Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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martes, 15 de mayo de 2012

El niño perdido

Hubo hace muchísimos años un gran señor que poseía incalculables riquezas, pero no era feliz por carecer de heredero a quien legárselas a su fallecimiento.
Así llegó a la madurez, sintiéndose cada día más viejo y en este estado de ánimo acudía semanalmente a misa, acompañado de su esposa, para pedir a Dios que le concediera un hijo.
En esta triste situación permanecieron muchos años. Finalmente les nació un robusto niño, pero la noche anterior tuvo el padre un sueño extraño.
Le pareció ver a un anciano que le predijo el nacimiento de un varón, anunciándole que debía procurar que no tocara el suelo con los pies antes de cumplir los doce años, si no quería que le sucedieran irreparables desgracias.
Innumerables nodrizas a quienes se le confió el cuidado del tierno infante recibieron oportunas instrucciones para que no le permitieran tocar el suelo hasta llegar a la edad fijada.
Ya habían transcurrido once años y once meses desde el día de su nacimiento; se aproximaba la fecha en que el maleficio fatal dejaría de existir.
Los padres, contentos, se proponían dar una fiesta para conmemorar el fausto suceso.
De repente, una mañana antes del cumpleaños, hubo un temblor de tierra; la nodriza, que tenía en sus brazos al niño, lo dejó caer asustada.
Cuando quiso recogerlo no lo encontró. Había desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra.
Atraídos por sus gritos y lamentaciones, acudieron los demás criados del castillo y poco después se presentó también el señor.
Muy alarmado al observar la inquietud de los domésticos, preguntó dónde estaba su hijo, y la nodriza, temblando como las hojas del álamo y con los ojos arrasados en lágrimas, le refirió lo sucedido.
Fácil es imaginarse la angustia del padre al ver desvanecerse en un instante sus más caras esperanzas. Inmediatamente despachó varios criados en todas direcciones, encargándoles que no volvieran sin su desaparecido hijo. Rogó, suplicó, vertió el oro a manos llenas y prometió crecidas recompensas.
Pero todo fue inútil. La tierna criatura no pudo ser hallada. Había desa-parecido, tal vez para siempre.
Pasó el tiempo. Un día el afligido padre se enteró de que en una de las más amplias salas del castillo se percibía al llegar la medianoche un rumor de pasos y el sonido inconfundible de quejas amargas exhaladas por una garganta humana.
Deseoso de averiguar la causa de aquella anomalía, con la intuición de que aquel descubrimiento podía llevarle tal vez al conocimiento de lo que tan ardientemente deseaba, hizo pregonar en todas las aldeas de sus dominios que entregaría trescientas coronas de oro a quien se atreviera a pasar una noche en el interior de la estancia de referencia.
No faltaron personas que se prestaron a hacer la prueba, pero ninguna llegó al fin. Cuando, a la medianoche, empezaban a percibirse los gemidos, todos salían disparados, prefiriendo conservar la vida pobres a arriesgarla por trescientas coronas.
De ese modo el noble castellano permanecía todavía en la duda de que el autor de aquellos gemidos fuese su hijo o alguna ánima en pena.
Sucedió, empero, que en las inmediaciones del castillo habitaba una pobre viuda, molinera de profesión y madre de tres hijas de notable hermosura.
Cuando a la humilde cabaña llegó la noticia de que el señor del castillo ofrecía trescientas monedas de oro a quien osara dormir una noche en la cámara donde se percibían los extraños ruidos, la hija mayor dijo a su madre:
-Creo, madre mía, que no tenemos nada que perder. Esas trescientas coronas aliviarían bastante nuestra miseria. ¿Por qué no me permites que pruebe?
La pobre madre vaciló, pero ante la insistencia de la hija y, sobre todo, atemorizada por los días de hambre que se le avecinaban, consintió al fin.
Al día siguiente, la mayor de las hijas de la molinera se encaminó resueltamente al castillo.
-Vengo a dormir esta noche en la cámara de los duendes -dijo al criado que salió a abrirle la puerta.
El mismo señor salió entonces a recibirla y le preguntó:
-¿No te dará miedo, muchacha?
-¡Bah! Más miedo me da el hambre. Lo único que leruego es que me proporcione provisiones suficientes para hacerme una buena cena, pues tengo un apetito de avestruz.
El castellano ordenó que se le facilitara todo cuanto pidiera y la muchacha no se quedó corta, pues con los víveres que exigió se habrían podido confeccionar más de doce platos distintos.
Tan pronto como los tuvo en su poder, la garrida moza se encerró en la habitación, encendió una bueno hoguera, puso en ella agua a calentar y luego puso la mesa y se preparó la cama.
Lentamente fueron pasando las primeras horas de la velada. Finalmente dieron las doce, y, apenas hubo el reloj desgranado la última campanada de la medianoche, cuando la molinera percibió los pasos de alguien que se aproximaba.
Llena de temor, levantó la cabeza y se encontró con un adolescente que la miraba con fijeza y que le preguntó:
-¿Para quién es esa cena!
Ella repuso secamente:
-Para mí sola.
Se nubló de tristeza el pálido semblante del desconocido. Dirigió una nueva mirada pesarosa a la muchacha y, tras algunos instantes de mutismo, tornó a preguntar:
-¿Para quién has servido la mesa?
-Para mí sola -contestó ella con la misma acritud que antes.
La frente del mancebo sé arrugó. Sus hermosos ojos azules se humedecieron. Con voz trémula, dijo interrogativamente:
-¿Para quién has mullido esa cama?
A lo que ella respondió con la misma indiferencia egoísta:
-Para mí sola.
El desconocido se echó a llorar como una Magdalena, se retorció deses-peradamente las manos y desapareció.
A la siguiente mañana, la mayor de las hijas de la molinera relató al noble castellano todo cuanto había sucedido durante la noche, sin hacer referencia a la penosa impresión que la sequedad de sus respuestas había producido al fantasma.
El desdichado padre pagó religiosamente las trescientas coronas y se regocijó en medio de su pesar por haber logrado descorrer un tanto el velo del impenetrable misterio.
Se presentó aquel atardecer la segunda de las hijas de la molinera que había recibido instrucciones de su hermana sobre lo ocurrido y conocía las preguntas que el aparecido había de hacerle.
El señor del castillo la acogió con grandes muestras de alegría y ordenó a sus criados que le facilitasen todo cuanto apeteciera. Inmediatamente se trasladó ella a la sala, encendió una buena fogata, puso a hervir sus pucheros, cubrió la mesa con albo mantel y, mientras se hacía la cena, mulló cuidadosamente el colchón de la cama.
Al dar la medianoche notó los pasos del desconocido, que se aproximó a ella sin que la hija de la molinera experimentara el menor temor, y le preguntó:
-¿Para quién has hecho esa cena?
-Para mí sola -respondió ella con la misma sequedad que su hermana.
Con profunda tristeza retratada en su hermoso semblante continuó preguntando el doncel:
-¿Para quién has servido era mesa?
-Para mí sola -contestó la muchacha sin volver la cabeza.
El mancebo lanzó un suspiro melancólico.
-¿Para quién has mullido esa cama?
-Para mí sola.
Se retorció desesperado las manos el desconocido y desapareció.
Cuando la segunda de las hijas de la molinera refirió al noble castellano cuanto había visto y oído, éste le entregó las trescientas coronas estipuladas y quedó ensimismado en profundos reflexiones.
Pero aquella misma tarde se presentó en el castillo la tercera y más joven de las hijas de la molinera, que se ofreció a pasar la noche en la cámara de los misterios, después de haber obtenido la aprobación de su madre, no sin gran trabajo, pues aquélla amaba a su hija menor mucho más que a sus hermanas.
El señor del castillo la recibió con tanta deferencia como a las mayores y dispuso que se le diese lo suficiente para dar de comer a seis personas, eligiendo él mismo los manjares, y entregándole un servicio completo de platos y cubiertos para dos personas.
La muchacha penetró en la estancia, encendió el fuego y puso las vituallas a calentar, haciendo entretanto la cama.
Mientras terminaba de hacerse la cena, la muchacha puso sobre la mesa un rico mantel, y encima de éste los platos, los cubiertos y las servilletas, así como los vasos.
Lenta, muy lentamente, sonaron las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente se percibió un ruido extraño, rumores de pasos, suspiros entrecortados, quejas, llantos...
Asustada, la molinerita miró en torno suyo, pero no vio a nadie. Ya iba a lanzar un grito de espanto, por miedo a lo sobrenatural, cuando distinguió de repente a un pálido mancebo que la miraba con tristes ojos.
Ella le sonrió entonces y lo invitó a sentarse con un gesto, pero él, antes de aceptar, le preguntó:
-¿Para quién es esa cena que preparas?
-Para nosotros dos -respondió la muchacha sin vacilar.
-¿Para quién has puesto esa mesa?
-Para nosotros dos. ¿No ves acaso los dos cubiertos?
El mancebo, con los ojos brillantes de alegría continuó preguntando:
-¿Para quién es esa cama?
-Para ti solo. Yo dormiré en una silla.
Trémulo de júbilo, el joven se arrodilló a los pies de la molinerita y cubrió de besos sus manos.
-¡Gracias, muchas gracias! -exclamó.
Luego se levantó y añadió:
-Pero antes de cenar tengo que transmitir mi reconocimiento a mis bienhechores.
Un soplo de aire fresco inundó de repente la habitación. En el centro de ésta se había abierto una trampilla por la cual se apresuró a descender el desconocido, pero la joven molinera, que se sentía invadida por la curiosidad, se agarró al extremo de su capa y bajó detrás de él.
Llegaron al fondo y allí se desplegó ante los ojos de la muchacha un mundo extraño.
Corría a su diestra un río de oro líquido, mientras que a su siniestra se alzaban colinas del mismo resplandeciente metal. Frente a ella se extendía una pradera vastísima, esmaltada con césped de un verdor deslumbrante y flores policromas.
A medida que avanzaba el desconocido, lo seguía la joven a muy poca distancia, procurando que él no la descubriese.
Ella lo vio saludar a las flores del prado con tanta deferencia y cariño como si fuesen antiguas conocidas, besando a algunas, acariciando a otras, despidiéndose de ellas con frases amorosas y lisonjeras.
Finalmente penetraron en una selva cuyos árboles eran de oro macizo. Multitud de pájaros de todas clases y colores empezaron a lanzar armoniosos trinos cuando distinguieron al pálido mancebo, revoloteando alrededor de él y posándose familiarmente en su cabeza y hombros, mientras él acariciaba a las lindas avecinas.
La molinerita quebró una de las ramas de un árbol y se la guardó en el pecho para tener un recuerdo de aquel reino de maravilla.
Pasaron de la selva de oro a otra cuyos árboles eran todos de plata. Infinidad de animales de todas especies saludaron con grandes muestras de alegría la llegada del mancebo, acercándose a recibir sus caricias.
Él les dirigió la palabra a cada uno de ellos, pasándoles las manos por sus lustrosos lomos, mientras que la molinera, aprovechando el ruido que formaban con sus voces, quebró una de las argentadas ramas y se la guardó junto con la otra.
-Así me creerán mis hermanas cuando les cuente todas las preciosidades que he visto esta noche -se dijo.
Cuando el doncel se hubo despedido de todos sus amigos, volvió sobre sus pasos por el mismo sendero que tomara a la ida.
La doncella regresó detrás de él, sin que el muchacho se diese cuenta de su presencia.
Cuando el joven se volvió hacia la chimenea, la doncella estaba sentada ya a la mesa y le hacía señas de que se acercara.
-Ya me he despedido de todos mis amigos -dijo él con voz alegre-. Ahora vamos a cenar.
Cuando hubieron aplacado su apetito, propuso el muchacho:
-¿No crees que es hora de descansar?
Ella sonrió y repuso:
-Descansa tú. Yo me acomodaré en una silla junto a la chimenea y dormitaré un poco. Ya no tardará mucho en amanecer.
-Nada de eso -contestó él, alegremente-. Seré yo quien se coloque junto al fuego. Tú dormirás en la cama. Si te hice la pregunta fue para probar tus sentimientos.
La molinerita se dejó caer, vestida, en el blando lecho, mientras que el desconocido, tomando una silla, se sentó junto a la chimenea, lanzando de vez en cuando miradas amorosas a la muchacha, que no tardó en dormirse apaciblemente.
Ya había avanzado mucho la mañana y el noble castellano no podía contener su impaciencia, pues la hija de la molinera no se había presentado todavía a cobrar su pago.
Inquieto, se dirigió a la sala y abrió la puerta.
Dos exclamaciones de alegría sonaron al unísono.
-¡Hijo mío!
-¡Padre!
Emocionados, se abrazaron llorando.
La molinera se despertó, se levantó apresuradamente y las dos ramas que cortara durante su visita al país maravilloso cayeron al suelo con metálico ruido.
El joven se volvió hacia ella, y, al ver las dos ramas, le dijo asombrado:
-¿Me seguiste hasta allá, pícara?
Ruborizada, ella no respondió.
-Pues bien -añadió él- esas dos ramas se convertirán en dos palacios, uno de los cuales habitaremos nosotros cuando nos casemos y en el otro vivirá tu familia.
Y así sucedió.
Los dos jóvenes contrajeron matrimonio dos días después, siendo invitados a la boda todos los habitantes del lugar, que todavía recuerdan alborozados el pantagruélico banquete que se sirvió.
Yo, como era pequeñito, me quedé aquella noche solo en la cama, por lo que pasé un miedo terrible.

019 Anónimo (bohemia)

El adivino

-Madre, ya están hechos los baúles ¿nos vamos u qué?
-Aguarte, que ahí vuelve tu padre del cam­po... Amos, tú, date prisa, que estamos muerte­cicos de hambre y ya ha almorzado todo el mundo en la posada.
¿Qué querís?
-Que icen los chicos si nos vamos esta tarde u qué...
-Calla, mujer, calla, que no sabís la chanada que m'ha pasan!
¿Qué te ha ocurrido?
-Que mi hi tal ao en el callizo al tío Lamberto, el de Cadrete, y m'ha contao una cosa que... amos ¡que paice brujería!
-Cuente usté, padre.
-Pues ice que hay un loco en la Casa e Misericordia que lo adivina todo. Al tío Sobaqui­na que se le acatarró el perro rabioso, l'ha dado un remedio para no rabiar, y si acaso rabia ice que no le morderá más que a la "cabecera" de la casa. A un melitar que festeja con la hija e su patrona que no le quié hacer ni puñetero caso, l'ha dicho lo que tié que hacer pa domala. Amos, que es un loco que no paice loco.
-Será lo que se suele icir que los chicos y los locos icen las verdades.
-Pues yo no quisía volverme al pueblo sin velo.
-Con tal que no nos cueste los dineros...
No, madre: el ver a los locos es de balde, allí no gastará usté ni un chavo.
-Bueno, porque lo que es en los días qu'imos estao aquí se m'han ido más dineros con voso­tros que en un año en Cuarto. ¿Y pa que? En el teatro no himos intindido nada, aquí en el restorán nos han dado unas comidas que abra­saban y estamos tos con un ardor de estomago que no podemos más.
-¡Si no fuáis tan lamineros que tóo se os apetece... Yo no hi toman más que vino, que no le sienta mal a nadie.
-Ala, amos a comer y luego iremos a ver al loco ése. ¿Qué te paice que le preguntemos que nos convenga?
-Tú verás. Podías preguntále cómo haremos pa vender el trigo, que está acotolao.
-O cuándo se casará ésta.
-O cómo se curan las cuartanas.
-Ya se verá; ahora a comer y a callar, y no me corrompáis más las oraciones.
Mas tarde, en la Casa de Misericordia, los cuatro "foraneos" recorren el establecimiento cogidos de las manos y con gran curiosidad.
-¿Quiusté que le diga una cosa, padre?
-Dila.
-¡Que es por demás estar uno en su sano juicio! ¡Pues si esos locos están como unos reyes! ¿Se apuesta usté a que al salir de aquí le doy dos morrás al gobernador pa que me encie­rren?
-Mira, calla y no sias bruto! Pero ¿ande estará ese loco?
-Mire usté esa loca empeñada en coger el chiflido...
-Pero ¿eso qué es?
-Esta loca -explica el empleado que les guía, se pasa el día dando un silbido, y así que lo da, quiere coger el ruido que hace con las dos manos.
-¡Cómo si fua una mosca!
-Eso es.
-Pues ya tiene pa rato... Le digo a usté que si estamos aquí mucho, salimos tos remataos. Diga usté ¿no podríamos ver a uno que icen que lo adivina todo?
-¡Ah, sí -sonríe el empleado, ¡Avellana!
-¿Le llaman Avellana?
-No, es su apellido. Vengan ustedes. Pero no se rían ni le molesten, porque entonces...
-¡A ver si se nos "acarraza"!
-Pudiera ser.
-Bueno, pues más vale pensar antes qué le vamos a preguntar.
-Es verdad. ¿Qué querís pedile?
-Ya lo sé, padre...
-A ver qué se le ha ocurrido a éste...
-Déjeme usté a mí, madre, déjeme usté a mí. ¡Le vamos a preguntar en qué número va a caer el premio gordo de la lotería!
-Tiene razón el chico.
-Buena preguntica, mañico.
-¡Claro, u es adivino u no lo es!
-Si lo es, que nos diga el número.
-Ya estamos -dice el empleado.
-¡Calláisos!
-Avellana -se dirige el empleado al loco en cuestión-, esta señora y sus acompañantes, que conocen la fama de usted, desearían saber una cosa que les interesa.
¿Qué querís? -pregunta el loco después de mirarlos a todos fijamente.
-A ver si hacía usté el favor -responde el niño más pequeño- de ponermos en un papelico el número que fimos de juar a la lotería.
¿Es decir -inquiere el loco- que querís el que ha de salir de seguro?
-Sí, siñor.
-Venga un papelico y un lápiz.
-Ahí lo tiene usté todo.
El loco se sienta a la mesa de su celda y escribe tres números, que enseña luego a los presentes:
206
1.478
27
¿Los vis?
-Sí, siñor.
¿Los vis bien?
-Qué sí siñor. Yo ya me los sé de memoria.
El loco, lentamente, hace una bolita con el papel, se lo traga y dice:
-Estos números... saldrán mañana.

013. anonimo (aragon)

Amadú Kekediurú

(El salvador de los suyos)


Dos hermanos se disponían a hacer un largo viaje. Su hermana, viuda, quiso acompañarles, pero ellos se opusieron y emprendieron la marcha.
Pocas horas después, la hermana dio a luz un niño que, inmediatamente, abrió los ojos y rompió a hablar.
-¡Madre! -gritó-. ¡Lávame!
La madre respondió:
-Puesto que sabes hablar, lávate tú solo. Cuando el niño se hubo lavado, preguntó:
-¿Dónde está mi padre?
La madre contestó:
-Ha muerto.
-¿Y no tienes familia alguna? -siguió preguntando el recién nacido.
-No tengo más que dos hermanos que acaban de emprender un largo viaje.
El niño quedó pensativo un momento y luego dijo:
-Voy a reunirme con ellos... Les amenazan muchos peligros y quiero evitarlos.
Levantóse, tomó una hoz diminuta y un hilo de pescar y se lanzó corriendo por el camino que habían seguido sus tíos.
Éstos se hallaban ya en las cercanías de un poblado habitado por hechiceros, brujos y magos, siendo su jefe una hechicera, mil veces más bruja y perversa que todos ellos.
El camino estaba guardado por infinidad de perros y toros que mataban a los que no tenían nada que darles de comer.
El niño, que se llamaba Amadú Kekediurú, es decir, Amadú que-no-teme-a-los-bru­jos, había llevado también consigo un haz de heno. Con el hilo de pescar, provisto de varios anzuelos en un extremo, consiguió pescar algunos peces y se los metió en su zurrón.
A pesar de esta carga, volaba como el viento detrás de sus tíos.
Amadú llegó junto a ellos en el momento en que iban a ser devorados por los toros y los perros.
-¡Tíos, no temáis nada! -les gritó-. ¡Voy a ayudaros!
Echó a los toros el haz de heno y lanzó los peces a los perros. Las feroces bestias se dedicaron a comer tranquilamente y no se ocuparon de los hombres ni de su sobrino.
-Continuemos la marcha -dijo el niño- Soy vuestro sobrino... Os acompa-ñaré...
-Nada de eso -respondieron los tíos-. Nos has salvado de los toros y de los perros, pero no permitiremos que nos acompañes... Por otra parte, es imposible que seas nuestro sobrino, ya que nuestra hermana no tenía ningún hijo cuando abandonamos nuestra tienda...
Y los dos hombres prosiguieron su camino, abandonando al niño.
Amadú se convirtió entonces en un "dibrí" o sombrero cónico de paja y se situó en el borde del camino, delante de sus tíos.
El mayor de ellos descubrió el sombrero y exclamó:
-¡Mira qué suerte, hermano! Este sombrero me protegerá contra la lluvia.
Y se lo colocó en la cabeza.
El sombrero gritó entonces:
-No soy un sombrero, tío, sino tu sobrino Amadú...
Al oír esto, el tío se quitó el cubrecabezas y lo arrojó al suelo, de donde desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra.
El niño se transformó en una sortija y fue a apostarse en la carretera, en un punto donde no tenían más remedio que pasar sus tíos.
Esta vez fue el más joven de ellos el que lo descubrió.
Lanzando un grito de alegría, recogió el anillo y se lo puso en el dedo.
Entonces el anillo habló y dijo:
-No soy un anillo, tío, sino tu sobrino Amadú.
El menor de los tíos se quitó enfurecido la sortija y la tiró al suelo.
Inmediatamente Amadú recobró la forma humana y habló de este modo:
-Si no me permitís que os acompañe, tíos míos, os pesará... Acordaos de lo que os sucedió con los toros y con los perros...
El mayor de los tíos repuso entonces:
-Puesto que persistes en llamarnos tíos, empiezo a creer que eres en realidad nuestro sobrino... Acompáñanos...
Llegaron finalmente al poblado de los hechiceros. La reina les hizo un magnífico recibimiento.
Al caer la tarde, cada uno de los forasteros recibió una gran calabaza llena de "to", o cuscús, que les enviaba la reina.
El mijo de la primera estaba cubierto de carne de buey; el de la segunda, de carne de perro, y el de la tercera, de carne humana.
Cuando los esclavos portadores de los regalos se hubieron retirado, Amadú les dijo a sus tíos:
-No toquéis el "to" hasta que yo os diga.
Acercóse a las calabazas y metió su dedito en la primera, sin que ocurriera nada. Hizo luego lo mismo con la segunda y cuando quiso retirar el dedo, el "to" se había adherido a él de tal modo que no pudo conseguirlo; con la tercera sucedió exactamente igual.
-Comed de la primera calabaza -aconsejó a sus tíos-; las otras contienen carne mala.
Los dos tíos siguieron el consejo de su sobrino.
Durante este tiempo, la reina hechicera había ordenado a sus esclavos que pusieran agua a hervir en gran cantidad, pues tenía la intención de lavar bien a sus víctimas después de degollarlas.
Hacia la medianoche, armada de una enorme lanza, se dirigió a la tienda en que reposaban sus huéspedes.
Cuando llegó ante la puerta de la tienda, Amadú la oyó y gritó:
-¡Eh, no entres todavía! ¡No me puedo dormir!
-¿Y por qué no te has dormido aún? -preguntó la bruja.
-Porque no me has dado de cenar lo que mi padre acostumbra a darme todas las noches.
-¿Y qué te da tu padre, nenito?
-Estrellas.
-Voy a cogerte unas cuantas -contestó la hechicera.
Y se pasó la noche haciendo señas a las estrellas para que vinieran a ponerse al alcance de sus manos.
Durante cuatro noches consecutivas repitióse la misma escena entre la reina hechicera y Amadú.
La sexta noche, el niño dijo a la vieja:
-Si quieres que me duerma la noche próxima, trae a tus dos hijas para que me hagan compañía durante esta velada. Quiero aprender las canciones del país y que me cuenten cuentos.
Al día siguiente por la tarde, la reina llevó a sus dos hijas, las cuales, enseñaron las canciones del país y contaron algunos cuentos maravillosos a Amadú.
Llegada la medianoche, las dos hijas se acostaron en una habita-ción contigua.
De madrugada, la hechicera volvió a la tienda, golpeó el suelo por tres veces con su lanza y, comprobando que nadie le respondía, entró sigilosa-mente.
Amadú, al percibir los pasos de la vieja, se había subido al techo y se escondió entre las maderas que sostenían la paja.
Antes había despojado a las hijas de la hechicera de sus cabellos y se los había colocado a sus tíos, como si fuesen pelucas. Cuando la reina hechicera entró, palpó las cabezas de los tíos y notando que tenían cabellos creyó que eran sus hijas. Entonces penetró en el cuarto contiguo, y empuñando la lanza mató a los que allí dormían, mató a sus dos hijas, creyendo que eran los dos tíos de Amadú.
Luego se retiró silenciosamente.
Antes de que saliera el sol, Amadú despertó a sus tíos y todos juntos regresaron corriendo a su poblado.
En el mismo instante, la hechicera envió un esclavo, para que despertara a sus hijas.
El esclavo volvió minutos después para anunciarle que habían sido sus hijas y no sus huéspedes los degollados.
-¿Qué dices, insensato? ¿Quieres darme a entender que ya estás lo suficientemente gordo para servirme de almuerzo?
-No -respondió el esclavo-. Te anuncio que has matado a tus propias hijas en vez de a los forasteros.
La hechicera, enfurecida, lo ensartó con la lanza.
Luego envió a otro esclavo en busca de sus hijas.
A su regreso, éste dijo simplemente:
-Ve tú misma a ver lo que ocurre. La reina se dirigió a la tienda y vio a sus hijas bañadas en su propia sangre.
Sin una lágrima, sin volver a casa siquiera, la reina se lanzó tras las huellas de los fugitivos.
-¡Amadú Kekediurú es el culpable de la muerte de mis hijas! - gritaba-. ¡Me vengaré! ¡Me vengaré!
Pero antes de que lograra alcanzarles, Amadú y sus tíos habían entrado ya en su poblado.
Cuando la hechicera se encontró frente a las primeras chozas, se convirtió en un gran azufaifo cargado de apetitosas yuyubas. De este modo esperaba atraer a los niños y, entre ellos a Amadú.
En efecto; tan pronto como vieron el árbol frutal, todos los niños se apresuraron a trepar a sus ramas; solamente Amadú se abstuvo de hacerlo, pues se dio cuenta de la identidad del azufaifo.
-¡No subáis a ese árbol, camaradas! ­ les dijo-. Tengo la seguridad de que se trata de una hechicera disfrazada.
Apenas sintió en sus ramas el peso de los niños, el azufaifo se puso en marcha hacia el poblado de los brujos.
Pero Amadú llegó antes que la hechicera, pues convirtiéndose en tórtola, pudo hacer el camino volando.
Cuando se encontró entre los suyos, la hechicera abandonó su aspecto de azufaifo y recobró su forma natural.
La reina llamó entonces a su boyero y le dijo:
-Es necesario que hoy mismo tenga la vaca negra un ternerillo para que esos niños, que no tienen nada que hacer, cuiden de él. Si no consigues que lo tenga, te comeré.
El boyero salió de la tienda real derramando abundantes lágrimas.
Amadú, que había recobrado la figura humana, salió a su encuentro y le preguntó:
-¿Por qué lloras, boyero?
El desgraciado refirió al niño lo que esperaba de él la reina.
Entonces, Amadú le dijo:
-No llores más. Ata la vaca en un árbol del bosque y vuelve al poblado. Yo me encargaré de lo demás.
El boyero obedeció.
Aquella misma noche, la vaca tuvo un ternerillo.
El desgraciado boyero, loco de alegría al ver el milagro, fue a contarlo a la reina, que acudió para convencerse por sus propios ojos.
Después de mirarlo bien, como en su calidad de hechicera podía ver cosas que se le ocultaban a los demás, declaró perpleja:
-Este ternerillo tiene expresión humana.
Una de los asistentes protestó:
-¡No intentes ver lo que no hay, mi ama! ¿No ves que tiene cuatro patas y dos orejas como todos los animales de su especie?
Al día siguiente, el ternerillo fue entregado a los niños para que lo guardaran.
La mitad de los pequeños condujeron al animal a pacer al prado, pero el becerro se puso a correr delante de ellos y les hizo alejarse un buen trecho del poblado de los brujos.
Allí recuperó su aspecto, normal y les dijo:
-Soy Amadú Kekediurú, vuestro camarada de juegos... He venido para llevaros con vuestros padres.
-¿Y los otros? -preguntó uno de los niños.
-Vuelve tú solo al poblado de la hechicera y dile que no podéis llevar el ternerillo hasta allí y que es preciso que vengan los demás niños a ayudaros.
El muchacho obedeció.
Regresó al poblado de los hechiceros y transmitió las palabras de Amadú a la reina, que inmediatamente dispuso que salieran los demás niños a ayudar a los otros a traer el ternerillo recalcitrante.
Cuando Amadú vio que estaban todos los niños junto a él, los condujo a sus casas.
Al enterarse de que Amadú había conseguido arrebatarle sus jóvenes cautivos, la reina se dirigió una vez más al poblado de aquél y se transformó en una preciosa piragua, colocándose a la orilla del riachuelo que atravesaba la aldea.
Los niños, acompañados de Amadú, fueron al riachuelo a bañarse.
Lentamente, la piragua se aproximó al lugar en que ellos se hallaban.
-¡No subáis a la piragua! -gritóles Amadú-. ¡Os llevaría al poblado de los brujos, igual que hizo el árbol!
Pero los niños no le hicieron caso y subieron a la piragua que, inmediata-mente, se puso en camino y los condujo, a pesar de sus protestas, a la aldea de los hechiceros.
Amadú se convirtió entonces en un cervatillo y se puso a saltar ante los niños, cuando éstos abandonaron la piragua, consiguiendo que corrieran tras él con la esperanza de atraparlo y alejándolos así de las garras de la terrible reina.
Cuando los vio fuera de peligro, recobró la forma humana y los condujo una vez más a las tiendas de sus padres.
La reina hechicera, desesperando de lograr sus propósitos, se convirtió inmediatamente en una joven bellísima y se dirigió al poblado de Amadú Kekediurú, declarando que sólo aceptaría por esposo al menor de los tíos de este último.
-¡No te cases con esa desconocida! ­ aconsejóle el sobrino-. ¡Es la vieja hechicera que quiso mataros!
Pero el tío no quiso hacer caso del consejo de su sobrino y le respondió que aquella misma noche se casaría con la joven.
Inmediatamente se empezó a construir una choza para ella. Mientras la edificaban, Amadú estuvo pronunciando palabras mágicas ante cada uno de los materiales que se utilizaban: paja, madera y lianas. Además, en el centro del lugar elegido para erigir la cabaña, enterró unos polvos extraños.
Llegada la noche, el tío se casó con la falsa joven.
Hacia la medianoche, la esposa se levantó dispuesta a estrangular a su marido; luego le llegaría el turno a Amadú y al otro tío.
Pero la paja gritó en aquel momento:
-¡Eh! ¿Adónde vas?
La manta habló a su vez y dijo:
-¡No seas parlanchina! Todavía no ha conseguido salir de debajo de mí.
Las lianas declararon:
-Como intente salir la estrangularemos.
Y el suelo anunció con voz ronca:
-Como ponga el pie encima de mí me la tragaré.
Espantada, la hechicera volvió al acostarse.
Al día siguiente dijo a su marido:
-Esta choza no me conviene. Tienes que hacerme otra... Además, no quiero que Amadú esté presente cuando la construyan.
El tío accedió a los deseos de su esposa y, para obligar a Amadú a estarse quieto, lo ató a un árbol mientras se edificaba la cabaña nueva.
Hacia la medianoche, la hechicera se levantó sin que nada ni nadie la amenazara, pronunció algunas palabras pegando la boca a las palmas de sus manos, luego se las frotó, después de escupir en ellas.
A renglón seguido fue a sentarse a la cabecera de su marido y dijo en voz baja:
-¡Que tus ojos vengan a mis manos!
Instantáneamente se realizó su deseo.
Salió entonces de la choza e hizo lo mismo con el otro tío, pero a Amadú no pudo encontrarlo por parte alguno.
Cansada de la infructuosa búsqueda del pequeño, la reina emprendió el regreso a su poblado, llevando consigo los ojos de los tíos.
Al día siguiente, por la mañana, Amadú dijo a los dos ciegos:
-Ha sido culpa vuestra, por no haberme dejado asistir a la construcción de la segunda choza. Pero no temáis; recobraréis la vista...
Dirigióse inmediatamente al poblado de los hechiceros, tomando la figura de una de las hijas de la vieja hechicera, que se hallaba ausente desde hacia una infinidad de tiempo, presentándose ante ésta.
-Mamá -le dijo-, me he enterado de que un diablillo llamado Amadú Kekediurú te ha estado proporcionando enormes disgustos... ¿Es verdad?
-Verdad es, hija mía -respondió la hechicera-, pero me he vengado con creces... Le he quitado los ojos a sus tíos...
-¿Y ya no podrán ver en toda su vida?
-A menos que yo quiera, no... En mi cabaña tengo un saquito con polvos mágicos... Si se diluyen en agua unos pocos de estos polvos y se frota uno las manos, formulando al propio tiempo el deseo de que aparezcan en ellos los ojos de los dos hombres, así sucederá... Y nada más fácil que volver a colocárselos en sus lugares respectivos... Pero solamente tú, hija mía, sabes este maravilloso secreto y no creo que lo digas a nadie...
Pensad cuál sería la alegría de Amadú Kekediurú al enterarse del secreto. Esperó a que la hechicera saliera a medianoche para dedicarse a sus brujerías e inmediatamente se aprovechó de su ausencia para apoderarse del saquito de los polvos mágicos.
Luego se lanzó a todo correr hacia su poblado, entró en su tienda y siguió las indicaciones que le diera la engañada reina.
Aquella mismo noche, sus dos tíos habían recobrado la vista.
La cólera de la hechicera al darse cuenta de que Amadú había vuelto a hacerla víctima de su ingenio, fue terrible.
Inmediatamente se convirtió en un hermoso caballo y se presentó en el poblado de Amadú.
Pero éste la reconoció en el acto. Cogió al caballo por la crin, lo condujo a su casa, lo ensilló, le colocó un buen bocado, montó en él y, cuando estuvo con los pies en los estribos, gritó:
-¡Te he reconocido, vieja hechicera! Ahora no bajaré de aquí hasta que hayas muerto.
Hincó entonces las agudas espuelas en los ijares del caballo, y éste salió al galope tendido a través de selvas, montañas y ríos...
Amadú, sin dejarse desmontar, obligó al animal a correr tanto, que lo reventó de fatiga.
Y así fue cómo Amadú Kekediurú salvó a los suyos de la perversa reina hechicera.

009. Anónimo (africa)

Belinda la caprichosa

Belinda la caprichosa
Anónimo
(españa)

Cuento

Erase una niña muy caprichosa, llama­da Belinda. Siempre quería ponerse otro vestido, hacer lo contrario de lo que se le ordenaba o deseaba comer lo que no tenía en la mesa.
Sus buenos padres comprendieron que, de seguir así, la niña acabaría siendo in­soportable, de modo que decidieron dar­le una lección.
Un día, cuando hambrienta llegaba de la escuela, dijo nada más ver la sopa:
-No quiero sopa, sino cabritillo asado, queso y miel.
-No hay más que sopa -dijo su madre.
Belinda se levantó de la mesa sin pro­bar bocado.
Al llegar la hora de la cena, la capricho­sa Belinda dijo:
-Sólo cenaré si hay cabritillo asado, queso y miel...
-No lo hay -dijo la mamá.
Y Belinda se fue a la cama sin cenar.
Al día siguiente, cuando llegó de la es­cuela totalmente desfallecida, preguntó:
-¿Qué tenemos para comer?
-Esa sopa que tanto te gusta -dijo la madre.
Belinda la comió y luego aseguró a su mamá que nunca en la vida había proba­do nada mejor.
-Es la sopa que no quisiste ayer -comentó el padre.
Belinda, avergonzada, prometió en­mendarse.
Y dicen que lo logró.

¡Dos fuera del zurrón!

Hubo una vez un anciano cuya esposa era muy amiga de pendencias y, al mismo tiem­po, una verdadera cascarrabias, de modo que el pobre hombre, ni de día ni de noche, tenía un momento de paz o tranquilidad. Por un quítame allá esas pajas, ella le armaba una escandalera y si, por azar, el viejo se atre­vía a contradecirla en cualquier cosa, ella empuñaba la escoba o lo primero que se le venía a las manos y, a golpes, lo sacaba de la cocina.
El pobre viejo no tenía más que un con­suelo, que consistía en alejarse cuantas ve­ces le era posible de su mujer y salir al cam­po, donde preparaba trampas para conejos y pájaros. Esas trampas las disponía en el suelo y también entre las ramas de los ár­boles. Gracias a ello solía llevar a su casa gran cantidad de pájaros y de conejos que entregaba fielmente a su mujer para las ne­cesidades del hogar. Y cuando la caza era abundante y no tenía necesidad de salir al siguiente día en busca de más provisiones, podía gozar en paz de unas cuantas horas.
Cierto día salió al campo a disponer las trampas y observó que en una de las que de­jara preparadas el día anterior, estaba presa una cigüeña.
-¡Qué suerte! -pensó el anciano. Cuando lleve a casa esta cigüeña, la mataré, y mi mujer la asará. De este modo mi es­posa tendrá comida para varios días y no me molestará.
Pero la cigüeña adivinó sus pensamientos y, dirigiéndose a él, con voz y palabra hu­mana, le dijo:
-No me lleves a tu casa ni me mates. Suéltame y permite que recobre mi libertad. Si haces eso, te querré más que a mi propio padre y te prometo ser para ti una buena hija.
El pobre anciano se quedó asombrado al oír tales palabras, y dejándose persuadir por ellas, puso en libertad a la cigüeña.
Por esta razón regresó a su casa con las manos vacías, y su mujer le dirigió tales re­proches e insultos en cuanto le hubo echado la vista encima, que el pobre hombre no se atrevió siquiera a entrar en la casa. Pasó, pues, la noche en el patio, debajo de la esca­lera. Por la mañana, muy temprano, volvió a salir al campo y cuando se ocupaba en disponer sus trampas vió a la cigüeña del día anterior, que se acercaba a él llevando un zurrón colgado de su largo pico.
-Ayer -dijo la cigüeña- me pusiste en libertad, y hoy te traigo un pequeño regalo. Me darás las gracias por él. Míralo.
Dejó el zurrón en el suelo y exclamó:
-"¡Dos fuera del zurrón!"
No se sabe de dónde vinieron, pero el caso es que del zurrón salieron dos hombres jóve­nes, llevando unas tablas de roble que cu­brieron de platos, llenos de carne y de caza de toda clase. El viejo, después de haberse recobrado del pasmo que le produjo tan impensado acontecimiento, hartóse a no poder más de tan exquisitos manjares, que hasta entonces nunca había probado. Bebió tam­bién de los muchos vinos que le fueron ser­vidos, y sólo se levantó de la mesa cuando la cigüeña exclamó:
-"¡Dos en el zurrón!”
En el acto desaparecieron las mesas con todo su contenido como si nunca hubiesen existido.
-Toma ese zurrón -dijo la cigüeña al viejo-, y entrégaselo a tu esposa.
El anciano le dió muchas gracias por aquel espléndido regalo y emprendió el camino ha­cia su casa. Pero, de pronto, le vino el deseo de envanecerse un poco de las maravillosas propiedades del zurrón ante una tía suya, mujer que contaba ya una edad más que res­petable. Por consiguiente, emprendió el ca­mino hacia su casa, entró en ella y después de informarse de la salud de su tía y de sus tres hijas, dijo:
-Te ruego, querida tía, que me des algo que cenar.
La anciana se apresuró a poner a su dis­posición lo que tenía guardado en el horno y le invitó a que comiese a su placer. Pero el viejo al observar cuán pobre era la comida que acababa de ofrecerle, volvió el rostro ha­cia su tía y le dijo:
-Muy pobre es la colación que me ofre­ces. Aun cuando voy de camino, puedo comer bastante mejor. Por consiguiente, yo, a mi vez, voy a ofrecerte una buena cena.
-Bueno, hijo mío, haz lo que quieras­contestó la viejecita.
El sobrino se apresuró a tomar su zurrón, lo puso en el suelo y exclamó:
-"¡Dos fuera del zurrón!"
Inmediatamente aparecieron aquellos dos fornidos muchachos, dispusieron una mesa de roble, cubriéndola de magnífica vajilla y, en ella, apareció toda suerte de comida, de modo que la anciana tía nunca había visto nada parecido.
Después de reponerse del asombro, la tía y sus hijas se hartaron a más no poder de aquellos maravillosos manjares, pero el su­ceso despertó en ellas muy malas ideas, y, especialmente, en la tía, pues se propuso desposeer a su sobrino de aquel zurrón, va­liéndose para ello de la astucia y del engaño.
Empezó por lisonjearlo y, luego, le dijo:
-Mi queridísimo sobrino; observo que tienes aspecto de estar muy fatigado. ¿No sería muchísimo mejor que te quedases a pa­sar la noche aquí y tomaras un buen baño? Si quieres, en un momento tendremos el agua caliente necesaria.
El sobrino creyó que, en efecto, sería muy agradable tomar un baño caliente. Dio, pues, su conformidad, y en cuanto el agua hubo alcanzado la temperatura apropiada, él col­gó el zurrón de un clavo que había en la pa­red de la cabaña, v luego se dirigió a la es­tancia destinada al baño.
Mientras tanto, su tía ordenó a sus hijas que, a toda prisa, confeccionasen otro zurrón exactamente parecido al de su sobrino, y en cuanto las muchachas lo hubieron terminado, se apresuró a cambiarlo por aquél, que ocultó convenientemente.
El sobrino no observó nada y, después de bañarse, se acostó en extremo satisfecho de la acogida de que había sido objeto.
A la mañana siguiente, muy temprano, se levantó, desayuno muy bien servido por su tía y por sus primas y, tomando el zurrón, sin haber advertido el cambio, emprendió el camino hacia su casa. Tan contento andaba que, durante el trayecto, no dejó de cantar y de silbar todas las tonadas que conocía. Al llegar ante la puerta de su cabaña vio a su mujer y, a gritos, le dijo:
-Felicítame, mujer, porque traigo un re­galo magnífico, que me ha dado la cigüeña.
Su esposa lo miró, pensando:
-Con toda seguridad hoy está bebido. Y será preciso darle una buena lección.
Mientras tanto, su marido penetró en la cabaña, dejó el zurrón en el centro de la sala y exclamó:
-"¡Dos fuera del zurrón!"
Pero aquella vez, y con gran asombro por su parte, no ocurrió nada extra-ordinario.
Repitió la orden, pero los dos vigorosos muchachos no hicieron su aparición. Al ver esto, la vieja empezó a lanzar un torrente de injurias contra su marido, y luego se aba­lanzó sobre él hecha una furia y empezó a pegarle con tanto vigor, que el pobre tuvo que salir de la cabaña como alma que lleva el diablo.
En extremo desconsolado por el desenga­ño que acababa de sufrir, se echó a llorar, pero luego, recobrando en parte el ánimo, se dirigió al mismo lugar en que el día ante­rior viera a la cigüeña, diciéndose:
-Quizá la encuentre otra vez y consiga que me dé otro zurrón parecido al primero.
No le resultó fallida su esperanza porque, en efecto, allí estaba la cigüeña esperándole, y el pobre hombre observó, con la mayor ale­gría, que de su pico colgaba otro zurrón en un todo igual al primero, por lo menos en su aspecto exterior.
-Aquí tienes otro zurrón -le dijo la ci­güeña- y te aseguro que será para ti tan útil como lo fué el primero.
El viejo lo tomó, lleno de gratitud, se lo colgó del cinturón y luego echó a correr ha­cia su casa a toda velocidad. Pero durante el camino tuvo una duda.
-Si este zurrón es exactamente igual que el primero, mi mujer me pegará como la otra vez, y estoy seguro de que no podré es­capar de la paliza. Así, pues, será más pru­dente probarlo antes. "¡Dos fuera del zu­rrón! "-exclamó.
Inmediatamente salieron dos muchachos del zurrón, pero aquella vez iban provistos de unos fuertes garrotes y empezaron a dar­le una verdadera paliza, al mismo tiempo que le decían.
-No vuelvas a casa de tu tía. No te dejes engañar por sus melosas palabras.
Y siguieron pegándole hasta que el des­dichado tuvo la buena ocurrencia de or­denar:
-"¡Dos en el zurrón!"
En el acto los dos jóvenes desaparecieron y el anciano, después de tentarse el cuerpo para aliviar el dolor de los garrotazos que sentía, pensó :
-Ayer, como un idiota, me jacté del po­der maravilloso del zurrón delante de mi tía. Pero, en cambio, haré muy bien si esta vez alabo en su presencia el zurrón que aca­bo de recibir. Querrá quitármelo también. Estoy seguro de que esta vez no quedará muy complacida.
Tomada esta resolución se encaminó ha­cia la cabaña de su tía, colgó el zurrón del mismo clavo de la pared, y dijo:
-Te ruego, querida tía, que me hagas pre­parar un baño, porque hoy he andado mucho y me sería muy conveniente.
-Con mucho gusto, hijo mío -contestó la anciana, sonriendo cariñosa-mente.
En efecto, al poco rato, el sobrino empezó a bañarse y no tuvo prisa en terminar la ope­ración con objeto de dar tiempo para que su tía y sus sobrinas pudieran llevar a cabo el cambio. Como lo sospechaba, la vieja llamó a sus hijas, les ordenó que se sentaran y, lue­go, dijo:
-"¡Dos fuera del zurrón!”
En el acto saltaron dos jóvenes, pero aque­lla vez empuñaban fuertes garrotes, con los cuales dieron una paliza descomunal a cada una de las cuatro mujeres. Al mismo tiempo, decían:
-Devolved el otro zurrón a nuestro amo.
La tía, convencida de que aquella paliza no tendría fin ni término hasta que hubiese cumplido la orden, se volvió a su hija mayor para que fuese en busca de su sobrino, a fin de que las librase de la paliza que estaban recibiendo.
Pero el sobrino contestó, a través de su puerta, que aún no había acabado de ba­ñarse.
Sucesivamente, la vieja mandó a sus otras dos hijas, pero ninguna de ellas logró que su primo saliese a socorrerlas.
El sobrino esperó un rato, persuadido de que la paliza no tardaría en obligarlas a que le devolviesen el zurrón robado y, en efec­to, a los pocos instantes, alguien abrió la puerta del cuarto de baño de un empujón y cruzó por el aire el zurrón regalado por la cigüeña. Entonces él asomó la cabeza por la puerta de la estancia y gritó:
-"¡Dos en el zurrón!"
Con lo cual los dos jóvenes desaparecie­ron y las mujeres dejaron de recibir fuertes garrotazos.
Logrado su objeto, el sobrino tomó los dos zurrones y emprendió el camino hacia su casa. Al llegar a poca distancia dé ella, vió a su mujer asomada a la puerta y le gritó :
-Felicítame, mujer, por los regalos que me ha hecho la cigüeña.
La vieja, persuadida de que su marido lle­gaba borracho como le creyó el día anterior, empuñó la escoba. El marido dejó uno de los zurrones en el suelo y exclamó :
-"¡Dos fuera del zurrón!"
Inmediatamente apareció la mesa ante la dueña de la casa y los dos jóvenes la cu­brieron de delicados manjares. La esposa comió y bebió hasta que ya no pudo más, y entonces miró cariñosamente a su marido diciéndole:
-Te juro, querido esposo mío, que nunca más volveré a pegarte ni a insultarte.
Sin embargo, su marido no confió mucho en esta promesa. Terminada que fué la co­mida, hizo desaparecer la mesa y cuanto en ella había y dejó el otro zurrón en el centro de la estancia. La mujer, que momentos an­tes había prometido ser buena para el viejo, olvidándose de sus palabras, empezó a in­sultarle y le ordenó que fuera a barrer la casa. Entonces, éste dio la orden convenien­te y en el acto aparecieron los dos jóvenes armados de sendos garrotes, con los cuales dieron una paliza fenomenal a la mujer, gri­tando al mismo tiempo:
-Nunca más debes de insultar ni pegar a tu marido.
Ella chillaba con toda su alma y llamaba a su marido para que la socorriese, pero él permitió que prosiguiera la paliza durante unos minutos, y luego, compadeciéndose, gritó
-"¡Dos en el zurrón!"
En el mismo instante desaparecieron los dos jóvenes y, a partir de entonces, el ma­trimonio vivió en paz y en la mayor armo­nía, de modo que cada uno de ellos estaba sa­tisfechísimo del otro y, por consiguiente, fue­ron felices.



002. Anónimo (finlandia)