Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 24 de octubre de 2014

El pedo perfumado

Los dos hermanos eran tan distintos como el día y la noche. El mayor era avaro y todo lo medía con el valor del dinero. El pequeño, por el contrario, era afable y valoraba más la amistad. Cuando murieron sus padres, el hermano mayor dijo en seguida:
-Repartamos la herencia -y se quedó con lo mejor.
Cuando ya se marchaba con todo para su casa, aparecieron un buey y un perro y él volvió a decir:
-Mira, hermano. El buey es un animal indolente que anda despacio y come mucho. El perro, por el contrario, es fiel. servicial y come muy poco. Así que, haciendo un gran sacrificio, yo me quedaré con el buey y tú con el perro.
Era una injusticia, pero el hermano menor no dijo nada. Suyos fueron los peores campos y una choza en ruinas. Sin embargo, el perro le hizo compañía.
-Si no fuera por ti -le decía por las noches, habría abandonado ya estas tierras que fueron de mis antepasados.
Cuando llegó el momento de ararlas, se encontró con que no tenía con qué. Entonces se dijo:
«Quizás este perro pueda ayudarme. Le haré un yugo pequeñito y le unciré el arado.»
Así lo hizo y, en efecto, el perro empezó a arar el campo, como si fuera un buey. Cuando ya llevaba hechos tres surcos, acertó a pasar por allí un vendedor ambulante. Llevaba una carreta llena de todo lo que se puede imaginar. Al ver al hermano menor y al perro, se echo a reír, diciendo:
-¡Vaya una estampa! ¿Crees que así vas a arar todo el campo? -Por supuesto -respondió el hermano menor, ofendido. Ya llevamos tres surcos.
El vendedor pensó: «Este joven es un engreído. Verás cómo le saco el campo entero. No es muy bueno, pero menos es nada.» Después volvió a decir en voz alta:
-Te apuesto mi carro a que ese perro no puede arar el campo entero.
-Acepto -dijo en seguida el hermano menor.
-Pero ten en cuenta -replicó el vendedor- que, si no lo hace, me quedo yo con tu campo.
-Está bien.
Entonces el hermano menor acarició al perro y en menos de dos horas todo el campo estaba lleno de surcos. Cuando se enteró el hermano mayor, en seguida fue a visitarle.
-Vengo a pedirte un favor, hermano -dijo. Voy a estar fuera de casa unos días y quiero que me prestes tu perro, para que me la cuide.
-¡No faltaría más! -replicó el hermano menor. Este perro es tan fiel como una esposa vieja.
Pero, en cuanto llegó a su casa, el hermano mayor le puso el yugo más pesado y dijo:
-Vamos a ver si es verdad lo que dicen de ti. No quiero cansar a mi buey, porque es muy caro y además me dará carne cuando sea viejo.
En esto pasó un comerciante de telas. Tres carretas llevaba llenas de sedas, algodones y lanas.
-Estás loco, si crees que ese perro va a arar un campo tan grande -dijo al hermano mayor. ¿Por qué no usas tu buey?
El hermano mayor le miró de arriba abajo y pensó: «Este incauto se cree que éste es un perro corriente. ¡Ya verás cómo se queda sin telas!» Después, sonriendo como un prestamista, añadió:
-Si te parece, hacemos un trato: si mi perro ara todo este campo, me quedo con tus tres carretas, y, si no lo hace, te doy yo a ti el campo.
-No me gusta aprovecharme de nadie -replicó el comerciante, pero, ya que eres tú el que lo quiere, acepto el trato.
Sin embargo, el yugo eran tan pesado que el perro no se movió del sitio. El hermano mayor le golpeó con todas sus fuerzas, pero no consiguió nada. El campo pasó, pues, a manos del comerciante.
-¡Perro estúpido! -gritó el hermano mayor, airado. ¡Ni para guardar las casas de tus amos vales!
Y, agarrando una pala, le golpeó en la cabeza y le mató. Cuando se enteró el hermano menor, le cogió con todo cariño y le enterró en su campo.
-Era mi mejor amigo -sollozaba, mientras le cubría de tierra-. Ahora vuelvo a estar solo otra vez. Además, sin él no podré arar y me moriré de hambre.
A la mañana siguiente creció una planta extraña sobre su tumba. Era parecida a las alubias, pero su fruto era muy negro. Además, desprendía un aroma muy fuerte.
«Se me ha acabado el arroz y no podré comprar más durante meses -se dijo el hermano menor. Tendré que comerme estas alubias, si no quiero morirme de hambre.»
Por primera vez desde que murieron sus padres se llenó hasta hartarse. A media noche empezó a tirarse pedos y comprobó con asombro que ni los mejores perfumes podían comparárseles en fragancia.
«¡Qué buena suerte la mía! -se dijo, alborozado. Mañana iré al mercado y los venderé.»
Al día siguiente, en efecto, fue a la ciudad y empezó a gritar por las calles:
-¡Pedos perfumados! ¿Quién me compra pedos perfumados?
Todos le tomaron por un loco y nadie se atrevía a acercarse a él. El joven, sin embargo, continuó gritando su mercancía. Lo oyó el gobernador y montó en cólera.
-¿Pedos perfumados? ¿Cuándo se ha oído semejante embuste? ¡Que detengan inmediatamente a ese timador!
El hermano menor temblaba de pies a cabeza cuando le llevaron ante él. Pero protestó con energía contra la acusación que se le hacía.
-Yo no engaño a nadie, señor -exclamó. Es verdad que mis pedos son perfumados y yo se los vendo a quien quiera olerlos.
-¡Eso es imposible! -replicó el gobernador. Todos los pedos huelen mal.
Sin embargo, tanto porfió el hemano menor que terminó cediendo.
-Está bien –concluyó. Haznos una demostración. Si es verdad lo que dices, recibirás cuarenta libras de plata; si no lo es, se te darán cuatrocientos latigazos.
-Una decisión muy sabia la vuestra -replicó el hermano menor y se tiró un pedo.
En seguida se extendió por el palacio un aroma que ningún perfume podía igualar. Era tan fuerte que pronto empezaron a llegar mariposas y abejas. Al verlas, el gobernador se destapó las narices y aspiró también él el aroma.
-iEs increíble -exclamó, asombrado. Perdóname por haber dudado de tu palabra. Que inmediatamente se te paguen las cuarenta libras de plata que te prometí.
Cuando se enteró el hermano mayor, acudió corriendo a su casa.
-¿Cómo es que el gobernador te ha dado tanto dinero? -preguntó, ofendido. Parece mentira que te guardes para ti solo tus secretos. ¿No somos, acaso, hermanos?
El hermano menor le contó entonces la historia de las alubias negras. En seguida fue él y se comió las que quedaban.
-¿Qué importa que estén en el campo de mi hermano? -se dijo. Todo lo suyo es mío también. Para algo soy el mayor.
A la mañana siguiente fue al mercado de la ciudad. Se sentó en una piedra y empezó a vocear:
-¡Vendo pedos perfumados! ¡El vendedor de pedos perfumados está aquí!
El gobernador le oyó y se dijo:
«iQué suerte! Pensé que ese hombre no iba a volver más.» Y le mandó llamar.
En cuanto el hermano mayor entró en palacio, se puso hueco como un pavo. El gobernador en persona salió a recibirle a la puerta.
-Ayer -dijo, cuando uno de tus colegas pasó por aquí no me acordé de que el piso de arriba lleva diez años sin habitar. Quiero que subas allí y que perfumes todas sus habitaciones.
El hermano mayor obedeció en seguida. Pero sus pedos olían tan mal que ni las vacas podían aguantarlo.
-¡Es un estafador! -bramó, fuera de sí, el gobernador. ¡Que deje de tirarse pedos o moriremos todos asfixiados!
Sin embargo, el hermano mayor no podía. Había comido tal cantidad de alubias negras que sus tripas no le obedecían. Tuvieron que ponerle un tonel alrededor de la cintura y tapar todos los agujeros con papel de arroz. De esta forma abandonó la ciudad y nadie supo más de él.

0.005.1 anonimo (china) - 049

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