Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 3 de agosto de 2012

El matrimonio de la mosca


Una mosca se puso sus mejores ropas y se fue a correr mundo. En el camino se encontró con un chacal.
-¿Adónde vas, mosca, tan elegante? -preguntó el chacal.
-¿Adónde crees que voy? -respondió la mosca. Voy a bus­car marido, quiero casarme.
-¿Por qué no te casas conmigo? -propuso el chacal.
-¿Por qué no? -dijo la mosca. Pero antes debes cantarme algo. Quiero oírte cantar a ver si me gusta tu voz.
El chacal cantó lo mejor que pudo, pero a la mosca no le gustó.
-No, querido chacal, tú aúllas, no cantas. No puedo casar­me contigo -dijo la mosca y continuó su camino.
Pasado un rato se encontró con un perro.
-¿Adónde vas, mosca, tan elegante? -preguntó el perro.
-¿Que adónde voy? -respondió la mosca. Estoy buscando marido, quiero casarme.
-Cósate conmigo entonces -dijo el perro.
-¿Por qué no? -repuso la mosca. Pero antes debes cantar­me algo. Quiero oírte cantar a ver si me gusta tu voz.
El perro cantó lo mejor que pudo, pero a la mosca no le gustó.
-No, querido perro, tú ladras, no cantas, así que no podré casarme contigo -dijo la mosca y se fue.
El tercer encuentro fue con un grillo.
-¿Adónde vas, mosca, tan elegante? -preguntó el grillo.
-¿Que adónde voy? -repuso la mosca. Estoy buscando ma­rido, quiero casarme.
-Cásate conmigo entonces -respondió el grillo.
-¿Por qué no? -replicó la mosca-. Pero antes debes cantar­me algo. Quiero oírte cantar a ver si me gusta tu voz.
El grillo cantó lo mejor que pudo y a la mosca le gustó.
-Sí, querido grillo, cantas muy bien, me casaré de buena gana contigo -concluyó la mosca, y así el grillo se convirtió en su marido.
Después de la boda, construyeron un refugio con cortezas y trocitos de madera y en menos que canta un gallo tuvieron un te­cho
Para comer algo, el grillo fue a buscar un poco de harina. La mosca pensó que sería una buena idea hacer pan casero y co­menzó a cribar la harina. En un instante, acabó toda blanca de la cabeza a los pies.
-Mi querida mosca -dijo el grillo, tienes toda la cabeza blanca. Sacúdete un poco para quitarte la harina de encima.
La mosca comenzó a sacudir la cabeza y sacudió tanto tan­to su cabeza que se le desprendió de su cuerpo.
El grillo, ante aquel espectáculo, comenzó a reír y se rió tan­to tanto que acabó estallando. Y éste fue el último matrimonio entre una mosca y un grillo.

Fuente: Gianni Rodari

109. anonimo (bereber)

El chacal ingrato


Una vez, a un chacal se le clavó una espina en una pata. Cojea­ba, apogado en tres de sus patas, cuando se encontró con una vieja que estaba sacando agua de un pozo. El chacal le dijo:
-Por favor, abuelita, sé buena y sácame la espina de la pata...
La vieja encontró la espina, se la sacó y la tiró. El chacal, muy contento, se puso a correr sobre sus cuatro patas. Pero de improviso, volvió tristón y dijo:
-Y ahora, abuelita, ¿quieres devolverme mi espina? La vieja, sorprendida, respondió:
-Sabes muy bien que la he tirado.
Entonces el chacal se puso a llorar y a lamentarse porque la vieja había perdido su espina. La viejecita se compadeció y le dijo:
-Cálmate y no llores, pequeño. Te daré un huevo.
Lo llevó a su casa y le dio un huevo. El chacal cogió el hue­vo y se puso a andar por el pueblo. Se detuvo ante la primera puerta que vio y llamó:
-Perdone la molestia, buen hombre. ¿Podría alojarme por esta noche?
El campesino abrió la puerta y lo hizo entrar. El chacal pre­guntó:
-¿Dónde puedo guardar mi huevo?
-Guárdalo en la jaula junto al conejo -dijo el campesino.
Durante la noche, el chacal se levantó, hizo un pequeño agujerito en el huevo, se lo bebió y dejó la cáscara vacía en la jaula. A la mañana siguiente, dijo:
-Buenos días, buen hombre, ¿puedes devolverme mi huevo?
Pero del huevo sólo había quedado la cáscara. El chacal se puso a llorar y a lamentarse de que el conejo había cogido su huevo. El campesino se compadeció y le dijo:
-Cálmate y no llores, pequeño. Te daré a cambio otro huevo.
Pero el chacal respondió:
-No, si el conejo se ha comido mi huevo, ¡quiero el conejo!
Y el buen hombre, amablemente, se lo dio. El chacal cogió el animal y se fue andando hasta que llegó al pueblo más próximo. Llamó a la primera casa que encontró:
-Perdón por molestarlo, buen hombre. ¿Podría hospedarme aquí por esta noche?
El campesino abrió la puerta y lo hizo entrar. El chacal pre­guntó:
-¿Dónde puedo dejar mi conejo?
-Ponlo en el establo con la cabra -dijo el campesino.
Durante la noche, el chacal se levantó, se comió el conejo y dejó la piel en el establo. Por la mañana, en cuanto despertó, dijo:
-Adiós, buen hombre, ¿podría darme mi conejo?
Pero del conejo sólo había quedado la piel. El chacal comen­zó a llorar y a lamentarse de que la cabra se había comido su precioso conejo. Al campesino le dio mucha pena y le dijo:
-Cálmate, pequeño, y no llores. Te daré otro conejo.
Pero el chacal respondió:
-No, como la cabra se ha comido mi conejo, quiero la cabra.
Y el campesino, amablemente, se la dio. El chacal cogió la cabra y se fue camino de otro pueblo. Llamó a la primera casa que encontró:
-Perdone la molestia, buen hombre. ¿Podría alojarme por esta noche?
El campesino abrió la puerta y lo hizo entrar. Y el chacal preguntó:
-¿Dónde puedo dejar la cabra?
-Ponla a los pies de la cama de mi hijo -respondió el cam­pesino.
Durante la noche el chacal se levantó, se comió la cabra y dejó sus cuernos en la cama del niño. Después volvió a dormir. Cuando, por la mañana, se despertó, dijo:
-Buenos días, buen hombre, ¿te molestaría devolverme mi cabra?
Pero de la cabra sólo habían quedado los cuernos. El chacal se echó a llorar lamentándose porque el niño se había comido su preciosa cabrita. El campesino se compadeció y le dijo:
-Cálmate, pequeño, y no llores. Te daré otra en su lugar.
Pero el chacal respondió:
No, como tu hijo se ha comido la cabra, me llevo a tu hijo.
Y el campesino, amablemente, cogió un saco y se lo dio al chacal, diciéndole que el niño iba dentro.
El chacal cogió el saco y se fue. Cuando llegó a la colina, abrió el saco para echar un vistazo al niño. Pero el amable cam­pesino había metido en el saco, en lugar del niño, dos enormes perros. Cuando el chacal abrió el saco, los perros salieron y, an­tes de que el chacal pudiese reaccionar, se echaron sobre él y lo hicieron pedazos.

109. anonimo (bereber)

lunes, 28 de mayo de 2012

Novia del sol

¡Machaho!

Había una vez un rey que tenía sólo un hijo. El joven príncipe era gran aficionado a la caza y a hacer largas cabalgadas por el bosque. Cada vez que salía, los habitantes debían apartarse, porque su fogoso caballo cruzaba las calles de la ciudad como una tromba, sin respetar personas a su paso ni temer obs­táculos.
Un día en que obligaba a su caballo a ir a todo lo que daba de sí, impaciente por llegar al bosque, se topó con una anciana que no se ha­bía retirado a tiempo del camino y estuvo a punto de atropellarla.
-Quítate de mi camino, vieja bruja -dijo él fustigando a su caballo.
La mujer se incorporó y le gritó desde lejos:
-Faltó poco para que me atropellaras por­que eres el hijo del rey. ¿Qué pasaría si hubie­ses desposado a Novia del Sol?
El príncipe hizo en seguida dar media vuelta a su caballo, volvió al palacio y, pretextando que estaba enfermo, se metió en cama. Llama­ron a su cabecera a los médicos más renombra­dos del reino. Lo auscultaron larga-mente y no pudieron encontrar la causa ni el remedio de su dolencia. Como el príncipe continuaba lan­guideciendo, le propusieron llamar a especia­listas extranjeros.
-¡Es inútil! -dijo el príncipe-. Ellos no son más hábiles que vosotros.
-Nosotros hemos agotado todos los recur­sos de la ciencia.
-Es que la ciencia no puede hacer nada... ¡No! Sólo un ser en el mundo puede curarme.
-¿Quién? -preguntó su madre.
-La bruja de la ciudad.
El rey hizo traer a la anciana inmediatamen­te. En cuanto ella estuvo frente al príncipe, el joven reconoció que no tenía nada, pero le ordenó que le dijese en qué lugar del mundo vivía Novia del Sol, pues no hallaría reposo mientras no llegase hasta ella.
-Novia del Sol -dijo la bruja- es ahora la mujer del rey de los Negros.
-No importa -dijo el príncipe-, iré allí. 
-Su marido la vigila celosamente.
-¿Dónde?
-En la comarca de Hautmont.
-¿Y dónde se encuentra Hautmont?
-Por allá -dijo la bruja extendiendo el brazo hacia un punto del horizonte.
-¿A qué distancia?
-Con tu caballo y tus camellos te hará falta un mes.
El príncipe en seguida se declaró curado. Le pidió a su padre, el rey, autorización para ini­ciar un largo viaje, cargó en varios camellos talegos llenos de monedas de oro y de plata y, montado en su caballo, marchó en la dirección que la anciana le había indicado.
Al cabo de unos días, dejó el reino de su padre y entró en una región que no conocía. No había andado mucho cuando, del otro lado del camino, vio venir a un hombre encadenado que unos caballeros obligaban a caminar:
-¿Adónde lleváis a ese hombre? -pre­guntó.
-Al suplicio -dijo el jefe de los guardias.
-¿Por qué crimen?
-Ya ha matado y robado varias veces, pero, como siempre prometía no volver a ha­cerlo, la justicia del rey acababa perdonándo­lo. Ha reincidido hace poco y esta vez el juez lo ha condenado a muerte.
El hijo del rey pensó que un hombre tan em­pecinado podría serle muy útil en la peligrosa búsqueda que había emprendido y que, proba­blemente, apenas comenzaba.
-Si vosotros lo soltáis -dijo-, os pagaré su peso en oro.
El jefe de los guardas estaba muy sorpren­dido de que quisiesen pagar el peso en oro de un salteador de caminos. Pero no podía dejarlo ir sin antes decírselo al rey. Envió a uno de sus hombres, que pronto volvió y dijo:
-El rey consiente en soltar al prisionero, pero por su peso en oro multiplicado por cuatro.
El príncipe, habiendo aceptado esta condi­ción, entregó la suma solicitada y el prisionero se reunió con la caravana.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
-Alí Demmo; todo el mundo en la región conoce mi nombre.
Primero hizo que contase su historia, que fue larga. Luego el hombre se volvió al prín­cipe:
-Cuando me encontrasteis, no estaba sólo en la recta final de mis aven-turas, sino también de mi vida. Pero vos me habéis salvado. Así que ahora estoy a vuestro servicio. Todo lo que queráis exigir de mí, os lo conseguiré.
-¿Aunque fuese a Novia del Sol?
-¡Aunque fuese ella!
-Es a ella a quien busco.
-Pues bien, la buscaré con vos.
La caravana reinició la marcha. Delante iba el príncipe sobre su caballo. Detrás de él, Alí Demmo guiaba a los camellos cargados de oro y de plata. Pronto entraron en el país de los Negros, marcharon durante varios días por el desierto y una noche, finalmente, vieron perfi­larse a lo lejos una alta montaña que dominaba toda la llanura circundante. Los viandan­tes que encontraron les dijeron que era Hautmont, que allí residía el rey del país de los Negros, rey que, no obstante, era blan­co. Por lo demás, el rey salía poco de su pala­cio, porque la belleza de su esposa, Novia del Sol, suscitaba gran codicia y él se sentía muy celoso por ello: un cuerpo de guardianes vigilaba día y noche en todas las puertas del palacio.
Por la noche, antes de dormir, el rey y la reina ataban sus pies a la misma anilla de plata, ceñían un mismo cinturón de brocado a sus cinturas, y anudaban el mismo pañuelo de seda a sus cuellos, de modo que, si alguien viniese a llevarse a su esposa mientras dormían, el rey también se despertaría.
En la noche de su llegada, mientras el prínci­pe cansado dormía en la casa que habían alqui­lado, Alí Demmo salió sigiloso para no desper­tarlo. Recorrió la ciudad, llegó frente al pala­cio y averiguó cuál era la habitación donde el rey y la reina solían pasar la noche.
Hizo lo mismo al día siguiente pero, provisto esta vez de una escala de seda, subió hasta la habitación que le habían indicado y miró por la ventana: vio el pie del rey y el de la reina suje­tos por la misma anilla, sus cinturas ceñidas con el mismo cinturón, sus cuellos rodeados por el mismo pañuelo.
En la tercera noche, Alí Demmo llevó consi­go la escala de seda, un puñal, y subió hasta el dormitorio, donde se introdujo sin hacer rui­do. Deshizo el nudo de la anilla de plata, cortó el cinturón de brocado y estaba a punto de qui­tar también el pañuelo de seda cuando... el rey se despertó. Alí Demmo le clavó en seguida el puñal en el pecho y acabó de desatar el pa­ñuelo.
La reina, asustada, quiso gritar. Alí Demmo le tapó la boca con la mano.
-No gritéis -le dijo-, y nada temáis. He venido a salvaros. Decidme sola-mente cómo podremos salir, vos y yo, de este palacio.
Novia del Sol miró a Alí Demmo. No pare­cía haber en él mala voluntad, a pesar del pu­ñal, y de todas maneras valía la pena correr el riesgo, porque la tiranía del rey se hacía cada vez más pesada.
-Toma -dijo ella-, ésta es la ropa del rey: póntela y salvémonos. Cuando lleguemos a las puertas, seré yo quien hable a los guar­dias. Procura situarte en la sombra y te toma­rán por mi marido.
Alí Demmo se vistió con la ropa del rey y salió con la reina. Al llegar a las puertas, Novia del Sol dijo a los jefes de los guardias:
-¡Abrid las puertas! El rey desea ir a tomar el fresco al campo.
Los guardias les abrieron las puertas. Salie­ron. Cuando entraron en la casa, encontraron al príncipe aún dormido. Alí Demo lo des­pertó.
-¡Ésta es la mujer por la que hemos mar­chado treinta días y treinta noches a través del desierto!
El hijo del rey miró a la princesa y se quedó deslumbrado.
Luego Alí Demmo se volvió hacia Novia del Sol:
-Éste es el príncipe por quien yo os he li­brado del rey de Hautmont.
-Muchas gracias -le dijo ella al príncipe-, me habéis librado de una odiosa tiranía.
El príncipe iba a responder.
-Hablaréis en otro momento -interrum­pió Alí Demmo-, porque conviene que salga­mos de este país antes de que descubran la muerte del rey.
-Vayámonos inmediatamente -dijo el príncipe.
-Pero antes -dijo Alí-, hay que encon­trar un baúl.
-¿Para qué?
-Para encerrar a la príncesa, porque todo el mundo la conoce y muy pronto nos descubri­rían.
El dueño de la casa les vendió un baúl, don­de se escondió Novia del Sol. Alí Demmo se vistió con ropa de viaje y se pusieron en cami­no sin demora.
Retomaron el camino que habían hecho de ida, marcharon mucho tiempo y llegaron a un río, junto al cual se detuvieron:
-Aquí acaba el país de los Negros -dijo Alí Demmo-. Del otro lado del río comienza el reino del Genio Raptor de Novias. Durante todo el tiempo que estemos allí, Novia del Sol deberá permanecer encerrada en el baúl. Bajo ningún pretexto habrá que levantar la tapa, porque basta con abrir sólo un poco...
Al día siguiente tuvieron que atravesar un desierto sin agua. Cuando se agotaron sus pro­visiones, una intensa sed se apoderó de ellos. Hicieron un alto de nuevo por la noche y Alí Demmo le dijo al príncipe:
-Saldré a buscar una fuente de agua a los alrededores. Mientras tanto, montad guar­dia pero atención: en ningún caso abráis el baúl.
Alí Demmo se fue, el príncipe se acordó de la belleza de Novia del Sol, que apenas había entrevisto, y un violento deseo de volver a ver­la se apoderó de él.
-Es de noche -se dijo-, y estamos en ple­no desierto: nadie la verá.
Se acercó al baúl, manipuló la cerradura, le­vantó la tapa y... apenas le dio tiempo a entre­ver el rostro de la princesa cuando el Genio Raptor de Novias cayó sobre ella y se la llevó. El príncipe, en cuando se dio cuenta de lo ocu­rrido, se lanzó con su sable tras él. Buscó un buen rato por todos lados, pero no encontró nada y volvió desesperado al lugar donde acampaban.
Cuando Alí Demmo, al volver, lo vio lloran­do, cerca del baúl abierto y vacío... comprendió.
-Os lo había advertido -le dijo.
-Sólo levanté la tapa.
-Ya no sirve de nada discutir. Lo que hace falta ahora es recuperar a la princesa, doquiera que esté, bajo tierra, en el cielo o hasta en el interior de una caña, en una prisión más segura que aquella de donde la hemos sacado.
Volvieron a caminar por el desierto y una noche llegaron a orillas de un lago, cerca del cual un pastor apacentaba unos corderos.
Alí Demmo se dirigió a él.
-Véndenos uno de tus corderos y leche de tus ovejas: hace tiempo que no comemos carne ni tomamos leche.
-Podéis beber cuanta leche os plazca -dijo el pastor-, pero mi amo lleva la cuenta de los corderos.
-¿Quién es tu amo? -preguntó Demmo.
-El Genio Raptor de Novias
El príncipe y Alí Demmo se quedaron estu­pefactos. Pero el azar estaba a su favor y se dieron prisa en acercarse.
-¿Cuántas mujeres tiene tu amo?
-Un montón. La última la trajo hace muy pocos días.
Alí y el príncipe se miraron: estaban seguros de que era Novia del Sol.
-¿Cómo es ella? -preguntó el príncipe.
-Si la vieseis de día, soñaríais con ella por la noche, porque es la más hermosa de las mu­jeres... Es la más hermosa, pero no la más feliz.
-¿Por qué?
-No para de llorar desde que llegó y, por la noche, se oyen los gritos del rey, porque se pa­san el tiempo discutiendo.
Alí miró a su alrededor: la llanura estaba de­sierta y el lago se extendía azul hasta el hori­zonte.
-Pero... ¿dónde vive tu amo? -preguntó.
-En la otra margen del lago.
-¿Cómo se llega hasta allí?
-¿Ves allá abajo aquel cordero negro?
-Sí.
-En cuanto llega la noche, yo monto en él y él cruza el lago y me conduce hasta la casa de mi amo. Los otros corderos lo siguen detrás.
-Escucha -dijo Alí-: tú me darás tu ropa y tu cordero. Yo montaré en él para atra­vesar el lago y llegar junto a tu amo. Duran­te ese tiempo, te quedarás con mi amigo y lo cuidarás. Él te recompensará en cuanto yo vuelva.
El pastor al principio tuvo miedo: no sa­bía por qué Alí Demmo quería llegar hasta su amo.
-La última mujer que tu amo ha traído es la novia de mi amigo: tenemos que liberarla.
-En ese caso -dijo el pastor-, te diré lo que debes hacer. En cuanto el rebaño haya vuelto, una de las mujeres del Genio irá a ordeñarlo. Hoy justamente le toca a la recién llegada. Así que cuando todo el rebaño esté en el corral, tú gritarás: ¿a quién le toca ordeñar hoy? Y saldrá ella.
Alí se disfrazó por segunda vez. Se puso la ropa del pastor, a quien le dio la suya, montó en el cordero negro y comenzó a surcar las olas del lago. Los demás corderos se echaron al agua tras él, y pronto el rebaño entero estuvo en la otra margen, en el corral del Genio Raptor.
Alí llamó en voz alta:
-Las ovejas han vuelto. ¿A quién le toca ordeñar hoy?
Desde una de las habitaciones del palacio, una mujer dijo:
-¡Ya bajo!
Alí reconoció la voz de Novia del Sol.
Él debía llevarle las ovejas una a una y soste­nerlas mientras ella las ordeñaba. Pero, en lu­gar de colocar las ubres de la primera a la altu­ra de las manos de la joven, puso su cabeza. Ella exclamó indignada:
-¿Desde cuándo se ordeña a las ovejas por delante pastor de los nuevos tiempos? ¿Se tra­ta acaso de una nueva moda?
-Desde que las mujeres a las que se salva abandonan a su salva-dor para seguir al prime­ro que llega.
Novia del Sol reconoció la voz de Demmo:
-¿Cómo? ¿Eres tú? -dijo.
-¿Y quién quieres que sea? Te has querido escapar de mi amo, después de que él te liberó de la tiranía del rey de Hautmont, pero le he prometido que te llevaré ante él dondequiera que estés.
-No soy yo quien quiso abandonar a tu amigo; fue él quien abrió el baúl.
-¡Bien! Ahora te corresponde a ti encon­trar un medio de sacarte de este lugar.
-Esta noche -dijo-, vete a dormir, por­que pronto llegará el Genio y no debe encon­trarte aquí. Mañana vuelve a verme en cuanto él se haya ido.
Alí Demmo se fue a dormir y el Genio Rap­tor no tardó en volver.
-Hoy vas a dormir conmigo -le dijo a la Novia del Sol.
-¡No! -dijo ella.
-¿Y por qué?
-¿Cómo voy a dormir contigo si antes no sé dónde está tu aliento vital y si tú no sabes dón­de se encuentra el mío? Cuando cada uno sepa dónde está el aliento del otro, podremos unir­los y dormir juntos.
-Mi aliento vital está en mí.
-No es posible -dijo ella-. Tienes dema­siadas mujeres. Tu aliento está con la que quieres más de todas ellas.
Genio Raptor desconfiaba pero, por otra parte, deseaba mucho a Novia del Sol y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.
-Es a ti a quien quiero más entre todas mis mujeres.
-Si soy yo, dime dónde se encuentra tu aliento vital.
-Pues bien, ya que así lo deseas, te lo diré. ¿Ves ese lago? En el centro hay una roca, den­tro de la roca una paloma, en la paloma un huevo y en el huevo un cabello muy fino. En ese cabello está suspendido el aliento de mi vida.
Al día siguiente, en cuanto el Genio hubo salido, Alí Demmo fue al encuentro de Novia del Sol.
-¿Has encontrado algún medio? -le pre­guntó.
-Mira -dijo-: el aliento vital del Genio Raptor está en un cabello muy fino, el cabello en un huevo, el huevo en un paloma, la palo­ma en una roca y la roca en medio del lago. Si puedes llegar hasta el cabello...
-Muy bien -dijo-: a mí me toca actuar ahora.
Sacó el rebaño, montó en el cordero negro y entró en el lago, en dirección a la roca que se elevaba en medio de las aguas. Bajó, se dispu­so a buscar la paloma y pronto la vio revolo­tear frente a él de árbol en árbol. Se dedicó a seguirla por todas partes. Por la noche el ave se recogió en un hueco de la roca para dormir. Alí Demmo se acercó despacio, se apoderó de la paloma, la mató, le extrajo un huevo, lo en­volvió cuidadosamente en unas hojas y se lo llevó consigo.
Novia del Sol estaba rebosante de alegría pues, aun sin haber visto a Alí Demmo, seguía cada una de sus acciones a través del Genio Raptor: cuando el cordero llegó a la roca, el monstruo cayó enfermo de golpe; cuando Alí cogió la paloma, lo abatió una fiebre intensa y tuvo que acostarse; cuando murió el ave, Ge­nio Raptor, sintiéndose desfallecer, se desplo­mó en su lecho: era incapaz de hacer un gesto o siquiera de abrir los ojos; un débil aliento hacía subir y bajar todavía su pecho, pero esta­ba claro que su vida pendía de un hilo muy débil.
Por la mañana, Novia del Sol, que desde el alba acechaba la línea azul del lago, vio surgir allí a Alí Demmo montado en el cordero ne­gro; el rebaño lo seguía a distancia.
Alí llegó muy pronto. Encontró al Genio Raptor moribundo, tendido en su cama como si fuese ya un cadáver. Le mostró el huevo de lejos:
-Estás moribundo -le dijo-, pero tienes to­davía buenos ojos para ver lo que tengo en la mano.
Genio Raptor retomó un poco de energía para lamentarse ruidosamente:
-¡Piedad! No lo rompas. No me mates y llé­vate a la mujer que más te guste o si no... llé­valas a todas, llévate todo lo que quieras. Pero no casques el huevo.
-¿Para que sigas raptando a las jóvenes no­vias? -dijo Alí y dejó caer el huevo.
El Genio Raptor cerró de inmediato los ojos. Comenzó a jadear. Alí Demmo sacó del huevo un cabello tan fino que se distinguía apenas. Lo cortó. El Genio Raptor lanzó un grito espantoso, intentó incorporarse y... cayó muerto en su lecho.
Alí Demmo montó junto con Novia del Sol en el cordero negro y huyeron hacia el lago. Cuando llegaron, el príncipe estuvo a punto de llorar de alegría.
-Ya no os esperaba -dijo.
-Recordad mis palabras -dijo Alí-: ¡sean cuales fueren los obstáculos!
El príncipe se precipitó sobre el baúl para abrirlo y encerrar a Novia del Sol:
-Ya no hace falta -dijo Alí-, porque el Genio Raptor ha muerto.
Sólo les quedaban por cubrir todavía algu­nas jornadas de desierto. El príncipe, rebosan­te de alegría de tener de nuevo a Novia del Sol, sólo pensaba en la fiesta que darían cuando lle­gasen. Pero Alí Demmo estaba vigilante. Por la noche, mientras el príncipe y la princesa dormían, él se quedaba con los ojos abiertos hasta muy tarde, acechando el menor ruido.
Una tarde en que habían acampado al pie de un árbol, oyó que salían unas voces de las ra­mas altas por encima de su cabeza: eran los pájaros que hablaban entre sí.
-Qué desdichado es el hombre que monta guardia al pie de este árbol -dijo uno-. No sabe que esta noche vendrá una serpiente, lo soplará en su rostro y lo convertirá en piedra.
-Lo peor es que, para hacerlo resucitar -dijo el otro pájaro-, su amigo tendrá que matar a su hijo y deberá frotar la estatua de piedra con la sangre que él mismo habrá hecho correr.
Alí Demmo estaba espantado y no sabía qué hacer: ¿despertar al príncipe y a la princesa y contarles todo? ¿Y para qué si, de todas mane­ras, ellos no podrían hacer nada por él? ¿De­jarlos dormir? ¡Cuál sería su angustia cuando, al despertar, no lo encontrasen!
Alí decidió despertar sólo al príncipe. Éste empuñó su sable en seguida.
-¿Qué hay? ¿Qué pasa?
-Por el momento, nada -dijo Demmo.
-¿Cómo por el momento? ¿Por qué me has despertado?
Alí Demmo le contó la escena que acababa de observar y le repitió las extrañas palabras que había oído.
-Pues bien -dijo el príncipe-: montare­mos guardia los dos hasta la mañana y, si viene la serpiente, la mataremos.
Se pusieron a mirar hacia todos lados por­que no sabían de dónde podía salir la serpien­te. Se quedaron así un buen rato, escrutando todos los puntos, atentos a todos los ruidos, hasta que al fin, molidos de cansancio, los ganó el sueño. En seguida se acercó la serpien­te, se deslizó suavemente hacia ellos, sopló en el rostro y los miembros de Alí Demmo... y Alí Demmo se convirtió en piedra.
Cuando el príncipe despertó, era demasiado tarde. Comenzó a desesperarse porque sabía el precio que tendría que pagar por el retorno de su compañero a la vida. Poco después también despertó Novia del Sol y, no viendo a Alí Demmo, preguntó dónde estaba.
-Nos ha abandonado -dijo simplemente el príncipe.
-¿Y por qué? No había que dejarlo irse. Era tu fiel compañero; habríamos pasado toda la vida juntos. Tal vez aún haya tiempo de re­cuperarlo. ¿Qué dirección tomó?
El príncipe se vio obligado a revelarle la ver­dad a Novia del Sol.
-No creía que el sueño nos ganaría a los dos. Cuando me desperté, Alí Demmo ya no estaba. En su lugar había esta estatua de piedra.
Novia del Sol miró la imagen y reconoció los rasgos de Alí. Retrocedió horrorizada.
-Hay que consultar a un brujo para que re­sucite... No está muerto...
-Los pájaros también hablaron de un me­dio para que Demmo vuelva a la vida.
-¿Cuál? -gritó Novia del Sol-. Hay que ponerlo en práctica en seguida.
El príncipe recurrió a toda clase de rodeos para revelar el medio indicado por los pájaros. Novia del Sol cayó desvanecida y luego dijo gritando:
-¡Nunca! Nunca podría sacrificar a mi hijo.
Sé que tú quieres a Alí como a ti mismo, pero yo no podría.
Siguieron tristemente su viaje de retorno y pronto llegaron a la comarca del príncipe. La alegría del rey y de la reina no tuvo límites cuan­do vieron que reaparecía el hijo que desde hacía tiempo ya no esperaban. Se maravillaron ante la belleza de la novia que había llevado y no tardaron en celebrar sus bodas. Diero una fiesta espléndida, que duró siete días y siete noches, y a la que asistieron innumerables personas llega­das del reino y de las comarcas vecinas. Pero el rey y la reina no comprendían por qué, en me­dio de la alga-rabía general, el príncipe y su her­mosa prometida se mantenían tristes.

Pasaron los días y los meses, hasta que un día Novia del Sol trajo al mundo un niño casi tan hermoso como ella. El rey estaba complacido al ver que su sucesión estaba asegurada. Pero la reina encontró a su nuera bañada en lágrimas junto a la cuna, que le habían acercado para que viese a su hijo. Lo atribuyó a la fatiga y les pidió a las mujeres de palacio que siguiesen muy de cerca el estado de salud de la joven madre.
El chico, mientras tanto, crecía. Novia del Sol lo cuidaba con des-velo. Sobre todo no per­mitía que se quedase solo con su padre, con el pretexto de que era demasiado joven todavía. Pero un día en que estaba con sus damas en una de las cámaras altas de palacio, divisó por la ventana al príncipe que, montado a caballo con su pequeño hijo delante, se dirigía al desierto y... comprendió. Se precipitó afuera, enloque­cida y todas sus criadas tras ella, pero, cuando llegó a la puerta ya era demasiado tarde: el ca­ballo que llevaba a su marido y a su hijo había desaparecido en el horizonte. Volvió espantada al palacio, donde se puso a contar las horas y los días sin poder comer ni dormir.
El príncipe llegó unos días después al sitio donde había dejado a Alí Demmo petrificado. La estatua seguía allí, en parte cubierta de are­na. La mano del príncipe temblaba y sus ojos estaban extraviados cuando descargó la mano sobre su hijo. La estatua de piedra pronto co­menzó a cobrar vida: primero la cabeza, luego los brazos, el pecho, las piernas. En seguida Alí se irguió vivo frente al príncipe, como si sólo despertase del sueño de una noche. Su lengua y sus ojos volvieron a ser lo que eran, pero Alí Demmo miró al príncipe, lo vio abati­do y ahogado en llanto y de golpe le sobrevino el recuerdo. Iba a decir: «No debías» cuando oyó la voz de los pájaros que de nuevo surgían de las ramas altas del árbol:
-El príncipe no ha olvidado a su amigo -dijo uno.
-Pero está muy desesperado -dijo otro.
-Está desesperado porque no sabe que hay un medio de devolverle la vida a su hijo.
-Si comprendiese -dijo el primero-, le diríamos...
-Le diríamos que basta con tomar uno de nuestros huevos y cascarlo sobre el cuerpo del niño.
Pero Alí Demmo había comprendido y se acercó al príncipe:
-Tú has dado la vida de tu hijo por mí.
-Tú has dado la tuya varias veces por mí -dijo el príncipe.
-Yo voy a devolverle la vida.
El príncipe no daba crédito a lo que había oído, pero Alí ya había realizado muchos mila­gros. Así que no se sorprendió al verlo trepar al árbol y volver poco después con un huevo, que cascó sobre el pequeño cuerpo extendido. El niño en seguida comenzó a moverse y pron­to recobró su vida enteramente. Quería subir de nuevo al caballo y comenzó a gritar, porque no se había dado cuenta de nada.
El príncipe, su hijo y Alí Demmo regresaron por el mismo camino. Novia del Sol, desde la ventana de una de las cámaras altas del pala­cio, los miraba avanzar y su corazón primero se heló de espanto, pues de lejos sólo veía a dos personas adultas pero no distinguía a su hijo. Pero, cuando se acercaron, creyó percibir que el príncipe llevaba a un niño delante de sí en el caballo. Por fin ella lo oyó gritar -no estaba muerto, pues-, y cayó desmayada.
Contaron al rey y a la reina todo lo que ha­bía ocurrido desde que el príncipe y Novia del Sol llegaran por primera vez del país de los Ne­gros. Compren-dieron así por qué tanto uno como el otro estaban tan tristes. Dieron una nueva fiesta, aún más esplendorosa que la pri­mera. Desde ese día, el príncipe y Alí Demmo no volvieron a separarse: iban juntos a cazar al bosque y juntos daban grandes paseos por el desierto. Más tarde el rey, ya viejo, murió. El príncipe, convertido en rey en su lugar, desig­nó a Alí Demmo como su primer ministro y Novia del Sol, la buena y hermosa reina, le dio muchos hijos.

¡Machaho!

Fuente: Mouloud mammeri


109. anonimo (bereber)


Los ogros

¡Machaho!
¡Tellem Chaho!

Había una vez dos hermanos, uno de los cuales tenía siete hijas y el otro siete hijos. El padre de los siete niños era muy rico: tenía ex­tensos campos, numerosos rebaños, una servi­dumbre abundante, joyas y bienes de toda cla­se. Al padre de las siete niñas, por el contrario, le faltaba de todo y, como para colmo perdió a su mujer, acabó en un estado lamentable. Así que fue a ver a su hermano:
-Tú eres rico -le dijo-, y sólo tienes hijos varones. Mientras tú vives en la abundancia, fíjate que yo soy muy pobre y a duras penas proveo a la subsistencia de mis siete hijas. Además acabo de perder a su madre y, a pesar de todo, nunca se te ha ocurrido acudir en mi ayuda.
El hombre rico consideró que su hermano llevaba razón y sintió mucha vergüenza por ha­berse mostrado tan egoísta hasta ese mo­mento.
-Es verdad -dijo-: yo he estado en extre­mo ocupado acumulando cada vez más rique­zas, pero desde ahora tú y tus hijas recibiréis, todos los días, vuestros alimentos de la noche y de la mañana.
Fue de inmediato a ver a su mujer y le pidió que de ahora en adelante enviase a su hermano y a sus hijas las dos comidas de cada día. La mujer no quería demasiado a su cuñado. Así que por la noche, cuando entregó a su criada las ocho raciones, le dijo:
-Toma, ve a llevar esto a Tumba-de­-Comer.
Varios días después, yendo el pobre de nue­vo a ver a su hermano, le dijo:
-Prometiste enviarme todos los días dos co­midas.
-¿Y?
-Y ¿por qué no me las envías?
El hermano rico se quedó muy sorprendido:
-Le dije a mi mujer que te las hiciese llegar todos los días.
-Aún no he recibido nada.
El hombre rico volvió a su casa muy irritado:
-¿No te hice un encargo para mi hermano? -le preguntó a su mujer.
-Sí, y desde ese día lo he cumplido exacta­mente.
-¿Y cómo se explica que mi hermano no haya recibido nada hasta ahora?
Llamaron a la criada que llevaba los alimen­tos cada día.
-Pues yo hice lo que mi ama me decía -respondió ella.
-¿Y qué te decía? -le preguntó su amo.
-Cada vez que me entregaba los alimentos, me decía: «Ve a llevar esto a Tumba-de-Co­mer.» La primera vez no comprendí muy bien; luego caí en la cuenta de que las tumbas se en­cuentran en el cemen-terio. Y allí fui. Eché la comida siempre en el mismo sitio. Puedo mos­trároslo si queréis.
El hombre entendió que la criada había ac­tuado más por inocencia que por maldad y la perdonó. Desde ese día el hermano pobre re­cibió dos comidas diarias. Esto les permitía no morirse de hambre a él y a sus hijas pero, por otra parte, siempre les faltaba de todo... hasta que finalmente, harto de esta mise­ria, el padre decidió ir a buscar fortuna al ex­tranjero.
Sus hijas lloraron e intentaron retenerlo:
-Ya hemos perdido a nuestra madre y no tenemos a nadie más que a ti. Si tú también nos dejas, ¿adónde iremos a parar? Quédate: nuestro tío nos da el alimento de cada día. Por otra parte, Dios proveerá.
Pero él ya estaba hastiado de la extrema mi­seria que imponía sin querer a sus hijas, y tam­bién humillado por depender cada día para ali­mentarse de otra persona, aunque fuese su hermano.
-Saldré a buscar fortuna a otras tierras -dijo-. O vuelvo rico o bien encontraré la muerte y no por ello seréis más desdichadas que cuanto habéis sido hasta ahora.
Tomó entonces un cayado y un pequeño zu­rrón y se marchó. Anduvo un buen tiempo por el camino. Después de varios días encontró, al borde de la carretera, a un anciano y a dos hombres, uno acostado y el otro, junto a él, de pie. Les dirigió un saludo y luego dijo:
-Os ruego por Dios que me digáis quiénes sois.
-Somos personas como tú -respondió el anciano.
-Pero ¿qué hacéis aquí?
-Te esperábamos.
-¿Y quiénes son esos hombres que te acompañan?
-Éste -dijo el anciano -es tu destino: está acostado, por el suelo, y aquél el destino de tu hermano: está de pie y va a trabajar.
El hombre, sin pedir más explicaciones, si­guió su camino. Por la tarde llegó frente a una colina elevada, enteramente cubierta de un denso bosque. En la cima se perfilaba el con­torno de un castillo que dominaba el horizon­te. Caía la noche, el viajero tenía hambre y no sabía dónde pasar la noche.
-Mala suerte -se dijo-: voy a ir hacia ese castillo. Si está habitado por hombres, me alo­jarán; si son ogros, me comerán y habrán aca­bado mis desdichas en esta tierra.
Subió pero, al llegar frente al castillo, oyó que de él salían gritos, aullidos y toda clase de ruidos. Sus dudas pronto se disiparon: eran ogros los habitantes de ese lugar. Se ocultó en un hueco, no lejos de la entrada, y esperó.
Poco después, irrumpideron los ogros empu­jando violentamente la puerta. El hombre los fue contando mientras entraban: contó siete adultos que llevaban a siete jóvenes a horca­jadas.
Una vez que los ogros hubieron desapareci­do, salió de su escondite, fue hacia el castillo y empujó la puerta, que cerró tras sí. Pero se dio cuenta en seguida de que estaba en un verda­dero laberinto y tuvo que abrir y cerrar aún otras siete puertas antes de llegar a un salón donde, ante su asombro, vio siete platos gran­des de cuscus, siete perdices, siete cántaros con agua y siete cucharas. Como tenía hambre, cogió de cada plato un bocado, de cada perdiz un trozo, de cada cántaro un trago, y siguió avanzando.
Llegó a otra habitación y, maravillado, vio allí siete pequeños montones de monedas de oro que relucían en la oscuridad. Abrió su zu­rrón y de cada montón quitó algunas monedas. Luego volvió por donde había venido, abrió y cerró tras sí las siete puertas y se alejó pronto del castillo, antes de que los ogros volviesen de su cacería.
En el camino de regreso, vio a las mismas tres personas espe-rando en el borde de la ca­rretera y les pidió que le dijesen, por Dios, quiénes eran.
-Ya nos hiciste esa pregunta y yo te respon­dí -dijo el anciano-; el hombre por el suelo es tu destino y aquél, de pie, el destino de tu hermano.
El hombre no estaba del todo satisfecho con esa respuesta, pero no podía hacer nada y si­guió su camino. Al cabo de algunos días llegó a su aldea, donde sus hijas lo esperaban, muer­tas de ansiedad. Festejaron su llegada y las col­mó la alegría cuando él les mostró su zurrón lleno de oro.
-¿Cuánto hay? -preguntó la más joven.
-Los sabríamos mucho antes si lo midiéra­mos con un celemín -dijo el padre.
-Pero no lo tenemos.
-Ve a buscar uno a casa de mi hermano, pero... ¡atención! Si su mujer te pregunta qué vamos a hacer con el celemín, dile que es para medir harina.
La joven se dirigió a casa de su tía.
-¿Un celemín? -dijo ella-. ¿Qué vais a hacer con un celemín?
-Mi padre ha traído un poco de harina de cebada. Queremos saber cuánto tiempo nos va a durar.
Pero la joven no sabía mentir y su tía no quedó muy convencida: ¿para qué medir cuán­to les iba a durar la harina si, de todas mane­ras, ella les enviaba diariamente alimentos? Así que tomó la precau-ción de pegar un poco de pez en el fondo del celemín antes de entre­gárselo a su sobrina.
Por la tarde, cuando fueron a devolverle la medida, ella miró al fondo y... ¡oh sorpresa!: había un luis de oro pegado. Así que, en cuan­to llegó su marido, corrió a su encuentro y, sin darle tiempo a sentarse, le dijo:
-Mira... Mira lo que tu hermano ha traído de su viaje. Y tú te preocupabas por él... y to­dos los días ibas a preguntarles a sus hijas si no había vuelto.
-¡Imposible! -dijo su marido-. Hace apenas unos días que mi hermano se fue. En tan poco tiempo no puede haber ganado mo­nedas de oro.
-Además te digo que son tantas que las mide en un celemín.
-¿Cómo lo sabes?
Ella le contó la artimaña que acababa de emplear.
-Aunque sea verdad -dijo-, ¿qué te im­porta? Tú tienes todo lo que necesitas e incluso mucho más. Tienes los campos, las casas, el dinero, los servidores y las criadas...
-Pero yo no mido el oro con un celemín. ¿Y qué sentido tiene seguir hablando?... Te irás como él y, como él, traerás oro para que yo lo mida en el celemín. Si no, no seguiré vi­viendo en tu casa.
Aunque él intentó convencerla, ella se man­tuvo sorda a todos sus argumentos y tuvo que ir a ver a su hermano y preguntarle de dónde había traído tanto oro.
-De un castillo habitado por ogros.
-¿Cómo podré encontrarlo?
-Toma ese camino. Si al cabo de varios días encuentras a tres hombres: uno echado por el suelo, otro de pie y el tercero un ancia-no sen­tado, sabrás que vas por buen camino. Divisa­rás pronto una colina arbolada, en cuya cima hay un castillo. Es allí. Pero no se te ocurra entrar en seguida; asegúrate primero de que hayan salido los catorce ogros que allí viven: siete grandes que llevan a siete peque-ños sobre sus hombros. En el interior, pasarás siete puer­tas y luego accederás a dos grandes habitacio­nes. Allí están los alimentos y el dinero. Sólo toma un poco de cada plato, bebe un poco de cada cántaro coge de cada montón algunas mo­nedas de oro y, en cuanto hayas termina­do, vete, antes de que los ogros lleguen y te devoren.
Con estas recomendaciones, el hombre rico llevó consigo un zurrón grande y se marchó. Anduvo varios días y ya se estaba preguntando si habría tomado el buen camino cuando se vio frente a tres hombres que parecían esperar al borde de la carretera. Fue hacia ellos, los salu­dó y les pidió que les dijesen quiénes eran.
-¿Tú también? -dijo el anciano.
-El hombre que vísteis la primera vez es mi hermano.
-Entonces ya te ha dicho él quiénes somos.
-No.
-Pues bien, debes saber que el hombre de pie es tu destino y aquél, tendido a sus pies, el destino de tu hermano.
El viajero, aunque intrigado, reanudó la marcha satisfecho. Sabía que ahora ya no esta­ba muy lejos. En efecto, no tardó en llegar frente a la colina. Subió por el camino, se apostó junto al castillo y esperó. Un gran tumulto anunció al rato la salida de los ogros. Contó siete grandes que llevaban a siete pe­queños a horcajadas, esperó que desaparecie­sen del todo, se acercó al castillo y entró. Tras­puso siete puertas y llegó a la primera sala. Las fatigas y las privaciones del viaje le habían dado hambre. Se lanzó a comer de todos los platos para reponer fuerzas, se atiborró de cus­cus y de carne de perdiz, bebió de todos los cántaros, pero sobre todo tenía prisa por llegar al oro.
Cuando entró en la segunda sala, el espec­táculo lo deslumbró. Los pequeños montones relucían en la sombra. Primero se quedó atóni­to y luego, recobrando el sentido, se precipitó, abrió el zurrón y, febrilmente, se dedicó a lle­narlo lo más posible de monedas de oro. Las monedas se desparramaban por todas partes y él las perseguía por la habitación. Cuando hubo llenado el zurrón, intentó sostenerlo pero, a pesar de sus esfuerzos, no fue capaz. Quitó algunas monedas para aligerarlo pero al rato las volvía a poner, por miedo a no haber cogido suficientes. Abstraído como estaba en su tarea, se olvidó de la hora y, cuando oyó los primeros rumores de los ogros que volvían al castillo, ya era demasiado tarde. Se inquietó, miró hacia todos los lados en la sala para ver por dónde podría escapar o dónde podría es­conderse y, como no encontró lugar adecuado, bajó al sótano del castillo, donde los ogros arrojaban a sus muertos, y se tendió entre los cuerpos allí amontonados.
Los ogros entraron en seguida gruñendo, gritando, tropezando con todo lo que encon­traban a su paso. El hombre, espantado, oyó que uno de ellos decía:
-¡Hum! ¡Aquí huele a carne fresca!
Los demás furiosos, protestaban, a medida que descubrían los hurtos y el desorden en que había quedado su casa.
-Alguien ha entrado -dijo un ogro joven.
-¡Un hombre! -dijo otro.
-¡Tal vez aún está aquí!
Se lanzaron en seguida a buscar en todas las salas, movieron cielo y tierra, revisaron todos los alrededores, pero no encontraron nada.
Estaban a punto de renunciar cuando el más joven exclamó:
-Nos queda un sitio por ver.
-¿Cuál? -preguntaron todos los demás al mismo tiempo.
-El camposanto.
Cogieron un atizador, lo calentaron al rojo vivo y se dirigieron al sótano del castillo. A cada muerto que encontraba, el joven ogro le clavaba el atizador en el pie. El hierro, al hun­dirse en la carne, hacía el ruido del carbón cuando se apaga. Pero los muertos estaban bien muertos. Los ogros estaban a punto de renunciar cuando de golpe se oyó un aullido y, de entre los muertos, salió un hombre, un hombre vivo, que comenzó a revolcarse por el suelo y a retorcerse.
Los ogros se precipitaron sobre él. Iban a despedazarlo cuando él gritó para ahogar sus voces:
-¡Esperad! No me matéis todavía... no an­tes de que os haya contado mi historia.
Así lo hizo y concluyó:
-No me faltaba nada, pero siempre quería más. Fue la codicia la que me empujó hacia vuestro castillo. Y mi mujer, desde que vio todo el oro que os había robado mi hermano, no ha dejado de acosarme. Ya... Ahora podéis devorarme.
-¿Por dónde comenzaremos? -preguntó el mayor.
-Por la cabeza -dijo el hombre-, porque ella escuchó los consejos de mi mujer.
-Después de la cabeza, ¿qué comeremos?
-Los pies, pues ellos me trajeron hasta aquí.
-¿Después de los pies?
-El estómago, porque por su causa em­prendí esta expedición.
-¿Por dónde acabaremos?
-Por las manos, que no supieron poner fre­no a mi codicia.
Los ogros se echaron entonces sobre él, lo despedazaron y cada uno comió vorazmente una parte. Pronto sólo quedó del hombre una pierna, que el mayor les arrebató.
-Esta la guadaremos -dijo.
-Es ahora cuando está buena para comerla -gruñeron los demás.
-Sí, pero se puede hacer algo mejor que co­merla.
-¿Qué?
-Vamos a colgarla de la viga más alta de la sala del tesoro. Porque quien quiso robarnos no está solo. Antes de él, su hermano entró en el castillo a saquearlo. Cuando vea que éste no vuelve lo buscará y sin duda vendrá hasta aquí. Ya conoce los lugares. Verá la pierna y querrá llevarsela; nosotros seguiremos la huella de las gotas de sangre y éstas nos guiarán hasta su hermano, al que también comeremos.

En efecto, el padre de las siete muchachas es­taba inquieto porque no veía volver a su herma­no y ya hacía mucho tiempo que se había ido. Se dirigía diariamente a la casa de su cuñada para preguntarle si su marido había vuelto. Ella, en cambio, no mostraba ninguna inquietud.
-Mujer -le decía-, tu marido tarda en volver.
-El destino de todos los hombres es estar mucho tiempo ausentes.
-¿Y si corre algún peligro?
-Como todos los hombres.
-¿Y si ha muerto?
-Otros hombres han muerto antes que él. Anduviste corriendo caminos y trajiste celemi­nes de oro. ¿Por qué no podía ir a traerlos él también?
Esperó un tiempo más y decidió al fin ir al castillo de los ogros para ver qué había pasado con su hermano. Ahora conocía bien el cami­no. Así que se fue raudamente y llegó muy pronto al borde de la carretera donde estaban los tres hombres.
-Por favor -dijo después de haberlos salu­dado-, decidme quiénes sois.
-Ya es la tercera vez -dijo el anciano-, pero una vez más te responderé. ¿Ves a ese hombre de pie que va a trabajar? Es tu desti­no. ¿Y a éste echado junto a él? Es el destino de tu hermano.
Una sospecha estremecedora se insinuó en el corazón del viajero. Continuó, no obstante, su camino y pronto llegó al castillo. Esperó a que los ogros saliesen y entró. Abrió y cerró las siete puertas, llegó a la primera sala, comió un poco de cada plato, bebió un poco de cada cántaro, pasó a la segunda sala, cogió de cada montón de oro algunas monedas y las guardó en el faldón de su chilaba. Iba a salir a buscar por los alrededores del castillo cuando, alzan­do la cabeza, vio la pierna suspendida de la viga más alta. Sintió que se le helaba el cora­zón: los ogros habían devorado a su hermano, sólo habían dejado de él esa pierna, que reco­nocía, y que guardaban sin duda para comer­sela más tarde. La descolgó, la puso sobre el pequeño montón de monedas que había en su chilaba y se apresuró a salir.
Durante el camino de vuelta pensaba en la manera en que le anunciaría la noticia a su cu­ñada y a sus sobrinos, cuando se dejó oír una canción:

Si me das un poco,
cubro y recubro.
Y si no me das nada,
descubro y descubro.

La voz bajaba del cielo. El fugitivo alzó los ojos y sólo vio... un aguzanieves que volaba por encima de su cabeza y parecía seguir el mismo camino. Estaba intrigado por esas pala­bras, que no parecían salir de ninguna parte, y apuró el paso siguiendo un momento con los ojos al aguzanieves. De pronto la vio abrir el pico y le llegaron las mismas palabras. No ha­bía dudas: ¡era el ave la que las pronunciaba!
El hombre se sintió aliviado.
-¡Bien! -le dijo al aguzanieves-. Como ves, ahora no puedo dete-nerme: tengo prisa. Pero sígueme a mi casa y, en cuanto haya lle­gado, algo te daré.
Pero, ante su sorpresa, vio que el ave, en lugar de ir con él, desandaba camino para vol­ver hacia el castillo. La siguió con los ojos y la vio de vez en cuando bajar a la carretera, ara­ñar un poco la tierra y remontar vuelo: así lo hizo varias veces. El hombre estaba intrigado, pero no tenía tiempo de quedarse observando al ave para intentar comprender su actitud. Tal vez los ogros ya habían vuelto y, descubriendo que los había saqueado una vez más, se habían lanzado en su busca.
Tenía tanta prisa que no observaba las gotas de sangre que, mientras corría, caían regular­mente de la pierna de su hermano, y que le exponían al riesgo de que pudiesen seguir su rastro. Afortuna-damente, y aunque él lo igno­raba, el aguzanieves, en cuanto hubo recibido la promesa de tener su parte de botín, se puso a recubrir las manchas rojas con un poco de tierra. Por ese motivo había desandado camino y bajaba a la carretera de vez en cuando.
El hombre llegó pronto a su casa. Iba a en­trar cuando vio bajar del cielo al aguzanieves y posarse frente a él. No esperaba verla llegar tan pronto y se quedó un instante inmóvil. El pájaro, entonces, se puso a cantar la misma canción:

Si me das un poco,
cubro y recubro.
Si no me das nada,
descubro y descubro.

Pero el viajero había recobrado su ánimo y dijo:
-¡Vamos, fuera, vete de aquí! Ya ves que tengo otras cosas que hacer.
El ave echó a volar, cogió altura, siguió el mismo camino y el hombre la vio repetir la misma operación que había hecho antes. Pero estaba muy pre-ocupado como para prestarle atención. Si se hubiese tomado el tiempo de hacerlo, habría visto que el ave hacía esta vez justamente lo contrario de lo que había hecho antes: bajaba del cielo, apartaba un poco de tierra, remontaba el vuelo, aunque esta vez era para descubrir las manchas que antes había cu­bierto.
Pero el hombre no hizo caso. Entró precipi­tadamente en la casa de su hermano y arrojó la pierna en medio del patio:
-¿Empujaste a tu marido a que fuese a bus­carte celemines de oro? Esto es lo que queda de él -le dijo a su cuñada.
Ella se puso a llorar.
-No es éste el momento de lamentarse -le dijo él-. Tendrías que haberlo pensado mejor antes de enviarlo. Pero lo hecho, hecho está. Ahora hay que pensar en qué será de ti.
La mujer no paraba de llorar:
-No sé, no lo sé...
-Pues bien, te voy a proponer algo. Mi hermano ha muerto y yo hace tiempo que per­dí a mi mujer. Así que si tú quieres, me casaré contigo. Por otra parte, tú tienes siete hijos y yo siete hijas: podemos casar a unos con otros.
La mujer consideró que, en su desdicha, quedaba aún consuelo.
Los ogros, durante ese tiempo, habían vuel­to. Se dieron cuenta en seguida de que la pier­na había desaparecido y se pusieron a buscar en todo el castillo, para ver si por casualidad el ladrón se había escondido como el anterior, pero no encontraron nada. Registraron tam­bién el cementerio, pero esta vez, aunque clavaron el atizador en todos los cuerpos allí extendidos, ninguno reaccionó. Salieron a ins­peccionar los alrededores del castillo, pero en vano. Estaban a punto de volver cuando el más joven los llamó de lejos. Les mostró una man­cha de sangre en el suelo. Todos se pusieron a vociferar de alegría, buscaron en los parajes próximos, encontraron otras huellas rojas y las siguieron. Los condujeron justo enfrente de la casa de los dos hermanos, donde las manchas se detenían bruscamente. Les preguntaron a unos niños que jugaban a la puerta a quién pertenecía la casa y, en cuanto lo supieron, se disfrazaron de vendedores de aceite. Se pre­sentaron así en la plaza de la aldea, con sus medidas y sus odres.
-Bienvenidos, forasteros -les dijeron-. ¿Conocéis a alguien o sois huéspedes del pueblo?
-Somos vendedores de aceite -dijeron-, y estamos sólo de paso. Nos dijeron que hay alguien que podría alojarnos por la noche.
Dieron el nombre de aquel que les había ro­bado. Enviaron a un niño a buscarlo. Llegó, deseó la bienvenida a esos huéspedes que no esperaba y luego les pidió que esperasen allí mientras iba a prepararles la habitación donde dormirían esa noche.
Llegado a su casa, subió al camaranchón, donde guardaba las provisiones del año y tam­bién una parte de la paja con que alimentaba a sus animales. Trepó al tejado y, quitando algu­nas tejas, hizo un hueco en un sitio que resulta­ba difícil de ver. Sobre la paja echó un saco lleno de pólvora y luego volvió a la plaza. Les pidió a sus huéspedes que lo siguiesen a la casa, donde los hizo subir al camaranchón, que era alto y amplio. Se excusó por acogerlos en una habitación donde había tanta paja.
-Haremos con ella jergones -dijo el joven ogro.
-Mientras os instaláis, voy a avisar que nos preparen la cena.
Iba a salir pero se volvió:
-Hay algo que me precupa. Como sois ven­dedores de aceite, las personas malintenciona­das pueden creer que lleváis mucho dinero con vosotros. ¡Qué vergüenza me daría que os ocu­rriese algo en mi casa! Así pues esta noche, antes de dormir, no dejéis de atrancar todas las salidas. Esta puerta en especial sólo cierra por dentro. No olvidéis de echar el cerrojo, porque yo no tengo ningún medio de cerrarla por fuera.
Salió, volvió al rato con la comida de sus huéspedes y, cuando hubieron terminado, les recomendó de nuevo que cerrasen muy bien todo desde dentro. En cuanto estuvo fuera, oyó que los ogros hacían un jaleo espantoso y trajinaban junto a la puerta.
En el camaranchón, en medio de otras pro­visiones, se encontraban los odres llenos de aceite, que las mujeres usaban no sólo para co­cinar, sino también para untarse los cabellos y volverlos más flexibles y relucientes. Justa­mente una criada, que había estado ocupada todo el día, quiso aprovechar parte de la noche yendo a buscar aceite para su pelo. Abrió la puerta suavemente, tanteó en la oscuridad para encontrar los odres, dio con un bulto re­dondo y lo pinchó para ver si estaba blando.
-¿Que hay? -dijo una voz-. ¿Es hora de bajar a comerlos o todavía no?
La sirvienta estaba asustada pero, por si aca­so, dijo:
-Todavía no.
Bajó precipitadamente y, aún con miedo de ser regañada, fue a buscar a su amo y le refirió las extrañas palabras que acababa de oír.
El hombre, entonces, ya no tuvo dudas so­bre las intenciones de sus huéspedes. Cogió una gran llave, fue a cerrar por fuera la puerta del camaranchón pues, al contrario de lo que había dicho a los ogros, sólo desde el exterior funcionaba la cerradura. Luego reunió a su cu­ñada, a sus hijas, a sus sobrinos, dio a cada uno de ellos un tizón y les ordenó que lo arrojasen por el hueco que antes había hecho en el teja­do. La pólvora explotó en seguida. El fuego se extendió a la paja y pronto el camaranchón no fue más que una enorme hoguera, cuyas llamas agitaba el viento. Los ogros comenzaron a chi­llar. Se los oía correr en todos los sentidos, golpear contra la puerta, bramar, supli-car que les abriesen.
Cuando el fuego se consumió por sí solo, sólo quedaba del cama-ranchón una masa de cenizas, en medio de las paredes agrietadas y ennegrecidas. Todos los ogros habían perecido en el incendio, todos... salvo uno, el más pe­queño, al que descubrieron arrinconado en una zona que se había librado de las llamas. Los chicos iban a rematarlo cuando su tío in­tervino diciendo:
-¡Esperad! Es muy joven y además... está solo... No tenemos nada que temer de él... y vamos a dejarlo vivir con nosotros.
Lo salvó y, desde ese día, cogió gran afecto por él. Lo cuidó y alimentó. Todos los días ju­gaba con él y le enseñaba a vivir como un hom­bre. El joven ogro se restablecía y crecía a ojos vistas.
Un día en que lo llevaba a horcajadas sobre sus hombros y que disfrutaba escuchándolo parlotear, el hombre creyó oírle decir:
-Padre, qué rosadas y tiernas son tus orejas y cómo me gustaría crecer más rápido para co­merlas.
-¿Cómo? ¿Qué dices? -preguntó.
-Decía, padre, que cuando sea mayor tra­bajaré para ti y lo único que harás será comer y dormir, hasta que tus orejas se vuelvan rosadas y tiernas.
Un tiempo después, el hombre alzó de nue­vo al pequeño ogro sobre sus hombros y, de golpe, le oyó repetir las mismas palabras.
-¿Qué estás diciendo? -le preguntó.
-Decía que estoy impaciente por hacerme mayor, así trabajaré para ti y veré tus orejas tiernas y rosadas.
Pero esta vez el hombre estaba seguro de ha­ber oído bien.
-¿Así que no has olvidado las costumbres de tus padres, a pesar de haberte cuidado tanto?
Lo cogió y lo lanzó contra la pared. Así mu­rió el último ogro. En cuanto al hombre, des­posó a la viuda de su hermano, casó a sus siete hijas con sus siete sobrinos y desde ese día to­dos vivieron felices y ricos.

¡Machaho!

Fuente: Mouloud mammeri


109. anonimo (bereber)