Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 4 de enero de 2015

Los acertijos

Hubo una vez y no hubo una vez, cuando el cielo era verde y la tierra era un caldo espeso, un rey en la fortaleza montañosa del Pamir, cerca de las fronteras de China, India y el reino de Afganistán. El soberano de ese reino era sabio, fuerte, valiente, caballeroso y muy rico. Todos le amaban y respetaban por su justicia, bondad y honestidad. Un día, el rey hizo un extraño anuncio que los heraldos proclamaron por toda la tierra:
-Alguien debe llegar hasta mí, ni vestido ni desnudo, ni a pie ni a caballo, y hablarme ni desde dentro ni desde fuera. Si esta persona llega, el país se salvará, si no seremos destruidos.
Todos se divirtieron con el edicto del rey y por largo tiempo nada sucedió, hasta que un día una joven, de manera inesperada, le dijo a su padre un pobre leñador:
-Padre, debo ir ante el Rey. Yo sé cómo podemos ser salvados y por esto también nosotros seremos aliviados de la pobreza.
El leñador estaba sorprendido y trató de disuadirla de su plan, pero ella no pudo ser convencida y entonces él, de mala gana, le permitió dejar su pequeña cabaña y viajar hasta donde el Rey gobernaba.
Cuando la muchacha llegó al palacio del Rey, se acostó ante la puerta y llamó:
-¡Sal afuera, oh Rey, porque estoy aquí para salvar tu reino!
El Rey preguntó:
-¿Qué es esa conmoción?
-Vuestra Majestad, hay una joven campesina gritando que debeis verla, ya que ella salvará al país! -respondieron los cortesanos.
El Rey fue a la entrada y vio a la doncella tendida a lo largo del umbral:
-No estoy ni dentro ni afuera. De esta manera he cumplido una de las cosas que querías -dijo ella.
-Pero -dijo el Rey, ¿qué hay acerca de no estar ni vestida ni desnuda? -y entonces notó que ella estaba usando una red que la cubría y que no la cubría.
-No he llegado ni cabalgando ni a pie -explicó ella- porque llegué aquí arrastrada por una cabra de la montaña.
El Rey le dijo que entrara al palacio y cuando estuvieron sentados en plena corte, dijo:
-Sabed, oh inteligente joven, que estoy bajo el poder de un terrible vampiro, un demonio sobrenatural que dice que destruirá el país. Sin embargo, se le oyó confesar en sueños que sólo una persona que hiciera lo que yo anuncié podría salvar el reino.
-Estoy lista para ayudar -dijo la joven. Pero ¿qué tengo que hacer?
-Debes responder los siguientes acertijos -dijo el rey, que han sido vociferados repetidas veces por el vampiro en sus desvaríos. Primero: ¿Cuántas estrellas hay en el cielo?
-Eso es fácil -dijo la doncella, tantas como pelos tiene la cabeza de un vampiro. Esto puede ser confirmado arrancándolos como se cuenta cada estrella, uno por uno.
-Muy bien -dijo el rey- se lo diré. Ahora la siguiente pregunta: ¿Qué distancia hay desde aquí hasta el fin de la tierra?
La muchacha contestó enseguida:
-Tanta como desde el fin de la tierra hasta aquí.
-Muy bien -dijo el rey- se lo diré al vampiro. Y ahora la última pregunta: ¿Qué altura tiene el cielo? La joven dijo:
-No hay dificultad con esa pregunta. El cielo está tan alto como un vampiro pueda patearse a sí mismo. Sería conveniente que lo intentara si no me cree.
-Muy bien -dijo el rey- se lo diré al vampiro.
El vampiro volvió de una expedición de caza, unas pocas horas después, y le dijo al rey con una voz como de trueno:
-¡Rey estúpido! ¿Tienes ya las respuestas a los acertijos?
El rey le dijo lo que la doncella había respondido. El vampiro estaba furioso:
-Esas son las respuestas correctas, pero tú aún no has pasado la prueba final, que concierne al método para matarme. Seré muerto sólo por alguien que no sea ni hombre ni bestia; por alguien que lo haga ni de día ni de noche; alguien que me ofrezca un regalo que no es un regalo; no seré muerto por metal, ni cuerda, ni veneno, ni piedra, ni fuego, ni agua; por alguien que no esté comiendo ni ayunando en ese momento.
Y el vampiro, entonces, se fue a un grañ árbol a dormir, ya que estaba repleto de comida por su cacería. Deliraba en su sueño de una manera bastante alarmante. El rey contó la conversación a la hija del leñador:
-Nada más simple -dijo ella. Comenzaré muy pronto.
Cuando llegó el crepúsculo, ni de día ni de noche, ella fue hacia la base del árbol, donde el vampiro dormía, y gritó:
-¡Despierta, vampiro, ya que ha llegado tu último momento! Soy una mujer, ni hombre ni bestia, no es de día ni de noche. Aquí está mi regalo que no es un regalo.
Y le ofreció un pájaro. Cuando el vampiro trató de tomarlo, el pájaro voló y el vampiro se dio cuenta de que este regalo no era realmente un regalo.
-¡Pero tú debes estar comiendo o ayunando! -bramó.
-¡No estoy haciendo nada de eso! Estoy mascando un pedazo de corteza de árbol -gritó la doncella a su vez.
Y tan pronto como ella dijo estas palabras, el vampiro, vencido por la ira, cayó al suelo. No había sido muerto por espada o lanza, por soga o flecha, por veneno o por ninguna otra cosa más que por su propia furia, que le hizo caer al suelo, donde su tremendo peso lo aplastó de muerte.
-Ahora -dijo el rey tan pronto como cada cual terminó de sacudirse por el temblor de la tierra que el impacto había causado- dime una última cosa, doncella: ¿Qué estoy pensando?
-Que soy tan inteligente y atractiva que tú me desposarás -dijo la joven.
Y estuvo en lo cierto. Se casaron y gobernaron el reino juntos el resto de sus largas y felices vidas.


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