Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 25 de mayo de 2012

El chacal y shertat

Había una vez dos jinetes que se pararon a descansar y almorzaron bajo la sombra de una talja. Cuando terminaron reemprendieron su camino, pero uno de ellos olvidó su de­rrah muy bien doblada bajo la talja.
Acertó a pasar por allí un chacal y se acercó a ver qué era aquel bulto misterioso. Lo observó con curiosidad, lo cogió cautelosamente y empezó a desdoblarlo. Cuando vio que era una derrah, decidió llevarla consigo y siguió su camino.
Al poco de andar se tropezó con Shertat [1], que llevaba arras­trando un cordero muy grande, que acababa de robar, con la intención de comérselo.
Empezaron a saludarse:
-¡Hola! ¿Cómo estás?
-¡Bien! ¿Cómo te ha ido?
En seguida, Shertat vio el paquete que el chacal llevaba bajo el brazo y, no pudiendo contener su curiosidad, le pre­guntó:
-¿Qué es lo que llevas ahi?
-No, no es nada importante. Pero no puedo decirte qué es.
Shertat, cada vez más intrigado, siguió probando:
-Pues si no es nada importante, dime lo que es.
-Simplemente es una derrah.
-¿Y para qué quieres tú una derrah?
-Eso no te lo puedo decir. Es un secreto de familia. Nues­tro abuelo la dejó a nuestro padre y él nos la ha dejado a no­sotros. Tiene algunos poderes secretos. Como ve, es una he­rencia muy antigua y procede de un país muy lejano.
La curiosidad de Shertat por conocer el secreto de la derrah iba en aumento y continuó insistiendo ante el chacal para que se lo revelara. Al fin, éste accedió:
-Voy a decirte para qué sirve, pero con la condición de que no me la pidas ni quieras comprármela.
-De acuerdo, sólo quiero saber su secreto.
-Esta derrah, cuando alguien se la pone, puede correr y correr, hasta que se le sequen los ojos [2]. Y, cuando ya está muy cansado, puede pedir cualquier cosa. En un instan­te se le aparece allí mismo lo que ha pedido.
En ese momento el interés de Shertat por la derrah no te­nía límites.
-Me la tienes que vender, te pagaré lo que sea, pero tie­ne que ser mía.
-Ya te he dicho que no lo haría.
-Te pagaré lo que quieras.
-Te he dicho que no quería venderla.
Y siguieron así un buen rato, hasta que al final el chacal le dijo:
-Mira, te la voy a vender, pero con una condición: me la tienes que pagar al contado, no pienso fiarte.
-¿Y cuánto pides?
-Quiero doscientos camellos.
-¿Doscientos camellos?... Es que... ahora mismo no los tengo. Acepta esta oveja y luego te pagaré el resto.
-No puedo aceptar, te dije al contado.
-Venga, acéptame la oveja y luego te daré los camellos.
Por fin, accedió el chacal a darle la derrah a cambio de la oveja. Cuando cada cual tuvo lo que quería, empezaron a correr en direcciones opuestas tan rápido como podían, por si acaso el otro se arrepentía del trato hecho.
El chacal llegó cerca de un uad y se dispuso a darse un buen festín con el cordero.
Shertat corrió y corrió hasta que se creyó seguro. Y con gran intriga se puso la derrah. Empezó a correr de nuevo has­ta tener los ojos secos. Cuando no pudo dar ni un paso más, se paró y dijo:
-Doscientos camellos.
Y no apareció nada.
-Será que no he corrido bastante -se dijo.
Empezó de nuevo a correr hasta agotarse y pidió:
-Cien caballos.
Tampoco esta vez ocurrió nada.
-Será porque no he corrido aún lo suficiente.
Y volvió a reanudar su carrera hasta que se paró para pedir:
-Quince caballos.
Y nada.
Casi sin aliento, arrastrándose, y con un hilo de voz dijo:
-Mi cordero...
«...tengo que correr aún más», pensó.

051 Anónimo (saharaui)

[1] Shertart es el protagonista de numerosos cuentos cortos y gracio-sos, típicamente saharauis.
[2] Expresión que significa «correr hasta quedar exhausto».

El ciego y el cojo

Una vez, el cojo dijo al ciego:
-Vámonos a robar.
Le contestó el ciego:
-¿Cómo vamos a hacerlo?
-Cogemos un cesto y nos vamos a una palmera a robar dátiles. Yo te acompañaré hasta el pie de la misma, me subi­ré arriba, cogeré el racimo y lo sacudiré para que los dátiles caigan en el cesto. Cuando esté lleno me avisas, bajo corrien­do y nos vamos a hartarnos de dulces dátiles.
El ciego asintió, pensando que era un magnífico plan.
Llegaron junto a la palmera elegida y en el momento en que el cojo iba a coger el racimo de dátiles, resbaló y cayó en el cesto. El ciego lo cogió y dijo:
-¡Basta, basta! ¡Vámonos rápido!
Y se fue cargando con el cesto.


051 Anónimo (saharaui)

El águila y el erizo

El águila y el erizo iban a hacer una carrera y el águila dijo:
-Erizo, tú no puedes competir conmigo, porque yo pue­do volar y tú no.
-A mí no me importa -contestó el erizo-. Dame tiem­po y yo ya te avisaré cuando esté preparado.
Dejó al águila y se fue corriendo a buscar a los demás eri­zos. Cuando los tuvo a todos reunidos les explicó su inten­ción de hacer una carrera con el águila y cuál era su plan para poder ganar.
Los fue distribuyendo a lo largo del recorrido, medio es­condidos entre los arbustos, y se fue a buscar al águila para decirle que ya estaba preparado para empezar la carrera.
Se pusieron ambos en la salida y partieron, uno volando y otro corriendo. El erizo, al cabo de unos minutos, se escon­dió y salió el otro erizo en mitad del camino. El águila iba pre­guntando de vez en cuando:
-¿Dónde estás erizo?
Y el erizo que se hallaba más cerca de ella respondía:
-¡Aquí! ¡Aquí estoy!
Y volvía a esconderse. Así hasta llegar a la meta, donde el águila encontró al erizo, que le decía:
-Ya estoy aquí. He ganado.
No se quedó el águila muy convencida y le dijo al erizo:
-Yo sé que tú eres muy inteligente y quiero que me con­testes a una pregunta.
-Las que quieras -respondió el erizo, satisfecho.
-Hace tiempo que tengo gran curiosidad por saber cómo es la cabeza de los erizos. No la he visto nunca. Me gustaría verla.
-Si me prometes no hacerme ningún daño, te la voy a mostrar. Debes cogerme con tus garras y levantar el vuelo. Cuando estemos muy arriba te asomas y verás mi cabeza.
Así lo hicieron. Y cuando el águila vio la cabeza del erizo, lo soltó de repente. Éste fue a darse contra unas piedras y se mató.

051 Anónimo (saharaui)

Dagga y medeguiga

Érase una vez un pastor que estaba con su rebaño de cabras y un día la cabra que más quería parió cuatro cabritas y un cabrito dentro de un arbusto de zarzamora. El pastor quería hacer salir del arbusto a la cabra con sus crías, pero no lo conseguía. Lo intentó muchas veces, pero sin éxito. Mientras el frig se iba trasladando de un sitio a otro, el pastor estaba triste y decidió marcharse con el frig dejando las cabras.
La cabra con sus cabritos se quedó viviendo en el arbus­to. Por la mañana iba en busca de comida, por la tarde regre­saba llena de rosas, hierba fresca para sus pequeños y duran­te la noche se queda-ba con ellos.
Puso nombre a sus hijos: Dagga, Medeguiga, Aasa, Me¡­sisa y Regat.
Un día la hiena se dio cuenta de la presencia de la cabra y de sus cabritos, y decidió hacer todo lo posible para comér­selos.
La cabra, alertada por la presencia de la hiena, quedó con sus hijos que no abrirían a nadie la puerta excepto a ella, por ello prepararon una consigna:
-«Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa, abridme la puer­ta, estoy aquí y mi boca llena de rosas.»
La hiena descubrió la consigna y un día, aprovechando a ausencia de la madre, fue a la zarzamora y dijo con su voz ronca:
-Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa, abridme la puerta, estoy aquí y mi boca llena de rosas.
Al oír la voz, los cabritos se dieron cuenta de quién era y le dijeron­
-Lárgate, tú no eres- nuestra madre.
La hiena se fue en busca de un carpintero que le afinase la garganta. Lo encontró y le dijo:
-Tienes que hacerme algo para que pueda hablar con voz fina y pueda imitar la voz de una cabra.
El hombre le hizo lo que quería y volvió de nuevo hacia la zarzamora. Repitió la consigna, pero los cabritos también reconocie-ron que no era la voz de la madre y la echaron de nuevo.
La hiena volvió a ver al carpintero y éste la operó hasta que pudo imitar con perfección la voz de una cabra. Volvió a la zarzamora y recitó:
-Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa, abridme la puerta, estoy aquí y mi boca llena de rosas.
Los cabritos, creyendo que era su madre, abrieron la puerta y la hiena entró y se tragó las cuatro hembras. Sólo quedó Regat, que estaba escondido.
Al regresar, la cabra recitó la consigna, Regat le abrió la puerta y le contó lo ocurrido.
La cabra, al oírlo, corrió detrás de las huellas de la hiena y en el camino pisó el agujero del escorpión, que le dijo:
-¿Quién pisa mi agujero que cavé con mis uñas en el mo­mento que la lluvia caía y el siroco soplaba?
-Es la cabra que tiene los cuernos de oro -respondió la cabra-, y que busca a Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa. ¿No las has visto por aquí?
El escorpión le respondió:
-La hiena que las ha comido ha pasado por aquí.
La cabra siguió su camino y pasó por muchos agujeros de serpientes, lagartos... y de otros pequeños animales. En to­dos los casos le ocurrió lo mismo. Hasta que finalmente llegó a la cueva de la hiena y ésta, con voz ronca, le preguntó:
-¿Quién pisó mi cueva que he cavado con mis uñas en el momento en que llovía y el siroco soplaba?
-Es la cabra que tiene los cuernos de oro y que busca a Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa. ¿No han pasado por aquí?
La hiena no respondió.
-Sal, ven para acá -le ordenó la cabra.
-Espera un momento, estoy muy ocupada.
-Sal, ven para acá.
-Espera, que voy a preparar el desayuno de los pastores.
-Sal, ven para acá.
-Espera, que doy el almuerzo a los niños.
Mientras, la hiena, dando vueltas por la cueva, intentaba encon-trar algo para luchar con la cabra. Lo encontró, se puso unos cuernos de arcilla y salió.
Empezó la pelea, cuerno contra cuerno.
La hiena dio el primer golpe a la cabra y le hizo caer un pelo. La cabra la embistió y le hizo caer un puñado de pelos. La hiena volvió a embestir y le hizo caer dos pelos. La cabra se volvió y la abrió en canal e hizo salir a sus hijas Dagga, Me­deguiga, Aasa y Meisisa. Se las llevó a casa y murió la hiena.


051 Anónimo (saharaui)

Buho

Recopilé este texto, pero no tengo referencias si está publicado o no. Si tienes alguna información, no dudes en avisarme.
Había una vez un hombre saharaui que, como era costumbre, llevaba su rebaño para venderlo en el zoco junto con otros pastores. Viajaban juntos, pero como el rebaño de este hombre era muy grande, avanzaban despacio. Un día sus compañeros de viaje le dijeron: 
Mientras lleves tantos corderos no podremos viajar juntos, no llegaremos nunca. 
Cogió su camello y su rebaño y se fue. Anduvo y anduvo hasta que llegó a un lugar que no estaba muy lejos de donde había partido. Atardecía ya y apareció un búho gritando y saltando a su alrededor y el hombre le dijo: 
-¿Quieres comprarme estos corderos? 
-El búho dio un grito y se calló. 
-¿A qué precio los vas a comprar? 
-El búho respondió con otro grito. 
De acuerdo, te los vendo por este precio. De nuevo el búho contestó con un grito. 
Vendré a verte dentro de un mes. 
Dio un grito por última vez y el búho se alejó volando. El hombre pasó la noche allí y al día siguiente regresó donde estaban sus amigos, quienes al verlo le preguntaron: 
-¿Dónde está tu rebaño? ¿Qué has hecho con él? 
-Se lo vendí todo a un búho que me encontré explicó. 
-¿Qué? -insistieron sus sorprendidos amigos. 
-Pues sí, se lo he vendido a un búho, 
Los amigos no creyeron nada de lo que el hombre les contaba y decidieron ir en busca del rebaño. 
-¿Dónde vais? -les preguntó-. No encontraréis nada, ya os he dicho que se lo vendí a un búho. 
Sus amigos no hicieron caso y fueron a buscar el rebaño. 
Al llegar donde estaba el búho sólo vieron los huesos y la lana. No quedaba ni un cordero vivo y regresaron. 
El día en que se cumplía un mes de la venta, montó el hombre en su camello y partió en busca del búho. 
Lo encontró en el lugar acordado y le preguntó; 
- ¿Has preparado lo que me debes? 
El búho gritó y empezó a volar. El hombre salió cabalgando detrás de él. Cada vez que lo alcanzaba, levantaba el vuelo y volvía a esperar que lo alcanzase. De este modo llegaron ante una recóndita cueva y el búho penetró en ella. El hombre descabalgó para seguirle y lo encontró posado encima de una piedra grande y plana. Al acercarse vio por una rendija que debajo había una tinaja llena de monedas de oro. 
El hombre la cogió y el búho se marchó volando. Empezó a contar las monedas hasta que reunió la cantidad acordada con el búho por el rebaño. Luego, volvió a dejar la tinaja con el resto de las monedas debajo de la piedra y se marchó. 
Al llegar junto a su familia, ésta se quedó sorprendida y quiso saber dónde estaba la cueva. El hombre les dijo; 
-Yo tengo el dinero que me debía el búho. Nunca os enseñaré el lugar donde lo encontré. 
Sin embargo, no le hicieron ningún caso y, movidos por la ambición, salieron en su busca. Pero no encontraron ni rastro de la cueva ni de la tinaja. 
-¡Qué tontos habéis sido! -les recriminó-. Aunque removierais el cielo y la tierra jamás encontraríais ese lugar.

051 Anónimo (saharaui)

Behry bugam y dayesmus

Había una vez dos hermanas que estaban casadas con dos her-manos y viajaban siempre juntos, en el mismo frig.
Un día los hombres tuvieron que marcharse de viaje, de­jando a las dos hermanas acampadas solas. Ellas estaban em­barazadas y, antes de partir, sus maridos les dijeron:
-Si dais a luz mientras nosotros estamos ausentes y na­cen dos niños o dos niñas podréis seguir juntas. Pero si una tiene un niño y la otra una niña deberéis separaros, una hacia el Este y la otra hacia el Oeste.
Una de las hermanas tuvo un niño y la otra una niña. Es­taban muy afligidas porque, según les habían ordenado sus maridos, debían separarse y se querían demasiado para estar la una sin la otra.
-¡Oh, hermana mía! -dijo la madre del niño-. Cuan­do nuestros maridos vean los hijos que les hemos dado nos separarán. ¿Qué podemos hacer para seguir juntas?
-Creo que he encontrado una solución -contestó la ma­dre de la niña-, podemos educar a nuestros hijos como si fueran dos niñas, les hacemos juguetes de niña, los vestimos igual... y así quizá nuestros maridos no se den cuenta.
Así lo hicieron. Al niño lo llamaron Nehry Bugam y a la niña, que era muy hermosa, Dayesmus, que significa «luz de los soles».
Regresaron los maridos de su largo viaje y estuvieron muy contentos al conocer a sus hijas. Entregaron a cada un de ellas una sortija muy especial, diciéndoles que nunca deberían separarse de ella. Pasaron los años y éstas fueron creciendo juntas.
Uno de los hombres había observado que en los juegos no se comportaban igual, pues una de las niñas era más fuer­te que la otra y acostumbraba a pegarla y a empujarla más. Contó a su hermano sus sospechas de que una de ellas fuera un niño y trazaron un plan.
Invitaron a jugar a los demás niños del frig y les hicieron cavar unos pozos en la arena. Avisaron a un chiquillo que me­recía su confianza para que no se alejase mucho de las niñas y escuchara bien todo lo que decían.
Antes de empezar el juego, uno de los hermanos llamó a su hija y le dijo:
-No te dejes pegar más por tu prima. Cuando vuelva a hacerlo la empujas dentro del pozo y no la saques por mucho que te suplique...
Mientras duraba el juego una de las niñas empujó a la otra dentro y ésta le pidió:
-Por favor, prima, hija de mi tío, no me dejes aquí.
Pero la otra se alejó sin hacerle ningún caso en busca de su padre.
Los dos hermanos habían preguntado al niño lo que las chiquillas habían dicho y éste se lo contó.
Fueron a ver a sus esposas y les ordenaron que dijeran la verdad, pues de lo contrario no sacarían a la niña del pozo. Las dos hermanas les contaron lo sucedido y les suplicaron que las dejasen seguir juntas.
-Nos habéis engañado -respondieron- y tal como os dijimos, deberéis separaros.
Los padres de Dayesmus se marcharon con ella hacia donde se pone el sol. Esta se alejó de su primo con gran tristeza.
Los padres de Nehry Bugam se quedaron donde estaba acampado el frig. Pasaron los días y Nehry Bugam estaba cada vez más melancólico, no hablaba, no quería comer... sólo se acordaba de Dayesmus y la echaba mucho de menos.
Su padre procuraba aliviarle la tristeza con todos los rega­los que pudiera desear, incluso con el caballo más hermoso. Pero no sirvió de nada. Seguía tan triste como siempre.
Llegó a traerle un santón por si podía curarle su mal, pero tampoco sirvió de nada. Su tristeza seguía igual.
Una vez alguien le aconsejó que fuese a ver a una hechi­cera. Esta le dijo que debía matar dos cabras, una rolliza y otra flaca y preparar su carne junta en el interior de una venia nueva y ella se quedaría observando desde fuera lo que hacía.
Vio que cuando tomaba un trozo de la cabra rolliza lo apar­taba y se lo dedicaba a Dayesmus. Si cogía un trozo de la ca­bra flaca se lo comía él.
Luego fue a contarle al padre las preocupaciones de su hijo y así éste supo el motivo de su tristeza.
El padre decidió emprender un viaje para averiguar el pa­radero de la familia de su hermano. Y tras una laboriosa bús­queda logró la información que deseaba.
Supo que su hermano era el jefe de una próspera comarca, fértil y bonita. Para llegar a ella había que superar muchos pe­ligros, y para vivir allí también se tenían que correr muchos riesgos. Le contaron que había una enorme serpiente de siete cabezas, que exigía el pago de una joven doncella a cada fa­milia para seguir viviendo en aquel lugar, y que no había nadie capaz de vencerla.
Regresó a su casa y encontró a Nehry Bugam que había juntado siete animales, un avestruz, un camello y un caballo para montar, un camello y una camella jóvenes, un perro y un cuervo y los estaba adiestrando. Se alegró mucho del cam­bio operado en su hijo, pero no le contó nada de su viaje.
Al cabo de un tiempo, Nehry Bugam supo todo sobre el paradero de su prima y decidió marchar en su busca, acom­pañado de sus siete animales.
Tras un largo camino, llegó a un uad lleno de serpientes y víboras. Nadie se había atrevido jamás a cruzar por él. Nehry Bugam las saludó diciéndoles:
-¡Alá es grande!
Correspondieron a su saludo preguntándole:
-¿Qué te trae por aquí, Nehry Bugam?
-Os lo voy a contar ahora mismo si me abrís camino.
Éstas le dejaron paso y Nehry Bugam atravesó el uad en­gañán-dolas, sin contarles nada.
Siguió su camino llegando a dos montañas que estaban muy juntas y debía pasar entre ellas. Volvió a saludar y ellas le respondieron:
-¿Qué te trae por aquí, Nehry Bugam?
-Si me abrís paso os contaré mi historia -les contestó.
Empezaron a abrirse y él pasó rápidamente entre ellas con sus animales. Se cerraron de golpe al darse cuenta de que ya casi había recorrido el camino y sólo pillaron el rabo de la ca­mella joven.
Siguieron caminando día y noche hasta llegar a la comar­ca donde habitaba la familia de sus tíos.
Rogó a Dios que le encaminara hacia una persona que pudiese darle información sobre lo que ocurría en aquel lugar. Tuvo suerte y se encontró al pastor de su tío, quien le contó todo sobre la comarca y el problema de la serpiente de siete cabezas. Por su culpa ya no quedaban doncellas y al día si­guiente iba a serle entregada la última, la hija del jefe de la comarca.
Después de escuchar atentamente las explicaciones del pastor, Nehry Bugam le dijo:
-Voy a confiarte un secreto, que no debes decir a nadie. Mira esta sortija. Sólo tienes que colocarla en el tazón donde cada noche toma la leche la hija del jefe. Te aseguro que nada malo va a ocurrirle.
El pastor le prometió no contárselo a nadie y cogió la sor­tija que Nehry Bugam le entregaba. Por la noche la puso dentro del cuenco antes de llenarlo de leche y llevárselo a Dayesmus.
Cuando ésta hubo acabado de beber la leche vio la sortija y la cogió con gran alegría. En seguida adivinó que su primo se hallaba cerca, pues su madre le había contado con frecuen­cia la historia de su familia y que ambos poseían una sortija idéntica.
Fue a ver a su madre y le dijo:
-Madre querida, dame todas mis joyas, pues quiero arre­glarme bien...
La buena mujer empezó a llorar y entre sollozos dijo:
-¿Cómo quieres estar hermosa si mañana te van a sacri­ficar?
-No te preocupes, madre -le dijo con mucho cariño.
A la mañana siguiente Nehry Bugam fue al encuentro de la gran serpiente. Cuando llegó a su guarida la saludó y ella le contestó:
-¡Bienvenido, Nehry Bugam! ¿Qué te trae por aqui?
-Vengo de muy lejos atraído por tu fama. Sólo tengo un deseo: poseer una de tus cabezas.
Tras unos momentos de reflexión, respondió:
-Pues córtala.
Cuando la hubo cortado le dio las gracias y se alejó. De repente se detuvo pensativo y volvió de nuevo hacia la ser­piente. Le dijo:
-He pensado que una cabeza no es suficiente. La gente no va a creer que has dejado que te la corte así, por las buenas.
Después de unos momentos de silencio la serpiente acce­dió a que le cortase otra cabeza.
Así lo hizo Nehry Bugam. Como vio que la serpiente iba debilitán-dose por la mucha sangre que perdía, pensó que aquella era su única oportunidad para vencerla y empezaron a luchar. Tras un mortal enfrentamiento, Nehry Bugam consi­guió cortarle las restantes cabe-zas y así acabó con ella.
Buscó un lugar adecuado donde poder esconder las siete cabezas y encontró una enorme roca, que sólo podían le­vantar cuarenta hombres, y metió debajo de ella las cabezas cortadas. Luego arrojó el resto de la serpiente sobre la copa de un árbol.
Momentos después apareció Dayesmus, más hermosa que nunca, acompañada por algunos notables del frig, quienes al no ver a la serpiente por ninguna parte se miraron sorprendi­dos, mientras la doncella lo observaba todo tranquilamente.
Empezaron a buscar por los alrededores y al rato descu­brieron los restos de la serpiente encima de la copa de un ár­bol y fueron corrien-do y cantando de alegría a explicarlo a todos los habitantes del frig.
La comarca entera se dispuso a celebrar la muerte de la serpiente y el fin de sus preocupaciones, organizando gran­des festejos.
Todo el mundo se preguntaba quién habría tenido la auda­cia de enfrentarse a un animal tan peligroso. Muchos jóvenes y hombres se adjudicaban el mérito y cada cual daba su pro­pia versión de los hechos. Pero había un problema, no había aparecido ninguna de las siete cabezas de la serpiente.
El jefe de la comarca dijo que sólo reconocería como autor de la hazaña a quien le entregara las siete cabezas. Y, ade­más, concedería la mano de su hija, la bella Dayesmus, a tan valiente hombre.
Nehry Bugam, ante el alboroto que se organizó después de las palabras de su tío, dijo que las siete cabezas se hallaban debajo de una gran roca y que quien consiguiera levantarla demostraría que era el verdadero autor de los hechos.
Se dirigieron todos hacia allá y, tras infructuosos esfuer­zos, muchos hombres se dieron por vencidos, pues la roca no se había movido de su lugar. Nadie había conseguido le­vantarla.
El jefe de la comarca dijo entonces:
-Sólo hay una persona capaz de mover esta roca, si es que ha llegado ya. Es Nehry Bugam, el hijo de mi hermano.
Al oír su nombre se dirigió el joven hacia la roca, la levan­tó y debajo de ella aparecieron las siete cabezas cortadas a la serpiente.
Inmediatamente se iniciaron los preparativos para celebrar la boda de Dayesmus con el valiente Nehry Bugam.
Las fiestas duraron siete días y siete noches y, al finalizar éstas, Nehry Bugam expresó a su tío el deseo de partir con su esposa hacia la casa de sus padres, a quienes había dejado viejos y solos, y hacía mucho tiempo que no tenía noticias suyas.
Su tío intentó disuadirle, recordándole los peligros que tendría que volver a pasar, y muchos otros que podrían apa­recérsele de impro-viso. Pero Nehry Bugam logró al fin con­vencerle de que nada malo les sucedería a él ni a su esposa, pues había demostrado sobrada-mente su valentía.
Una vez acabados los preparativos del viaje emprendie­ron el camino acompañados de los siete animales adiestrados. Nehry Bugam sólo tenía un temor, que alguno de los muchos hombres que querían casarse con su mujer, pues era famosa por su belleza, intentara arrebatársela. Por ello le explicó a Da­yesmus que si eran atacados por un gazi, sólo debía preocu­parse si éste estaba formado por jinetes expertos.
Unos días más tarde apareció el primer grupo de asaltan­tes, pero eran todos muy jóvenes e inexpertos y los fue de­rrotando uno tras otro, hasta vencerlos a todos sin ninguna dificultad.
Al día siguiente, mientras continuaban su camino, apare­ció otro gazi. Pero esta vez fue muy difícil la lucha, pues estaba formado por hombres muy expertos. Consiguieron vencerle y, maltratado y herido, lo llevaron ante su mujer, a quien secuestraron.
Se quedó solo, con la única compañía de sus siete anima­les, quienes se encargaron de cuidarle. El perro usaba su ol­fato para encontrar comida y le lamía las heridas. El cuervo le traía jalmas [1] y al mismo tiempo le extraía los restos de bala. La camella joven le desinfectaba las heridas orinándose en ellas.
Empezó a escasear la comida y el avestruz le dijo:
-Sacrifícame y con mi carne y mi grasa te fortalecerás y lograrás restablecerte completamente.
Nehry Bugam amaba infinitamente a sus animales y se negó a hacer lo que le decía el avestruz. Pero tanto y tanto insistió que al final, con gran dolor, decidió sacrificarlo.
Y así empezó a recuperarse rápidamente, comiendo la car­ne del avestruz y bebiendo su grasa, que usaba también como ungüento para sus heridas.
Transcurridos siete días estaba completamente restableci­do e inició los preparativos para salir en búsqueda de su amada.
Guiado por el olfato de su perro y el sentido de orienta­ción de su cuervo, consiguió llegar a un frig por el que había pasado el gazi que raptó a su esposa.
Allí le informaron que no la habían devuelto a su familia, sino que la habían entregado como trofeo al jefe de una co­marca, que era viejo y muy poderoso, y al que todos temían, y que éste se había casado con ella.
Siguieron su camino y al acercarse a otro frig el perro, guia­do por su olfato, le dijo:
-Aquí tampoco está.
Y continuaron su búsqueda.
Durante varias semanas siguieron su pista y pasaron por cinco frigs, pero no se hallaba en ninguno de ellos: Cuando se acercaban de nuevo a otro frig, el perro y el cuervo le avi­saron de que se encontraba allí, prisionera y casada con el viejo y poderoso jefe.
Nehry Bugam empezó los preparativos para atacarlos al día siguiente. Al amanecer entró por sorpresa y mató en pri­mer lugar al viejo. Luego arrasó todo el frig, rescató a su mu­jer y se la llevó llorando de alegría.
Los hombres del gazi llegaron al frig y, al encontrar a su jefe muerto y no ver por ninguna parte a Dayesmus, salieron en su per-secución.
Ella había sufrido mucho durante su cautiverio y se en­contraba muy débil. Le confesó a su marido que antes de caer de nuevo en manos de esta gente tan cruel se mataría. Por ello, cada vez que veían el gazi a lo lejos los camellos grita­ban, el perro ladraba y el caballo relinchaba para que acelera­sen la marcha.
Por fin los hombres del gazi lograron alcanzarlos y Nehry Bugam volvió a enfrentarse a ellos. Después de un durísimo combate logró vencerlos y pudieron continuar su viaje.
Llegaron de nuevo a las montañas que se juntaban y se­paraban. Nehry Bugam las saludó y ellas le respondieron:
-¿Qué haces tú aquí otra vez?
Nehry Bugam les relató toda su historia y les suplicó que no mataran a su bella esposa y los dejaran pasar. Las monta­ñas, al contemplar la hermosura de Dayesmus, se apartaron admiradas.
Más tarde llegaron al uad lleno de serpientes y ocurrió lo mismo.
Por fin llegaron donde estaban los padres de Nehry Bu­gam, quienes los recibieron con mucha alegría y organizaron grandes fiestas en su honor.
Nehry Bugam se curó tras recobrar a su amor perdido y se convirtió en uno de los hombres más felices del mundo.

051 Anónimo (saharaui)


[1] Jalma: Animal pequeño que vive entre el pelo del camello.

jueves, 24 de mayo de 2012

El monstruo del lago

Érase una vez la hija de un poderoso rey. Se llamaba Untombina y era muy valiente.
En el país en que ella habitaba existía un lago encantado al que ningún ser humano se acercaba. En el lago vivía un Monstruo que, sin compasión ni piedad, se llevaba al fondo a cuantos se extraviaban por aquella región y a los que equivocadamente intentaban bañarse en las claras aguas del lago.
Untombina había oído hablar con frecuencia del Monstruo y también sabía dónde estaba el lago que aquél habitaba.
Sucediéronse lluvias torrenciales y muy continuas en todo el país, y las tierras quedaron inundadas; entonces Untombina dijo a sus padres:
-Yo quiero ir a ver al Monstruo del lago para preguntarle si podría hacer cesar esta lluvia pertinaz.
Pero su padre, el Rey, se lo prohibió, y su madre derramó abundantes lágrimas a la sola idea de lo que pudiese suceder, ya que era terca Untombina, y lo más fácil de suponer era que el Monstruo la devorase.
En consecuencia, la muchacha permaneció en casa, más que por la prohibición paterna y los llantos de la madre, porque, estando el país inundado, se hacían los caminos intransitables.
Pero, al año siguiente, empezó a llover de nuevo y las aguas llegaron hasta lo más alto de los más altos muros que rodeaban el poblado, y Untombina no pudo contenerse por más tiempo. Quiso ir a toda costa al lago encantado y fue imposible disuadirla; ya ni escuchó la voz autorizada del padre, ni las lágrimas de desconsuelo de la madre la cambiaron de propósito.
Convocó a todas las muchachas del pueblo y eligió, de entre todas, a doscientas para que la acompañasen en el viaje. Vistióse como una novia. Siguiendo su ejemplo, las muchachas ataviáronse con sus mejores galas y sus más preciadas joyas.
Salieron juntas por las puertas del poblado. Untombina en medio y cien muchachas a cada lado del camino, formando como una Corte de honor. Riendo y cantando caminaban las jóvenes, como si llevaran a la novia al novio, y cuando encontraban por el camino a los mercaderes que, en grandes carretas tiradas por bueyes, recorrían el país, llamábanlos con voces joviales y gozosas y preguntábanles cuál, de entre todas, era la más bella.
Los hombres se acercaban y contestaban que ellos encontraban a todas muy lindas, pero ninguna comparable con Untombina.
-Pues -decían los mercaderes- la hija de vuestro rey es esbelta como el árbol de la altura y tan lozana coma la fresca hierba que brota después de las lluvias fecundas
Cuando las otras jóvenes oían estas palabras se enfadaban tanto que maltrataban a los mercaderes y los llenaban de improperios. Luego pro-seguían su camino. Era un alegre, espectáculo ver a aquellas encantadoras jóvenes caminando jovialmente, ataviadas con primor y luciendo sus mejores joyas, refulgentes al sol, y sus collares y brazaletes de ricas perlas.
Declinaba el día cuando las bellas muchachas llegaron al encantado lago. Y, al llegar, despojáronse de todas sus galas y saltaron al agua fresca y cristalina para bañarse a los últimos rayos del sol.
¡Qué alegres estaban las lindas negritas! Chapoteaban, tirábanse unas a otrasagua del lago, brincaban, saltaban y nadaban alboro-zadas.
Desapareció el sol y tuvieron que buscar un sitio donde pudieran dormir. Realmente ya era hora de abandonar el placer del lago. Así lo hicieron, pero podéis imaginaros su espanto cuando advirtieron la falta de sus lindas sayas y vestidos, de los aros de los tobillos, collares y brazaletes.
-¡Oh, oh, oh! -gritaron a una ­ ¡Mira, Untombina, el Monstruo del lago nos ha robado todas nuestras prendas y joyas! ¿Qué hacemos ahora?... Oh, Untombina, ¿qué hacemos ahora?
Gritaban tan fuerte como podían; tan sólo Untombina permanecía indiferente y altiva, contemplando a las muchachas asustadas.
Al fin la más atrevida de todas dijo gritando:
-¡La culpa es tuya, Untombina; sólo tú nos has traído esta desgracia!
Otra, muy piadosa por cierto, propuso que todas se arrodillaran y suplicaran al Monstruo que les devolviera lo que les había robado.
Pero Untombina rehusó, altiva, la proposición.
-Yo soy la hija del rey -dijo- y no pienso humillarme ante el Monstruo.
Y diciendo esto se apartó de las otras muchachas que, entre lágrimas y sollozos, suplicaban al Monstruo les devolviese sus tesoros.
-¡Oh, señor de este lago -clamaron- devuélvenos nuestras precio-sas joyas y ricos vestidos! No quisimos hacerte ofensa ni daño. Fue Untombina, la hija de nuestro rey, la que aquí nos trajo. Solamente ella tiene toda la culpa.
Y entonces, de repente, vestido tras vestido, aro tras aro, collar tras collar, brazalete tras brazalete, empezaron a caer como llovidos del cielo sobre la orilla del lago.
Y, al cabo de un corto espacio de tiempo, las doscientas muchachas, que habían acompañado, a Untombina estaban vestidas y dispuestas a regresar al poblado.
Tan sólo Untombina no se había vestido. Altiva, permanecía erguida con los brazos cruzados sobre su pecho y, cuando las muchachas le rogaban que pidiera al Monstruo que le devolviese sus vestidos y sus joyas, ninguna palabra salió de sus labios.
-Oh, Untombina, hazlo, por favor. Pídeselos, Untombina -le suplicaban las muchachas.
Pero Untombina irguióse más altiva y más orgullosa aún, tanto que a los ojos de sus compañeras no parecía tan linda, y contestó:
-Jamás. Yo soy la hija de un rey y no suplico a nadie.
Cuando el Monstruo del lago oyó estas palabras, salió a flor de agua, apoderóse de la orgullosa muchacha y se la tragó.
Lanzando gritos de terror las muchachas huyeron como galgos y al llegar al poblado contaron lo que le había ocurrido a la hija del rey.
-¡Oh! -sollozó el desventurado padre; -yo se lo había advertido innume-rables veces, pero ella no quiso escucharme. Pero aguardad, muy pronto, la libertaremos de las garras del Monstruo.
Y ordenó:
-¡Mis guerreros, armaos de vuestros escudos, lanzas, hondas, arcos y agudas flechas! ¡Vamos a libertar a mi hija!
Pronto todo un ejército de guerreros negros se puso en marcha hacia el lago encantado.
El Monstruo asomó la cabeza fuera del agua, y al ver a tantos guerreros, abrió su descomunal y gigantesca boca y se tragó a un sinfín de ellos con la facilidad con que antes se tragara a Untombina. Su enorme cuerpo parecía que iba agrandándose por momentos, y era verdaderamente espantoso ver cómo perseguía a los que intentaban salvarse; y así fue la persecución hasta las mismas puertas del poblado.
Pero junto a la puerta estaba el rey con la más aguda de las lanzas que poseía y se enfrentó con el Monstruo, cuyo cuerpo se extendía por casi sobre una legua de distancia, ¡tan enormes eran sus proporciones!
El viejo rey era un valiente guerrero muy diestro en el arte de batallar, y supo al instante dónde tenía que atacar a su enemigo. Primero le hundió la lanza en la garganta y luego le hizo un agujero en un costado. Por este costado empezaron a salir todos sus guerreros y finalmente la valerosa Untombina, más altiva que nunca.
El rey la tomó de la mano y la acompañó en triunfo hasta su madre, que tanto había llorado por ella.
Afortunadamente el Monstruo fue muerto, y el lago donde habitaba quedó, desde aquel instante, desencantado.

009. Anónimo (africa)