Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 26 de mayo de 2012

El lobo y los siete cabritos

Hubo una vez una cabra viuda, que tenía siete hijos y vivía con ellos en una casita muy linda, que se alzaba a corta distancia de una colina. La cabra era muy hacendosa y, gracias a su trabajo, conseguía ganar lo suficiente para mantener a los siete cabri­tos. Éstos, a su vez, correspondían a los es­fuerzos de la madre, pues se mostraban con ella muy buenos y muy obedientes. La vida de aquella familia habría sido, pues, feliz en extremo, mas, por desgracia, estaban todos constantemente inquietos porque, en las cer­canías, habitaba el Lobo, de modo que la po­bre madre, especialmente, vivía siempre su­mida en el temor y en el desasosiego.
La Cabra iba todos los días al mercado a vender leche y, antes de salir de su casa, lla­maba a su hijo mayor para recomendarle que no abriese la puerta a nadie durante su ausencia.
-A lo mejor se presenta el Lobo -le de­cía, de modo que es preciso tener mucho cuidado.
-Nada temas, mamá -contestaba el cabrito-. Lo conozco muy bien y, si acaso vi­niese, no lo dejaría entrar.
-No te confíes demasiado -le replicaba la madre-. Es muy astuto y quizá consiga un día convenceros de que no es él, sino otro. Pero recuerda siempre que, a pesar de todos sus esfuerzos, nunca puede disimular su voz áspera y ronca y tampoco cambiar el color de sus patas, que son negras. Por lo tanto, ten muchísimo cuidado. Piensa que, si llega­ra a entrar en esta casa, no os dejaría con vida a ninguno de vosotros.
Los cabritos le prometieron tener mucho cuidado y cuando la madre hubo emprendi­do la marcha se asomaron a la ventana para saludarla hasta que se perdió de vista.
El viejo Lobo estaba al acecho. Hacía ya mucho tiempo que sentía el deseo de pe­netrar en la casa y devorar a los siete cabri­tos. Por eso, al ver que se alejaba la Cabra, creyó que había llegado la ocasión tan espe­rada. Así, pues, se dirigió a la puerta, llamó y, con objeto de engañar a los cabritos, dijo:
-Soy vuestra madre, hijos míos. Os trai­go un pastel cubierto de una gruesa capa de azúcar.
Los cabritos más pequeños se pusieron a saltar de contento en cuanto oyeron mencio­nar el pastel y Pituso le dijo a su hermano Rubio:
-Abre la puerta para que pueda entrar mamá.
Rubio era su hermano mayor y el más prudente de todos. Por esto, recordando las advertencias de su madre, se fijó en que la voz que acababa de oír no era de ella, por­ que sonó muy ronca. Abrió, pues, el ventani­llo y pudo ver que era el Lobo.
-¡Vete! -exclamó-. Ya te he conocido por la voz, porque es muy desagra-dable.
Chasqueado, el Lobo se alejó con el rabo entre piernas. Más no por eso desistió de su empeño de comerse, por lo menos, tres o cua­tro cabritos. Rumió acerca de lo que podría hacer y, por último, se le ocurrió una buena idea.
Tomó el trote en dirección al pueblo vecino y en línea recta se encaminó a la farmacia, donde pidió unas pastillas, apropiadas para suavizar la voz, porque, según dijo, había pi­llado un fuerte resfriado.
El farmacéutico le entregó algunas pasti­llas y el Lobo se las tragó. Mas, como no le hicieran el efecto deseado, se quejó de ello y el farmacéutico le dio entonces un pedazo de cal viva, diciéndole que se lo tragara de un solo bocado, después de haber recorrido un espacio de, más o menos, una legua. El Lobo, muy satisfecho, emprendió la marcha al galope y cuando juzgó que había recorrido una legua, se tragó el pedazo de cal. En efec­to, pudo notar que se le suavizaba la voz y, animado por la esperanza, se dirigió otra vez a la casa habitada por los cabritos.
Llamó a la puerta y, con su voz suave, ex­clamó:
-Abrid la puerta, hijitos. ¡Si vierais que hermosos trajes traigo para todos!
Mientras hablaba así apoyó las patas de­lanteras en el antepecho de la ventana. Su voz era ya capaz de engañar a los cabritos, pero, como estaban muy recelosos, ninguno quiso abrir sin haberse asegurado antes de que no corrían peligro. Por esto fueron a mi­rar primero por los vidrios de la ventana y, en el acto, vieron la cabeza y las negras patas del Lobo.
-¡Es el Lobo! -exclamaron asustados-. No abramos.
El Lobo se irritó mucho al observar que, por segunda vez, lo habían reconocido. Se alejó de nuevo mientras imaginaba un pro­yecto tras otro para lograr su deseo y, por último, se le ocurrió una buena idea.
Otra vez emprendió el camino hacia el pueblo, se dirigió a la tahona y, apoyando las patas en el mostrador, dijo al panadero:
-Me he quemado las patas, señor pana­dero y os agradecería mucho que me las es­polvoreaseis con un poco de harina, porque me han dicho que eso es muy bueno para las quemaduras.
El panadero no tuvo inconveniente en com­placerlo, de modo que las patas anteriores del Lobo quedaron blancas como la nieve. El, muy satisfecho, y pisando con todo el cuida­do posible para que no se le cayera la harina, se dirigió nuevamente a la casa de los cabri­tos. Llamó a la puerta y, con voz suave, dijo:
-Soy, mamá, hijitos, abrid.­
-Antes queremos ver tus patas -con­testaron ellos. El Lobo metió una de las patas por debajo de la puerta y los cabritos, al ob­servar que era blanca ya no tuvieron ningún recelo. El mayor de ellos abrió la puerta y, en el acto, se les apareció el Lobo. ¡Qué susto tuvieron!
Gritando y aterrados, todos huyeron en distintas direcciones para evitar el ataque de la fiera. Guareciéronse debajo de la cama, dentro del aparador, debajo del lavade­ro, dentro del horno y uno se metió en la caja del reloj, pero el Lobo los persiguió, uno a uno, los obligó a salir de sus escondrijos respectivos y se los tragó a todos de un solo bocado, exceptuando al menor de los cabri­tos, que se había escondido en la caja del re­loj, porque a la fiera no se le ocurrió buscar allí. Luego, fatigado por lo que había corrido aquella mañana, en sus viajes hacia el pue­blo, y ahito por lo que acababa de tragar, sa­lió pesadamente de la casa y se tendió a dormir a la sombra de un árbol que había cerca de ella.
Poco después, la Cabra llegó a su casa y ya se puede imaginar qué terrible cuadro se ofreció a sus miradas. Encontró la puerta abierta, los muebles revueltos y tirados por el suelo, las sábanas arrugadas o rotas y el lavadero destrozado. Pero lo más terrible era que por ninguna parte pudo ver un solo ca­brito.
Los llamó a todos por sus nombres respec­tivos y, al pronunciar el nombre del más pequeño, oyó su voz que le contestaba desde el interior de la caja del reloj.
-Estoy escondido aquí, mamá. ¿Se ha marchado ya el Lobo? -preguntó muy asustado.
La cabra sacó a su hijo del escondrijo y el pequeñuelo le refirió lo ocurrido.
¡Cuan triste parecía entonces la casa! La Cabra creyó que no podría continuar en ella, porque todo le recordaba a sus pobres hijitos. Así, se puso el chal y, después de abrigar a su hijo con una bufanda, emprendieron la marcha.
Fuera brillaba alegremente el sol y gor­jeaban los pájaros, pero, aquel espectáculo, lejos de dar ánimo a la madre y al hijo, con­tribuyó a aumentar la tristeza que sentían. De repente vieron al Lobo dormido a la sombra de un árbol. Roncaba con tanta fuerza que las ranas se estremecían. Y el Lobo dormía como si no hubiese cometido jamás ninguna mala acción. En su rostro había una sonrisa de inocencia, de tal modo que nadie habría podido sospechar que, poco antes, de­voró a seis cabritos.
Indignada la Cabra, se aproximó al Lobo con el propósito de matarlo. Eso le habría sido muy fácil, porque la fiera estaba dormi­da, pero, cuando se aproximó más, pudo ver que la piel del vientre se movía como si la empujase algún ser vivo. Eso comunicó a la pobre madre la esperanza de que, dentro del vientre de la fiera, estuviese aún vivo alguno de sus hijos.
Con objeto de asegurarse de ello volvió presurosa a la casa y tomó unas tijeras, hilo y una aguja. En cuanto estuvo otra vez al lado de la fiera, con extraordinaria habilidad y delicadeza, le abrió el vientre con las tije­ras. Apareció entonces un cabrito y, en breve, fue seguido por los demás, todos vivos y sanos, porque el Lobo, a causa de su extraordi­naria voracidad, se los había tragado enteros, sin causarles el menor daño.
Disponíanse los cabritos a manifestar su alegría con sus balidos, pero la Cabra hizo un gesto para ordenarles que guardasen silencio. No deseaba que despertasen al Lobo. Y, en voz baja, les encargó que fuesen en bus­ca de algunas piedras grandes porque las necesitaba para el fin que había imaginado. Obedecieron sus hijos y en cuanto la Cabra tuvo a su disposición las piedras que necesi­taba, las metió en el vientre de la fiera y lue­go cosió la piel con el mayor cuidado.
Fueron tan hábiles los movimientos de la Cabra que el Lobo no despertó siquiera. Lue­go, la madre y sus hijos se apresuraron a volver a su casa y la fiera continuó roncando y quizá sumida en dulces y agradables sue­ños. Pero, al poco rato, despertó, sintiendo un peso extraordinario en el estómago.
-Siempre me dejo arrastrar por la gula -dijo. He comido demasiado y eso no me sienta bien. Convendrá beber unos cuantos tragos de agua, para ver si se activa la di­gestión.
Se puso en pie, pero en cuanto empezó a andar, las piedras chocaban unas con otras. El Lobo, asustado, observó aquel raro fenó­meno y, creyendo que sería obra de los ca­britos, exclamó:
-¡Compadeceos de mí, queridos cabritos! Pesáis como piedras y, con tanto movimien­to, vais a lograr que se me estropee el estó­mago.
Como pudo, y luchando con grandes difi­cultades, se dirigió al río. Una vez en la orilla se inclinó para beber; pero, de repente, per­dió el equilibrio, se cayó al fondo del río y aún cuando hizo esfuerzos desesperados por salir a flote, no pudo conseguirlo y así murió ahogado.
Tal fue el fin del Lobo, que recibió el cas­tigo de sus malas costumbres, de su cruel­dad y de su voracidad. Y, en adelante, ya nada ni nadie fue a turbar la paz y la tran­quilidad de que gozaban la Cabra y sus hijos, los siete cabritos.

021. anonimo (gran bretaña)

Ulm, del danubio

Es posible que todos vosotros hayáis oído hablar del Danubio. La literatura y la poesía de todos los países han contribuido de un modo extraordinario a celebrar sus bellezas, hasta el punto de que el solo nombre de este río famoso evoca imágenes risueñas, dramáticas o, simplemente, bellas. Lo cierto es que se trata de un río ancho y caudaloso, que atraviesa una gran parte de la Europa Central y permite por sus aguas la navegación de multitud de barcos de carga, que facilitan el tráfico y el comercio en todas las regiones que atraviesa la poderosa corriente. Y, como es natural, abundan en sus orillas, desde tiempos muy antiguos, ciudades y pueblos que se han hecho famosos por varias causas.
Una de las ciudades construidas a orillas del Danubio es la de Ulm. Cuenta con una antigüedad respetable, es hermosa y, sobre todo, celebrada por la magnífica catedral que posee. Como se comprende, hay también allí muchos edificios antiguos, hermosos y llenos de tradiciones; asimismo cerca de la orilla del río se conserva aun una gran parte de las murallas que antiguamente rodeaban la ciudad.
Pero en esas murallas hay un detalle muy particular y es que una de las torres aparece bastante inclinada. Es una construcción robusta, de muros tan gruesos y sólidos que, en cualquiera de ellos, se podría excavar fácilmente una pequeña habitación.
A primera vista pudiera creerse que la tal torre, después de haber sido construida, se inclinó a un lado, ya porque hubiesen cedido sus cimientos o a consecuencia de un temblor de tierra, pero no es así, sino que la causa de que la torre esté inclinada es muy distinta, y aun se refiere en Ulm  como ejemplo digno de ser tenido en cuenta.
En una época que la leyenda no precisa pero, que, sin embargo, debe de remontarse a varios siglos, hubo en Ulm un gobernador íntegro, honrado y fiel cumplidor de la ley. Pero no se limitaba a cumplirla él con la mayor fidelidad y exactitud, sino que se esforzaba, cuanto le era posible, en que también la cumplieran los demás.
En aquella época, como también en las anteriores y en las actuales, los comerciantes y, especialmente, los vendedores al por menor, trataban de defraudar al público quitándole una parte del peso de las mercancías adquiridas. Ya en los tiempos clásicos los griegos imaginaron que un solo dios lo era, al mismo tiempo, de los comerciantes y de los ladrones. Era Mercurio, según ya sabéis. Y en Ulm, aun cuando casi todos los vendedores al pormenor se hacían culpables de ese delito, distinguíanse los carniceros por la exageración de sus defraudaciones.
El gobernador se enteró de ello. Inmediatamente nombró a unos cuantos agentes para que comprobasen la veracidad de los relatos que acerca del particular le habían hecho. Y como quiera que fueron confirmados en absoluto, mandó una comunicación al gremio de los carniceros ordenando que todos ellos compareciesen en su palacio.
-Os he llamado -les dijo cuando se hubieron presentado a él- para advertidos que no voy a consentir la menor defraudación de peso por vuestra parte. Cuando cobráis la carne vendida, exigís que se os pague en buena moneda y no permitiríais, sin duda, que el comprador redujese, a su capricho, la cantidad que debe entregaros. Por consiguiente, daos por advertidos y tened en cuenta que castigaré severamente cualquier reincidencia en esa conducta.
El presidente del gremio de carniceros se inclinó respetuoso ante el gobernador y le hizo observar que nunca los había movido tal propósito. Claro está, añadió, que en alguna ocasión, unas balanzas podían estar dese-quilibradas y casualmente en perjuicio del comprador; y terminó asegurando a su excelencia que no habría ningún otro motivo de queja acerca del particular.
Los carniceros, al salir del palacio del gobernador, se dirigieron a su casa gremial para celebrar una reunión. Hans Fleischer, que era su presidente, tomó asiento en el estrado y en cuanto los reunidos se hubieron acomodado a su vez, se puso en pie y empezó a hablar diciendo:
-Queridos amigos: Ya habéis oído lo que ha dicho el señor gobernador. Su exigencia es completamente ridícula. No se nos permite aumentar el precio de la carne, a pesar de que, a veces, nos cuesta mucho más cara, como todos sabéis muy bien. Y es muy posible que si la vendiésemos legalmente, dando el peso justo, perderíamos bastante dinero, porque no son raras las ocasiones en que, a nuestra vez, no recibimos el peso justo o se comprenden en él los huesos o las piltrafas que nos vemos obligados a tirar. Por esta razón ya nuestros antepasados, que luchaban con las mismas dificultades, hallaron el remedio justo, equitativo y que, en realidad, no perjudica a nadie. ¿Que le puede importar, en efecto, al comprador que en un pfund [1] de carne se le quite media onza? Nada en absoluto. Y de este modo no solamente podemos corregir las pequeñas diferencias que hay en nuestro perjuicio, sino, además, aumentar nuestras ganancias de un modo razonable, porque, tenedlo presente, amigos míos, nuestra profesión, aunque de muchos menospreciada, es tan digna como la que más y nosotros merecemos, tanto como otros, gozar de las comodidades de la vida, vestir bien y sostener nuestras familias con la debida dignidad.
Aquella arenga suscitó un vivo entusiasmo en todos los oyentes que, no pudiendo contenerse pusiéronse en pie y aclamaron a su presidente. Y éste, después de sonreír satisfecho y de agradecer con inclinaciones de cabeza aquellas muestras de entusiasmo, reclamó silencio con sus ademanes y añadió:
-Por consiguiente, creo que lo mejor será no hacer ningún caso de la orden del gobernador, que acabaría causando nuestra ruina. Tan sólo debo recomendar a todos la mayor cautela. Fijaos bien en vuestros respectivos compradores y procurad dar el peso justo a todos aquellos que puedan infundiros sospechas de que son capaces de denunciaron o bien de que puedan ser agentes de la autoridad.
Se disolvió la reunión en medio del mayor entusiasmo y después de haber cruzado numerosos comentarios acerca del particular, todos volvieron a sus respectivas ocupaciones.
No tardó el gobernador en darse cuenta de que su amonestación y la orden que había dado no produjeron el más pequeño efecto. Todos los días menudeaban las denuncias contra los carniceros, por faltas en el peso. Tuvo el gobernador paciencia durante unos días y, al fin, decidió hacer un nuevo intento. Llamó otra vez a los carniceros a su palacio y con mayor severidad que en la primera ocasión, les dijo que se atuviesen a sus órdenes, advirtiendo que estaba decidido a hacer un escarmiento. Y para llenarlos más de temor, les anunció que, en adelante, los carniceros que siguiesen incurriendo en el mismo delito de defraudar en el peso, serían ahorcados en una de las torres de las murallas, a la entrada de la ciudad, que entonces se hallaba en la parte que daba al río.
Aquella vez los carniceros no se atrevieron a continuar en sus malas prácticas. Durante casi un mes todos daban el peso justo y los compradores estaban contentísimos de la severidad y de la buena justicia del gobernador. Este quedó satisfecho al observar los resultados de sus esfuerzos, pero, al fin, los carniceros, figurándose que ya nadie se acordaría de la orden recibida, empezaron a hacer alguna que otra tentativa. Poquito a poco y al ver que no ocurría nada desagradable, se atrevieron más y más. El gobernador nada les dijo y, confiados en que ya podían gozar de impunidad absoluta, aumentaron de tal manera las defraudaciones en el peso, que nunca se había visto cosa igual.
El gobernador lo supo y, a la vez, sintió cólera y lástima. Era un hombre bondadoso y le dolía mucho verse obligado a apelar a los medios severos. De nuevo llamó a los culpables y los advirtió otra vez. Ellos, muy sumisos, prometieron conducirse bien en adelante y, en efecto, durante algún tiempo, que no llegó a un mes, nadie tuvo motivo de queja. Pero luego las cosas empezaron a tomar otra vez mal camino y llegó el momento en que el gobernador creyó que ya no tenía más remedio que hacer un escarmiento terrible.
Nuevamente llamó a los carniceros de Ulm y ellos, creyendo que se trataría de oír, como otras veces, una amonestación, acudieron confiados y vestidos con sus mejores trajes. Pero en cuanto hubieron penetrado en el patio del palacio, se cerró la puerta exterior y los guardias del gobernador maniataron a todos los carniceros.
Ya se puede imaginar cuál fue el pánico que se apoderó de ellos al verse de tal modo tratados. Mientras tanto, el gobernador ordenó que recorriera las calles el pregonero, el cual, montado a caballo y acompañado por dos timbaleros, anunció al pueblo que acudiese a las cercanías de la torre principal de las murallas de la ciudad, donde, por orden del señor gobernador, se haría justicia en unos ladrones.
Una hora después, el lugar señalado para la ejecución estaba lleno de público. Los carniceros, que eran muchos y estaban gordos, fueron ahorcados a la vez en lo alto de la torre. Y como; según parece, no sólo eran numerosos, sino que, además, el peso de todos era considerable, la torre no pudo resistir aquel aumento de peso y se inclinó hacia el lado en que fueron ahorcados los ladrones.
No dice la tradición si todos los carniceros murieron en aquella ocasión. Tal vez se salvó alguno, gracias a su honradez. Pero sí consta que, desde entonces, en Ulm se conducían todos los comerciantes con tal honradez, que llegaron a hacerse célebres en toda la Europa Central.
En cuanto a los ciudadanos, quedaron contentísimos de la rectitud y de la energía del gobernador.
La torre continuó inclinada y nadie, desde entonces, ha cuidado de enderezarla. Pero es muy posible que en esta leyenda no haya una sola palabra de verdad y que con ella quiera darse una explicación de por qué una de las torres está inclinada. Mas como existen otras en el mundo, que se hallan en igual caso, es de suponer que más bien se deban a un alarde de pericia por parte del arquitecto que las ideó.

012. anonimo (alemania)


[1] El pfund equivalía a 500 gramos.

Los enanitos del sastre

En un pueblecillo de Rhenania, que apenas contaba con doscientos vecinos, había un solo sastre, porque, en realidad, aquéllos no necesitaban más. Pero, como quiera que el tal sastre trabajaba muy bien, porque sabía cortar perfectamente los trajes que le encargaban y, además, los cosía con mucho primor, se hizo relativamente famoso, no sólo en el pueblo que vivía, sino también en otros contiguos y, así, eran tantos y tales los encargos que le hacían constantemente, que se vió obligado a requerir la ayuda de su mujer y también a tomar un aprendiz que le preparara las tareas más sencillas.
El sastre, que se llamaba Kurtz, era hombre de unos cincuenta años, de estatura no muy elevada, gordo, con grandes mofletes y ojos azules, de expresión bondadosa, una nariz algo rubicunda, porque no se puede negar que era bastante aficionado a la cerveza y, por lo demás, siempre sonreía y estaba contento. Su mujer, la señora Hilze, era también de corta estatura, tenía una figura casi redonda, unos ojuelos pequeños y vivos y, aunque era una buena mujer, tenía el gravísimo defecto de gustarle mucho la murmuración y sentir, en todo momento, una curiosidad insaciable, que no la dejaba vivir.
En cuanto a Matías, el aprendiz, era un muchacho de unos catorce años, alto, espigado, de cara pecosa y ojos azules, que se encontraba muy bien en compañía del señor Kurtz y que cosía con bastante habilidad.
Como ya se ha dicho antes, el abundante trabajo del sastre lo obligó a utilizar los servicios de su mujer y del aprendiz, pero, ni aun así conseguía cumplir puntualmente los encargos que se le hacían. Siempre iba corto de tiempo y el buen hombre, aun cuando no podía quejarse de sus ganancias, que le permitieron vivir con alguna comodidad, estaba realmente preocupado por el mucho trabajo que tenía.
Por si eso no fuese bastante, la situación vino a complicarse más todavía, porque se aproximaba la festividad de San Conrado, patrón del pueblo. Muchos fueron los conciudadanos del señor Kurtz que querían estrenar un traje y los encargos llovían en la sastrería con grande apuro del buen hombre y de su mujer. Pero lo que hizo rebosar la medida fué que el mismo burgomaestre, el señor Hermann Platz, llamó al sastre y, mostrándole una magnífica pieza de brocado, de color castaño y usos encajes, le encargó un elegante traje de casaca, advirtiéndole que había de estar listo, sin falta, la víspera del día de San Conrado. Como se comprende, el señor burgomaestre había de presidir algunas ceremonias, entre ellas los actos religiosos que se celebrarían en la iglesia y no se podía pensar siquiera en que no tuviese listo el traje.
El señor Kurtz tomó las medidas, muy preocupado y, llevándose luego la tela de brocado, los encajes y los botones de plata que le entregaron, regresó a su taller buscando la manera de complacer a los clientes que hasta entonces le habían hecho sus encargos y, de un modo principal, para terminar a su tiempo el traje del burgomaestre.
-Tendremos que trabajar mucho, Hilze. Y tú también, Matías, prepárate -dijo al entrar en su casa-. Vamos a tener quince días buenos de verdad, en los que no nos quedará ni siquiera el tiempo necesario para comer o dormir.
-Verdaderamente -observó la señora Hilze-, tal vez fuese oportuno contratar a algún oficial.
-No es posible, mujer- le contestó el señor Kurtz-. Ahora tenemos mucho trabajo pero, pasadas las fiestas, vendrá la calma y entonces quizá no podríamos sostener a un oficial. Ya sabes que piden un jornal bastante elevado y, además, hay que tener en cuenta lo que comen y lo que beben. Nunca están contentos. No, no, vale más sacrificarse, trabajar todo lo que sea preciso y salir de este apuro. Luego, ya veremos.
La señora Hilze se conformó, porque los argumentos de su marido la habían convencido. Activamente empezaron a trabajar los tres, sin dar paz a las manos y sin levantar apenas la cabeza de su trabajo. Pero era evidente que éste no progresaba tanto como habría sido deseable.
Comieron y cenaron rápidamente, para reanudar luego el trabajo. Y seguían dedicados a sus respectivas tareas, cuando el reloj de la iglesia dio las doce de la noche.
Hacía ya bastantes horas que la ronda recorrió todas las calles de la población, para cerciorarse de que nadie circulaba por ellas. El toque de queda sonó muy poco después de haber obscurecido, pero el señor Kurtz, su mujer y el aprendiz no pudieron hacer caso de él. Y, a las doce, la señora Hilze empezó a dar cabezadas. Matías la imitó y el señor Kurtz comprendió que ninguno de los dos serían capaces de hacer ya nada que valiese la pena.
-Bueno-exclamó de pronto-, eso no es posible. ¡A la cama! Estáis los dos dormidos y sois ya incapaces de seguir trabajando. Acostaos, pues, y yo continuaré un rato más.
La señora Hilze y Matías se pusieron en pie bostezando y guiñando los ojos, en su deseo de continuar despiertos. Y era tanto el sueño que tenían, que ni siquiera se les ocurrió contestar. Como autómatas se dirigieron a sus respectivas habitaciones y apenas habían transcurrido cinco minutos, cuando el señor Kurtz pudo oír la fuerte respiración de ambos, entremezclada con alguno que otro ronquido.
-Vamos a ver si aun podré trabajar un par de horas-se dijo el buen hombre-. ¡Dios mío! ¡Cuán verdad es el refrán de que también se puede ahogar a un huésped con requesones! ¿Quién me habría dicho a mí que el exceso de trabajo llegaría a preocuparme tanto?
En el pueblo no se oía más ruido que alguno que otro canto de gallo, el ladrido de un perro o las campanadas que resonaban majestuosas, de vez en cuando, para anunciar el transcurso del tiempo. También, a intervalos, se oía a lo lejos el canto del sereno que daba la hora y anunciaba a los pacíficos habitantes del pueblo que el cielo estaba despejado y el día siguiente prometía ser muy bueno.
Cuando más distraído estaba el señor Kurtz en su trabajo, creyó oír un ruido leve y apagado. Levantó la cabeza, pero las sombras en que estaba envuelta la habitación no le permitieron ver cosa alguna. Sin embargo, aquel ruido continuaba y se hizo más intenso. No tardó en percibirlo con mayor claridad. Parecíase al que pudieran haber producido los pies de algunos niños al bajar la escalera que comunicaba la planta baja con el primer piso de la casa.
El señor Kurtz levantó la lámpara que tenía sobre la mesa de trabajo, provista de una pantalla de plancha de cobre y el espectáculo que entonces se apareció a sus ojos lo dejó mudo de estupor. Vió la escalera casi llena por completo de diminutos gnomos, barbudos casi todos, al parecer ya viejos y vestidos con unas chaquetas de color verde provistas de capuchas y notó, además, que se cubrían las piernas con unas calzas de color rojo. Lo miraban sonrientes y cordiales. Y mientras el sastre dejaba la luz sobre la mesa, mudo de asombro de asombro, sin saber si estaba soñando o le había hecho daño la cerveza que tomara a la hora de la cena, uno de aquellos extraños individuos se llevó el dedo a los labios para recomendar silencio y le dijo:
-Chitón. No grites ni hagas ruido. Hemos sabido que tienes mucho trabajo y venimos a ayudarte.
-¿A ayudarme? -replicó, extrañadísimo, el señor Kurtz, no repuesto aun de su asombro.
-Sí, ya verás. Somos muy buenos sastres y en pocas noches te sacaremos de los compromisos que has adquirido.
Nada contestó el señor Kurtz. Aun no se había repuesto del pasmo que sentía. Mientras tanto, los gnomos bajaron la escalera y repartiéndose por el taller, cada uno de ellos tomó los pedazos de telas más o menos preparados, hilvanados, o no, y empezaron a coser con toda actividad. Otros, tomando la libreta en que el señor Kurtz había anotado los encargos y las medidas correspondientes, fueron en busca de las piezas de tela y se dedicaron a cortar y preparar la tarea que otros montaban, hilvanaban, cosían y remataban, o sea, que se habían repartido para llevar a cabo, cada uno de ellos, la clase de labor en que más especializado estaba.
Tan activos se mostraron, que el señor Kurtz no tuvo necesidad de seguir trabajando. Como si en aquel momento soñara, iba de uno a otro grupo, para darles instrucciones. Y no tuvo necesidad de reconvenir a ninguno porque todos llevaban a cabo un trabajo perfecto.
De este modo transcurrió la noche. El señor Kurtz no sabía lo que le pasaba. Y cuando llegó el alba y todos los gallos del pueblo empezaron a proferir sus cantos de alegría y los pajarillos en los árboles iniciaron sus píos y gorjeos, los gnomos se apresuraron a doblar la labor que cada uno hacía y, despidiéndose con alegre ademán del sastre, echaron a correr escalera arriba y, sin detenerse en el piso, siguieron subiendo, de modo que el señor Kurtz pudo creer que se encaminaban al tejado.
Aun turbado por lo que había sucedido, dio una mirada a su alrededor. No pudo dudar de lo que estaban viendo sus ojos y se convenció de que, verdaderamente, los gnomos habían ido a ayudarle.
-Es maravilloso- exclamó al mismo tiempo que daba un bostezo.
Y sintiendo entonces un sueño extraordinario y una fatiga enorme, se dirigió a su habitación y se acostó, procurando no hacer ningún ruido, para que la señora Hilze no se diera cuenta de lo mucho que había trasnochado su marido.
A la mañana siguiente, la señora Hilze tuvo una de las sorpresas más grandes de su vida. En cuanto hubo entrado en el taller, notó la enorme cantidad de trabajo que se había llevado a cabo. Y como no tenía ningún indicio para sospechar la verdad, aun cuando la asombrase, no tuvo más remedio que creer en la extraordinaria actividad de su marido.
Mucho le costó a este último despertar pese a las insistentes llamadas de la señora Hilze. Y cuando, por fin, se puso en pie y estuvo en situación de contestar al interrogatorio a que se apresuró a someterlo ella, quiso fingir que nadie lo había ayudado, y que él solo, por un verdadero milagro de actividad y de laboriosidad, había preparado todo el trabajo.
Mas no convenció a su mujer. Durante todo el día ella le dirigió numerosas miradas llenas de recelo. También observó que si, por la noche, su marido pudo dar muestras de una actividad inexplicable, durante el día trabajaba menos que de costumbre, precisamente a causa de lo que había trasnochado.
La señora Hilze no acababa de darse por satisfecha. Hizo numerosas insinuaciones, llevó a cabo varias tentativas para hacer caer a su marido en un renuncio, a fin de que confesara aquella verdad incomprensible, pero el señor Kurtz no quiso decirle nada en absoluto. Comprendió que antes de satisfacer la curiosidad de su esposa, por otra parte, muy legítima, porque a él le habría sucedido lo propio, era más prudente consultar con los enanos, en el caso de que volviesen, antes de revelar su secreto.
Y así fué como transcurrió aquel día sin que la señora Hilze hubiera conseguido poner nada en claro.
Por la noche, se repitió casi exactamente lo ocurrido en la anterior. Después de cenar, el señor Kurtz, su esposa y el aprendiz Matías continuaron su respectivo trabajo con la mayor actividad. Y también hacia las doce, llegó un momento en que tanto el aprendiz Matías, como su ama, la señora Hilze, ya no pudieron más. A pesar de sus esfuerzos, se les cerraban los ojos y no podían concentrar la atención en el trabajo. El señor Kurtz los mandó a la cama y su esposa obedeció, aunque decidida a velar para ver qué ocurría.
Pero lo cierto es que en cuanto se hubo metido en la cama, se quedó profundamente dormida.
El sastre continuó trabajando. Con gran frecuencia volvía los ojos hacia la escalera, esperando a sus amables auxiliares de la noche anterior. La impaciencia que sentía le hizo creer que tardaban más, pero no fué así, porque, con una cortísima diferencia de tiempo, se presentaron a la misma hora que la noche anterior.
Se reanudó activamente el trabajo. El señor Kurtz fué hasta la habitación de su mujer para cerciorarse de que estaba bien dormida. La oyó roncar tan satisfecha, que no tuvo duda acerca de ello y luego volvió al taller para dirigir el trabajo y, al mismo tiempo, deseoso de interrogar a sus pequeños amigos.
Volvióse hacia el que parecía jefe de todos ellos y, después de darle las gracias por el valioso auxilio que le estaban prestando, añadió:
-Si no fuese pedir demasiado, te rogaría que me dieras cuenta de las razones que os han impulsado a ayudarme. Y también quisiera saber cómo conocéis con tanta perfección mi oficio. He de confesaros, francamente, que podríais darme muchas lecciones.
-Gracias, amigo Kurtz- le contestó el gnomo, ya anciano, al que se había dirigido-. Puedo contestar muy bien a tus preguntas y aclarar las dudas que acabas de manifestar. Aunque muy pocas son las personas que están enteradas de ello, lo cierto es que vivimos en los tejados de las casas. Cuando en ellas habitan personas buenas, afectuosas y, sobre todo, activas, nos complacemos en ayudarlas de mil maneras. Sin que se enteren, llevamos a cabo gran número de pequeños trabajos y no son pocas las jovencitas de la población que aun no se explican quién les lava los platos, ordeña las vacas, barre los suelos o bate la leche para hacer mantequilla y andan siempre vigilantes, por si acaso pueden sorprender a sus ignorados amigos. Al escuchar las conversaciones de muchos de los habitantes del pueblo, nos hemos enterado de la gran cantidad de encargos que te han hecho. Y como sabemos muy bien que eres un hombre activo y honrado, nos pusimos de acuerdo para ayudarte. Ya tienes explicado el misterio. Pero debo añadir -dijo el gnomo- que si quieres seguir recibiendo nuestra ayuda, es preciso que nadie se entere de ello. En cuanto lo supiera alguien más, aparte de ti mismo, no volverías a vernos.
Estas palabras dejaron muy pensativo y preocupado al señor Kurtz. En primer lugar quedó más agradecido y entusiasmado aun al oír la explicación que acababa de darle el gnomo, pero luego tuvo en cuenta otra cosa.
Sería absolutamente imposible ocultar lo que ocurría a su mujer. Era ella demasiado curiosa para no insistir en su deseo de enterarse. Por eso, el señor Kurtz se volvió al gnomo y le dijo:
-Esta última condición que me impones, aun siendo muy justa, no podré cumplirla. Ya mi mujer ha tenido esta mañana una de las mayores sorpresas de su vida, al darse cuenta del trabajo que habéis llevado a cabo y me ha hecho numerosas preguntas, que yo no he contestado. Pero insistirá una y otra vez, con la curiosidad y tozudez propia de las mujeres y, al fin, no tendré más remedio que decírselo.
-Bien -contestó el gnomo-, lo comprendo y me hago cargo de la situación en que te hallas. Por consiguiente, si quieres, dile la verdad. Pero, en cambio, ella habrá de abstenerse de vernos. Tampoco me fío yo de las mujeres. Y, sin que te ofendas, te diré que la tuya es una de las más chismosas del pueblo. Y no podemos permitir que nuestro secreto sea conocido por todo el mundo.
Así se convino. Los gnomos continuar trabajando durante toda la noche, con la mayor actividad y el señor Kurtz estaba satisfechísimo, al darse cuenta de que, sin ningún esfuerzo por su parte podría cumplir, no solamente los encargos que le habían hecho, con la puntualidad debida para que los trajes pudieran estrenarse el día de la fiesta del santo patrón del pueblo, sino que aun podría aceptar otros trabajas.
En cuanto se tiñó el cielo con las primeras luces del alba, los gnomos volvieron a dejar sus labores respectivas y desaparecieron por la escalera, para repartirse, sin duda alguna, por los tejados de las distintas casas de la población.
Se acostó el señor Kurtz, también muy fatigado, sin que lo oyera su mujer, y en cuanto se levantó, unas horas más tarde, lo hizo en extremo satisfecho, puesto que tenía la autorización debida para revelar a su mujer el secreto de lo que había ocurrido en las dos noches anteriores.
Sin embargo, y hasta la hora de la comida, no quiso satisfacer la curiosidad de la señora Hilze. Pero, antes de reanudar el trabajo por la tarde, le refirió detalladamente todo lo ocurrido, aunque recomendándole el mayor secreto, puesto que solamente podrían resultar grandes perjuicios para ellos de una indiscreción cualquiera.
Los vivos ojuelos de la señora Hilze centellearon de alegría al enterarse de aquel suceso maravilloso y complacida pensó en la envidia que le tendrían sus vecinas en cuanto conocieran el caso. Pero, sin embargo, comprendía muy bien la necesidad de conducirse con la mayor discreción. En cambio, no pudo ni quiso conformarse con la condición de que ella no había de ver a los gnomos que tan bondadosamente los auxiliaban. Eso ya era demasiado. Y le parecía imposible que su marido se hubiese conformado con semejante imposición.
-Bien, mi querido Kurtz –dijo. Estoy contentísima por lo que acabas de comunicarme, pero comprenderás muy bien que no me resigno a no ver a esos bondadosos gnomos. Quisiera manifestarles mi agradecimiento y aun obsequiarlos para corresponder de alguna manera a la bondad con que nos tratan.
-Te repito que es imposible en absoluto- dijo el señor Kurtz, en tono enérgico-. En cambio, me parece muy bien tu idea de obsequiarlos. Por consiguiente, esta noche prepara algunas golosinas para ellos.
-¿Cuántos son? - preguntó la señora Hilze.
-Veinte -contestó el sastre-. Podrías preparar un poco de leche caliente, mantequilla, pan y hacer una buena torta de manzanas. No te ocupes más en coser. Eso interesa poco. En cambio, me importa mucho más prepararles un obsequio.
Mal de su grado, la señora Hilze tuvo que resignarse, porque, a pesar de las numerosas insinuaciones que durante todo el día hizo y de los ruegos que dirigió a su marido, éste no se dejó ablandar. La condición impuesta había de cumplirse al pie de la letra. Y, por lo tanto, se mostró inflexible.
Mas, como buena chismosa, y como mujer que era, la señora Hilze no se resignó. A veces ya se daba cuenta de que su marido no podía obrar de otra manera. Comprendió también las razones que tenían los gnomos para no dejarse ver, pero luego la curiosidad disipaba todos aquellos razonamientos y la dominaba por completo. Y así, mientras pasaba el día, ocupada en los quehaceres de la casa, tan abandonados últimamente, y también cuando preparaba el refrigerio destinado a los gnomos, su mente no dejaba de imaginar un medio cualquiera que le permitiese ser testigo de lo que sucedía.
Aquella noche, algo antes de la hora acostumbrada, se marchó a la cama, mas con el secreto propósito de levantarse luego, en silencio, para observar a los gnomos. Se acostó, sin embargo, pero lo cierto es que sólo despertó a la mañana siguiente, cuando ya los gnomos llevaban horas lejos del taller.
Aquella noche habían acudido también y se manifestaron muy satisfechos en cuanto el señor Kurtz los invitó a tomar el refrigerio que les había hecho preparar. Transcurrió la noche activa y agradablemente ocupada y el buen sastre, en extremo alegre, creía resueltas ya todas las dificultades y, más especialmente, las que hubieran podido derivarse de la malsana curiosidad de su mujer.
Pero en eso se engañaba, porque la señora Hilze estaba resuelta en absoluto a conocer a los gnomos. No se fió más de sí misma, en vista del fracaso de su primera tentativa. Formó dos o tres proyectos más, pero, por una u otra razón, y ninguna debida, realmente, a su culpa, fracasaron también. Mas, al fin, pudo dar con el medio que andaba buscando.
Mientras tanto, los gnomos acudían todas las noches al taller. La mayor parte del trabajo pendiente estaba casi terminado ya y como sólo faltaban dos días para la fiesta religiosa, era de prever que, en breve, aquellos bondadosos gnomos no tuviesen ya ninguna ocupación en el taller del sastre.
-Pronto dejaremos de venir -dijo uno de ellos, al señor Kurtz-. Te hemos sacado de un verdadero apuro y como estamos contentos de ver que nos lo agradeces y que, además, nos obsequias todas las noches, cuando te veas nuevamente en un agobio de trabajo, llámanos y acudiremos a ayudarte.
La antevíspera de San Conrado fue cuando la señora Hilze resolvió satisfacer su curiosidad. Por la tarde, y a fin de no dormirse, había echado una siesta. Luego, después de cenar y mientras su marido y Matías estaban ocupados en el taller, dando los últimos toques al trabajo, se dispuso a llevar a la práctica su proyecto. Dirigióse a la alacena y se encaminó al rincón en que tenía un saco de guisantes secos. Tomó una haldada y, disimulada-mente, bajó al taller con el único objeto de subir otra vez la escalera. Derramó algunos guisantes secos en cada escalón y luego se acostó tranquilamente, segura de que, aun en el caso de que se durmiese, la despertaría el ruido
En efecto, llegada la hora en que solían presentarse los gnomos, éstos, que no sospechaban cosa alguna, se dispusieron a bajar la escalera corriendo. Y, como ya había previsto la señora Hilze, resbalaron todos, cayéndose y causándose numerosas contusiones que les obligaron a proferir algunos gritos de susto y de dolor.
Levantó el sastre la cabeza alarmado, y, al mismo tiempo, la señora Hilze saltaba de la cama para asomarse a la puerta y ver a los bondadosos auxiliares de su marido. Este se apresuró a socorrer a sus pequeños amigos, pero ellos, indignados por la traición de que acababan de ser víctimas y dándose cuenta, asimismo, de que todo se debía a la malsana curiosidad de la mujer del sastre, partieron, jurando no volver nunca más.
Y así fué. En vano la señora Hilze lloró muchos días, pesarosa de lo que había hecho y en vano, también, el señor Kurtz la hizo objeto de sus más severas reprensiones, porque los gnomos no volvieron nunca más. Y lo peor del caso fué que, enojados con los hombres, abandonaron sus viviendas y ya ninguno pudo recibir los beneficios de que los hacían objeto los simpáticos gnomos.
Y en memoria de este suceso, si vais algún día a Colonia, veréis que en una de sus más hermosas plazas hay una fuente monumental y, en ella, un bajo relieve que reproduce las principales escenas de la presente historia. Pero es todo cuanto queda de los gnomos que, a partir de entonces, ya no se dejaron ver más de los hombres.

012. anonimo (alemania)

La catedral de aquisgrán

Todos habréis oído hablar de Carlomagno, del glorioso emperador, que dominaba una gran parte de Francia y de Alemania, así como de los Países Bajos y que, durante tantos años, se distinguió por una lucha incesante y victoriosa contra los infieles musulmanes. Ayudado por sus paladines y, desde luego, también por su propio valor, llevó a cabo hazañas increíbles. En España, según cuenta la leyenda, dió varias batallas a los moros y a causa de la traición de uno de sus capitanes, sufrió la derrota de Roncesvalles, donde perdió su vida el valeroso Rolando [1] , así como la flor y nata de los ejércitos franceses.
Pero, por fortuna, en la mayor parte de las batallas que daba, solía alcanzar la victoria, de modo que con el transcurso de los años aumentaba su poderío y su grandeza, así como, también, la fama que en todo el mundo daba a conocer sus virtudes y lo señalaba como el monarca más valeroso, más caballeresco y noble de toda la cristiandad.
Era el emperador muy buen católico y siempre daba pruebas de la mayor reverencia, con respecto a las cosas relacionadas con la religión. Cuando, por último, decidió hacer de Aquisgrán la capital de su imperio, díjose que debería hacer construir allí una magnífica catedral. Y tuvo el propósito de que fuese tan grande y hermosa, que en todo el mundo cristiano no hubiera otra que se le pudiera comparar.
Quería el emperador que las torres de la catedral fuesen más altas y más llenas de calados que las de Notre-Dame, los muros provistos de más ventanales que la de Chartres, el interior de la nave más policromado que el de la famosa catedral de Santa Sofía, y que el conjunto fuese aún más monumental que la de Toledo. Además, deseaba que su capacidad fuese tal, que en el interior de la iglesia cupiera holgadamente todo un pueblo. Y en cuanto a todos los ornamentos y objetos propios del culto, habrían de ser de los más preciosos metales, enriquecidos por las más espléndidas gemas que se pudieran hallar.
Llamó, pues, a los mejores arquitectos de aquella época, les ordenó hacer un proyecto de la catedral soñada y, al fin, tras de muchos tanteos y reformas, el emperador dió su aprobación a uno de los proyectos.
Entonces fué preciso pensar en el dinero. La construcción de aquella catedral inmensa, maravillosa y, sobre toda ponderación, grandiosa, había de exigir sumas enormes. Grandes eran las riquezas del soberano, y sin vacilar las dedicó por completo a la realización de tan meritorio proyecto. Se empezaron inmediatamente las obras, con gran número de obreros y abundantes materiales de construcción, y aun cuando se daban la mayor prisa en levantar los muros de la inmensa nave, el trabajo no progresaba mucho, de modo que, después de algunos años, Carlomagno que, en un claro de sus expediciones por el occidente europeo, pudo volver a Aquisgrán, observó que al paso que llevaba aquella obra, no la vería él terminada en todos los días de su vida, por larga y dilatada que fuese.
Dió mayor actividad a los trabajos, pero apenas si se consiguió algún progreso sensible.
Carlomagno estaba muy preocupado, porque, realmente, le interesaba terminar aquella catedral, y tenía la ilusión de que antes de morir le fuese dable contemplar el edificio ya construido.
Cierto día estaba lejos de Aquisgrán, en su tienda de campaña, y pensando en la catedral.
-Es una verdadera lástima -se dijo- que yo no pueda dar a los trabajos el impulso que sería deseable.
Apenas había pronunciado estas palabras en voz baja, hablando consigo mismo, levantó, extrañado, la mirada, al ver que, de repente, y sin que él lo viera entrar, se le había aparecido un caballero.
Era un hombre alto y flaco, vestía un traje de terciopelo verde, con medias y zapatos de igual color. De su cinto colgaba una riquísima espada y en la mano izquierda sostenía un gorro adornado con una espléndida pluma, sujeta por un broche de brillantes. Las facciones de aquel individuo eran muy raras. Los ojos eran negrísimos y poseían intenso brillo. La nariz aguileña, la boca de labios delgados y el bigote y la barba, así como las cejas y el cabello, eran de color intensamente negro. Hizo una reverencia al soberano y éste, extrañado, le preguntó quién era.
-Nunca me habías visto hasta ahora ¡oh, rey! -contestó el desconocido, pero como estoy enterado de tus cuitas y del ardiente deseo que tienes por terminar la catedral de Aquisgrán, he venido a ofrecerte mis servicios.
-¿Y quién eres? -preguntó el soberano, cada vez más extrañado.
-Me parece imposible que no lo hayas adivinado aun -contestó el desconocido. Mírame bien y pronto hallarás la respuesta a tu pregunta.
Carlomagno fijó atentamente los ojos en aquel hombre y al observar la expresión de su fisonomía ya no tuvo duda ninguna. Era el Diablo.
-¿Acaso debo entender que eres Satanás? 
-Preguntó.
-El mismo -contestó el interpelado. Y como te decía antes, he venido a ofrecerte mis servicios, para terminar la construcción de la catedral. Si aceptas las condiciones que voy a exponerte, la dejaré terminada en tres meses. Te proporcionaré todos los tesoros que necesites para llevar a cabo las obras y éstas progresarán de un modo insospechado y maravilloso, sin que tus obreros tengan que hacer esfuerzo alguno. Y como única recompensa te pido que me cedas, en cuerpo y alma, el primer ser viviente que salga a tu encuentro, a saludarte, cuando llegues a tu palacio de Aquisgrán, después del fin victorioso de la guerra.
Quedóse Carlomagno perplejo al oír aquella extraña petición. Se esforzó en recordar cuál era el primer ser viviente que solía acudir a recibirlo, al regreso de sus viajes o de sus guerras. Y recordó que, invariablemente, era su fiel perro Weiss el primero que acudía, gozoso, a dar saltos de alegría a su alrededor y a lamerle las manos, sin dejar de ladrar. Y aun cuando el emperador quería mucho al fiel animal, no dudó un instante: más valía terminar rápidamente la catedral, que la vida de un perro. Además, tuvo la certeza de que Dios le agradecería aquel sacrificio. Por esto se volvió al Diablo y le dijo:
-Trato hecho. Puedes tomar las disposiciones necesarias para que se activen las obras de la catedral y a mi llegada a Aquisgrán te entregaré al primer ser viviente que acuda a saludarme.
-Contigo no hay ninguna necesidad de redactar un contrato -replicó Satanás-. Me consta que eres hombre de palabra y estoy persuadido de que la cumplirás. Por lo tanto, oye ahora cómo vamos a hacerlo. Una vez haya terminado la construcción de la catedral y estén hechos los preparativos para celebrar en ella el primer servicio religioso, tú te dirigirás al edificio, llevando a tu lado, y muy bien tapado con una manta, el ser que hayas de entregarme. Yo estaré acurrucado detrás de la huerta principal de la iglesia. Con objeto de que nadie se dé cuenta de lo que ocurre, ordenarás a unos hombres que introduzcan el bulto y lo dejen detrás de la puerta de la iglesia. Yo entonces, lo recogeré y me apresuraré a marchar. A partir de aquel momento, la catedral será tuya y podrás hacer de ella lo que te convenga.
-Estamos de acuerdo -dijo el emperador.
El desconocido, simplemente, se desvaneció, porque nadie habría sido capaz de observar su salida. En el aire de la tienda flotó unos instantes un olor raro, como si se hubiese quemado algo pero no tardó en desaparecer aquella última huella de la presencia del diablo.
La guerra en que el emperador estaba ocupado llegaba ya a su terminación. El enemigo había sido derrotado en dos o tres batallas principales y sólo faltaba acabar de vencer la resistencia de algunos pequeños núcleos enemigos, de modo que, un mes después, la empresa había terminado victoriosamente. Reuniéronse los trofeos conquistados en aquella expedición bélica y, se organizó la marcha hacia Aquisgrán.
El viaje duró ocho días. Unos correos precedieron al grueso de la comitiva, para anunciar la llegada del monarca y de sus victoriosos capitanes, así como, también, del grupo de jefes enemigos que habían sido hechos prisioneros. Doblaron y repicaron, gozosas, las campanas de todas las iglesias de la ciudad y sus vecinos, en traje de fiesta, se lanzaron a la calle para llenar casi el camino que había de seguir la comitiva al dirigirse al palacio.
La hija de Carlomagno quería mucho a su padre. La princesa Belle, pues tal era el nombre que le daban todos, a causa de su extremada hermosura, acudía todas las tardes, a la más alta torre de su palacio, para mirar a lo lejos y darse cuenta de si llegaba la comitiva capitaneada por su padre. Y en cuanto los correos hubieron anunciado que, pocas horas después, estarían ya en Aquisgrán, el emperador y todos los que formaban su séquito, la hermosa joven, acompañada por dos de sus damas, no se movió ya de su observatorio, en espera de la ocasión de abrazar a su padre, al que, según ya se ha dicho, amaba de un modo extremado.
En cuanto descubrió, a lo lejos, la nube de polvo que levantaban los caballos, la joven profirió un grito de alegría y echó a correr escalera abajo, seguida por sus damas, con objeto de ser la primera en abrazar a su padre.
Al frente de todos los cortesanos y de los altos funcionarios del palacio, la joven aguardaba en el vestíbulo. El emperador, seguido por sus validos, se apeó delante de la puerta de su palacio, entró en él y se arrojó en brazos de su hija, sin pensar en otra cosa ni acordarse de la promesa que hiciera al Diablo. Y tampoco se fijó en que antes de entrar en el edificio, pasó por delante de una jaula, en la que estaba encerrado un lobo. La fiera, movida por un impulso realmente extraordinario, e inexplicable, al pasar el emperador dió un gemido, meneó el rabo y pasó el hocico por entre los barrotes, con el deseo de lamer la mano del emperador, en el momento en que pasaba por su lado. Este no observó aquel incidente, pues tenía los ojos fijos en su hija, que se precipitaba en sus brazos. Pero uno de sus servidores que iba siempre a su lado, muchacho listo y buen observador, vió, extrañado, la extraordinaria conducta de aquel lobo.
-¡Querido padre! -exclamaba, mientras tanto, la princesa Belle, besando y abrazando a Carlomagno. ¡Cuánto me alegro, de ser la primera en abrazarte y felicitarte por tu victoria! ¡Oh, qué contenta estoy de que hayas vuelto!
Correspondió el emperador a las caricias de su hija, pero, de pronto, se quedó rígido, separó a la joven, poniéndole las manos en los hombros y la abrazó de nuevo, mientras de sus ojos surgían algunas lágrimas, porque acababa de recordar la promesa que, imprudentemente, hiciera al Diablo.
-¿Qué tienes, padre? -preguntó la princesa Belle, al notar la extraña conducta del emperador.
-Nada, querida hija -contestó él. Simplemente que la alegría de verte apenas me ha permitido corresponder a tus caricias. Y ahora bien, ¿qué ha sido de mi perro Weiss? ¿Por qué no ha venido a mi encuentro?
-Murió hace muy pocos días, padre. El pobre era muy viejo -contestó la princesa con acento triste.
Al oír tales palabras, el emperador dió un gemido. No tenía más remedio que entregar a su hija al Diablo. Y comprendió que éste había presentido ya la muerte del perro y le propuso aquel contrato, persuadido de que, gracias a él, lograría apoderarse de la princesa Belle.
Pero el emperador se rehizo, porque era hombre enérgico, valeroso y estaba lleno de recursos. Y se propuso consultar con los hombres más sabios de su corte, para ver si podía encontrar el medio de salir del apuro y de salvar a su hija.
Al día siguiente fué a visitar la catedral en construcción. Las obras progresaban con extremada rapidez, de tal manera, que los mismos maestros de construcción se manifestaban verdaderamente extrañados y satisfechos. Vió el emperador que se habían elevado ya todos los muros y que empezaban los preparativos para construir los techos, las bóvedas y las cúpulas, así como también se disponían a rematar las torres. Estas obras quedaron terminadas asimismo con una rapidez extraordinaria, de tal manera que ya se pudo pensar en el adorno interior del templo.
Esta era, quizá, la obra más costosa de todas y la que mayor cantidad de dinero exigiría. Estaba el emperador algo preocupado por esta circunstancia cuando, un buen día y mientras se hallaba en el subterráneo del palacio, buscando en el archivo unos documentos que necesitaba, le llamó la atención ver en un muro unas señales que le hicieron sospechar la existencia de una puerta tapiada. Mandó que acudiesen dos albañiles para quitar el obstáculo y de este modo se descubrió una inmensa cámara desprovista de toda ventana y que resultó estar llena de fabulosos tesoros en metales, preciosos y gemas de sin igual riqueza.
No tenía el emperador la más pequeña noticia de aquel tesoro y, fundadamente, supuso que lo habría colocado allí el Diablo, en cumplimiento de su promesa, con objeto de permitir la terminación de las obras de la catedral. Y esta prueba de formalidad por parte del Diablo, dejó anonadado al emperador, porque, moralmente, lo ponía en mayor obligación de cumplir, a su vez, lo pactado.
Sumido en sus tristes pensamientos y en gran preocupación, regresó el monarca a sus habitaciones.
Lo aguardaba en una de ellas la princesa Belle que, después de darle un beso y un abrazo, le preguntó por la causa de su disgusto. El quiso disimular, pero contestó de un modo tan poco convincente, que la hermosa joven comprendió que no le decía la verdad y, acosándolo a preguntas, acabó por conocerla.
-Ya ves -dijo entonces el emperador- cuál es el apuro en que me encuentro, querida hija. Y lo peor es que aun cuando he consultado a los hombres más doctos de mi reino, me ha sido imposible encontrar la manera de eludir la obligación contraída.
Permaneció Belle unos instantes, pensativa, y luego, sonriente, dijo:
-No te apures, padre. Con el mayor gusto me prestaré a que cumplas la promesa hecha al Diablo. Así habrás logrado construir una bellísima catedral, en honor y para mayor gloria de Dios, de la Virgen María y de todos sus santos, sin más sacrificio que el de mi vida, cuya duración nadie podría haber adivinado. Y, además, ¡quién sabe si el diablo me tratará bien!
-No me resigno yo tan fácilmente, hija -contestó el emperador cabizbajo-. Convocaré a mi consejo y buscaremos la manera de arreglar el asunto.
Se dirigió el rey a su estancia, donde lo esperaba su criado Alain, el mismo que había observado la extraña conducta del lobo enjaulado, cuando llegó el emperador. Acogió respetuoso a su señor y al observar que estaba muy preocupado, se permitió preguntarle si se hallaba indispuesto.
Llevaba Alain muchos años al servicio del emperador y éste lo quería sinceramente. Además, en numerosas ocasiones había podido comprobar que era un muchacho fiel e inteligente. Por eso no tuvo inconveniente en darle cuenta de los motivos de la pena que sentía. Y en cuanto lo hubo terminado, Alain sonrió y dijo:
-Si no tienes más motivo de pena que ése, señor, puedes desecharlo. Cuando llegamos a palacio pude fijarme en que un lobo enjaulado, que se hallaba ante la puerta de entrada, dió un gemido de pena por no poder llegar hasta ti y sacó luego el hocico por entre los barrotes, deseoso de lamerte la mano. Ese fué, pues, el primero que te saludó a tu llegada y ésta, también la víctima que has de ofrecer al Diablo.
-¿Estás seguro? -preguntó Carlomagno, sin atreverse a creer en tanta felicidad.
-En absoluto, señor. Precisamente fué un detalle que me extrañó, porque nunca había visto a una de esas fieras que manifestara tanto afecto por un hombre.
-Si dices la verdad, Alain -contestó el emperador-, juro, por la Virgen María y por su Divino Hijo, que voy a colmarte de riquezas.
Y, muy satisfecho, el emperador volvió sobre sus pasos, para comunicar a la princesa la noticia que acababa de recibir. Después se dirigió a la puerta de palacio y pudo ver que allí continuaba aun encerrado el lobo que lo saludó en primer lugar a su llegada a Aquisgrán.
Se acercó a la jaula del animal y pudo observar que éste, como perro sumiso y cariñoso, meneaba primero el rabo, profería luego unos gemidos de pena y al fin sacaba repetidamente la lengua, en su deseo de lamer la mano del emperador. En una palabra, se conducía como hubiera podido hacerlo el más cariñoso de los perros.
-¡Bendito sea Dios! -exclamó con reverencia el emperador Carlomagno, levantando los ojos al cielo.

* * *

Mientras tanto se aceleraban los trabajos en el interior de la iglesia. Llamados por el emperador, habían acudido a Aquisgrán los mejores artistas y artífices de la época. Los primeros cubrieron las bóvedas y algunas paredes con pinturas al temple, que aun en la actualidad son la maravilla de quienes las contemplan. Otros construyeron altares, púlpitos, hornacinas y candelabros. Los mejores imagineros labraron las efigies de la Virgen, de su Divino Hijo y de los santos más notables de la corte celestial. Los joyeros labraron cálices, custodias, vinajeras, atriles, incensarios y otros objetos propios del culto. Los vidrieros cubrieron las ventanas y los rosetones de vidrios de todos los colores, sujetos por tiras de plomo y de modo que formasen un mosaico en el que se reproducían imágenes y vidas de santos. Los ebanistas construyeron las sillas del coro, la parte correspondiente a los altares y los demás muebles propios de la iglesia, y, en una palabra, todos se esforzaron y esmeraron en hacer algo maravilloso que. a la vez, deleitaba la mirada, infundía el respeto por aquella magnífica casa de Dios y daba a entender la munificencia y el acendrado espíritu religioso del emperador que había imaginado tan hermosa obra.
Y así llegó el día de la inauguración. Se eligió con todo cuidado, procurando que coincidiera con una festividad señalada en el calendario católico. El obispo bendijo la catedral nueva, con objeto de que al día siguiente pudiera ya dedicarse al culto. Y llegó el momento en que el emperador había de cumplir la promesa hecha al Diablo, puesto que era preciso reconocer que este, por su parte, se había atenido escrupulosamente al contrato.
La víspera del señalado día, Carlomagno dió a su criado Alain las instrucciones pertinentes. Y a la mañana siguiente se organizó el cortejo para dirigirse a la catedral. A la cabeza de todos y separados de la comitiva que presidía el mismo emperador, iban cinco hombres que sobre unas fuertes barras de madera llevaban algo cuidadosamente cubierto por las mantas. Y siguiendo las instrucciones que se les habían dado, aquellos hombres atravesaron la puerta principal de la basílica y, dirigiéndose luego hacia la izquierda, dieron la vuelta en torno de la media puerta abierta para dirigirse al rincón que la hoja de madera formaba con la pared. Y allí dejaron en el suelo el bulto que transportaban.
Apenas lo hubieron hecho y cuando se incorporaban, pudieron ver en el rincón a un individuo que, a causa de la obscuridad, se les apareció de un modo vago e impreciso. En cambio, sus ojos encendidos se divisaban con la mayor claridad. Y aquel individuo dio un extraño rugido, un salto y, al parecer, enfurecido, se desvaneció en humo, de modo que los dos servidores del emperador que presenciaban, mal de su grado, aquella escena espantosa, huyeron despavoridos hacia el exterior.
Carlomagno, que ya esperaba algo por el estilo, interrogó a los cinco hombres y al oírla explicación que ellos le dieron, comprendió muy bien lo sucedido. El Diablo se había sentido chasqueado y huyó colérico al comprobar que no podría hacerse dueño de la princesa Belle.
Carlomagno elevó los ojos al cielo y, mentalmente, dió las gracias a Dios por la merced que le había hecho. Y sin explicar a nadie lo sucedido, ni dar cuenta tampoco, de la alegría que experimentaba, penetró en la basílica, se arrodilló reverentemente ante el altar mayor y elevó al Altísimo una fervorosa oración.
Y es fama que aquel lobo, a pesar de su fiereza natural, se convirtió, en adelante, en el más fiel de los perros para con el emperador. Lo seguía por todas partes y también a la guerra, y, en más de una ocasión, le salvó la vida. Todos lo temían, porque de nadie se dejaba tocar siquiera. Sólo el emperador tenía sobre él absoluto dominio y únicamente, al monarca le dedicaba todo el afecto de que era capaz.

012. anonimo (alemania)


[1] Véase "La canción de Rolando"

Cuando el bosque habla

Había una preciosa montaña, toda vestida de bosques, donde convivían las ardillas, pájaros carpinteros, ruiseñores, jabalíes, entre otros muchos animales.
Al subir por la montaña se encontraba dos caminos que se dividían en una extraña forma de i griega, el camino de la derecha era una subida bastante fuerte y la vegetación era mucho más densa, el de la izquierda dominaba un valle de cerezos en flor.
Una parte del camino, el que subía, estaba alfombrado de toda clase de piedras. Cualquiera diría que estas piedras tenían vida propia, porque si uno afinaba muy bien el oído hasta podía oírlas hablar:
¿¡Has visto!? Preguntó una piedra triangular a otra hexagonal con un tono de ofensa inaudita.
No, ¿qué pasó? Dijo la otra casi con un bostezo, porque hacía mucho tiempo que nadie la cambiaba de sitio.
Han venido unos humanos y dejaron un escritorio de tres patas allí...
¿Dónde?
Allííí, ¿no lo ves? En ese barranco.
Las demás piedras prestaron más atención también, y estirándose todo lo que pudieron, observaron el escritorio de tres patas. La que dio la voz de alarma, casi se tuvo que tapar las orejas, porque todas las piedras del camino empezaron a comentar como locas a la vez, la osadía de dejar allí mismo un mueble, ¿Cómo era posible aquello? En medio de pinos añejos, y de algún que otro roble casi abuelo, yacía un viejo y destartalado escritorio, que le faltaba algún cajón, la barandilla de arriba estaba suelta y maltrecha, pero que además, estaba todo rallado por la caída.
Qué tristeza más grande, después de tantos años de servir, de enseñar, de dar todo de mí, aquí termino mis días..., Se quejaba el escritorio.
¡Eh! Qué te pasa, por qué estas lloriqueando y además recostado en mi tronco, no se por qué, me suenas conocido.
El escritorio con un poco de timidez intentó quitarse del árbol tan grandote, pero claro solo tenía tres patas así que fue a dar de cabeza contra otro colega aunque esta vez quedó patas para arriba.
Ahh... No sé que hacer, es muy difícil estar aquí, me han abandonado por tener solo tres patas, mi cuarta pata no se podía reparar más, así que me tiraron, como un viejo trasto. Yo también creo sentir algo especial aquí, pero... no sé qué es con exactitud.
Yo siento que tu tienes algo mío, le contestó un roble viejísimo, quizás somos parientes y todo.
Anda, es verdad, tu madera es igual que la mía, y mira aquí, la forma de esta veta, aquí debajo se parece a esa tuya, aunque bien mirado la tuya es más pequeñita.
¡Sí, tienes razón! Esto ha de ser porque mi padre la tenía mucho más grande. Dijo el árbol alegrándose con todas sus hojas al aire.
Estos dos siguieron charlando como si se conocieran de hace años mientras que más arriba se podía oír:
¡Socorro, que alguien ponga el freno!, Gritaba tanto como podía un viejo neumático que caía rodando cuesta abajo, rebotando contra todo lo que se encontraba por el camino. Toda una estela de murmuraciones dejó detrás de sí el neumático, antes de caer redondo entre la zarzamora.
A no muchos metros de allí, se oía otra voz lamentándose:
¡Ah, que cosa más repugnante! Con lo delicada que siempre he sido, con el cuidado que siempre me han tratado, con tantos placeres que he brindado... Estar aquí no es justo, todo este polvo, todas las hormigas que están subiendo por mis costados y este pajarraco que no deja de mirarme e intentar picotearme sin parar.
Oiga, un poco más de respeto que yo soy un Señor Carpintero, y usted ha caído aquí, sin pedir permiso a nadie, por cierto... ¿Qué clase de cosa es usted?, Porque a decir verdad, es imposible hacer un agujero de los bonitos como yo hago. Le soltó el pájaro carpintero, restregándose el pico en su ala.
Ja, Ja, Ja, Se rió. ¿No sabe quién soy? Si soy de lo más importante, y sobre todo necesaria, soy una nevera, averiada, eso sí, pero nadie me quitará mi condición de nevera de cinco estrellas. Terminó diciendo la nevera ufana, como si se estuviera mirando las uñas recién pintadas.
Como de costumbre, el guarda forestal pasaba con su todoterreno y no le quedó más remedio que detener el vehículo. Todo el bosque se sentía agradecido por su presencia ya que él era el único que los cuidaba y protegía. El guarda prestó atención, porque oía algo fuera de lo normal, al acercarse vio una ardilla corriendo dentro de una lavadora sin poder parar, tenía mucho miedo cuando vio la mano del hombre, pero se dejó salvar de ese martirio maratoniano.
Sí que corres más rápido ahora ardilla, parece que has estado entrenando mucho ahí dentro. Dijo el hombre de verde al ver como huía el animalito. ¡Buf! Buena la tenemos hoy, han dejado tirado de todo por aquí. ¡Ay, ay, ay!
Pensaba que se estaba creando una costumbre, cuando les estorba algo o les queda viejo, no tenían mejor lugar donde ir a tirar las cosas que al bosque. Dentro de poco tendría lugar la fiesta de verano del pueblo, aprovecharía para crear una campaña de solidaridad con el bosque y reclutaría voluntarios que ayuden a limpiar el bosque.
Una de las primeras cosas que hizo el guarda forestal fue poner un gran cartel anunciando:
Salvemos los pulmones de la tierra, nuestros bosques nos dan el aire puro. Los bosques son el jardín de todos, Cuidarlo y mantenerlo limpio también es cosa de todos.
Mucha gente de todas las edades se apuntó para ir al bosque a limpiar y los restos encontrados los pondrían, un día en la plaza del ayuntamiento para que todos puedan contemplar, y leer el cartel que dice:
¿Te gustaría tener ésto en el salón de tu casa?

012. anonimo (alemania)