Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 5 de enero de 2015

Timur agha y el lenguaje de los animales

Había una vez un turco, llamado Timur Agha, que buscaba por pueblos y ciudades, por aldeas y por el campo a alguien que pudiera enseñarle el lenguaje de animales y pájaros. Por dondequiera que fue hizo estas investigaciones porque sabía que el gran Najmudin Kubra había tenido ese poder y buscaba a un discípulo descendiente en línea directa de él, para poder beneficiarse con esa extraña ciencia, la ciencia de Salomón.
Finalmente, como había cultivado la cualidad de la generosidad, salvó la vida de un viejo y débil derviche, que estaba suspendido de un puente de cuerdas en la montaña y que le dijo:
-Hijo mío, yo soy el derviche Bahaudin y acabo de leer tus pensa-mientos; de ahora en adelante comprenderás el lenguaje de los animales.
Timur prometió no confiar el secreto nunca a nadie.
Timur Agha volvió a su granja y pronto pudo hacer uso de su nuevo poder. Un buey y un burro estaban hablando en su propio idioma. El buey decía:
-Yo tengo que arrastrar un arado y tú no haces más que ir al mercado debes de ser más inteligente que yo. Dame un consejo para salir de esta situación.
-Todo cuanto debes hacer -dijo el astuto burro- es echarte en el suelo y fingir que tienes un terrible dolor de estómago. Entonces el granjero te cuidará, porque eres un animal valioso, te dejará descansar y te dará mejor comida.
Pero, naturalmente, el granjero había escuchado esto. Cuando el buey se echó en el suelo, Timur dijo en voz alta:
-Tendré que mandar a este buey al carnicero esta noche, a menos que se encuentre mejor dentro de media hora.
Y, claro, se encontró mejor, mucho mejor.
Esto hizo reír a Timur, y su mujer -que tenía un carácter descontento- insistió en que le dijera por qué se estaba riendo. Recordando su promesa, se negó.
Al día siguiente fueron al mercado; el granjero caminando, la mujer montada sobre el burro y la cría del burro caminando detrás. El burrito rebuznó y Timur se dio cuenta de que estaba diciendo a su madre:
-No puedo seguir caminando, déjame que monte.
La madre contestó:
-Yo llevo a la mujer del granjero y no somos más que animales, ésta es nuestra suerte, no puedo hacer nada por ti, hijo mío.
Timur enseguida hizo bajar a su mujer del burro para que éste pudiera descansar. Se detuvieron debajo de un árbol. La mujer se puso furiosa pero Timur dijo solamente:
-Creo que es tiempo de que descansemos.
La burra se dijo: «Este hombre conoce nuestro lenguaje. Debe de haberme oído hablar con el buey y por eso lo amenazó con mandarlo al carnicero. Pero a mí no me hizo nada y en realidad está pagando con amabilidad nuestra intriga.»
Y rebuznó:
-Gracias, amo.
Timur se reía con tento con su secreto, pero su mujer seguía furiosa.
-Creo que conoces algo de la manera de hablar de estos animales.
-¿Quién ha oído jamás de animales que hablan? -preguntó Timur.
Cuando llegaron a casa, acostó al buey en el suelo sobre paja fresca que había comprado y él le dijo:
-Tu mujer te está acosando y de ese modo tu secreto pronto será divulgado. Si sólo lo supieras, pobre hombre, podrías conseguir que se comporte bien y tú estarías a salvo, solamente con amenazarla de que le darás una paliza con un palo no más fuerte que tu meñique.
«Así -pensó Timur- que este buey a quien amenacé con el matadero se preocupa por mi bienestar.»
Por lo tanto fue a ver a su mujer, agarró un pequeño palo y dijo:
-Te vas a portar bien? ¿Vas a dejar de hacerme preguntas cada vez que me ría?
Ella se asustó mucho, porque él nunca le había hablado así. Nunca más tuvo que decírselo, y así se salvó del horrible destino que espera a los que confían un secreto a otros que no están preparados para recibirlo.

* * *
Timur Agha, en su folklore, tiene fama de percibir algo significativo en cosas que aparentemente no tienen importancia.
De esta historia se dice que transmite baraka (bendiciones) al narrador y a los que escuchan, y por eso es popular en los Balcanes. Muchos cuentos sufíes están disfrazados de cuentos de hadas.
Esta historia es atribuida (en su forma primitiva) a Abu-Ishak Chisti, jeque de los Derviches Cantores en el siglo X.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Salomon, el mosquito y el viento

Un día llegó un mosquito a la corte de Salomón, el rey sabio.
-Oh, gran Salomón, la paz sea contigo -dijo en alta voz. Vengo a suplicarte que rectifiques las injusticias
de las que tu corte me hace objeto diariamente. A lo que Salomón replicó:
-Haz constar tus quejas y ciertamente serás escuchado.
Dijo entonces el mosquito:
-Ilustre y digno señor, mi queja es contra el viento. Cada vez que salgo al aire libre, llega el viento y, con su soplo, me lanza muy lejos. Por consiguiente, no tengo esperanza de alcanzar los lugares que creo son mi destino legal.
Habló el rey Salomón:
-De conformidad con los principios de justicia generalmente aceptados, no puede admitirse queja alguna si no se halla presente la parte acusada para contestar los cargos.
Se volvió a los cortesanos y ordenó:
-Llamen al viento para que exponga su punto de vista. Llamado el viento, una suave brisa fue heraldo de su presencia. Después se hizo más fuerte.
Entonces, el mosquito gritó:
-¡Oh, gran rey!, retiro mi queja, porque el aire me está obligando a volar en círculos y, antes de que el viento llegue realmente, yo habré sido arrastrado muy lejos.
Así fue como las condiciones exigidas tanto por el demandante como por la corte fueron consideradas imposibles para la causa de la justicia.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Por que el gallo nunca pudo volver al paraiso

Muchos años atrás, antes de que creara la Tierra, Dios creó los pájaros; y ellos vivían en el Jardín del Edén.
Había pájaros grandes y pequeños, todos de hermosos colores y de maravilloso plumaje y el que tenía la voz más fuerte era el gallo.
Volaban por el aire soleado del jardín, que les brindaba con sus árboles y flores comida en abundancia; y con el agua cristalina de sus múltiples arroyos apagaban su sed en aquellos días dorados.
Las frutas y bayas eran tan deliciosas, y la compañía de los ángeles tan divina, que el gallo empezó a sentirse descontento con esta vida demasiado cómoda y ansioso de aventuras.
Así que un día dijo al ángel que cuidaba del bienestar de los pájaros:
-¿Dónde podría ir para encontrar algunas aventuras y algún significado para mi vida, pues no hago nada de importancia en este lugar donde todo es bondad y luz?
Y el ángel contestó:
-Paciencia, valiente gallo, Dios el Misericordioso, el Compasivo, ya ha dispuesto tu situación.
Entonces el gallo, mesando y arreglando sus plumas, lanzó un grito fuerte y, lleno de orgullo, dijo a los otros pájaros:
-¡Pronto me darán un puesto importante! Presten mucha atención, pues uno de estos días voy a darles una gran sorpresa.
Los otros pájaros dijeron:
-Hermano, ¿qué clase de noticias son éstas?, ¿no estás satisfecho con la vida tal como es aquí en el sol del Jardín, entre árboles cargados de las frutas más selectas?
Pero el gallo gritó más fuerte aún y voló muy alto en el cielo, ya que estaba hinchado de orgullo, pues en aquellos tiempos los gallos podían volar tan alto como las águilas.
Y entonces el ángel se acercó al gallo y le dijo:
-Dios, el Misericordioso, el Compasivo, ha creado la Tierra allí debajo de nosotros y ha puesto en ella toda clase de seres: humanos y animales. Tú has de ir allí y llevar la noticia de la grandeza de Dios a todas esas criaturas.
-¿Entonces seré nombrado Heraldo -exclamó el gallo, el Mensajero de noticias Incomparables?
-No, no -dijo el ángel, debes volar hasta allí y volver enseguida, después de haber dicho a los hombres, animales y pájaros de allí abajo que mañana amanecerá por primera vez. Debes proclamar la grandeza de Dios, el Uno, usando tu voz con toda su fuerza y volver directamente aquí. Este es el mensaje que me han ordenado darte.
Entonces el gallo voló a la tierra. El primer día estaba rompiendo. Y el gallo, voceando con toda su fuerza gritó a los recién creados:
-¡Oh hombres, animales y pájaros! Dios me envía a darles la bienvenida al mundo y a decirles que yo, el Heraldo de los días de Dios, el pájaro de la voz más fuerte en el Jardín del Paraíso, he sido elegido entre todos ellos para esta tarea.
Asombrados todos cuantos le oyeron, hombres, animales y pájaros se postraron maravillados ante el gallo, rindiéndole tributo.
El gallo se levantó muy alto por el aire para demostrar su gran destreza y su corazón se hinchó de orgullo.
Cuando llegó la noche, se sentía tan cansado de tanto volar y contonearse que se quedó dormido, olvidándose por completo de que debía haber vuelto directamente al Paraíso.
Pasaron varios días en los que el gallo a la hora del alba despertaba con su grito de clarín a todo el mundo y todavía lo seguían tratando con reverencia.
Pronto comenzó a pensar que él era la criatura más importante en el mundo recién creado, y contoneándose entre los nuevos hombres y sacudiendo su penacho miraba a su alrededor con arrogancia.
Luego recordó las palabras del ángel y pensó:
-Mejor que vuelva ahora al jardín y lo más pronto posible, pues tengo la sensación de que ya me he quedado demasiado tiempo en la tierra.
Emitió un grito fuerte, juntó sus pies y sacudió sus alas listo para remontarse de nuevo hacia los cielos.
Pero, a pesar de probar una y otra vez, no había fuerza en sus alas. Logró sólo levantarse unos pocos pies por encima de la tierra y cayó otra vez al suelo.
Así, el gran orgullo del gallo, causó su perdición. Por haber olvidado la palabra de Dios tuvo que quedarse prisionero de la tierra. Por eso se puede ver a menudo cómo el gallo agita las alas contra su pecho, tratando de recuperar su velocidad anterior, pero ya nunca más puede volar ni tan siquiera sobre la cerca del jardín.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Paraiso de cancion

A hangar era un poderoso forjador de espadas que vivía en uno de los valles del este de Afganistán. En tiempos de paz hacía arados de hierro, herraba y, sobre todo, cantaba.
Las canciones de Ahangar, que es conocido por nombres diferentes en varias partes del Asia Central, eran ávidamente escuchadas por la gente de los valles. Venían de los bosques de nogales gigantescos, de las montañas nevadas del Hindu-Kush, de Qataghan, de Badakshán, de Khanabad, y Kunar, de Herat y Paghmán, para oír sus canciones.
Sobre todo, la gente venía a oír la canción de todas las canciones, que era la canción del Valle del Paraíso, de Ahangar.
Esta canción tenía la cualidad de fascinar. Poseía una tonada extraña y, sobre todo, una historia que era más extraña aún, tan extraña que la gente sentía que conocía el remoto Valle del Paraíso, sobre el cual cantaba el forjador. A menudo, cuando no estaba con ánimo de cantarla, le pedían que la cantara y él rehusaba. A veces, la gente le preguntaba si el Valle era en verdad real, y Ahangar sólo podía decir:
-El Valle de la canción es tan real como la realidad puede ser.
-¿Pero cómo lo sabes? -preguntaba la gente. ¿Alguna vez has estado allí?
-No de una forma ordinaria -decía Ahangar.
Para Ahangar, como para casi todo el que le escuchaba, el Valle de la Canción era, sin embargo, real, tan real como la realidad podía ser.
Aisha, una doncella local a quien él quería, dudaba de la existen-cia de ese lugar, y también Hasan, un jactancioso y temido esgrimista que juraba que se casaría con Aisha y no perdía oportu-nidad de reírse del forjador.
Un día, estando los del pueblo sentados silenciosamente alrededor de Ahangar, que les había estado contando su historia, Hasan habló:
-Si tú crees que este valle es tan real y está, como dices, en aquellas montañas lejanas de Sangan, en donde se levanta la neblina azul, ¿por qué no tratas de encontrarlo?
-Sé que hacerlo no estaría bien -dijo Ahangar.
-¡Tú sabes lo que te conviene saber y no sabes lo que no quieres saber! -gritó Hasan. Ahora, amigo, propongo una prueba. Tú quieres a Aisha, pero ella no confía en ti. Ella no tiene fe en ese absurdo valle tuyo. Nunca te podrás casar con ella, porque cuando no existe confianza entre hombre y mujer no pueden ser felices y sobrevienen toda clase de males.
-Entonces, ¿esperas que yo vaya al Valle? -preguntó Ahangar.
-Sí -dijeron Hasan y todos los presentes.
-Si voy y regreso a salvo, ¿consentirá Aisha en casarse conmigo? -preguntó Ahangar.
-Sí -murmuró Aisha.
Así fue como Ahangar tomó algunas moras secas y un poco de pan seco también, y corrió hacia las distantes montañas.
Escaló y escaló, hasta que llegó a un muro que rodeaba toda la sierra. Cuando ya había salvado sus escarpados lados, encontró otro muro aún más dificil de saltar que el primero. Después de éste, un tercero y un cuarto y, finalmente, un quinto muro.
Descendiendo al otro lado, Ahangar se encontró en un valle, sorprendentemente similar al suyo.
La gente salió a saludarlo y, al verla, Ahangar se dio cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo.
Meses después, Ahangar, el forjador de espadas, caminando como un anciano y cojeando, volvió a su pueblo natal y se dirigió a su humilde choza. Al correr la voz por la comarca, la gente se juntó frente a su hogar para oír sus aventuras.
Hasan, el esgrimista, habló por todos y llamó a Ahangar a la ventana.
Hubo un silencio cuando vieron lo mucho que había envejecido.
-Bien, maestro Ahangar, ¿llegaste al Valle del Paraíso?
-Sí, llegué.
-Y, ¿cómo es?
Ahangar, buscando sus palabras, miró a la gente que estaba congregada, con un cansancio y un sentimiento de desaliento que nunca antes había sentido, y dijo:
-Escalé, escalé y escalé. Cuando parecía que no podía haber señales de vida humana en un lugar tan desolado, y después de muchas pruebas y desilusiones llegué a un valle. Este valle es exactamente igual al que vivimos. Y entonces observé a la gente. Esa gente no sólo es como nosotros, sino que es la misma gente. Por cada Hasan, cada Aisha, cada Ahangar por cada uno de los que estamos aquí, hay otro exactamente igual en ese valle. Estas son semejanzas y reflejos para nosotros, cuando vemos tales cosas. Pero somos nosotros los que nos parecemos y reflejamos a aquellos que están allí, nosotros somos sus mellizos.
Todos pensaron que Ahangar había enloquecido por las penurias sufridas, y Aisha se casó con Hasan, el esgrimista.
Ahangar pronto envejeció y murió. Y todos los que habían escuchado la historia de labios de Ahangar, primero se descorazonaron y luego se hicieron viejos y murieron, pues sentían que iba a pasar algo sobre lo cual no tenían ningún control y que no tenían esperanzas. Así perdieron interés en la vida misma.
Sólo una vez cada mil años es visto este secreto por el hombre. Cuando lo ve, cambia. Cuando cuenta los hechos tal cuales son, se marchita y muere.
Las gentes creen que tal evento es una catástrofe, y que, por lo tanto, no deben saber sobre ello, pues no pueden comprender (tal es la naturaleza de sus vidas ordinarias) que tienen más de un yo, más de una esperanza, más de una oportunidad allá arriba, en el Paraíso de la Canción de Ahangar, el poderoso forjador de espadas.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Manzanas gigantes

Un sufí visitó cierta vez a un rey para aconsejarle sobre cuestiones de estado y los dos se hicieron buenos amigos. Al cabo de unos meses el sufí dijo:
-Ahora debo continuar mi camino para trabajar en privado entre la gente más modesta de tu reino, vivir en la pobreza y a muchos kilómetros de aquí. El rey lo instó a que se quedase, pero el sufí le aseguró que tenía que cumplir con su deber.
-¿Cómo permaneceré en contacto contigo? -preguntó el rey.
El sufí le entregó una carta y dijo:
-Si alguna vez recibes noticias increíbles sobre las frutas de tal y tal provincia, abre esto. Entonces mi trabajo habrá concluido y a ti te quedará algo por hacer.
El sufí viajó a su destino y vivió allí como un hombre del lugar, llevando a cabo sus funciones de acuerdo con la ciencia derviche. Algunos años después, cierto hombre, pensando que el sufí tal vez tenía una cantidad de dinero acumulada, le mató; pero todo lo que encontró fue un paquete cuyo envoltorio decía: «Semillas de manzanas gigantes». Sembró las semillas y al cabo de un tiempo, sorprendentemente breve, su jardín se llenó de manzanos que daban frutas tan grandes como la cabeza de un hombre. La gente empezó a reverenciar al asesino por creerlo un hombre santo; ya que, ¿quién podría llenar su huerto en cuestión de días, en pleno invierno, de árboles que produjesen frutas de semejante tamaño? Sin embargo, el asesino no se daba por satisfecho con esta adulación, y reflexionó: «Si no conseguí dinero del hombre que asesiné, ésta es mi oportunidad. Llevaré las manzanas al rey y sin duda él me recompensará.» Después de muchas dificultades fue llevado ante el monarca y dijo:
-Majestad, traigo en un cesto una manzana del tamaño de la cabeza de un hombre la cual he cultivado en pocos días, en pleno invierno en tal y tal provincia -dijo el asesino.
Al principio el rey se maravilló del tamaño de la manzana; luego recordó la carta del sufí. Pidió que se la trajesen de la cámara del tesoro donde había sido guardada y la abrió. La carta decía: «El hombre que cultiva manzanas gigantes, por grande que sea el respeto que haya conseguido con ello, es mi asesino. Que ahora se haga justicia.»


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Los tres hombres perceptivos

Hubo cierta vez tres sufíes tan observadores y experimentados acerca de la vida que llegaron a ser conocidos como «Los tres hombres perceptivos».
En una ocasión, durante uno de sus viajes, encontraron a un camellero que les preguntó:
-¿Habéis visto mi camello? Lo he perdido.
-¿Es ciego de un ojo? -inquirió el primer hombre perceptivo.
-Sí -dijo el camellero.
-¿Le falta uno de los dientes de delante? -preguntó el segundo perceptivo.
-Sí, sí -respondió el camellero.
-¿Es cojo de una pata? -averiguó el tercer perceptivo.
-Ciertamente -reconoció el camellero.
Los tres perceptivos aconsejaron al buen hombre que caminase en la misma dirección que ellos habían seguido hasta allí, pero en sentido contrario, y lo encontraría. Pensando que ellos lo habían visto, el camellero se apresuró a seguir su consejo.
Pero no encontró el camello. Se dio prisa entonces en regresar para entrevistarse una vez más con los perceptivos, a fin de que,le dijeran qué debía hacer.
Los encontró al atardecer, en un lugar donde descansaban.
-¿Carga su camello de un lado miel y del otro maíz? -preguntó el primer perceptivo.
-Sí, sí -dijo el hombre.
-¿Lo monta una mujer embarazada? -preguntó el segundo perceptivo.
-Sí, sí -respondió el camellero.
-Ignoramos dónde está -dijo el tercer perceptivo.
Tras estas preguntas y esta negativa, el camellero llegó al convencimiento de que los tres perceptivos le habían robado su camello, su carga y jinete, y los demandó ante el juez acusándolos de ladrones.
El juez consideró que había razones para desconfiar de ellos, y los detuvo como sospechosos de robo, para llevar a cabo las consiguientes diligencias que confirmasen su culpa o los absolviera de ella.
Algo más tarde, el camellero encontró al animal vagando por el campo. Regresó a la corte y pidió que los tres perceptivos fuesen puestos en libertad
El juez, que no les había dado hasta el momento oportunidad de justificarse, preguntó cómo pudieron saber tanto acerca del camello sin siquiera haberlo visto.
-Vimos las huellas de sus pisadas en el camino -dijo el primer perceptivo.
-Una de las marcas era más débil que las demás, por lo que deduje que era cojo -dijo el segundo perceptivo.
-Sólo había mordisqueado los matorrales de un lado del camino, y, por consiguiente, tenía que ser ciego de un ojo -dijo el tercer perceptivo.
-Las hojas estaban rasgadas -continuó el primer perceptivo, lo que indicaba que había perdido un diente.
-Abejas y hormigas, en diferentes lados del camino, se amon-tonaban sobre algo depositado en él. Vimos que eran miel y maíz -explicó el segundo perceptivo.
-También encontramos algunos cabellos humanos tan largos que nos hicieron pensar que eran de mujer. Y estaban precisamente donde alguien había detenido al animal y se había apeado -declaró el tercer perceptivo.
-En el lugar donde la persona se sentó, observamos huellas de las palmas de ambas manos, lo que nos hizo pensar que había tenido que apoyarse, tanto al sentarse como al levantarse, y por ello dedujimos que debía estar embarazada, en un período muy avanzado de gravidez -dijo el primer perceptivo.
-¿Por qué no solicitaron ser oídos por el juez, para presentar estos argumentos en defensa propia?
-Porque contamos con que el camellero seguiría buscando y no tardaría en encontrar el animal -dijo el primer perceptivo.
-Y que se sentiría lo suficientemente generoso como para reconocer su error y solicitar nuestra libertad -dijo el segundo perceptivo.
-También contamos con la curiosidad natural del juez, que lo llevaría a investigar -dijo el tercer perceptivo.
-Descubrir la verdad por sus propios medios sería más beneficioso para todos que el que insistiéramos en que se nos había tratado con impaciencia -dijo el primer perceptivo.
-Sabemos por experiencia que es mejor que la gente llegue a la verdad a través de lo que piensa por voluntad propia -dijo el, segundo perceptivo.
-Ha llegado la hora de que nos marchemos, porque nos espera una labor que debemos llevar a cabo.
Y los pensadores sufíes siguieron el destino que se habían marcado. Todavía se los encontrará trabajando por los caminos de la tierra.

0.187.1 anonimo (asia) - 065


Los niños y el maestro

Para ilustrar la fuerza de la imaginación y la opinión, se cuenta un cuento de un truco que aplicaron unos niños a su maestro.
Los niños deseaban tener un día de vacaciones y el más astuto de ellos sugirió que cuando el maestro llegara a la escuela cada niño debía compadecerse de él por su supuesta apariencia de enfermo. De acuerdo con esto, cuando entró el maestro, uno dijo:
-¡Oh, maestro, qué pálido está!
Y otro dijo:
-Parece estar muy enfermo hoy.
Y así continuaron. El maestro primero respondió que nada le sucedía, pero, como un niño detrás de otro continuaron asegurándole que parecía estar muy enfermo, se imaginó finalmente que había enfermado. Así que regresó a su casa y quiso que los niños lo acompañaran allí, le contó a su mujer que no se encontraba bien, indicándole que notara lo pálido que estaba. Su mujer le aseguró que no estaba pálido y se ofreció a convencerlo trayendo un espejo; pero él rehusó mirarse y se metió en la cama. Luego les ordenó a los niños que comenzaran con sus lecciones, pero ellos le aseguraron que el ruido le daría dolor de cabeza; él les creyó y los mandó a sus casas, ante el enojo de sus madres.


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Los ciegos y la cuestion del elefante

Mas allá de Ghor había una ciudad. Todos sus habitantes eran ciegos. Un rey con su séquito llegó hasta la ella con su ejército y acamparon en el desierto. Tenía un poderoso elefante, que usaba en los ataques y también para aumentar el temor de la gente.
El populacho estaba ansioso por ver al elefante y algunos en esta comunidad de ciegos corrieron como locos para encontrarlo. Como ni siquiera sabían la forma o figura del elefante que ellos buscaban a tientas, reunían información tocando alguna parte del mismo. Cada uno pensó que sabía algo porque podía sentir una parte.
Cuando volvieron con sus conciudadanos, grupos ansiosos los rodearon. Todos estaban ávidos, extraviados, por aprender la verdad de aquellos que conocían al elefante.
Preguntaron por la forma y la figura del elefante y escucharon todo aquello que les fue dicho.
El hombre cuya mano había llegado a una oreja dijo:
-Es una cosa rugosa y grande, ancha y abierta como una alfombra.
Y aquél que había tocado la trompa dijo:
-Es como una pipa derecha y vacía, fea y destructiva.
El que había sentido sus patas dijo:
-Es poderoso y fuerte como una columna.
Cada uno había sentido una parte entre muchas. Cada uno lo había percibido erróneamente. Nadie sabía todo: el conocimiento no es compañero de la ceguera. Todos imaginaban algo incorrecto, ninguno conocía la realidad.


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domingo, 4 de enero de 2015

Los artistas chinos y griegos

Los chinos y los griegos disputaron frente al sultán para ver quiénes eran los mejores pintores, y para decidirlo el sultán encargó a cada grupo que pintara una casa. Los chinos consiguieron todo tipo de pinturas y colorearon su casa de la forma más elaborada. Los griegos, a su vez, no usaron ningún color sino que se dedicaron solamente a limpiar las paredes de su casa de toda suciedad, puliéndolas hasta que quedaron tan claras y brillantes como la superficie de un espejo.
Cuando las dos casas estuvieron listas para la inspección del sultán, éste admiró mucho la casa pintada por los chinos, pero la casa de los griegos obtuvo el premio, ya que todos los colores de la otra casa estaban reflejados en sus paredes con una variedad interminable de sombras y matices.


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Los animales agradecidos y el hombre ingrato

En tiempos muy lejanos, el Rey Brahma-Datta ocupaba el trono de Varanasi, en la India. Una vez, uno de sus súbditos fue al bosque con su hacha a cortar madera, cuando fue sorprendido por un león y cayó en una fosa. El león, que quería comérselo, también cayó en la fosa. Lo mismo sucedió con un ratón y una víbora que lo perseguían, quienes cayeron en el mismo lugar. Un halcón se lanzó sobre el ratón, pero también quedó cautivo dentro de la fosa, enredado en la maleza.
Sus naturalezas no cambiaron al encontrarse atrapados de este modo, y todos los perseguidores querían matar, mientras que los otros, ansiosos, buscaban desesperadamente escapar.
Sin embargo, el sabio león dijo a los animales:
-Honorables, ustedes son mis compañeros. Tal cómo vienen suce-diendo las cosas, en este momento todos estamos sufriendo una angustia intolerable. Por lo tanto, no debemos ponernos en peligro los unos a los ótros, sino esperar tranquilos, sin disturbios.
El destino quiso que en ese momento se encontrara por la zona un cazador buscando gacelas, que llegó hasta el lugar donde los animales se hallaban atrapados. En cuanto lo descubrieron, comenzaron a gritar pidiendo ayuda.
El cazador entendió lo que había sucedido y, antes que a todos, ayudó al león a salir de su cautiverio. La gran bestia tocó sus pies en homenaje, y dijo:
-Te demostraré mi gratitud a su debido tiempo. Pero no ayudes al hombre de cabeza negra -el hombre que tenía pelo negro, porque él olvida las bondades que se le otorgan.
El cazador liberó a las otras criaturas, que también le expresaron su gratitud, y siguió su camino.
En otra ocasión, el cazador llegó a un lugar donde el león había dado muerte a una gacela y el animal tocó sus pies y le obsequió la presa.
Poco tiempo después sucedió que el Rey Brahma-Datta había salido al parque con sus mujeres, y se quedó dormido. Las damas se despojaron de sus ropas, pasearon por el parque, dejaron sus joyas en el suelo y se sentaron tranquilas a descansar. Una de las mujeres había dejado sus joyas y se había quedado dormida. El halcón, que había estado observando todo lo que había en el suelo, se abalanzó sobre las gemas y voló con ellas hacia donde estaba el cazador, a quien se las obsequió.
Más tarde, el rey y sus mujeres se despertaron y regresaron a Varanasi, pero una de las mujeres le dijo al esposo:
-¡Oh rey, mis joyas se han perdido en el parque!
El rey dio órdenes para que los objetos perdidos se encontraran y sus ministros iniciaron una amplia pesquisa.
Esto llegó a oídos del hombre de cabeza negra, quien a veces visitaba al cazador y sabía que éste tenía en su poder las joyas y cómo las había obtenido. Con ingratitud en su corazón fue al rey y le dijo quién las tenía.
El rey se enojó mucho. Sus hombres visitaron al cazador y le dijeron:
-Sabemos que has robado las joyas del rey en el parque.
El cazador se asustó mucho y trató de explicar lo que había sucedido, relatando toda la historia. Pero fue encadenado y enviado a prisión.
El ratón, sin embargo, se enteró de lo que había pasado. Fue hacia la víbora y le dijo:
-Nuestro benefactor, el cazador, a causa de la maldad del hombre de cabeza negra, ha sido encarcelado. ¿Qué podemos hacer?
La víbora contestó:
-Veré al cazador.
Fue a ver al cazador en la prisión, donde le dijo:
-Hoy morderé al rey. En cuanto sepas lo que ha sucedido, te ofrecerás a curarlo. Cuando él acepte, tú utilizarás este remedio especial para curarle. Si lo haces, no hay duda de que el rey te recompensará, te liberará y te hará valiosos obsequios.
Así, la víbora mordió al rey y el cazador le curó, por lo que el rey le liberó y obsequió con valiosos regalos.


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Los acertijos

Hubo una vez y no hubo una vez, cuando el cielo era verde y la tierra era un caldo espeso, un rey en la fortaleza montañosa del Pamir, cerca de las fronteras de China, India y el reino de Afganistán. El soberano de ese reino era sabio, fuerte, valiente, caballeroso y muy rico. Todos le amaban y respetaban por su justicia, bondad y honestidad. Un día, el rey hizo un extraño anuncio que los heraldos proclamaron por toda la tierra:
-Alguien debe llegar hasta mí, ni vestido ni desnudo, ni a pie ni a caballo, y hablarme ni desde dentro ni desde fuera. Si esta persona llega, el país se salvará, si no seremos destruidos.
Todos se divirtieron con el edicto del rey y por largo tiempo nada sucedió, hasta que un día una joven, de manera inesperada, le dijo a su padre un pobre leñador:
-Padre, debo ir ante el Rey. Yo sé cómo podemos ser salvados y por esto también nosotros seremos aliviados de la pobreza.
El leñador estaba sorprendido y trató de disuadirla de su plan, pero ella no pudo ser convencida y entonces él, de mala gana, le permitió dejar su pequeña cabaña y viajar hasta donde el Rey gobernaba.
Cuando la muchacha llegó al palacio del Rey, se acostó ante la puerta y llamó:
-¡Sal afuera, oh Rey, porque estoy aquí para salvar tu reino!
El Rey preguntó:
-¿Qué es esa conmoción?
-Vuestra Majestad, hay una joven campesina gritando que debeis verla, ya que ella salvará al país! -respondieron los cortesanos.
El Rey fue a la entrada y vio a la doncella tendida a lo largo del umbral:
-No estoy ni dentro ni afuera. De esta manera he cumplido una de las cosas que querías -dijo ella.
-Pero -dijo el Rey, ¿qué hay acerca de no estar ni vestida ni desnuda? -y entonces notó que ella estaba usando una red que la cubría y que no la cubría.
-No he llegado ni cabalgando ni a pie -explicó ella- porque llegué aquí arrastrada por una cabra de la montaña.
El Rey le dijo que entrara al palacio y cuando estuvieron sentados en plena corte, dijo:
-Sabed, oh inteligente joven, que estoy bajo el poder de un terrible vampiro, un demonio sobrenatural que dice que destruirá el país. Sin embargo, se le oyó confesar en sueños que sólo una persona que hiciera lo que yo anuncié podría salvar el reino.
-Estoy lista para ayudar -dijo la joven. Pero ¿qué tengo que hacer?
-Debes responder los siguientes acertijos -dijo el rey, que han sido vociferados repetidas veces por el vampiro en sus desvaríos. Primero: ¿Cuántas estrellas hay en el cielo?
-Eso es fácil -dijo la doncella, tantas como pelos tiene la cabeza de un vampiro. Esto puede ser confirmado arrancándolos como se cuenta cada estrella, uno por uno.
-Muy bien -dijo el rey- se lo diré. Ahora la siguiente pregunta: ¿Qué distancia hay desde aquí hasta el fin de la tierra?
La muchacha contestó enseguida:
-Tanta como desde el fin de la tierra hasta aquí.
-Muy bien -dijo el rey- se lo diré al vampiro. Y ahora la última pregunta: ¿Qué altura tiene el cielo? La joven dijo:
-No hay dificultad con esa pregunta. El cielo está tan alto como un vampiro pueda patearse a sí mismo. Sería conveniente que lo intentara si no me cree.
-Muy bien -dijo el rey- se lo diré al vampiro.
El vampiro volvió de una expedición de caza, unas pocas horas después, y le dijo al rey con una voz como de trueno:
-¡Rey estúpido! ¿Tienes ya las respuestas a los acertijos?
El rey le dijo lo que la doncella había respondido. El vampiro estaba furioso:
-Esas son las respuestas correctas, pero tú aún no has pasado la prueba final, que concierne al método para matarme. Seré muerto sólo por alguien que no sea ni hombre ni bestia; por alguien que lo haga ni de día ni de noche; alguien que me ofrezca un regalo que no es un regalo; no seré muerto por metal, ni cuerda, ni veneno, ni piedra, ni fuego, ni agua; por alguien que no esté comiendo ni ayunando en ese momento.
Y el vampiro, entonces, se fue a un grañ árbol a dormir, ya que estaba repleto de comida por su cacería. Deliraba en su sueño de una manera bastante alarmante. El rey contó la conversación a la hija del leñador:
-Nada más simple -dijo ella. Comenzaré muy pronto.
Cuando llegó el crepúsculo, ni de día ni de noche, ella fue hacia la base del árbol, donde el vampiro dormía, y gritó:
-¡Despierta, vampiro, ya que ha llegado tu último momento! Soy una mujer, ni hombre ni bestia, no es de día ni de noche. Aquí está mi regalo que no es un regalo.
Y le ofreció un pájaro. Cuando el vampiro trató de tomarlo, el pájaro voló y el vampiro se dio cuenta de que este regalo no era realmente un regalo.
-¡Pero tú debes estar comiendo o ayunando! -bramó.
-¡No estoy haciendo nada de eso! Estoy mascando un pedazo de corteza de árbol -gritó la doncella a su vez.
Y tan pronto como ella dijo estas palabras, el vampiro, vencido por la ira, cayó al suelo. No había sido muerto por espada o lanza, por soga o flecha, por veneno o por ninguna otra cosa más que por su propia furia, que le hizo caer al suelo, donde su tremendo peso lo aplastó de muerte.
-Ahora -dijo el rey tan pronto como cada cual terminó de sacudirse por el temblor de la tierra que el impacto había causado- dime una última cosa, doncella: ¿Qué estoy pensando?
-Que soy tan inteligente y atractiva que tú me desposarás -dijo la joven.
Y estuvo en lo cierto. Se casaron y gobernaron el reino juntos el resto de sus largas y felices vidas.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Las hormigas y la pluma

Una hormiga deambulaba descarriada, cierto día, por una hoja de papel y vio, de pronto, una pluma que escribía finos trazos negros.
-¡Qué maravilla! -exclamó. Qué cosa tan notable y con vida propia, que hace garabatos en esta bella superficie, hasta el extremo de que puede equipararse a los esfuerzos conjuntos de todas las hormigas del mundo. ¡Y qué garabatos hace! Parecen hormigas. Y no una, sino millones que actúan juntas.
Le relató sus ideas a otra hormiga, la cual estuvo igualmente interesada. Alabó los poderes de observación y reflexión de la primera hormiga.
Pero otra hormiga dijo:
-Sirviéndome de tus esfuerzos, tengo que admitirlo, he observado ese extraño objeto. Pero he llegado a la conclusión de que no es él quien impulsa su trabajo. Has cometido el error de no observar que esa pluma está unida a otros objetos, que la rodean y conducen. Esos y no otros deben ser considerados como el origen de su movimiento.
De este modo, las hormigas descubrieron los dedos.
Pasado bastante tiempo, otra hormiga caminó sobre los dedos y se dio cuenta de que formaban parte de una mano, que exploró total y minuciosa-mente, al estilo de las hormigas, trepando por todas partes y escudriñándolo todo.
Regresó entonces junto a sus compañeras, y les gritó:
-¡Hormigas! Tengo noticias de importancia para vosotras. Esos pequeños objetos forman parte de otro mucho mayor. Y éste es el que verdaderamente lo mueve todo.
Pero luego se descubrió que la mano estaba unida a un brazo, y el brazo a un cuerpo, y que no existía una sino dos manos, y que existían dos pies que no escribían.
Y prosiguieron las investigaciones.
Las hormigas llegaron así a tener una idea adecuada de la mecánica de la escritura.
Pero acerca del sentido e interición de la escritura, no pudieron averiguar nada con su acostumbrado método de investigación, porque no sabían leer y escribir.


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Las botas de hunain

Una vez, un árabe del desierto llegó a una ciudad donde vio en un escaparate, un par de botas que se ofrecían en venta. Entró en la tienda e hizo una oferta, pero Hunain, el zapatero, mantuvo su precio y, finalmente, el beduino salió furioso de la tienda.
-El precio que me pides equivale al de mi camello -dijo enojado.
El zapatero quedó muy ofendido por el comportamiento y el lenguaje de este árabe, y decidió que no lo dejaría ir con tales insultos. El árabe montó su camello y emprendió el camino hacia las tiendas de su tribu. El zapatero, que sabía de dónde provenía su presunto cliente, tomó las botas y, acortando camino, llegó a un lugar por donde el beduino iba a pasar. Allí colocó una bota sobre la arena.
Luego, el zapatero siguió andando por ese camino una milla más, en donde dejó caer la otra bota, ocultándose para ver qué sucedía, ya que tenía un plan.
Al poco rato se acercó el árabe y vio la primera bota tirada en el camino, y se dijo a sí mismo: «Ésta es una de las botas de Hunain, el zapatero, si estuviera la otra me las podría llevar a cambio de nada», y siguió su camino. Después de todo, ¿de qué le servía una bota?
Poco después, el árabe llegó hasta donde estaba la otra bota. Pensó: «¡Qué pena que no recogí la primera! En ese caso habría tenido el par».
Luego se le ocurrió que podía regresar a buscar la primera bota, y así tendría las dos.
El beduino estaba todavía lejos de su tienda y no quería cansar a su camello, así que lo dejó atado y corrió hacia el lugar donde había visto la primera bota.
El zapatero salió de su escondite y, dejando la segunda bota donde estaba, se marchó con el camello del árabe.
Cuando el árabe regresó al lugar donde había dejado su camello, se dio cuenta de que éste no estaba. Pensando que se había extraviado, regresó caminando hacia las tiendas de su gente.
-¿Qué has traído de la ciudad? -preguntaron los otros beduinos al verlo llegar cojeando.
-Sólo las botas de Hunain -dijo el miserable.


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La serpiente

Una vez un cazador pasaba por una cantera cuando vio una serpiente atrapada por una enorme piedra.
Al verlo, la serpiente le pidió:
-Por favor, ayúdame, levanta la piedra. El cazador respondió:
-No puedo ayudarte, pues seguramente me devorarás.
El reptil volvió a pedir ayuda, prometiendo que no comería al hombre.
Entonces, el hombre liberó a la serpiente y ésta, inmediatamente, hizo un movimiento hacia él como para atacarlo.
-¿No prometiste que no ibas a comerme si te dejaba ir? -preguntó el hombre.
La serpiente respondió:
-El hambre es el hambre -respondió la serpiente.
-Pero -dijo el cazador, si haces algo incorrecto, ¿qué tiene que ver el hambre con ello?
El hombre entonces sugirió que expusieran el asunto ante la opinión de otros.
Se internaron en un bosque donde encontraron un perro. Le preguntaron si le parecía que la serpiente debía comer al hombre, y respondió:
-Una vez pertenecí a un hombre. Cazaba liebres y siempre me daba la mejor carne para comer. Pero ahora que soy viejo, y que no puedo atrapar ni una tortuga, él quiere matarme. Así como yo he obtenido mal a cambio de bien, eso es lo que la serpiente debe darte a ti. Declaro que te coma.
-Ya has oído su juicio -dijo la víbora al hombre.
Pero decidieron que oirían tres opiniones y no una, así que continuaron su camino. Al poco rato, encontraron un caballo y le pidieron que juzgara el caso.
-Pienso que la serpiente debe comer al hombre -dijo el caballo.
Y continuó:
-Una vez tuve un amo. Él me alimentó mientras yo podía trabajar. Ahora que estoy débil y ya no puedo cumplir con mis tareas, desea matarme.
La serpiente dijo al hombre:
-Tenemos ahora la unanimidad de dos juicios.
Un poco más adelante, se cruzaron con un zorro. El cazador dijo:
-Querido amigo, ¡necesito tu ayuda! Pasaba por una cantera cuando vi a esta enorme serpiente atrapada bajo una roca al borde de la muerte. Me pidió que la liberara; yo lo hice y, sin embargo, ahora quiere comerme.
El zorro respondió:
-Si tengo que dar mi opinión, volvamos al lugar de los hechos para ver la situación de manera más real.
Volvieron a la cantera, y el zorro pidió que la roca fuera colocada encima de la serpiente, para reconstruir los hechos. Así se hizo. Entonces, el zorro preguntó:
-¿Era así como estabas?
-Sí -dijo la serpiente.
-Muy bien -dijo el zorro. Así permanecerás el resto de tu vida.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

La prueba del zorro

Había una vez un zorro que se encontró en el bosque con un joven conejo. El conejo le preguntó:
-¿Qué eres?
El zorro le contestó:
-Soy un zorro y si quiero te puedo comer.
-¿Cómo puedes probar que eres un zorro? -preguntó el conejo.
El zorro no supo contestarle, porque en el pasado los conejos siempre habían corrido sin hacer tales preguntas.
Entonces el conejo dijo:
-Si puedes mostrarme una prueba escrita de que eres un zorro, te creeré.
Entonces el zorro trotó hacia el león, que le dio un certificado de que era un zorro.
Cuando regresó donde el conejo le esperaba, el zorro comenzó a leer el documento. Le gustaba tanto que se detenía con deleite en cada párrafo. Mientras tanto, al captar desde las primeras líneas el meollo del mensaje, el conejo se metió en un hoyo y nunca se le volvió a ver.
El zorro volvió con el león y vio que un venado hablaba con el rey de la selva. El venado decía:
-Quiero ver una prueba escrita de que eres un león.
El león respondió:
-Cuando no tengo hambre, no necesito molestarme. Cuando tengo hambre, no necesitas nada escrito.
El zorro contestó molesto al león:
-¿Por qué no me dijiste que hiciera eso, cuando te pedí el certificado para el conejo?
-Mi querido amigo -le dijo el león. Me debías haber dicho que te lo pedía un conejo. Yo pensé que era para algún estúpido ser humano, de quien algunos de estos animales idiotas han aprendido ese pasatiempo.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

La princesa y el burro

Había una vez, hace muchos años, en la ciudad de Ispahan un gran y noble rey. Tenía una sola hija, la luz de sus ojos, cuyo nombre era Noor-Chusham. Su pelo era negro y su cara hermosa como la luna creciente en su décima cuarta noche y siempre andaba vestida con ropas de seda. Pero, a pesar de tener vestidos diferentes para cada hora del día y joyas distintas para cada día de la semana, no era feliz. ¿Y por qué no lo era?
Porque la única cosa que la princesa realmente deseaba era justo la única cosa que no le permitían poseer. Esta cosa era un burro; un suave y acariciable burro peludito.
-¿Un burro, hija mía? -gritó el rey cuando ella se lo pidió. Tú, la hija de mi corazón, deseando un burro, como cualquier niña de la feria? No, no no no, mil veces, no -y salió.
Pero Noor-Chusham fue a ver a su tía, a Lady Lalla-Ruk y le dijo:
-Tía, tía, dime cómo podría convencer a mi padre de que me regale un burrito, porque eso es la única cosa en el mundo que deseo.
Y su tía, riéndose detrás de sus velos, dijo:
-Vuelve a verme dentro de tres días, querida, veré lo que puedo hacer.
Así que Noor-Chusham esperó con mucha impaciencia, y cuando amaneció el día en el que pudo ser admitida otra vez a la presencia de su tía apenas pudo contener su excitación.
Ahora bien, Lady Lalla-Ruk era en realidad una mujer-genio, una de las hadas buenas y hermosas que sabía practicar toda suerte de hechizos y que estaba bien dispuesta para con los hombres; se había casado con el hermano del rey y roto sus conexiones con los genios de su juventud. Así que le llevó tres días el recordar un hechizo que pudiera serle útil.
Cuando Noor-Chusham entró en la casa de su tía sintió un fuerte olor a incienso y Lady Lalla-Ruk estaba frotando sus manos encima de un brasero, lleno de carbones ardientes que se encontraba en medio de la sala de audiencias.
-Tía, qué estas haciendo? -gritó.
-Siéntate allí, hijita mía, creo que ya lo tengo -dijo su tía plácidamente. Mientras hablaba se produjo una humareda encima del brasero y un gigantesco genio apareció ante ellas con los brazos cruzados, en los que brillaban brazaletes de cobre y de sus largas y puntiagudas orejas colgaban aros de esmeraldas.
-En nombre de Salomón, hijo de David, la paz sea con él -gruñó el Genio, por qué me has despertado de mi sueño, mi señora?
-Deseo que en el Palacio pasen ciertas cosas y tú tienes que procurar que se produzcan -dijo Lalla-Ruk firmemente. Escúchame bien, ¡oh mi listo amigo!
El genio, dejando ver sus agudos colmillos blancos, sonrió porque le gustaban las alabanzas.
-Tienes que hacer que corran ratoncitos de ojos rojos por todas las piezas del harén y que bandadas de murciélagos vuelen alrededor de la sala del trono del rey. También quiero que gatos salvajes silben y chillen de noche detrás de todas las ventanas y que loros parloteen en cien lenguas diferentes justo en el momento en que el rey desee echar su siestecita. ¿Me entiendes, oh listo amigo?
-Escucho y obedezco -el genio inclinó su cabeza, cerró sus gran-des ojos negros y desapareció en una humareda.
Y todo cuanto el hada había ordenado ocurrió. En una hora las damas del harén, dando voces y chillidos, empezaron a correr en busca de los guardias del palacio para comunicarles que cientos de ratoncitos de ojos rojos, habían invadido sus aposentos corriendo allí por todas partes. Los guardias, armados de cuchillos y puñales acudieron para combatirlos, pero en cuanto lograban agarrar algunos y los metían por fin en sus bolsas, aparecían otros y en mayor cantidad. Luego los guardias del rey tuvieron que dedicarse a la tarea de cazar y volver a cazar los murciélagos que entraban y salían siempre de nuevo, por la sala de trono. Y cuando cayó la noche y todo el mundo fue a acostarse tampoco hubo paz porque aparecieron unos gatos salvajes, maullando y chillando ante todas las ventanas y saltando a los balcones, hasta a los de más altura. Al día siguiente, los ratoncitos volvieron al mismo lugar y otro tanto pasó con los murciélagos y cuando el rey trató de echar su siesta en su estudio, el lugar más seguro del palacio, aparecieron los loros. Loros rojos, verdes, multicolores, chillaron riendo y parloteando en cien lenguas diferentes. Era un pandemonium.
Entonces el Rey mandó llamar a Lady Lalla-Ruk y le dijo:
-Las cosas se han vuelto insoportables en el palacio y sospecho que hay una magia en todo esto. Así que, por favor, dime qué es lo que pasa.
-Majestad -dijo ella- dadme tres horas y hablaré. Ella salió en su palanquín, cerrado por velos y cortinas y llevado por cuatro esclavos negros y se encaminó a la feria de Ispahan. Todo el mundo miró con ojos asombrados a esa gran dama envuelta en su capa, bordada de estrellas, que trataba con el mercader de burros, la compra de un animalito orejón, gordo y peludo. Volvió al palacio el palanquín con sus cortinas suntuosas y detrás trotaba un burro, llevado por uno de los mozos de la caballeriza real.
Tres horas después, el rey llamó a asamblea a toda la corte, y grande fue su sorpresa cuando la princesa Noor-Chusham hizo su entrada, llevando por la brida a un burro.
-¿Qué significa esto? -bramó el rey, preso de una rabia tremenda.
-Majestad -dijo Lady LallaRuk, ésta es la respuesta a todas aquellas plagas extrañas que han ido apareciendo en el palacio. Permite que Noor Chusham tenga su burro y todo irá bien.
Y de pronto los loros dejaron de parlotear y los ratoncitos desaparecieron. Entonces todos los cortesanos aplaudieron y el rey, muy a pesar suyo, tuvo que ceder y permitir a su hija quedarse con el burro. Ella se puso tan contenta por haberse salido por fin con la suya que, echando los brazos al cuello de su animalito querido, le dio un gran beso cariñoso. Entonces los murciélagos desaparecieron y los gatos salvajes se callaron.
Pero luego, bajo la mirada fascinada de toda la corte, el burro empezó a dar coces, levantando sus pezuñas alto en el aire, rebuznando como enloquecido, y esto justo en frente del trono del rey. Lady Lalla-Ruk se echó atrás en su respaldo acolchado y la princesa Noor-Chusham soltó asustada la brida de su animalito favorito. El animal, de pronto, parecía estar poseído por un espíritu maligno.
-¡Guardias -bramó el capitán de la Guardia Realatrapen a este animal! Dará una coz a la preciosa persona de nuestro querido monarca, si no lo impedimos.
Pero apenas hubo pronunciado estas palabras, el cuerpo peludo y gris del animal cayó al suelo estremeciéndose y luego quedó allí quieto.
-Oh, mi pobre burrito, ¿qué habrá pasado? -gritó Noor-Chussham, llorando de pena.
En este mismo momento surgió de la piel del burro un hermoso y esbelto joven, vestido con prendas suntuosas, propias de personajes de alto rango.
-Os agradezco, Princesa -dijo con una reverencia elegante, que me hayais salvado de un hechizo que me ha mantenido prisionero en forma de burro durante los últimos veinte años. Cuando me abrazas-teis, se rompió el hechizo.
Así todo el mundo fue feliz, porque antes de despedirse para volver a su casa, el joven mandó comprar otro burro para Noor-Chusham y, en agradecimiento por su liberación, ordenó que se repartiera ropa y comida a todos los pobres de Ispahan.


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