Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 27 de mayo de 2012

El ogro del pozo

El ogro del pozo
Anónimo
(arabe)

Cuento

Se cuenta que un Sultán tenía cuatro hijos. En torno a su Palacio había un bellísimo jardín. En este jardín había siete árboles tan altos y lozanos que no se encontraba nada semejante en toda la tierra. Pero una noche lle­gó el ogro, arrancó un árbol con todas las raíces y se lo llevó. A la mañana siguiente, cuando el Sultán se despertó y fue a pasear al jardín, vio que se habían llevado el árbol con todas sus raíces y comprendió que aquello era obra de un ghul.
Desde aquel día el Sultán todas las mañanas después de levantarse del lecho, bajaba al jardín y veía que otro árbol había sido arrancado de raíz, hasta que llegó un momento en que no quedaron más que cuatro. Enton­ces el Sultán llamó a tres de sus hijos, que estaban con él y les dijo:
-Es necesario que busquéis a vuestro hermano, y que me lo traigáis aquí, esté donde esté.
Aquel hijo, en efecto, no vivía con él. Era un fumador de hashish y pasaba todo el tiempo en los lugares donde se consumía la droga. Los her­manos fueron a buscarlo y se lo trajeron al padre. Cuando todos estuvie­ron reunidos, éste dijo:
-Hijos míos, si el ogro coge la costumbre de entrar, podemos dar por perdido a nuestro jardín. Si permanecemos callados y fingimos no dar­nos cuenta de nada, terminará por atacarnos hasta nuestras propias alcobas y nos comerá. Por eso he decidido que hagáis guardia, por turno, una no­che cada uno.
-Está bien -respondieron.
La primera noche uno de ellos hizo la guardia. A mitad de la noche llegó el ogro. El guardián lo vio enseguida, pero como tuvo miedo se quedó callado. Aquél arrancó un árbol y se fue tranquilamente. A la mañana si­guiente se vio que en el jardín el cuarto árbol había sido arrancado de raíz y que solamente quedaban tres.
-Pero, ¿cómo? -preguntó al hijo-, ¿has pasado la noche de guardia y has dejado al ogro que lo arrancase de raíz?
-Padre mío -le respondió el hijo-. He tenido miedo de él. Hubiera bastado que me hubiese acercado para...
-Veamos cómo se las arreglará tu hermano -dijo el Sultán.
El otro hermano hizo la guardia a la noche siguiente, pero también tuvo miedo del ogro. Y lo mismo le sucedió al tercero, hasta que le tocó el turno al fumador de hashish.
Ya no quedaba nada más que un árbol en el jardín. El cogió un cuchi­llo y descendió al jardín. A media noche llegó el ogro y cogió el árbol para arrancarlo de raíz. Pero el hijo del Sultán -el fumador de hashish- le golpeó la mano con un cuchillo y la cortó tan limpiamente que permaneció unida al árbol. Luego la metió en un saco y fue a llamar a la puerta de la alcoba de su padre para que se levantase de la cama. Llevaba aún en la mano el cuchillo que goteaba sangre, con el cual había herido al ogro. Ex­trajo fuera del saco la mano del ogro, y le dijo al padre:
-¡Eh, despierta a los otros hijos, que quieres más que a mí!
El Sultán fue inmediatamente a llamar a la puerta de cada uno de sus hijos.
-Salid fuera, mujercillas, que no sois más que eso, venid a ver lo que ha hecho vuestro hermano.
Aquéllos salieron y vieron el cuchillo ensangrentado y la mano del ogro en el saco.
-¡Ah, hijo mío! -reconoció el Sultán-. Si lo hubiera sabido, te hu­biera puesto a hacer guardia el primero.
Luego dijo a todos:
-Venid conmigo.
Y todos juntos se pusieron a seguir las huellas de la sangre a lo largo del camino que el ogro había seguido al huir. Llegaron a un punto donde se abría un pozo: allí terminaban las huellas de la sangre. El fumador de hashish llegó a la conclusión de que el ogro debía de haber bajado. Por fortuna el pozo estaba provisto de una cuerda para subir el agua. El les dijo a los hermanos:
-Me ataré a esta cuerda como un cubo y vosotros me bajaréis al pozo.
Así lo hicieron. En el fondo del pozo el fumador de hashish encontró cuarenta castillos, y en cada castillo vio a una joven de belleza y de gracia incomparable, que le dijo:
-Nos has vengado, le has cortado un brazo, y ahora, si Dios quiere, lo mataréis y seremos libres y podremos encontrar a nuestra madre.
-¿Qué os ha hecho este ogro? -preguntó el joven.
-Nos ha raptado de casa de nuestros padres -respondió-, y nos ha traído aquí.
-Si no posees tu espada -le advirtió la joven-, será inútil que lo ataques, el ogro no morirá. A la derecha encontrarás una estancia vacía y en el techo, que es altísimo, verás puesta una espada.
La joven le dio tres piedras y le dijo:
-Lanza contra la pared esta piedra, luego la segunda y después la ter­cera. ¡Si no le das y la espada no cae, significará que tu último día ha lle­gado y también el nuestro!
Entretanto los tres hijos del Sultán estaban esperando junto a la boca del pozo que su hermano bajara, pero sólo por temor a su padre, porque en realidad tenían celos de él, por el valor que había demostrado al cortar la mano del ogro.
El fumador de hashish cogió las piedras y penetró en el castillo, hasta llegar a la cámara donde estaba la espada del ogro, y lanzó la piedra: la espada cayó al primer golpe. El joven la recogió y se dirigió donde el ogro estaba caído, privado de conocimiento, como consecuencia del dolor de la herida.
El joven había visto al ogro desde lejos. Estaba sobre un lecho con una mujer cuya belleza superaba la de las otras treinta y nueve jóvenes. Ella le vio y comprendió enseguida que él era el que había cortado la mano del ogro, y que venía a matarlo. Llena de alegría se levantó sin hacer ruido y fue al encuentro del joven.
-Mátalo -le dijo-, que perezca entre tus manos. Asegúranos la tran-quilidad, y Dios te la asegurará en este mundo y en el otro.
El joven, entonces, se lanzó sobre el ogro como un león, lo hirió de un solo golpe de espada y lo partió en dos. Las cuarenta jóvenes dieron gritos de alegría en honor del hijo del Sultán. Las jóvenes pertenecían a la raza de los genios. El ogro las había arrastrado a aquel pozo cuando toda­vía eran pequeñas. Nadie conocía la existencia de aquel pozo, y sin las huellas de sangre del ogro, nadie lo habría descubierto nunca, porque esta­ba muy bien escondido entre la maleza.
El hijo del Sultán estaba a punto de salir y las jóvenes le suplica-ron:
-¡Llévanos contigo!
-No temáis -respondió-, no os abandonaré, suceda lo que suceda.
Y salió fuera para advertir a los hermanos todo lo que había sucedido. Encontró en torno a la embocadura del pozo a su padre y a todos los sol-dados, llenos de admiración por el joven, que hasta aquel momento no ha­bía hecho más que pasar los días fumando el kif, y que todos despreciaban. Cuando estuvo fuera contó todos los pormenores de su aventura y habló de las cuarenta jóvenes y de las riquezas que había encontrado. Luego vol­vió a descender al pozo e hizo que las jóvenes salieran una a una. Y cuando todas hubieron salido, sacó los tesoros y muchos lingotes de oro.
Todos contemplaban la belleza de las jóvenes, que habían estado tanto tiempo escondidas en el fondo del pozo. El Sultán les ordenó ponerse el velo y luego fueron conducidas a Palacio para descansar. La joven que el hijo del Sultán había encontrado en el lecho con el ogro, era jefa del grupo. Ella cogió un anillo de los genios que llevaba puesto al dedo y le dio la vuelta. Y, de pronto, apareció una mesa provista de toda suerte de exqui­siteces. Todos se quedaron estupefactos a la vista de aquellos platos que ninguna mano había cocinado y que ninguna mano había servido. Enton­ces, uno de los hijos del Sultán manifestó su intención de casarse con la señora del anillo, pero el matador del ogro declaró que también él quería casarse con ella, porque era la más bella y porque poseía el anillo giratorio. Pero la señora del anillo dijo:
-Majestad, debo advertiros una cosa. El ogro ha sido matado por tu hijo mientras recibía la visita de su padre y de su hermano. Si no nos apre­suramos a matarlos a los dos apenas lleguen al pozo, volverán aquí con tantos ogros como una nube de saltamontes. Serán capaces de seguirnos por nuestro olor y de llegar hasta aquí. Y para matarlos es necesario herir­los con la espada que estaba en el castillo subterráneo, porque, de lo con­trario, no se podrá matarlos.
-¿Quién será -dijo el Sultán- capaz de exterminar hasta el último de estos ogros?
Todos callaron.
-Pero ¿qué os sucede? -preguntó el Sultán- ¿Por qué calláis todos?
-Padre mío -dijo el vencedor del ghul- yo iré. En los castillos del ghul todavía hay seis árboles que ha arrancado y plantado allí. Pido a mis hermanos que me ayuden a subirlos del pozo. De los dos ghul que todavía están vivos me encargaré yo. Yo los mataré a ellos o ellos me matarán a mí.
Tomó la espada y los hermanos cogieron las cuerdas del pozo. Pero por el camino los otros hermanos se pusieron de acuerdo para matar al vencedor del ogro.
-Le dejaremos caer con la cuerda, desde lo alto del pozo hasta el fondo.
Pero la señora del anillo, que se había transformado en abeja, se acer­có volando hasta la oreja del joven y le advirtió de la conjura.
-Diles a los otros que se vuelvan a casa -le aconsejó-, me encon­trarás en la boca del pozo.
Así el matador del ogro despidió a sus hermanos y se fue solo al pozo, donde encontró a la señora del anillo, que había tomado el aspecto de una leona. Bajó al fondo del pozo, buscó los árboles, los transportó bajo la roca del pozo y con su ayuda los izó hasta la superficie, y luego él salió.
La señora del anillo echó a correr y entró en Palacio, sin que nadie se hubiera dado cuenta de que había salido, gracias al poder del anillo, que el ogro le había quitado cuando era prisionera, por miedo a que usase su poder contra él, y lo había guardado en un cofrecito. Sólo después de su muerte, la joven había podido forzar el cofrecito y coger el anillo.
El vencedor del ogro se dirigió donde su padre.
-Padre mío -le dijo- dame bestias de carga para transportar nues­tros árboles.
El Sultán le dio las bestias de carga y el vencedor del ogro hizo que transportasen los árboles al jardín, y los volvió a plantar en su puesto. Todo esto hacía que aumentase el despecho en el corazón de sus her­manos.
Al día siguiente, el vencedor del ogro volvió al pozo, llevando consigo provisiones para veinte días y las cuerdas para descender. La señora del anillo se había transformado en mosca y le había precedido en el pozo. Fue ella quien sujetó la cuerda mientras descendía. Con la espada en la mano el joven esperó la llegada del padre y del hermano del ogro. Entretanto la señora del anillo había entrado en Palacio. Después de dos días llegaron el padre y el hermano del ogro. El joven les hizo frente y les mató a los dos y cortó una mano a cada uno, como testimonio de su empresa.
Entretanto la señora del anillo había venido hasta la boca del pozo, vio todo, tiró de la cuerda y regresó rápidamente a Palacio. Él tomó las dos manos cortadas y se las presentó a su padre. Este, lleno de alegría, le donó en el acto el sello del Reino. El Príncipe tomó como esposas a cuatro de las jóvenes que había liberado, entre ellas a la señora del anillo; todas las demás fueron enviadas, sin dilación, a casa de sus padres.
El Sultán organizó grandes fiestas en todo su imperio. Los tres herma­nos celosos se colgaron de los árboles que el ogro había arrancado y que su hermano había vuelto a plantar.

Contado por Fátima, hija de Si Mohammed El-Jennadi, de Blida.

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