Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 28 de junio de 2012

La maldición a la luna

Kadambari y Mahashveta eran dos princesas, hijas de dos reyes vecinos del Himalaya, a las que unía una gran amistad.
Un día, Mahashveta acudió a un lago sagrado, para ba­ñarse antes de sus oblaciones, y conoció allí al asceta Pundarik. El amor surgió de inmediato en los corazones de ambos.
Quisieron reunirse esa noche y Kapinjal, un asceta amigo de Pundarik, organizó su cita. La luna brilló de manera desusada, como para alumbrar su camino. Pundarik, que estaba triste porque su condición de asceta no le permitía unirse a la mujer de la que se había ena­morado, consideró que Chandra, el dios de la luna, se estaba burlando de él. Entonces, maldijo a la luna de esta manera:
-Siempre se ha dicho que tú, desde los cielos, sim­patizas con los amantes. Pero con tu resplandor estás haciendo más intenso el dolor de mi impotencia. ¡Te con­deno, pues, a que nazcas como hombre en el mundo y co­nozcas el dolor que causa el amor que no puede conse­guirse!
El dios Chandra se sintió injustamente acusado, pues­to que no era su intención burlarse de Pundarik, por lo que alegó:
-¡Oh, mortal! Me veo atado por la fuerza de tu mal­dición. Pero te digo que ahora perderás la vida y, a tu vez, renacerás en el mundo y sufrirás lo mismo que yo sufra.
En aquel mismo instante, Pundarik cayó inerte en el suelo.
Chandra se arrepintió de inmediato de esta acción, considerando que Pundarik estaba perturbado por su tris­teza, por lo que decidió suavizar en parte su maldición. Cuando Mahashveta halló el cadáver de su amado y co­menzó a llorar junto a él, deseando también hallar la muerte, el dios, desde los cielos dejó oír de nuevo su voz.
-No te aflijas, Mahashveta, y ten paciencia. Yo te ase­guro que un día te reunirás con tu amado en las orillas de este mismo lago.
Mahashveta decidió en aquel momento retirarse a mo­rar a una cueva que había en las proximidades del lago y aguardar allí el regreso a la vida de su amado Pundarik.
Cuando Kadambari supo, por mediación de una sir­vienta, lo que le había sucedido a su amiga, quedó muy afectada y conmovida por su historia. En solidaridad, tomó la decisión de no contraer matrimonio con nadie hasta que Mahashveta no se uniera con su amado.
Por su parte, Kapinjal, desesperado por la muerte de su amigo, vagaba por el bosque sin rumbo fijo. Su falta de atención le hizo caer bajo las ruedas del carro de un pode­roso guerrero, que le maldijo, diciéndole que moriría y en­carnaría como un caballo. Esto complació a Kapinjal, pues decidió que serviría de montura a su amigo, como así fue.
En un reino cercano, el rey Tarapid sufría por la fal­ta de un heredero. Pero esa noche tuvo un sueño, en el que presenció cómo la luna entraba por la boca de su esposa, la reina, mientras ésta dor-mía.
Meses más tarde, nacía un niño, al que pusieron, por nombre Chandrapid. En las mismas fechas, el princi­pal ministro del reino tuvo un hijo, que no era sino Pundarik reencarnado, al que llamaron Vaishampayan. Ambos jóvenes crecieron juntos y se hicieron inse-para­bles.
Pasaron los años y, en el día de la coronación de Chandrapid, su madre le presentó a una hermosa joven, Patralekha, quien se encargaría de cuidarle y de aten­derle. La muchacha no era otra que Rohini, la esposa del dios de la luna, que había encarnado asimismo para estar siempre cerca de su señor.
Tras la coronación, Chandrapid, Vaishmpayan y Patralekha partie-ron a visitar los territorios de su impe­rio, por los que viajaron durante tres años.
Chandrapid, en una ocasión, se alejó de los demás y se internó en el bosque, persiguiendo a unos centauros. Cuando estaba ya a punto de regresar a su campamen­to, escuchó una bella canción y quiso saber quién la es­taba entonando. Junto a un lago encontró a una joven, vestida de blanco, el color de los ermitaños.
-¿Quién eres, bella mujer?- quiso saber el soberano-. ¿Y por qué has abrazado la vida de los ascetas?
-Mi nombre es Mahashveta -respondió ella. Y le con­tó su historia y cómo aguardaba el regreso de su amado.
Tras haberla escuchado, Chandrapid se sintió con­movido y se ofreció a hacer lo que estuviera en su mano para ayudarle.
-Si quieres, puedes hacer algo, ¡oh, rey! -manifestó ella-. Gran parte de mi tristeza se debe a que mi amiga, Kadambari, ha jurado no contraer matrimonio hasta que yo me reúna con mi amado Pundarik. Ven conmigo a donde ella se encuentra e intenta ayudarme a que cam­bie de decisión.
Chandrapid accedió y ambos se dirigieron al palacio donde moraba Kadambari. El joven monarca quedó sub­yugado por la belleza de la princesa, mas no pudo con­vencerla de que cejara en su propósito. Regresó enton­ces al lado de sus compañeros, a los que relató la triste historia de las dos princesas.
Recibió entonces Chandrapid un mensaje de Mahashveta, en el que se le decía que Kadambari esta­ba interesada en él, pese al voto que había hecho. Le ro­gaba que la visitase de nuevo. Chandrapid pidió a Vaishampayan que regresase a su reino y gobernase en su lugar y él partió a donde estaba Kadambari, acom­pañado por Patralekha.
Ambos permanecieron unos días en compañía de la princesa y una hermosa amistad surgió entre las dos mu­jeres. Pero pronto Chandrapid tuvo que regresar provi­sionalmente a su reino, pues se le informó de que Vaisham-payan y el resto del ejército no habían apareci­do.
En el momento en que finalmente llegaron las tro­pas, informaron al joven rey de que Vaishampayan se había negado a volver y se había quedado en el bosque, cerca del lago, sin explicar la razón. Chandrapid partió de inmediato en búsqueda de su amigo.
Vaishampayan había estado vagando por el bosque hasta que encontró a Mahashveta. Cuando la vio, le dijo:
-¡Oh, hermosa asceta! No puedo explicar lo que me está sucediendo ni tampoco el porqué de mis acciones. Sólo sé que tuve un sueño en el que vi a una mujer vesti­da de blanco que me fascinó. Esa mujer eras tú. No me preguntes cómo sé que te encontrabas aquí ni qué fuer­za misteriosa me ha conducido a tu lado. Pero aquí estoy, te amo y sólo anhelo que seas mi esposa para siempre.
Mahashveta no reconoció a Pundarik en aquel joven y le maldijo:
-¡Cómo te atreves a requerir de amor a una mujer que ha renunciado al mundo? Estás hablando sin saber lo que dices, como si fueras un papagayo, que pronun­cia sonidos sin reflexionar sobre su significado. Pues bien, morirás de inmediato y renacerás como un papa­gayo, pues ésa es tu esencia.
No bien hubo pronunciado estas palabras, cuando Vaishampayan cayó muerto. Mahashveta se arrepintió de inmediato de lo que había hecho.
Su dolor se vio interrumpido por la llegada de Chandrapid. Cuando Mahashveta le informó de la muer­te de su amigo, Chandrapid también murió de dolor.
Pronto llegaron al lugar Kadambari y Patralekha, se­guidas por soldados y cortesanos.
Viendo el cadáver de Chandrapid, Kadambari sintió un torbellino de sentimi-entos. Creyó haber traicionado a Mahashveta, al enamorarse antes de que ésta se hubiera unido a Pundarik. Decidió entonces entregar también su vida para unirse con Chandrapid después de la muerte.
Pero una voz celestial se dejó oír:
-Que el cuerpo de Chandrapid se preserve, como el de un santo cuya alma hubiera encarnado en otro cuerpo. De esta manera Kadambari podrá unirse a su amado.
La mujer decidió llevar una vida ascética, como ha­cía su amiga, y cuidar del cuerpo de su amado hasta que los dioses permitieran que se reuniera con él de nuevo.
Patralekha, entonces, montó en el caballo de Chandrapid y se arrojó con él al lago sagrado. Y ante sus ojos tuvo lugar un prodigio, pues el animal se convirtió en un hombre con aspecto de ermitaño. Era el mismo Kapinjal, el compañero de Pundarik.
Ambos se dirigieron a donde se encontraban las dos amigas y Kapinjal hizo ver a Mahashveta que la perso­na a la que había matado no era otro que su amado Pundarik. Pero la confortó, asegurándole que también ella se uniría a su amado.
Pasó el tiempo. Vaishampayan había encarnado como un papagayo y completado su ciclo de existencia animal, muriendo de nuevo, mientras Kadambari seguía cui­dando el cadáver de su amado.
Hasta que un día, y gracias al efecto del amor de Kadambari, Chandrapid volvió a la vida. Lo primero que hizo fue agradecer a la mujer sus cuidados y prometer­le amor eterno.
Después hizo una ofrenda a los dioses y su amigo Pundarik volvió también al mundo en la edad que tenía cuando murió por primera vez.
Se celebraron juntamente las bodas de las dos pare­jas. Chandrapid dejó el gobierno de su reino en manos de su fiel amigo Pundarik y se retiró con su amada Kadambari a vivir una existencia plena de amor y a re­cuperar junto a ella los años perdidos.

(Del Kâdambari de Bana Bhatta)

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

004. Anonimo (india),

La magia de los pintores

La princesa Palvi, bella e inteligente, tenía una parti­cular afición: gustaba sobremanera de cazar en los bosques. Un día, en mitad de una cacería, extravió su camino y se encontró sola en medio de la espesura. Trepó a un árbol, para ver si divisaba a sus compañeros en la distancia, pero lo único que alcanzó a ver fue que había un gran fuego en el bosque.
Contempló cómo las llamas lamían los árboles y cómo los animales huían despavoridos para protegerse. Vio en aquel momento cómo una pareja de gansos luchaba de­nodadamente por proteger a sus crías. Volaban de un lado a otro, pero iban a tener gran dificultad en salvar su nido. Cuando el fuego se acercó, el macho escapó vo­lando, en un intento desesperado de salvar su vida, aban­donando al resto de su familia. La hembra, por el con­trario, protegió con su cuerpo a sus pequeñuelos y murió abrasada junto a ellos.
En el momento en que el fuego hubo cesado, la prin­cesa bajó del árbol en el que se encontraba y, mientras regresaba a su palacio, se fue haciendo las siguientes re­flexiones:
"¡Qué seres tan egoístas son los varones! Sean hu­manos o bestias, son todos iguales. No se puede confiar en ellos. No quiero saber nada de ninguno de ellos en toda mi existencia."
Y decidió que nunca contraería matrimonio.
A partir de aquel día la princesa mostró siempre un rostro grave, trató mal a todos los hombres y anunció al rey, su padre, su propósito de permanecer soltera. Sus padres estaban consternados por esta decisión, pero no pudieron hacer nada por variarla, pues Palvi tenía un carácter firme y decidido.
Un día llegó al palacio un pintor muy conocido y rea­lizó algunas bellas obras decorativas en las paredes. Cuando ya se disponía a marchar, vio pasar fugazmen­te a la princesa y, al contemplar la belleza de Palvi, tomó la decisión de pintarla. Tuvo que rogar mucho para que ella consintiera en posar, mas al final lo logró. Pero cuan­do hubo terminado el cuadro, en lugar de hacerlo colo­car en palacio, lo tomó para sí y abandonó la ciudad.
El pintor visitó otra corte y le vendió el cuadro al so­berano, quien lo mandó colocar en la sala principal de su palacio, Allí, todos los cortesanos lo admiraron y se pre­guntaron quién sería la joven tan bella que en él se re­trataba.
El príncipe Vikram, que regresaba entonces de un via­je de recreo, contempló la pintura y quedó al instante prendado de la princesa; pero nadie supo decirle quién era la bella joven ni dónde podría encontrarla.
El príncipe cayó en aquel momento en una profunda depresión, dejó de comer y abandonó sus ocupaciones. Su padre, intentando animarle, probó toda suerte de co­sas, pero todo fue en vano. Mandó entonces a buscar al pintor, pero éste ya había abandonado la ciudad. Nadie podía decir quién era aquella princesa.
El estado de ánimo del príncipe Vikram empeoraba por momentos y, en un rapto de ira, tras una discusión con el ministro del reino, el príncipe le mandó ajusticiar.
La palabra del príncipe era ley en aquel lugar y ni si­quiera su padre, el rey, osaba contrariar aquella orden. Sin embargo, se le dio tiempo al ministro para que, an­tes de morir, pudiera arreglar sus asuntos familiares y dejar en orden los de gobierno.
La hija menor del ministro, una avispada joven lla­mada Girija y hábil también con los pinceles, decidió en­tonces salvar por cualquier medio a su padre del peligro en el que se encontraba. Pidió una audiencia al prínci­pe Vikram y le convenció para que retrasara la ejecución del ministro mientras ella intentaba encontrar a la mu­chacha del cuadro, origen de su pena.
Vikram concedió el aplazamiento, con la esperanza de que Girija pudiera encontrar a la mujer del cuadro. La jo­ven mandó realizar una copia del retrato de Palvi y, dis­frazada de hombre, partió del reino y viajó durante meses por distintos lugares, determinada a salvar a su padre.
Mostró la copia del cuadro de reino en reino, mas na­die pudo identificar a la mujer. Un año transcurrió an­tes de que la reconocieran, en un reino lejano. Sí, le di­jeron, la mujer del cuadro es nuestra princesa, es "la princesa que nunca se casará".
Quiso saber Girija el porqué de este apelativo, pero no le pudieron contestar; nadie sabía la causa de la aver­sión de la princesa por los hombres.
La joven quedó desconsolada. ¿Cómo podría con­vencer a Palvi de que aceptase a Vikram como marido, sin conocerle, habida cuenta de su aversión al matri­monio?
Sin embargo, Girija no desfalleció. Alquiló una casa cercana al palacio y estableció allí un taller de pintura. Diariamente colocaba su caballete en el patio y pintaba diversos cuadros, hasta que consiguió que su fama llegase a oídos del monarca, quien la llamó a palacio para que le mostrara sus lienzos. Al rey le gustó lo que vio e invi­tó a Girija, que seguía en su atuendo masculino, a que pin­tase unos frescos para el palacio que estaba constru­yendo para Palvi.
Girija hizo lo que se le pedía y decoró las paredes del nuevo palacio con toda suerte de paisajes, animales, di­seños florales y geo-métricos pero, sobre todos, con be­llas escenas de amor y de amantes tomadas del folklore del país y de la mitología.
Todas las mujeres del palacio acudieron un día a con­templar las pinturas y la hija del ministro consiguió que se confiaran a ella y le contasen la razón del desprecio de Palvi por los hombres. Supo así del episodio del fue­go y los gansos.
Entonces Girija tomó la decisión de emplear su arte para resolver de una vez por todas aquella situación. Comenzó a pintar en las paredes del palacio escenas que mostraban lo opuesto a la impresión que Palvi tenía de los hombres. En aquellas historias se hablaba de la infi­delidad de las mujeres y de las virtudes de los hombres. Y cuidó de que todos hombres honestos, valientes y he­roicos que pintaba tuvieran un sospechoso parecido con el príncipe Vikram.
Cuando el palacio estuvo totalmente decorado, la prin­cesa Palvi acudió a contemplarlo y quedó muy grata­mente impresionada por lo que vio, especialmente por una escena en donde se veía a un apuesto príncipe jun­to a dos antílopes. Quiso saber cuál era el significado de aquella escena.
-Princesa -contestó Girija-, este fresco muestra una es­cena verdadera, algo que le sucedió realmente a un prín­cipe de mi reino. Se encontraba cazando en el bosque, cuando se produjo un incendio y en él vio a un antílope macho que protegía a sus crías con su vida, mientras las hembras corrían despavoridas, abandonándolas. Produjo esto tan honda impresión en él que, desde en aquel mo­mento, odia a las mujeres y ha jurado que nunca se ca­sará. Esta decisión causa gran pena a nuestro anciano rey, que no tiene más herederos, pero nada puede hacer contra la voluntad firme y decidida del príncipe.
-¡Qué extraño es eso que me cuentas! -repuso Palvi-. ¿Pueden ser fieles los hombres e infieles las mujeres? Yo siempre pensé lo contrario, mas si he de creer tus pala­bras, entonces todos los asuntos tienen dos caras dis­tintas. Quizá tomé una decisión precipitada tras con­templar solamente un rostro de la realidad. Convendría que pusiera ahora en orden mis ideas.
-Me alegra oíros decir eso, princesa -afirmó la hija del ministro-. Pero más me gustaría que fuera nuestro príncipe el que cambiara de opinión. Desgracia-damente él es mucho más obstinado que vos.
-Alguien debería hacerle ver la otra cara de la reali­dad -observó la princesa-. Y quizá así variara de pare­cer. De la misma manera que yo he aprendido de su ex­periencia, él podría también aprender de la mía. Cuando le veas, cuéntale todo esto y observa si le hace cambiar de opinión.
-Así lo haré, princesa -aseguró Girija, llena de rego­cijo.
Desde aquel día todos en el reino supieron que la prin­cesa Palvi había superado su aversión por los hombres y muchos pretendientes comenzaron a llegar al reino, atraídos por su belleza. Su padre, el rey, estaba muy con­tento. Pero, aunque la princesa no mostraba ya desdén por el sexo masculino, no hallaba de su gusto a ningu­no de aquellos que pretendían su mano. Pasaba todo el tiempo en su nuevo palacio, contemplando los retratos de las paredes y hablando con Girija del príncipe.
La hija de ministro, sabiamente, contó a Palvi toda suerte de anécdotas que realzaban las virtudes de Vikram, hasta que un día la princesa no pudo contenerse y qui­so conocerle en persona.
Girija mandó avisó a su reino de la nueva situación y el príncipe Vikram llegó allí a los pocos días, seguido de una espléndida comitiva que asistió, al poco tiempo, a las bodas de Palvi y Vikram.
Un final feliz debido al arte de los pinceles.

(Tradición popular de Gujarat)

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

004. Anonimo (india),

La madera de sándalo

Era un hombre que había oído hablar mucho de la preciosa y aromática madera de sándalo, pero que nunca había tenido ocasión de verla. Había surgido en él un fuerte deseo por conocer la apreciada madera de sándalo. Para satisfacer su propósito, decidió escribir a todos sus amigos y solicitarles un trozo de madera de esta clase. Pensó que alguno tendría la bondad de enviársela. Así, comenzó a escribir cartas y cartas, durante varios días, siempre con el mismo ruego: “Por favor, enviadme madera de sándalo”. Pero un día, de súbito, mientras estaba ante el papel, pensativo, mordisqueó el lápiz con el que tantas cartas escribiera, y de repente olió la madera del lápiz y descubrió que era de sándalo.

*El Maestro dice: Si la percepción está embotada, se estrella en las apariencias de las cosas.

004. Anonimo (india),

La llave de la felicidad

El Divino se sentía solo y quería hallarse acompañado. Entonces decidió crear unos seres que pudieran hacerle compañía. Pero cierto día, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Divino y se reabsorbieron a Él.
Dios se quedó triste, nuevamente solo. Reflexionó. Pensó que había llegado el momento de crear al ser humano, pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad, encontrar el camino hacia Él y volver a quedarse solo. Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas; después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Pasó toda la noche en vela, preguntándose cual sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. Pensó que el hombre terminaría descendiendo a lo más abismal de los océanos y que allí la llave no estaría segura. Tampoco lo estaría en una gruta de los Himalayas, porque antes o después hallaría esas tierras. Ni siquiera estaría bien oculta en los vastos espacios siderales, porque un día el hombre exploraría todo el universo. “¿Dónde ocultarla?”, continuaba preguntándose al amanecer. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, al Divino se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.

*El Maestro dice: Busca dentro de ti mismo. “Desafía” a Dios y róbale la suprema felicidad.

004. Anonimo (india),

La inteligencia del zorro

El zorro tiene fama de astuto; el camello es céle­bre por su capacidad para desarrollar trabajos pesa­dos. Y en una ocasión una zorra contempló cómo un zorro corría desesperadamente.
-¿Qué te ocurre, amigo? -le preguntó la zorra. Sin apenas amino-rar la marcha, el zorro, preso del pánico, explicó:
-Un grupo de hombres están acopiando came­llos para llevar a cabo unos trabajos pesados.
-Pero no seas bobo -repuso la zorra-, ¿acaso tienes tú algo que ver con los camellos, cuando ni tie­nes el menor parecido con ellos?
Y el zorro replicó:
-Siempre puede surgir algún intrigante que ase­gure que soy un camello y a ver entonces quién me libra del trabajo.

El Maestro dice: La habilidad del ser humano para intrigar es un pozo sin fondo.

Fuente: Ramiro Calle

004. Anonimo (india),

La insufiencia del pensamiento

Se trataba de un maestro que hablaba sólo en con­tadas ocasiones. A veces daba alguna explicación sucinta e impartía alguna enseñanza, pero a menudo guardaba silencio. Era conocido como el maestro del silencio; otros lo llamaban «el yogui que apenas mueve la len­gua». Hablaba en silencio, de corazón a corazón. Pero había un discípulo que sobrevaloraba las funciones del pensamiento y siempre estaba tratando de inmiscuir en conversaciones espirituales al yogui del silencio. Era un joven que necesitaba elaborarlo todo a través del pensa­miento. Confiaba plenamente en la mera comprensión intelec-tual. Se hacía muchas preguntas metafisicas. Quería entenderlo todo a través de la lógica. Un día, con cierto descaro, dijo:
-Maestro, te pregunto, pero no me respondes. No me das respuestas al misterio de la vida, ni del ser o el no-ser, ni de la muerte, ni del sufrimiento. No logro entender tu negativa a no darme respuestas a mis preguntas.
El maestro guardó silencio. Todos los asistentes entraron en el ánimo apacible y contagioso del maestro y dejaron su mente absorta en lo Inefable. Al finalizar la reunión espiritual, el maestro le pidió al joven intelec­tual que se quedara. Le entregó una aguja y le dijo:
-Quiero que coloques una gota de agua en la punta de esta aguja.
-¡Imposible!, exclamó sorprendido el dicrípulo.
-Más imposible es querer responder con el pen­samiento a lo que siempre ha estado más allá del pen­samiento. Cuélgate la aguja al cuello y, cuando te enredes en pensamientos metafisicos, recuerda: «Más dificil que colocar una gota de agua en la punta de una aguja es encontrar respuestas sólo a través del intelecto.»
El discipulo se sintió avergonzado y se ruborizó. Pero el maestro lo tranquilizó:
-No te sientas ridículo. Mi maestro me dio a mí esa aguja y yo la he llevado muchos años colgada en el pecho. Ahora es tuya.

El Maestro dice: El pensamiento correcto te puede llevar hasta un límite, pero más allá debes desarrollar otro tipo de mente y otra forma de percepción.

Fuente: Ramiro Calle

004. Anonimo (india),

La insuficiencia del razonamiento ordinario

Se trataba de un discípulo pretencioso y petulante. Era frío como el rocío de la madrugada, sometiendo todo al criterio estricto de la razón, imponiéndose arro­gantemente a los otros con rigurosos razonamientos, exento de intuición, mucho más aún de compasión.
-Asesinas la frescura de la vida con esa actitud -le había reprendido a veces el maestro. No se trata de brillar sólo con la mente; no hay brillo más puro que el del corazón.
Pero el discípulo no aprendía la lección. Se instala­ba en sus fríos razona-mientos, que él tenía por muy eficaces y capaces de explicar absolutamente todo. No era la suya la duda que invita a la genuina búsqueda y a la sagaz investigación espiritual, sino la duda escépti­ca y sistemática que quiere reducirlo todo a la gélida lógica ordinaria.
Cierto día el maestro reunió a todos sus discípulos. Intuía que el discípulo estrictamente lógico tra­taría de formularle alguna pregunta que pudiera ponerlo en evidencia. El maestro comenzó a impartir enseñanzas y métodos a los discípulos. Luego abrió el ciclo de preguntas. Todos preguntaron con genuino afán de saber, pero el pretencioso discípulo, arrogante, preguntó con el ánimo de poner en grave aprieto al maestro:
-Maestro, tú que tanto has llegado a saber, podrás respondernos, ¿quién vela por los vastos espacios sidera­les, por los infinitos mundos?
-¡Oh, qué fácil pregunta! -repuso jovial e irónico el maestro. Naturalmente que dos intrépidos leopar­dos blancos.
Esperando una respuesta de orden más filosófica, durante unos instantes el discípulo se quedó descon­certado. Pero reaccionó enseguida para repre-guntar:
-¿Y quién vela por esos intrépidos leopardos blancos?
-¡Oh! -repuso el maestro-. Eso es todavía mucho más fácil. ¿De verdad que no lo sabes? Dios es quien vela por esos leopardos blancos.
El discípulo sonrió maliciosamente y se dijo para sí mismo: «Está cazado. Ya veremos qué reponde a mi próxima pregunta.» Y espetó la siguiente pregunta:
-Y bien, sabio maestro -con tono de marcada mordacidad, ¿quién vela por Dios?
Se hizo un denso y significativo silencio. La serie­dad asomó al rostro de todos los discípulos; pero la cara del maestro estaba relajada y amablemente son­riente.
-¡Qué pregunta tan fácil, querido mío! Suponía que con tu destreza lógica me harías una pregunta más dificil. ¿De verdad que no lo sabes? Es tan sencillo: por Dios velan otros dos intrépidos leopardos blancos.
Los asistentes estallaron en una sonora carcajada que quebraba el magnífico silencio de la tarde.

El Maestro dice: El pensamiento es insuficiente para poder desvelar lo que por su propia naturaleza está más allá del pensamiento.

Fuente: Ramiro Calle

004. Anonimo (india)