Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 18 de junio de 2012

La elección de esposa


En la ciudad de Ayodhya vivía el rey Viraketu, bajo cuyo gobierno sus súbditos se encontraban felices. Ratnadatt, el mercader más importante de la ciudad tuvo una niña, a la que puso por nombre Ratnavatí. Cuando la muchacha creció se convirtió en una bella jo­ven, a cuya mano aspiraban muchos pretendientes.
Pero la muchacha rechazaba a todos. Se negaba ro­tundamente a casarse, para desesperación de su padre. Incluso llegó a declinar la propuesta de matrimonio de un príncipe. Argumentaba que sentía odio hacia todos los hombres y sus padres no pudieron hacer que cambiara de opinión. La extraña actitud de Ratnavatí fue duran­te un tiempo el tema de conversación de todo el reino.
Pero pronto las gentes comenzaron a interesarse por otra cosa. Estaban teniendo lugar robos todas las noches y los habitantes de la ciudad, preocupados, fueron a pe­dir ayuda al monarca.
El rey Viraketu preguntó a su guardia la razón de que no captu-raran a los ladrones. La respuesta era que los que cometían los robos calzaban unas zapatillas espe­ciales que dejaban las huellas al revés, lo que confundía a los perseguidores. El monarca les mandó aumen-tar su vigilancia. Pero los robos siguieron acaeciendo.
Finalmente Viraketu tomó la decisión de solucionar el asunto por sí mismo. Se disfrazó, oscureció su rostro y se colocó una barba postiza. Hecho esto, salió a la ca­lle esa noche.
A las dos horas de vagabundear vio a un ladrón que intentaba entrar por una ventana. Se arrojó sobre el hom­bre y, tras reducirle, le indicó que también él era un la­drón y que podrían trabajar juntos. El otro accedió y condujo al rey a los lugares en donde la banda de ladro­nes se hallaba robando. Juntos trabajaron durante ho­ras y, tras recoger varios sacos llenos de joyas como bo­tín, salieron de la ciudad para dirigirse a su escondrijo.
Durante el trayecto, el rey fue marcando con su cu­chillo los árboles que había en el camino por el que pa­saban, hasta que la partida de bandidos llegó a una cue­va, cuya entrada se hallaba oculta por matorrales. Allí los ladrones juntaron lo que habían robado y dieron la bienvenida al que creían su nuevo compañero.
Luego todos comieron y bebieron, hasta emborra­charse. El rey esperó a que se hubieran dormido y salió del lugar, pero, fue reconocido por una anciana, que se encargaba de cocinar para la banda, por lo que los la­drones se enteraron de quién era en realidad su nuevo miembro.
Nada más llegar a palacio, el monarca reunió a sus tro­pas y marchó al frente de ellas a capturar a los ladrones. Éstos no podían huir sin abandonar sus tesoros, por lo que hicieron frente a las tropas reales y tuvo lugar un gran combate entre ambas partes. Los ladrones huye­ron, pero el rey consiguió capturar al jefe de los bandi dos. Le hizo conducir a prisión y decidió castigarle en público, para que sirviera de escarmiento.
A la mañana siguiente, los pregoneros anunciaron en la ciudad que se iba a ajusticiar al jefe de la banda de malhechores. Se le hizo subir maniatado a un camello y se le paseó por la ciudad, para que todos pudieran verle.
En su balcón, Ratnavatí vio también pasar al malhe­chor y, sin saber cómo había sucedido, se sintió repen­tinamente atraída por aquel hombre notorio. El hombre aquel ni siquiera presentaba un buen aspecto. Estaba lleno de heridas, con los vestidos rotos y sucio de polvo. Pero esto no importó a la muchacha, que quedó inten­sa-mente enamorada. De inmediato llamó a gritos a su padre.
El mercader se alarmó al escuchar las voces y acudió a la llamada de su hija.
-Padre -declaró ella, sin más preámbulos-: ése es el hombre con quien me quiero casar.
El pobre Ratnadatt se hallaba totalmente confundido.
-¿Que ahora te quieres casar? ¿Y con quién?
-Te lo estoy diciendo, padre. Con ese hombre -insis­tió, llevando a Ratnadatt hasta el ventanal, para que pu­diera contemplar a los guardias que pasaban y a su pri­sionero.
-¡Estás loca! -exclamó el buen hombre, al darse cuen­ta de lo que su hija le decía-. Ese hombre es un ladrón, un bandido. Y, además, va a ser ejecutado para que pa­gue por sus crímenes.
-No me importa lo que haya hecho.
-Pero, hija -insistió Ratnadatt-, has rechazado a no­bles y a prínci-pes y ahora ¿quieres desposarte con un ladrón?
-Le he elegido como esposo y le tendré a él o no seré de nadie. Si él es ejecutado, yo también me mataré -ame­nazó la joven.
Ratnadatt, en un primer momento, no supo qué hacer. Corrió en dirección al palacio y se hizo recibir por el so­berano. Se arrojó a sus plantas y le explicó lo sucedido.
-Perdonad a ese hombre, majestad -suplicó, final­mente-. Va en ello la vida de mi hija. Yo me comprome­to a pagar por todos sus robos y latrocinios y la fianza que queráis fijar.
-No puede ser, Ratnadatt -respondió el rey-. No es ésta una cuestión de dinero, sino de justicia. Ese hom­bre es un malhechor y habrá de pagar por sus crímenes. Pídeme otra cosa, pero esto no puedo concedértelo.
En el instante en que el mercader comunicó a su hija la negativa del rey, ella cogió una guirnalda de flores y se encaminó hacia la plaza pública en la que iba a efec­tuarse la ejecución.
Las gentes observaban cómo Ratnavatí se acercaba al reo con la guirnalda, para simbolizar de este modo su unión en matrimonio con el hombre.
El bandido, atado y encadenado, vio con estupor cómo una bella joven se dirigía hacia él. Los guardias le con­taron quién era y cómo deseaba casarse con él, a lo que el ladrón replicó con palabras de desprecio. ¿Qué senti­do tenía ahora aquello, cuando se hallaba a las puertas de la muerte?
En aquel momento, el rey Viraketu descendió de su elefante e hizo una seña al verdugo. Éste alzó su espada y acabó con la vida del criminal.
Al ver muerto al ladrón, Ratnavatí creyó desfallecer. Pero se rehizo y, sin pensarlo ni un instante, tomó un cu­chillo y se dispuso a acabar con su vida allí mismo y se­guir al hombre al que amaba.
Pero su mano se vio detenida por una luz intensa que apareció de repente y que deslumbró a todos los que pre­senciaban la escena. De la luz surgió el dios Shiva, ante el estupor de todos los presentes.
-Yo soy el dios de todas las criaturas -declaró Shiva-. Es justo que este hombre pague por sus culpas. Pero no es justo que muera sin que nadie le llore. Tú eres la úni­ca que le amaba, hasta el punto de querer seguirle has­ta el mundo de los muertos. Me ha complacido la in­tensidad de tu amor y tu devoción. Pídeme el don que desees; te lo concederé.
-Señor -pidió la joven-, haz que aquel a quien he ele­gido como marido en mi corazón sea un hombre honesto y enseñe esa honestidad a nuestros hijos.
-Sea -concedió el dios-. Tu esposo elegido se alzará de su sueño de la muerte y, si el rey Viraketu le perdona, será a tu lado el hombre más honesto del reino.
Y, dicho esto, Shiva desapareció.
El cuerpo inerte del bandido comenzó a respirar y, al poco, se puso en pie. Se dirigió a Ratnavatí y, tomando la guirnalda de flores, que estaba caída en el sueño, la co­locó en el cuello de la joven. Sin decir palabra, se postró ante el monarca y le tocó los pies, en señal de respeto.
-Levanta -ordenó el monarca-. Tus delitos te son per­donados, pues has pasado por la purificación de la muer­te y el mismo Shiva te ha bendecido con tu presencia. No dudo de que seas en este instante el más honesto de mis súbditos y, en adelante, serás general en jefe de mi ejército. Ahora, ve con tu esposa, que te está esperando.

(Del Kathâsaritasâgara de Somadeva)

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

004. Anonimo (india),


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