Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 27 de octubre de 2014

El rey, la tortuga y el perro .025

Todos los animales vivían juntos en el mismo pueblo. Y todos vivían miserablemente; excepto el rey, que satisfacía todos sus caprichos y los de su familia acaparando los bienes del pueblo y los del bosque.
Por casualidad, la tortuga había descubierto un sendero secreto que comunicaba con el patio del rey. Agazapada, siguió aquel camino hasta llegar a una finca de árboles frutales: cogió cuantos quiso y regresó a su casa cargada de alimentos para su familia.
Desde entonces, cada día repetía la misma operación. Y la comida le alcanzaba no sólo para los suyos, sino también para su amigo el perro, al que solía invitar. Éste, asombrado al ver que su amiga disponía de tanta comida, le pedía insistentemente que compartiera su secreto con él. Al fin la tortuga accedió a que le acompañara, con una condición: «Si alguna fruta cae encima de tu cuerpo, debes permanecer en silencio para que los soldados del rey no tengan ninguna sospecha».
Aquella misma noche los dos amigos emprendieron su primera expedición, de la que regresaron sin novedad y bien cargados. Al día siguiente, vuelta a la finca; una vez en pleno trabajo, una de las frutas cayó del árbol y dio de lleno en el cuerpo de la tortuga; ésta aguantó el dolor sin rechistar, para que su amigo comprendiera cómo debía comportarse. Durante la tercera noche, una fruta cayó sobre el lomo del perro; éste lanzó un aullido tremendo y echó a correr; al instante los guardianes se lanzaron detrás de él, que logró zafarse de la persecución gracias a su velocidad; mientras tanto la tortuga había podido esconderse entre la hojarasca.
El perro pidió perdón a su amiga. La noche siguiente, sin embargo, la escena se repitió: una fruta cayó encima del perro y éste, aullando con ferocidad, echó a correr. Los guardianes, esta vez, quisieron perseguir a la tortuga. Y, claro está, la atraparon rápidamente y la llevaron ante el rey.
Éste ordenó que le dieran muerte. A lo que la tortuga espetó: «Si me perdonas la vida podrás ver algo extraordinario». La curiosidad del rey venció a su crueldad, y la tortuga se comprometió: «El próximo domingo defecaré ante ti y ante todo el pueblo sin realizar ningún esfuerzo».
Sucedía que, al siguiente domingo, debía llegar un nuevo barco que el rey había comprado. La tortuga hizo coincidir la hora y, mientras todo el pueblo se hallaba reunido para verla, empezó a señalar al nuevo barco que llegaba. Cuando volvieron de nuevo la cabeza hacia la tortuga, ésta ya había defecado y mostraba el resultado de su acción a toda la concurrencia: «¿Os dais cuenta? Sólo yo sé hacerlo sin realizar ningún esfuerzo».
Y obtuvo así su libertad.

0.111.1 anonimo (guinea ecuatorial) - 050

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