Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 29 de marzo de 2014

La ciudad de donde nunca se vuelve

Hace mucho, mucho tiempo, había dos hermanos gemelos tan parecidos entre sí como. dos gotas de la misma agua. El uno se llamaba Lumba y el otro Malumba. Cuan­do nacieron, una hechicera le había dado a su madre dos piedras lisas y redondas, dicién-. dole que se las pusiera al cuello y que, cuan­do fueran mayores, no se las quitaran nunca, pues eran dos poderosísimos talismanes.
Los niños fueron creciendo, siempre con sus respectivos talismanes pendientes del cue­llo, hasta convertirse en dos apuestos y agra­ciados jóvenes. Un día, Malumba, que era: el más inquieto de los dos, le dijo a su madre:
-Estoy cansado de la vida que llevo aquí. Quiero conocer el mundo y te ruego que me des tu permiso para ir en busca de fortuna.
-Hazlo así, pues lo deseas -le respondió su madre, pero somos tan pobres que nada podré darte para el camino.
-No te preocupes, madre -dijo Malum­ba. Tengo mi talismán y confío en su poder.
Aquel mismo día, tras de abrazar a su ma­dre y a su hermano, Malumba se puso en camino. Cuando llegó a los linderos de un gran bosque, se agachó a arrancar unas hier­bas. Después, pasó una de ellas por el ta­lismán y, al tiempo que la tiraba al suelo, dijo:
-¡Quiero que te conviertas en un caballo!
No había acabado de pronunciar estas palabras cuando apareció ante él un hermoso caballo blanco. Entonces pasó por el talismán otra hierba y, arrojándola al suelo, dijo:
-¡Quiero que te conviertas en un cuchillo!
Al punto, un magnífico cuchillo quedó prendido en el cinturón de Malumba. Final­mente, hizo lo mismo con otra hierba, excla­mando :
-¡Quiero que te conviertas en un fusil!
Y, en el mismo instante, un espléndido fu­sil fue a colocarse en bandolera sobre la es­palda de Malumba. Este, muy contento al comprobar el poder de su talismán, monto en el caballo y prosiguió su camino. Cabalgó largo rato, hasta que empezó a sentir hambre y fatiga. Entonces bajó de su caballo y le dijo a su talismán:
-Dispón algo para que repare mis fuerzas, pues estoy desfallecido.
Inmediatamente apareció ante él una mesa provista de los más suculentos manjares: Ma­lumba comió y bebió cuanto quiso. Después, cuando hubo descansado un poco, montó nuevamente en el caballo y reemprendió su camino.
No lejos de allí había una gran ciudad, donde vivía un rey muy poderoso. Este tenía una hija única, muy bella pero también muy caprichosa, que se hallaba ya en edad de ca­sarse, aunque hasta entonces había rechazado a todos los pretendientes que se la habían ofrecido.
Hallábase la hija del rey con unas amigas junto al río que pasaba por las afueras de la ciudad, cuando vio llegar a Malumba mon­tado en su caballo. Súbitamente quedó ena­morada de él y, abandonando a sus compañe­ras, corrió a su casa y le dijo a sus padres:
-Acabo de ver junto al río al hombre que quiero por esposo. Sólo con él me casaré.
El padre, que deseaba ver feliz a su hija, ordenó a sus esclavos que fueran a ver al joven y que lo invitaran a un banquete en su palacio.
Malumba aceptó muy gustoso la invitación y, con ayuda de su talismán, se proveyó de ricos presentes que ofrecer al rey. Este los recibió muy contento y, a los postres, le ha­bló de su hija, ofreciéndosela en matrimonio.
-Creo que se trata de la joven que vi junto al río. Si es de ella de quien me ha­bláis, de mil amores la tomaré por esposa.
Pocos días después, con alegría de todos, se celebraron las bodas y la joven pareja se fue a vivir a la suntuosa casa que el rey dis­puso para ella. En la casa había tres grandes espejos que estaban cuidadosamente tapados, lo que llamó poderosamente la atención de Malumba.
-¿Por qué están tapados estos espejos? -le preguntó a su esposa.
-Porque no son unos espejos como los de­más -le respondió ella.
-¡Oh déjamelos ver!
-No, Malumba, correrías un gran riesgo.
-Nada temo, esposa mía -insistió Malum­ba. Quiero verlos.
Entonces ella retiró el paño que cubría el primer espejo y, con asombro y contento de Malumba, éste vio reflejada en él su ciudad, con todas sus calles y sus casas, incluso aque­lla en que había vivido con su madre y su hermano.
-¡Siento una gran alegría al ver de nuevo mi ciudad! -exclamó Malumba. No sé qué de malo puede haber en ello.
-Nada, realmente -respondió su esposa. En el otro espejo, en cambio, lo que se ve son las ciudades y los lugares que uno ha conocido.  .
Y, diciendo esto, retiró el paño que cubría el segundo espejo. Malumba vio reflejados en él, uno tras otro, todos los lugares por donde había pasado en su reciente viaje.
-¿Y el tercer espejo? -preguntó.
-Ese no se puede destapar.
-¿Por qué?
-Porque en él verías la ciudad de la que nunca se vuelve.
-¡Oh quiero verla! -exclamó y, lleno de impaciencia, arrancó el paño que lo cu­bría.
Ante sus ojos apareció, reflejada en el espe­jo, una imagen terrible que, sin embargo, fascinó a Malumba.
-¡Quiero ir allí! -gritó.
-¡No Malumba, te lo ruego! -le suplicó su esposa- ¡No vayas allí, porque de esa ciu­dad no se vuelve nuncá!
Pero por más que ella insistió le fue impo­sible detenerlo. Malumba tomó su cuchillo y su fusil, montó en el caballo y se encaminó a la terrible y fascinante ciudad.
Durante días y días cabalgó en aquella dirección, hasta que llegó a un lugar que le pareció cercano a la ciudad que buscaba. A un lado del camino vio a una vieja sentada en el suelo junto a un gran montón de piedras blancas y negras.
-¿Podrías darme un poco de fuego para encender mi pipa? -le preguntó Malumba a la vieja.
-Baja del caballo y ven a buscarlo -le respondió ella.
Obedeció Malumba y se acercó a tomar el fuego, pero tan pronto como tocó la mano de la vieja, él quedó convertido en una pie­dra negra y su caballo en una piedra blanca. La vieja arrojó las dos piedras al montón y siguió allí sentada con una sardónica sonrisa de satisfacción en los labios.
Entretanto, la madre y el hermano de Ma­lumba habían empezado a preocuparse por­que nunca más habían vuelto a tener noticias de él. Un día, Lumba dijo:
-Madre, temo que a Malumba haya podi­do sucederle algo malo. Si me das tu permiso iré en su busca.
-Yo también estoy inquieta, hijo mío -le respondió la madre. Vete, pues, y ojalá me traigas pronto buenas noticias.
Partió Lumba y, como su hemano, llegó al gran bosque, donde hizo lo mismo que él: tomó unas hierbas y las pasó por su talismán para que éste las transformara en un caballo, un cuchillo y un fusil. Tras ello, cabalgó durante varios dias, hasta que llegó a la ciu­dad donde Malumba se había casado con la hija del rey. Cuando las gentes lo vieron apa­recer, como se parecía tanto a su hermano, se pusieron a gritar:
-iHa vuelto, ha vuelto Malumba, el es­poso de la hija del rey!
Al oir aquellos gritos, Lumba compren­dió que había seguido la buena pista y que allí podría saber qué había sido de su her­mano. Acompañado por la multitud llegó a una casa, de la cual salió una bellísima joven que corrió hacia él con visibles muestras de alegría :
-¡Oh, al fin has vuelto, esposo mío! -ex­clamó la joven.
Lumba descendió del caballo y, muy ama­blemente, le respondió:
-Estáis en un error. Yo no soy Malumba, sino Lumba.
-¡No bromees, tras lo inquieta que me has tenido! -le dijo ella, haciendo caso omiso de todos los intentos de Lumba para disuadirla de su engaño.
Quiso Lumba convencer al rey y a los ha­bitantes de la ciudad de que él no era Malum­ba, pero nadie quiso creerle. Finalmente, comprendió que era mejor dejar las cosas como estaban, ya que así, además, podría des­cubrir el paradero de su hermano.
Concluido el banquete que el rey dio en su honor, fue conducido a su casa por la que se creía su esposa, y ésta, al entrar, le dijo:
-Confío en que ahora ya no querrás vol­ver a mirar los espejos.
Lumba, claro está, ignoraba a qué se re­fería, pero adivinando que en tales espejos pudiera estar la causa de la desaparición de Malumba, le contestó :
-Nada de eso; te agradeceré que me los muestres de nuevo.
Desaparecidos ya sus temores, esta vez ella no se opuso y Lumba pudo ver en el primer espejo su ciudad y en el segundo todos los lugares por donde había pasado. Cuando lle­garon al tercero, quedó fascinado también por la imagen de la ciudad de donde nunca se vuelve.
-¡Oh! ¿Cómo pudiste regresar de ella? -le preguntó la joven esposa.
Bastaron estas palabras para que Lumba sospechara todo lo ocurrido.
-Ahora que recuerdo -dijo, dejé olvida­da allí una cosa. No te preocupes, que volve­ré en seguida.
Ella, aunque un poco contrariada de que se ausentase nada más llegar, aceptó dejarlo partir, convencida de que, como la primera vez, le sería fácil al que creía su esposo regre­sar de aquella terrible ciudad.
Lumba montó en su caballo y partió al galope. Cabalgó días y días, hasta que, final­mente, llegó al lugar donde estaba la vieja sentada en el suelo junto a un montón de pie­dras blancas y negras.
-¿Podrías darme un poco de fuego para encender mi pipa? -le preguntó Lumba a la vieja.
-Baja del caballo y ven a buscarlo -le respondió ella.
Lo hizo así Lumba, pero en vez de exten­der la mano hacia la vieja, la golpeó con su talismán. En aquel mismo instante, la tierra se abrió y se tragó a aquella perversa bruja.
Rápidamente, Lumba se acercó al montón de piedras y se puso a golpearlas con su ta­lismán. Cada piedra negra que tocaba queda­ba convertida en un apuesto joven, y cada piedra blanca en un hermoso caballo. Cuando después de tocar una de aquellas piedras apa­reció Malumba, ambos hermanos se fundieron en un estrecho abrazo. Después, montó cada cual en su caballo y emprendieron rápidamen­te el regreso a la ciudad, donde la mujer de Malumba estaba esperando con impaciencia a su esposo.
Cuando llegaron allí, todos se maravilla­ron de lo mucho que se parecían Lumba y Malumba. Estos contaron cuanto les había sucedido y, para festejar su feliz regreso, se celebraron grandes fiestas que duraron tres días y tres noches.
Al término de ellas, Lumba fue a buscar a su madre y la llevó a vivir a la ciudad donde Malumba acababa de ser proclamado futuro rey.
Los tres espejos ya no existían, pues de­saparecieron en el mismo instante en que la vieja bruja fue tragada por la tierra.
Y, así, a falta de aquellos espejos, nadie ha vuelto a saber nada de la ciudad de donde nunca se vuelve.

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