Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 25 de octubre de 2014

La jofaina de barro

Chen-Wang-Shan era un vendedor de pescado. Su negocio no iba mal y era considerado un hombre con dinero. Un día, cuando regresaba a su casa, vio que un vecino tenía colgadas cien ranas a la puerta de su casa.
-¿Por qué tienes tantas ranas? -le preguntó. ¿Acaso te gusta su canto?
-¡No digas tonterías! -le respondió el vecino. ¿Es que nunca has comido ancas de rana? ¡Es un plato exquisito! A Chen-Wang-Shan le dieron pena.
Jamás había oído que se pudieran comer. Te las compro -dijo en un arranque de generosidad. ¿Cuánto pides por ellas?
El vecino le miró, sorprendido. Después recapacitó y dijo:
-Cien monedas de cobre.
Realmente era mucho dinero, pero como Chen-Wang-Shan acababa de cerrar su tienda tenía exactamente esa cantidad en sus bolsillos.
-Está bien. Te las compro todas -y le entregó todas las ganancias de aquel día.
Cuando le vio su mujer, casi se muere del susto.
-¿Estás loco? -le regañó con rudeza. ¿Cómo se te ha ocurrido comprar tantas ranas.
-Las iban a matar y me dieron pena -respondió Chen-Wang-Shan. ¿No son preciosas?
Y las soltó en un estanque que había detrás de su casa. Aquella noche no pudo dormir. Las ranas croaron tanto que ni él ni su esposa pudieron pegar-ojo.
-Ya puedes deshacerte de esos animales -le dijo su esposa en cuanto amaneció. No quiero pasarme ninguna noche más en vela.
-Está bien, mujer, está bien. Pero ¿no te da pena de ellas? Al fin y al cabo, no cantan tal mal como dices.
Entonces se marchó hacia el estanque. Allí esperaba encontrar alguna solución al problema. Pero al dar la vuelta a la esquina vio que las ranas estaban fuera del agua.
-¿Qué hacéis aquí? -les preguntó, divertido. ¿No os parece ésa una postura demasiado incómoda para dar serenatas?
Las ranas, en efecto, estaban unas encima de otras, como si fueran una torre. Chen-Wang-Shan las fue echando al agua una a una. Debajo de la última había un pequeño león de jade.
«¡Vaya! -se dijo, sorprendido. Nunca sospeché que las ranas fueran tan agradecidas. No me han dejado dormir, desde luego, pero las pobres se han pasado toda la noche esculpiendo este león.»
Lo metió en una bolsa y se fue a la casa de empeños. El dueño estaba durmiendo y le recibió un ayudante.
-¿Qué es lo que quieres? -le preguntó, al verle.
-Desearía saber lo que vale este león -respondió Chen-Wang-Shan. Siempre ha pertenecido a mi familia y desearía conocer su precio.
El ayudante lo examinó con detenimiento y al final dijo:
-Es una pieza bastante buena. Te daré trescientas monedas de cobre.
Chen-Wang-Shan dio un salto. Estaba a punto de decidirse por el dinero, cuando apareció el dueño bostezando:
-¿Es esto lo que quieres vendernos? -preguntó.
-Eso es -volvió a responder Chen-Wang-Shan. Este león ha estado desde siempre en mi familia.
El dueño le miró y remiró durante más de tres horas. Por fin dijo:
-Es un jade excelente. Te daré treinta mil monedas de plata.
-¿Treinta mil monedas de plata? -preguntó, asombrado Chen-Wang-Shan.
Jamás había visto tanto dinero junto. Después, conteniendo a duras penas su sorpresa, preguntó:
-¿Y puede saberse qué es lo que hace tan valioso a este león? Yo, la verdad, no entiendo mucho de estas cosas.
-Esta es una pieza única -respondió el dueño. Su principal característica es que si la metes en el agua en seguida atrae a cuanto de valor haya en su fondo.
En cuanto lo oyó, Chen-Wang-Shan agarró el león y se marchó corriendo a su casa. Al verle llegar, su mujer le regañó, diciendo:
-¿Por qué no has vendido ese león de jade? ¿También le has cogido cariño, como a las ranas?
-No las odies. Son ellas las que nos han hecho ricos de verdad.
Y entonces le contó todo lo que le habían dicho en la casa de empeños.
En seguida se fue al estanque. Ató el león de una cuerda y le metió en el agua. Al poco rato se oyó un ruido extraño.
«Ahora -se dijo, entusiasmado, Chen-Wang-Shan. El león de jade ya ha atraído al tesoro del estanque.»
Tiró de la cuerda, pero sólo sacó una jofaina de barro. Enfadado, la volvió a arrojar al agua.
«Hay que tener paciencia -volvió a decirse de nuevo. Hasta la magia se equivoca a veces.»
Pero, al tirar de la cuerda, nuevamente sacó la jofaina de barro. Chen-Wang-Shan se pasó toda la tarde junto al estanque y no consiguió otra cosa.
«Está bien -se dijo, al fin. desilusionado. Está visto que este estanque es tan pobre como yo. Al fin y al cabo, menos es nada.»
Su mujer se burló de él, al verle aparecer con la jofaina.
-¿Cómo puedes ser tan crédulo? -le echó en cara. Un león de jade siempre es un león de jade. De todas formas, para algo nos servirá esa jofaina.
-Sí, para dar de comer a las gallinas -respondió Chen-Wang-Shan, derro-tado.
A su mujer le pareció bien la idea. Echó unos cuantos granos de arroz en la jofaina y la dejó sobre una mesa. Al darse la vuelta, la encontró llena hasta los topes.
-iCómo puedes ser tan derrochador? -regañó a su marido. Los pollos no son personas. ¿Cómo crees que van a poderse comer todo este arroz?
-¿Yo? ¡Yo no he tocado esa jofaina! -respondió, malhumorado, Chen-Wang-Shan. ¿Por qué tienes que echarme a mí la culpa de todo?
Entonces la mujer cayó en la cuenta.
-A lo mejor -dijo sonriendo- el dueño de la casa de empeños tenía razón, después de todo.
Y echó una moneda de cobre en la jofaina. Al punto comenzó a multiplicarse, hasta llenar la jofaina a rebosar. La señora Chen volvió a repetir la operación con una moneda de plata, y sucedió lo mismo.
De esta forma, Chen-Wang-Shan se convirtió en el hombre más rico del mundo. Hasta el emperador le llamaba a su palacio y le pedía consejo.
-No es que sea muy prudente -comentaba con sus ministros-, pero tiene tanto dinero que, si quisiera, podría derrocarme.
-¿Y no tenéis miedo de que haga precisamente eso el día menos pensado? -preguntaron.
-No, mientras le tenga ocupado en empresas que a él le honran y a mí me fortalecen.
Siguiendo este principio, el emperador Chu-Ya-Shang dijo un día a Chen-Wang-Shan:
-¡Sería tan fantástico que el sur tuviera una capital! Es una pena que nadie se decida a emprender esa obra.
-¿Y tú te llamas amigo mío? -le preguntó Chen-Wang Shan, ofendido. Yo construiré la mitad de esa ciudad.
-¿Por qué sólo la mitad? -replicó el emperador.
-Porque si la construyo entera, a ti te consumiría la envidia y dejaríamos de ser amigos.
El emperador se quedó admirado de su perspicacia y aceptó el reto. De esta forma, nació la ciudad de Nan-Kin. Pero, mientras Chen-Wang-Shan terminó en seguida su mitad, la del emperador iba muy lenta.
-Nos falta dinero, señor -decían sus arquitectos a cada paso, y Chu-Ya-Shang tenía que pedírselo prestado a su amigo.
Sin embargo, la mayor dificultad la encontraron cuando llegaron al punto llamado U-Hwa-Tai. Allí había un muro de roca tan dura que ni máquinas ni hombres podían nada contra ella. Entonces uno de sus consejeros dijo al emperador:
-Con la jofaina de barro de Chen-Wang-Shan podríamos construir aquí una puerta y un puente.
Pero el antiguo vendedor de pescado no quiso dársela.
-Puedes pedirme toda mi fortuna -contestó al emperador, pero nunca me desprenderé de esa jofaina.
-Si es así -replicó Chu-Ya-Shang con tristeza, tendré que confiscártela.
Y así lo hizo, porque estaba en juego su prestigio de emperador.
Cuando Chen-Wang-Shan marchaba desterrado hacia el oeste, le dijo:
-No estés triste, amigo mío. Lo entiendo perfectamente. Además, en todos los sitios hay ranas y yo me entiendo muy bien con ellas.
Pero no volvió a saberse más de él.
Con la jofaina se terminó de construir la ciudad de Nan-Kin. Ahora yace enterrada bajo la puerta llamada de las riquezas. Nadie se atreve a sacarla a la luz, porque toda la ciudad podría venirse abajo.

0.005.1 anonimo (china) - 049

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