Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 4 de enero de 2015

El pulso de la princesa

El sultán Sanjar, a su regreso del santuario del Maestro Bahaudin de Bokhara, se había sentido dominado por la tristeza. Alguna gente conectaba ambos hechos entre sí, como causa y efecto, pero otros sostenían que la pena del rey era debida a la misteriosa enfermedad de su hija.
La princesa Banu se marchitaba. Su extraña dolencia parecía intensificarse día a día, y convertirse en crónica. Todos los médicos llamados para consulta se mostraban desconcertados.
Sucedió que un día, un extranjero, vestido con una túnica verde, llegó a la capital del país. Caminaba ligeramente inclinado y decía ser Shadrach, el médico. Tuvo conocimiento de la enfermedad de la princesa y se ofreció a curarla. El rey le permitió visitarla, con la amenaza de que, si no le devolvía la salud, sería decapitado.
Rodeado de una audiencia muy interesada, se aproximó al lecho de la macilenta y aquejada princesa. En vez de llevar a cabo un reconocimiento físico, en vez de ensayar algún remedio, como se esperaba de él, el hombre de la túnica verde comenzó a contarle cuentos, relatos de tierras remotas, de guerras y héroes, de paz y de guerra. Y mientras lo hacía, la tomaba por la muñeca y observaba su pulso. Al rato, el personaje manifestó haber llegado a un diagnóstico. La princesa se recostó en su lecho y Shadrach se dirigió al rey:
-Majestad, he llegado a la conclusión, por medio de la observación de las palpitaciones del pulso, de que la princesa está enamorada. El objeto de su amor es una persona que se encuentra en Bokhara, y vive en la calle de los joyeros. Entre los muchos que allí residen, no es otro que Abul-Fazl, hermoso joven que le he descrito a ella con todo detalle. Al mencionarle su nombre, he notado que la princesa sufría un leve desfallecimiento. Da la casualidad de que conozco a todos en Bokhara, lo mismo que en otros muchos lugares. Y por mi ciencia he llegado a conocer la causa de su enfermedad.
El rey se admiró del talento y habilidad del médico, y dejó de preocuparse, al haberse revelado la causa de la enfermedad de su hija. Pero, a la vez, se mostró terriblemente irritado porque ella se había enamorado de un tipo tan insignificante, e incluso despreciable, cosa rápidamente comprobada tan pronto se obtuvo información acerca de Abul-Fazl.
Sin embargo, hizo que le llamaran a su presencia, y tan pronto como el joyero llegó a palacio la princesa comenzó a dar muestras de restable-cimiento. Pasados unos cuantos días, se encontró totalmente recuperada y sana, y el joyero comenzó a mostrar su altivez a todo el mundo, como si fuera un pequeño gran señor, de rango superior a cualquier cortesano.
El médico, en agradecimiento a sus méritos, fue nombrado Gran Visir.
Pero tanto el rey como Shadrach advirtieron y se mostraron acordes en que tan insoportable joven era totalmente inadecuado para casarse con la princesa. También reconocieron, al mismo tiempo, que no podían alejar de la corte al joyero, ni mucho menos hacerle desaparecer, por cualquier proce-dimiento que fuese, por temor a que la princesa languideciera y enfermase de nuevo.
Shadrach, sin embargo, encontró la fórmula para deshacerse de él. Le administró una poción que le hizo más viejo cada día, hasta que, en poco tiempo, pareció tener treinta años más de los que tenía.
La reacción de la princesa no se hizo esperar, comenzó a sentir repugnancia por las arrugas, la joroba y los cabellos grises del joyero.
Hombre previsor, Shadrach se administró a sí mismo otra pócima, cuyo efecto fue rejuvenecerle a la misma velocidad que Abul-Fazl envejecía. Pronto Shadrach se convirtió en un esbelto y atractivo joven, de quien la princesa fue poco a poco enamorándose, hasta quedar totalmente prendada de él. Llegó el momento oportuno y el joyero fue arrojado de la corte, sin que la princesa Banu se diese siquiera cuenta de su ausencia.
Desde entonces ella, el médico y el sultán vivieron felices, y esta felicidad duró tanto como sus vidas.
De esta forma, los hechos se desarrollaron en sentido contrario a las probabilidades previstas en los primeros momentos.


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