Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 15 de junio de 2012

El pájaro que canta el bien y el mal .140

140. Cuento popular castellano

Ésta era una villa donde habitaban tres jóvenes güérfanas, y la más pequeña era muy guapa y muy buena. Y las otras dos hermanas mayores eran envidiosas y malas. Había en el pueblo un joven muy bueno que llevaba la carrera de militar. Y llegó a ser capitán. Y este, joven se enamoró de la hermana más joven, y se casaron. Las otras dos hermanas se pusieron coléricas, sin dar a conocer a su hermana el rencor que le habían cogido.
Sucedió que sólo un año vivieron felices los recién casados. Estalló una guerra muy grande, y el joven, como capitán que era, tuvo que marcharse al frente de las tropas. A la esposa la dejó encinta y encargó mucho a las hermanas que la cuidasen muy bien y que tuviesen con ella mucho esmero. Y les dijo que cuan­do su esposa diese a luz, que se lo comunicasen en seguida.
Y llegó la hora de dar a luz, y trajo al mundo un niño y una niña, dos melgos. Las hermanas, tan pronto como la madre dio a luz y se repuso un poco, la emparedaron, y a los niños les co­gieron un ama para que les criase. Les tuvieron en su compañía hasta la edad de siete años, escribiéndole siempre al padre que estaban muy bien, lo mismo la madre que los niños, que se cria­ban muy hermosos.
Sucedió que la guerra duró muchos años. Las hermanas, que­riendo ya desembarazarse de los chicos, porque querían cuando viniese el cuñaa que se casaría con una de ellas, les echaron de casa. Los niños se fueron mendigando hasta llegar a un puerto de mar. Allí se encontraron con una señora extranjera, y de que los vio tan guapos, les dijo que si querían irse con ella. Como no tenían hijos el matrimonio ese, pues nada más llegar a su país, a América, les doztó por hijos.
Allí estuvieron hasta que tuvieron dieciocho años. Y al morir los señores, les dejaron el inmenso capital que tenían. Y entonces los chicos trataban de volverse para España. Y por fin fueron a vivir a la misma aldea donde habían nacido, sin pensar ni en pa­rientes ni en padres, porque como les habían dicho sus tías que no tenían ni padre ni madre, pues vivían los dos muy tranquilos. Se construyeron un hermoso palacio enfrente de la casa de sus tías, tomando al poco tiempo relaciones con sus mismas tías, sin ellas saber que eran sus sobrinos.
Pero había una vieja que la tenían por hechicera, y ella tam­bién tomó mucha amistaz con los chicos. Hablando con ella, los niños le dijeron cómo se llamaban. Y un día, al irse a bañar en el jardín, conoció la hechicera a la chica por un lunar que había nacido la chica con él en el pecho.
Se asustó la bruja y fue corriendo a decir a las tías que aque­llos jóvenes iban a ser sus sobrinos. Las tías se sobresaltaron y empezaron a ponerse intranquilas, porque a su cuñao, o sea el padre de los niños, no le faltaba más que medio año para venir a casa. Entonces le dijeron a la bruja:
-¡Ay, a ver, tía fulana! ¡Ay, por Dios! ¡A ver como ustez hace que desaparezcan! Porque si viene su padre y se entera de lo que hemos hecho, nos manda quemar.
-Sí, hijas mías, sí -dice la bruja. No tengáis miedo, que de eso ya me encargaré yo.
Se fue para el palacio donde estaban los niños y los encontró muy alegres, pensando en las cosas que tendrían que hacer en el palacio. La vieja les dice:
-¡Miraz, qué palacio más precioso heis hecho! ¡Qué jardín más precioso! Qué albergue tan bonito! Aquí no sos hace falta nada más que tres cosas: el pájaro que canta el bien y el mal; un ramo de flores de la Huerta de Irás y No Volverás, y un par de peces de colores, que con dos peces de colores se poblará la alberca. Y lo mismo el jardín con el ramo de flores.
El hermano se puso muy contento al oír contar aquello a la bruja, que la tenían por una mujer muy buena, y le dijo a su hermana:
-Hermana, yo me voy a la Huerta de Irás y No Volverás por el ramo de flores.
-¡Ay, por Dios, no te vayas, que está muy lejísimos! ¡A lo mejor te matan y no te vuelvo a ver! Y entonces, ¿qué va a ser de mí? ¿Qué voy a hacer yo tan sola en el mundo?
-No te apures, hermana -contestó el hermano. Yo no tengo miedo a nadie. Y, además, si me ocurriese algo, te voy a dejar una botella llena de agua de la alberca. La miras continuamente, y si ves que el agua está clara, no temas por mí, que no me pasa nada. Si ves que el agua se revuelve, entonces ten paciencia y no te desesperes; pero yo no volveré a verte.
Y se puso en camino el muchacho. Y después de andar mu­chas leguas, muchas, muchas, se encontró con un anciano con unas barbas tan largas que le daban en la cintura, y le dice:
-Hermoso joven, ¿dónde vas? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
-Mire ustez, señor, me voy a la Huerta de Irás y No Volve­rás por un ramo de flores para poblar un jardín que tengo, que con ese ramo me han dicho que tendré flores de todas las que haya en el mundo.
-Mucho peligro corres, pobre muchacho. Pero mira; yo soy Nuestro Señor, que velo por ti y por tu hermana. Mira; anda listo. A las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá te quedas para siempre. No andes escogiendo árboles. No hagas nada más que entrar, y del primero que veas coges un ramito y te vuelves a casa. No te entretengas, que las puertas, si se cierran, no se vuelven a abrir. Todos los seres que han entrao aquí, ahí les tienes todos hechos árboles, peces y pájaros.
Entró el muchacho, seguido por los consejos del anciano, cogió una ramita de un árbol, y se salió corriendo. Volvía muy alegre a casa con el ramo de flores en la mano. Su hermana de día y de noche no se desprendía de la botella de agua, que permanecía siempre cristalina. Al cabo de un mes, llegó el hermano a casa, teniendo los dos una alegría inmensa.
La bruja, de que lo supo que había vuelto el muchacho, fue corriendo a verles y les dijo:
-Veis, veis, si yo sos quiero mucho. Sos he de hacer entavía más felices de lo que sois.
Bajaron al jardín acompañaos de la hechicera, y les dice:
-Plantaz el ramo donde vosotros queráis, que aunque le plan­téis encima de una peña, el árbol lo mismo ha de prevalecer.
Los niños, que creían en ella como en su madre, pusieron el ramito de flores encima de una peña, como la hechicera les había dicho. Azto continuo se formó un bosque de todos los árboles que pudiera haber en el mejor jardín del mundo, de todos los colores, y rosas de todas las clases. La hechicera entonces les dice:
-¡Lo veis! ¡Lo veis cuánto sos quiero yo! ¡Cuánto! No tenéis que conformaros con este ramo de flores. Ahora tenéis que ir por los peces de colores.
-Hermana, yo me voy por los peces de colores -dice el muchacho.
-¡No, no, hermano, no! -dice la muchacha. No quiero más que te separes de mí. Yo ya soy contenta con el jardín que tene­mos, y no nos hace falta más.
-¡Qué miedosa eres, chica! -la dice el hermano-. Yo me voy. Ya te dejaré la botella de agua para que veas si me pasa alguna desgracia.
Y se despidió de la hechicera y de su hermana. La hermana se quedó muy triste, mientras la hechicera se fue a contárselo todo a las tías de los chicos.
-¡Ay, por Dios, tía fulana! ¡Mire ustez! -dicen las tías. ¡Sólo dos meses le faltan al cuñao para venir! ¡Ay, si se llega a ente­rar, qué será de nosotras!
-No tengáis miedo, bobinas -dice la bruja, que si de la segunda vuelve, de la última yo os prometo que no ha de volver.
El muchacho seguía su camino, y después de andar muchas leguas, corno en el viaje anterior, se encontró en el mismo sitio con el anciano. Y le dice:
-¿Dónde vas, pobre joven? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
-Voy a la Huerta de Irás y No Volverás por un par de peces de colores para poblar un estanque que tengo.
-Mira -le dice el anciano; yo velo por ti. A las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá te que­das. Tantos peces como veas, son jóvenes que no creyendo mis consejos se han quedao allí en castigo de su desobediencia.
El muchacho dio las gracias al anciano y siguió su camino. Llegó a la huerta, y se abrieron las puertas. Y a la misma puerta, nada más abrir, había un hermoso estanque con peces de todos los colores. Se agachó y se cogió dos peces y salió corriendo. Se tomó inmediatamente el camino de su casa, y al cabo de un mes de jornada, llegó a la villa.
Su hermana estaba muy contenta, porque la botella con el agua había permanecido siempre como un cristal de clara. La bruja, que no dejaba a la hermana en ninguna hora del día, se salió con ella al balcón a ver si veía venir a su hermano.
Ya le vieron venir, y su hermana se volvía loca de alegría, mientras la tía bruja estaba echando maldiciones por lo bajo.
Y las tías de los chicos, como tenían tanto miedo de que el chico volviese, también estaban al balcón esperando a ver si iba la vieja a darlas la noticia de que el muchacho no había vuelto. Pero, ¡qué sorpresa tan grande cuando, al mirar para el balcón del pa­lacio que daba frente por frente del suyo, vieron a los tres: a la tía hechicera con los dos hermanos!
-¡Ay, Dios mío! -decían las tías. ¡Esa tía bruja nos está en­gañando! ¡Ya se ha hecho amiga de ellos! ¡La habrán dao mucho dinero, y nos ha vendido!
No ocurría así. La hechicera se dirigió a la casa de ellas, y, de que las vio tan furiosas, las dijo:
-No temáis, muchachas, no temáis, que de éste y de la her­mana yo me encargo.
-¡Ay, por Dios, tía fulana! ¡Ay, por Dios! Ayer recibimos carta de nuestro cuñao, y dice que para primeros del mes viene. Si no podemos que desaparezcan de una manera, tienen que desaparecer de otra.
-No tengáis miedo, hijas mías, no tengáis miedo -dice la hechicera, que yo sos aseguro que de otro viaje no vuelve.
-¡Ay, cuánto se lo agradeceremos, tía fulana! ¡Por Dios! La tendremos siempre con nosotros. No le faltará nada.
Y volvíóse la tía bruja a engañar a los ignorantes de los chicos.
-Miraz -les dice-. ¿No sabéis que esas señoras de enfrente, que están siempre al balcón, están locas, locas, por haceros una visita?
-Bueno, bueno. Que vengan cuando quieran -dice la chica.
-No, no, no, tan pronto no, hija mía -dice la hechicera. Tan pronto que no vengan. Hasta que no tengáis el jardín completo, no debéis de admitir visitas.
-Tiene razón la vieja -dice el hermano.
-Sí, hijo, sí, tengo razón. Porque ya no sos falta nada más que el pájaro que canta el bien y el mal.
-Déjame, déjame de pájaros, hermano, que ya tenemos bas­tante -contesta la hermana-. No sea que por el pájaro, te vayas y no vuelvas.
-No, hermana; no tengas miedo. Además, que te voy a decir que siempre que voy, me encuentro con un anciano que le llegan las barbas hasta la cintura; y él me pone al corriente de lo que pasa en la huerta. Y me ha dicho que es Nuestro Señor Jesucristo.
-¡Ay, hermano, por Dios, que yo parece que voy desconfian­do de esa vieja! -dice la hermana.
-No, no; no seas sospechosa, mujer -contesta el hermano. ¿No ves que es una infeliz? No tengas miedo. Te dejaré la botella de agua, como las otras dos veces, y yo me voy.
Se despidió de su hermana y se marchó. Después de haber andado muchísimas leguas, se encontró en el mismo sitio con el anciano de las barbas hasta la cintura, y le dice, como las veces anteriores:
-¿Dónde vas, pobre joven? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
-Me voy a la Huerta de Irás y No Volverás por un pájaro que nos canta el bien y el mal.
-Mira -le dice el anciano, a las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Sí no sales, allá te quedas. Entras y coges cualquier pájaro que veas, al primero que puedas echar mano, y te sales corriendo.
Llegó el muchacho a la huerta; las puertas se abrieron como siempre y entró. Pero, ¡oh, milagro!, que al entrar el chico se formó un concierto de pájaros que le dejaron embelesao. Tantos había, tan preciosos eran y tan bien cantaban, que el chico no sabia cuál coger. Cogió uno y echó a correr. Pero se le había pasao la hora, y, al llegar a las puertas, ya se habían cerrao, y allí se quedó hecho un tronco, un árbol.
La hermana, que vio que el agua de la botella se había revuel­to, empezó a gritar:
-¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío, tía fulana! ¡Ay, Dios mío, que mi hermano ya no vuelve!
La tía bruja, que siempre estaba escuchando, subió corrien­do, y la dice:
-No llores, bobina; no llores. No te fíes de patrañas, que esa botella es un cuento. Deja la botella, y márchate a buscar a tu hermano. De seguro que le encontrarás en el camino, con el pá­jaro en la mano, y verás, verás, qué contento viene.
La hermana se marchó a buscar a su hermano, y mientras tanto la tía bruja se fue donde estaban las tías de los chicos, y las dice:
-¿No sos lo había dicho yo? Él ya quedó allá, y a ella tam­poco la volveremos a ver.
-¡Ay, por Dios, tía fulana! ¡Ay, por Dios! Si llegarían a vol­ver, nuestra perdición es segura. Mañana mismo llega nuestro cuñaa. Ha terminao la guerra, y se viene él a casa. ¡Ay, si se llega a enterar!
-No tengáis miedo, no, que ya no vuelven -les dice la hechicera.
La pobre hermana seguía su camino, loca y llorando amarga­mente. Después de haber recorrido muchas leguas se encontró en el mismo sitio con el anciano que encontraba siempre su her­mano. Y le dijo lo mismo:
-¿Dónde vas, muchacha? ¿Dónde vas? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
Y la muchacha le contesta:
-¡Ay, buen viejo, buen viejo, que me voy a la Huerta de Irás y No Volverás a buscar a mi hermano! Ha ido a buscar el pájaro que canta el bien y el mal, y no ha vuelto. Voy a buscarle aunque perezcamos allá los dos.
-Mira -le dice el anciano, a las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá te quedas. Entras en la huerta, y nada más entrar hay un tronco; vas y le das un golpe con la mano y le dices, «Sal, hermano», y entonces tu hermano volverá a recobrar su figura, y sos marcháis a vuestra aldea.
Así lo hizo la chica. Se abrieron las puertas, dio un golpe al árbol, y se presentó el hermano con el pájaro en la mano. Y el pájaro les decía:
-Estáis poseídos de una mala mujer que os quiere engañar.
La hermana dice entonces:
-¡Ah, quita, quita, hermano! Suelta ese pájaro, porque noso­tros no tenemos quien nos quiera mal. No hablamos con nadie más que con esa vieja, y aunque he llegao a sospechar de ella, no creo que nos quiera hacer tanto mal.
-¡Ay, no, no, no! -dice el hermano. Yo el pájaro no le dejo. Sea lo que quiera, el pájaro no le dejo, ni me separaré de él mientras él viva y vivamos nosotros.
Siguieron su camino, y después de muchos días de cansancio llegaron a su casa. Entraron en el palacio y fueron derechos al jardín a soltar el pajarito. El pajarito, en lugar de subirse a los árboles, se volvió a la mesa donde iban a comer los chicos.
La tía bruja y las tías, que vieron que habían vuelto los chi­cos, empezaron a ponerse desazonadas, pero siempre disimulan­do, porque ya estaba en casa su cuñao, o sea el padre de los chicos.
-¡Ay, Dios mío, tía fulana! Ya está nuestro cuñao en casa. Si llega a coger amistaz con ellos y llegaría a sospechar de noso­tras, estamos perdidas. ¡Estamos perdidas!
-No desconfiéis, muchachas, que sos he dicho que de ellos yo me encargo.
El capitán, o sea el padre de los niños, se ponía todas las ma­ñanas al balcón que daba enfrente del balcón de los chicos. Así que les vio la primera vez, le llamaron la atención mucho, y las dice a las cuñadas:
-¿Qué jóvenes son ésos que viven enfrente de nosotros? Debe ser un palacio precioso el que tienen. Me gustaría tener relacio­nes con ellos, porque en esta aldea no hay personas de mi clase para tratarme con ellas.
-No te se ocurra nunca jamás hablar con esos muchachos -dijo una de las tías-. Son personas extranjeras. No se relacio­nan con nadie en el pueblo. No sabemos qué educación tendrán, y lo mejor es que no tengas trato con ellos.
Llegó el día siguiente, y el capitán, no conforme con lo que
las cuñadas le decían, se salió a dar un paseo de su casa a la de los chicos. Los chicos se bajaron a la calle a pasearse también, y al encontrarse con ese señor le saludaron muy atentos, y empe­zaron a hablar con él. Tanta gracia encontró el capitán en los dos chicos que se quedó admirado de ver la buena educación que te­nían. Se fue a casa y les dice a las cuñadas:
-He estado con esos chicos, y me han invitado a ver un jar­
dín que tienen muy precioso. Y yo, en agradecimiento, deseo in­vitarles a cenar en nuestra compañía esta misma noche.
-¡Ay, que nosotras no los metemos en casa! -exclamaron las cuñadas. En el pueblo se dice que son unos sinvergüenzas. Pregunta, pregunta a la tía fulana, que habla con ellos, y verás cómo te dice que son unos jóvenes muy mal educados.
-Bueno -dice el capitán; sean lo que quieran que sean.
Yo quiero que me acompañen esta noche a cenar.
Ya no les quedó más remedio a las cuñadas que decir que sí,
que irían a cenar. Pero llamaron a la tía bruja y la dicen:
-¡Ay, Dios mío, tía fulana! ¡Ay, Dios mío, tía fulana, que nuestro cuñao ha mandao venir a cenar a esos chicos! ¡Si se les ocurre traer el pájaro, estamos perdidas!
-No sos apuréis, no sos apuréis, mujeres -dice la bruja, que no traerán el pájaro, no.
Y se fue la tía bruja para la casa de los chicos. La recibieron con mucha alegría los chicos, y la dijeron:
-¿No sabe, tía fulana, no sabe que nos ha convidao a cenar ese señor que vive enfrente?
-¡Bueno, hijos míos, bueno! Pero miraz lo que sos voy a decir: que no llevéis el pájaro, porque si lleváis el pájaro, vais a disgustar a esas señoras, porque son muy limpias y, a lo mejor, al pájaro le dan ganas de cagar.
-No, no, señora -dicen los chicos. Nosotros, si vamos, te­nemos que llevar el pájaro, y de lo contrario, si no nos dejan llevar el pájaro, pues no vamos a cenar.
Fue la infame mujer y les dice a las tías:
-No he podido convencerles de que dejen el pájaro.
-Pues entonces, ¿qué vamos a hacer?
-Pues miraz. Vais a hacer dos tortillas, una envenenada y la otra sin veneno. Como las tortillas las vais a poner a un tiem­po en la mesa, pues ponéis la envenenada para el lado de los muchachos, y la otra para vosotras y para el cuñao.
Así lo hicieron. Fue el capitán a la casa de los chicos para lle­varles con él a cenar. Los muchachos se cogieron el pájaro y se marcharon con su padre, onque no sabían que era su padre de ellos. Las tías les recibieron muy contentas y les acompañaron a sentarse a la mesa. La criada sirvió las tortillas, poniendo la en­venenada para los chicos. Pero al tiempo de ir a comerla, des­pués que la habían partido, el pájaro empezó a cantar y decía:
-¡No comáis, que tiene veneno! ¡No comáis, que tiene vene­no! ¡Y vuestra madre está emparedada! ¡Y vuestra madre está emparedada!
Y con el pico se volvía y picaba en la pared, donde estaba em­paredada la madre de los chicos.
Los chicos no comían; pero el capitán no había comprendido al pájaro y les decía:
-Pero, ¿cómo no comen ustedes?
-No, señor, no. Nosotros no comemos.
-Pues, ¿por qué no comen ustedes?
-Porque este pájaro que tenemos aquí nos cuenta el bien y el mal, y no comemos porque dice que la tortilla está envenena­da y que nuestra madre está emparedada aquí en esta parez.
El capitán se quedó pasmao al oír eso a los chicos. Y enton­ces se recordó de su mujer y cogió un cacho de tortilla y se lo tiró a un perro que tenían. El perro nada más comer la tortilla quedó muerto de repente. Y entonces el capitán se levantó furio­so y las dice a las cuñadas:
-¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Heis envenenao a estos chicos. Esto está probao, que les heis querido envenenar. Ahora vamos a ver si lo demás que dice el pájaro es cierto.
Fue él mismo y coge un azadón, y, picando en la parez, oyó un lamento que salía de dentro de la parez. Ya sospechando una traición de las tías, derribó un cacho de la parez, y se encontró con una mujer viva como un esqueleto de seca y que no podía hablar, porque las tías por un escondite que tenían la daban sólo agua y rebojos de pan.
Entonces, al sacar a quella mujer, el capitán no la reconoció; pero sí que le vino la idea de mirar a los niños, a los chicos, por­que su madre tenía un lunar en el pecho. Y al mirar a los chicos vio que los chicos tenían el mismo lunar que tenía su madre. Entonces creyó ya de fijo que aquellas mujeres le habían hecho aquella traición. Mandó el capitán amontonar muchos carros de leña y encenderlos. Y después de estar encendida la hoguera, mandó arrojar en ella a la bruja y a las cuñadas, y las quemaron.
Y él se quedó con los hijos y la mujer.

Morgovejo, Riaño, León. Narrador LXV, 21 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

El oso, el lobo y la zorra

26. Cuento popular castellano

Eran una zorra, un lobo y un oso. Y una noche no tenían qué cenar, y dijeron:
-¿Cómo nos arreglaremos pa cenar esta noche? Y dijo la zorra:
-Yo me comprometo a ir a ese pueblo a por gallinas. Y dijo entonces el lobo:
-Pues, yo voy a aquella telera y traigo un carnero. Y dice el oso:
-Yo voy a aquel colmenar y traigo una colmena de miel.
Pues fue la zorra al pueblo. Llegó, se subió a la torre y empezó a tocar las campanas a fuego. Acudió la gente, y la zorra se bajó de la torre y se fue a las gallinas. Pero fue a cierta casa que sólo se quedó una vieja sola en casa. Llegó la zorra y olfateó a una gatera y dijo:
-Aquí huele bien.
Y era que estaba la vieja con el culo a la gatera. Olfateó la zorra, se fue a meter, y salió la vieja con una brasa y la quemó el hocico. Aquélla no llevó nada y salió escamada.
Fue el lobo a la telera. Llegó en ocasión que había una lumbre muy grande, y dijo:
-Ahora, ¡buena ocasión! que están cenando los pastores y ni me sienten ni me ven; y los perros al cuidado de que les den algo, y tampoco salen.
Mas se descuidó el lobo, que ya habían cenao y estaban a la lumbre sentaos. Los perros, como habían cenao también, estaban alerta ya. Llegó el lobo, salieron los perros a él, y le quedaron sin orejas y sin rabo.
Fue el lobo donde estaban la zorra y el oso, y el oso ya estaba allí con el corchito de miel que había llevao. Y dice el oso a la zorra:
-Vamos a ver. ¿Qué has traído tú?
-Pues, mira -contestó la zorra-, ¡las narices todas que­madas!
-Y tú, lobo, ¿qué es lo que traes? -le preguntó al lobo.
-Pues yo, ¿qué voy a traer -dijo el lobo-, que vengo sin orejas y sin rabo?
Entonces dice el oso:
-Pues, miren. Yo traigo este corcho de miel. ¿Cómo nos va­mos a arreglar, porque para los tres es muy poco? Y salta el lobo:
-Pues, echar suertes a ver quién se lo come. Y dice la zorra:
-El que más viejo sea es el que se lo come. Y salta el lobo en seguida:
-¡Ay, el más viejo, yo! ¡Yo nací cuando nació la grama! Y dice la zorra:
-¡Ay! ¡Soy yo más vieja! ¡Cuando nació la grama, ya era vieja la zorra en España!
Y salta entonces el oso y dice:
-Pues, yo no tengo más que ocho, y ¡cuidao del que toque el corcho!

Tordesillas, Valladolid. Narrador LXXIII, 3 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)


El oso y el hombre


43. Cuento popular castellano

Estaba un león en el rigor de la calentura, y llegó un oso a vi­sitarle. Y le dijo:
-No te apures por nada, que con los dos no hay quien pueda. Y le dijo el león:
-Hay uno solo que puede con nosotros y algunos más.
-Pues dime quién es -dijo el oso-, que me voy en busca de él en este momento.
Y el león le dijo:
-No salgas, que vas a salir perdiendo.
-Pues, ¿quién es?
-El hombre -contestó el león.
-Pues, yo daré con él -dijo el oso.
Se puso en camino y se encontró con un pequeño, que estaba guardando unas cabras en una selva. Y le dijo:
-¿Quién eres?
Y le contestó:
-Soy una pobre criatura que estoy a la mira de estas cabras para ganar el sustento de mi pobre madre anciana. Y le dijo el oso:
-No eres tú el que yo busco.
Más adelante encontró a un anciano, que estaba a la mira de unas pocas vacas lecheras. Y también le preguntó que quién era. Y le contestó:
-Soy un pobre anciano que vengo a la mira de este ganado para ganar de comer.
-Tampoco eres tú el que yo busco -le dijo el oso.
Siguiendo más adelante, se encontró con un cazador, al que le preguntó de la misma manera, que quién era. Y le contestó:
-Soy el hombre.
A lo que el oso dijo:
-Pues es el que vengo yo buscando.
Y al decirle eso al cazador, le dijo éste:
-Verás la contestación que te voy a dar.
Se tiró la escopeta a la cara, y el oso, al ver ese movimiento, tomó la escapada. Pero el cazador no anduvo con detenciones..., más que dispararle un tiro y clavarle todos los plomos en las nalgas.
El oso arreó a todo meter donde había dejao a su compañero el león, y le dijo:
-Ahora veo que eres más diestro que yo. Me dijiste que no fuera en busca del hombre, que iba a salir mal. Me he encontrado con uno que me ha dicho ser hombre, con unas narices bastante largas. Me ha tirao una mocada, y ¡mira como me ha puesto el culo!

Aldeonsancho, Segovia. Narrador II, 22 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

El número once


81. Cuento popular castellano

Éste era un comerciante que tenía tres hijos. Y toda la vida el padre había tenido criaos en el comercio; pero llegó un día en que el comercio iba cada vez menos, y hubo que despedir a los criaos. Entonces el padre llamó a sus tres hijos y, después de decirles que ya no tenían dependientes, les preguntó si querían trabajar ellos mismos de dependientes. Le dijeron ellos que les daría de plazo, para contestar, hasta el otro día por la mañana. Al día siguiente le dijeron los hijos que habían acordao no traba­jar ninguno y le rogaron que les diese una yegua y mil pesetas a cada uno y les dejase marcharse por el mundo a hacer la vida.
Consintió el padre, y los tres se marcharon de casa. Y ya casi al anochecer llegaron a un bosque y vieron una casa con luz. Se acercaron a la casa, pidieron posada y se la concedieron. En esa casa vivía un gigante, que a todos los que entraban en su casa los mataba.
El gigante les dio de cenar a los muchachos y después de la cena les mandó a acostarse. Los gigantes tenían siete hijas y, como no tenían sitio donde echarles a dormir, todos tenían que dormir en el mismo cuarto. Se alejaron los gigantes, y el más pequeño de los hermanos oyó que el gigante decía a su mujer:
-Ya tenemos para esta noche. Cuando estén dormidos, los vamos a desollar. Como todos tienen que dormir juntos, pondre­mos gorros blancos a nuestras hijas y gorros coloraos a estos otros, para conocerlos cuando entre a matarlos.
El más pequeño, al oir esta conversación, se lo dijo a sus her­manos y, a medianoche, cuando estaban todos dormidos, cam­biáron los tres gorros encarnaos por otros blancos. Y cuando llegó el gigante, mató a tres hijas suyas. Entonces los muchachos se levanta-ron y se marcharon.
Siguieron su camino adelante, llegaron a palacio y pidieron trabajo. El más pequeño, como vio el rey que era el más listo, le puso a trabajar en el jardín y a los otros dos a otros trabajos, de arar la tierra y cuidar los ganaos. Y al pequeño le puso el rey el Número Once y a los otros dos Nueve y Diez. Al Nueve y al Diez les dio envidia porque el rey había puesto a Once en el jardín.
Los hermanos habían visto que el gigante tenía en su casa una colcha, un espejo y una urraca. Como querían que el rey matase al Número Once, fueron un día a palacio y le dijeron al rey:
-El Número Once dice que se compromete a traerle la colcha que tienen el gigante y la giganta encima de su cama.
El rey había tenido muchas peleas con el gigante y le tenía mucha hincha y llamó al Número Once y le preguntó si era ver­dad que había dicho eso. Once le dijo que no había dicho nada, que no se compro-metía a hacer una cosa de ésas. Y entonces le dijo el rey que tenía que traerle la colcha, o si no, le mataría.
Entonces el Número Once le dijo que si quería que le traería la colcha, que le daría un rebaño de ovejas. Y así lo hizo el rey. Entonces se fue el Número Once con las ovejas a pedir posada donde el gigante. Le dieron posada, y como él ya sabía lo que se pescaba allí, pues a medianoche se fue donde dormía el matrimo­nia y tirando de un lado y de otro ya les estaba quitando la col­cha. Y decía el gigante a la giganta:
-No me destapes, que hace mucho frío.
Poco a poco el Número Once les iba quitando la colcha hasta que se la quitó. Y fue y se la llevó al rey.
A los cuatro días le dijeron los hermanos al rey que el Número Once se comprometía a llevarle un espejo muy bonito que tenía el gigante. El rey le llamó y le dijo que si era verdad, y el Número Once le dijo que no, que él no había dicho eso. Pero el rey le dijo que se lo tenía que traer, y si no, le mataría. Y entonces el Nú­mero Once le pidió un rebaño de yeguas, y el rey se le dio.
Entonces el Número Once fue otra vez a pedirle posada al gigante, y éste se la concedió. Entró el muchacho, y, cuando se fue a acostar, dice el gigante a su mujer:
-Pues ya tenemos cena para esta noche.
Pero a la medianoche el Número Once se levantó, cogió el espejo y se marchó donde el rey.
Como los hermanos querían que el rey matase al Número Once, al poco tiempo fueron y le dijeron al rey:
-El Número Once dice que se compromete a traerle una urra­ca que tiene el gigante.
Llamó el rey al Número Once y le preguntó si era verdad que había dicho que le traería la urraca. Y él dijo que no, que ésa era una aventura muy expuesta y que si le traía la urraca, que le mataría el gigante. Pero el rey le dijo que si no le traía la urraca, que le mataba. Y entonces el Número Once le pidió un rebaño de vacas. El rey se le concedió, y el Número Once se encaminó a la casa del gigante y le pidió posada. El gigante se la concedió, y el muchacho, después de echar de comer al ganao, entró a acostarse.
A las diez y media próximamente el muchacho se levantó, se fue adonde estaba la urraca y quiso cogerla. Pero la urraca dijo:
-¡Gigante, gigante, que el Número Once me lleva por de­lante!
En esto se despertó el gigante, y el Número Once tuvo que irse otra vez a la cama y dejarlo hasta otro día.
A otro día por la mañana el gigante dijo a su mujer:
-Voy al monte a por leña para cocer la carne del muchacho. Entonces se puso la giganta a cortar leña, y el muchacho, al
verlo, la dijo que él se la cortaba:
-¿Qué? ¿Quiere que yo le pique la leña?
-No, no se moleste -contestó ella.
Pero al fin le dio ella el hacha, y en un descuido de la giganta el Número Once la cortó la cabeza. Entonces fue y cogió la urra­ca y se fue donde el rey. Y el gigante, cuando volvió, empezó a echar chispas y se puso furioso.
Al día siguiente los hermanos le dicen al rey:
-El Número Once dice que se compromete a traerle a usted el gigante vivo.
Y el rey, como había tenido muchas guerras con él y todas las había perdido, pues quería vengarse. Y llamó al Número Once y le dijo:
-¿Tú te comprometes a traerme al gigante vivo?
El Número Once dijo que no, que eso era imposible. Entonces el rey le dijo que le mataría, si no se le traía vivo. Entonces el Número Once le pidió tres carros vacíos, tiraos por vacas, tres hombres y tres hachas. Se los dio el rey, y el muchacho se fue al monte del gigante. Como el gigante a todo el que entraba en el monte a cortar leña, le mataba, pues el Número Once, para lla­marle la atención, se metió allí. A los golpes de las hachas vino el gigante y dijo:
-¿Qué hacéis aquí? ¿Quién os mandó venir aquí a cortar leña? Y contestó el Número Once:
-Calle, tonto, que esto es para quemar al rey. Vamos a ma­tarle y quemarle.
-¿No podría yo ir a verlo? -dijo el gigante.
-Sí, sí -dijo el Número Once-. Si usted quiere, podemos meterle en un cajón muy grande y llevarle en estos carros.
Conque hizo el Número Once el cajón, y el gigante se metió adentro. Y después de estar el gigante metido en el cajón, empe­zaron a porrerle vÍgas encima, y ya no pudo salir Entonces lo cargaron en los carros y echaron a andar. Y el Número Once iba diciendo:
-¡Gigante, gigante, que el Número Once te lleva por delante! Y el gigante, pues se dio cuenta que había caído en la rato­nera.
Llegaron donde el rey y empezaron a descargar el carro. Y cuando el rey vio que el Número Once traía el gigante vivo, man­dó que pondrían una caldera de aceite a hervir, y cuando ya ha­bían descargao el carro, le echaon el aceite en el cajón que iba el gigante, y éste murió abrasao.
Entonces el rey le dijo al Número Once que el mandarle a ha­cer todo lo que le había hecho, que se lo habían dicho los herma­nos, y que si quería castigarles, que les castigase como quisiera. Y el Número Once le dijo al rey que les daría el dinero que qui­siesen a cada uno y que se marchasen. Y después de esto el Número Once se casó con la hija del rey, y vivieron muy felices.

Cervera de Río Pisuerga, Palencia. Narrador XXXII, 22 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

El niño que resucita


148. Cuento popular castellano

Era una madre que tenía dos hijos, un hijo y una hija. Y un día los mandó a un recado y les dijo:
-Quien venga antes se toma un tazón de leche.
Vino antes el niño; pero la madre fue y le mató y le colgó en su cuarto. Llegó la niña y la dijo a la madre:
-¿Todavía no ha venido mi hermano?
-No -la contesta la madre-. Para ti será el tazón de leche. La niña tomó la leche, y entonces la dijo su madre:
-Ahora barres; pero no barras en mi cuarto. Si entras, te mato.
Fue por la curiosidad, entró y vio que había matado su madre a su hermano. Y empezó a llorar. Y salió a la puerta de la casa. Y pasó una vieja y la dijo:
-¿Por qué lloras, niña?
-Porque mi madre ha matado a mi hermano.
-No te apures; en el desván haz un hoyo y todos los huesos de tu hermano los metes en el hoyo.
Ya fueron a comer. Y la carne era del niño. Y dijo la hija: -Yo no tengo hambre.
Y dijo la madre:
-Pues no comas.
Después que comieron, todos los huesos los recogió y los echó al hoyo que había hecho en el desván.
Y al día siguiente salió en niño con un cesto de naranjas y otro de caramelos. Llega la madre y le dice:
-Dame un caramelo.
-No quiero, que tú me has matado.
Llega el padre y le dice:
-Dame una naranja.
-No quiero, que tú me has comido. Llega la niña y le dice:
-Dame una naranja. Y le dice el niño:
-Toma todas, que tú me has salvado.

Sepúlveda, Segovia. Narrador LXIX, 1 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

El niño que llegó el último


149. Cuento popular castellano

Éste era un matrimonio que tenía tres hijos, dos chicas y un chico. Y el chico era el más pequeño. Un día la madre les mandó a por leña y les dijo:
-Ir a por leña. Y el que venga el último le corto la cabeza. Se marcharon los tres, y el chico, como era el más pequeño, corría menos. Y al pasar un río se le cayó el zapatito. Y se puso a llorar. Y pasó por allí la Virgen y le dijo:
-Niño, ¿por qué lloras?
-Porque se me ha caído el zapatito al río. Mi madre nos ha mandado a por leña y nos haa dicho que el que llega el último, le mata.
Fue la Virgen y se le sacó. Se puso y echó a correr. Y sus her­manas ya venían a su casa. Él recogió la leña que pudo y volvió para su casa. Pero al pasar el río le pasó lo mismo: se le cayó el zapato. Y empezando a llorar se le apareció la Virgen otra vez y le dijo:
-Niño, ¿por qué lloras?
-Porque se me ha caído el zapatito otra vez. Y ha dicho mi madre que el que llega el último le mata.
Se le sacó la Virgen, le le puso y echó a correr con la leña que llevaba. Pero cuando llegó, ya estaban en casa sus hermanas. Y le dijo la madre:
-Trae la mesa.
-¿Para qué madre?
-Para lo que sea. Trae el barreño.
-¿Para qué madre?
-Para lo que sea. Trae el cuchillo.
-¿Para qué madre?
-Para lo que sea. Desnúdate.
-¿Para qué madre?
-Para lo que sea. Túmbate.
-¿Para qué madre?
-Para lo que sea.
Fue y le mató, y su padre le enterró en el corral. Y la chica mayor, que era la que más le quería, empezó a llorar en el bal­cón. Y pasó por allí la Virgen y la preguntó:
-¿Por qué lloras, niña?
-Porque mi madre ha matado a mi hermano y le ha enterra­do mi padre en el corral.
-Pues ves y reza una Salve, y resucitará lleno de flores.
En efecto, así lo hizo. Salió el niño lleno de flores.
Y al pasar por su casa le pedía su madre flores. Y el niño le dijo que por qué le había matado. Y la chica mediada también se las pedía. Y se fue con la chica mayor. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Riaza, Segovia. 30 de marzo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

El médico y la muerte .089

89. Cuento popular castellano

Éste era un zapatero remendón que tenía siete hijos y la mu­jer. Como las utilidades que le reportaba el oficio no cubrían las necesidades de la casa, él nunca pudo tener la satisfacción de saber lo que era llenar la tripa. Y en vista de esto, un día, pensan­do lo desgraciado que era, decidió vender lo único que tenía, que era la herramienta del taller, y con el valor de ello comprar arroz, bacalao, pan, vino, y esas cosas, suficiente para poder lle­nar la barriga.
As¡ lo hizo, y una vez preparada ya la comida, se echó a pen­sar a ver dónde podía estar más tranquilo -y que nadie le mo­lestara, pidiéndole algo de la comida que él llevaba. Pronto lo pensó, viendo una ermita que había un poco distante del pueblo, y al día siguiente, una vez preparada la comida, se puso en cami­no hacia la ermita con un cesto lleno de cosas. Cuando iba hacia la ermita, se iba diciendo entre sí:
-De esto que llevo aquí, no doy nada a nadie. Quiero llenar la tripa de una vez, porque no sé lo que es llenarla.
Esto que oye San Pedro. Se lo contó a Cristo, diciéndole:
-Mira, ¿ves a aquel pobre que va hacia la ermita? Pues, ha dicho que de lo que lleva no dará nada a nadie, que a él tampoco se lo han dao.
Y le contesta Cristo:
-Pero, ¡hombre! ¿Así ha de ser?
-¡Sí, sí! Lo asegura.
Dice Cristo:
-A que si vas tú, no te niega una limosna. Dice:
-No sé.
-Bueno, pues vete.
Se puso en camino San Pedro, vestido de pobre. Y una vez que el zapatero le vio desde el pórtico de la ermita, se decía entre sí:
-¡Caracoles! ¿Quién le habrá dicho a aquél que estoy aquí yo? Pues, te volverás como te has venido.
Y así sucedió. Llegó San Pedro a la puerta de la ermita y pide limosna:
-Una limosna, por Dios, que Dios se lo pagará. Y contesta el zapatero:
-¡Por Dios!... ¡A mí nadie me ha dado nada!
-¡Hombre, mire ustez que soy San Pedro!
-¡Como si es Cristo! ¡A mí nadie me ha dado nada! Por lo
tanto, vete por donde te has venido.
Fue San Pedro y se lo contó a Cristo. Y, extrañado, le dijo:
-Bueno... A que si mando a otro, le da limosna. Dice San Pedro:
-No; casi estoy seguro...
-Pues, ahora lo verás.
Y mandó Cristo a la Muerte. Se puso en camino la Muerte con los mismos hábitos de San Pedro. Y cuando el zapatero la llegó a ver, exclamó con lo mismo que antes:
-¡Ya viene allí otro! Pues, ¡ni que se lo hubieran dicho!
Llegó la Muerte donde estaba el zapatero, y, pidiéndole limos­na, le contestó lo mismo que a San Pedro. Pero el zapatero le preguntó:
-¿Quién eres tú?
-Hombre, yo soy la Muerte.
-¡Caramba! Tú eres mi amiga. Siéntate aquí a mi lado y co­merás conmigo.
Así lo hizo la Muerte. Comió con el zapatero, y, una vez termi­nada la comida y satisfechos ambos, la Muerte quiso recompen­sar al zapatero el favor que le había hecho de darle de comer. Y le dijo:
-En vista del buen comportamiento que has tenido conmigo, quiero hacerte algún favor. Pídeme lo que quieras.
Y el zapatero, por más que pensaba en qué había de pedirle, no llegó a creer nunca que podría darle aquello que fuera el por­venir de su vida. Mas la Muerte le dijo:
-Si no te atreves a pedirme nada, te lo voy a ofrecer yo. Mira; vas a ser médico.
-Pero, ¡hombre! ¡Si no entiendo yo nada de enfermedades ni de medicinas!
Dice:
-No importa. Verás. Tú lo primero que tienes que hacer es enterarte dónde hay enfermos graves, pero siempre fijándote en que sea de la clase rica, pues en las primeras visitas que hagas, podrás hacerte rico, y siguiendo por el mismo procedimiento, lle­garás a ser poderoso, porque adquirirás fama mundial como el mejor médico y recibirás grandes gratificaciones.
-¡Bueno! Pero, ¿cómo voy a saber yo cómo he de recetar y todo esto?
-No te apures, pues a ti sólo te bastará con visitar al enfer­mo y observar en el lecho dónde estaré yo. Y si me ves a mí a la derecha del enfermo, puedes decir a los de la casa que el enfer­mo sanará pronto; pero si me ves a mí al lado izquierdo, puedes pronosticar que se muere. Como esto ha de ser un hecho, porque yo, al colocarme al lado derecho, no le mato y no muere, pues verán que ustez ha acertao. Y por el contrario, poniéndome al lado izquierdo, al ver que muere, pues dan el crédito a ustez, que es el médico.
Aceptó el zapatero y acto seguido puso en práctica su profe­sión. La primera visita que hizo fue a un marqués, que estaba ya desahuciado por todos los médicos que le habían visitao; todos le pronosticaron la muerte inmediata. Pero él se presentó en la casa sin que nadie le avisara, preguntando si había allí un enfer­mo grave. Y le contestaron que sí, y que desgraciadamente estaba en período de agonía.
-¿Podría yo verle? -dijo.
Y le contestaron:
-Perdone ustez; pero no se halla ni él ni los familiares en si­tuación de recibir visitas.
Dice:
-¡Hombre! ¿Quién sabe? Soy médico, y aunque no he sido llamado, tengo gran interés en visitarle por si algo se pudiera conseguir en beneficio del paciente.
Pasó la sirvienta y se lo dijo a la señora de la casa. Le manda­ron pasar, y, una vez dentro de la habitación del enfermo, observó que la Muerte estaba allí al pie, pero se hallaba al lado derecho. Empezó por tomarle el pulso y escucharle ambos costados. Y sin demora de tiempo ordena en la casa que le hagan una taza de tila y que le dejarían solo seis horas; al término de las seis horas, que tuvieran preparado un caldo de gallina, y al día siguiente, a las once o doce del día, le levantaran un poquito y le sentaran en un sillón en la misma habitación, le dieran de comer algo, poco, si le apetecía, y una vez reposada la comida, a las dos horas, le volvieran a acostar.
-Mañana ya vendré yo a hacerle otra visita, y veremos el cambio que haya tenido el enfermo con este tratamiento.
Los de la casa les pareció un cuento, como si fuera alguno que quisiera burlarse del Marqués o de sus familiares; pero como la receta no podía ser nada perjudicial, y el enfermo se prestó a tomarlo, así lo hicieron. Le dieron la taza de tila, le dejaron solo en la habitación, observando de vez en cuando si reposaba, y al día siguiente el Marqués se hallaba casi completamente restable­cido, hasta con gana de comer. En vista de esto la Marquesa le preparó el caldo de gallina, le levantó de la cama -puesto que el mismo enfermo también lo pedía-, le sentaron en el sillón y le dieron de comer una anca y un alón de gallina, que saboreó el Marqués como si tal enfermedaz tuviera. Cuando volvió el médi­co, ya conversó largo rato con el Marqués, el cual le decía:
-Ustez me ha dao la vida.
Volvió a observarle el médico detenidamente y le dijo:
-Desde mañana puede ustez hacer la vida normal.
Y el Marqués así lo hizo. A todo esto le preguntaron por sus honorarios, y éste contestó que nada, que no tenía derecho por no ser médico suyo, que él lo había hecho por un rasgo humani­tario. Viendo el Marqués tan generoso rasgo, le soltó de la cartera unos cuantos billetes de mil pesetas.
Con estos billetes ya pudo el médico improvisado caracteri­zarse en condiciones como correspondía a su profesión. Se com­pró sombrero hongo, su gran bastón, su traje y levita, y pronto, muy pronto, se hizo memorable por aquellas comarcas. De todos los sitios le avisaban; no podía atender a todos. Se compró un coche y, con su buen tronco de caballos, no cesaba ni un momen­to de visitar enfermos, que en pocos años le llegaron a proporcio­nar una fortuna.
Cuando mejor y más descuidado se encontraba el médico, des­pués de muchos años en la opulencia, se le acerca la Muerte, di­ciéndole:
-Vamos, que ya has podido disfrutar bastante del mundo. Y el médico le contestó:
-¡Hombre! ¡En el mejor vivir me vas a llevar! Dice la Muerte:
-Sí, ya es hora, y ya tienes muchos años.
En vista de esto el médico le pidió un favor.
-¿Cuál es?
-Hombre, que en tantos años que me he llevao en esta vida, casi ni me he acordao de ti ni de Dios. Déjame un rato más para rezar un poco... Siquiera, siquiera un padrenuestro...
-¡Bueno, hombre!... Pues, concedido.
Se puso a rezar el padrenuestro el médico, y cuando llegó a «Padre Nuestro, que estás en los cielos», dijo:
-Diquiá cien años, lugar tendré de terminarlo.
Así que como no había terminado el padrenuestro, la Muerte se marchó. Pero ésta, muy astuta, estuvo estudiando a ver de qué manera podía engañar al médico, puesto que también a ella la había engañado el médico.
Y un día, sabiendo la ruta que el médico tenía diariamente, se le presentó en un sitio colgada de un árbol, con una soga al pescuezo, figurando que alguien se había ahorcado. Al pasar por allí después el médico en su coche y ver por entre los cristales tal espectáculo, mandó parar al cochero, y le dijo:
-Oye, ¿qué es eso?
Y el cochero, observándole, le dijo:
-¡Oh, señor! ¡Es un hombre que se ha ahorcado! Entonces el médico le dijo:
-Pues, vamos a rezar un padrenuestro por ese desgraciado.
Empezó el padrenuestro el médico, contestando el cochero. Y cuando le terminaron, como si se hubiera arrancado la cuerda, cayó el hombre que parecía ahorcado. Mas al llegar a tierra, fue grande el asombro del médico al ver que era la Muerte, que venía hacia él a pasos agigantados.

Herrera de Río Pisuerga, Palencia. Narrador VII, 25 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)