Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 14 de mayo de 2012

La venganza del abuelo

Hace muchísimo tiempo, y en una comarca de Ucrania, vivían un anciano con su esposa, que también contaba muchos años, en una cabaña de modestas proporciones. Las desgracias que sufrieron los dos viejos les hicieron perder todos los hijos que habían tenido y solamente les quedaban dos nietos, varón y hembra, que constituían el único consuelo de sus pobres y trabajadas vidas.
En efecto, los dos niños eran tan guapos, bondadosos y cariñosos, que sus abuelos se lamentaban continuamente de no ser capaces de quererlos más aún, porque, en efecto, los dos niños merecían todo el amor y todo el cariño que se les pudiera tributar.
Cierto día el anciano decidió salir al campo a dar un paseo con sus dos nietos. De paso quería observar cómo ándaban las matas de guisantes que había plantado en uno de sus campos. Al llegar a él, pudo observar que se habían desarrollado magníficamente, de tal manera, que quizá nunca en su vida hubiera tenido una cosecha semejante.
EI anciano se regocijó ante aquel espectáculo tan agradable y, dirigiéndose a sus nietos, les dijo:
-Estoy seguro, hijos míos, de que no podríamos encontrar en el mundo entero unos guisantes comparables a esos. Nos servirán para hacer kisel [1] y también podremos hacer tortas de guisantes.
Emprendieron el regreso a su casa, cenaron apaciblemente, se acostaron los niños y, más tarde, lo hicieron los dos ancianos.
A la mañana siguiente, el abuelo llamó a su nieto y le dijo:
-Mira, querido Alexis, vete al campo de los guisantes y procura ahuyentar a los gorriones, pues ,ya sabes que si no tomáramos esta precaución, devorarían una gran parte de los guisantes que ya están casi maduros.
Obedeció el muchacho y, en el acto, emprendió el camino hacia el campo. Al llegar allí tomó asiento en el suelo, provisto de una rama seca que agitaba sin cesar, de un lado a otro, para asustar a los gorriones, que, en efecto, parecían dispuestos a hartarse de guisantes.
Así transcurrió bastante rato y Alexis estaba muy ocupado y entretenido en vigilar a los gorriones, cuando, de repente, el niño oyó algo semejante a un trueno lejano, que se aproximaba, aparen-temente, por el bosque y, cuando menos lo esperaba, se le apareció Kulauk, enomne, gigantesco. Tenía solamente un ojo, la nariz ganchuda, el pelo áspero y revuelto, los bigotes larguísimos, porque casi le llegaban a la cintura, y la cabeza cubierta de verdaderas cerdas. Aquel ser gigantesco avanzaba saltando sobre una pierna, iba calzado con un zueco enlorme y se apoyaba en una muleta. Al mismo tiempo rechinaba sus enormes dientes y sonreía con malévola expresión.
Se dirigió en línea recta al guapo muchacho que vigilaba los guisantes, se apoderó de él y se lo llevó debajo del brazo hasta más allá del lago, que se hallaba a varias verstas de distancia.
Llegó la hora de comer, pasó con exceso, y el niño no regresaba a su casa. Su abuelo empezó a alarmarse. Primero aguardó con alguna impaciencia, pero al observar aquella inexplicable tardanza envió a la niña en busca de su hermano.
Kulauk, que ya esperaba que sucediese así, habíase puesto al acecho al amparo de los primeros árboles del bosque, y en cuanto vio llegar a la niña, se dirigió a ella y, antes de que la pobrecilla se diese cuenta de lo que le sucedía, vióse en poder del gigante y llevada lejos del campo de su abuelo.
Este último, al observar la tardanza inexplicable de los dos niños, se dirigió a su esposa, diciéndole:
-¡Cuánto tardan los pequeños! Sin duda han empezado a jugar sin darse cuenta de lo avanzado de la hora o bien, en unión de otros muchachos, estarán dedicados a cazar estorninos. Y mientras tanto, los gorriones deben estar devorando nuestros guisantes.
-Probablemente tienes razón -le dijo su esposa.
-Lo mejor será -replicó él- que vayas a dar un vistazo y si los encuentras ríñelos un poco, porque no me gusta que distraídos por el juego se olviden de todo.
La anciana se puso en pie, tomó el bastón en que solía apoyarse para andar, dio una vuelta a los pasteles que se cocían en el horno, salió, pero ya no volvió. En efecto, en cuanto Kulauk la vio al lado del campo de los guisantes, exclamó en tono irónico :
-;Qué andas buscando por aquí, bruja? ¿Acaso has venido a desgranar los guisantes? Si es así, voy a condenarte a permanecer siempre más en el lugar en que te encuentras.
Y, dicho esto, se acercó a ella y empezó a golpearla tan cruelmente con su muleta, que la pobre mujer se quedó tendida en el suelo, al lado del campo, más muerta que viva.
El abuelo esperó en vano el regreso de sus nietos y de su anciana esposa. Estaba irritado y no alarmado, de modo que aun cuando ellos no podían oírlo, empezó a reconvenirlos.
-¿Adónde habrán ido? -exclamaba-. Sin duda, ya no se acuerdan de que me he quedado, en casa, lleno de ansiedad y de inquietud. Y ellos deben estar jugueteando por ahí y mi mujer, olvidando sus muchos años, se divertirá como una loca, en compañía de sus nietos.
Esperó una hora más y, al fin, se decidió. No tenía más remedio que ir, a su vez, al campo, para ver qué había sido de los suyos.
Se dirigió, pues, allá y apenas hubo llegado, descubrió a la pobre anciana tendida en el suelo y en tan mal estado, que la desdichada apenas le reconoció. En cuanto a los dos niños, ni siquiera había rastros de ellos.
Aquel espectáculo y la ausencia de sus adorados nietos llenaron de desesperación al pobre anciano, que se echó a llorar. Luego, en cuanto se hubo calmado un tanto su dolor, recogió a la anciana, y haciendo extra-ordinarios esfuerzos, porque ya no tenía el vigor de su juventud, la llevó a su casa y la tendió en la cama. Entonces le dio a beber algunos sorbos de agua fría, le humedeció las sienes, le frotó las manos y, en una palabra, le dio todos los cuidados que estaban a su alcance y que quizá pudiesen tener alguna eficacia. Por último, la pobre anciana abrió los ojos y dio cuenta a su marido de la aventura de que fue victima. No había ya ninguna duda de que el mismo Kulauk arrebató a los dos niños.
Así lo comprendió el anciano y la idea lo llenó de cólera. Olvidando que Kulauk era mucho más poderoso que él, exclamó:
-Juro por Dios que este bandido lo va a pagar caro. Y por más gigante que sea, mi astucia suplirá a la fuerza que me falta. Te aseguro, Kulauk, que voy a darte un disgusto serio. Lo que has hecho con tus manos, lo vas a pagar con tu cabeza.
Y como quiera que la anciana no pensó si quiera en contener a su marido, el buen viejo empuñó su cayado de hierro y salió de la cabaña, muy decidido a ir en busca de Kulauk.
Echó a andar y siguió andando hasta llegar a un pequeño estanque. En él nadaba un pato joven, que meneaba alegremente la cola de plumas. Vio al abuelo y exclamó :
-Así vivas cien años, abuelo. Hace ya mucho tiempo que te espero.
-Hola, patito -contestó el anciano-. ¿Y por qué me esperabas?
-Pues, verás. Estoy enterado de que andas en busca de tus nietos y de que te dispones a ir al encuentro de Kulauk para pasar cuentas con él.
-¿Y cómo se explica que tú conozcas a ese monstruo?
-¡Oh, tengo buenos motivos para conocerlo! Ya que me dejó casi sin plumas en la cola. Fíjate de que modo están recortadas.
-Supongo que, a causa de eso, estarás disgustado con él y que no tendrás inconveniente en indicarme dónde está su casa.
-Desde luego. Puedes contar conmigo -replicó el pato-. Soy un ave muy pequeña y sin fuerzas, pero deseo vengarme del que me cortó la cola.
-¿Querrás echar a andar y yo te seguiré? -preguntó el anciano-. Veo que eres muy animoso a pesar de que ese bandido te haya recortado las plumas de la cola.
El pato inclinó la cabeza, salió del agua, se dirigió a la orilla del estanque y echó a andar con el paso característico de los de su raza, es decir, inclinando el cuerpo a uno y otro lado.
Lo siguió el anciano y los dos anduvieron largo rato. De pronto y en medio del camino encontraron un pedazo de cuerda. Y ésta, al ver llegar al pato y al hombre, se dirigió al último, exclamando:
-¡Hola, abuelo!
-Hola cuerda -exclamó el interpelado.
-¿Adónde vas? -le preguntó la cuerda-. ¿Cuál es el motivo de tu viaje? ¿Dónde vives?
-Vivo en una cabaña situada a dos horas, de camino, hacia el sur. Ahora me dirijo al encuentro de Kulauk, porque tengo necesidad y deseo de pasar cuentas con él. Figúrate que el muy criminal ha dado una tremenda paliza a mi pobre mujer y, adernás, ha raptado a mis dos espléndidos nietos.
-¡Caramba! -exclamó la cuerda-. Sí que es malo. Pues, mira, llévame contigo, porque, con toda seguridad, podré ayudarte. Quizá por mi medio conseguirás ahorcarle.
-Bueno, acompáñanos -dijo el anciano-. Supongo que conocerás el camino.
La cuerda, al oír estas palabras, irguió su parte anterior y empezó a deslizarse por el suelo, como si fuese una serpiente.
Continuaron andando los tres y al cabo de un buen rato vieron en el suelo un largo y nudoso garrote. Este, al notar su aproximación, se dirigió al abuelo, exclamando:
-Hola, abuelo.
-Hola, garrote.
-¿Dónde vives y adónde vas? -preguntó el garrote.
-Vivo en una cabaña situada al sur de este lugar y ahora voy a ajustar cuentas con Kulauk. Figúrate que dio una paliza a mi pobre vieja y además ha raptado a mis adorados nietos. ¿Qué te parece?
-Pues mira, llévame contigo, porque probablemente, podré ayudarte.
-Es posible -pensó el abuelo-, que este garrote sea muy útil. Le daré, pues, el permiso que me pide.
Entonces el garrote se levantó y empezó a avanzar por el suelo, dando saltos sobre uno de sus extremos.
Siguieron andando los cuatro y un rato después vieron en el camino una bellota. Con voz cascada, al notar la aproximación de los viajeros, aquélla, exclamó:
-Hola, abuelo.
-Hola, bellota -contestó el anciano.
-¿Quién eres y adónde vas?
-Soy un pobre viejo y vivo hacia el sur de este lugar. Ahora voy en busca de Kulauk, para pasar cuentas con él. ¿Lo conoces?
-Creo que sí -contestó la bellota- y, si quieres, llévame contigo, porque, con toda seguridad, podré ayudarte.
-¿Cómo es posible? -se preguntó el abuelo, al fijarse en las reducidas dimensiones de la bellota-. Sin embargo -añadió para sí- no pierdo nada permitiéndoselo. ¡Quién sabe si podrá ayudarme! Y, dirigiéndose a la bellota, exclamó: -Bueno, echa a rodar, si quieres, para seguirnos.
La bellota empezó a rodar, pero lo hizo precediendo a todos los demás.
Avanzaban rápidamente y de este modo llegaron a un espeso bosque, obscuro y espantoso. En él reinaba un silencio amenazador, de modo que los viajeros se quedaron un momento indecisos acerca de si deberían o no, aventurarse por allí. Pero el anciano, al notarlo, se apresuró a dirigir algunas palabras de ánimo a sus compañeros, diciéndoles:
-¡Ea! Fuera miedo. Entre todos venceremos fácilmente a ese gigante criminal.
Se recobraron todos de su momentánea indecisión y continuaron avanzando hasta encontrar, por fin, una cabaña situada entre los árboles y en lo más profundo del bosque. La vivienda estaba muy solitaria, no había fuego en el hogar y sólo vieron preparadas una cazuela de gachas, en cantidad suficiente para dar de comer a seis personas.
La bellota, que sabía muy bien lo que hacía se apresuró a saltar hacia la cazuela de gachas y se ocultó entre ellas; la cuerda se extendió en el umbral de la puerta y el abuelo dejó el garrote sobre el banco. En cuanto al pato, fue a sentarse al lado del hogar y el anciano se quedó en pie, en un rincón de la estancia.
Al cabo de poco rato oyeron algunos crujidos en las ramas de los árboles y el ruido de la hojarasca al ser pisada. Aquellos ruidos crecieron en intensidad, a medida que se aproximaba a la cabaña y casi inmediatamente apareció Kulauk, apoyándose en una pierna cuyo pie calzaba un zueco y sosteniéndose también con su muleta. Sonreía cruelmente, de modo que la boca casi le llegaba de una a otra oreja dejando al descubierto sus dientes enormes y de color amarillento.
El gigante penetró en la cabaña, arrojó al suelo un haz de leña que llevaba cargado a la espalda y se dispuso a encender el fuego del hogar.
En aquel momento la bellota, que se había metido en las gachas, empezó a cantar:

¡Aquí estamos todos
para matar al gigante!

Aquella vocecita cascada enfureció extraordinariamente a Kulauk. Quiso coger la cazuela para examinar lo que había en ella, pero se le rompió en las manos, se derramaron las gachas y la bellota, de un solo salto, fué a dar en el único ojo de Kulauk vaciándoselo y dejándolo ciego.
Kulauk cayó al suelo, dando un grito de dolor y de rabia, y empezó a agitar los brazos, frenético y furioso. Se puso luego en pie, deseoso de dirigirse a la puerta, pero ¿dónde estaba? Ya no podía verla. Y así continuó braceando de un lado a otro, y quiso su mala suerte que no diera con la salida. En aquel momento la cuerda se enredó con su pierna y el gigante se cayó. Entonces el garrote saltó del banco donde se hallaba y empezó a pegarle con la mayor crueldad. El abuelo creyó llegado el momento y, a su vez, dió una paliza al gigante con su báculo de hierro. Y el pato, que se habla situado sobre un armario que había en un extremo de la estancia, gritaba para animar a todos:
-¡Dadle duro! Es preciso no tener ninguna compasión de él.
Los enemigos del gigante seguían pegándole con todas sus fuerzas, de modo que; al fin, el monstruo exhaló el último suspiro.
-Bien, ya hemos terminado nuestra obra -dijo el abuelo saliendo de la cabaña en compañía de todos sus ayudantes-. Ahora vamos a destruir esa vivienda maldita.
Poco le costó conseguirlo. Y en cuanto hubieron arrasado la cabaña, pudieron descubrir debajo de ella un sótano, en donde estaban encerrados los dos nietos del anciano.
Allí estaban también las riquezas acumuladas por Kulauk y así todos regresaron muy contentos, llevándose aquellos tesoros, gracias a los cuales la familia vivió en adelante al abrigo de toda necesidad.
Los auxiliares del anciano fueron también a vivir en su casa y excusado es decir, que en ella gozaron de toda clase de consideraciones. Y el pato alcanzó la suprema ilusión de su vida: la que le creciesen las plumas de la cola y parecerse en absoluto a todos sus congéneres.

116. Ucrania


[1] Unas gachas agrias.

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