Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

miércoles, 22 de octubre de 2014

El hombre que devolvio lo encontrado

Lou-Luen era el estudiante más famoso de Shan-Dung. Durante muchos años no hizo otra cosa que estudiar. Por fin, se decidió a presentarse a los exámenes imperiales y partió hacia la capital, acompañado de su criado.
-¿Crees que llevamos suficiente dinero para el viaje? preguntó a su señor.
-¿Por qué eres tan materialista? -le riñó Lou-Luen. Lo único que necesita-mos son mis libros. Si apruebo, ni tú ni tus hijos tendréis que preocuparos ya de nada.
El criado le agradeció su interés por su familia, pero siguió pensando que no era suficiente el dinero que llevaban. Así caminaron durante todo el día. Al caer la noche llegaron a una aldea perdida en las montañas.
-Este es un buen lugar para pasar la noche -dijo el estudiante Lou-Luen.
-Mejor lo era la ciudad que hemos dejado atrás hace tres horas -respondió el criado.
Y se marchó a buscar posada.
Era pequeña, pero tenía todas las comodidades. El posadero pensó que sus huéspedes eran gente importante y los trató como a príncipes.
-¿Ves cómo los lugares pequeños también tienen sus encanto? -preguntó el estudiante Lou-Luen. ¿En qué ciudad iban a habernos servido tan bien?
El criado tuvo que admitir que esta vez tenía razón. En seguida se metieron en la cama. Pero el criado no podía dormir: había algo duro bajo las sábanas y le resultaba imposible conciliar el sueño. Metió la mano entre el colchón y encontró un brazalete de oro.
«¡Qué suerte! -se dijo. Vale por lo menos cuarenta mil monedas. Si mi amo no aprueba el examen, me compraré un campo y seré mi propio dueño.»
A la mañana siguiente se levantaron temprano y continuaron su camino. El criado no dijo nada del brazalete a Lou-Luen. Dejó que meditara en su sabiduría y él se puso a levantar castillos en el aire.
Mientras tanto, en la posada, la mujer del posadero estaba muy pre-ocupada: había revuelto toda la casa y no había podido encontrar el brazalete de oro que había perdido.
«Me lo regaló mi padre, cuando abandoné su hogar para casarme -se dijo, apenada. Si mi marido se entera, es capaz de azotarme por descuidada.»
Pero al final tuvo que preguntarle también a él si lo había visto, porque nadie sabía darle razón de la joya. El posadero montó en cólera.
-¿Y todavía tienes la desvergüenza de preguntármelo a mí? -preguntó, furioso. Seguro que se lo has regalado a tu amante y ahora quieres que te compre otro.
-¡Pero yo no tengo ningún amante! -protestó la mujer.
-¡Eso habría que verlo! Las mujeres sois todas iguales -replicó el posadero, y no volvió a hablar más con su esposa.
Durante todo el día estuvo la mujer dándole vueltas en la cabeza a lo ocurrido. Cuando se hizo de noche, su angustia era tan grande que se dijo:
«Mi esposo ya no confía en mí. ¿Qué sentido tiene la vida, cuando no se tiene a quien se ama?»
Entonces fue y se colgó de una viga de la posada. Cuando lo vio su marido, se echó a llorar, pero en seguida pensó:
«Tenía yo razón. ¿Por qué se ha suicidado, si no es porque le remordía la conciencia por sus muchas infidelidades? Ahora sólo me queda desenmascarar a su amante.»
En seguida sus sospechas recayeron sobre su criado. Era muy viejo y había estado en la casa desde antes que él naciera. Pero se dijo:
«Mujer joven es presa codiciada para el viejo. ¿Cómo podré haber sido tan ciego?»
Como era de esperar, el criado lo negó rotundamente:
-¿Cómo podéis pensar una cosa así de mí, que os quiero como a un hijo?
Y pensó que su amo se había vuelto loco por la muerte de su esposa.
Sin embargo, el posadero agarró el látigo y le azotó hasta dejarle medio muerto.
«No me cabe duda -se dijo, apenado, el viejo. La locura se ha apoderado de él. De todas formas, no quiero que caiga sobre su cabeza la vergüenza de haber golpeado a un anciano inocente.»
Y también él se suicidó.
El posadero creyó haber cumplido con su deber y aquella noche se emborrachó hasta perder el juicio.
Mientras tanto, el estudiante Lou-Luen se había presentado ya a los exámenes y esperaba, impaciente, su resultado. Pero los sabios del reino no acababan de decidirse. Eran tantos los candidatos a consejeros imperiales que no sabían a quién escoger.
-Si seguimos aquí esperando, tendremos que comer hojas de árbol -comentó Lou-Luen con su criado. Apenas si me queda ya dinero.
-¿Ves cómo era muy poco el que traíamos?
-Sí. Tú siempre tienes razón. Los estudiantes sólo vivimos para nuestros libros.
Al criado le dio pena y le regaló el brazalete.
-¿De dónde has sacado tú tanto oro? -preguntó Lou-Luen, asombrado.
El criado le contó toda la historia. Pero Lou-Luen, en vez de ir a empeñarlo, se puso el manto y dijo:
-Cuando una mujer pierde sus alhajas, sobre su familia se abate la tragedia. Tengo que volver a esa posada en seguida. Es claro que este brazalete pertenece a una dama.
Esta vez el criado no le siguió. Admiró su entereza y le dijo sin todeos:
-Eres un buen amo. Siempre lo has sido. Pero si devuelves ese oro no tendrás nada de dinero y no está bien que yo sirva a quien es más pobre que yo.
-Tienes razón -y desde aquel momento quedaron rotos los lazos de su servidumbre.
Cuando Lou-Luen llegó a la aldea se encontró con la posada cerrada.
-No, no, señor -le informó un campesino. En este lugar ya no hay posadero. Se marchó a otro lugar, porque, por celos, se suicidaron su mujer y su criado.
-¿Y no sabes a dónde se ha ido?
Aunque todos los aldeanos lo sabían, nadie quería decírselo. Creían que Lou-Luen era el espíritu del viejo criado, y comentaban entre sí:
-Quiere vengarse. Si se lo decimos, los días del posadero están contados.
Por esa misma razón, tampoco quisieron darle alojamiento. La noche era fría y a Lou-Luen no le quedó más remedio que acurrucarse en el portalón de la antigua posada. Como estaba muy cansado se durmió en seguida.
-¿Por qué tú, que eres tan importante, llevas ese brazalete que no es tuyo? -le preguntó una voz.
-Ya sé que no es mío. Precisamente he venido hasta aquí para devolvérselo a su dueño, pero desconozco en qué ciudad vive ahora.
-Si caminas tres días hacia el oeste -volvió a decir la voz, le encontrarás.
Entonces el estudiante Lou-Luen abrió los ojos y se dio cuenta de que todo había sido un sueño. Pero hizo caso a la voz. Durante tres días caminó hacia el oeste y, en efecto, llegó a una ciudad. No era muy grande y la recorrió de cabo a rabo, pero no pudo encontrar al posadero.
Como no tenía dinero, al caer la noche se refugió en una pagoda abando-nada.
-¿Qué vienes a hacer aquí? ¿No ves que este sitio ya está ocupado?
El estudiante Lou-Luen reconoció en seguida la voz del posadero.
-Precisamente es a ti a quien vengo buscando. ¿No te acuerdas ya de mí? Pasé una noche en tu posada camino de la corte -y le contó todo lo que había ocurrido.
Cuando el posadero tomó en sus manos el brazalete de oro, se puso a llorar como un niño.
-¡Por mis celos han muerto dos personas inocentes! -gimoteaba, desesperado.
Y, sin que Lou-Luen pudiera hacer nada, se tiró al río y se ahogó.
Al poco tiempo se presentaron dos emisarios del emperador y entregaron a Lou-Luen un rollo lacrado.
-Tienes que volver a la corte -le comunicaron. Tu examen ha sido el mejor y el emperador te espera con impaciencia.
De esta forma, el estudiante Lou-Luen se transformó en el consejero Lou-Hwei.
Un día, muchos años después, pasaba por una de las plazas de la capital, cuando vio que iban a ajusticiar a un hombre. Inmediatamente hizo detener su litera, porque había reconocido a su antiguo criado en aquel reo. Acercándose a la horca, le preguntó:
-¿Cómo es posible que hayas caído tan bajo?
-Consejero Lou-Hwei -respondió el criado. Por culpa del oro llevo tres muertes sobre mi conciencia, mientras que vos, por devolverlo, habéis llegado a ser un gran hombre.
Y el antiguo estudiante comprendió que quedarse con lo encontrado es sembrar desgracias en la vida de su dueño.

0.005.1 anonimo (china) - 049

No hay comentarios:

Publicar un comentario