Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 12 de enero de 2015

El juego de guille

Cuando Guille era pequeño, se dio cuenta de que, si apretaba el botón que había en la puerta de la entrada, un timbre se ponía asonar en el interior y mamá salía corriendo.
A Guille le gustó mucho. A veces, se deslizaba fuera de casa por el simple placer de apretar el timbre. Le parecía tremendamente divertido oír el sonido del timbre y ver a su madre atravesar corriendo el vestíbulo. Pero su madre no parecía ser de la misma opinión y un día le preguntó el porqué.
-Porque creo que es el lechero o el empleado del gas, bajo corriendo y no veo a nadie.
-¿A nadie? -repitió Guille, indignado. Me ves a mí.
-Sí, hijo, ya lo sé, pero ¿por qué no vienes tú cuando quieras decirme algo?
«Es mucho menos divertido» -pensó Guille. Pero mamá se había puesto tan seria que comprendió que no debía jugar con el timbre o, al menos, sólo de vez en cuando.


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El jardin de maria

María vivía en un piso con sus padres. Le gustaba mucho el edificio y todos los vecinos la querían, pero había una cosa que deseaba con todas sus fuerzas y que no podía tener: un jardín.
Le habría gustado pasar el tiempo sembrando, plantando, observando cómo las plantas y flores brotaban y se abrían. Pero era imposible tener un jardín en un piso. A menos que...
Un día, los tíos de María llegaron de Australia. Trajeron muchos regalos para sus padres y un enorme paquete para ella. Cuando María lo desenvolvió, encontró una gran caja de cristal, una azadita, mantillo y varios paquetes pequeños.
-¿Qué es esto? -exclamó María.
-Es un jardín de cristal -respondió su tía. Papá lo colocará en el alféizar de tu ventana y podrás llenarlo de tierra y plantar semillas.
María estaba impaciente por empezar a cultivar su jardín. Su padre lo instaló y ella pudo hacer realidad, aunque en miniatura, lo que parecía un sueño imposible.


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El hada del lago

Esta es la historia de un hada escocesa que vivía a orillas de un lago.
Una noche de invierno, fue a visitar a otra hada que vivía en la orilla opuesta. Cuando dejó a su amiga para volver a casa, era muy tarde o, para ser más exactos, muy temprano. Iba a amanecer y debía estar ya de vuelta, pues si por desgracia un rayo de sol la rozaba, se transformaría en flor. Miró al cielo y formuló un deseo.
«Deseo -pensó- que la última estrella del firmamento baje y me lleve antes de que salga el sol.»
Por suerte, la reina de las hadas oyó su deseo. Y, como el hada del lago era su preferida, se lo concedió.
El hada no había terminado aún de formular su deseo, cuando bajó la última estrella que quedaba en el cielo y la llevó a su casa.
La próxima vez que mires al cielo y veas una estrella fugaz, piensa que puede tratarse de la estrella que la reina de las hadas envió al hada del lago. Y quizá lleva a su casa a un hada antes de que amanezca.


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El hada campanula

La reina de las hadas dijo un día al hada Campánula que necesitaba un diente para un sortilegio.
El hada se sentía muy excitada por esta misión pero, por más que voló a través de todo el país, no encontró un diente en ninguna parte. Ya estaba a punto de rendirse cuando su mirada se detuvo en la ventana de una niña. La pequeña se restregaba la cara como si le doliera. De repente, estornudó y un diente cayó de su boca. El hada Campánula esperó a que la niña se quedara dormida, voló hasta su cama y cogió con cuidado el diente. Como no quería dar la impresión de que acababa de robar algo valioso, dejó en su lugar una moneda de plata.
Algunos niños todavía tienen la suerte de recibir la visita del hada Campánula cuando pierden un diente de leche.


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El guardabosques que tenia buen corazon

Se acercaba la temporada de caza, cuando el bosque se llena de cazadores.
El guardabosques iba siempre acompañado por una liebre, como si de un perro de caza se tratara, y por un mirlo que se posaba sobre su sombrero. Cuando llegaba esta época, le entraban ganas de esconder a todos los conejos, perdices y ciervos en su cabaña hasta que pasase la temporada, pues tenía muy buen corazón.
Pero como no cabían en ella, iba de un lugar a otro del bosque explicando, ansioso, a sus amigos los animales dónde podían esconderse cuando llegaran al bosque los cazadores.
-¿Por qué no mojas la pólvora de sus escopetas? -preguntó la liebre.
-Porque soy un guardabosques.
-Precisamente por eso, tu trabajo consiste en guardar el bosque, ¿no?
Y el guardabosques tuvo que darle la razón.


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El guardabosques

Era la temporada de caza y el guardabosques estaba muy ocupado. Corría de aquí para allá de la mañana a la noche, ni siquiera volvía a casa a comer. Su mujer se quejaba de que no le veía nunca.
-Tengo demasiado trabajo -le decía todas las noches al llegar, cuando su mujer empezaba a lamentarse. Estaba tan cansado que se iba directamente a la cama, en cuanto terminaba de cenar.
-A partir de ahora, voy a llamarte Juan.
-Pero yo me llamo Luis -replicó el guardabosques.
-Sí -replicó su mujer, pero de tanto trabajar tu amigo Juan se volvió idiota y eso mismo es lo que te está pasando a ti.
Desde ese momento, Luis nunca volvió a trabajar tanto.


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El guante olvidado

Había una vez una jovencita que, con las prisas, salió de casa dejando olvidado sobre la mesa uno de sus guantes. Estaba ya subida en su carroza cuando descubrió su olvido, pero era demasiado tarde para volver atrás.
Sólo podía hacer una cosa: ponerse el otro guante e ir a la fiesta como si nada ocurriera.
Todo el mundo observaba con asombro el único guante. Por eso, se sintió muy aliviada cuando llegó la hora de volver a casa.
Al día siguiente, fue a otra fiesta y comprobó, estupefacta, que las demás chicas sólo llevaban un guante. ¿Por qué? Muy sencillo: la noche anterior, en la fiesta, todos pensaron que la joven había olvidado su guante consciente-mente, siguiendo una nueva moda. Y esto fue lo que sucedió. Durante todo aquel año, en todas las fiestas elegantes, nadie volvió a llevar los dos guantes a la vez. Y todo porque una jovencita olvidó un día el suyo.


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