Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 5 de agosto de 2012

Quién es el más fuerte

El rey es fuerte y poderoso. Nadie escapa a su poder. ¿Tal vez el ladrón? No, porque el rey ordena que lo detengan y lo mete en la cárcel. El ladrón, sin embargo, es fuerte a su manera. Si roba un polluelo, con sólo dos dedos le retuerce el cuello.
El pollo también es bastante fuerte. Si ve una polilla, se la traga de un picotazo.
Pero la polilla, la pequeña polilla, se introduce en el trono del rey y comienza a carcomer la madera. Carcome, carcome, el trono vacila, se va haciendo polvo, y el rey se encuentra al final sentado en el suelo.
¿Quién es el más fuerte de todos? ¿El rey, el ladrón, el pollo o la polilla?

169. anonimo (vietnam)

Los monos y los tres cementerios

Un pescador fue a pescar al río y, de repente, un grupo de monos se agolpó a su alrededor.
-¿Qué cebo usas para pescar? -le preguntaron los monos.
-Tripa de mono -respondió bromeando el pescador.
Pero los monos se enfadaron mucho, se le echaron encima y lo molieron a palos. El pescador fingió que estaba muerto y los monos, viendo que ya no se movía, gritaron:
-Ha muerto. ¿A qué cementerio debemos llevarlo? ¿Al de oro, al de plata o al de los leprosos?
-Al de plata -dijo el mono más viejo.
Así pues, llevaron al pescador al cementerio de plata, lo me­tieron en una fosa de plata y se fueron.
Poco después, el pescador salió de la fosa, se llenó de plata todos los bolsillos, volvió al pueblo y, desde aquel día, vivió como un príncipe. Una vez, un vecino le preguntó qué había he­cho para enriquecerse. El pescador le contó todo y el vecino se fue enseguida al río a pescar. Y aparecieron de nuevo los monos.
-¿Qué cebo usas para pescar?
-Tripa de mono.
Los monos se enfadaron de nuevo, se le echaron encima y lo molieron a palos. El vecino fingió que estaba muerto y los mo­nos preguntaron:
-Se ha muerto. ¿A qué cementerio vamos a llevarlo? ¿Al de oro, al de plata o al de los leprosos?
-Al de los leprosos -dijo el mono más viejo.
-Ah, no, eso sí que no, llevadme al cementerio de oro -co­menzó a gritar el vecino. O por lo menos al de plata.
-Se ve que no le hemos dado bastante -se asombraron los monos y volvieron a golpearlo hasta que se murió de verdad.
Después lo enterraron en el cementerio de los leprosos.

169. anonimo (vietnam)

Las tres hachuelas

Había una vez un leñador muy pobre. Preparaba en el bosque los haces de leña que su mujer iba a vender a la ciudad. Así ganaban lo suficiente para no morirse de hambre. Un día en que el leñador volvía de su trabajo, la hachuela se le escapó de las manos y cayó en las torrentosas aguas de un río. El desdichado estuvo un rato en la orilla lamentándose sin saber qué hacer.
De repente, asomó en la superficie del río un viejo de barbas blancas, que le preguntó:
-¿Por qué te lamentas, hombre?
-Se me ha caído la hachuela en el río y sin ella estoy perdido.
-Quiero ayudarte. Soy el espíritu de este río y recuperaré tu hacha.
El viejo se sumergió en las aguas y reapareció poco después con una hachuela en la mano. Pero no era una hachuela común: era toda de oro.
-¿Es ésta tu hachuela?
-No, la mía era de hierro y tenía un mango de madera.
El viejo se sumergió de nuevo y volvió a la superficie poco después con una hachuela, toda de plata, en la mano.
-¿Es ésta tu hachuela?
-No -respondió el leñador, la mía era de hierro y tenía el mango de madera.
El viejo se sumergió por tercera vez y, cuando volvió a la superficie, empuñaba una hachuela de hierro con mango de madera.
-Ésa sí es mi hachuela -exclamó el leñador muy contento. Te lo agradezco de todo corazón.
-Eres un hombre honrado -dijo el espíritu del río, y para recompensarte te daré también la hachuela de oro y la de plata.
Y antes de que el leñador pudiese agradecérselo, ya había desaparecido en las aguas del río.
El leñador cogió las tres hachuelas y volvió a casa. Vendió la de oro y la de plata y obtuvo tanto dinero que su miseria se acabó para siempre.
Cuando su vecino se enteró de lo que había pasado, cogió también él una hachuela, fue hacia el río y la tiró al agua. Después se sentó en la orilla a esperar.
Al rato asomó en la superficie el espíritu del río y le preguntó:
-¿Qué estás haciendo aquí, hombre?
-Se me ha caído la hachuela en el río.
-Yo te ayudaré -dijo el viejo.
Se zambulló en el agua y, poco después, volvió a la superficie con una hachuela toda de oro en la mano.
-¿Es ésta tu hachuela?
-¡Sí, sí, gracias, es justamente ésa!
-¡Embustero! -gritó el viejo encolerizado, cogió al pobre infeliz y lo arrastró bajo el agua.
Nadie lo ha vuelto a ver.

169. anonimo (vietnam)

La pata de gallina

Había una vez un joven que se llamaba Tien y vivía en una choza de paja con su hermana, un perro y un gato. Tien trabajaba en el campo, su hermana se ocupaba de la casa, el gato cazaba ratones y el perro no hacía otra cosa que dormir en el umbral. Y así vivían: pobres pero contentos.
En una ocasión, a mediodía, Tien se sentó en la linde del campo para descansar un poco y comer un cuenco de arroz. Y mientras comía vio una fila de hormigas que se afanaban por transportar un ciervo volante muerto a su hormiguero. No escatimaban esfuerzos, pero no lograban en absoluto desplazar el cuerpo del insecto. Entonces, Tien lo cogió con dos dedos, lo colocó delante del hormiguero y las hormigas pudieron, finalmente, llevárselo a su casa.
Al anochecer, Tien volvió a su cabaña, se acostó en su jergón y se durmió. Ya se había olvidado por completo de las hormigas y del ciervo volante. Se despertó a medianoche, algo sobresaltado, y vio junto a su cama a un joven espléndidamente vestido que le hacía señas para que se levantase y lo siguiese. Fuera estaba lista una silla de manos toda de oro. Tien y el joven montaron en ella y los costaleros se pusieron en marcha.
-¿Quién eres tú y adónde me llevas?
-Soy el hijo del rey de las hormigas. Mi padre me ha pedido que te lleve ante él porque quiere recompensarte por tu ayuda.
-Pero eso no tiene ningún mérito.
-Para nosotros, en cambio, ha sido una ayuda muy importante. Para nosotros, un ciervo volante vale tanto como un elefante para ti.
Los costaleros llegaron en poco tiempo a una ciudad grande y hermosa y se detuvieron frente al espléndido palacio del rey de las hormigas. Habían preparado un grandioso banquete, los músicos tocaban sus instrumentos y una gran cantidad de invitados notables se habían reunido para rendir honores a Tien, quien los había ayudado a llevar el ciervo volante al hormiguero. Terminado el banquete, el rey de las hormigas en persona se acercó a Tien y le dijo:
-Querido Tien, dentro de poco nuestra ciudad se transformará de nuevo en un hormiguero y nosotros, en hormigas. Por ello, debes marcharte lo antes posible. Quiero agradecerte una vez más lo que has hecho por nosotros, pero no sé cómo compensarte. Las hormigas somos pobres, pero tal vez te agrade este pequeño regalo.
Dichas estas palabras, el rey le entregó a Tien un cestillo en el que había una pata de gallina envuelta en hojas.
Tien le dio las gracias y se marchó. Llegó a su casa cuando ya amanecía y la hermana le preguntó asombrada dónde había pasado la noche, pero no daba crédito en absoluto a sus palabras cuando él le contó lo que había ocurrido en la ciudad de las hormigas.
Entonces Tien dijo:
-Mira, éste es el regalo del rey de las hormigas.
Abrió el cestillo y se produjo el prodigio: las hojas que envolvían la pata de gallina se habían vuelto de oro. Sorprendida, la hermana de Tien dejó caer el arroz que llevaba en su delantal. Algunos granitos cayeron en el cestillo y, en cuanto tocaron la pata de gallina, también ellos se volvieron de oro. Ése era el poder mágico de la pata de gallina. Desde aquel día, todo cambió para Tien, su hermana, el gato y el perro. Muy pronto se convirtieron en los más ricos de la región y el rey le dio a Tien por esposa a su hija, la princesa. Pero ni Tien, ni su hermana, ni el perro ni el gato querían revelar cómo habían obtenido tantas riquezas. Pasado un tiempo, la mujer le preguntó a Tien:
-Dime: ¿cómo has hecho para volverte tan rico?
Tien no deseaba desvelar el secreto de la pata de gallina, pero finalmente decidió confiárselo a su mujer, rogándole que no se lo dijese a nadie. Y su mujer no se lo dijo a nadie excepto a su madre, la vieja reina, y ésta se lo dijo sólo a su marido, el viejo rey, y éste se lo dijo solamente a su primer ministro y éste a su mujer y ésta a su camarera y ésta al cocinero del rey, y el cocinero a su hermano y éste quién sabe a quién. Así ocurrió que, un buen día, la pata de gallina desapareció. Tien la buscó en vano y en vano la buscaron su hermana, el perro y el gato. Tien se sintió el más desdichado de los hombres, pero no le sirvió de nada.
Un día, el gato cazó un ratón y el ratón le dijo:
-Si me dejas libre, te diré dónde está escondido el cestillo con la pata de gallina.
El gato soltó al ratón y así llegó a saber que el hermano del cocinero del rey, que vivía en una pequeña casa al otro lado del río, había robado el cestillo con la pata de gallina.
El gato acudió al perro y le pidió que lo llevase al otro lado del río porque, como sabéis, los gatos no saben nadar. El perro llevó al gato al otro lado del río, a la pequeña casa del hermano del cocinero. El gato encontró el cestillo con la pata de gallina, lo cogió, montó sobre el lomo del perro ,y el perro se zambulló en el agua. Ya estaban casi en la otra orilla cuando el cestillo se abrió y la pata de gallina cayó al agua.
El gato y el perro, muy abatidos, se sentaron en la orilla frente al cestillo vacío. Algún pez debía de haberse comido ya la pata de gallina. De pronto, sin embargo, el gato aguzó la vista y le dijo al perro:
-Mira aquel cangrejo que está allí. ¿Qué tiene entre sus pinzas? ¿No es nuestra pata de gallina?
El perro se zambulló sin vacilar en el río, atrapó con sus dientes al cangrejo, le arrebató la pata de gallina y corrió a llevársela a Tien, mientras el gato lo seguía cargando el cestillo.
Imaginaos la alegría de Tien. Ya no sabía cómo recompensar al perro. Le llevaba los mejores manjares, lo hacía dormir en su habitación sobre cojines de seda y llamaba a los mejores músicos para que le tocasen las canciones más alegres. ¿Y el gato? El gato, nada. Naturalmente, montó en cólera: sin él, el perro por sí solo no habría podido recuperar nunca la pata de gallina de Tien.
Desde entonces, el motivo está claro, el gato se lleva mal con el perro y el perro con el gato.

169. anonimo (vietnam)

El pescador y la hermosa muchacha del retrato

Un joven pescador se quedó solo en el mundo cuando murió su madre. Nadie se ocupaba ya de él. Cuando volvía por la noche, cansado del trabajo, tenía que prepararse él mismo la cena, or­denar la habitación, lavar y remendar su ropa. A menudo sus­piraba pensando qué hermoso sería tener en casa a una mujer que se ocupase de él, pero era tan pobre que ninguna muchacha querría casarse con él. Dormía sobre una estera de junco y en la habitación, colgada de la pared, había una imagen de una mu­chacha muy hermosa.
Una noche ocurrió algo extraordinario. Al volver a casa, el pescador encontró la habitación limpia y ordenada y la cena lis­ta sobre la mesa. A la mañana siguiente, cuando se despertó, en la mesa lo esperaba el desayuno. Y lo mismo ocurrió también al día siguiente. Al tercer día, el joven salió de casa pero, en vez de ir a pescar, dio dos o tres vueltas alrededor de su humilde casa y volvió a entrar de improviso. En la habitación había una mu­chacha muy hermosa ocupándose de la limpieza. Él se acercó, la abrazó y le preguntó:
-¿Eres tú quien me prepara la cena y se ocupa de mí?
-Sí, soy yo -respondió la muchacha. Sentía compasión por ti porque te veía muy solo y abandonado.
-¿Te gustaría ser mi mujer?
-Eso no es posible -respondió la joven. Yo sólo soy la mu­chacha del retrato. Y, dicho esto, señaló la pared de donde col­gaba el marco vacío.
El pescador sacó el marco de la pared, lo metió en un baúl, lo cerró con llave y eligió un buen lugar para esconderla.
-Ahora ya no puedes volver al cuadro.
Así, la muchacha del retrato se convirtió en la mujer del pes­cador. Vivieron juntos muy felices, tuvieron un hijo, el hijo cre­ció y tuvo a su vez niños. El pescador se había vuelto un ancia­no. Pero su mujer no había envejecido ni un solo día. Seguía siendo la muchacha del retrato.
El pescador enfermó y murió. Su mujer lloró, abrazó su cuerpo p en ese momento vio que él llevaba la llave colgada con una cuerda al cuello. Cogió la llave, fue al dormitorio, abrió el baúl y encontró el viejo marco. Y cuando el hijo del pescador lle­gó con su mujer y sus hijos a visitar a sus padres, descubrió a su padre muerto y que su madre había desaparecido. Pero de una pared colgaba su retrato.

169. anonimo (vietnam)