Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 14 de junio de 2013

El campesino que vendía espíritus

Erase una vez un campesino cuyo único bien era una vaca pero no le daba leche. Decidió, pues, venderla en el mercado del pueblo, donde le dieron cien rublos por ella.

Al volver a su casa se cruzó con un anciano que anunciaba a voces:
-¡Vendo espíritus! ¡Espíritus! ¡A los buenos espíritus!...
-¿Qué espíritus son esos, hermano? -preguntó, asombrado, el campesino.
-Espíritus de oro, que te ayudarán a hacer tu camino en esta vida, que te protegerán de los infortunios y hasta te harán rico. El campesino siempre había estado convencido de que un día la fortuna le sonreiría y que se haría rico de repente, como sucede en los cuentos. Y pensó que aquel hombre que vendía espíritus era la oportunidad que no debía dejar escapar.
-¿Cuánto cuesta uno de esos espíritu?
-Como veo que eres pobre te venderé uno bien barato: cien rublos.
-Muy bien. Aquí van los cien rublos. Dame el espíritu.
Y, sin dudarlo un momento, el campesino le dio al anciano todo el dinero que había conseguido por la venta de la vaca. El viejo se guardó el dinero en el bolsillo y murmuró al oído del campesino: «Cosecharás lo que siembres. Ése es el espíritu». Y luego desa-pareció.
«¿Qué habrá querido decir?», se preguntó el campesino. «Yo me sé todos los proverbios, consejas y refranes que existen, pero jamás se me había ocurrido pensar que podría ganar dinero con alguno de ellos. Voy a intentar vendérselo a otro». Y comenzó a gritar:
-¡Vendo espíritus, espíritus de oro!...
Pero nadie le hacía el menor caso. Algunos, incluso, le tomaban por loco y se reían de él sin recato:
-¿Habéis visto? Como cree que tiene demasiado espíritu, quiere vendernos un poco.
-¡Eh, tú, saco de maldades! Si tanto espíritu tienes, ¿por qué eres pobre?
Pero el campesino no perdía la esperanza, y continuó gritando por las calles:
-¡Vendo espíritus! ¡A los buenos espíritus!...
Así acabó por llegar ante las puertas del palacio real. El rey, divertido, vio desde su balcón cómo aquel ingenuo campesino intentaba en vano vender espíritus a los avispados ciudadanos. Le dio pena y le llamó.
-Dime, amigo, ¿cómo es ese espíritu que vendes?
-Es un espíritu muy útil, majestad.
-¿Y cuánto cuesta?
-Cien rublos.
-Toma cien rublos y dame ese espíritu -dijo el rey.
El campesino se guardó el dinero y dijo al rey con mucho misterio:
«Cosecharás lo que siembres. Ese es el espíritu». ¡Que viva el rey!
-¿Cómo? -exclamó éste. ¿Te vas a ganar cien rublos por cuatro míseras palabras?
-¡Que viva el rey! Yo, que soy muy pobre, he pagado por esta simple frase cien rublos. Tú tendrías que pagar mil.
-Dime, ¿y eso por qué?
-Yo dirijo la vida de una sola familia, majestad, en tanto que tú diriges la vida de todo un país. Por eso tú necesitas un espíritu tan vasto como la mar.
-Me parece justo -dijo el rey. Para gobernar hace falta mucho espíritu y mucha sabiduría. Pero lo que tú me has vendido sólo representa una mínima gota de sabiduría...
-Muy cierto, mi rey. Pero la mar está formada por gotas. Un hombre inteligente ha de estar siempre aprendiendo. Los mares acaban en algún lugar, tienen un límite. La sabiduría es ilimitada.
-Que tengas larga vida, campesino. Dices cosas muy sabias. Ahora regresa a tu casa, pero ven a verme de vez en cuando. Hablaremos, y te volveré a recompensar por tus sabios consejos.
El rey apreció en mucho las palabras del campesino. Se las decía a menudo a sus cortesanos y a sus sirvientes. Una mañana, cuando su barbero iba a afeitarle, el rey le dijo en tono muy grave:
-»Cosecharás lo que siembres». Comprende bien el significado de estas palabras, barbero: «Cosecharás lo que siembres».
Al oír estas palabras el barbero se puso a temblar. Se le cayó al suelo su afiladísima y larga navaja y se echó de rodillas ante el rey implorando:
-Perdón, rey mío, perdón para tu esclavo. Soy inocente. Me han obligado... Os juro que yo no pensaba hacerlo...
El rey se quedó petrificado. Se puso en pie y zarandeó al barbero.
-¿Qué te habían obligado a hacer? ¿Y quién? ¡Habla!
-Querían que te degollara... Pero yo no iba a hacerlo.
Así fue cómo el rey descubrió la conspiración que se había urdido para atentar contra su vida. Los traidores recibieron el castigo merecido. En cuanto al campesino que vendía espíritus, cada vez que se presentaba en palacio el rey le recibía amablemente y le recom-pensaba siempre.
-Me has salvado la vida, sabio campesino -le decía.
A partir de aquel día los proverbios populares fueron considerados como perlas de sabiduría y desde entonces pasan de boca en boca y de generación en generación para que lleguen intactos hasta nuestros hijos.


Fuente: Reine Cioulachtjian

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