Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 16 de junio de 2012

Con el sol entre los ojos


La única que se dio cuenta soy yo: Gustavo tiene un sol entre los ojos. Un pequeño sol colorado, de rayos desparejos, como despeinados en los bordes... Cuando Gustavo mira, enciende cada cosa que mira. La primera vez que lo advertí fue cuando puso antorchas a lo largo de la escalera de la escuela, una sobre cada peldaño, a medida que bajábamos... Me asombré tanto que no pude decir nada.
Otra vez, prendió las cortinas del salón de música. Yo estaba ubicada en la grada junto al ventanal y sentí que las espaldas me ardían de repente. Inquieta busqué a Gustavo entre el grupo de chicos que cantaban al lado del piano. Lo sorprendí mirando fijamente en dirección a mí. Más tarde, cuando le pregunté cómo era posible que nadie más se diera cuenta, me contestó con una larga sonrisa.
¡Pero una tercera vez encendió un mediodía a las once de la noche! Fue en el mismo momento en que finalizaba la fiesta de mi cumpleaños y nos despedíamos con un beso ligerito en la puerta de mi casa. Entonces ya no pude soportar su silencio ni un minuto más.
-¿Como explicártelo? - me dijo, medio avergonzado, cuando le exigí que respondiera a mi porque Ni yo entiendo bien que es lo que me está pasando...Parece que solamente nosotros dos lo notamos... ¿Vas a ser capaz de guardar el secreto, no?  Le aseguré que si sin pensarlo, por que lo cierto era que ya no podía desoír las ganas que tenía de confiarle a todos mi maravilloso descubrimiento. Contárselo a la maestra, frente al grado, eso es lo que hice.
De puro tonta nomás, una mañana quebré lo prometido y me decidí: -Señorita...-le dije- ¡Gustavo lleva un sol entre las cejas! ¿Usted no lo ve? La maestra se balanceó en su silla, divertida. Las risas de mis compañeros sacudieron el aula. Gustavo me miró asombrado y la sala pareció quemarse. Allí estaba su sol, más brillante que otras veces, abriendo un caminito rojo con sus rayos. Un caminito que empezaba en su cara y terminaba en la mía. Un caminito vacío completamente en llamas. Fulminante.
-¿Que fantasía es ésta? -exclamó la maestra-. ¡El único sol que existe es aquel! -y la señorita el disco de oro colgado de una esquina del cielo, justo de esa esquina que se dobla sobre el patio de la escuela. 
-Se burlaron, ¿viste? -me susurro Gustavo ni bien salimos del patio.  
-¿Qué necesidad tenias de divulgar el secreto? ¿Acaso no te vasta con saber que es nuestro? Sí. Ahora me basta. Aprendí que es inútil pretender que todos sientan del mismo modo. Aunque sean cosas muy hermosas las que uno quiera compartir...
Desde entonces no he vuelto a contárselo a nadie. Pero esta maravilla continúa desbordán-dome y necesito, volcarla, al menos, en mi cuaderno borrador. Por eso escribo.
En los recreos, casi siempre sigo siendo solo yo la que juega con Gustavo. -Es un pibe raro... murmuran los demás chicos. Y tienen razón. Sí. Gustavo es un muchachito diferente, pero por su sol, que únicamente yo tengo el privilegio de ver. ¡Y es hermoso ser distinto por llevar un sol entre los ojos! Gustavo. Mi más querido amigo.
Pasamos las tardes de los domingos correteando por la plaza y el sigue incendiando cada cosa que mira, una por una: el agua de la fuente se llena de fogatas. La arena bajo el tobogán es una playita incendiada. Los árboles lanzan llamas a su paso y hasta las mariposas, si las toca su mirada, son fósforos voladores... Ahora que lo escribí, el secreto ya no me pesa tanto... Estoy contenta y sin embargo, tengo una duda: ¿seré yo su amiga más querida?  Me parece que si, porque, aunque no se lo pida, Gustavo viene a buscarme a través de su caminito en llamas... Cuando llueve, el se apura a regalarme sus tibios rayitos... Cuando estoy triste, ilumina mi vereda hasta hacerme sonreír...
Por eso, aunque nadie lo vea, aunque me hayan dicho que es un disparate, aunque me vuelvan a  repetir cien veces que es imposible, yo estoy segura, yo lo creo: Gustavo tiene un sol entre los ojos.

999. Anonimo

Como un sultan hallo un hombre honrado

Cierto sultán deseaba hallar un hombre honrado, para confiarle el cobro de las contribuciones; y como no supiese donde buscarlo, pidió parecer a un sabio, quien le aconsejó publicase la necesidad en que se hallaba, y luego, una noche determinada, convocase a los solicitantes a su palacio, para escoger el más apto.
-Si Su Majestad les invita a bailar, yo le indicaré quién es el más honrado.
A su debido tiempo llegaron los solicitantes al palacio, y una vez allí, fueron invitados por un oficial de la corte a presentarse al sultán, uno a uno, para lo cual les fue preciso pasar por un sombrío desierto corredor. Cuando estuvieron reunidos todos ante el trono, el sultán les invitó a danzar.
Sonrojáronse todos y rehusaron, excepto uno, que bailó alegremente y con elegancia.
-Ese es el hombre honrado -dijo el sabio, señalándole.
En efecto, a lo largo del corredor, el sabio había colocado sacos llenos de dinero; todos los que no eran honrados se habían llenado los bolsillos, al ir hacia el trono del sultán, e indudablemente, si hubieran bailado, se habría oído el ruido del dinero; por esto rehusaron llenos de vergüenza.

 999. Anonimo

Clemencia y josé


Hace mucho tiempo vivía en un pueblo un matrimonio que tenía una hija llamada Clemencia. La madre, que era una bruja, no quería a Clemencia porque decía que era muy tonta y que siempre se mantenía en la iglesia.
Un día, las cosechas del padre de Clemencia fueron tan abundantes, que se vió obligado a ocupar un muchacho para que le ayudara en el campo. Este joven se llamaba José. No pasó mucho tiempo sin que Clemencia y José se enamoraran y quisieran casarse luego. Al pedir el consentimiento de los padres de la joven, el viejo no puso ningún obstáculo para que se celebrara la boda, pero la bruja se negó rotundamente a dar su permiso.
Sin embargo, Clemencia y José siguieron queriéndose más y más, aumentando la cólera de la bruja. Un día estando José en el corral con las mulas, decidió la vieja matarlo para que no se siguieran queriendo y para hacer sufrir a Clemencia. Salió la bruja en busca de su marido, a quien le dijo:
-Viejo, dile a José que salga al campo y se traiga una mula negra que anda por allí.
Clemencia al oír aquellas palabras se dió cuenta de que su madre quería matar a José y corriendo se fué al corral y le dijo al joven:
-Mira, José, ahorita va a venir mi padre a decirte que montes la mula negra que esta en el campo para que te la traigas al corral. Esa mula negra es mi madre y si la montas empezará a respingar, si te tira, te mata. Así es que escucha bien lo que te voy a decir: Cuando estés montado en la mula, y ésta empiece a respingar, le muerde la oreja derecha y verás cómo la dominas. Te la traes y la metes al corral, pero no le digas a nadie nada de lo que pase.
Todo pasó exactamente como le había dicho Clemencia, y José dominó la mula y la metió al corral. Cuando llegó la hora de la cena, José notó que la vieja, madre de Clemencia, traía un parche en la oreja derecha.
Esa noche Clemencia y José decidieron irse de una vez de la casa, y quedaron en que a las once Clemencia iría a despertar a José para emprender la fuga.
A las once llegó Clemencia al cuarto del joven, lo despertó y le dijo: -Escupe en tu cama, yo también así lo hice. Salieron del cuarto y se fueron. Al poco rato despertó la vieja y comenzó a llamar a Clemencia, pero la saliva que había dejado la joven en su cama, le contestó: ¡Madre!
La vieja al oír la voz de Clemencia se volvió a quedar dormida. Pasó un buen rato y volvió a despertar la vieja y llamando una ve más a Clemencia no obtuvo contestación porque la saliva que la joven había dejado, estaba ya seca. Se levantó la vieja encolerizada y fué al cuarto de su hija. Al ver que no estaba allí, fue volando al cuarto de José, pero no encontró a ninguno de los dos. Adivinando entonces lo que había sucedido, esperó a que amaneciera y volviéndose águila emprendió el vuelo en busca de los jóvenes. Después de volar un buen rato, los divisó, pero en el mismo instante Clemencia y José notaron que el águila que los seguía era la vieja bruja. Clemencia que había aprendido bastante magia de su madre, inmediatamente dejó caer al suelo un peine, levantándose al momento un espeso bosque en su derredor impidiendo que el águila cruzara. Tuvo que descender y transformándose otra vez en bruja, empezó a deshacer el encanto para desaparecer el bosque. Cuando hubo quitado el bosque por completo, se volvió águila una vez más y siguió persiguiéndolos.
José y Clemencia se habían alejado bastante pero por fin notaron que el águila ya los alcanzaba otra vez. Entonces la joven tiró un espejo transformándose en un inmenso lago, tan ancho, tan ancho, que el águila no lo podía cruzar.
Al notar la inmensidad de aquel lago, descendió el águila y volviéndose bruja deshizo el encanto quitando el lago. Volviose águila y emprendió el vuelo en busca de la joven pareja. Una vez más los divisó, pero Clemencia presintiendo que el águila no tardaría en alcanzarlos cogió un puñado de cenizas y esparciéndolo por el aire se volvió niebla, tan espesa que el águila no pudo penetrarla. Como ya estaba amaneciendo la bruja tenía que estar en su casa antes que saliera el sol y ya le quedaba muy poco tiempo para seguir a los jóvenes, pero antes de regresar a su casa la bruja maldijo a su hija diciéndole:
-Mala hija, acuérdate que tu amante te abandonará en el primer pueblo que lleguen.
Clemencia y José no hicieron caso y siguieron caminando sin descansar. Por fin llegaban al primer pueblo, y en las afueras sentose Clemencia a descansar porque estaba rendida de tanto caminar y sus zapatos estaban rotos.
-Espérame aquí mientras voy al pueblo a comprarte unos zapatitos y también a traer algo que comer, dijo José.
Clemencia no quería que la dejara, pero tanto insistió José, que se quedó esperándolo. Llegó la noche, y el joven no vino; pasó otro día y José no regresó, por fin, acordándose Clemencia de la maldición de su mamá emprendió la marcha hacia el pueblo, llorando por todo el camino. Cuando llegó al lugar, tuvo que ponerse a trabajar, y un día que se sentía más triste que nunca, se pararon en la ventana de su cuarto dos palomitos que pareciendo consolarla le decían "currucutucu, currucutucu."
Clemencia las cogió y con paciencia las enseñó a hacer muchas suertes. Así pasaron algunas semanas y cuando las palomitas estaban bien amaestradas las llevó a la plaza para que hicieran sus suertes.
Mucha gente se acercaba a admirar las suertes de las palomitas. Clemencia siempre estaba pendiente a ver se entre toda la gente dividaba a José. Por fín, uno de tantos días, reconoció a José entre la muchedumbre, pero éste no la reconoció. Entonces Clemencia con una varita tocó a la palomita que empezó a dar vueltas al derredor del palomito mientras le decía:
-Currucutucu, currucutucu, ¿Te acuerdas, palomito mío, cuando me decías que me querías?
-¡No! contestaba el palomo.
-Te acuerdas, le decía la palomita, -que nos venimos de mi casa. ¿Te acuerdas que me dejaste en el camino?
-¡No! repetía el palomo.
-¿Te acordarás, palomito mio, que me dejaste en el camino para ir por unos zapatitos para poder entrar el pueblo calzada?
El palomo dijo entonces:
-¡Si, ya me acordé!
Al miso tiempo, José que había estado observándolo todo dijo:
-Yo tambien ya me acordé. Tú eres mi Clemencia, mi amada. Y acercándose a ella la tomó en sus brazos diciendo que ya nunca jamás se separarían. Se casaron y vivieron muchos años muy felices.

999. Anonimo

Cinco en una vaina


Eranse una vez cinco guisantes que, encerrados en su vaina creían que el mun­do era verde.
-Tengo ganas de salir de aquí -decían los cinco todos los días.
Cuando llegó el momento de arrancar­los, la vaina se había secado. Al apretar­la el hortelano, los cinco guisantes salta­ron hacia puntos muy diferentes. El pri­mero fue a caer en la jardinera de una ventana.
En aquella habitación se encontraba enferma una niña, y cuando el guisante germinó en un tímido tallo, la mamá dijo a su hija:
-Mira, cómo crece esta plantita.
Tanto le agradaba a la niña ver crecer la plantita y cuidarla, que se puso buena.
En cuanto al segundo guisante, que quería volar, volvió a la tierra .y una palo­ma se apropió de él y lo llevó a su nido, terminando en la panza de uno de los palominos.
El tercero se fue a recorrer mundo y cuando ya estaba decepcionado de lo que veía, llegó una zorra hambrienta y se lo tragó.
El cuarto, se montó en una hoja y el viento lo llevó por hermosos lugares. Al llegar sobre el desierto, la hoja cayó so­bre la arena y el pobre guisante empezó a angustiarse, pues no tenía agua, sólo arena y un sol que abrasaba. Naturalmen­te, murió consumido.
El quinto, al abandonar la vaina se fue a correr aventuras, cayó en un tejado y se quedó entre dos tejas. Como no se movía, empezó a engordar y engordar hasta que explotó.
El guisantito que se había convertido en una hermosa planta, se decía:
-Si me vieran mis hermanos pensarían que soy el tonto de la familia. ¿Dónde es­tarán ahora?
Pero nosotros sabemos su buena suer­te, pues era el único que vivía y además había devuelto la salud a una niñita enferma.

999. Anonimo

Cascanueces


Hace muchísimos años, en el palacio de un rey se hizo una gran fiesta para celebrar el nacimiento de la princesa Pirlipatina. La reina, que tenía mucho miedo de los ratones, ordenó que varias doncellas, cada una con un gato, vigilaran el sueño de la princesa.
A pesar de la medida, aprovechando el sueño de los gatos, los ratones se acercaron a la cuna de la princesita y destrozaron su belleza. La reina lloró cuando vio afeada a Pirlipatina.
Y convocó a los médicos y a los magos de la corte para estudiar la manera de recomponer el rostro de Pirlipatina. Y, uno de ellos dijo:
-La princesa no volverá a recobrar su belleza hasta que un joven que nunca se haya afeitado ni calzado botas, consiga partir una nuez y se la ofrezca.
Al cabo de quince años pasó por allí un príncipe llamado "Cascanueces", que nunca se había afeitado ni calzado botas.
-Te ruego partas esta nuez, príncipe -le dijo la reina-, y se la ofrezcas a mi hija para curar su fealdad.
"Cascanueces" partió la nuez y se la ofreció a la princesa. Ella la tomó ocultándose el rostro. Y, cuando la comió, se convirtió en una hermosa joven.
-¡Oh, qué bella! -dijo el príncipe-. Desearía casarme con vos.

 La ingrata pirlipatina

Mas he aquí que en aquel instante una maldita rata convirtió al príncipe en un horrible monigote y la princesa, horrorizada, gritó que jamás se casaría con un ser tan espantoso.
Y la rata al despedirse dijo:
-Príncipe, no volverás a tu anterior estado hasta que consigas quitarle su corona al ratón de las tres colas.
"Cascanueces", apenado, se marchó muy lejos y fue a parar a casa de una niña compasiva, a la que contó su historia.
-La princesa Pirlipatina fue una desagradecida -repuso la niña.
-¿Quieres tú ayudarme a encontrar al ratón de las tres colas y quitarle su corona?
-¡Te ayudaré! -declaró la niña-. Le pondremos un trozo de queso con polvos para dormir.
Aquella noche el ratón se comió el queso y luego se quedó dormido. Entonces el muñeco le quitó la corona y la niña vio cómo se convertía en un hermoso príncipe.
Tras despedirse afectuosamente de su nueva amiguita, el príncipe se alejó montado en un caballo blanco.
¿Regresaría en busca de Pirlipatina? Sí, mas para recriminarle su desagradecimiento, pues pocos días después volvió a buscar a su compasiva amiguita, con la que se casó y la hizo su princesa.

999. anonimo

Caperucita roja .999

Todos en el lugar llamaban a la niña de rubias trenzas Caperucita Roja, porque siempre llevaba la capa de este color pues, siendo muy pequeña, su mamá se la hizo para preservarla del frío.
Una mañana, la mamá de Caperucita le dijo:
-Levántate, hija mía. Tu abuelita está enferma en su casita del bosque y tienes que ir a llevarle alimentos.
Y ya tenemos a la niña con su caperu­za puesta y su cestita al brazo, cruzando el bosque en dirección a casa de la abuela.
Iba la niña tranquila, gozando del per­fume de las flores y escuchando el can­to de los pájaros, cuando una brusca voz la sobresaltó:
-¿Cómo por aquí tan solita, Caperu­cita Roja?
La pequeña perdió el color al encontrar­se frente al temido Lobo, pero trató de disimular:
-Voy a casa de mi abuelita, que está enferma, a llevarle unas tortitas y una ja­rrita de miel.
-Eres una buena niña, Caperucita, pe­ro por este camino tan largo no llegarás nunca. ¿Ves aquella senda entre los abe­tos? Pues síguela y llegarás antes.
La niña agradeció al Lobo el consejo y siguió su camino por la extraviada sen­da. El astuto Lobo había conseguido en­gañarla y mientras daba tan gran rodeo, el feroz animal tomaba el atajo hacia ca­sa de la anciana.
Al rato, cansada, Caperucita se repetía:
-¿Cuándo, cuándo llegaré?

EN LA CASITA DEL BOSQUE

En Lobo levantó la pata y golpeó la puerta de la linda casa rodeada de flores rojas y azules:
-¡Toc... toc...!
-¿Quién es? -preguntó desde dentro la voz cariñosa de la abuela.
-Soy Caperucita Roja -contestó el Lobo tratando de afinar su voz.
-¡Qué alegría! -exclamó la anciana-. Levanta el picaporte y entra.
Con ojos desorbitados por el terror, la buena anciana descubrió quién era en realidad su visitante. Pero, haciendo aco­pio de todas sus fuerzas, saltó de la ca­ma y tuvo el tiempo justo de encerrarse por dentro en un fuerte armario.
-¡Bah! -despreció el Lobo-. Caperu­cita está al llegar y resultará un bocado más exquisito. Esperaré.
Siempre astuto, se puso un camisón y una cofia de la abuelita, que sacó de un cajón de la cómoda y se acostó.
Al rato, llamaron en la puerta:
- ¡Toc... toc...!
-¿Quién es? -preguntó el Lobo aflau­tando la voz.
-Soy tu nieta, Caperucita Roja.
-¡Qué alegría! Levanta el picaporte y entra...
¡La tragedia se avecinaba!

 EL VALIENTE CAZADOR

La niña, despacio, se acercó a la cama de la abuelita, maravillada del bulto que hacía bajo la colcha.
-¡Oh, abuelita, qué grande te veo! -dijo Caperucita, dejando la cesta sobre la mesita de noche.
-Seguramente habías olvidado que soy muy mayor -respondió el astuto ani­mal, ya relamiéndose de gusto.
-¡Ay, que ojos más grandes tienes!
-Son para verte mejor.
-¡Oh, abuelita, qué grandes son tus orejas!
-Son para oírte mejor, querida niña.
-¡Oh, abuelita, qué grande es tu nariz!
-Es para olerte mejor, paloma mía.
Y ya, aterrada, temblorosa, Caperuci­ta casi gritó:
-¡Oh, abuelita, qué boca más grande tienes!
-Para devorarte mejor..., preciosa.
De un salto, el Lobo se tiró de la cama. Y Caperucita Roja empezó a correr por la casa, dando vueltas y más vueltas para confundir a su enemigo, mientras grita­ba con todas sus fuerzas.
Quiso el azar que un cazador, con su escopeta al hombro, pasara cerca y oye­ra los gritos y asomándose a la ventana, gritó:
-¿Quién pide socorro? ¿Qué sucede ahí?
El miedo apresó también al Lobo que, desistiendo de tan suculento banquete, escapó de la casa a todo correr. Pero el cazador, con la escopeta, le lanzó una descarga de perdigones que recibió el Lo­bo donde más podía dolerle. Y, desde aquel día, se cuidó mucho de perseguir a las niñas y de asustar abuelitas.
Abuela y nieta pudieron abrazarse, fe­lices y contentas, de haber escapado de tan terrible peligro.

999. anonimo

Blancanieves .999

Erase una bella reina, siempre triste, porque no tenía hijos. Un frío día de invierno la reina bordaba en su encristalado balcón, y se pinchó con la aguja y una gota de sangre fue a caer sobre el raso de su bordado.
-¡Ay! -exclamó. ¡Qué dichosa sería si tuviera una hija blanca como la nieve y de mejillas encendidas como esta gota de sangre...!
El Hada de la Nieve, que vivía envuelta en los fríos copos oyó el lamento de la soberana y decidió complacer sus deseos. Pasado algún tiempo le nacía una hijita de blanca piel a la que su madre puso por nombre Blancanieves.
Todos en el país se regocijaron, mas su júbilo fue breve, pues la madre murió y el rey, para olvidar su tristeza, se fue a recorrer lejanos países.
Pronto el rey recibió un mensaje del primer ministro que decía así:
"Volved, señor. El pueblo os necesita y vuestra hija también."

LA REINA Y SU ESPEJITO MAGICO

El rey regresó a su palacio y pensó que, si volvía a casarse, su hijita acaso tuviera una madre que se ocuparía de ella. Y eligió a una mujer hermosísima, creyendo que su rostro sería imagen fiel de su alma, pero la nueva reina era despótica y egoísta; cruel y vanidosa como ninguna.
Todas las mañanas interrogaba a su espejo mágico:
-Espejo mío, espejo mágico... ¿soy yo la más bella de las mujeres?
-Sí, reina y señora; tú eres la más bella de las mujeres.
Sucedió que, mientras la reina se miraba día a día en su espejo y docenas de servidores se ocupaban de sus joyas y sus vestidos, la guerra estalló cerca de las fronteras del país y el rey se vio obligado a marchar al frente de sus ejércitos. A partir de entonces, la cruel soberana impuso su voluntad en el reino y convirtió a Blancanieves en su esclava. ¡Cómo odiaba la reina a la linda princesita!
Con el paso del tiempo, la niña se había convertido en una joven de singular belleza. Una mañana, al hacer la diaria pregunta al espejo mágico, éste respondió a la soberana:
-No, reina y señora; ya no eres la más bella de las mujeres. Ahora lo es... ¡Blancanieves!

UNA ORDEN PARA EL GUARDABOSQUES

Una terrible cólera se apoderó de la reina. Hizo llamar a uno de los guardabosques y, cuando lo tuvo ante sí, rodilla en tierra, ordenó con inhumana frialdad:
-Óyeme bien, guardabosques: si quieres conservar tu vida, llevarás a Blancanieves a un lejano lugar de la montaña, tan lejano que sólo sea conocido por las aves, y le darás muerte.
-¡Oh, señora! No podré matar a mi princesa...
-¡Elige! Tu muerte o la de ella.
Pálido de horror, el hombre accedió. Además, tuvo que prometer no contar a nadie ni la orden de la reina ni lo sucedido.
Al día siguiente, con las primeras luces del alba, el servidor y la hermosa niña se alejaron de la corte.
-¿Dónde vamos? -preguntaba ella.
-Lo sabréis más tarde, princesa. Tengo órdenes de la reina.
Después de muchas horas de marcha, se encontraron en lo más espeso del bosque. Lleno de tristeza, el guardabosques dijo:
-Princesa, debo abandonaros aquí. La reina me ha ordenado daros muerte, pero no puedo hacerlo. Mas, tened presente que no debéis regresar a palacio, pues vos y yo seríamos degollados.
Con lágrimas en los ojos, el buen guardabosques se alejó angustiado.

LA CASITA DEL BOSQUE

Asustada por la soledad, la noche, los extraños ruidos del bosque y, especialmente porque acababa de descubrir la maldad humana, Blancanieves cayó de bruces sobre la hierba y lloró amargamente. Luego su pena se transformó en profundo terror, sola entre las sombras que se le antojaban siniestras. Y de pronto, sintió piar. Levantó la cabeza y descubrió infinidad de pajarillos rodeándola, como queriendo aliviar su pena.
Lo raro era el comportamiento de las avecillas, que tiraban de su vestido como si quisieran conducirla a un lugar determinado. Y de pronto, a la débil luz de la luna, la muchacha descubrió una linda casita.
-No sin temor, Blancanieves empujó la puerta y entró.
¡Oh, qué asombroso! La mesa estaba puesta con siete platitos ante siete sillas vacías, pero el resto de la habitación se hallaba en completo desorden. Por cierto, la sopa humeaba en los platos.
Como estaba hambrienta, tomó un poco de sopa de cada platito para que no se notase. Después, pasó a otra habitación. Era un dormitorio con siete camitas. Probó una tras otra, hasta llegar a la última, que le venía justa.
La pobrecilla, agotada, se durmió.

 LOS SIETE ENANOS

La diminuta y linda casita pertenecía a siete enanitos muy trabajadores que trabajaban en una mina de diamantes por ellos descubierta. Aquella noche, a la luz de sus faroles, regresaron como siempre, contentos a su casa. En cuanto abrieron la puerta, olfatearon un aroma extraño:
-Alguien ha entrado en nuestra casa...
-¡Y han comido de mi platito...!
-¡Y del mío!
-Calma, calma -ordenó el Mandón. Registraremos la casa.
Y se quedaron mudos de asombro al descubrir en una de las camas a la bella Blancanieves. El enano Gruñón quiso protestar, pero lo impidió Generoso.
-¡Qué criatura más bella! -dijo dulcemente.
Y todos, deslumbrados, afirmaron:
-Debe de ser desgraciada. Tiene lágrimas en sus pestañas...
-¡Oh! -exclamaron todos, con el corazón enternecido.
La exclamación despertó a Blancanieves, que se sentó asustada.

LA COLERA DE LA REINA

Era tanta la admiración que reflejaban las caritas de los enanos, que a Blancanieves se le pasó el susto.
-Lo siento mucho, yo... estaba perdida en el bosque y...
Al fin, terminó de contar toda su historia. Los enanitos, sintiéndose heroicos, querían ir a entendérselas con la cruel Reina.
-No podéis hacerlo -dijo Blancanieves-. En ausencia de mi padre, ella es dueña y señora de todo.
Y Blancanieves accedió a la súplica de los enanos y se quedó a vivir en la casita.
Pero, allá en palacio, la reina preguntaba a su espejo:
-Espejo mío, ¿soy yo la más bella de las mujeres?
-No, reina y señora; Blancanieves vive y es la más hermosa.
La reina se entregó a la más desenfrenada cólera y tronó contra el guardabosques hasta que, por último, estalló en feroces carcajadas.
Más serena, pensando torcidamente ideó un plan que no podía fallar.

 LA MANZANA ENVENENADA

Allá en la estancia secreta donde guardaba sus filtros y pócimas, la cruel madrastra preparó con veneno una hermosa manzana. Luego, disfrazándose de anciana, se colgó una cesta con fruta al brazo y se dirigió a la casita del bosque. Viendo en la ventana a Blancanieves, empezó a vocear su mercan-cía. Luego, fingió reparar en la niña:
-Buenos días, hermosa -dijo la madrastra, ¿quieres esta rica manzana?
Por no desairar a una viejecita tan bondadosa, Blancanieves aceptó. Nada más morder la manzana, cayó al suelo envenenada.
En medio de tenebrosas carcajadas, la Reina se alejó.
-¡Soy de nuevo la más hermosa de las mujeres! -decía riendo.
Imaginaos la sorpresa de los siete enanos cuando, al regresar de la mina, hallaron sin vida a su amada princesita. Su dolor no tuvo límites, lloraron y lloraron hasta que Generoso preguntó:
-¿Qué haremos con nuestra Blancanieves?
Gruñón tomó el mando y dijo:
-No la enterraremos. No podremos vivir sin verla. La pondremos en una urna de cristal y la llevaremos al lugar más bello del bosque para que el Sol y la Luna se alegren también con su belleza.
Sobre cojines de seda, depositaron a la princesa dentro de una urna de cristal, coronada de flores y la depositaron bajo la bóveda del cielo.

 EL PRINCIPE AZUL

Sucedió que un día en que el príncipe heredero del reino Azul iba de caza, encontró la urna de cristal y se sintió deslumbrado ante la belleza de Blancanieves que era tan hermosa dormida como despierta, se postró a su lado y, en el mismo momento, se enamoró de ella. Saliendo apenas de su deslumbramiento, el príncipe Azul llamó a sus monteros:
-Venid, tomad con cuidado esta arquilla y llevadla a hombros hasta mi reino.
Obedecieron lo servidores y, de pronto, el que iba delante tropezó. Entonces... ¡oh, milagro! los ojos de la princesita se abrieron y su cabeza se alzó. Había sucedido que, con el tropezón, el trozo de manzana envenenada, que tenía atravesado en su garganta, saltó y con ello concluía su aparente muerte.
-¿Dónde estoy y quién sois? -preguntó al asombrado príncipe.
El se presentó y le hizo saber su amor. Y ella le contó su historia y todos supieron que la manzana estaba envenenada y que la fingida anciana era su madrastra disfrazada.

Y FUERON FELICES…

-Si en vuestro reino os acecha el peligro -dijo el príncipe Azul, os llevaré al mío, donde todos os amarán casi tanto como yo.
Blancanieves, que sospechaba el dolor de los siete enanitos, le suplicó que un servidor fuera en su busca. Y cuando llegaron, todo fue loca alegría. Por último los enanitos se conformaron con que el príncipe la llevase al reino Azul.
-Podréis venir a verla siempre que lo deseéis -dijo el príncipe Azul.
Y, para colmo de alegrías, la guerra terminó y el rey regresó a su reino. El príncipe, su princesa y un nutrido ejército, fueron a su encuentro. Al saber que la mujer que había tomado por esposa era un monstruo, el rey ordenó su muerte. Más no fue necesaria ya que, en su cólera, la mujer se convirtió en un zigzagueante rayo que fue a perderse en los abismos.
Y se celebraron magníficas bodas y los siete enanitos llevaron la cola de la novia.
Y todos, todos, fueron felices...

999. anonimo