Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 21 de octubre de 2012

El tengu azul y el tengu rojo

Hace mucho, mucho tiempo, vivían un Tengu azul y un Tengu rojo en una montaña muy alta.
Los dos eran íntimos amigos.
Les gustaba observar a las personas desde lo alto.
Un día el Tengu rojo preguntó: "¿Cuánto tiempo hace que vivimos aquí?"
El Tengu azul contestó:"Desde hace quinientos años."
El Tengu rojo dijo: "Los hombres han cambiado mucho en todo este tiempo. Pero nosotros no hemos cambiado nada."
El Tengu azul dijo: "Frecuentemente ellos andan riñiendo construyen ciudades y tan pronto empiezan a pelear destruyen todo y otra vez se repite lo mismo."
El Tengu rojo dijo: "¡Entiendo! ¡Tenemos que reñir! Nunca hemos reñido durante quinientos años por eso no hemos cambiado nada."
El Tengu azul dijo: "Somos íntimos amigos, por eso no es necesario."
El Tengu rojo dijo: "¡Sí! ¡Nunca hemos reñido por eso no hemos progresado! ¡De momento dejemos de jugar! ¿Sí?"
El Tengu azul contestó: "Está bien"
Y empesaron a reñir.
Un día el Tengu azul estaba obsevando a unos hombres.
El dijo "Estoy aburrido de estar solo. ¡Oh! ¿Qué es aquello? ¡Son muy bonitos! ¡Voy a alargar la nariz un poco más!"
Su nariz se alargó hasta un castillo porque quería tocar unas prendas muy bellas que veiía en su interior.
En ese momento una criada estaba colgando un hermoso "kimono" [2] de una princesa. Ella no se percató y lo colgó en su nariz.
El se sorprendió porque su nariz llegó a pesar mucho. Acortó su nariz precipitadamente y conseguió muchas ropas bonitas.
En ese momento vino el Tengu rojo y dijo: "¿Por qué tienes muchas ropas bonitas?"
El Tengu azul contestó: "Alargué la nariz hasta un castillo y pegaron prendas en ella. Te doy la mitad."
El Tengu rojo dijo: "¡No quiero!" y se marchó a otro sitio.
El Tengu rojo estaba muy envidioso. Pensó: "Yo también quiero ropas bonitas. ¡Voy a alargar la nariz hasta un castillo!"
Y su nariz se alargó hasta uno. ¡Pero en éste se entrenaban artes marciales! Ellos al ver su nariz se arrojaron sobre ella con la espada en la mano.
El Tengu rojo se sorprendió porque le dolió mucho. Acortó su nariz precipitadamente.
En ese momento el Tengu azul vino y dijo: "¡¿Qué te pasa?!"
El Tengu rojo le contó llorando lo pasado.
El Tengu azul le dijo: "Está bien. Te doy la mitad de estas ropas bonitas. Por eso ya no llores."
Los dos se reconciliaron y vivieron en armonía para siempre.
¡Y colorín colorado este cuento se ha acabado!

999. Anonimo




[1] "Tengu" : duende que tiene la nariz larga.
[2] "kimono": prenda de vestir japonesa.

El soldado y la maga cuenta cuentos

¡Que bien que se está aquí! ¿verdad?, dijo la Maga Cuenta Cuentos tendida en una verde colina.
Shiiiii, se está genial..., dijo en un suspiro de plenitud, estirándose todo y con una gran sonrisa.
¿Sabes qué? -le preguntó la Maga.
-Podríamos contar un cuento ahora mismo...
Si, si, si... -la interrumpió el Soldado.
-Podríamos contar mis batallas con los caracóles del mar, o mis guerras con los mosquitos del Sáhara, o mis carreras con los canguros de Australia...
Pero -empezó a decir la Maga Cuenta-Cuentos.
-A mi no me gustan las guerras, mis cuentos son fantásticos..
¿Y... si de todas formas lo intentamos? -le preguntó amorosamente para convencerla.
-Bueno yo empiezo, mira:
Una noche, en el desierto del Sáhara hacía un calor de mil escarabajos, había un pequeño Soldado durmiento bajo una palmera. Se despertó porque escuchaba que desde lo lejos venía volando un mosquito. El Soldado se levantó rápidamente, desenvainó su espada y..., empezaba a contar el Soldado, cuando la Maga Cuenta-Cuentos se sienta para continuar el cuento:
Lo que el Soldado escuchaba no era solamente el mosquito. También venía volando una alfombra, con una señora encima, tocada de un gran sombrero lleno de estrellas, que en la oscuridad brillaban como si fueran las del cielo. No era ni más ni menos que La Maga Cuenta-Cuentos. Al llegar a la palmera ve un gerrero con su espada desenvainada, y le dice:
Hola guerrero, no querrás matarme a mi, ¿verdad?
¡¡¡OH!!!, una Maga en su alfombra voladora... -dijo sorprendido el Soldado bajando embobado su espada. Señora Maga... ¿cómo habría yo de matar a tan noble ser?
Menos mal -contestó la Maga apeándose de su alfombra.
-¡Qué calor hace esta noche aquí! Si me disculpas voy a quitarme el sombrero un momento...
Yo que usted no lo haría Señora Maga... -dijo casi en secreto el Soldado.
-Justamente antes que usted llegara, venía un mosquito sahariano, a todo volar y son bastante peligrosos, yo estoy aquí para ganarles la guerra.
Mira, no hay nada que temer. Yo tengo un tul blanco muy especial, que me lo regaló una nube del Polo Sur y que nos protegerá de cualquier mosquito. Observa: saco de dentro de mi sombrero un precioso tul blanco. Lo estiro en el aire y dejo que caiga sobre nuestras cabezas.
Yo por las dudas tendré mi espada lista por cualquier cosa, dijo el valiente Soldado.
Te digo que no hace falta -le contesta con paciencia la Maga. Soldado, tienes que creerme, mira, ahí llega, ¡hasta se ha quedado enganchado en el tul!
Vaya, es la primera vez que un mosquito pierde una batalla tan fácil-mente, o una guerra, ¿Está muerto?, le preguntó el Soldado.
No, está soñando que hace la mejor picadura de su vida, satisfecho y feliz se marchará. Pero el tul le regala una gran porción de alimento de mosquito, así que nunca más picará a nadie, explicaba la Maga.
Cuando el mosquito se marchó, el tul se guardó solo, como aspirado, en el sombrero.
Ahora que no hay más mosquito, ¿quieres viajar en la alfombra mágica?
Me encantará, le contestó el Soldado con grandes ojos.
¿A dónde quieres ir?, le preguntó la Maga Cuenta Cuentos.
Si vamos a Australia, le puedo mostrar algo que se va a divertir mucho, le decía el Soldado.
Está bien, pero no me tienes que decir más USTED, de tu o Maga me gusta más, ¿si?
De acuerdo Maga.
Bueno, mira a tu derecha, ahí tienes un cinturón de seguridad, tienes que ponértelo -empezó a darle instrucciones, y delante tuyo tienes las gafas espaciales, póntelas también. Ahora cerraré la burbuja transparente porque vamos a ir a gran velocidad, no tienes miedo ni vértigo, ¿verdad? Si quieres puedo ir muy despacio.
Nooo, yo nunca tengo miedo, dijo el Soldado valiente.
Salieron rápido volando cerca de las estrellas. La Maga saludaba por el camino a algunas estrellas amigas que conocía, y el Soldado no dejaba de mirar todo a su alrededor. Cuando se hizo de día, abajo de ellos había una isla muy grande llamada Australia. El Soldado señaló sonrientemente hacia dónde quería ir. Aterrizaron suavemente en un campo lleno de canguros.
El Soldado se liberó del cinturon y las gafas, y saltó a tierra firme.
Ahora Maga, me toca a mi: Elige el canguro que más te guste.
La Maga entornó los ojos y señaló sonrientemente el canguro que más le gustaba. El Soldado se aproximó al canguro, le dijo un secreto en la oreja y junto con otro -que se parecía muchísimo al que señaló la Maga- se acercó a ella diciéndole:
Ahora Maga, vamos a hacer una carrera muy divertida, pero tu no tienes que hacer ninguna trampa utilizando tus poderes mágicos. La carrera conciste en llegar hasta la meta final, sin caerse. Si te caes, hay que lograr subir nuevamente al canguro y ¡ala... hasta la meta! ¿Qué te parece?
¡Qué divertido! Pero ¿de verdad no puedo usar ningun truquito?, preguntó a ver si cambiaba de idea.
No, no, me tienes que dar tu palabra de Maga que no lo harás.
Te doy mi palabra de Maga que no haré ninguna trampa, ni mágica ni no mágica.
Dicho esto, los dos tenían que acariciar a los canguros para que los conocieran, y también tenían que decirles sus nombres, salvo la Maga, que no debía delatarse como Maga, sólo podía decir M-ga.
El Soldado le propuso a la Maga que cuando su pañuelo cayera al suelo sería la partida. Así que cuando llegó a la tierra, los canguros emprendieron a saltos su carrera hasta el final. La Maga no tenía experiencia en esto, y tampoco podía usar sus artes mágicos de modo que se caía muchas veces. Afortunadamente sabía correr bastante bien, pero con todo lo que corrió, lo que se cayó, llegó mucho después que el otro corredor y bastante agotada también. El Soldado la consoló diciéndole que la primera vez que el lo había hecho también le pasó lo que a ella. Como la Maga quería aprender, estuvieron corriéndo muchas carreras hasta que finalmente lo logró.
Oye, Soldado que divertido, me gusta mucho saber cangurear, gracias a ti hoy lo sé.
El Soldado se sonrojó porque no esperaba un agradecimento de la Maga.
¿Has visto Maga que sí podemos contar cuentos?, le dijo el Soldado sentado al lado de la Maga.
Si, es muy divertido también, pero ahora me tengo que ir porque tengo una clase de carrera de canguros con obstáculos.
¡Uy Maga! ¿Tanto has aprendido ya?, ¿puedo yo tomar clases contigo?, le preguntaba el Soldado.
Es que las clases son en la Escuela de Magas, Soldado... allí solo pueden entrar bueno... ya sabes, Maguitas como yo... Pero cuando lo aprenda te enseño, ¿si?
Si, ¿me lo prometes?
¡Palabra de Maga!

999. Anonimo
 

El señor, el niño y el burro

                                            Cuento tradicional

Venía un señor por el camino, con un niño como de once años, que era su hijo, y venía también un burro, que le servía al señor para cargar leña. Pero el señor ya había vendido la leña, y además estaba cansado, de manera que se montó en el burro.
En esto se encuentran con unas gentes que venían por el mismo camino. Y cuando ya pasaban las gentes, el señor oyó que decían: "¡Qué viejo tan egoísta! Va él muy montado en el burro, y el pobrecito niño a pie."  
Entonces el señor se bajó del burro y le dijo al niño que se montara. Caminaron así un rato, el niño encima del burro y el papá a un lado, a pie, cuando en esto se encuentran con otras gentes.
En el momento de pasar, el señor oyó que decían: "¡Qué muchacho tan malcriado! Va él muy montado en el burro, y el pobrecito viejo a pie." Entonces el señor le dijo al niño que se bajara del burro.
Siguieron así un rato, caminando los dos un poquito detrás del burro, y en esto que se encuentran con otras gentes, y cuando ya pasaban, oyó el señor que decían: "¡Qué par de tontos! "Va el burro muy descansado, sin carga, y a ninguno se le ocurre montarse."
Entonces el señor se volvió a montar y le dijo al niño que él también se montara. Así iban, moviéndose los dos al mismo tiempo con el paso del burro, y en esto se encuentran con otras gentes que venían por el camino. y cuando ya pasaban las gentes, el señor oyó que decían: "¡Qué par de bárbaros! El pobrecito burro ya no puede con la carga."
Entonces el señor se quedó pensando un rato y le dijo al niño: "¿Ya ves, hijo? "No hay que hacer mucho caso de lo que diga la gente."

999. Anonimo

El secreto del gigante



Hace mucho tiempo había un rey que tenía un hijo muy valiente. Un día le dijo el príncipe a su padre:
-Padre, voy a salir por el mundo en busca de aventuras.
El rey se negaba a darle su permiso, pero tanto insistió el príncipe, que por fín el padre dió su consentimiento.
Montó el príncipe un hermoso corcel y emprendió el viaje en busca de aventuras. Después de mucho caminar, llegó a un bosque por el cual tenía que atravesar. Al internarse en aquella espesura, oyó de repente rugidos, gruñidos, aullidos y graznidos. Al llegar al lugar de donde provenía aquel desconcierto encontrose con cuatro animales; un león, un galgo, una águila y una hormiga, todos disputándose un venado muerto.
Al ver al príncipe, rugió el león, diciendo:
-Un momento, hombre. Como ves, aquí peleamos porque no podemos decidir qué parte de este venado toca a cada uno. Dividelo tu entre nosotros y te recompensaremos.
El príncipe dijo que lo haría con gusto, y partió el venado en cuatro partes, dando al león la parte trasera, al galgo las costillas, al águila las tripas y a la hormiga la cabeza.
Los animales quedaron conformes y el león dijo:
-Prometimos recompen-sarte y así lo haremos. Se arrancó un pelo de la melena y dándoselo al príncipe le dijo: "Toma este pelo. Cuando quieras volverte león nomás dices "Dios y león" y te volverás león. Para volverte hombre, dirás nada más "Dios y hombre."
El galgo le dió tambien un pelo y le dijo al príncipe lo mismo que el león, solamente que para que se efectuara su transformación diría, "Dios y galgo."
El águila le ofreció una pluma con las mismas palabras diciéndole que dijera "Dios y águila" cuando deseara volverse águila.
La hormiguita ofreció al príncipe una de sus cuernitos diciéndole lo mismo que los otros animales, únicamente diciendo "Dios y hormiga" cuando quisiera volverse hormiga.
Agradeció el príncipe los regalos y siguió su camino lleno de aventuras, hasta que un día llegó a un castillo al parecer desierto. Tuvo el príncipe vivos deseos de penetrar al castillo, pero como estaba enmurallado y bien resguardado no le era posible traspasar los umbrales. Acordose de pronto de los regalos hechos por los animales del bosque y sacando la pluma del águila dijo, "Dios y águila," y volviéndose águila voló sobre el castillo. Al llegar a la torre más alta vió una ventana abierta. Parose sobre el alfeizar y descubrió en el interior de aquella alcoba, a una mujer profundamente dormida.
El príncipe dijo "Dios y hombre," y volviéndose hombre penetró en la alcoba para ver mejor a la joven. Despertó la dama en aquel instante y sobresaltada le preguntó al príncipe:
-¿Señor, que hace usted aqui? Si el gigante, dueño de este castillo lo encuentra, lo matará sin piedad.
-Señora -dijo el principe, no temo al gigante, ya que he salido a recorrer el mundo en busca de aventuras. Por lo que veo, usted parece estar prisionera en este inmeso castillo. Si en algo puedo servirle, dígamelo al momento.
-En efecto -dijo la joven, soy prisionera del gigante, pero dificil será que persona alguna me ayude. El gigante vence a todos los que luchan contra él.
En estos momentos se oyó una voz de trueno que hacía retumbar el castillo, y la dama le dijo al príncipe:
-Estamos perdidos. El gigante viene y no hay ni un sitio donde pueda esconderse.
-No tema, señora, -dijo el príncipe, y cogiendo el cuernito de la hormiguita, dijo las palabras mágicas y se volvió hormiga.
Entró en aquel instante el gigante diciendo:
-Señora, seguro estoy que hablabas con alguien.
Buscó por todas partes pero no vió a la hormiguita. Satisfecho el gigante, salió de la alcoba.
El príncipe luego dijo "Dios y hombre," y se volvió a se ser natural.
La joven estaba tan contenta que no acertaba a decir una palabra, por fín dijo al príncipe, -Señor, quizá sí puedas salvarme. Pero para lograrlo tendrás que matar al gigante, y para conseguir esto hay que quebrar un huevo que el gigante tiene escondido, y en ese huevo, que nadie ha podido encontrar, tiene bien guardada su vida.
Al día siguiente entró el gigante a la alcoba de la joven y ésta le dijo, -Señor, anoche soñé que vuestra vida estaba en peligro. Un hombre rompía el huevo que contiene vuestro secreto.
-No se preocupe, señora, ese huevo esta muy bien escondido, díjole el gigante.
Se retiró el gigante pero interiormente sentía una preocupación por si su vida estuviera en peligro. En un abrir y cerrar de ojos, el gigante se volvió paloma y salió volando por la ventana. El príncipe que lo había estado atisbando, dijo "Dios y águila," y volviéndose águila salió persiguiendo a la paloma.
La paloma llegó a una cueva de done sacó una cajita en la que estaba un huevo. En este instante llegó el águila. La paloma al verla, se volvió coyote. El coyote se tragó el huevo y salió corriendo. Entonces el príncipe al decir "Dios y león" se convirtió en león y persiguió al coyote, pero éste al ver al león, se transformó en liebre escondiéndose en la maleza donde el león no podía encontrarla.
El príncipe de pronto dijo "Dios y galgo" y transformándose en galgo siguío a la liebre que al verse casi atrapada logró volverse paloma. El príncipe de súbito tambien se volvió águila una vez más y siguiendo muy de cera a la paloma logró atraparla. Descendiendo con la paloma muerta en más garras logró quitarle el huevo del buche, y de un picotazo lo deshizo, quedando en lugar de la paloma muerta el horrible gigante ya sin vida.
El águila voló hasta el castillo y entrando a la alcoba de la joven dijo "Dios y hombre" volviendo a tomar su figura natural.
Tomó en sus brazos a la bella joven y ya sin temor del gigante se casaron y vivieron muy felices transformando aquel castillo antes solitario y triste, en un nido de amor y felicidad.

999. Anonimo

El secreto de santa


En Nochebuena un niño miró fijamente a Santa y le dijo: "Quiero saber tu secreto". Le susurro al oído: "¿Cómo lo haces, año tras año? "Quiero saber cómo, mientras viajas dejando regalos aquí y allá, nunca se terminan. ¿Cómo es, querido Santa, que en tu saco de regalos hay suficiente para todas las niñas y niños del mundo? Siempre está lleno, nunca se vacía mientras vas de chimenea en chimenea, a casas grandes y pequeñas de país en país, visitándolos todos.
Santa se sonrió y le contestó, "No me hagas preguntas difíciles. ¿No quieres un juguete?
Pero el niño dijo que no y Santa pudo ver que él esperaba una respuesta. "Ahora escúchame," le dijo al niño "Mi secreto te hará más triste y más sabio".
"Lo cierto es que mi saco es mágico. Dentro de el hay millones de juguetes para mi viaje en Nochebuena. Pero a pesar que visito a cada niña y a cada niño no siempre dejo juguetes. En algunos hogares no tienen comida, en otros hay tristeza, en algunos hogares están desesperados, y otros son malos. Algunos son hogares rotos, donde los niños sufren. Esos hogares visito, pero qué puedo dejar?
Mi trineo está lleno de cosas alegres, Pero para los hogares donde habita la tristeza, los juguetes no son suficiente. Así que en silencio me acerco, y beso cada niña y cada niño, y rezo con ellos para que reciban la alegría del espíritu de la Navidad, el espíritu que vive en el corazón del niño que no recibe, pero que da.
"Si Dios escucha y contesta mi oración, Cuando regrese el próximo año, lo que encontraré serán hogares llenos de paz, y amor. Y niños y niñas llenos de la luz infinita. Es un trabajo difícil, mi querido amiguito, dejar regalos para algunos y orar por otros. Pero las oraciones son los mejores regalos Porque Dios tiene el don de satisfacer todas las necesidades.
Esa es parte de la contestación. El resto es que mi saco es mágico. Y esa es la verdad. Mi saco está cargado de amor. En mi saco nunca falta el amor y la alegría... porque dentro hay oraciones, y esperanzas. No sólo juguetes. Mientras más doy, más se llena... porque dando es como realizo mis sueños.
"¿Y quieres saber algo? Tu también tienes tu propio saco. Contiene tanta magia como el mío, y está dentro de ti. Nunca se vacía, está llenito desde el principio de tu vida. Es el centro de la luz y el amor. Es tu corazón. Y si en ésta Navidad quieres ayudarme, no te preocupes tanto por los regalos debajo de tu árbol. Abre esa saco que es tu corazoncito, y comparte tu alegría, tu amistad, tu dinero, tu amor".
"Gracias por el secreto. Me tengo que ir".
"Espera niño", dijo Santa, "no te vayas. ¿Compartirás lo que tienes? ¿Ayudarás? ¿Te servirá lo que has aprendido?"
Y por un momento el niño se detuvo, tocó su corazón y simplemente dijo: "Sí".

999. Anonimo

El saco de piojo


Había un rey que tenía una hija. Un día en que estaba la reina peinando a la princesa, le encontró un piojo en el cabello.
-Mira padre, -dijo la princesa, el piojo que me ha encontrado mamá en el cabello.
-¡No lo mates! -exclamó el rey, vamos a meterlo en un frasco. Tengo curiosidad de ver que tan grande puede crecer un piojo alimentado de sangre real.
Metió el rey al piojo en un frasco, y de cuando en cuando lo dejaba alimentarse de la sangre real de la princesa, dejándolo en la cabeza de la niña algunas horas.
Creció el piojo tan grande que el rey tuvo que meter en una barrica. Siguió alimentándolo la princesa y el piojo siguió creciendo hasta que el rey se vió obligado a sacarlo de la barrica y a meterlo en un tonel. Por fín cuando ya no cabía en el tonel, lo tuvo que matar.
Mandó curtir la piel del piojo y ordenó al sastre real que le hiciera un saco del cuero. Cuando estuvo terminado el saco, el rey hacía la misma pregunta a toda la gente:
-Adivínenme de qué animal es la piel de mi saco.
Unos decían que de res, otros de venado, pero nadie podía atinar.
Por fín, hizo pregonar el monarca por todo su reino, que el que advinara de qué animal provenía la piel de su saco, se casaría con la princesa.
De muchas partes vinieron gentes a examinar el saco, pero nadie pudo acertar de qué animal era la piel del saco del rey.
Un día llegó un pastor a la ciudad trayendo su rebaño para venderlo en el mercado. Decidió conocer la ciudad y se echó a caminar. Después de mucho andar llegó al palacio del rey. Cansado se reclinó en la pared del jardín. Torció un cigarrillo y mientras fumaba, oyó que alguién hablaba en el jardín.
Era el rey que platicaba con la reina, y le decía:
-Yo creo que nadie va a adivinar que mi saco esta hecho de piel de piojo.
Tan pronto como oyó esto, el pastor se alejó, pensando, ahora si que me puedo casar con la princesa.
Al día siguiente se fué el pastor al palacio y pidió audiencia para ver al rey. Cuando estuvo frente al monarca, le dijo:
-Señor vengo a ver si adivino de qué piel está hecho su saco.
-Adivina -dijo el rey.
-Señor -contestó el pastor, esta hecho de piel de piojo.
-¡Lo has adivinado! -gritó el rey.
Y mandó que se celebraran las bodas del pastor y de la princesa lo más pronto posible.

999. Anonimo

El ruiseñor y la rosa



  El Ruiseñor le estaba escuchando desde su nido en la encina, y lo miraba a través de las hojas; al oír esto último, se sintió asombrado.
  -Por fin tenemos aquí a un enamorado auténtico -se dijo el ruiseñor. He estado cantándole noche tras noche, aunque no lo conozco; y noche tras noche le he contado su historia a las estrellas; y por fin lo veo ahora. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios son tan rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha hecho palidecer su rostro hasta dejarlo del color del marfil, y la tristeza ya le puso su marca en la frente.
  -El Príncipe da el baile mañana por la noche -seguía quejándose el Estudiante, y allí estará mi amada. Si le llevo una rosa roja bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja la estrecharé entre mis brazos, y ella apoyará su cabeza sobre mi hombro, y apoyará su mano en la mía. Pero como no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme solo, y ella pasará bailando delante mío, sin siquiera mirarme y se me romperá el corazón.
  -Este sí que es un auténtico enamorado verdadero -seguía pensando el Ruiseñor. Yo canto y él sufre; lo que para mí es alegría, para él es dolor. No cabe duda que el amor es una cosa admirable, más preciosa que las esmeraldas y más rara que los ópalos blancos. Ni con perlas ni con ungüentos se lo puede comprar, porque no se vende en los mercados. No se puede adquirir en el comercio ni pesar en las balanzas del oro.
  El Ruiseñor voló entonces hasta el viejo rosal que crecía al pie de la ventana del Estudiante.
  Y, desplegando sus alas oscuras, el ruiseñor se elevó en el aire, cruzó por el jardín como una sombra, y como una sombra se deslizó a través de la avenida.

-Ella me prometió que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas -murmuró el Estudiante; pero en todo el jardín no queda ni una sola rosa roja.
-¡Ni una sola rosa roja en todo el jardín! -repitió el Estudiante con sus ojos llenos de lágrimas-. ¡Ay, es que la felicidad depende hasta de cosas tan pequeñas! Ya he estudiado todo lo que los sabios han escrito, conozco los secretos de la filosofía y sin embargo, soy desdichado por no tener una rosa roja.
-Los músicos estarán sentados en su estrado -decía el Estudiante, y harán surgir la música de sus instrumentos, y mi amada bailará al son del arpa y el violín. Ella bailará tan levemente, que sus pies casi no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus trajes fastuosos, formarán corro en torno suyo para admirarla. Pero conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja para darle.
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultando su rostro entre las manos, se puso a llorar amargamente.
-¿Por qué está llorando? -preguntó una lagartija verde que pasaba frente a él con la cola al aire.
-¿Sí, por qué? -murmuraba una margarita a su vecina, con voz dulce y tenue.
-Está llorando por una rosa roja -explicó el Ruiseñor.
-¿Por una rosa roja? -exclamaron las otras en coro. ¡Qué ridiculez!
La lagartija, que era un poco cínica, se puso a reír a carcajadas. Sólo el Ruiseñor comprendía el secreto de la pena del Estudiante y, posado silenciosamente en la encina, meditaba sobre el misterio del amor.
Por último, desplegó sus alas oscuras y se elevó en el aire. Cruzó como una sombra a través de la avenida, y como una sombra se deslizó por el jardín.
En medio del prado había un magnífico rosal, y el Ruiseñor voló hasta posársele en una de sus ramas.
-Necesito una rosa roja -le dijo. Dámela y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su ramaje.
-Mis rosas son blancas -le contestó, como la espuma del mar y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve donde mi hermana que crece al lado del viejo reloj de sol, y puede ser que ella te proporcione la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló hacia el gran rosal que crecía junto al viejo reloj de sol.
-Dame una rosa roja -le dijo, y te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
-Mis rosas son amarillas -contestó, tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el Narciso que florece en el prado. Pero anda a ver a mi hermano, que crece al pie de la ventana del Estudiante, y quizás él pueda darte la flor que necesitas.
-Dame una rosa roja -le dijo, y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
-Rojas son, en efecto, mis rosas -contestó; tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas que los abanicos de coral que relumbran en las cavernas del océano. Pero el invierno heló mis venas, y la escarcha marchitó mis capullos, y la tormenta rompió mis ramas y durante todo este año no tendré rosas rojas.
-Una rosa roja es todo lo que necesito -exclamó el Ruiseñor; ¡sólo una rosa roja! ¿No hay manera alguna de que la pueda obtener?
-Hay una manera -contestó el rosal, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtela.
-Dímela -repuso el Ruiseñor. Yo no me asustaré.
-Si quieres una rosa roja -dijo el rosal, tienes que construirla con tu música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu corazón. Debes cantar con tu pecho apoyado sobre una de mis espinas. Debes cantar toda la noche, hasta que la espina atraviese tu corazón y la sangre de tu vida fluirá en mis venas y se hará mía...
-La propia muerte es un precio muy alto por una rosa roja -murmuró el Ruiseñor, y la vida es dulce para todos. Es agradable detenerse en el bosque verde y ver al sol viajando en su carroza de oro y a la luna en su carroza de perlas. Es muy dulce el aroma del espino, y también son dulces las campanillas azules que crecen en el valle y los brezos que florecen en el collado. Sin embargo, el Amor es mejor que la vida, y, por último, ¿qué es el corazón de un ruiseñor comparado con el corazón de un hombre enamorado?
El Estudiante seguía echado en la hierba, como lo había dejado; y las lágrimas no se secaban en sus anchos ojos.
-¡Alégrate! -le gritó el Ruiseñor. ¡Siéntete dichoso, porque tendrás tu rosa roja! Yo la construiré con mi música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi corazón. Lo único que pido en cambio, es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, por muy sabia que ésta sea, y es más poderoso que la Fuerza, por muy fuerte que ella sea. Las alas del Amor son llamas de mil tonalidades, y su cuerpo es del color del fuego. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como la mirra silvestre.
El Estudiante levantó la vista de la hierba y escuchó, pero no comprendió lo que decía el Ruiseñor, porque él sólo podía entender lo que estaba escrito en los libros.
En cambio, la encina comprendió y se puso a balancear muy tristemente, porque sentía un hondo cariño por el pequeño Ruiseñor que había construido el nido en sus ramajes.
-Cántame, por favor, una última canción -le susurró la encina, porque voy a sentirme muy sola cuando te hayas ido.
Y el Ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que cae de una jarra de plata.
Cuando terminó la canción del Ruiseñor, se levantó el Estudiante y sacó del bolsillo un cuadernito y un lápiz.
-He de admitir que ese pájaro tiene estilo -se dijo a sí mismo caminando por la alameda, eso no puede negarse; pero ¿acaso siente lo que canta? Temo que no, debe ser como tantos artistas, puro estilo y nada de sinceridad. Jamás se sacrificaría por alguien, piensa solamente en música y ya se sabe que el arte es egoísta. Sin embargo, debo reconocer que su voz da notas muy bellas. ¡Lástima que no signifiquen nada, o que no signifiquen nada importante para nadie!
Luego entró en su alcoba, y, echándose sobre su cama, comenzó de nuevo a pensar en su amor. Después de unos momentos se quedó dormido.
Cuando la luna alumbró en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el rosal, y apoyó su pecho sobre la mayor de las espinas. Toda la noche estuvo cantando con el pecho contra la espina, y la luna fría y cristalina se inclinó para escuchar. Toda la noche estuvo cantando así apoyado, y la espina se hundía más y más en su carne y la sangre de su vida se derramaba en el rosal.
Cantó primero al nacimiento del Amor en el corazón de los adolescentes. Entonces, en la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo como canción tras canción. Al principio era pálida, como la niebla que flota sobre el río; pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas de la aurora. La rosa que floreció en la rama más alta del rosal era como el reflejo de una rosa en un cáliz de plata, era como el reflejo de una rosa en espejo de agua.
El rosal le gritó al Ruiseñor para que apretara más su pecho contra la espina.
-¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor -gritó el rosal, o el día llegará antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y más y más creció su canto porque ahora cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un joven y de una virgen.
Y un delicado rubor comenzó a cubrir las hojas de la rosa, como el rubor que cubre las mejillas del novio cuando besa los labios de su prometida.
Pero la espina no llegaba todavía al corazón del corazón, y el corazón de la rosa permanecía blanco, porque sólo la sangre de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa.
Y el rosal le gritó al Ruiseñor para que se apretara más aún contra la espina.
-¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor -gritó el rosal, o llegará el día antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más aún contra la espina, y la espina al fin le alcanzó el corazón. Un terrible dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque ahora cantaba el Amor sublimado por la muerte, el Amor que no puede aprisionar la tumba.
Y la rosa del rosal se puso camersí como la rosa del cielo del Oriente. Su corona de pétalos era púrpura como es purpúreo el corazón de un rubí.
La voz del Ruiseñor ya desmayaba, sus alitas comenzaron a agitarse, y una nube le cayó sobre sus ojos. Su canto desmayaba más y más, y sentía que algo le obstruía la garganta.
Entonces tuvo una última explosión de música. Al oírla la luna blanca se olvidó del alba y se demoró en el horizonte. Al oírla la rosa roja tembló de éxtasis y abrió sus pétalos al frescor de la mañana. El eco llevó la canción a la caverna de las montañas, y despertó a los pastores dormidos. Luego navegó entre los juncos del río que llevaron el mensaje hasta el mar.
-¡Mira, mira -gritó el rosal, la rosa ya está terminada!
Pero el Ruiseñor no contestó, porque estaba muerto con la espina clavada en su corazón.
Ya era eso del mediodía cuando despertó el Estudiante; abrió la ventana y miró hacia afuera.
-¡Caramba, qué maravillosa visión! -exclamó. ¡Una rosa roja! En mi vida he visto una rosa semejante. Es tan hermosa que estoy seguro que tiene un nombre muy largo en latín.
Se inclinó por el balcón y la cortó.
En seguida se caló el sombrero, y con la rosa en la mano, corrió a la casa del profesor.
La hija del profesor estaba sentada cerca de la puerta, devanando una madeja de seda azul, con su perrito a los pies.
-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -exclamó el Estudiante-. Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. Esta noche la prenderás sobre tu corazón y como bailaremos juntos podré decirte cuánto te amo.
Pero la jovencita frunció el ceño.
-Me temo que no va a hacer juego con mi vestido nuevo -repuso, Y, además el sobrino del Chambelán me envió unas joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas son más caras que las flores.
-Eres una ingrata incorregible -dijo agriamente el Estudiante, y tiró con ira la rosa al arroyo donde un carro la aplastó al pasar.
-¿Ingrata? -dijo la muchacha. Yo te digo que eres un grosero. ¿Qué eres tú, después de todo? Sólo un estudiante, y ni siquiera creo que lleves hebillas de plata en los zapatos, como lo hace el sobrino del Chambelán.
Y muy altanera se metió en su casa.
-¡Qué cosa más estúpida es el Amor! -se dijo el Estudiante mientras caminaba. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no demuestra nada y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer verdades que no son ciertas. En realidad no es nada práctico, y como en estos tiempos ser práctico es serlo todo, volveré a la Filosofía y al estudio de la Metafísica.
Y al llegar a su casa, abrió un libro lleno de polvo, y se puso a leer.

999. Anonimo