Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

viernes, 1 de junio de 2012

La caverna de los ogros

La caverna de los ogros
Anónimo
(arabe)

Cuento

Erase una vez dos hermanos. Uno era rico y el otro era pobre. El rico, además, era Rey. Un día el hermano pobre fue a ver al hermano rico y tra­tó de que se apiadase de él, pero el otro le dijo:
-Yo no tengo nada, búscate un trabajo con el que poder vivir.
Pero el hermano se avergonzaba de tener que trabajar en un país donde su hermano era rey, y le dijo:
-No me quedaré en este país.
Por este motivo dejó su patria y se fue a tierras lejanas y desiertas. Una noche le sorprendió la oscuridad. Se subió a un árbol rodeado de altas rocas. Cuando la oscuridad fue muy densa, el hombre oyó un gran ruido. Eran ogros. El miedo le dejó helado. Mientras los ogros se acercaban, les oyó decir:
-¡Ábrete, El Qsibra[1]!
La roca se abrió y los ogros entraron. Cuando todos entraron en otra sala, cogieron algunos cuerpos humanos, los cocieron y se los comieron.
Desde el árbol se podían ver montones de cadáveres de hombres, de ovejas, de bueyes, de camellos, y luego sacos de oro y de plata tirados aquí y allá. El desgraciado pasó la noche despierto a caballo de una rama. Por la mañana, los ogros salieron fuera y dijeron:
-¡Ciérrate, El Qsibra! -y luego se fueron.
Cuando ya estuvieron lejos, el pobre descendió del árbol y dijo a la puerta:
-¡Ábrete, El Qsibra! -y ésta se abrió.
Entró y encontró gran cantidad de riquezas y de cadáveres humanos, algunos de los cuales tenían comida la cabeza, otros los pies, y también as­nos, algunos en parte comidos y otros todavía intactos. Encontró un gran caldero que servía a los ogros para cocinar y un gran montón de leña. También había subterráneos donde encontró muchos animales vivos. Re­cogió todo lo que pudo del oro y de la plata, cargó todo sobre el asno y se fue sin encontrar ningún obstáculo.
Regresó a su país y desde aquel mismo día empezó a comprar tierra y esclavos, siervos negros y blancos. Algunos vecinos suyos fueron a ver a su hermano el Rey y le dijeron:
-Tu hermano debe haber tenido un buen golpe de fortuna, hemos visto que ha comprado casas, siervos negros y blancos y rebaños enteros. Sus riquezas parecen ser enormes y sólo Alá el Altísimo puede saber cuán­tas sean.
El Rey envió un encargado suyo a su hermano, que le preguntó:
-¿De dónde te han venido estas riquezas?
-Me las ha concedido Alá -respondió aquél, que no quería revelar nada.
El Rey montó en cólera y le hizo meter en prisión, pero pasado cierto tiempo le dejó de nuevo libre. Pasado, también, cierto tiempo, el Rey per­dió su poder y poco a poco fue perdiendo todos sus bienes. Se dirigió a su hermano y le dijo:
-Hermano mío, no tengo nada. Es el momento de que me digas de dónde has sacado tus riquezas para que yo también pueda aprovecharme. Por lo menos manténme a mí y a mis hijos.
-Te indicaré el lugar -respondió el hermano, y le indicó el camino para llegar a la gruta de las riquezas. Aquél que había sido rey se dirigió allí. Cuando llegó a la zona de la gruta, los habitantes de aquel lugar le pregun-taron:
-¿A dónde vas?
-He venido a ganarme la vida -respondió.
-Queremos advertirte algo, ya que eres forastero. ¿Ves aquel cami­no? Procura no ir por él, porque por allí hay muchos ogros que roban nuestros bienes, y que no sólo se llevan el pan, sino además a nuestros ni­ños y a nuestros hombres.
Pero el Rey depuesto no tuvo en consideración estos consejos y se su­bió al árbol donde había estado su hermano. Al llegar la noche llegaron los ogros. A sus pasos la tierra retemblaba como bajo los cascos de caba­llos a galope. Los ogros volvían a su escondite, llevando sobre sus espaldas la caza humana que habían capturado aquel día. Mientras el hombre que estaba en lo alto del árbol sentía que se helaba de terror, los ogros pusieron en tierra sus presas y dijeron:
-¡Ábrete, El Qsibra! -y la puerta se abrió.
Entraron los cadáveres y encendieron fuego: arrojaron los cadáveres y se los comieron todos hasta el último.
Nuestro hombre, aterrorizado, permaneció en el árbol hasta la maña­na siguiente, y vio a los ogros salir y decir a la roca:
-¡Ciérrate, El Qsibra! -y las piedras volvieron a unirse como se unen los batientes de una puerta.
El Rey descendió a tierra y entró en la caverna. Encontró los subte­rráneos y vio tantas riquezas como Alá podría calcular, y también cuerpos (le hombres, de niños y de mujeres. Algunos ya estaban roídos, los demás estaban en reserva.
Escogió un mulo entre aquellos que todavía estaban vivos y lo cargó de tantas riquezas que hubieran bastado a toda su familia, generación tras generación. Pero cuando llegó el momento de salir se dio cuenta de que se había olvidado de lo que le había dicho su hermano: «¿Ábrete, El Qsi­bra!». Trató de decir:
-¡Abrete Essekhra! (¡Ábrete, roca!) -pero la roca no se abrió. En­tonces decidió esconderse entre los cadáveres y hacerse el muerto.
Al anochecer los ogros volvieron, según su costumbre, y entraron en la caverna. Nada más entrar, el primero olió el olor de un hombre vivo y se lo dijo a los otros. Estos se miraron a la cara, aspiraron y olieron tam­bién aquel olor. Empezaron a buscar entre los subterráneos pero no logra­ron encontrar nada, pero seguían oliendo el olor de un hombre vivo.
Llegaron hasta el montón de cadáveres, pusieron al fuego un espetón y lo enrojecieron, luego se pusieron a pinchar con el espetón enrojecido a codos los muertos, uno tras otro. Así, llegaron a pinchar hasta al fingido muerto, que gritó:
-¡Ay!
Entonces lo cogieron, se lo llevaron fuera, lo mataron, le sacaron el corazón y los pulmones y otras vísceras y lo colgaron de unos ganchos.
Aquel mismo día su hermano había llegado a aquella zona. Se acercó ,i la caverna de los ghul y dijo:
-¡Ábrete, El Qsibra!
La roca se abrió y él entró, descendió a los subterráneos, pero no lo­~;ró encontrar a su hermano. Vio el hígado y los pulmones colgados, los descolgó y se los llevó y cuando salió los envolvió en una tela. Mientras el hermano que había sido pobre se alejaba con los pulmones y el hígado de aquel que había sido rey, la sangre iba goteando por todo el sendero desde la caverna de los ghul hasta su casa.
Cuando al llegar la noche los ogros volvieron a su caverna y quisieron coger el hígado y los pulmones, no los encontraron. En aquel momento vieron las huellas de la sangre. Salieron y le siguieron hasta el umbral de la casa. Consultaron entre sí qué debían hacer.
-Nos transformaremos, algunos en camellos y otros en odres de aceite -decidieron al fin-. Uno de nosotros tomará la figura de un ser humano y hará como que es el dueño de los camellos y del aceite.
Y súbitamente se transformaron tal como habían dicho.
-Cuando el propietario de esta casa nos haya hecho entrar, haremos que nos deposite en un almacén tal como se hace con los odres y que nos ponga en un establo, tal como se hace con los camellos. Cuando todos duer­man nos apoderaremos de los que duermen en la casa y los devoraremos.
Así pues, los ogros se acercaron a la casa. El fingido beduino, que era el jefe de la fingida caravana, llamó:
-¡Ah de la casa!
El dueño salió fuera:
-¿Qué deseáis? -preguntó.
-Que Dios sea misericordioso con todos tus parientes -le respondió aquél-. Vamos de viaje y la noche nos ha sorprendido. Sólo te pido que des cobijo a mis odres de aceite y que guardes mis camellos en tu establo.
El dueño de la casa, que les había robado la vez primera, respondió:
-Los odres y los camellos los puedo meter en el establo, pero no ten­go sitio para ti.
Entonces el camellero llevó los odres de aceite a la casa y dejó los ca­mellos atados y se marchó.
La estancia donde estaban depositados los odres de aceite era una donde dormía una de las esclavas negras de la casa. Cuando llegó a la casa, la negra cogió la muela y comenzó a moler el grano. Llegó un momento en que, dándose cuenta de que no se había untado el cabello, con el alfiler del velo pinchó un odre para hacer que saliera un poco de aceite para su pelo. Pero he aquí que el ogro que fingía ser odre susurró:
-¿Duermen o ya están despiertos?
Pasado un momento de estupor, sin saber si escapar o quedarse, la sierva se recobró y siguió moliendo, cantando.
-Mi dueño no siente esta cosa, pero esta cosa se mueve y no reposa.
Y en verdad que los odres se movían y saltaban unos contra el arteso­nado, y luego caían sobre el pavimento. Y la negra continuaba cantando y moliendo.
-Mi dueño no siente esta cosa, pero esta cosa se mueve y no reposa.
El dueño de la casa oyó estas palabras, salió de su alcoba y se apresuró a ir al cuarto de la negra. Allí también él vio que los odres se movían. La negra, apenas vio al dueño corrió a esconderse detrás de él y le contó todo lo sucedido. Aquél hizo que la esclava saliese, cerró la puerta con llave, y luego llamó en su ayuda a todos los de la casa, ordenándoles que trajesen azadas y palas.
En una sola noche cavaron un pozo dentro de la casa y lo llenaron de leña y le prendieron fuego. Luego cogieron los odres y los echaron den­tro y a continuación hicieron lo mismo con los camellos.
Al despuntar el día sucedió que aquel que se había transformado en hombre, es decir, el falso dueño del aceite y de los camellos, dijo:
-Restitúyeme mis camellos y mis odres.
El dueño de la casa hizo que se acercase y, cuando estuvo cerca, todos se arrojaron sobre él, lo ataron y lo lanzaron al fuego.
Visto que los ogros ya habían sido exterminados, el hombre tuvo oca­sión de volver a la caverna para terminar de apoderarse de los tesoros. Una vez que llegó a las rocas que rodeaban el árbol dijo:
-¡Ábrete, El Qsibra! -y la roca se abrió.
En aquel mismo instante el hombre oyó gritar:
-¡Wakh, wakh, wakh!
Eran los chillidos de los ogritos recién nacidos.
El hombre volvió a su país, dejó que transcurrieran algunos meses y luego regresó a la caverna. Llegó a la hora del atardecer, y se subió al árbol. He aquí que llegaron los ogros. Eran, de nuevo, muy numerosos, más nu­merosos que al principio.
-¡Ábrete, El Qsibra! -dijeron a la roca y la roca se abrió delante de ellos. Hicieron cocer carne de cordero y se la comieron, mientras el hombre observaba todos sus movimientos. Hacia la mitad de la noche, los ogros empezaron a decir:
-Aquí huele a carne humana.
El hombre se arrepintió de haber regresado. En realidad su intención era apoderarse de todo lo que quedaba del tesoro de los ogros, pero tam­bién quería saber de quiénes eran los cadáveres que se encontraban en la caverna. Pensaba que podía buscar al Rey de aquel país para darle sepultu­ra. Entretanto los ogros gruñían:
-Es el olor de los habitantes de los castillos del país, aquí hay un hombre. ¡Sal fuera, traidor!
Pero estaba escondido entre las ramas y nadie lo vio, aunque todos habían olvidado aquel olor de hombre.
Finalmente llegó el día ansiado. Los ogros salieron y apenas se hubie­ron alejado, aquél descendió del árbol e hizo que se abriese la puerta de la roca. Reunidos todos los tesoros de la caverna, estaban a punto de irse, cuando oyó que le llamaban:
-¡Hermano, hermano!
Volvió sobre sus pasos, pero sólo vio restos de muertos. Era la sangre de su hermano que lo llamaba. El hombre se fue con los tesoros y se los llevó a su casa, donde los puso a buen recaudo. La familia se alegró mucho de aquella adquisición.
El país donde vivían los ogros estaba muy lejos de aquellos países ha­bitados por los hombres y cuando un forastero llegaba a aquellos parajes, aquellos que vivían en los confines del país de los ogros se apresuraban a decirle:
-Ten mucho cuidado y no vayas por aquella parte.
Los ogros de la caverna habían devorado a muchas personas y se ha­bían llevado muchas ovejas y muchas bestias de carga de los habitantes de aquella zona vecina. Estos no sabían qué procedimiento seguir, enviar a los soldados era como mandarlos al matadero.
Un día, aquel que había robado a los ogros y los había matado, deci­dió tomar por esposa a otra mujer. Hizo llamar a un sabio consejero, muy estimado en la zona y le ofreció un banquete. Cuando estuvieron al final del banquete, le dijo:
-Te recomiendo que lleves contigo un regalo para el Rey, un regalo de gran valor, y que te dirijas personalmente a él y le digas: «Vengo a pe­dirte a tu hija por esposa». Si te acoge dándote la bienvenida, está escrito que le sucederás en el trono. Si, por el contrario, rehúsa tener en conside­ración la propuesta, vuelve a buscarme y te daré otro consejo.
El hombre cogió el dinero y los regalos que consideró necesarios y se dirigió a la ciudad. Se hizo recibir por el Rey y le ofreció todos sus regalos.
-¿Has venido a pedirme algún favor? -preguntó el Rey.
-Te pido por esposa a tu hija -le respondió.
-Si es así -dijo el Rey-, y si me has ofrecido todos tus regalos con este fin, vuelve a cogerlos.
-No los cojo -respondió aquél-, porque cualquier cosa que hagas, bien tardes mucho tiempo o lo decidas súbitamente, está escrito que yo me sentaré en el lugar donde estás ahora.
En diciendo esto, se fue.
Cuando hubo regresado a su país, hizo llamar a su consejero.
-El Rey se ha negado a darme a su hija y quería devolverme mis re­galos, dime qué cosa debo hacer.
-Te aconsejo que antes de nada vayas a ver a tal astrólogo, que estu­diará el problema, y luego veremos.
Fueron a consultar al astrólogo, que dio esta respuesta:
-Uno de vosotros ha ido a ver a un Rey. Este Rey tiene un hermano que acaba de ser raptado por los ogros junto a catorce de sus súbditos. Su país está en plena agitación.
Al oir esto, el consejero declaró:
-Este es el momento en que tú debes ir a aquel país, pero procura no ir a ver al Rey, porque él mismo será quien te llame.
Un día después de aquello se fue y se encaminó a la ciudad real. Cuando llegó se encontró al pueblo muy revuelto rodeando el Palacio del Rey, y todos gritaban:
-Si no eres capaz de reinar, deja el mando a otro que sea más digno. Debemos tener un jefe que nos proteja contra los ogros, porque tanto adultos como niños todos somos su presa, y nuestras riquezas y nuestros rebaños terminarán en sus manos. Ya ves que incluso a ti se te ha llevado a tu hermano, así es que busca un remedio para nuestros males o si no, todos abandonaremos la ciudad.
El hombre que había matado a los ogros cogió aparte a un hombre que había entre la muchedumbre y le dijo:
-Uno que os hiciera saber dónde viven los ogros, que os trajese al hermano del Rey y a todos los que se han llevado los ogros, y que aniqui­lase la raza de los ogros, ¿sería proclamado Rey de vuestro país?
-Ciertamente -le respondió-. Uno que lograse alejar de nosotros las desventuras que nos atormentan hace más de cuarenta años, sería acla­mado por todos nosotros.
De pronto, alguien entró en Palacio y le dijo al Rey:
-Hay un hombre que afirma ser capaz de librarnos de los ogros y de exterminar su raza.
-Traédmelo aquí -dijo el Rey.
Cuando aquél se encontró en el umbral de Palacio, el Rey lo vio y se levantó para ir a su encuentro, diciendo:
-Demos gracias a Dios porque has regresado sano y salvo, yerno mío y mi lugarteniente.
Todos los presentes se quedaron asombrados al oir al Rey que le lla­maba así. Mientras, el Rey continuó diciendo:
-¿Te sientes capaz de dominar a los ogros, de traerme a mi hermano y a las demás personas que hemos perdido en estos últimos tiempos, si es que, acaso, queda alguno con vida?
-Puedo hacerlo -le respondió.
El Rey hizo que todos salieran a excepción de sus ministros y delante de ellos declaró solemnemente:
-Os tomo como testigos de que pretendo dar a mi hija en matrimo­nio a este hombre.
En el mismo momento se celebró el acto del matrimonio y aquella misma noche el Rey ofreció un suntuoso banquete de boda. A la mañana siguiente, cuando el matador de ogros volvió a Palacio se presentó ante su suegro y se sentó a su lado, junto al trono.
-Ahora -le dijo el Rey- te pido que me expliques los motivos en los que basas tu seguridad.
El yerno le contó todo lo que le había sucedido desde el principio hasta el fin. El Rey se levantó y besó al yerno entre los ojos.
-¿A qué estratagema debemos recurrir?
-Ordena a tus súbditos que se provean de azadas, de palas y de leña para quemar. De momento te pido sólo veinte mulos, cada uno con su mú­lero.
Inmediatamente el Rey hizo traer aquellas bestias con sus conduc­tores.
-Vamos -dijo el matador de ogros, -y todos le siguieron, hasta que llegaron allí donde los ogros habían cavado sus subterráneos delante de las rocas que rodeaban el árbol. Él hizo a los suyos estas recomendaciones:
-Nadie debe entrar conmigo, sólo yo os pasaré los objetos que car­garéis sobre los mulos.
Y volviéndose hacia las piedras, dijo:
-¡Ábrete, El Qsibra! -y la puerta se abrió.
Entró en la caverna y se puso a sacar cadáveres. Sacó uno, luego otro, y luego un tercero, y cada vez decía:
-¿Es éste el hermano de vuestro Rey?
Sólo cuando sacó fuera el décimo, oyó decir:
-¡Este es!
El caso era que los ogros habían comido sólo las manos y los pies. Luego sacó fuera, también, los cuerpos de los otros quince que habían sido raptados por los ogros. Llevada a término esta cuenta, se dedicaron a bus­car los restos de las anteriores víctimas, y luego sacaron fuera todo el botín que se había acumulado en la caverna, y los mulos que todavía estaban vi­vos, y también las ovejas y los asnos que encontraron.
El yerno del Rey quiso, incluso, llevarse el caldero donde los ogros hacían la comida, y la leña para arder. Por último sólo quedó la carroña de las bestias muertas, todo lo demás se lo llevaron, llenos de horror por el espectáculo de tantos muertos, y a la vez llenos de admiración por el valor del yerno de su Rey. Cuando los mulos fueron cargados, y llegó el momento de irse, el matador de los ogros dijo a la puerta de piedra:
-¡Ciérrate, El Qsibra! -y la puerta se cerró.
Sus hombres decían para sus adentros:
-Este no puede ser un hombre, debe de ser un ghul, que se ha con­vertido en hombre.
Luego todos se fueron en paz.
Cuando llegaron al Reino, una muchedumbre salió a su encuentro de­seosa de conocer el éxito de la expedición. Todos estaban ansiosos de saber si habían traído o no a los desgraciados que habían sido raptados por los ogros y se horrorizaron a la vista de los cadáveres que se bamboleaban a lomos de los mulos, medio roídos. Incluso las mujeres salieron y sus la­mentos y gritos aumentaron la confusión.
Llegado a la ciudad, el cortejo se detuvo delante del Palacio Real, y la carga fue depositada sobre la calle. Todos aquellos que habían tenido un muerto en la familia venían a reconocerlo y se llevaban el cadáver. Vino, incluso, el Rey en busca de su hermano. Lavaron el cuerpo, lo envolvieron en un lienzo y lo sepultaron, mientras otros hacían lo mismo con sus muertos. Luego el yerno del Rey preguntó:
-¿Dónde están los hombres que han recibido la orden de cavar? Tie­nen que estar dispuestos a irse, provistos de azadas, palas y armas.
Aquella tarde los ogros volvieron, como de costumbre, a la caverna, y no encontraron ni cadáveres, ni bestias, ni caldero, y montaron en una cólera terrible.
El yerno del Rey, que estaba atento escuchando, oyó el lejano rumor de su furor. Dio, entonces, orden al pregonero de que fuera por las calles advirtiendo a los ciudadanos de tomar las debidas precauciones: cerrar las puertas de la ciudad y hacer guardia durante todas las noches.
Y así fue, en efecto, a mitad de la noche los ogros se presentaron de­lante de la ciudad, pero se limitaron a husmear el viento, y por otra parte los ciudadanos no pudieron hacer nada, porque aunque un ogro sea atra­vesado por una bala de fusil, el plomo no le puede causar daño alguno, las balas tienen sólo el efecto de aumentar su rabia. Así ambas partes per­manecieron atentas hasta el alba y luego los ogros se retiraron.
El Rey dio orden de que todos los hombres de la ciudad siguieran a su yerno, que daría las disposiciones oportunas. Todos salieron de la ciudad lle­vando una azada y una pala. El yerno del Rey les condujo hasta más allá de seis kilómetros de la caverna de los ogros, los reunió en torno suyo y dijo:
-Espero que cavéis una fosa, que dé la vuelta a todo alrededor de esta roca, y os pido que la hagáis muy profunda.
Más de treinta mil hombres se pusieron a cavar. En un solo día todos juntos lograron cavar una fosa increíblemente profunda que ro­deaba el borde de la roca. Llenaron la fosa de leña y le prendieron fue­go, la fosa era tan profunda que el humo apenas sí salía. Luego todos cogieron sus azadas y sus palas y regresaron a la ciudad, cerrando bien las puertas.
La noche estaba ya muy avanzada cuando los ogros, conforme a su costumbre, cayeron todos en la fosa y murieron entre las llamas. Los ha­bitantes de la ciudad se enteraron por el olor de la carne quemada, que lle­gaba hasta allí. Por este motivo la ciudad se despertó llena de gozo y de alegría, y todos los habitantes, hombres y mujeres, fueron a llevar regalos al yerno del Rey.
Un día éste decidió ir a hacer una visita a la gente que hacía ya bastan­te tiempo que no había visto. Quería saber si había quedado algo de la es­tirpe de los ogros. Hizo que el pregonero pregonase que el yerno del Rey pedía veinte hombres a caballos y armados de sables. Veinte caballeros así armados se presentaron ante él. Todos salieron a caballo, transportando consigo un puente para poder pasar el foso. Llegados a la caverna, descen­dieron del caballo y el yerno dijo, como era de costumbre:
-¡Ábrete, El Qsibra!
La piedra se abre y él entra. De pronto oye:
-¡Wakh, wakh, wakh!
Eran más de cuarenta ogros, todos pequeñísimos, apenas recién naci­dos. Volvió sobre sus pasos, temiendo por su vida, y dijo a los hombres armados que había traído consigo:
-Entrad conmigo y escuchad.
Entró uno, luego otro y luego un tercero. El primero, que nunca ha­bía penetrado en la gruta, apenas oyó aquellos gritos, echó a correr a todo correr y así fueron haciendo uno tras otro, tropezándose entre sí. Luego montaron a caballo y regresaron a la ciudad, presos de un pánico tal, que uno de ellos, apenas llegó, se murió de repente.
Transmitieron al país la noticia de que habían visto a los ogros caídos en el foso, ya carbonizados, mientras un olor repugnante salía de ese foso, pero que aún quedaban ogritos. El Rey, preocupado, preguntó a su yerno:
-¿Qué podríamos hacer para terminar con estos ogros?
-Ordena al pregonero que mande a todos los súbditos que vengan trayendo azadas y palas -dijo-. Sacarás toda la tierra que rodea la roca y el árbol de los ogros, sacaremos de su base esta roca enorme y haremos lo mismo con el árbol. Sólo así podremos asegurar definitivamente la tran­quilidad. Te ruego que convoques a todos tus súbditos.
El Rey lo hizo así y al día siguiente y por la mañana temprano, todos los habitantes de la ciudad se reunieron con palas, azadas y cargas de leña. Saliendo del foso que habían cavado primeramente, hicieron una galería en dirección del subterráneo que estaba debajo de las raíces del árbol y que estaba rodeado de rocas por todas partes. Levantaron pequeñas cavidades donde estaban los ogritos recién nacidos y los atravesaron con la espada. Por la tarde llegaron a la gran roca, pero como la oscuridad empezaba a ser muy grande, se volvieron a la ciudad.
Al día siguiente volvieron con las azadas y las palas para cortar el ár­bol de raíz. Cuando llegaron a las raíces más profundas, los ogritos estaban escondidos en los subterráneos más profundos debajo de ellas, así es que tuvieron que salir y echaron a correr a todo correr. Algunos cayeron en el foso, mientras otros corrían en torno, buscando inútilmente un pasaje. La gente echó leña en el foso y prendió fuego a aquel inmenso brasero. Así todos los ogritos fueron quemados.
Continuaron cavando bajo las raíces del árbol y se encontraron gran­des tesoros de oro y de plata, que se llevaron. Luego abatieron el árbol y lo quemaron, atacaron la roca y la redujeron a trocitos y así es como fue­ron destruidas las huellas de los ogros, grandes y pequeños.
Volvieron a la ciudad con un gran botín que entregaron al Rey. El yerno del Rey hizo que el pregonero ordenase a los ciudadanos reunirse delante del Palacio del Rey. Cuando todos se reunieron, pronunció un dis­curso donde contó todas las pruebas que había tenido que superar desde cuando su hermano era Rey y en qué circunstancias había descubierto la morada de los ogros. Toda su historia desde el principio al fin. Entonces el Rey se levantó y habló a su vez:
-Os invito a aceptarlo como vuestro Rey, en lugar mío.
Y todos gritaron:
-Lo aceptamos.
Se dio un gran banquete y así él pudo conservar el poder que había conquistado con su valentía y su inteligencia.



[1] El Qsibra significa: «Pequeño cilantro». La frase es semejante a: «Ábrete Sésamo» del cuento de «Alí Babá y los cuarenta ladrones».

No hay comentarios:

Publicar un comentario