Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 28 de mayo de 2012

El culebranovio

Había una mujer pobre que no tenía descendencia, pero rogaba a Dios que la dejara embarazada aunque lo que naciera fuera una culebra. Dios la escuchó y, cuando le llegó el momento, dio a luz una culebra. La culebra, en cuanto nació, escapó por entre la hierba y desapareció. La pobre mujer se quejaba y lloraba constantemente, pues ya que Dios le había cum­plido su deseo de ser madre, su vástago había huido sin que se supie­ra a dónde. Así pasaron veinte años, hasta que volvió la culebra y le dijo a su madre;
-Yo soy aquella culebrita tuya a la que tú pariste y en seguida se escapó por entre la hierba; ahora vuelvo junto a ti, madre, para que pidas la mano de la hija del zar y me cases con ella.
Mucho se alegró la madre al ver a su hijo, pero en seguida empe­zó a preocuparle cómo iba a atreverse a pedir a la hija del zar para una culebra, además siendo ella tan pobre. La culebra le repitió:
-Ve, madre, no le des más vueltas, pues sabes que todas las doncellas tienen las puertas abiertas y aunque el zar no te la diera tampoco te iba a matar por eso. Sea lo que sea lo que el zar te diga, cuando vuelvas, no mires hacia atrás hasta no haber llegado a nues­tra casa.
Conque se puso en camino y se marchó a ver al zar. Cuando llegó al palacio del zar, los criados no la permitían pasar, pero ella empe­zó a suplicar y por fin la dejaron. Al llegar ante él le dijo:
-¡Resplandeciente zar! He ahí tu espada, he aquí mi cabeza. Por mucho tiempo no tuve descendencia, pero yo le pedía a Dios que me dejase embarazada aunque hubiera de parir una culebra. Él escuchó mis súplicas y al cumplirse el tiempo nació una culebra que, nada Más nacer, huyó por entre la hierba y desapareció. Ahora, después de pasados vein­te años, la culebra ha vuelto a mí y me envía a pedirte la mano de tu hija.
Al zar le entró la risa y le dijo:
-Te daré la doncella para tu hijo a condición de que él tienda un puente de perlas y piedras preciosas desde mi palacio hasta su casa.
Entonces la madre regresó a casa sin mirar atrás y, según se vol­vía del palacio del zar, tras ella se iba levantando un puente de per­las y piedras preciosas hasta su propia casa. Cuando la madre le contó a la culebra lo que el zar le había dicho, ésta volvió a repetirle:
-Ve ahora, madre, a ver si el zar quiere darte la doncella y, sea lo que sea lo que te responda, cuando regreses tampoco te vuelvas hasta que llegues a nuestra casa.
La madre se puso en marcha de nuevo y cuando llegó ante el zar le preguntó si ahora le daría la doncella para su hijo, pero el zar le res­pondió:
-Si tu hijo construye un palacio mejor que el mío, le daré la don­cella.
Luego la madre se volvió a casa sin mirar hacia atrás durante el camino; al llegar a su casa se encontró con que en su lugar había un palacio mejor que el del zar. Cuando la madre le contó a la culebra lo que el zar había dicho, la culebra le dijo una vez más:
-Ve, madre, a ver si ahora quiere el zar darme la doncella y, diga lo que diga el zar, desde que salgas de su casa hasta que llegues a la nuestra, no vuelvas la cabeza.
Al llegar la madre delante del zar, le dijo a éste que el palacio de su hijo era mejor que el palacio real y le preguntó otra vez si le iba a dar la doncella, pero el zar le contestó:
-Si tu hijo consigue reunir en su palacio todo tipo de cosas mejo­res que las que en el mío hay, le daré la doncella.
Entonces la madre se fue a casa sin volverse a mirar atrás mien­tras regresaba; cuando llegó a casa, se encontró con que allí todo era tres veces mejor que en el palacio del zar: todos los ciervos eran de oro, las ciervas, los pájaros, las gallinas, los pollos, las liebres, todos de oro. Al contarle su madre a la culebra lo que había dicho el zar, la culebra le dijo:
-Ve de nuevo, madre, a ver al zar y pregúntale si ahora ya me quiere dar la doncella.
Cuando la madre estuvo ante el zar y le contó que en el palacio de su hijo todo era mejor que en el suyo, entonces el zar le dijo a su hija:
-¡Hija mía! Ahora será mejor que te vayas con esa culebrilla, pues todo lo que ella tiene es mejor que lo nuestro.
Y de esta manera la culebrina reunió a los testigos y consiguió que la hija del zar se casara con él. Pasado algún tiempo la mujer de la cule­bra se quedó embarazada. Entonces su madre empezó a preguntar­le; también sus hermanas y todos los suyos le pregun-taban:
-¿Cómo es que te has quedado embarazada de una culebra? Pero ella nada revelaba, pues a todos les decía:
-Será por voluntad de Dios por lo que me he quedado embara­zada.
Finalmente se puso a preguntarle su suegra:
-Nuera mía, ¿cómo es eso?, ¿cómo duermes con una culebra? Entonces ella se confió a su suegra y le dice:
-¡Madre mía! Él no es una culebra, es un mozo tan guapo que no hay otro como él. Todas las noches sale de esa camisa de culebra y por las mañanas otra vez se la pone.
Cuando la madre de la culebra oyó eso, se alegró mucho y quiso ver a su hijo fuera de esa piel de culebra, así que le preguntó a su nuera cómo podría verlo ella, y la nuera le dijo:
-Cuando nos vayamos a acostar, yo quitaré la llave de la puerta, de modo que, cuando empiece a desnudarse, tú podrás verlo a tra­vés de la cerradura.
Al ver de esta manera la madre a su hijo, empezó a cavilar cómo haría para que él permaneciera así para siempre. Una vez le dijo a su nuera:
-Nuera, vamos a quemarle la piel; yo encenderé la estufa y la arrojaré al fuego para que se queme. La nuera le contestó:
-Madre, tengo miedo de que le suceda algo.
Pero la madre le dijo:
-No le va a pasar nada porque, cuando le sofoque el calor, tú tomarás agua fría y se la irás echando despacito hasta que la piel se haya quemado.
Convinieron en eso, conque la madre encendió la estufa y por la noche cuando el muchacho se hubo quitado la piel de culebra y se echó a dormir, ellas se las ingeniaron para quitarle la piel y la arroja­ron a la estufa. Al empezar a quemarse la piel, a él le entró un gran sofoco, pero ellas le echaban agua por todas partes y de esta manera conservó la vida.
Cuando se le pasó el acaloramiento y salió del sueño, sintió el olor de la piel, se levantó de un salto y gritó:
-¿Qué habéis hecho, por el amor de Dios? ¿Adónde iré así?
Su madre y su mujer insistían:
-Pues mejor que estés así, y mejor que estés entre la gente.
Finalmente consiguieron calmarlo. Cuando se enteró de esto su suegro, en seguida le cedió su reino aun estando él vivo y de esta manera se convirtió en zar y reinó feliz hasta el fin de sus días.

090. anonimo (balcanes)

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