Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 11 de enero de 2015

La vaca magica

Había una vez una familia que vivía en Italia, cerca de la región de Trentino, que tenía una vaca que proporcionaba el triple de leche que las demás, era gorda y buena, y un día tuvo un ternerito.
Toda la familia cuidaba de la vaca como si fuera un integrante más y se pusieron muy contentos cuando dio a luz a su cría. La madre, el padre y los dos niños corrían de un lado para otro para asistir a la vaca y a su hijo.
Pero cometieron un error, pues en cuanto nació el ternerito todos se apiñaron para observarlo y limpiarlo y dejaron a la pobre vaca sola.
En un momento determinado, ante el regocijo de toda la familia, la más pequeña de los dos hermanos preguntó:
-¿Quién está cuidando a la vaca?
Se miraron unos a otros y el padre salió corriendo inmediata-mente. Cuando dio la vuelta y llegó donde solía estar la vaca, no encontró nada.
La desesperación los embargó y en un santiamén la felicidad se trocó en tristeza. ¿Y ahora qué iban a hacer?
El padre, la madre, el hijo y la hija menor se pusieron a llorar y a quejarse de su desgracia. El primogénito, que no tenía más de diez años, al ver el sufrimiento en los rostros de sus seres queridos, dijo:
-Yo iré a buscar la vaca.
Pero nadie lo escuchó salvo su hermanita.
-Yo te acompañaré.
-No, eres muy pequeña y alguien debe cuidar del ternerito. Regresaré con nuestra querida vaca.
El muchachito fue a la casa, se abrigó, tomó un cuchillo, se ató bien los cordones de sus zapatos, tomó un cayado de madera y partió en busca de la vaca.
Luego de todo un día de caminar se sentó a descansar y gritó:
-¿Dónde estás, querida vaca?
Y como si fuera un susurro del viento, escuchó un mugido lejano:
-Muuuuuuuuuuu.
El niño se levantó con renovadas fuerzas y caminó en dírección al mugido que había escuchado.
Toda la noche estuvo caminando el pequeño, sorteando toda clase de obstáculos, hasta que al borde de sus fuerzas se sentó sohrc una roca a descansar y volvió a gritar:
-¿Dónde estás, querida vaca?
-Muuuuuuuuuuu.
Sin embargo, esta vez el mugido parecía más cercano.
El niño sintió que le volvían las fuerzas y volvió a caminar durante todo el día y la noche, hasta que al amanecer del día siguiente se sentó sobre el tronco de un árbol para recuperar el aliento y volvió a preguntar con toda la fuerza de sus pulmones:
-¿Dónde estás, querida vaca?
Y escuchó el mugido nuevamente:
-Muuuuuuuuuuu.
Pero esta vez el sonido provenía de un lugar muy cercano. Miró hacia un lado y hacia el otro y vio un montón de piedras gigantescas que, sopesando el paisaje donde se encontraba, no debería estar allí.
Con renovadas fuerzas el niño comenzó a sacar las una por una hasta que encontró la entrada de una cueva. Parecía profunda y oscura, rezumaba humedad.
El niño se tapó la nariz para evitar el olor fétido que de allí emanaba, y luego de mucho andar encontró a su querida vaca, que permanecía atada a una estalagmita.
El muchachito abrazó a la vaca, que le dio lengüetazos de agradecimiento. Luego desenfundó el cuchillo y lo usó para cortar la soga que la sujetaba, y tomando un extremo la dirigió hacia la salida.
Una vez fuera el chico volvió a colocar las piedras nuevamente en su lugar para tapar la entrada. Y él y la vaca comenzaron a caminar.
Al poco rato el niño cayó al suelo rendido. La vaca comenzó a empujarlo con su hocico. Y él le dijo con un hilo de voz:
-Ya no puedo más, vaquita, tres días y tres noches estuve buscándote sin dormir ni descansar.
Entonces, ante la sorpresa del muchachito, la vaca habló:
-Toma un poco de mi leche y eso te renovará las fuerzas.
El chico se arrastró bajo la vaca y cuando estuvo debajo de sus ubres apretó las mamas y lanzó gruesos chorros de leche a su boca.
De inmediato sintió que las fuerzas le volvían. Se puso de pie y los dos recomenzaron su andar. Pero a los pocos pasos escucharon un estrépito de rocas al caer.
Con la vista agudizada por el precioso alimento que acababa de ingerir, el muchachito vio que la entrada de la cueva estaba abierta y que dos ogros inmensos y terribles aparecían por ella.
-¿Qué sucede? -preguntó la vaca.
-Veo dos monstruos terribles, son gigantescos y tienen la piel gruesa y negra. Sus bocas grandes están llenas de colmillos y los ojos le brillan como si fueran dos brasas encendidas.
-Debemos correr -dijo la vaca, pues lo que ves es la pareja de ogros que me secuestró, y nos van a perseguir.
La vaca y el niño comenzaron a correr con todas sus fuerzas, pero a pesar de todo su esfuerzo no eran tan rápidos como los dos ogros que los perseguían y que cada vez estaban más cerca.
-¿Por qué son tan rápidos? -exclamó el muchachito con rabia.
-No te olvides que ellos también han tomado de mi leche respondió la vaca.
Siguieron corriendo durante un tiempo más y el niño volvió a hablar:
Nos están alcanzando.
La vaca, entonces, se detuvo.
-¡Vamos! -la apuró el niño.
No ganaremos nada si seguimos corriendo, pues nos van a al rapar a los dos. Debemos detenerlos.
-¿Y cómo lo vamos a hacer?
-Vierte una sola gota de leche de cada ubre sobre la tierra, ni una más ni una menos.
El niño se agachó junto a la vaca y, aunque la tarea fue difícil y casi estuvo por echar más de una, logró hacerlo.
¡Vamos! -dijo la vaca mientras seguía camino adelante.
El muchachito la siguió pero, al mirar atrás, vio que allí donde había dejado caer las gotas de leche se formaba un río gigantesco que atravesaba todo el camino.
La pareja de ogros se detuvo al borde del río; el macho intento cruzarlo pero la corriente era tan fuerte que si no hubiera sido por su esposa lo hubiese arrastrado.
¿Cómo cruzaremos el río? -le preguntó el ogro a su mujer. Bébetelo todo -le dijo la ogresa, que era casi tan grande como él y su mirada era aún más fiera.
[1 ogro se agachó poniendo las palmas contra el suelo de la urillii, acercó su gigantesca boca y comenzó a beber el río.
La vaca y el niño seguían corriendo durante el segundo día, cuando divisaron que la pareja de ogros se aproximaba nuevamente.
-¡Otra vez los ogros se están acercando! -exclamó el murchachito.
La vaca se detuvo repentinamente y luego dijo:
-Ahora ordeña sólo dos gotas de cada ubre sobre el suelo, ni una más ni una menos.
El niño así lo hizo, pero cuando ordeñaba la segunda gota de la última ubre, notó que una tercera se estaba formando en la punta. Rápidamente la recogió con el dedo y se la metió en la boca.
-Muy astuto -lo apremió la vaca, ¡ahora corre!
Y ambos comenzaron nuevamente a correr.
Una inmensa pared de fuego se formó de pronto, allí donde habían caído las gotas de leche.
La pareja de ogros se detuvo frente a la gigantesca pared de fuego, el macho se arrojó contra las llamas en un intento por atravesarlas, pero sin poder aguantar el calor volvió a salir con toda la piel chamuscada.
-No se puede atravesar -dijo el ogro.
-La magia se combate con magia. Usa el agua que bebiste. Y el ogro se tomó el miembro y orinó toda el agua que había bebido hasta apagar la pared de fuego.
Era el tercer día que la vaca y el chico corrían rumbo al hogar, que ya estaba muy cerca. Sin embargo, algo hizo que el muchachito volteara la vista y los vio.
-¡Los ogros nos están alcanzando!
La vaca se detuvo y dijo:
-Ahora deberás ordeñar sólo tres gotas de cada ubre sobre el suelo, ni una más ni una menos.
El muchachito se agachó junto a la vaca y así lo hizo.
-¡Ahora corre! -dijo la vaca.
Y entonces el chico pudo ver cómo surgía una enorme montaiia que se erguía hasta los cielos y cuya cima se perdía en las nubes.
La pareja de ogros no se detuvo y comenzaron a escalarla usando las garras de sus manos y de sus pies. Subieron y subieron y cuando llegaron a la cima la vaca y el niño entraron corriendo en su casa.
En ese momento la montaña desapareció y los dos ogros caycron con tanta fuerza que hicieron un gran cráter en el suelo y no pararon hasta llegar al infierno.
Y ése fue el final de aquella maligna pareja de ogros.
Por su lado la familia festejó el regreso de su hijo y de su preciada vaca, y nunca más dejaron solo ni a uno ni al otro.

Cuentos de ogros


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El pedido de la ogresa

La cabaña estaba sumergida en el bosque, los frondosos árboles que la rodeaban eran tan antiguos como el mundo mismo. El viento del otoño soplaba entre el follaje de hojas de color ocre que se iban descolgando de las ramas como los copos de nieve desde el cielo.
El suelo estaba alfombrado de hojas muertas y, cuando la puerta de la cabaña se abrió, algunas se arremolinaron en torno. Un hombre grande y alto, de grueso pelo negro y barba poblada, le dio un beso en la mejilla a su mujer, que sonreía mientras mecía a su pequeño de pocos meses.
El hombre se volvió, abrió la puerta del cobertizo que se apoyaba sobre una de las paredes de la casa, tomó la soga y el hacha y partió hacia el interior del bosque, como todos los días que iba a trabajar.
La mujer aguardó un rato en el umbral, hasta que la figura de Su marido se perdió en la espesura verde amarronada del bosque otoñal. Cuando ya no pudo distinguirlo cerró la puerta y puso la tranca.
El humo que se desprendía por la chimenea de la casa llevaba el aroma de la comida recién hecha. La mujer agregó algunas ramas que pronto fueron envueltas por lenguas de fuego, luego se quedó allí revolviendo el caldero.
De pronto el bebé comenzó a llorar. La mujer volvió a su lado y lo levantó en brazos. Lo notaba inquieto, nervioso...
Dos golpes en la puerta la sobresaltaron. Caminó hacia ella meciendo a su bebé y pensando que, seguramente, era su marido que regresaba porque se había olvidado de algo.
Corrió la tranca y abrió la puerta mientras sostenía a su bebé con la otra mano y su corazón le dio un vuelco, puesto que sus ojos no podían creer que aquello que se le presentaba a menos de un metro de distancia perteneciera al mundo de lo real.
Allí, en el umbral de la puerta de su cabaña, había un ser gigantesco, más alto que su marido. Todo su cuerpo estaba cubierto de un pelaje corto de color marrón. Sus manos eran grandes pero sus dedos parecían demasiado cortos y terminaban en una uña negra curvada, parecían garras. También las de sus pies. Tenía las rodillas al revés, como las de algunos animales corredores. La cabeza era muy grande y estaba casi pegada al cuerpo, unida con un cuello muy corto. Su boca grande, de labios gruesos, estaba poblada de numerosos colmillos. Su nariz, aplastada, tenía las fosas nasales dilatadas y hacía un fuerte ruido cada vez que inspiraba o expiraba. Sus pechos eran enormes y también estaban cubiertos de vello excepto en la zona de los pezones, que eran grandes y tenían una tonalidad más oscura. Pero lo más impresionante de todo eran sus ojos grandes y brillantes, como los ojos de los animales que a veces traía el dueño de casa para comer.
En una fracción casi imperceptible de tiempo una idea cruzó la mente de la mujer: gritar socorro, pues tal vez su marido aún estuviera lo suficientemente cerca como para oírla; aunque también eso podía alterar a la criatura, que por otra parte era evidentemente de sexo femenino.
En un rápido movimiento intentó cerrar, pero la ogresa colocó un pie-garra en el umbral y frenó el avance de la puerta. Su boca balbuceó algunas palabras y la mujer sólo pudo comprender dos.
-Comida... bebé.
El pánico llegó a su punto culminante puesto que la criatura ¡quería comerse a su hijo!
La mujer hizo más fuerza para cerrar la puerta, pero el pie-garra de la ogresa era tan firme como si fuera el tronco de un árbol que hubiera echado raíces.
La mujer retrocedió y tomó una de las ramas encendidas del fuego. Volvió hacia la puerta para enfrentar a la ogresa, pero ésta, que no se había movido del lugar, volvió a decir algunas palabras:
-¡No leche! -dijo la ogresa tomándose un voluminoso pecho.
Fue en ese momento cuando la mujer se dio cuenta de que la ogresa sangraba en un hombro y que los ojos desmesuradamente abiertos no infundían terror sino que eran reflejo de la desesperación.
La criatura extendió una garra hacia el bebé y la mujer retrocedió asustada, empuñando la rama encendida. La ogresa, sin inmutarse, señaló hacia un costado donde se podía ver una bolita de pelo gris que se movía y extendía sus garritas hacia el cielo.
-¡Bebé... hambre... no leche!
En ese momento el pequeño ogrito se puso a llorar con un tono agudo y suplicante.
La mujer comprendió la desesperación de una madre por alimentar a su hijo. Retrocedió hacia la casa, dejó al bebé en la cuna (todo esto sin soltar la rama encendida) y tomó una jarra de leche que entregó a la ogresa.
La criatura no sabía cómo agarrar la jarra, sus dedos no eran aptos para ello y trataba de hacer movimientos lentos para que la mujer no se asustara.
La mujer volvió a la casa, puso la leche en una taza de madera con pico, que su marido había tallado para darle de beber a su hijo, y se la ofreció nuevamente a la ogresa.
La criatura tomó la taza con ambas manos y comenzó a alimentar a su hijo.
La mujer se apiadó de la ogresa. La rama ya se había apagado y volvió a arrojarla al fuego. Fue a la despensa por un poco de pan y queso, envolvió todo en un lienzo blanco y se lo entregó a la criatura, que había derramado un poco de leche sobre el rostro de su hijo.
La ogresa dejó la taza en el umbral de la puerta, tomó el paquete y rápidamente desapareció en el bosque.
La mujer sabía que no podía contar nada de esto a su marido, pues los hombres no comprenden en lo absoluto a las mujeres. Y mientras seguía revolviendo el caldero y pensando en su inusual encuentro, no pudo evitar sonreír al decirse a sí misma cómo el instinto de una madre podía superar todos los obstáculos, hasta el del habla y el de la especie.
Su marido regresó antes de que se ocultara el sol y la regañó por haber dejado tirado un lienzo junto a la puerta. La mujer iba a replicar pero decidió guardar silencio.
A la mañana siguiente amaneció con mucho frío. Su marido se aseguró de dejarle una buena carga de leña antes de irse. Pero a pesar de las tareas de la casa, que eran muchas, la mujer no podía sacarse de la cabeza a la madre ogresa y su pequeño retoño.
Abrió la puerta y dejó la taza con pico llena de leche, una hogaza de pan y medio pastel de moras.
Unas horas antes de que regresara su marido abrió la puerta y allí estaba: la taza vacía y el lienzo vacío y limpio, sin restos de la comida que había contenido. La mujer sonrió y entrando las cosas cerró la puerta con la tranca.
Y así fueron pasando los días. La mujer dejaba la taza de madera que tenía el pico tallado llena de leche, una hogaza de pan y algún otro alimento, siempre teniendo cuidado de no poner carne, porque la mujer tenía miedo de que la carne despertara algún tipo de instinto que podría poner en peligro a ella y a su bebé. Y cada tarde, antes de que regresara su marido, abría la puerta y encontraba la taza y el lienzo vacíos.
Pero así como iban pasando los días, el otoño también iba pasando, dejándole el lugar al invierno.
Una mañana la mujer abrió la puerta para depositar la taza de leche y algunos alimentos, y sintió que la miraban. Se quedó allí, de pie, observando todo a su alrededor. Había una especie de calma y silencio profundo, como el que se produce antes de una gran tormenta.
Y lo que ocurrió no fue una tormenta pero sí un cambio climático, pues en ese momento comenzó a nevar. La ogresa apareció de entre los árboles, había estado allí, mirándola, todo el tiempo, y sin embargo no había podido distinguirla.
-¡Tu leche! -dijo apuntándola con una garra, ¡bebé! -señaló hacia un costado, desde donde apareció corriendo un ogro que ya llegaba hasta la cintura de su madre.
-¡Yo no leche! -siguió hablando la ogresa, yo darte sangre tu bebé.
La ogresa extendió una garra y en su palma había una anillo de oro cubierto de una sustancia rojiza.
-Yo sangre no enfermar... fuerza... crecer... tu bebé.
-Siguió repitiendo la ogresa.
La mujer pudo notar en sus ojos una verdadera preocupación para que entendiera. La ogresa repetía sus frases sin parar y se esforzaba por encontrar las palabras adecuadas, y seguía con la mano extendida.
La mujer, entonces, tomó el anillo y le repitió lo que había entendido:
-Así como yo le di leche a tu hijo, tú le das a mi hijo este anillo que tiene tu sangre para que crezca fuerte y nunca se enferme.
La ogresa sonrió de oreja a oreja y asintió repetidamente con la cabeza. Luego emitió una especie de gruñido y se volvió corriendo hacia lo profundo del bosque, seguida por su hijo, que corría detrás de ella.
Y ésa fue la historia que le contó mi bisabuela a mi abuela, y mi abuela a mi madre y yo a ti. Hace mucho tiempo que el anillo se ha perdido, pero se cree que ese bebé, el de la historia, en algún momento se puso el anillo en la boca y estuvo chupándolo un buen rato. Por esa razón se dice que en nuestra familia hay sangre de ogro y por ese motivo somos todos tan altos, fuertes y nunca nos enfermamos.

Cuentos de ogros

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El oro del troll

Cuenta la historia que en el país de Islandia, en una región próxima a Stettir, vivía una familia que tenía dos hijos llamados Sira y Olaf. Sólo se llevaban dos años de diferencia pues tenían diez y ocho años respectivamente, pero todo el mundo, especialmente su familia, estaban cansados de sus peleas eternas. Continuamente discutían y se golpeaban por cualquier tontería. Competían en todo y buscaban excusas para agredirse y hacerse maldades. No había hora del día en que no estuvieran juntos tratando de vencerse mutua-mente.
Al principio pensaron que eran celos de Olaf por ser Sira el primogénito, pero con el tiempo descubrieron que no había una razón válida, cualquier acontecimiento, palabra o acción eran una excelente excusa para que empezaran a pelear.
Con el tiempo la familia se fue acostumbrando a esas peleas y dejaron de prestarles atención. Así fue como un día su madre, sabiendo que iban a pelearse si mandaba a uno solo de ellos y también lo harían si enviaba a los dos, les encargó ir a las piedras cerca del acantilado a recoger algunas hierbas silvestres para la comida.
-Yo te traeré las mejores hierbas que existen en toda Islandia -dijo Olaf.
-¡Sólo si llegas primero! -agregó Sira, dándole un empujón y corriendo como si lo llevara un huracán
Olaf salió corriendo detrás de Sira y, una vez lejos de su casa, comenzó a arrojarle toda clase de improperios.
Corrieron un buen trecho, empujándose e insultándose, hasta que ambos llegaron al acantilado. Estaban tan agotados y golpeados que se arrojaron sobre el césped para recuperar el aliento.
Sin embargo, a los pocos minutos ya estaban bien porque comenzaron a hablar:
-¡Eres un tonto!
-¡Tú eres un tonto y un idiota!
-Eres tan tonto que cualquier tonto te ganaría.
Un hermano se arrojó sobre el otro y comenzaron a rodar mientras se agarraban del cuello.
Como se encontraban tan entretenidos peleando, las horas fueron pasando con rapidez hasta que, de pronto, Sira recordó: ¡las hierbas!
Corrieron hasta una saliente de piedras y comenzaron a buscarlas y a arrancar las que encontraban.
Las sombras de los dos muchachos se proyectaban alargadas sobre el terreno, pues en muy poco tiempo se pondría el sol.
Cuando Olaf vio que Sira tenía un manojo enorme y él sólo unas pocas, tomó una piedra del suelo y se la arrojó por la cabeza. Sin perder tiempo, el hermano le respondió y así comenzó una guerra de piedras. Al principio eran sólo unos pequeños guijarros que no le podían hacer daño a nadie, pero las hostilidades fueron aumentando conjuntamente con el tamaño de las piedras.
Olaf miró a su alrededor y descubrió que ya no tenía ninguna, así que corrió hacia un montón que yacían apiladas en un costado de una gran roca.
Sira pensó que la batalla había terminado pues su hermano ya no le estaba arrojando nada desde el otro lado de la gran roca que los separaba. Pero de pronto algo le golpeó la cabeza produciéndole un gran dolor. Se agachó a recoger la piedra que le habían tirado para devolverla con todas sus fuerzas, pero cuando estaba a punto de hacerlo algo le llamó la atención, y su sorpresa fue enorme cuando vio lo que realmente tenía en la mano.
-¡Detente! -le gritó Sira a su hermano.
Pero como toda respuesta recibió otros tres proyectiles.
-¡Basta de tirarme con oro! -le gritó Sira sabiendo que la verdad detendría a su hermano.
Olaf estaba por arrojarle una nueva piedra cuando escuchó a su hermano y miró lo que tenía en la mano: brillaba tanto como si tuviera un pedazo del mismísimo sol, era pesado como una roca y frío como el agua del mar.
Sira apareció al instante con un semblante serio.
-¿Qué sucede? -preguntó Olaf verdaderamente desconcertado.
-¿De dónde sacaste este oro?
-No lo sé, yo sólo tomé unas piedras de ese montón -dijo señalando la pila de rocas que aún permanecían en un costado.
-Tenemos que devolverlas y ponerlas tal cual estaban.
-¡No! -exclamó Olaf frunciendo el ceño. ¿No te das cuenta? ¡Somos ricos!
Por primera vez en toda su vida, vio a su hermano con tal seriedad que se asustó.
-¡Eres un tonto! Por empezar, no podemos quedarnos con este oro porque no nos pertenece. Y en segundo lugar, ese oro que a simple vista parecen piedras, es el tesoro de un troll.
-¿Un troll?
-Sí, ¿acaso no recuerdas las historias que nos contaba nuesi ra abuela? Los trolls son unos gigantes caníbales que devorarían a toda nuestra familia por haberle sacado un pedazo de su botín.
Sira y Olaf se dedicaron, entonces, a juntar todas aquellas pepitas de oro que andaban dispersas y volvieron a amontonarlas como estaban antes. En cuanto las dejaban en el montón volvían a tomar la apariencia de simples piedras.
De pronto Sira se detuvo y miró el cielo.
-¡Santo Dios! Ya casi está por ocultarse el sol. ¡Rápido, regresemos a casa!
-¿Por qué tanto miedo?
-Los trolls sólo salen de noche, y si nos ven, nos transformaremos en su comida.
Sira emprendió la carrera sujetando su manojo de hierbas aromáticas.
Olaf lo siguió tratando de ocultar la enorme piedra de oro que tenía en uno de sus bolsillos, pues estaba seguro de que el tonto troll no se daría cuenta de la diferencia.
Cuando regresaron, la madre los regañó a ambos por haber demorado tanto.
-¿¡Ahora me traen las hierbas, cuando ya terminé de cocinar!?
La familia comió con bastante tranquilidad y aquel hecho sorprendente pronto se convirtió en bromas por parte de los padres hacia ambos hijos, quienes, después de tantas emociones y peleas, habían quedado exhaustos.
Esa noche se fueron a dormir inmediatamente y nadie tuvo que repetir la orden dos veces.
Cuando la noche ya se había instalado y ambos hermanos descansaban tapados por las gruesas mantas, Olaf habló con voz susurrante:
-¿Crees que los trolls son muy astutos?
-Lo suficiente para darse cuenta si les falta alguna parte de su tesoro -adivinó rápidamente Sira.
El silencio volvió a hacerse audible, pero a pesar de la densa oscuridad, cada hermano pudo sentir que el otro permanecía despierto y con los ojos abiertos.
-Devolviste todas las piedras de oro, ¿no es cierto? -preguntó Sira con voz pausada.
Olaf tardó un rato en contestar hasta que finalmente dijo:
-Tengo miedo, hermanito.
Sira se asustó, pues era la primera vez que escuchaba a Olaf decirle "hermanito".
En ese momento se sintió un tremendo golpe en el suelo, y a los pocos segundos otro más. Toda la casa vibraba y los dos hermanos aguantaron la respiración.
Otro golpe volvió a escucharse, esta vez más cerca...
-¿Qué es eso? -preguntó Olaf, con un susurro tembloroso.
-No lo sé -respondió Sira, tapándose con las mantas hasta la nariz.
Olaf no pudo contenerse y sentándose en la cama miró por la ventana.
El corazón le dio un vuelco y el terror se apoderó de su alma. Una criatura gigantesca de ojos rojos como la sangre, piel escamosa de color grisácea, nariz con forma de pico y una boca abierta repleta de dientes torcidos estaba mirando hacia adentro.
Olaf se volvió a acostar y se tapó con las mantas.
El troll tomó una de las paredes de la habitación de los dos hermanos, y arrancándola de cuajo como si fuera una puerta, la abrió y entró en la recámara.
-¿Quién se ha llevado mi tesoro?
Su voz era pastosa, como si hablara desde el fondo de un pantano. El pavor se desbordaba en los dos hermanos haciéndolos temblar involuntariamente.
-¿Quién se ha llevado mi tesoro? -volvió a preguntar la criatura nocturna.
Sira tenía mucho miedo, pero en ningún momento se le ocurrió delatar a su hermano.
El troll dio un paso hacia Sira, haciendo que todo temblara a su alrededor. El pequeño dio un respingo y se acurrucó contra la pared, alejándose lo más posible de la criatura.
El troll se tomó su tiempo para olfatearlo de arriba abajo, mientras lo miraba con sus ojos incandescentes, rojos como la sangre recién derramada.
Por fin el troll se alejó, pero se volvió hacia Olaf.
El muchacho aún conservaba el trozo de oro en el bolsillo de su pijama y lo apretó bien fuerte con una de sus manos.
El troll le clavó la mirada y comenzó a olfatearlo, moviendo la nariz picuda al hacerlo. De pronto se detuvo abruptamente.
Y en ese momento el pequeño Olaf supo que lo habían descubierto.
-¡Tuuuuuuuuu! -dijo el troll con un sonido gutural.
De un manotón, el troll arrojó las mantas al suelo. Olaf intentó retroceder, pero la criatura lo agarró por un tobillo y de un golpe se lo colocó en el hombro como si fuera una bolsa, dejando al pobre chico muy atontado.
Dio media vuelta, caminó hasta la abertura que había hecho y salió al exterior.
Sira, que hasta ese momento se había quedado paralizado por el miedo, reaccionó y se levantó de un salto, pero cuando quiso salir la pared fue empujada hasta que la habitación se cerró como estaba antes sin la menor marca de lo que acababa de ocurrir.
Entonces corrió hasta la ventana, pero allí no vio a un troll, sino que había otros cinco que aguardaban afuera.
Sira abrió la puerta y corrió hacia la habitación de sus padres, les gritó y los zamarreó para que se despertaran, pero estaban sumidos en un sopor mágico imposible de quebrar.
Volvió a su habitación y se puso a llorar mientras pensaba qué podía hacer. De pronto, entre las lágrimas, vio algo que brillaba en el suelo. Se agachó y lo recogió en sus manos: ¡era la piedra de oro que su hermano había robado! Pensó que, seguramente, había caído del bolsillo del pijama de Olaf cuando el troll se lo llevó.
Mirando el oro dejó de llorar, una idea estaba creciendo en su mente...
Momentos antes del amanecer, Sira salió de la casa. Su semblante era serio, ya parecía un hombre y no un niño. El sufrimiento nocturno lo había transformado por completo.
Y sin decirle nada a su familia comenzó a caminar por el campo con paso decidido.
Sus piernas lo llevaron al mismo acantilado donde habían encontrado el tesoro del trolL Luego de mucho mirar descubrió una rendija en una de las rocas gigantescas que se erguían allí. Empujó con todas sus fuerzas y finalmente la puerta camuflada cedió.
Sira se encontró con una cueva oscura y húmeda y un fétido olor que le acosaba la nariz. No se dejó amedrentar por esas cosas y comenzó a bajar las escaleras de piedra del mundo subterráneo de los ogros.
Los peldaños seguían perdiéndose y perdiéndose en la oscuridad, pues el resplandor del exterior casi no llegaba allí.
-¡Troll! -gritó Sira cuando ya no pudo ver.
Esperó unos instantes y volvió a repetir el llamado, pero esta vez, con más fuerza.
-¡Troll, ven que te estoy llamando!
Dos brasas ardientes aparecieron de pronto en la oscuridad.
Sira sintió que el temor volvía a atenazar su alma, pero se sobrepuso.
-Vete o te comeré -gruñó una voz grave desde las sombras.
-Escucha, troll, tengo un trato para ti.
-¡Vete de mi casa o te comeré a ti también! -le respondió la voz pantanosa desde la oscuridad.
-Yo soy tan flaco como mi hermano, no hay mucha carne que puedas sacar de nosotros; en cambio, el oro es para siempre. Sira esperó unos instantes y disimuló la sonrisa cuando se percató de que sus palabras habían provocado lo que él esperaba. El troll se acercó un poco más y pudo vislumbrarlo vagamente.
-Éste es el trato que te propongo. Te entregaré todo un tesoro a cambio de mi hermano.
Un gruñido le llegó desde la oscuridad.
-¿Y bien?
-Muéstrame el tesoro y te daré a tu hermano.
-Sígueme -le dijo Sira caminando hacia el exterior.
El troll lo siguió varios pasos atrás.
Finalmente Sira salió al exterior y le mostró una pila de piedras amontonadas en forma de pirámide, lo suficientemente cerca como para apreciarlas bien, pero también lo suficientemente lejos para no alcanzar alguna.
-¿Cómo sé que no son simples rocas?
Sira se acercó a la pila de piedras, tomó la que estaba arriba de lodo y se volvió hacia donde estaba el troll. Y el sol brilló intensamente en la piedra de oro que sostenía en la mano.
El troll abrió sus ojos en forma desmesurada y luego dijo:
-Dame el tesoro y te devolveré a tu hermano.
-Devuélveme a ni¡ hermano y te entregaré el tesoro.
-Si no me entregas el tesoro ahora mismo, bajaré y me comeré a tu hermanito de un solo bocado, y luego iré a tu casa por la noche y cuando estés dormido te devoraré.
-Si no me devuelves a mi hermano sano y salvo, arrojaré este tesoro de troll por el acantilado ahora mismo.
-No creo que lo hagas.
Sira volvió junto al montón de piedras, tomó una al azar y la arrojó con todas sus fuerzas al acantilado.
El troll retrocedió un paso en la oscuridad.
Sira se agachó rápidamente, tomó otra piedra y volvió a arrojarla por el borde del precipicio.
-¡Basta! -exclamó el troll,
Sira aguardó unos instantes, volvió a tornar otra piedra y cuando la iba a arrojar escuchó la terrible voz del troll que le dijo:
-¡Espera!
-Si no me traes a mi hermano sano y salvo ahora mismo, juro por Dios que arrojaré todo el tesoro por el acantilado.
-No lo hagas, ahora vuelvo con tu hermano.
El troll bajó las escaleras y llegó junto a su gente.
-¿Qué sucede? -les preguntaron los demás que estaban prepa-rando un gran fuego para cocinar a Olaf, que permanecía atado de pies y manos a un palo.
-Lo cambiaremos por un tesoro -dijo el troll.
-¿Por un tesoro?
-Sí, éste es demasiado flaco y no tiene mucha carne, no hará más que abrirnos el apetito, no durará mucho en nuestros estómagos, en cambio el oro es para siempre.
Su esposa, que escuchaba la conversación, intervino y dijo:
-Devuélvelo y trae ese oro.
-¡Un momento! -dijeron los otros trolls, si nosotros te damos el muchacho y tú no bajas con el tesoro, te comeremos a ti.
El troll gruñó a modo de respuesta, tomó al muchacho, se lo puso sobre el hombro y subió las escaleras.
Cuando Sira lo vio aparecer entero y vivo su corazón se aquietó un poco.
-Dame el tesoro y te daré a tu hermano -dijo el troll mientras sostenía a Olaf entre sus poderosas garras.
El aire fresco había renovado las fuerzas de Olaf y abrió los ojos. Cabeza abajo y por entre las piernas del troll pudo ver a su hermano con una pila de piedras a un costado mientras jugueteaba con una roca en su mano.
-¡Ven a buscarlo tú mismo! -le gritó Sira arrojándole una piedra entre medio de los ojos.
El troll se llevó las garras a la cara y soltó a Olaf, que aprovechó la oportunidad para dejarse caer y salir gateando, a la carrera, por entre medio de las piernas del troll.
-¡Corre, Olaf! -le gritó Sira mientras se acercaba corriendo hacia él, lo tomaba de una mano y ambos emprendían la retirada con toda la velocidad que les permitían sus piernas.
El troll, complemente enfurecido, dio un salto hacia el exterior para atraparlos y fue en ese momento cuando los rayos del sol hicieron su benéfico efecto convirtiendo a la criatura en piedra para siempre.
Cuando los dos hermanos ya se encontraban próximos al hogar, Olaf le preguntó a Sira:
—De dónde sacaste ese tesoro?
Sira sonrió y le contestó:
-Nunca hubo tesoro, no eran más que un montón de piedras apiladas a mi lado.
Y mientras reían a carcajadas volvieron a casa justo para la hora del almuerzo.
Dicen que a partir de ese día nunca más pelearon y fueron los mejores hermanos de todos los tiempos.
En cuanto a los trolls, jamás volvieron a ser vistos, pues temían encontrarse con esos dos humanos ricos y poderosos que tenían la capacidad mágica de transformar a un troll en piedra.

Cuentos de ogros

0.181.1 anonimo (escandinavia) - 078

El intruso de nochebuena

La gente que vive en la lejana región de Islandia posee una gran devoción hacia los ritos de la religión católica que han adoptado; por tal motivo, consideran que la misa de Nochebuena es una de las más importantes y nadie quiere perdérsela, pues es el símbolo del festejo del nacimiento de Jesús.
Sin embargo, no todos pueden concurrir a dicha misa pues la casa no puede quedarse sola y desprotegida. Debemos recordar que los meses de diciembre y de enero son los más fríos de todo el año y es menester mantener el fuego encendido. Y si hay un fuego encendido en una casa también debe haber alguien que cuide el fuego, pues no es extraño que, de vez en cuando, se produzca algún accidente. Alguna chispa saltarina, escapándose alguna vez del hogar de piedra, ha caído sobre algún elemento combustible y ha incendiado casas enteras.
Por eso es que en cada hogar de Islandia, durante la Nochebuena, alguien debe quedarse a cuidar la casa y el fuego. Algunas lamilias optan por una elección al azar por medio de un sorteo; en otras, es el padre el que decide, de acuerdo con ciertos castigos o premios según el comportamiento de las personas que viven con él durante todo el año; en otros hogares se van turnando entre los hermanos, un año cada uno...
Pero la familia de Snorkill no hacía ninguna de esas cosas, pues en esa casa, que estaba un poco más alejada de las demás, sucedía algo diferente, algo terrible.
Cada año, al regresar de la misa, encontraban abierta la puerta de su casa y la alacena revuelta y saqueada. Pero lo más terrible de todo es que no había ningún rastro del criado que se había quedado a proteger el lugar. Y buscaban a la persona por todos lados, los vecinos también colaboraban, e incluso, juntos, formaban cuadrillas de búsqueda, pero el criado nunca aparecía.
Cada año se volvía a repetir la misma situación: el criado desapa-recía, la puerta de la casa estaba abierta y la alacena saqueada.
De modo que, con el tiempo, la familia Snorkill comenzó a tener cierta mala fama debido a esta situación que se repetía año a año. Claro que ningún criado quería quedarse a cuidar la casa, pues todos sabían lo que sucedía y nadie quería arriesgarse a desaparecer para siempre.
Las historias que se elaboraron en torno al misterio eran docenas, y muchas diametralmente opuestas, pues estaban aquellos que afirmaban que los criados aprovechaban a saquear la casa y luego partir para siempre a otras tierras, y estaban los otros -que eran la mayoría- que decían que eran secuestrados por hadas, duendes, fantasmas, brujas y ogros que se los devoraban o los mantenían secuestrados para toda la eternidad en sus madrigueras.
El año estaba por terminar y uno nuevo por comenzar. La misa de Nochebuena tendría lugar dentro de dos meses y la familia ya había comenzado a mostrar signos de verdadera preocupación, así como los criados más viejos de la casa habían amenazado con irse para siempre si sólo les llegaban a sugerir que se quedaran esa fatídica noche.
Pero resultó que por esos días apareció una muchacha alta y flaca, de cabello largo y oscuro que se acercó a la casa pidiendo trabajo.
La dueña de casa sonrió, pues seguramente se trataba de una extranjera y, por lo tanto, ella no conocería las terribles habladurías que se comentaban sobre su hogar.
-Sí -le dijo la mujer, puedes trabajar para nosotros, siempre se necesita una mano fuerte que ayude con las tareas, pero ames debes prometerme lo siguiente, ya que eres la última persona en entrar a trabajar en esta casa.
-Dígame, señora, y por mi amor a Jesucristo que trataré de cumplir con toda mi fe.
La mujer estaba un poco sorprendida ante la respuesta de la muchacha. Le parecía muy bien tener a alguien con tanta fe en su casa, aunque por otro lado también sintió lástima de la pobre chica y de lo que pudiera sucederle.
-Cada Nochebuena, todas las familias de por aquí partimos hacia la iglesia para celebrar la misa del nacimiento de Jesucristo Nuestro Señor, pero alguien debe quedarse para cuidar la casa, el luego y los animales hasta nuestro regreso. Todos quieren ir a la misa, y como eres nueva, deberás ser tú la que se encargue de esa tarea.
-Lo haré con todo gusto, señora, mi fe en el Señor es fuerte y Él sabe que si no voy a misa es porque estaré trabajando para el bien de los demás.
La extranjera le sonrió y la mujer le devolvió la sonrisa.
Y así comenzó a trabajar en la casa. A pesar de su aspecto débil era una chica muy fuerte y trabajadora, era la primera que se levantaba a la mañana y la última que se acostaba a la noche. Esto produjo un poco de envidia entre los criados más antiguos que ya no trabajaban tanto como antes; pero como la muchacha no hacía alarde de su capacidad y se comportaba con total decoro y ama-bilidad, al final terminaron por apreciarla. Por otra parte, no sabían cuánto tiempo más iba a vivir la joven en este mundo, pues ya se había corrido la voz de que ella era la que se iba a quedar al cuidado de la casa durante la misa de Nochebuena.
En lugar de disfrutar de la fiesta y encontrar la paz en el espíritu, la llegada de la Nochebuena marcó un punto de quiebre, donde el temor afloró en el alma de todos los que habitaban esa casa como los pimpollos lo hacen a la llegada de la primavera.
Nadie le había dicho ni una sola palabra a la muchacha por temor a que escapara y alguno de ellos tuviera que quedarse en su lugar, pero por otro lado sentían la angustia de que algo malo le fuera a ocurrir.
El sol se ocultó en el horizonte, la familia y los criados comen-zaron a prepararse para ir a la iglesia y cuando todos estuvieron listos se acercaron a la joven muchacha, se despidieron de ella con profundo afecto y partieron de la casa.
La chica sintió que algo extraño ocurría, pero no le prestó importancia y se dedicó a seguir trabajando mientras tarareaba un canto de alabanza al Señor.
Las horas fueron pasando y la noche se fue haciendo cada vez más oscura. La muchacha ya le había dado de comer a los animales, cerrado todas las ventanas y puertas y acomodado suficiente cantidad de leña junto al fuego del hogar, que ardía con altas llamas para mantener el frío alejado de la casa.
La muchacha, entonces, se envolvió en una manta, se sentó en una cómoda silla de madera y comenzó a leer algunos pasajes de la Sagrada Biblia.
De pronto, en medio de aquel silencio donde sólo se oía el chisporrotear de los leños en el fuego, un golpe la sobresaltó. Se quedó muy quieta, sin hacer el menor ruido, mientras su corazón le golpeaba el pecho como si hubiera estado corriendo durante horas.
Un nuevo golpe en la puerta pareció hacer que toda la casa temblara. La muchacha se deshizo de las mantas y se puso de pie pero sin dejar de aferrar la Biblia.
Otro golpe, mucho más intenso que los anteriores, repercutió en el lugar.
La joven inspiró hondo, juntó coraje y preguntó con voz bien alta:
-¿Quién es?
El silencio fue toda la respuesta.
La muchacha se acercó lentamente a la puerta y volvió a repetir la pregunta.
-¡Abre! -dijo de pronto una voz.
-¡No abriré hasta que me digas tu nombre!
-¡Si no abres la puerta, la echaré abajo!
-En el nombre del Señor Jesucristo no podrás entrar.
La muchacha se acercó lentamente a la ventana y descorrió la cortina. Lo que vio le paralizó el corazón.
Allí, afuera de la casa, junto a la puerta de entrada había un gigantesco ogro de color marrón oscuro, sus ojos eran como dos brasas ardientes y sus manos terminaban en garras. Pero lo más terrible de todo eran sus aguzados colmillos, que sobresalían de una enorme boca abierta.
De pronto, el ogro se volvió y le clavó su terrible mirada infernal. La muchacha no pudo evitar dar un respingo y cerró el postigo de madera.
En ese momento la puerta comenzó a vibrar bajo los terribles golpes del ogro, que descargaba sus garras contra la madera con toda la fuerza de su furia.
La chica corrió y se sentó contra la puerta, resistiendo los embates del ogro con su espalda. Abrió la Biblia al azar y sus ojos se posaron sobre los salmos. Y a pesar de todo el terror que sentía, comenzó a leerlos en voz alta.
Los golpes se volvieron aún más fuertes y la puerta parecía venirse abajo en cualquier momento. Pero la muchacha siguió recitando los salmos y cuanto más fuertes eran los golpes más potencia le daba a su voz.
Cuando la familia Snorkill regresó de la misa temiendo lo peor, lo primero que vieron fue la puerta casi destrozada, con gruesas marcas de garras en la madera.
-¡Dios mío! -dijo la mujer.
-Espera -le dijo el marido tratando de tranquilizarla, la puerta aún está en pie. Sea lo que haya sido que estuvo aquí, no pudo entrar.
Por más que intentaron entrar, nadie les respondía desde el interior.
-¡La pobre debe de estar aterrada! -exclamaba la mujer casi sollozando.
El hijo menor fue el que encontró la solución: se trepó al techo -con la ayuda de su padre- y desde allí corrió por el tejado hasta que encontró la pequeña ventana de su habitación y por ese lugar se metió.
Cuando bajó las escaleras encontró a la muchacha en el suelo. Sus manos aún aferraban la Sagrada Biblia.
El pequeño se la quedó mirando un instante, pues no sabía si estaba muerta. Pero pronto vio que, casi de manera imperceptible, el chato vientre de la muchacha se inflaba y bajaba con cada inspiración. La tomó de debajo de los brazos y haciendo un gran esfuerzo logró arrastrarla hacia la puerta.
Luego abrió la pesada tranca -que estaba inservible- y entró el resto de la familia.
Varios días permanecieron a su lado cuidándola, hasta que por fin, la madrugada del año nuevo, la chica despertó.
Entonces, todos los miembros de la familia se reunieron en torno a ella y le expresaron sus sentimientos. La joven, aún mareada y tartamudeando, logró relatarles todo lo que había pasado esa noche.
Nadie pudo dejar de felicitarla por su fe y la atendieron como si fuera una más de la familia. A los pocos días ya se había repuesto y estaba tan bien como siempre.
Sin embargo, el tiempo pasa y una nueva Nochebuena llegó. La familia había decidido quedarse en la casa, esta vez. Se armaron con palos y cuchillos para repeler al ogro cuando llegara.
Pero nunca llegó, ni ese año, ni el siguiente, ni nunca. El ogro nunca más volvió a aparecer por esos parajes.
Y todo gracias a la fe de una pequeña muchacha.

Cuentos de ogros

0.151.1 anonimo (islandia) - 078

El devorador de la campiña

Había una vez un hombre muy rico llamado Angus que vivía en las cercanías del pueblo de Londonderry, en la gran isla esmeralda de Irlanda. Había criado cinco fuertes y maravillosos hijos, que con el paso del tiempo fueron creciendo, y cada uno marchó para hacer fortuna en diferentes lugares lejanos.
A los pocos meses de la partida del último de los muchachos, su esposa, la bella Kate, enfermó gravemente y no hubo nada ni nadie que la pudiera salvar. Las altas fiebres se prolongaron por un lapso de tres días, y cuando el sol se hundió en el horizonte del tercer día, falleció.
Después del velorio y del entierro apropiados Angus se quedó muy solo. Tenía ya sesenta años y había sido tan feliz con sus hijos y su esposa que ya no deseaba casarse nuevamente. La velocidad con la que los días pasaban comenzó a aminorar, mientras que la tristeza embargaba su corazón.
Un día se despertó, se vistió con desgano y luego salió al umbral de la puerta de su casa. Allí adelante se extendían sus tierras. Algunos animales pastaban y la cosecha crecía lentamente.
-Tengo que hacer algo -se dijo mientras miraba el horizonte.
Angus siempre había tenido suficiente dinero para alimentar a toda su familia, pero nunca había sido lo que se llama un "hombre rico".
Fue entonces cuando tomó la decisión:
-Haré fortuna -se dijo.
Y así, a los sesenta años, comenzó a trabajar tan fuerte y tan duro como cuando tenía veinte. Se levantaba antes del amanecer y cuando el sol ya se había ocultado él seguía trabajando hasta altas horas de la noche.
Con el paso de las estaciones las cosechas se multiplicaron y los pocos animales que tenía parecieron contagiarse de su entusiasmo por el trabajo y empezaron a parir muchas crías.
Al terminar el año, tenía tanto dinero y tanto trabajo, que ya no le quedaba tiempo ni para dormir.
Así pues, decidió contratar a más hombres para que lo ayudaran en su labor diaria, y se dedicó a criar una sola raza de animales, es decir, a especializarse.
Y eligió las ovejas.
Al año siguiente las ovejas de Angus se habían multiplicado casi como las estrellas que brillan en la noche y su fama comenzó a correr de boca en boca.
Las ovejas de Angus eran las más gordas, las que proporcionaban mejores lanas y las que tenían más cantidad de crías.
Cuando Angus cumplió los sesenta y tres años era un hombre adinerado. Su casa estaba equipada con todas las mejoras que existían en ese momento, y en ella se preparaban las mejores comidas, tanto para él como para sus hombres.
Pero llegó un día en que las cosas parecieron darse vuelta. No fue de repente, pues el mal, la mayoría de las veces, se acerca en forma sutil, solapada, como un susurro del viento, tratando de pasar desapercibido hasta instalarse profundamente como las raíces del roble.
Lo primero que sucedió fue la desaparición de una oveja.
Nadie le prestó la mayor importancia. No era algo habitual que sucediera pero no era algo excepcional, y Angus se conformó diciéndose que alguna vez tendría que sucederle.
Al día siguiente sus hombres le comunicaron la desaparición de otra, y Angus comenzó a mostrarse algo preocupado.
Pero cuando al tercer día consecutivo le dijeron de la desaparición de otra oveja más, la preocupación pasó a ocupar toda su atención.
Y fue allí, en ese momento, en que la semilla de la duda y la desconfianza comenzaron a germinar en la mente y en el alma del hombre. Entonces mandó a todos los trabajadores a que revisaran la zona, buscando alguna abertura en la cerca y verificando el terreno en busca de algún pozo.
La respuesta que él esperaba finalmente llegó a sus oídos: todo estaba en orden.
La cuarta noche Angus no pudo dormir. Algo le decía en su interior que las cosas no andaban bien. Una sensación inexplicable le atenazaba el alma.
Un poco antes del amanecer Angus salió a revisar su rebaño, y luego de contarlo tres veces se percató de que faltaba otra oveja. No había rastros ni huellas. Parecía como si el animal se hubiera esfumado.
Mandó a todos sus hombres a rastrear el terreno, buscando huellas o indicios de algún animal o algún ladrón. Cuando terminaron la búsqueda la respuesta fue rotundamente negativa.
Entonces, muy malhumorado, se dirigió a lo del boticario del lugar para que le prepara el veneno más potente que existiera. Regresó un poco antes del ocaso. Tomó al azar una de las ovejas de su rebaño y la mató. La colgó de las patas y puso un balde debajo para recoger toda la sangre. Cuando el proceso hubo terminado, embadurnó su interior con el veneno y luego la bañó con la sangre que se había derramado en el cubo.
Si se trataba de un animal, no podría evitar la tentación del olor y, por otra parte, si el veneno emanaba algún aroma, el olor de la sangre lo cubriría.
Esa noche se fue a dormir un poco más tranquilo, esperando que su plan diese resultado.
El cansancio y los nervios se juntaron y Angus se quedó profunda-mente dormido. A la mañana, unos golpes en la puerta lo desper-taron. Cuando se levantó y abrió, vio a uno de sus hombres que permanecía pálido y temeroso.
-¿Qué sucede?
-Lo siento mucho, señor, no sé cómo decírselo, pero hoy contamos el rebaño, todos lo contamos varias veces... y falta otra oveja. -¿Y el sebo?
-Aún permanece en el lugar, sigue clavado en la cerca, nadie lo ha tocado ni movido, salvo algunas moscas.
El viejo Angus meditó por algunos instantes y finalmente dijo:
-Prepárense, esta noche todos montarán guardia.
Y así continuó el día, trabajando con las faenas acostumbradas hasta la llegada la noche. Cada uno de los hombres se armó con cuchillos, piedras, hondas y pistolones.
Angus recorrió todo el perímetro saludando a cada uno de sus hombres e instándolos a permanecer despiertos y matar a quien se aproximara a la cerca.
Esa noche no pudo dormir tranquilo, otra vez tenía esa sensación extraña, algo le decía que había una presencia maligna merodeando en el lugar.
Un rato antes del amanecer no aguantó más y se vistió, se puso su sombrero y salió al exterior. Comenzó a caminar por su tierra verde y verificó que todos los hombres seguían en sus puestos. Sin embargo, cuando llegó el momento de contar el rebaño descubrió lo que tanto temía: faltaba otra oveja.
Entró furioso a su casa, su piel blanca se había tornado roja como la sangre y por primera vez le gritó a sus hombres para que se fueran a dormir.
-Esta noche yo haré la guardia.
Un rato antes del ocaso Angus salió armado con su escopeta y se sorprendió al encontrar a todos sus hombres en la puerta, esperán-dolo.
-No lo dejaremos solo, señor, lo ayudaremos a hacer guardia durante toda la noche.
El cielo estaba despejado, la luna brillaba plateada y ni una nube se cruzaba en su luz. Angus caminó de un puesto a otro sin dejar de mirar hacia el exterior.

Habían pasado algunas horas desde la medianoche, aún el cielo oscuro estaba plagado de estrellas y la luz del sol todavía no empezaba a asomarse cuando, de pronto, Angus tuvo una extraña sensación, la misma que había tenido la noche anterior: sentía una presencia, algo maligno que caminaba por sus tierras.
Corrió hacia el rebaño que permanecía en silencio. Contó las ovejas y, nuevamente, descubrió que faltaba una.
Angus abrió la boca, arrojó la cabeza hacia atrás y desató un terrible grito de furia. Todos sus hombres corrieron asustados hacia él y al ver el estado en que se encontraba se sintieron desorientados, no sabían cómo actuar, si acercarse o no hablarle.
Angus se dio cuenta del espectáculo que estaba haciendo y los mandó a todos a dormir.
Sean, uno de sus hombres de más confianza, se acercó lentamente, temeroso, y le dijo como en un susurro:
-Discúlpeme, señor, mi atrevimiento, pero quiero decirle algo que tal vez nos pueda ayudar.
-¡Habla!
-Lo que sucede en estas tierras no es algo normal, no creo que sea algo de este mundo lo que se está llevando sus ovejas. Muchos de nosotros creemos lo mismo. Por eso me atrevo a hacerle esta sugerencia.
-¿Y qué es lo que sugieres?
-Existe una mujer muy anciana, una mujer sabia, que tiene más de cien años y que vive a un cuarto de día de camino de aquí. Ella ha ayudado a mucha gente que ha tenido este tipo de problemas de causas inexplicables.
Angus miró al hombre con ojos brillantes:
-¿Crees que algún duende me está robando el ganado?
-No lo sé, señor, pero no hay huellas ni rastros y por más que pusimos cebos y montamos guardia, las ovejas siguen desapareciendo. Tal vez no pierda nada con verla y comentarle el problema.
Angus asintió, le puso una mano en el hombro a modo de agradecimiento y caminó hacia la caballeriza. Tomó su caballo, lo ciisilló y partió al galope hacia la casa de la anciana sabia.
La mujer vivía en una cabaña destartalada, parecía que en cualquier momento se iba a derrumbar. Angus se bajó del caballo, lo ató a un poste que antiguamente había pertenecido a una cerca, y cuando caminó hacia la puerta para llamar ésta se abrió y apareció una vieja que aparentaba mucho más de cien años.
-¿Eres la mujer sabia? -preguntó Angus deteniéndose al instante.
La vieja lo miró de arriba abajo y de abajo arriba y finalmente respondió:
-¿Estás preparado para la respuesta que voy a darte?
-¿Sabe cuál es la pregunta?
-Pasa, Angus, siéntate, yo te diré lo que tienes que hacer para matar al que te roba las ovejas.
Angus cerró la puerta y se volvió hacia la anciana, que le señaló una vieja silla de madera. El hombre descansó en ella todo el peso de su cuerpo y observó a la mujer envuelta en sus ropajes negros y rotosos.
La casa era pequeña y los pocos muebles consistían en mesas, arcones y aparadores. No había ninguna superficie libre, todo estaba lleno de frascos, plumas, figuras de barro y trenzas de soga.
El desgreñado cabello blanco de la vieja le cubría parte del rostro; sin embargo, sus ojos brillaban como dos luceros en la noche.
-Lo que mata a tus ovejas no es un hombre -dijo con voz lenta y trémula.
-Dígame cómo encontrarlo. ¿Cómo puede pasar la cerca? La vieja rió con carcajadas cortas y secas.
-Porque no viene a través de la cerca, viene a través del suelo.
-¿Del suelo? ¿Cómo del suelo?
La vieja inspiró profundamente y luego sopló todo el aire de pronto, como si estuviera hastiada de la conversación.
-Hay una zona de tu tierra, dentro del cerco, en la cual hay pasto. Si observas bien, verás que ninguna oveja se acerca a ese lugar. Ni siquiera defecan allí. Ésa es la puerta del devorador.
-¿Quién es? -preguntó Angus levantándose de la silla y acercando su rostro al de la anciana.
-La pregunta no es quién... ¡No es un hombre! -gritó de pronto. ¡Es un ogro! Es una criatura terrible que se alimenta de la carne cruda.
Angus volvió a sentarse sorprendido, su mente no podía aceptar tal respuesta.
La vieja levantó un poco el rostro y algunos cabellos despejaron su cara:
-Y debes matarlo, porque cuando acabe con tu rebaño, comenzará a comer personas.
La desesperación de Angus llevó a su mente a aceptar el hecho y entonces le preguntó:
-¿Cómo lo mato?
-Sólo hay una manera efectiva de matarlo: debes decapitarlo y quemar su cadáver.
Angus se puso de pie de pronto, le dejó algunas monedas sobre la mesa y se volvió hacia la puerta.
-¡Que los antiguos dioses te bendigan! -le dijo la vieja.
Angus saludó con la cabeza y partió.
Llegó a su casa y se encerró para pensar sobre lo que la vieja le había dicho. Cuando la noche se instaló, salió a recorrer el terreno armado con su escopeta y un hacha de mano. Algunos nubarrones negros cortaban la pálida luz de la luna y de las estrellas.
Finalmente encontró la zona del terreno que la vieja le había dicho. ¡Era cierto! El pasto crecía libremente como si nadie lo hubiera pisado nunca. Se alejó unos metros hasta llegar a una posición desde donde pudiera ver todo el lugar, y se acostó boca abajo.
Las horas pasaban y el frío del suelo le había endurecido el pecho. La mente de Angus dudaba y cuando estaba a punto de levantarse sintió un pequeño temblor. Se aferró a su arma de fuego y permaneció expectante.
Allí mismo frente a sus ojos sucedió algo que, si se lo hubieran contado, nunca lo habría creído. Primero la tierra tembló, luego se hundió como si abajo estuviera hueco y el pasto se sumergió. Y cuando un gran agujero negro se hubo formado, emergió una criatura horripilante pues su olor era nauseabundo y su abundante pelo negro estaba sucio. Medía más de dos metros y sus manos terminaban en garras, como las de un animal salvaje. Pero lo más extraño de todo era que tenía dos cabezas.
Angus primero se sorprendió, luego se asustó y finalmente se enojó. ¡Ésa era la bestia que le estaba matando las ovejas! Preparó la escopeta y disparó a la repugnante espalda de aquélla.
La bala no la mató. Todo lo contrario: pareció enfurecerla. La criatura se dio la vuelta y clavó sus terribles ojos rojos en Angus. Abrió sus dos bocas plagadas dee agudos colmillos y emitió un grito desgarrador.
Angus se puso de pie, dejó caer la escopeta -pues sabía que no tenía tiempo de recargarla- y se aprestó con su pequeña hacha.
El ogro se lanzó sobre el hombre y éste sobre la criatura bicéfala. Angus dio un golpe de hacha y seccionó una de las dos cabezas.
El ogro aulló con la cabeza que le quedaba y, con un golpe de garra, hirió gravemente a Angus en una pierna, haciéndolo caer. Pero desde el suelo, haciendo caso omiso del profundo dolor que sentía, volvió a blandir el hacha y le cercenó uno de los pies a la criatura, que perdió el equilibrio y cayó pesadamente.
La sangre que manaba de las heridas del ogro era negruzca y repugnante. Éste vio que su fin estaba próximo, de modo que comenzó a arrastrarse hacia el agujero mágico por el que había salido.
Angus sabía que si lo dejaba escapar, algún día regresaría a cobrar venganza; por lo tanto, arrastrándose e ignorando el terrible dolor que sentía en la pierna desgarrada, hundió los dedos en la tierra humedecida por el rocío nocturno y comenzó a perseguir a al ogro, que ya se estaba metiendo en el agujero.
El extraño ser se volvió y vio que Angus lo estaba persiguiendo. El agujero comenzó a llenarse. Angus tomó más impulso y metiéndose de cabeza arrojó un golpe de hacha y seccionó la segunda cabeza del ogro justo cuando el agujero se cerraba.
Algunos peones, aquellos de más confianza, habían escuchado el ruido de los disparos y los extraños gritos; corrieron hacia el lugar y grande fue la sorpresa cuando vieron que las piernas del viejo Angus sobresalían de la tierra como si alguien lo hubiera enterrado cabeza abajo.
Pronto se agacharon y comenzaron a cavar alrededor, hasta que por fin lo pudieron sacar. El pobre hombre había perdido mucha sangre y estaba casi asfixiado. Cuando lo sacaron tenía la piel del rostro de color azul y estaba inconsciente.
Dos días más tarde despertó, presa de una fiebre muy alta. Inmediata-mente contó lo que había sucedido; pero nadie le creía, ya que se lo atribuían a su estado febril.
-Quédese tranquilo, señor, pronto se repondrá. Se hizo una herida muy fea en la pierna y se infectó. Esperemos que mañana mejore -le dijo su peón de mayor confianza.
De pronto, este peón recordó a la vieja que le había recomendado a su patrón. Tomó un caballo y fue a toda la velocidad que pudo hasta la casa de ella. Allí, le contó lo que sucedía. De inmediato, la vieja le dio un preparado para que él mismo le frotase en la herida. El hombre regresó lo más rápido posible, le aplicó el ungüento y pronto Angus se recuperó.
Y nunca más alguien se atrevió a robarle.

Cuentos de ogros


0.124.1 anonimo (irlanda) - 078