han dicho que si no la llevo a usted viva o muerta, ellos me matarán a mi, así que vengo a llevármela.
La reina se asombró de la desfachatez del muchacho y le dijo:
‑¿Ves ahí todos esos cadáveres que cuelgan muertos? Son de otros que vi­nieron antes que tú; porque yo tengo un derecho que tú debes respetar y es que durante tres noches te esconderás donde tú quieras a dormir; si una de las tres noches no te encuentro, me tengo que casar contigo; pero si te encuentro las tres noches te mato y te cuelgo como a los otros cadáveres.
El hijo del conde comprendió que estaba metido en un buen lío y se fue a hablar con el caballo. Y el caballo le dijo:
‑Esta noche, cuando te mande acostar, yo te llevo a la orilla del mar, allí llamas a la ballena a la que salvaste la vida y le pides que te trague y te lleve con ella al fondo del mar hasta que amanezca.
Eso hicieron. El muchacho durmió en el vientre de la ballena y a la mañana siguiente se dirigió al palacio y pidió hablar con la reina; y le dijo a la reina:
‑Bien, ¿sabe usted dónde he dormido yo esta noche?
Y la reina le contestó:
‑Sí que lo sé, que ha dormido usted en el vientre de una ballena en el fon­do del mar.
Y el muchacho dijo:
‑Sí, señora, así ha sido.
Y dijo la reina:
‑Pues ya he acertado la primera noche.
Cuando llegaba la segunda noche, el hijo del conde volvió a hablar con el caballo y éste le dijo:
‑Esta vez va a venir el águila aquella a la que diste un pedazo de carne cuando estaba hambrienta. Te montarás en ella y te llevará a dormir por el cie­lo, más allá de las nubes, para que nadie te vea.
Así sucedió. A la mañana siguiente, el muchacho se fue a ver a la reina y le dijo:
‑Bien, ¿sabe usted dónde he dormido yo esta noche?
Y la reina le contestó:
‑Sí que lo sé, que esta noche has dormido en un colchón de plumas en lo alto del cielo.
Y el muchacho dijo, admirado y pesaroso:
‑Sí, señora, así ha sido.
Y la reina:
‑Pues ya he acertado dos noches y una sola te queda.
Llegó la tercera noche y volvió a hablar con el caballo. Y le dijo éste:
‑Ahora va a venir aquella zorra a la que diste tu pan. Le arrancarás un pe­lito y te irás a la habitación de la reina; con la ayuda del pelito te vuelves la­garto, entras por debajo de la puerta y esperas escondido; y cuando veas que sale a buscarte, te metes a dormir debajo de su cabecera.
Llegó la noche y la reina se fue a buscarle por todos los sitios: por mar, cielo, tierra... y no le encontraba. Y a la mañana siguiente, el hijo del conde acudió a la cita con la reina y le dijo:
‑Bien, ¿ya sabe usted dónde he dormido esta noche?
Y la reina confesó:
‑Pues no, no lo sé.
Y dijo el hijo del conde:
‑Pues yo he oído todo lo que usted ha estado diciendo porque he dormido junto a usted, bajo los almohadones de su cama.
La reina reconoció su derrota y le dijo que ahora se tenían que casar y lue­go se irían a donde él quisiera.
El hijo del conde, que sabía que la reina era la prometida del rey Hijón por­que se lo había dicho el posadero, le contó los planes que traía y que buscaba al rey para sacarle las mantecas y llevarlas a su padre. Y decidieron irse los dos al palacio del rey Hijón.
Llegaron al palacio y se anunciaron al rey. Y la reina había discurrido un ardid que le contó al hijo del conde:
‑Escucha bien: yo prepararé en el patio del palacio una hoguera y sobre la hoguera pondré un caldero de aceite hirviendo. Después cogeré una flor y anunciaré que el primero que se tire por esa flor se casará conmigo. Yo sé que el rey se tirará, pero no lo hagas tú y estate preparado.
Hizo todo como lo había dicho y, cuando tenía el aceite hirviendo, se pu­so la reina junto al caldero y anunció:
‑El primero que se tire por esta flor se casará conmigo.
El rey Hijón, que lo oyó, se tiró de cabeza y, claro, cayó en el caldero y murió abrasado. Entonces el hijo del conde, que estaba preparado, acudió aprisa, sacó al rey, le abrió las tripas y le sacó la manteca. Y ya los soldados del rey los habían visto, pero entonces montaron en el caballo del hijo del conde y éste corría tan rápido que dejó a todos atrás porque nadie podía se­guirlo.
Cuando llegaron al pueblo del conde Arnaldo, éste estaba a punto de ex­pirar. Llegaron el hijo del conde y la reina a donde estaban los médicos ro­deando al conde y entregaron las mantecas que el viejo médico sabio había pedido. Y allí mismo cogieron al conde y le untaron con las mantecas y poco a poco empezó a sanar y en dos días ya estaba sano por completo.
En vista de todo esto, el conde Arnaldo ordenó que inmediatamente se casaran su hijo y la reina Sabiduría y pronto se celebraron las bodas con gran contento de todo el pueblo.
Y sucedió que el hijo del conde había dejado su caballo en la cuadra y ordenado a los criados que lo tratasen lo mejor que supieran y que le trajesen cuanto le apeteciera. Y cuando volvían de la boda, sintió el hijo del conde un revuelo muy grande en la cuadra y, dejando a todos plantados, se fue a ver el porqué del alboroto.
Llegó a la cuadra y vio que el caballo estaba saltando de un lado para otro y dándose golpes contra las paredes. Y preguntó a los que había dejado allí asistiendo al caballo:
‑Pues ¿qué es lo que habéis hecho con él para que se ponga de esta manera?
Y los criados le dijeron:
‑Nosotros no hemos hecho nada, que ha sido él solo el que se ha puesto así.
Entonces el hijo del conde empezó a hablar con el caballo, pero éste no le hacía ningún caso y tampoco hablaba sino que relinchaba como cualquier caballo.
Y ya se iba para fuera todo confuso el hijo del conde, pues tampoco entendía él lo que pasaba, cuando se tropezó con la vieja que llevaba el caballo flaco del ramal cuando se cruzaron en el camino del monte.
Y le dijo el conde:
‑¿Qué hace usted por aquí?
Y le contestó la vieja:
‑Que he venido a traerle a usted su caballo y a llevarme el mío. Y además le traigo también las cinco monedas que me dejó usted. Y ahora me llevo mi caballo, que ya le he sacado de los apuros que tenía usted.
Y el hijo del conde Arnaldo se quedó todo admirado y luego volvió con su esposa y su padre y los invitados a la boda y así termina esta historia.

003. anonimo (españa)

La zapatilla de oro


Un rey salió de caza con sus invitados y, siguiendo a una pieza, se despegó del grupo de tal manera que, al rato, empezó a echarse la tarde encima y vio que nadie le seguía, con la excepción de un conde de su corte. Entonces decidieron ambos buscar cobijo en alguna parte y quiso la casualidad que dieran con una casa en medio del campo.
En la casa vivía un matrimonio que tenía una hija muy guapa y muy bien dispuesta y en seguida ofrecieron posada al rey y a su acompa-ñante.
En la casa no tenían mucho de comer, pero buscando buscando una cosa buena para el rey prepararon dos perdices y las guisaron y las trajeron a la mesa.
La muchacha partió las perdices y le dio las cabezas a su padre, las alas a su madre, los cuerpos al rey y a su acompañante y ella se quedó con las patas. Al ver este reparto, el joven conde que iba con el rey dijo:
‑Estas perdices no están bien repartidas, pues nos toca a nosotros la mayor ración y eso no está bien.
Y dijo la muchacha:
‑Sí, señor, que está bien, porque vea usted: la cabeza es para mi padre, porque es mi padre y la primera persona de la casa; las alas son para mi madre, que es la segunda persona de la casa; el cuerpo es para ustedes, que son los huéspedes. Y como yo soy la que va de acá para allá, pues para mí son las patas.
Dicho lo cual, todos aceptaron la explicación y se pusieron a comer. Y el joven conde se fijó en la muchacha porque le pareció muy lista, además de guapa y dispuesta.
Terminada la cena, se fueron a acostar; y le dijo el joven conde al rey:
‑Tanto me ha gustado esa muchacha que me parece que me he enamorado y, si me quisiera, bien que me casaba con ella, porque no busco una mujer que tenga muchos bienes sino una que me guste aunque no tenga nada.
Y le dijo el rey:
‑Pues nada, mañana por la mañana le pides a los padres la mano de la muchacha.
Así lo hizo al día siguiente, y el padre de la muchacha le contestó que ellos no eran dignos de que su hija se casase con él, pues no eran nobles sino artesanos pobres. El joven conde insistió en que le preguntaran a ella, pues si aceptaba, él se casaba con ella sin preocuparse de su condición. Llamaron a la muchacha y, cuando le dijeron que el conde la pretendía, dio su consentimiento. Y en unos pocos días se celebraron las bodas.
Pasó algún tiempo y un día, en palacio, el rey se dirigió al joven conde y le preguntó por su esposa, porque desde el día del matrimonio ya no había vuelto a verlos y sentía curiosidad. Y el conde le dijo:
‑Ni aunque hubiera dado mil veces la vuelta al mundo hubiera encontrado una esposa mejor, ni más guapa, ni más dispuesta, ni más fiel y cariñosa que ella.
Esto lo escuchó uno de los ministros del rey, y comentó en voz alta para que le oyeran:
‑No lo creo, que bien se sabe que todas las mujeres son el diablo.
Y dijo el joven conde:
‑¿Que mi mujer es el diablo? Pues es la más honesta y buena que se pueda encontrar en el mundo.
‑¡Ajá! ‑dijo el ministro‑. ¿Eso es lo que crees? Entonces vamos a apostar la cabeza a que no es tan honesta como tú crees.
‑Apostada está ‑contestó el conde irritado
‑Pues el rey es testigo ‑dijo el ministro.
Acordaron que el conde estaría ocho días sin volver a su casa y, mientras tanto, el ministro intentaría hacerla pecar. Y allí se quedó el conde, en el palacio del rey, esperando que pasasen los ocho días.
Entonces el ministro fue a la casa del conde y pidió ver a la señora, pero ella mandó decir a la criada que no quería ver ni hablar a otro estando su marido fuera. El ministro no desesperó y continuó insistiendo y así un día le decían que no estaba la señora, otro que había salido, otro que no podía recibirle. Y empezaron a pasar los días y el ministro se desesperaba pues no veía el modo de llegar a ella porque ella no consentía.
Así que empezó a pensar qué podría hacer antes de que se cumplieran los ocho días, pues si no perdería su cabeza, y en esto le vino la idea de buscar a la peinadora de la condesa y le dijo que le daría tres talegos de oro si le daba tres señas de la condesa. La peinadora le dijo que sí. Al día siguiente, estaba atendiendo a la condesa, y ésta dejó sus anillos en el tocador para lavarse y entonces le quitó un anillo muy bonito que le había regalado el conde; luego, cuando la peina-ba, le cortó un mechón de su cabello sin que se diera cuenta; y luego se fijó que tenía un lunar en el pecho derecho. Y apenas salió de la casa del conde, la peinadora fue a ver al ministro y le dio las tres señas de la condesa.
El ministro se fue tan contento al palacio y llamó al rey, al conde y a testigos. Como era el octavo día, el rey le dijo:
‑¿Cómo es que no has podido venir hasta hoy?
Y decía el ministro:
‑Pude venir antes, pero me estuve aprovechando.
Entonces el conde le amenazó con matarlo allí mismo, pues no lo creía; y dijo el ministro:
‑¿No lo crees? Pues mira este anillo y dime si lo conoces ‑y le mostró el anillo‑. Dime si conoces este pelo ‑y le mostró el mechón‑. Y dime si tu esposa no tiene un lunar en el pecho derecho.
El conde, anonadado, reconoció las tres señas. Entonces dijo el rey:
‑Que llamen al alguacil para que prenda al conde y al cabo de tres días le corten la cabeza.
Conque encerraron al conde y quedó en capilla a la espera de que le decapitaran. Como a los presos les dejaban pedir un deseo, el conde pidió que le dejaran escribir una carta a su esposa. Entonces le explicó en la carta lo sucedido y le preguntaba si era cierto que había estado con el ministro, que él creía que no y que por eso había apostado su cabeza.
La condesa se dio cuenta en seguida de la situación y, sin perder más tiempo, se fue buscar a un orfebre y le encargó que le hiciera una zapatilla de oro en veinticuatro horas.
El orfebre se echó las manos a la cabeza y dijo:
‑¡Una zapatilla de oro en un solo día! ¡Eso es imposible!
‑Pues en un día ha de ser, que no hay nada que no se pueda hacer si uno quiere.
‑Bien ‑dijo el orfebre‑, pero me dará usted el doble de lo que vale.
La condesa aceptó y luego se fue a ver a una modista y le encargó una túnica de terciopelo morado y sucedió lo mismo, pero se avino a hacerla porque la condesa le pagó el doble de su valor. Total, que al día siguiente, la condesa vistió la túnica, puso la zapatilla en una bandeja y se fue a la puerta del palacio del rey y empezó a decir en voz muy alta, para que la oyeran desde el palacio:
‑¡Pido justicia al cielo, que en la tierra no la encuentro!
Lo gritó una y otra vez hasta que llegó a oídos del rey; y éste dijo:
‑¡Quién dice tal! Yo soy un rey que hace justicia a todos por igual y no me vendo por dinero.
Y añadió:
‑¡Traedme inmediatamente a esa mujer!
Así que estuvo en presencia del rey, éste le preguntó:
‑¿Qué es lo que va usted diciendo por ahí?
‑Que no encuentro justicia en la tierra y por eso la pido al cielo; porque hay un hombre que me ha robado una zapatilla como ésta, tomán-dola de m¡ alcoba, y ese hombre es... ‑y dijo el nombre del ministro del rey.
El rey, al oír esto, mandó al alguacil que trajera a su presencia al ministro. Cuando llegó éste, la condesa repitió su acusación; y dijo el ministro:
‑¡Qué dice esta loca! ¡A esta mujer yo no la he visto en mi vida!
Y dijo la condesa:
‑¿Dice usted que nunca me ha visto, ni me conoce, ni me ha robado la zapatilla de oro?
El ministro volvió a negar y ella insistió:
‑Jura usted que nunca me ha visto ni me conoce? ¿Lo jura usted tres veces sin desdecirse?
Y el ministro contestó:
‑Sí, señora, tres veces y cuantas fuera necesario. Que yo no la he visto a usted nunca ni la conozco de nada.
Entonces la condesa le dijo:
‑Entonces ¿por qué dice usted que ha dormido conmigo?
Quedaron los presentes suspensos ante esta pregunta y dijo la condesa al rey:
‑Señor, mandad llamar a mi marido, que yo soy la campesina que ustedes encontraron yendo de caza y con la que el conde se casó y habéis oído jurar que no he sido infiel a mi marido.
El rey y toda la corte quedaron maravillados de la agudeza de la muchacha. Mandaron llamar en seguida al conde, que en cuanto vio a su esposa se abrazó a ella y luego perdonaron la vida al ministro, pero el rey lo desterró para siempre de su corte.

003. anonimo (españa)

La tira de piel


Un hombre tenía dos hijos, uno de dieciocho años y el otro de dieciséis. Un día, el pequeño le dijo a su padre:
-Yo quiero dejar la casa para ir a servir.
El padre consintió y el muchacho se fue a ver dónde encontraba una casa para servir.
Cuando dio con un amo se ajustó para hacer de criado con él, pero el amo le hizo firmar un documento en el que se decía que no arreglarían cuentas hasta que cantase el cuco y, además, que aquel que se enfadara primero de los dos se tenía que dejar sacar una tira de piel de la nuca al pie.
El muchacho se fue a trabajar las tierras y al mediodía llegó una criada para darle de almorzar. Traía el almuerzo en un puchero y también llevaba un plato y le dijo que, de parte de su amo, que tenía que comer sin pasar la comida del puchero al plato y sin abrir el puchero. El muchacho, claro, dijo:
-Eso es imposible, así que se lleva usted el almuerzo a casa que ya hablaré yo con el amo.
La criada se lo llevó. Por la noche, cuando volvió a casa del amo, éste le preguntó:
-¿Se ha enfadado usted?
Y el muchacho respondió:
-No, no me he enfadado.
Y el amo lo mandó a dormir en el suelo, en un rincón.
A la mañana siguiente volvió a suceder lo mismo y la criada volvió a llevarle el almuerzo con las mismas condiciones, así que el muchacho tampoco almorzó esta vez. A la noche, cuando regresó del trabajo, el amo le volvió a preguntar:
-¿Se ha enfadado usted?
Y el muchacho le respondió esta vez:
-Sí señor, me he enfadado, porque me hace trabajar sin comer y me hace dormir en el suelo.
Y el amo le dijo:
-Pues, si te has enfadado, me debes una tira de piel por lo que dice el documento.
Y se la sacó del cuerpo.
El muchacho volvió a casa de su padre muy dolorido y lastimado y contó lo que le había sucedido.
Y el hermano mayor, enfadado al ver que al pequeño le habían sacado una tira de piel, pidió que le contase cómo había sido todo y una vez que se hubo enterado bien, dijo:
-Pues bueno, ahora dime dónde está la casa, que voy para allá y ya verás lo que pasa esta vez.
Se fue el mayor al lugar donde sirviera el pequeño y se ofreció para servir al amo. El amo le puso las mismas condiciones que al hermano pequeño y el muchacho se mostró conforme.
Al día siguiente salió al campo a trabajar, pero se sentó debajo de un árbol y no hizo nada más que esperar.
A las doce, llegó la criada con la comida y le dijo que ni echara del puchero en el plato ni destapara el puchero. El muchacho dijo:
-Así ha de ser -y con un canto afilado golpeó el puchero hasta romperlo y por ahí sacó la comida y se la comió.
A la noche volvió a la casa y, cuando vio al amo, le dijo:
-¿Se ha enfadado usted? -y el otro le dijo:
-No, pero...
Y vio que estaba la cena lista para servir y, sin más ni más, se la zampó entera y dejó a los demás sin cenar.
Y dijo al amo:
-¿Se enfada usted?
Y el amo contestó:
-No, pero...
Subieron a dormir y se metió en la cama del amo.
Y le dijo el amo:
-Pero ¿qué haces tú aquí?
Y le dijo el mozo:
-¿Se ha enfadado usted?
Y contestó el amo:
-No, pero...
Al otro día el amo le dijo que fuera a buscar dos bueyes que tenía en la cuadra y que los unciera, pero que los bueyes habían de venir el uno sonriendo y el otro haciendo la venia. Conque el mozo se levantó tranquilamente por la mañana, se fue a la cuadra y, ni corto ni perezoso, al primero de los bueyes le corta el morro con un cuchillo para que se le vean los dientes y al segundo le corta media pata delantera. Y hecho esto, los sacó afuera y le dijo al amo:
-Vea usted, señor amo, que aquí le traigo los bueyes, el uno sonriendo y el otro haciendo la venia.
El amo se llevó las manos a la cabeza y le dijo:
-Pero, ¡animal!, ¿qué has hecho con los bueyes?
Y el muchacho le preguntó entonces:
-¿Se ha enfadado usted?
-No, pero...
Pasó otro día y esta vez el amo le encargó que fuera a vender unas yeguas a la feria. Y se fue el muchacho con las yeguas, que eran catorce, y cada yegua llevaba un cencerro. Y vendió todas, excepto una que era blanca, pues las demás eran todas negras. Total, que se quedó con los cencerros y la yegua y se volvió para casa. En esto, en el camino se le vino encima un nubarrón y, sin pensárselo dos veces, tiró de navaja, abrió a la yegua en canal y se protegió bajo ella mientras diluviaba. Cuando terminó de llover, aparecieron trece buitres negros y uno blanco y empezaron a comer de la yegua muerta. Y el muchacho los fue cogiendo y poniendo a cada uno un cencerro al cuello, los espantó y cogiendo el blanco se llegó hasta donde estaba el amo gritando:
-¡Milagro!, que las yeguas se me han convertido en buitres y esta blanca en la que yo iba a la feria también.
El amo sospechó de él y empezó a regañarle, pero el muchacho dijo:
-¿Se enfada usted, señor amo?
Y el amo:
-No, pero...
Consultó el amo con la mujer a ver qué hacían, porque veía lo que estaba perdiendo con aquel criado.
-Y aún falta para que cante el cuco -decía la mujer.
Y decidieron ambos que la mujer se subiera a un árbol que había junto a la casa y cantara como el cuco, al que imitaba bastante bien. Así lo acordaron y la mujer subió al árbol, a la noche, y empezó a cantar como el cuco. Entonces el amo le gritó al criado:
-¡Eh, que ya canta el cuco! ¿Lo oyes?
Y el muchacho decía:
-¿El cuco en este tiempo? Pues ya me extraña, así que voy a ver si es cuco o cuca.
Cogió su escopeta, disparó y cayó la mujer al suelo, muerta. Y saltó el amo:
-Ahora sí que me he enfadado de verdad, que me has matado a quien más estimaba en esta casa.
Y dijo el muchacho:
-Pues nada, la tira de piel.
Y le arrancó una tira de piel desde la nuca hasta el pie, además de mil reales de salario, y se volvió tan contento para su casa a enseñárselo todo a su padre y a su hermano.

003. anonimo (españa)