Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 28 de junio de 2012

La niña y el acróbata

Era una niña de ojos grandes como lunas, con la sonrisa suave del amanecer. Huérfana siempre desde que ella recordara, se había asociado a un acróbata con el que recorría, de aquí para allá, los pueblos hospitalarios de la India. Ambos se habían especializado en un número circense que consistía en que la niña trepaba por un largo palo que el hombre sostenía sobre sus hombros. La prueba no estaba ni mucho menos exenta de riesgos.
Por eso, el hombre le indicó a la niña:
-Amiguita, para evitar que pueda ocurrirnos un accidente, lo mejor será que, mientras hacemos nuestro número, yo me ocupe de lo que tú estás haciendo y tú de lo que estoy haciendo yo.
De ese modo no correremos peligro, pequeña.
Pero la niña, clavando sus ojos enormes y expresivos en los de su compañero, replicó:
-No, Babú, eso no es lo acertado. Yo me ocuparé de mí y tú te ocuparás de ti, y así, estando cada uno muy pendiente de lo que uno mismo hace, evitaremos cualquier accidente.

*El Maestro dice: Permanece vigilante de ti y libra tus propias batallas en lugar de intervenir en las de otros. Atento de ti mismo, así avanzarás seguro por la vía hacia la Liberación definitiva.

004. Anonimo (india),

La naturaleza de la mente

Se trataba de un hombre que llevaba muchas horas viajando a pie y estaba realmente cansado y sudoroso bajo el implacable sol de la India. Extenuado y sin poder dar un paso más, se echó a descansar bajo un frondoso árbol. El suelo estaba duro y el hombre pensó en lo agradable que sería disponer de una cama. Resulta que aquél era un árbol celestial de los que conceden los deseos de los pensamientos y los hacen realidad. Así es que al punto apareció una confortable cama.
El hombre se echó sobre ella y estaba disfrutando en el mullido lecho cuando pensó en lo placentero que resultaría que una joven le diera masaje en sus fatigadas piernas. Al momento apareció una bellísima joven que comenzó a procurarle un delicioso masaje. Bien descansado, sintió hambre y pensó en qué grato sería poder degustar una sabrosa y opípara comida. En el acto aparecieron ante él los más suculentos manjares. El hombre comió hasta saciarse y se sentía muy dichoso. De repente le asaltó un pensamiento: “!Mira que si ahora un tigre me atacase!” Apareció un tigre y lo devoró.

*El Maestro dice: Cambiante y descontrolada es la naturaleza de la mente. Aplícate a conocerla y dominarla y disiparás para siempre el peor de los tigres: el que mora dentro de ella misma.

004. Anonimo (india),

La muñeca parlante

El rey tenía una hija. Y a los aposentos de la prince­sa llegaba siempre un mendigo que solía decir siem­pre las mismas palabras:
-Dame alguna limosna. En premio a tu generosidad, te anuncio que, en el futuro, tendrás a un muerto por marido.
La niña se preguntaba por qué le decía siempre aque­llo. Y el mendigo lo siguió haciendo todos los días, du­rante doce años.
Un día el monarca se encontraba en el balcón y oyó al mendigo hacer su funesto augurio, por lo que le pre­guntó a su hija a qué se debía la profecía. Ella le res­pondía que le había venido anunciando lo mismo desde su niñez y que no sabía la causa. Al padre no le agradó aquello y temió que la extraña profecía se cumpliese, por lo que le dijo a la muchacha:
-Hija mía: no vas a estar siempre encerrada en este reino. Salgamos de él y dediquemos algún tiempo de nuestra existencia a viajar y a ver mundo.
Mandó a sus criados hacer sus equipajes y abandonó el palacio, acompa-ñado de toda su familia.
Mientras tanto, en un reino vecino, el príncipe here­dero contrajo una misteriosa enfermedad y pareció mo­rir. Sin embargo, los médicos y los astrólogos decreta­ron que su estado, semejante a la muerte, no duraría permanentemente, sino que al cabo de doce años volve­ría a la vida. Por ello, su padre, en lugar de incinerarlo como era costumbre, mandó construir una especie de palacete en las afueras de la ciudad y, tras colocar allí el cuerpo de su hijo, tapió todas las ventanas y cerró con va­rias cerraduras la puerta principal, en la que colocó un mensaje en el que se podía leer: "Un día llegará aquí una mujer casta que haya cumplido sus obligaciones con los dioses. Sólo ella podrá entrar en este palacete. Sólo al contacto de su mano se abrirá la puerta."
Poco después de ese acontecimiento llegaron a aquel lugar el rey y su hija, seguidos de todo su cortejo. Acamparon en las cercanías de la ciudad. La princesa se alejó de los demás para dar un paseo y llegó ante la puer­ta cerrada del palacete. La cerradura era de oro y bri­llaba en la distancia.
Se acercó a la puerta y puso la mano sobre la cerra­dura. En ese momento, ésta se abrió, permitiendo fran­quear la puerta. La princesa entró y, nada más hacerlo, la puerta se cerró a sus espaldas.
En el interior la muchacha encontró lo que parecía el cadáver de un hombre, sin embargo, visto más de cer­ca, daba la impresión de estar dormido. En derredor ha­bía provisiones y alimentos para doce años y todos los ar­tículos necesarios para la vida.
Recordó en aquel momento las palabras proféticas del mendigo y reconoció que no había podido escapar de su destino. Se acercó al cuerpo y levantó el velo que le cubría la cara. El rostro del muerto tenía una expre­sión de placidez.
"¿Qué he de hacer?", se preguntó la muchacha. "Al parecer me hallo encerrada para siempre con este hom­bre." Instintivamente comenzó a darle al cadáver un ma­saje en las piernas.
Entre tanto, en el bosque, la comitiva real estaba bus­cando a la princesa. El rey se hallaba desesperado y lla­maba a gritos a su hija. No se la halló, por lo que, tras va­rios días de intensa búsqueda, el rey dio a su hija por perdida y regresó desolado a su reino.
Dentro del palacete la princesa comenzó a efectuar las tareas que llevaría a cabo una esposa: limpiaba el lu­gar, bañaba y cuidaba del cuerpo yacente, cocinaba, ha­cía las ofrendas a los dioses y consideraba a aquella ha­bitación como su hogar. Así transcurrieron los años.
Durante el décimo año de su estancia en aquel lugar un grupo circense acampó en el bosque cercano. Una acróbata de la compañía, de nombre Malti, llegó por ca­sualidad el palacete e intentó encontrar una entrada. Finalmente, trepó al tejado.
La princesa se hallaba muy solitaria, tras tantos años de confinamiento. De repente, escuchó un ruido, miró hacia arriba y vio un rostro en uno de los tragaluces de la mansión.
-¿Quién eres? -le preguntó.
-Vengo con un grupo de acróbatas y nos hemos de­tenido en el bosque -fue la respuesta de Malti.
-¿Podrías entrar?
-La abertura es muy estrecha, pero lo intentaré.
Malti, con gran dificultad, consiguió adaptar su cuer­po al hueco del ventanuco y se descolgó en el interior de la sala. La princesa le contó su historia y, como la acró­bata era huérfana y estaba cansada de viajar de un pue­blo en otro, tomó la decisión de quedarse en aquel lu­gar.
Ahora la princesa tenía compañía y el tiempo trans­curría de una forma mucho más agradable. Así pasaron dos años más.
Un día, mientras la princesa se bañaba, escuchó a un pájaro que le habló desde la rama de un árbol que cre­cía junto al ventanuco.
-Ya han pasado doce años -le anunció el ave. Si al­guien arranca hojas de este árbol, las machaca en un mortero de plata y vierte el jugo en la boca del muerto, éste volverá a la vida.
La muchacha hizo lo que el pájaro decía y preparó el jugo en la manera indicada, recogiéndolo en una copa. Pero, antes de darle de beber al cadáver, decidió acabar su baño y sus oraciones rituales a los dioses.
La acróbata le preguntó qué era aquel brebaje y la princesa se lo explicó. Entonces, mientras ésta se dedi­caba con intensa concentración a sus oraciones, la acró­bata le abrió los labios al cadáver y vertió en ellos el con­tenido de la copa. En aquel momento, como por ensalmo, las puertas del recinto se abrieron, dejando entrar la luz del sol, y el príncipe se irguió, como si despertara de un sueño.
-¿Quién eres tú? -preguntó a Malti.
-Soy tu esposa -fue su respuesta.
El joven se hallaba muy agradecido a sus cuidados y aceptó a Malti como esposa.
En el instante en que la princesa acabó sus oraciones y salió del trance místico en el que se hallaba, vio a la pareja, diciéndose tiernas palabras de amor, y sintió una gran pesadumbre. Había cuidado al príncipe durante doce años y, finalmente, se quedaba sin recompensa. Pero no podía hacer sino aceptar su destino, por lo que bendijo a ambos y se dedicó a servirles y a hacerles la existencia más placentera, dentro de aquellas paredes.
No obstante, el príncipe comenzó a notar poco a poco diferencias entre ambas mujeres. A fin de cuentas, una era hija de un rey y la otra era una acróbata sin refina­miento, por lo que llegó al convencimiento de que algo no iba como debiera.
El príncipe tomó la decisión de marchar a la ciudad a traer víveres y objetos necesarios y preguntó a las mu­jeres qué deseaban que les trajera.
Malti, que echaba de menos la comida que solía to­mar en sus tiempos itinerantes, pidió que le consiguie­ra algunos vegetales y pan seco, lo que contrarió mucho al príncipe. Una mujer debe interesarse en ropas y joyas y no en pan seco. Preguntó entonces a la princesa.
-Todo lo que quiero -declaró- es un muñeca par­lante.
"¿Qué cosa más extraña!", pensó el joven.
Pero marchó a cazar y a la ciudad y, a su regreso, en­tregó a Malti los vegetales que había pedido y a la prin­cesa, la muñeca parlante.
Esa noche, después de que los tres hubieron cenado, la muñeca parlante comenzó a hablar y dijo:
-Cuéntame una historia.
La princesa le respondió:
-¿Qué historia podría contarte?
-Una que sea entretenida y extraña -contestó la mu­ñeca.
-Nada más extraño que mi propia vida, que se ha convertido en una verdadera historia de ficción.
-Cuéntame tu vida, entonces.
La joven narró lo que le había sucedido hasta el mo­mento, desde su niñez y la profecía del mendigo. En la habitación contigua, el príncipe estaba escuchándolo todo. Por fin, la princesa resumió su cuento:
-Dejé en aquel momento la copa de plata en la mesa, mientras acababa mi baño y mis oraciones, y Malti le dio su contenido al príncipe. Ella es ahora su esposa y yo me he convertido en una criada.
El príncipe se encolerizó a escuchar esto. Cogió un látigo y despertó a latigazos a la acróbata, a la que expulsó de la casa.
-¡Tú no eres mi esposa! -le gritó, iracundo. No has sido tú quien me ha cuidado durante todos estos años. ¡Fuera de mi vista!
Entonces entró y consoló a la princesa, que había sido su compañera durante doce años.
En aquel momento llegaron al palacete los dos reyes vecinos, padres de ambos, pues habían ya transcurrido los doce años prescritos. Llevaron a pareja al palacio, en donde ésta vivió feliz para siempre.

(Tradición popular de Karnâtaka)

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

004. Anonimo (india),

La mujer que vencio a la muerte

En Madrás reinaba el buen monarca Ashvapati, pa­dre de una hermosa muchacha, de nombre Sávitri, que, por sus prendas era el orgullo del reino. Llegada la hora de contraer matrimonio, su padre decidió no for­zar la voluntad de la princesa, y, para que pudiera elegir adecuadamente marido, la instó a hacer un viaje de pla­cer por varios reinos vecinos.
Pero, cuando la princesa volvió a palacio, su elección de esposo apenó a su padre. Le habló del rey Shalv y de su hijo, Satyavat, que habían sido despojados de su rei­no vivían en un bosque. Ese príncipe en desgracia habí­a sido el preferido por la princesa.
El sabio Narad, mensajero de los dioses y amigo de Ashvapati, intentó por todos los medios disuadir a la jo­ven de su matrimonio con Satyavat. Ningún defecto po­día reprocharse al joven. Era honesto, virtuoso y veraz. Sería, pese a su pobreza, un excelente marido, si no fue­ra por la circunstancia de que, de ese momento en doce meses y por efecto de una maldición, Satyavat se halla­ba condenado a morir inexorablemente. Si Sávitri le des­posaba, sería viuda en el término de un año.
El rey Ashvapati intentó entonces convencer a su hija para que hiciera otra elección y olvidara a Satyavat, por virtuoso que fuese; pero todo fue inútil.
-No seguiré tu consejo, padre -declaró la joven prince­sa, firmemente decidida. He aceptado a Satyavat como esposo en mi corazón, y nada podrá hacerme cambiar de opinión. Su vida será larga o corta, pero la pasaremos jun­tos. Viviré con él en los bosques y le serviré como esposa y compañera. Sólo te pido que no me niegues tu bendición.
Su padre quedó tremendamente acongojado por es­tas palabras, pero respetó la decisión de su hija, le dio su bendición, y permitió que marchara al encuentro de su esposo.
Tras su matrimonio con Satyavat, doce meses moró Sávitri en los bosques. Allí se dedicaba a cuidar de su es­poso y del padre de éste -el rey Shalv había quedado cie­go-, y mucha era la felicidad de ambos.
Pero, en medio de su alegría, Sávitri sentía cernirse la amenaza de las palabras del sabio Narad, que su es­poso desconocía. A medida que se acercaba la fecha fa­tídica en la que habría de cumplirse la profecía, la prin­cesa sentía desfallecer su ánimo, pues no sabía cómo evitar el terrible fin que se avecinaba. Hizo toda suerte de ofrendas a los dioses, mas no se le ocultaba que la muerte es algo inexorable y que de nada iban a valer sus penitencias y sus ayunos.
Por fin llegó la víspera del día fatídico. Su marido ma­nifestó su intención de internarse a la mañana siguien­te en el bosque para recoger leña y Sávitri indicó su de­seo de acompañarle. En vano intentó Satyavat disuadirla, ya que era una tarea ingrata y penosa, pues ella insistió en pasar con él esa jornada.
Partieron ambos hacia la espesura del bosque, y Satyavat se dedicó a recoger frutos, mientras su esposa le contemplaba fijamente. Al mediodía se sentaron am­bos bajo un gran árbol para descansar, pues Satyavat manifestó hallarse especialmente cansado. Al poco, que­dó sumido en lo que parecía un sueño reparador. Pero Sávitri temió lo peor y tocó a su amado esposo, viendo cómo se cumplían sus más terribles miedos. El cuerpo estaba frío y exánime. Satyavat había muerto.
Durante largo tiempo permaneció Sávitri llorando su desgracia, con la cabeza de su esposo apoyada sobre su regazo. En esta postura pasó la tarde, y las sombras del crepúsculo comenzaron a cernirse sobre el bosque.
Entonces, de entre los frondosos árboles, apareció una impresionante figura. Era un hombre de grandes dimen­siones, con el cuerpo de color verde y una expresión de irritación en la mirada. Sus vestimentas eras rojas como la sangre y venía montado en un búfalo. Portaba una cla­va en una mano y un lazo en la otra. La muchacha le re­conoció de inmediato: era Yama, el dios de la muerte.
Ante tal visión Sávitri quedó espantada; pero, lejos de huir, lo que quiso fue aferrar con más fuerza el cuer­po inerte de su esposo, como para retenerlo durante unos instantes más junto a sí.
El dios habló de esta manera:
-Apártate de ese cuerpo, mujer. Su vida se ha extin­guido. Nada queda en él de lo que tú conocías, sino un mero envoltorio de carne y huesos. Su espíritu está ya apresado en mi lazo y lo he de llevar conmigo, pese al dolor que te cause.
-Él es todo lo que tengo -replicó ella, transida de do­lor; y no podré vivir en su ausencia.
-Tendrás que aprender a hacerlo -afirmó el dios. Y, dando media vuelta, inició su marcha, llevando prendi­da en su lazo la esencia vital de Satyavat. Pronto hubo desaparecido entre la espesura.
Sávitri, tras unos instantes de vacilación, decidió acompañarle, y así lo hizo. La fiel esposa siguió al dios du­rante lo que se le antojó una eternidad. Su intención era no separarse jamás de su esposo, estuviese éste vivo o muerto.
Después de muchas horas de marcha Yama se detu­vo y se encaró con la joven.
-Vuelve con los tuyos -le ordenó. Nada has de con­seguir siguiéndome. Ahora tu deber de viuda es llevar a cabo los ritos funerales de tu esposo y honrar su me­moria. Además, ningún mortal puede seguirme al lugar al que me dirijo.
-No pienso separarme de él -fue la respuesta de la decidida mujer. No hay ley en ninguno de los tres mun­dos que impida a una esposa seguir a su marido donde­quiera que vaya. Sois un dios y podéis impedírmelo por la fuerza, pero yo pondré todo mi empeño en no aban­donar a Satyavat.
Yama quedó en verdad conmovido por esta muestra de fidelidad y de amor, por lo que se propuso compen­sar de algún modo a la desdichada mujer.
-Comprendo tu dolor, mas la muerte es algo irrevo­cable. Eres un modelo de esposa, y querría bendecirte con un don. Puedes pedirme lo que desees, excepto la vida de tu marido.
-Nada pediré para mí -repuso Sávitri-, pero sí para mi suegro, el rey Shalv. No sólo perdió su reino y ahora a su hijo, sino que además se ve atormentado por la des­gracia de la ceguera. Si os place, concededle el don de la vista.
El dios lo pensó durante unos instantes.
-Sea -concedió-. Desde este momento, Shalv se ha­lla curado de su mal. Vuelve ahora con él, y cuídale en su vejez.
Y, entonces, Yama inició de nuevo su marcha.
Al cabo de unas horas de camino, el dios de la muer­te miró hacia atrás y vio que Sávitri continuaba si­guiéndole.
-Eres tenaz, ¡oh, mujer!, mas de nada puede servirte tu obsesión. Te aseguro que no me alegra separar a los hombres de sus seres queridos, pero es una ley que ha de cumplirse en la naturaleza. Comprendo tu dolor, y, para compensarte de tu pérdida, te otorgaré un nuevo don. Pide a tu placer, siempre que no sea la vida de tu espo­so.
Sávitri repitió sus palabras de antes.
-Yo no quiero nada, ¡oh, gran Yama! Pero mi suegro fue un gran soberano en un tiempo. Después, sus ene­migos le despojaron de su reino y sus riquezas. Vos po­déis devolvérselas.
-No sólo eres un modelo de esposas -afirmó el dios, sino también de hija. Te otorgo el don que me pides. Shalv será de nuevo monarca en su reino. Pero ahora abandona tu empeño y regresa sobre tus pasos, porque ya casi hemos llegado a la entrada del mundo subterrá­neo, en donde no pueden penetrar los seres vivos. Si in­tentas seguirme hasta allí, hallarás la muerte y, de todas formas, no lograrás lo que te propones.
Dicho esto, Yama emprendió de nuevo el camino.
Pero la joven viuda continuó siguiéndole.
Al llegar a las puertas del mundo de los muertos, Yama detuvo su búfalo,y habló de nuevo a la mujer:
-Ninguna mujer llegó nunca antes hasta aquí. Ninguna quiso a su esposo como tú has querido al tuyo, lo reco­nozco. Tus acciones me conmueven, ¡oh, Sávitri! Pero yo no soy quién para trastocar las reglas del mundo. Tu fidelidad es merecedora de recompensa, y te concederé ahora un último don. Aunque ya sabes qué es lo que no puedes pedir.
Sávitri formuló entonces su deseo.
-Habéis devuelto la vista y el trono a mi suegro -manifestó. Lo que os pido ahora es que protejáis su nom­bre, para que nunca se extinga sobre la tierra, y hagáis que sus descendientes sean reyes justos, que amen a sus súbditos y traigan la prosperidad al reino.
-Sea -concedió Yama, iniciando la marcha.
-Pero, ¿cómo habrá de lograrse esto? -preguntó la jo­ven, deteniéndole. ¿Cómo tendrá Shalv descendientes si os lleváis la vida de su único hijo? Me habéis concedido un don. Me habéis dado vuestra palabra de dios. Ahora os toca desdeciros de ella o cumplirla.
Yama tuvo que ceder ante la insistencia y la lealtad de la joven.
-Mantendré mi palabra -afirmó-, y tu esposo vivirá de nuevo para engendrar en ti hijos que perpetúen su linaje, porque tu amor, mujer, ha vencido a la misma muerte.

(Del Mahâbhârata de Vyâsa)

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

004. Anonimo (india),

La moneda de plata

Había un grupo de amigos en una taberna. Atar­decía. Estaban los hombres charlando sin cesar. A cier­ta distancia, saboreando una humeante taza de té, había un sannyasin (renunciante), absorto en sus me­ditaciones. Uno de los amigos dijo:
-Estoy preocupado. Presté a un semiconocido una moneda de plata y no tengo ningún testigo, por lo que puede negar que le haya hecho el préstamo y me quedaré sin el dinero.
Como el hombre estaba muy confundido, los amigos comenzaron a consolarlo, pero sin saberle dar, ninguna solución.
-Si el hombre no me devuelve ese dinero -dijo el apenado acreedor, mi mujer me va a matar cuan­do lo descubra. ¿Qué puedo hacer?
Uno de los amigos, divisando al sannyasin, dijo:
-¿Por qué no le preguntamos al yogui? Tal vez a él se le ocurra algo.
Los otros amigos dijeron:
-¡Pero eres tonto o estás loco! Ese hombre está en las nubes.
El sannyasin escuchó lo que decían, se acercó a ellos y dijo:
-Perdonad que intervenga, amigos -y dirigién­dose al hombre compungido, añadió: Reúnete con ese hombre junto con tus amigos y dile que te devuel­va las diez monedas de plata que le prestaste.
-¡Pero si sólo le presté una moneda! -replicó el hombre, atribulado al punto.
Y el yogui dijo:
-Será lo que él te conteste enseguida y ya tendrás testigos. Entonces podrás obligarle a que te pague.

El Maestro dice: Es un sabio el que aprende a nave­gar en el océano del espíritu y en el octano de la coti­dianidad.

Fuente: Ramiro Calle

004. Anonimo (india),

La moneda de cobre

Era una ciudad pequeña de la India. En su tem­plo principal había una caja para depositar los donati­vos. Los benefactores del templo se hacían cargo de esta caja, a la par que había otra para los devotos comunes. Tenían por costumbre echar una moneda de oro a la semana.
Kamal era el nombre de uno de los benefactores. Se dijo: «Todas las semanas los benefactores echamos a la caja un buen número de monedas de oro. Por una vez que yo eche una de cobre, poco se va a notar en la suma total y, además, ¿quién va a saber que soy yo?» Así que Kamal, sin darle más vueltas al tema, cogió una moneda de cobre y la echó en la caja de donativos.
Llegó el domingo. Como era habitual, los bene­factores se reunieron para hacer el culto y luego pro­cedieron a abrir la caja de los donativos. ¡Sorpresa y bochorno! Todas las monedas eran de cobre, porque todos los benefactores habían tenido el ávido pensa­miento de Kamal.

El Maestro dice: Como el óxido se adhiere al metal y el musgo a la piedra; la avidez se adhiere a la mente humana. Pero si te aferras a la moneda de oro, estás haciendo el peor de los negocios estás dejando de con­templar y reconocer tu naturaleza original.

Fuente: Ramiro Calle

004. Anonimo (india),

La más íntima unión

En una ciudad de la antigua India hubo un rey, de nombre Vijay Singh, extremadamente famoso por su justicia. Su reino era próspero, nada faltaba en él a sus habitantes y se gozaba de paz, por lo que un día el soberano decidió emprender un viaje de recreo y cono­cer otros lugares.
Comunicó sus intenciones a su ministro, al que en­cargó del gobierno del reino en su ausencia. En el plazo de un año, volvería; pero, si no lo hacía, el ministro de­bería partir en búsqueda de su soberano.
El rey inició su viaje y, a las pocas jornadas de cami­no, llegó a un bosque, donde había un gran estanque. Junto a él se hallaban cuatro ladrones que se disputa­ban la posesión de algunos objetos. Éstos eran una es­pada, una taza de porcelana, un tapiz y un trono engas­tado con joyas. Los bandidos no reconocieron al monarca y le pidieron que fuese juez en su disputa.
-La espada puede matar a los enemigos a distancia -le advirtieron. El tapiz otorga todo el dinero que se pue­da desear. La taza se llena de los manjares que se desee y el que se sienta en el trono es conducido de inmedia­to al lugar al que quiere ir.
El rey tomó la decisión de hacerse con aquellos objetos maravillosos, para lo que imaginó una ingeniosa treta. Propuso que los cuatro ladrones se sumergieran en el agua. Los que más tiempo aguantasen sin respirar po­drían elegir el objeto de su agrado. Así lo hicieron y, mien­tras los ladrones se metían en un río cercano, el monar­ca tomó la espada, la taza y el tapiz, los colocó sobre el trono y formuló la petición de hallarse en una ciudad le­jana. En un instante se vio transportado, según sus de­seos.
Vijay Singh, permaneciendo de incógnito, compró una casa en la ciudad y ocultó en ella sus tesoros.
Tras descansar un tiempo, se dedicó a visitar los al­rededores y llegó a un palacete magnífico, que pertene­cía a Sushila, una célebre cortesana. Se hizo anunciar, pe­netró y se encontró con una mujer de arrebatadora belleza, que descansaba sobre lujosos cojines.
Tal era su hermosura que el monarca cayó desvane­cido al contemplarla por vez primera. Ella empleó en­tonces algunas esencias olorosas para volverle en sí y, cuando se hubo recuperado, le hizo sentar a su lado. La cortesana se desnudó, dejando ver un cuerpo de formas voluptuosas, y le proporcionó a su huésped mil placeres que él desconocía. Después le condujo a un baño, don­de le esperaba un masaje sensual y reparador.
El soberano se olvidó de todo y permaneció varios meses con aquella mujer extraordinaria, a quien entre­gó grandes cantidades de dinero, proporcionadas por su tapiz mágico.
Sushila sospechó algo sobre el origen del dinero que se le entregaba. Un día hizo seguir a Vijay Singh hasta su casa y descubrió el secreto del tapiz que proporcionaba riquezas infinitas. Quiso entonces apropiarse de los ob­jetos mágicos y, para tal fin, concibió un plan.
Sugirió a su amante que visitara al rey del lugar, para presentarle sus respetos, pero manifestó su temor ante la posibilidad de que le robasen sus riquezas en su au­sencia. Vijay Singh la tranquilizó, diciéndole que no te­nía más que formular un deseo para que realizara. Como ella fingiera no entender sus palabras, el rey le reveló el secreto de sus posesiones y fue a buscarlas, mostrándo­le a la cortesana cómo podía emplearse su magia.
Tras esto, Vijay Singh tomó a su servicio a criados y guardias y se preparó para hacer una visita al monarca del lugar.
No bien hubo partido el amante, cuando Sushila es­condió los objetos mágicos en un lugar apartado y, más tarde, prendió fuego a su casa, simulando un incendio.
Cuando Vijay Singh regresó de su visita, encontró a la cortesana con los vestidos desgarrados, sucia y con as­pecto de haberse librado por poco del fuego devorador. Sintió gran pesar por la pérdida de sus objetos mágicos, pero intentó olvidarla, gozando de la hermosa mujer.
Marcharon a la casa que él había comprado al llegar y continuaron allí su vida en común. A los pocos días, ella le pidió doscientas monedas de oro. A él le quedaban unas cincuenta, producto de la venta de un collar de ru­bíes, así es que se las entregó.
Pero el tiempo fue pasando y Sushila seguía aumen­tando sus demandas, Para complacerla vendió él la casa en la que moraban, trasladándose a otra más pequeña que hubo de alquilar. Vendió también sus caballos y ele­fantes, sus últimas joyas y sus trajes, hasta que final­mente vino a verse sin ningún dinero ni posesión.
En el momento en que la cruel cortesana se percató de que se había extinguido la fuente de sus ingresos, mandó a sus criados que echaran de la casa al rey. Él apeló a su amor, a sus buenos sentimientos, le suplicó que le tuviera lástima, mas ella no se conmovió.
Varios meses vivió Vijay Singh como un pordiosero en aquella ciudad, a la que había llegado siendo próspero. Dormía a la intemperie y se alimentaba de lo que las bue­nas gentes le daban. Pero, a pesar del mal trato recibido, no podía olvidar a la cortesana.
Pasó así un año y, según lo acordado, su ministro par­tió para buscar a su soberano.
Tras atravesar muchos lugares llegó a una selva, en la que había dos manantiales. Uno de ellos tenía las aguas negras y parecían hervir. El agua del otro manantial era totalmente blanca y brotaba como en surtidores. Iba el ministro a acercarse a beber cuando presenció un he­cho extraño. Un chacal llegó a la charca de aguas negras, agachó la cabeza y metió la lengua en el agua. Pero no pudo separarse. Como por arte de magia, su lengua ha­bía quedado adherida al agua. Al cabo de un rato, el viento hizo caer sobre del desventurado animal unas gotas de agua del manantial blanco y ese agua, de propiedades contrarias a las negras, le liberó y le permitió escapar.
El ministro quedó maravillado por lo que había vis­to y decidió llevar consigo en dos frascos muestras de aquellas aguas mágicas.
Meses más tarde, llegó a la ciudad donde se hallaba su rey, convertido en mendigo. Preguntó por él y, ayu­dado por las gentes del lugar, no tardó en encontrarle. Vijay Singh estaba ya a punto de morir de inanición y se alegró sobremanera de ver a su ministro.
Éste puso a su soberano en manos de hábiles médi­cos, para que cuidaran de él y le devolvieran la salud, y le prometió a su señor que la cortesana pagaría por todo lo que había hecho.
Cuando el monarca se hubo repuesto, compraron ri­cas ropas y se presen-taron en la casa de la bella. Llevaba ahora Vijay Singh gran cantidad de dinero y el ministro le acompañaba, disfrazado de sirviente.
Sushila, asombrada al ver que su antiguo amante era rico de nuevo, le acogió en su nueva casa. El rey fingió perdonar lo pasado y no volvió a hacer mención de ello, por lo que la cortesana, confiada en la pasión del rey por ella, dejó de preocuparse del asunto.
Esa noche, Sushila se bañó, se perfumó y se puso un vestido transparente, que despertaba los deseos del que la contemplaba. Vijay Singh la esperaba en una alcoba y, cuan­do ella llegó a su lado, la abrazó con fuerza para poseerla.
Se hallaban los dos unidos por el vínculo de la carne, cuando el ministro, que había estado escondido detrás de un cortinón, se presentó ante ellos y derramó sobre los dos amantes abrazados algunas gotas del agua negra.
Sucedió entonces lo que los dos hombres esperaban: la cortesana no pudo desasirse ni separar de su cuerpo el miembro viril del rey. Gritó y se revolvió e hizo todo lo posible, pero todo fue inútil y permaneció unida al rey por sus partes íntimas.
A los gritos de Sushila acudieron todos sus criados y se percataron de que todo había sido estratagema del ministro.
-¡Oh, señor! -le dijeron-. No sabemos quién sois pero, os lo suplicamos: ¡Liberad a nuestra ama de estas cade­nas de carne!
-Con gusto lo haría -fue la respuesta del ministro-. Pero la magia les ha unido y sólo la magia puede liberarles.           
-Haced pues la magia que sea necesaria -suplicaron todos, mientras Sushila seguía gritando y llorando.      
-No puedo hacerlo -prosiguió él- hasta tanto no me hayáis traído una taza, una espada, un tapiz y un trono.
-¿Y para qué necesitas todas esas cosas? -le pregun­taron los criados, que ignoraban la existencia de aque­llos objetos.
-Echaré un medicamento en la taza; después cubri­ré a ambos con el tapiz y los colocaré en el trono. Entonces les haré tomar la medicina que los separará. Y si ésta no lo hiciere -continuó, entonces haré uso de la espada.
-Pero nosotros no tenemos ninguno de esos objetos -protestaron. ¿Cómo conseguirlos en tan breve tiem­po?
-Sí los tenemos -gritó la sollozante Sushila. Yo po­seo exactamente lo que se necesita. Está en las afueras del pueblo, escondido en casa de mi hermana. ¡Traedlo todo rápido y separadme de este hombre!
Los criados se apresuraron a ir por los objetos. Cuando los tuvo, el ministro hizo con ellos lo que había anun­ciado. Pero, cuando estuvieron los dos amantes sobre el trono, él subió también y le dio orden de trasladarse a su reino.
Por la magia del trono, pronto estuvieron de regreso. Entonces el ministro arrojó sobre el príncipe algunas go­tas de agua del agua blanca y éste quedó separado de la cortesana. Ella, habiendo aprendido aquella lección, cambio de actitud y fue para Vijay Singh una compañe­ra fiel y honesta. Y el rey gobernó sus estados y siguió go­zando de los cuatro objetos mágicos y del agua de los dos manantiales.
(Tradición popular de Madhya Pradesh)

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

004. Anonimo (india),