Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 6 de agosto de 2012

La gallina sabia


Un día, una gallina estaba picoteando y escarbando bajo un ár­bol, fuera del pueblo, cuando se le acercó un chacal. Estaba muy hambriento y disfrutaba por anticipado del gusto que le daría comerse una sabrosa gallina. Pero ésta lo vio y voló a la copa del árbol.
-Buenos días, pequeña gallina -dijo el chacal, ¿has oído las últimas noticias?
-¿Qué noticias? -preguntó la gallina.
-¿Que qué noticias? La noticia más importante de todos los tiempos. Todos los animales han firmado la paz entre sí. Ahora los animales son amigos y nadie debe tenerle miedo al otro. Por ello, puedes bajar tranquilamente del árbol, que no te comeré.
Pero la gallina era sabia, sabía qué crédito debía dar a las pa­labras del chacal, y respondió:
-Estoy muy contenta porque ya no hay razón para tenerte miedo, pero desde aquí arriba se aprecia una vista maravillosa. Puedo ver todas las calles de mi pueblo.
-¿Y qué se puede ver de especial en tu pueblo? -le preguntó el chacal.
-Nada de especial, sólo un grupo de perros que corre en esta dirección.
En cuanto escuchó esto, el chacal se dio a la fuga.
-Pero ¿por qué te escapas? -le gritó la gallina. ¡Acabas de decirme que todos los animales han firmado la paz entre sí! ¡Los perros no te harán ningún daño!
-¿Piensas que no conozco a esos estúpidos perros del pue­blo? ¡Segura-mente aún no se han enterado de la noticia! -gritó el chacal y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

138. anonimo (tajikistan)

El tejedor y el monstruo


Había una vez, según dicen, un rey, y este rey tenía una hija muy hermosa. Un monstruo terrible, corpulento y fuerte como un gi­gante, se había obsesionado con la idea de casarse con la prince­sa. El rey envió a su ejército para combatir al monstruo, pero éste lo aniquiló matando a todos los soldados, del primero al úl­timo. Entonces el rey lanzó por todo el país una proclama:
«Quien logre vencer al monstruo, obtendrá la mano de mi hija».
Un tejedor escuchó la proclama. Las cosas le iban muy mal y lo que ganaba no le alcanzaba para vivir. Así pues, se dijo: «Esto no es vida y, si logro matar al monstruo, tendré por espo­sa a la hija del reg».
Se decidió, por tanto, y emprendió el camino. En el trayec­to encontró una cola de vaca.
«Voy a cogerla -se dijo-. Puede llegar a serme útil.»
Y así fue: la recogió y siguió su marcha. Poco después en­contró una pequeña tortuga.
« Voy a cogerla -se dijo-. Puede llegar a serme útil.»
Metió a la tortuga en el bolsillo y continuó su caminata. Final-mente llegó a la cima de un monte. En el valle que se ex­
tendía al pie de este monte, tenía su cabaña el terrible monstruo. -Sal de ahí, monstruo -gritó el tejedor.
-¿Quién me llama? -gruñó el malvado.
-¡Te estoy llamando yo! ¡He venido a matarte! -respondió el tejedor.
-¿Y tú quién eres?
Soy el tejedor.
Jamás, en toda su vida, el monstruo había oído hablar de un tejedor. Y la presencia de un ser desconocido le dio miedo.
-Dime, tejedor -preguntó el monstruo-, ¿eres muy fuerte?
-Sal de tu casa y lo verás.
Pero el monstruo no quería correr el riesgo de salir, y dijo:
-Arráncate un pelo y házmelo ver. Así podré hacerme una idea de tu fuerza.
El tejedor le arrojó al monstruo la cola de vaca que había encontrado al borde del camino.
El monstruo cogió la cola y la comparó con uno de sus pe­los. La cola de la vaca era cuatro veces más gruesa y dos veces más larga.
El tejedor, a su vez, dijo:
-Coge una de las pulgas que tienes encima y arrójamela.
El monstruo cogió una de sus pulgas y se la arrojó al teje­dor. La pulga era más gorda que un pájaro.
-Pero esto no es nada -rió el tejedor. Fíjate bien en qué raza de pulgas llevo qo encima.
Y le arrojó al monstruo la tortuga.
El monstruo se asustó aún más. Pero volvió a gritar:
-¡Muy bien! Ahora estornudemos y veamos cuál de noso­tros es más fuerte.
El monstruo no paró de estornudar hasta que las puertas de su cabaña se salieron de sus goznes.
-Pero esto no es nada -gritó el tejedor-. Ahora estornudaré yo, pero tápate los oídos si no quieres quedarte sordo.
El monstruo se tapó los oídos y el tejedor hizo rodar un enorme peñasco desde la cumbre del despeñadero hacia la caba­ña de su enemigo.
El peñasco hundió el tejado y capó justo sobre la cabeza del monstruo. El monstruo se agarró la cabeza y pensó para sus adentros: «No me enfrentaré a un tipo como éste, que tiene los pelos gruesos como la cola de una vaca, las pulgas gordas como tortugas y que, cuando estornuda, hace que caigan las rocas».
Tomada esta decisión, salió de su cabaña, trepó por los ce­rros de los alrededores y no volvió nunca más.
El tejedor se casó con la hija del rey y vivió feliz hasta el fin de sus días.

Fuente: Gianni Rodari

138. anonimo (tajikistan)

El asno que podía conquistar el mundo


Había una vez un hombre pobre que no tenía nada y a nadie en el mundo fuera de un viejo asno. Un día se fue con su asno a una tierra cugos habitantes no habían oído hablar nunca de asnos y, precisa-mente por ello, confiaba en poder vender el sugo a buen precio.
Después de mucho caminar, llegó finalmente a una ciudad que tenía una torre muy alta. La gente del lugar se quedaba con la boca abierta mirando al extraño animal que el hombre lleva­ba consigo.
-No es un animal como los demás -decía el hombre pobre. Es el asno, el conquistador del mundo.
El rey, al tomar conocimiento del hecho, mandó llamar al hombre:
-Véndeme el asno, el conquistador del mundo.
-Te lo venderé, pero debes darme a cambio su peso en oro -respondió el menesteroso.
El rey aceptó, le entregó el oro y el hombre se fue.
El rey hizo que llevasen el asno a sus establos y ordenó que le diesen de comer y beber. Al cabo de pocas semanas, el asno se puso gordo y redondo como una bola.
Un día el rey de una región vecina se dirigió con su ejército a la conquista de la ciudad de la alta torre. Sitiada la ciudad, se preparó para el ataque, pero la gente no se preocupaba en absoluto por el enemigo, convencida de que la salvaría el asno, el conquistador del mundo. Y, en efecto, en determinado momen­to hicieron salir al asno del establo y lo lanzaron contra el ene­migo, fuera de las puertas de la ciudad.
El asno, feliz de encontrarse de nuevo libre, se revolcó por el suelo, rebuznando de tal modo que dejó a todos aturdidos. Los enemigos, que jamás habían visto un asno, se quedaron aterrori­zados. De repente el asno reparó en los caballos del enemigo y, creyendo que se trataba de otros asnos dispuestos a pastar, salió trotando hacia ellos. Al verlo ir a su encuentro, los enemigos fueron presa del pánico, montaron en los caballos y se dieron a la fuga.
En la ciudad de la alta torre hubo gran regocijo. Llevaron al asno de nuevo al establo, lo alimentaron y le dieron de beber. Y se puso cada vez más gordo y, si ya no ha reventado, podéis es­tar seguros de que no ha parado de engordar.

138. anonimo (tajikistan)

Cómo la cigüeña curó al lobo


Una vez un lobo devoró a un cordero, pero se atragantó con un huesillo. Le hacía mucho daño y el lobo comenzó a lamentarse tanto que daba pena. El lobo fue a ver a un médico para que le sacase huesillo de la garganta. Pero el médico dijo:
-No hay nada que hacer: el huesillo se ha encajado de tal modo que no es posible quitarlo. Vas a morir...
El lobo se fue, quejándose aún más. Después se encontró con una cigüeña:
-¿Qué te ocurre, lobo, que te quejas tanto?
-Ay de mí, estoy al borde de la muerte. ¡Tengo un huesillo en la garganta y el médico no me lo puede quitar!
-Espera un poco -dijo la cigüeña-. Déjame echar un vistazo.
Y metió su largo pico, y después toda su cabeza, en la gar­ganta del lobo. Meneó el pico de aquí para allá y, al fin, logró extraer el hueso. El lobo respiró aliviado y se fue.
-Eh, tú, dime: ¿qué me darás a cambio? -gritó tras él la ci­güeña.
-¿A cambio? A cambio nunca en la vida me comeré a una ci­güeña -respondió el lobo.
Y así fue.

138. anonimo (tajikistan)