Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 26 de julio de 2012

El huésped del muerto


Antiguamente, cuando se invitaba a alguien a un festín se le solía obsequiar antes con un panecillo. En cierta ocasión, un hombre decidió invitar a su ca­sa a diez personas; y así le entregó a su hijo diez pa­nes para que los llevara a cada uno de los diez invitados. El joven repartió nueve, pero el décimo no pudo entregarlo porque había olvidado la dirección de su destina­tario. Temiendo por ello que su padre le castigara, no sabía qué hacer. Se dirigió entonces al cementerio, colocó el pan sobre una de las tumbas y dijo, como si pretendiera hablar con el muerto allí enterrado:
-Es voluntad de Dios que esta tarde vayas como invitado a nuestro banquete.
Regresó a su casa y le dijo a su padre:
-Padre, ya he invitado a todos. Le he entregado a cada uno su pan.
Cuando todo estuvo dispuesto, el padre fue recibiendo a sus invitados uno tras otro. Los nueve primeros se conocían entre ellos y él los reconoció igualmente. Pero el décimo le era desconocido y nadie parecía conocerlo tampoco. Sin embargo, ninguno de los allí presentes le interrogó acerca de su identidad. Cuando el banquete hubo acabado, el fo­rastero se excusó y dijo que debía ausentarse, a lo que el an­fitrión y los demás invitados respondieron deseándole un feliz viaje.
El hombre lo acompañó hasta la valla del jardín y se des­pidió de él diciéndole: "Buen viaje".
Pero a aquello el huésped contestó:
-Es voluntad de Dios que vengas como invitado a mi ca­sa mañana por la tarde.
Lleno de asombro, el dueño de la casa regresó al lugar en que se encontraban el resto de los invitados, y éstos le pre­guntaron:
-¿Conocías tú a ese hombre?
Él les respondió:
-No, no lo conocía; y además estoy sumido en gran per­plejidad, porque me ha invitado a ir a su casa mañana por la tarde, y no sé cómo se llama ni dónde vive.
Uno de los asistentes, de edad avanzada, le sugirió:
-Llama a tu hijo y pregúntale dónde lo encontró y cómo es que le entregó a ese hombre uno de los diez panes.
El joven se atemorizó mucho al ser interrogado y se echó a llorar. Pero los invitados de su padre lo tranquilizaron di­ciendo:
-No tienes nada que temer. Dinos tan sólo a quiénes en­tregaste los panes que debías repartir; eso es todo.
Entonces el muchacho les explicó que había invitado a los nueve presentes.
-Pero en cuanto al décimo -añadió, se me olvidó su di­rección. Por temor al castigo no me atrevía a volver a casa y presentarme ante mi padre sin haber cumplido su encargo, por eso decidí ir al cementerio y colocar el último pan sobre una tumba, ante la cual pronuncié estas palabras: Aquí está el pan. Es voluntad de Dios que vayas esta tarde a nuestro banquete como invitado.
Su padre y los invitados se dieron cuenta al punto de que el forastero había acudido directamente desde su tumba. Entonces el padre le dijo al joven:
-Ven conmigo y muéstrame la tumba donde dejaste el pan.
Y el muchacho hizo lo que su padre le había ordenado. Al llegar la hora del nuevo banquete, el padre se presentó ante la tumba, llamó al muerto, abrióse la lápida y él pene­tró en su interior. El muerto ya tenía preparados los manja­res. Se acomodaron los dos y el huésped comenzó a obser­varlo todo a su alrededor. De pronto, en un rincón, distin­guió una comadreja y una gata y, extrañado, le dijo al muerto:
-Todo está muy bien, pero no comprendo qué hacen ahí esos dos animales.
-La comadreja es mi madre y la gata es mi mujer -aclaró el muerto.
-Se han convertido en animales porque en el otro mundo se negaban siempre a recibir huéspedes.
El invitado le dijo entonces al muerto:
-¿Y no podríamos rogar a Dios para que vuelvan a tomar la forma que tenían en el mundo de los vivos?
-Sí, es posible -le explicó el muerto.
-Pero ¿de qué servi­ría? Nos estarían importunando continua-mente.
El huésped insistió:
-Pese a todo, mantengo mi propuesta. Déjame que yo se lo pida a Dios, tú limítate a decir Amén.
Así que acabaron el rezo, la comadreja y la gata recobra­ron la apariencia de mujeres e inmediatamente increparon al muerto:
-¿Qué ha venido a hacer aquí este viejo? ¿Es que no nos podéis dejar tranquilas ni siquiera aquí?
Ante lo cual, el muerto se dirigió a su huésped:
-Ya te advertí que no convenía devolverles su aspecto hu­mano. Ahora seré yo quien ruegue a Dios para que vuelvan a convertirse nuevamente en animales, tú sólamente dirás Amén.
El invitado se disculpó entonces diciendo que le permi­tiera retirarse y regresar a casa, a lo que el muerto accedió, acompañán-dolo a la salida.
Una vez fuera de la tumba se encontró con que todo a su alrededor había cambiado: las casas, los caminos, todo. Se encaminó hacia su antiguo hogar y encontró allí a un joven al cual preguntó:
-¿Cómo se llama tu padre?
El muchacho respondió:
-Mi padre se llama Ayet.
-¿Y el padre de Ayet, cómo se llama?
-Se llama Heten.
-¿Y el de Heten?
-Beran.
Y el huésped del muerto siguió inquiriendo:
-¿Se sabe algo acerca de Beran?
-Los más ancianos dicen que hace cien años un muerto le invitó a un festín dentro de su tumba y desde entonces no ha regresado.
-Yo soy Beran, contestó él, y no he pasado más que una noche como invitado del muerto.
De esta manera las gentes vinieron a saber que una noche en el mundo de los muertos equivale a un siglo en el de los vivos.

110. anonimo (albania)

El joven que se convirtió en rey de los animales


Erase un vez una mujer que sólo tenía un hijo; su marido había muerto. Pero he aquí que el mucha­cho era bastante juerguista: volvía tarde a casa y bebía con frecuencia. Su madre le daba consejos y no cesaba de reprocharle su conducta.
-Por favor, madre -acabó diciéndole un día él, calla ya. Me tienes harto; vas a hacer que me vaya y te deje sola.
Al fin se obstinó en marcharse y lo hizo.
-¡Queda con salud, madre! -le dijo.
-¡Vete si quieres, pero te habrán de temblar los labios cuan­do recuerdes la leche que te he dado! -fue la despedida de ella.
-Por una vez podías haberme tratado con más cariño.
Pero las madres son muy putas [1], en un instante se con­vierten en la madre del diablo. Partió finalmente el mucha­cho y ella se arrepintió poco después: "Así se me seque la boca, se decía, por haber maldecido a mi hijo".
Iba caminando el joven y tras un buen trecho le salió un zorro al paso. Se echó la escopeta a la cara para matarlo.
-Te lo ruego- le pidió el zorro, -no me mates. Hoy es el día en que me casa mi madre. Anda, coge de mi lomo unos cuantos pelos y, cuando tengas necesidad, llámame que yo acudiré en tu ayuda.
Más allá se le cruzó un jabalí. Ya se disponía a matarlo, pero...
-Por favor, no me mates -le imploró el jabalí.
-Mi ma­dre sólo me tiene a mí, pero coge unos cuantos pelos míos y, cuando, tengas necesidad de mí, acudiré en tu ayuda.
Más adelante un león, luego un tigre, después una liebre. De todos cogió unos cuantos pelos y los guardó en su bolsa.
Siguió caminando y se encontró ante un huerto. Estaba ya hambriento y sediento y al verlo se dijo: "Entraré ahí y me llenaré la tripa de sandía; que pase lo que tenga que pa­sar". Y así lo hizo. Ahora bien, en la ladera de la colina pró­xima había un divi [2] vigilando, pues aquel huerto era de los de su raza.
-Eh, tú, pobre diablo, ¿dónde crees que te has metido? Sal de ahí enseguida -le dijo.
-Haz conmigo lo que quieras- le respondió él.
-Pero yo tengo que saciar mi apetito.
Al darse cuenta el divi de que no tenía intención de salir del huerto, se arrojó sobre él, con el claro propósito de ma­tarlo. Se enzarzaron los dos en feroz combate y resultó vence­dor el muchacho, que al ver muerto al divi se dijo: "¡Ah, eso debe ser a causa de la leche de mi madre! ¿Pero cómo me li­braré de los demás?" Y echó a andar en dirección a la morada de los divi. Entró en ella, abrió una estancia tras otra y acabó encontrando a la mujer del divi, que era muy hermosa.
-Eh, mujer -le dijo.
-¿Me aceptas a mí por esposo?
-Te acepto -le respondió.
Le dijo aquello para retenerlo allí, pues sabía que habían de volver el resto de los divi y lo descuartizarían. Pero él en­tornó la puerta, dejando tan solo el espacio justo para que entraran uno a uno. Entraba uno y lo mataba, entraba el si­guiente y lo mataba también. Al último no lo mató, se con­tentó con herirlo tan solo. Ahora bien, el herido era el marido de ella. El muchacho lo arrojó al sótano y lo dejó allí encerrado. A partir de entonces salía todos los días de caza. Pero cuando él se iba, ella alimentaba al divi y por las noches yacía con el muchacho sin mencionar siquiera al otro. El muchacho llegó a creerse que tenía una esposa fiel. Le dijo un día el divi a su esposa:
-Cuando encuentres la ocasión, pregúntale dónde radica su fuerza.
Riendo y jugueteando los dos por la noche, como mari­do y mujer, le dijo ella:
-Tú no me quieres a mí tanto como yo te quiero.
-¿Por qué? -se extrañó él.
-¿Qué es lo que piensas?
-¿Por qué no quieres contarme entonces dónde tienes tu fuerza?
-Te lo contaré, mujer -le respondió.
-Mi fuerza la tengo ahí mismo, sobre el umbral de la puerta.
Por la mañana se levantó y marchó a cazar. Ella adornó el umbral de la puerta con flores de colores. Cuando regresó él, se sorprendió:
-¿Qué es lo que has hecho, mujer?
-¡He adornado tu fuerza, ya ves, para que tengas todavía más!
Él se echó a reír.
-¿Por qué te ríes? -se extrañó ella.
-Me río porque te lo has creído. ¿Allí va estar mi fuerza, en lo alto del umbral de la puerta?
-¿Ves por qué te decía que no me quieres como yo te quiero a ti? No quieres confiarme dónde tienes la fuerza.
-Yo tengo la fuerza -le respondió, en la cabeza: tengo dos pelos de oro aquí arriba. ¡Ahí está mi fuerza!
A la mañana siguiente, cuando el otro estaba de caza, se lo contó ella al divi.
-Bien, pues dile esta noche: "Esposo, ¿jugamos una par­tida de ajedrez juntos?
Se lo dijo ella al muchacho.
-Juguemos, mujer.
-Sí, pero haremos una apuesta -le dijo ella.
-Si me ganas, me atarás de pies y manos; si soy yo quien gana, te ataré a ti.
-Está bien -aceptó él.
Mas ella era una consumada jugadora de ajedrez. Co­menzaron a jugar y en pocos movimientos le ganó.
-Y ahora lo que hemos apostado -le dijo.
-Está bien -consintió el muchacho.
Cogió ella una cuerda y lo ató de pies y manos. Lo con­templó maniatado y le dijo:
-Vamos, empieza. ¡Intenta desatarte!
-Pero cómo voy a soltarme, mujer. ¡Me has atado muy fuerte!
-¡Inténtalo, inténtalo!
Y él, haciendo un gran esfuerzo, hizo pedazos la cuerda. Quedó en silencio ella. Comieron, bebieron y se fueron a acostar. La mujer se echó a reír.
-¿Por qué ríes, mujer? -le preguntó.
-Río porque estoy contenta de tener un esposo tan fuerte. Se levantó por la mañana y se marchó a cazar. Ella fue a ver al divi.
-Bueno, mujer, ¿qué es lo que pasó anoche?
-Lo até tan fuerte -le respondió ella, que no soy capaz siquiera de describirlo. Pero él, no sé cómo lo consiguió, dio un fuerte tirón e hizo pedazos la cuerda.
-Hoy -le dijo el divi, jugaréis otra vez y apostaréis que quien gane atará al otro con un alambre grueso.
Llegó a la noche el muchacho.
-¿Qué, mujer, cómo lo has pasado?
-Bien -respondió ella.
-Hoy volveremos a jugar, esposo mío, si tu quieres -le dijo ella.
-Juguemos.
-Pero hoy la apuesta será distinta. Si ganas tú, me atarás a mí, pero con un alambre; si gano yo, te ataré a ti con él.
-Está bien.
Pero, claro, ella jugaba mucho mejor. Cogió el tablero, lo colocó entre los dos y se pusieron a jugar. Perdió él.
-Y ahora lo que hemos apostado -dijo al terminar.
-De acuerdo- respondió él.
Cogió el alambre y lo ató: las manos, los pies, el cuerpo, todo.
-Vamos, esposo: a ver cómo te sueltas.
-¡Pero esto no es una cuerda, mujer! -le dijo.
-¡Es alam­bre!
-Inténtalo, tú inténtalo -insistió ella.
Y entonces el joven hizo fuerza con brazos y piernas e hi­zo pedazos el alambre.
Comieron y bebieron los dos y se echaron a dormir. Se levantó por la mañana el muchacho, cogió la escopeta y se fue. Bajó ella entonces al sótano a ver al divi.
-Bueno, dime, ¿qué pasó anoche?
-Lo até con alambre. ¡Pero consiguió romperlo, lo hizo trozos!
-En cuanto vuelva esta noche tienes que preguntarle otra vez dónde guarda tanta fuerza como para romper esas cosas.
Cuando llegó el joven al declinar el día, la encontró en­furruñada.
-¿Qué es lo que te ocurre, mujer, cómo es que estás enfa­dada esta noche?
-¿Y cómo quieres que esté? -le respondió.
-No tengo a nadie en el mundo más que a ti. Pero no me quieres como yo te quiero. Ahora, mi alma es tuya. Yo juego contigo, pe­ro tú no me cuentas dónde guardas la fuerza que tienes.
-Escucha, mujer -le dijo.
-Yo soy capaz de romper hasta una roca. ¿Y qué es lo que me hace invencible? Pues esos pelos que tengo en la cabeza. Con que me ataras los dedos meñiques con esos pelos, no conseguiría desa-tarme, no po­dría romperlos.
-Bueno pues jugaremos hoy otra vez -le dijo enseguida ella. Cogió el tablero de ajedrez y lo colocó.
-Mira, si me ganas -le propuso, puedes atarme con lo que tú quieras; si gano yo, te ataré los dedos con los pelos de la cabeza.
Volvieron a jugar y de nuevo ganó ella.
-¡Lo que hemos apostado! -exclamó ella.
-¡Te arrancaré ese pelo y te ataré!
-No me lo arranques sólo por jugar, mujer; ya te digo que no puedo romperlo.
-¡Vaya -le dijo ella, con que has roto las cuerdas y el alambre y no vas a poder con un pelo!
Y se lo arrancó.
-Está bien -concedió el joven por fin, pero tendrás que desatarme tú.
Ella accedió. Juntó los dedos meñiques del infeliz -estaba poniéndose en manos del diablo y la mujer lo ató.
-Vamos, ahora desátate.
-Ya te dije que si me atabas con el pelo no conseguiría li­brarme.
-No digas que no, inténtalo al menos -insistió ella nue­vamente.
-Mujer, te digo que no tengo fuerzas para romper el pe­lo; desátame tú.
Y así, entre tiras y aflojas, continuaron hasta mediano­che. Por fin la mujer acabó convenciéndose de que el otro no podía soltarse y fue corriendo al sótano en busca del divi.
-Vamos -le dijo, ahora puedes hacerle picadillo, ya lo tengo sujeto.
-¿Te has asegurado bien? -le preguntó desconfiado el divi.
-Hace seis horas que lo tengo así -le respondió ella.
-Va­mos, acompáñame sin miedo.
Cojeando, pues aún estaba convaleciente de las heridas, se arrastró hasta arriba. Entró en la habitación y vio atado al muchacho. Éste también vio al divi, pero no podía hacer nada.
-¡Ah, mujer -exclamó, me has engañado, has abusado de mi buena fe!
El divi se echó entonces a reír.
-¡Disfrutaste mucho cuando mataste a todos mis herma­nos y me dejaste malherido a mí! Pues esta noche yo voy a cortarte en pedazos.
-Bien, haced lo que queráis conmigo -les dijo.
-Sólo os pido que abráis esta bolsa que llevo aquí; es mi último de­seo ver por última vez lo que hay dentro.
-Vamos, mujer -dijo el divi.
-Ábrela.
Y ella la abrió. Él sopló en la bolsa y en voz baja dijo:

-Zorro, tigre, liebre y jabalí,
¿dónde estáis que no me oís?
Por la vida que os he dado
Aprisa, sacadme de este trago.

Los otros dos no se dieron cuenta de lo que hacía. ¡Cuan­do de pronto llegaron todos en tropel! Bosques y caminos atronaban con sus pasos. Nada más llegar, entraron y vieron a los tres.
-¿Qué te ocurre? -le preguntaron al muchacho.
-Ella me ha atado. Decidle que venga y me suelte.
La miraron todos a los ojos y le dijeron por señas que lo hiciera. Ella les obedeció enseguida y desató al muchacho.
-¿Qué es lo que ha pasado? -le preguntó la zorra.
-Estos dos querían hacerme pedazos -respondió, y luego les ordenó:
-¡Atacad primero al divi!
Se lanzaron sobre él todos a un tiempo y lo despedazaron en un momento.
-Ahora haced lo mismo con ella -les ordenó después. Así lo hicieron y la destrozaron también a ella.
-A partir de ahora no quiero vivir en casa alguna- les di­jo luego.
-Me marcharé con vosotros, me convertiré en vues­tro rey.
Y se fue con todos ellos al bosque y vivió a partir de enton­ces en su compañía. Pero al poco tiempo supo que la kuçedra no permitía coger agua a los habitantes de una ciudad próxi­ma si no le entre-gaban cada día una joven para devorarla. Cierto día le tocaba el turno a la hija del rey. El mucha­cho se había sentado a descansar en un nicho del puente y vio venir a la hija del rey.
-Bien yo, ya que esa es mi desgracia -le dijo ella; pero tú ¿qué necesidad tienes de estar aquí, muchacho?
-¿Y qué desgracia es la tuya? -le preguntó él.
-Aquí, en nuestra ciudad, la kuçedra no nos permite co­ger agua si no le entregamos cada cierto tiempo a un joven. ¡Hoy me ha tocado a mí ser devorada con tal de que la ciu­dad no se muera de sed!
-Ven, acércate junto a mí. Siéntate y no te inquietes más -le dijo. -¿Serás capaz de darte cuenta cuando ella se acerque? -le preguntó.
-Claro que me daré cuenta -le respondió ella, pues se enturbiarán las aguas.
-Bueno, pues yo voy a apoyar un rato mi cabeza en tus rodillas para descansar entretanto -le dijo.
-Tú vigila du­rante un rato. Si me quedo dormido, despiértame cuando ella venga.
El muchacho se quedó dormido mientras la muchacha lo miraba. Se enturbiaron las aguas, pero a ella le dio pena despertarlo; por fortuna, el miedo hizo que se le cayeran unas lágrimas sobre la cara del joven. Este abrió los ojos al instante.
-¿Por qué lloras? -le preguntó.
-¿Ya viene?
-Sí, ya se acerca.
-No tengas miedo.
Y apareció la kuçedra en el río.
-Hoy estoy de suerte, en vez de uno como otras veces, me han enviado dos -dijo.
-Otras veces -le replicó el muchacho, has tenido uno y lo has devorado, hoy que tienes dos no habrás de comerte a ninguno.
-Basta ya, muchacho descarado -le gritó la kuçedra.
-No, eres tú la que ha vivido ya bastante -le respondió él.
Se abalanzó el monstruo sobre el muchacho, pero éste sacó su espada y de un tajo le rebanó la cabeza; acto segui­do le cortó las puntas de las orejas y se las guardó en el bol­sillo.
-Vamos -le dijo entonces la muchacha, ven conmigo a ver a mi padre.
-No -le respondió él.
-Ve tú con tu padre, yo vivo en el bosque.
Y se marchó con los animales.
Eran muchos los que acudían a ver al rey y se jactaban de haber matado al monstruo. El rey le decía a su hija:
-Fíjate, ¿fue alguno de éstos el que la mató?
-No- respondía ella, -él no es de nuestro país, nunca ha­bía visto antes a aquel muchacho.
Entonces el rey ordenó que todos sus súbditos se reunie­ran en el patio del palacio.
-¡Fíjate bien, hija -le dijo a la muchacha, hoy se ha reu­nido todo el mundo aquí!
-Pero él no está -le respondió ella.
-No veo a ese mucha­cho. Él vive en el bosque, me lo dijo al separarse de mí.
Y el rey mandó a sus soldados a rastrear el bosque. El muchacho había encendido un fuego y esta sentado junto a él. Llegaron los soldados:
-Salam alekum
-Alekum salam.
-Tenemos orden del rey de llevarte ahora mismo al patio de palacio.
-No puedo ir, no puedo abandonar a mi ejército -res­pondió él.
Regresaron los soldados a presencia del rey y le informa­ron:
-Dice que no puede venir porque tiene un ejército en pie y no puede abandonarlo.
-Id y decidle que traiga consigo el ejército- respondió. Fueron y le transmitieron las palabras del rey:
-Ha dicho el rey que vengas con todo tu ejército. Y él les respon-dió:
-¿Y cómo va a alimentar el rey a todo mi ejército? Id y decidle que yo aquí puedo darles de comer a todos, pero él no tendría con qué.
Fueron y le transmitieron al rey lo que les había dicho.
-¡Id y decidle que venga de una vez!
Tornaron de nuevo los soldados al bosque:
-Ha dicho que vengas y no discutas más.
-Idos, ya voy yo.
Tomó consigo jabalí y zorra, oso y lobo, uno de cada una de las especies, y se puso en camino. Al llegar al lindero del bosque, antes de salir al camino, les dijo el muchacho:
-Voy a descansar un poco, tal vez tenga que permanecer mucho tiempo allí. Vosotros marchad al bosque y buscad de comer. Dejad aquí conmigo al conejo para que me guar­de. Cuando volváis, traedle cada uno una brizna de hierba para que coma él también.
Pero he aquí que un esbirro del rey lo estaba espiando con la intención de asesinarlo. El conejo se quedó dormido mientras espe-raba junto a la cabeza del muchacho. Se acercó sigilosamente entonces el verdugo y de un golpe le separó la cabeza del cuerpo. Cuando el conejo se despertó y vió al muchacho decapitado, se echó a llorar: "¡Dónde iré yo aho­ra, los otros me harán pedazos cuando vuelvan!" En ese mo­mento una serpiente estaba cruzando el camino, por el que se acercaba un carro. La rueda del carro pasó por encima de la serpiente y la partió en dos pedazos, unidos por solo una delgada tira de piel. Entonces la serpiente, pese a estar parti­da en dos, se dirigió hacia una planta. El conejo no perdía detalle. La serpiente se introdujo en la mata, se restregó con ella y al cabo de un instante, ya estaba entera de nuevo. El conejo se fijó bien en la planta que había utilizado la ser­piente, la cogió y la llevó junto a su amo. Lo restregó con la hierba, le pegó la cabeza al cuerpo y al momento se levantó.
Llegaron también los demás, le dieron de comer al cone­jo y se dirigieron juntos a ver al rey. Entraron todos en la sa­la y se sentaron tras su amo. El rey dijo:
-¿Tú eres quien mató a la kuçedra?
-No, no fui yo- respondió él.
El conejo le hacía señas al rey moviendo las orejas.
-Dime, te lo ruego, ¿qué es lo que me está diciendo el conejo con las orejas?
El joven le gritaba al conejo y éste se encogía, pero volvía una y otra vez a hacer señas con sus orejas.
-Explícame de una vez qué es lo que quiere decir.
-Te está diciendo: ¿Dónde están las orejas de la kuçedra?
Y el joven se vio obligado a sacar las orejas y a colocarlas sobre la cabeza del monstruo, que estaba allí cortada: le en­cajaban perfecta-mente. Entretanto, la hija del rey, que había visto al muchacho al llegar, daba vueltas y más vueltas en su estancia, preguntándose por qué su padre no había querido consultarla. Acudió entonces su padre y le dijo:
-Fíjate bien, hija mía: ¿Es éste el muchacho?
Acudió rápidamente la muchacha, dándole la mano.
-Sí, éste es el joven que mató a la kuçedra -afirmó.
-Ya te lo dije padre, no se parece a los de nuestra ciudad.
Acto seguido el rey se despojó de sus vestiduras reales y se las entregó al muchacho:
-Disfrútalas, hijo. Y tú, hija, disfruta también con salud de tu esposo.
Pero el joven replicó:
-Yo ya estoy escarmentado de las mujeres, no quiero vol­ver a tener nada que ver con ellas.
-¡Pero ésta no es como las demás! -exclamó el rey.
-¡Es mi hija!
Vistió entonces el muchacho las ropas del rey, aceptó también a su hija y subió al trono de su suegro. A sus ani­males les concedió la libertad.
-Marchad ahora -les dijo.
-Cuando os necesite, volveré a llamaros.
Mandó más tarde que trajeran a su madre y vivió y gozó en aquel lugar durante largo tiempo.

 110. anonimo (albania)



[1] Sic. Literalmente en el original.
[2] Divi, monstruo fantástico de cuerpo enorme y fuerza colosal.

El hombre que lo oía todo


Un hombre tenía un carro y una pareja de bueyes. Un buen día, uno de los bueyes se extravió en el monte y hubo de salir en su busca. Después de encontrarlo, lo juntó con el otro, lo unció a la yunta y partió con el carro para cargarlo de leña.
Al llegar a cierto lugar, vio que estaba ardiendo un bosquecillo y sintió una voz de serpiente que gritaba: “¿No hay nadie que quiera salvarme? Haré rico a quien me ayude."
Se detuvo el hombre con el carro, sintió lástima por la serpiente y le preguntó:
-¿Pero cómo voy a hacer para salvarte?
-Echa la zamarra sobre el fuego -le dijo la serpiente, y sujétala con una mano. Yo saltaré por encima.
Lanzó el hombre su zamarra de piel de cabra sobre un matorral ardiente y la serpiente saltó del roble a ella, y de la zamarra al hombro de su salvador. Se asustó al principio el hombre, pero al darse cuenta la serpiente le dijo:
-Como recompensa por haberme salvado, voy a conver­tirte en un rico hacendado. Abre la boca para que me meta dentro. Pero antes debes saber algo más, y es que en el mis­mo lugar en que le reveles a alguien mi existencia, al instan­te habrás de morir sin remedio.
Abrió la boca el compasivo hombre, la serpiente se intro­dujo en su cuerpo... y de inmediato sintió la sensación de que podía oírlo todo. Fue a cortar leña y junto a cada pe­queño roble ante el que se detenía oía que le decían: "¡No me cortes a mí! ¡No me cortes a mí!" De este modo se le hi­zo imposible cortar nada, así que tuvo que cargar el carro con ramas y matorrales secos y regresar a casa.
Por el camino oyó como los dos bueyes hablaban entre ellos. El que había pasado la noche en el establo le decía al que se había extraviado en el monte:
-¡Corre un poco más, a este paso no vamos a llegar nunca!
-Vaya, hermano -le replicó el otro, para ti resulta fácil, pues has estado toda la noche tranquilamente en el pesebre comiendo pienso y paja, mientras que yo me he pasado la noche entera muerto de miedo en el hayedo y sin poder lle­varme a la boca una sola brizna de hierba.
El hombre sintió lástima del buey extraviado y detuvo la yunta en un prado con hierba hasta la rodilla. Soltó a los bueyes del yugo y los dejó pastar, mientras él mismo se sen­taba a descansar a la sombra de un roble. En esto aparecie­ron por allí dos pájaros hablando entre ellos:
-Si ese hombre supiera que, ahí mismo donde está senta­do, encontraría tres bolsas de monedas con sólo arañar un poco el suelo con la mano, no se marcharía sin llevárselas. Pero como no es capaz de oírnos...
-Que me aspen -se dijo el hombre, si no averiguo si es verdad lo que dicen esos pájaros.
Se puso a cavar con las manos y al poco rato encontró tres bolsas repletas de dinero.
-¡Esto sí que es suerte! -se puso a gritar a grandes voces.
-¡Ahora estoy salvado para siempre!
Unció nuevamente los bueyes, cargó los sacos en el carro y partió hacia su casa. Nada más llegar los enterró en un rincón apartado del huerto.
Tiempo después, se le ocurrió visitar los apriscos de las cumbres donde tenía el ganado menor.
-Yo voy contigo también -le dijo su mujer.
-Está bien -accedió el esposo.
Montó él a lomos del caballo de silla y le dejó la mula a la mujer. Habían recorrido un trecho del camino, cuando oyó que le decía el caballo a la mula:
-Anda un poco más aprisa, se nos va a hacer de noche en el camino.
-A ti te parece fácil -le respondió la mula, tú sólo vas cargado con uno y yo sin embargo llevo a cuatro, pues llevo la leche y a la mujer en cinta.
-Desmonta -le dijo el hombre a su mujer, y sube al ca­ballo. Yo continuaré en la mula.
De este modo quedaron igualadas las cargas y pudieron caminar más aprisa.
Cuando ya se encontraban próximos a los apriscos, les salieron al paso unos perros ladrando.
Al oírlos, el perro grande les dijo a sus compañeros:
-¿Qué hacéis vosotros ahí? Ahora es momento de vigilar. Todas las noches las alimañas le devoran corderos al amo y vosotros no os enteráis de nada. Os pasáis la noche entera durmiendo mientras yo me desgañito ladrando.
-¡Que se las coma el lobo, ojalá no le quede ni una! -le respon-dieron los otros perros.
-A ti te dan noventa oke [1] de leche para ti solo, pero a nosotros no nos dejan más que los restos. Estamos hambrientos.
-Pues guardad vosotros el ganado por una noche -les re­plicó el más grande, para que yo pueda dormir un poco, y os daré entonces toda la leche que queráis.
-De acuerdo, nos quedaremos a vigilar -le respondieron todos a un tiempo.
-Está bien -les dijo el grande.
-Manteneos al acecho. Cuando el pastor esté ordeñando las ovejas, yo iré y le acari­ciaré, después, en cuanto él se marche en busca de la tranca para la puerta, ensuciaré con la cabeza el cubo de la leche recién ordeñada. Entonces la tirarán y vosotros podréis be­ber cuanto queráis.
El amo había escuchado toda aquella conversación.
-¡Pero bueno! -se dijo.
-¡Tendré que ir a comprobar si es verdad todo lo que han estado hablado!
Cuando regresaron los pastores con el rebaño y se pusie­ron a ordeñar, el perro grande se acercó al pastor que lleva­ba el cubo de la leche, se puso a hacerle carantoñas, llevándole de acá para allá. En cuanto dejó el pastor el cubo en el suelo y se marchó en busca de la tranca, el perro gran­de metió la cabeza en el cubo y ensució su contenido. Al verlo el pastor se puso a tirarle piedras al tiempo que lo in­sultaba, pero el perro echó a correr y escapó.
-Tira lo que hay en ese cubo, está sucio -le dijeron los otros pastores.
-No, no -les atajó el amo, lo han ensuciado a propósi­to para bebérselo ellos, así que es mejor que se lo des a los perros.
Se acercaron los perros y bebieron cuanto pudieron y permane-cieron toda la noche de guardia ladrando alrededor del aprisco, de forma que el lobo no pudo comerse ningún cordero. Entretanto, el perro grande conseguía descansar hasta las primeras luces.
Los pastores querían honrar debidamente a su patrón, así que entraron en el redil y cogieron un cordero lechal.
-¡Ayúdame! -le decía el cordero a su madre.
-¡Ni siquie­ra un año me van a dejar que cumpla!
-¡Qué le voy a hacer, hijo mío -le respondió la oveja, a mí siempre me anda rondando la desgracia! Ya me han arrebatado ante mis propios ojos a ocho hermanos tuyos lo mismo que ahora te llevan a ti. Y ya ves, hay aquí en este redil otras ovejas que en ocho años no saben lo que es el cuchillo para sus crías.
Oyó el amo lo que hablaban el cordero y la oveja, detuvo al pastor y le dijo:
-¿Hay en este aprisco ovejas que tienen vivos los corderos de ocho partos?
-Sí, amo -le respondió el pastor.
-¿A la madre de este cordero -continuó el amo, cuántos le quedan vivos?
-Sólo éste -le respondió el pastor.
-Se los hemos matado todos los años.
-Pues dejad que viva ese cordero -ordenó el amo, e id a coger uno de la que tiene los ocho vivos.
Cuando se disponía el señor a regresar a su casa, le dijo a su mujer:
-Monta en el caballo ensillado.
La mujer le obedeció, pero empezó a sospechar algo.
-A ti te ocurre algo -le dijo.
-Ya no eres el mismo de an­tes, ¿por qué no me cuentas también a mí lo que sucede?
Y a partir de entonces no cesó de repetirle las mismas pa­labras, a todas horas, todos los días, hasta que consiguió hartarlo y hacerle hablar.
-¿Cómo voy a contártelo, esposa mía? -le dijo.
-Nada más abrir la boca para hacerlo caería muerto.
-Eso no puede ser verdad -le atajó ella.
-Tú estás loco. Anda, cuéntamelo, que no te va a pasar nada.
-Está bien -accedió el hombre, te lo contaré. Pero, an­tes de que muera, dame algo de cebada para echársela a las caballerías, no creo que tenga oportunidad de volver a ha­cerlo.
-Sí, hombre, te daré toda la cebada que quieras... Con tal de que no pidas otra cosa...
Se levantó a toda prisa y le preparó una brazada de ceba­da. Fue a echársela el hombre a las caballerías y cuando iba a hacerlo el caballo de montar le golpeó los brazos con la cabeza y derramó toda la cebada. Al punto acudieron las ga­llinas a picotear.
Le dijo entonces el caballo a las gallinas:
-¡Ay, amigas gallinas, la desgracia que se nos viene enci­ma! Como el amo le cuente su secreto a su mujer y se cum­pla lo que dijo la serpiente, a no tardar moriremos también tanto vosotras como yo.
-¡Así reviente, lo tendrá bien merecido! -le respondió el gallo.
-¿A quién se le ocurre arriesgar la vida por unas pala­bras de su mujer?
-¡Qué le va a hacer! -continuó el caballo.
-Ya le tiene hasta la coronilla.
-¡Cómo que qué le va a hacer! -se enfureció el gallo.
-Yo tengo diez gallinas, las mando a todas en busca de grano y luego los granos me los como yo. ¿Por qué no le da una buena paliza a esa mujer y le arranca de una vez el alma? ¡Alma por alma! ¿Cómo puede uno llegar a estar tan loco?
El amo escuchaba con atención todo lo que conversaban el gallo y el caballo.
-¿De modo que así están las cosas? -se dijo.
Sin pensárselo un momento más, llamó inmediatamente a su mujer y le dijo:
-Atiende, mujer, dame un buen palo que me hace falta para una cosa.
Cogió el palo y acto seguido le sacudió cuantos golpes quiso y en todas las partes del cuerpo donde alcanzó.
-¿Quieres saber lo que yo sé? -le decía a voces, entre bur­las.
-¡Pues toma, entérate!
La mujer gritaba y el hombre no cesaba de sacudirla.
Y así fue como no fue necesario que le contara nada a su mujer.
El caballo y el gallo se regocijaron y el amo vivió durante largos años rodeado de felicidad.

110. anonimo (albania)



[1] Oke, antigua medida de peso turca, equivalente a algo más de un kilo­gramo y cuarto.