Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 6 de agosto de 2012

La viejecita del mijo


Una vez, una vieja inquieta
sembró mijo en una maceta.
El mijo germinó
y casi hasta el cielo creció:
le llegaba hasta el hombro a la ardilla,
y al ratón, hasta la coronilla.
La viejecita, en su casucha,
gemía: -Estoy ya muy debilucha,
no tengo hoz ni tijeras:
¿qué haré con tamaña enredadera?
La oyó quejarse un vecino,
un amable campesino,
y le dijo: -Mujer, no seas tan dura
y no pierdas la cordura:
ya encontraré yo el remedio.
La vieja perdió un poco el miedo,
y quiso agradecer a su vecino
con un vaso de buen vino
y un plato de carne ahumada
con una rica ensalada.
Sacó un pollo gordo de la nevera,
subió al tejado en un santiamén
y lo colgó de la chimenea
para que se ahumase bien.
Pero de pronto resbaló,
por la campana se precipitó
y en la caldera se hundió.
Cuando llegó el invitado,
la vieja no pudo servir la cena:
era ella misma el guisado
con sal y una pizca... de cayena.

152 Anonimo (bulgaria)

La tejedora y el campesino


Hace mucho, mucho tiempo, una mujer se encontraba tejiendo un tapiz junto a la ventana. Movía la lanzadera de derecha a iz­quierda, después sujetaba el hilo con la boca y volvía a mover la lanzadera en el mismo sentido, una vez más de derecha a iz­quierda. Pasó un viejo, de quien nadie sabía de dónde venía. Te­nía una gran barba blanca. Se detuvo un momento a mirar a la tejedora y, al fin, le dijo:
-¿Por qué sujetas el hilo con la boca, en vez de pasar la lan­zadera una vez de derecha a izquierda y otra vez de izquierda a derecha?
La tejedora intentó hacer lo que le decía el viejo. La lanzadera iba hacia delante y hacia atrás y el trabajo resultaba más rápido.
El viejo siguió su camino q vio a un campesino que estaba arando. Araba un surco y, una vez en el extremo del campo, car­ga a cuestas el arado y volvía al principio, desde donde comen­zaba a arar un nuevo surco. El viejo se detuvo a mirarlo y, final­mente, le dijo:
-Oye, cuando estás en el extremo del campo, ¿por qué no ha­ces que el caballo gire y aras un nuevo surco mientras vuelves al principio?
El campesino intentó hacer lo que decía el viejo. Araba un surco al ir y otro surco al volver, y así el trabajo resultaba más rápido.
Al día siguiente, el viejo volvió a pasar por el mismo camino y vio, con satisfacción, cómo araba el campesino.
-¿Quién te ha enseñado a arar tan bien? -preguntó el viejo.
-¿Por qué me lo preguntas, si fuiste tú mismo, anoche, cuan­do pasaste por aquí?
El viejo sonrió y dijo:
-Estupendo. Y ahora te digo que un día trabajarás y todo el año de comer tendrás.
Después el viejo pasó bajo la ventana de la tejedora, se detu­vo un momento viendo con qué rapidez se movía la lanzadera y le preguntó:
-¿Quién te ha enseñado a tejer tan bien?
-Nadie, lo he aprendido sola -respondió la tejedora, sin mi­rarlo siquiera a la cara.
Al viejo se le ensombreció el rostro, meneó la cabeza y dijo:
-Entonces te digo que todo un año trabajarás y más de un ta­pete no tejerás.
Y se marchó.

152. anonimo (bulgaria)

El gandul y el pez mágico


Había una vez una mujer que tenía un hijo muy perezoso, que no quería hacer nada y no la ayudaba nunca.
-Si al menos cogieses el burro y fueses a buscarme leña al bosque... -le dijo un día su madre.
-Primero tráeme el burro si quieres que vaga a buscar leña al bosque -respondió el gandul.
Y la madre sacó el burro del establo. Pero aquel holgazán aún no estaba conforme:
-Ahora móntame en el burro, si quieres que vaga a buscar leña al bosque.
La madre lo montó en el burro g el muchacho se fue al bos­que. El sendero se extendía a la orilla del mar. Al gandul se le cayó de repente el hacha al suelo pero, como era demasiado pe­rezoso para apearse del burro a recogerla, se detuvo a pensar qué podía hacer. A unos pasos de allí pacía en la playa un pez que, por más esfuerzos que hiciese, no lograba volver a sumer­girse en el agua. Viendo al gandul montado en el burro le dijo:
-Muchacho, ¿serías tan amable de echarme de nuevo al mar?
-Claro -respondió el gandul-, pero antes recógeme el hacha que se me ha caído.
El pez cogió el hacha con la boca, se irguió apoyándose en la cola y se la entregó al gandul.
-Gracias -repuso éste-, ahora te echaré al mar. Pero ¿cómo me pagarás mi favor?
-Te revelaré tres palabras mágicas. Pronunciando estas palabras conseguirás lo que quieras. Ellas son: ¡madera, gruta y mar!
El gandul cogió entonces el pez, lo echó al mar, y el anima­lito se alejó deprisa nadando. El muchacho volvió sobre sus pa­sos y, cuando llegó al bosque, se dijo:
-¿Por qué voy a deslomarme cortando leña si conozco tres pala-bras mágicas? «¡Madera, gruta y mar!»: ¡quiero tres haces de leña!
Apenas acababa de pronunciar la última palabra cuando apare-cieron en el lomo del burro tres magníficos haces de leña. Pero incluso el simple esfuerzo de hablar lo había agotado terri­blemente, por lo que deseó encontrarse ante una gran mesa re­pleta de apetito-sos manjares.
Dijo, pues: «¡Madera, gruta y mar! » y la mesa estuvo servi­da. Después de comer hasta saciarse, volvió a su casa en burro.
En el camino, pasó frente al palacio del rey justo en el mo­mento en que su hija, la princesa, se asomaba a la ventana. Era bella como un pimpollo de rosa, y el gandul acabó locamente enamorado de ella.
-«¡Madera, gruta y mar!»: ¡quiero que a la hija del rey le salgan cuernos! -dijo. En cuanto pronunció las palabras mági­cas, a la hija del rey le salieron unos cuernos tan largos que ya no podía retirar la cabeza de la ventana y hubo que romper el dintel. El gandul regresó a su casa riendo.
El rey estaba fuera de sí por lo de los cuernos: convocó a médicos de todo el mundo para que buscasen remedio, pero todo fue en vano. Los pretendientes, a quienes antes los guardias apenas logra-ban mantener aleja­dos de las verjas, dejaron de presentarse en palacio. ¿Quién iba a casarse con una mujer con cuernos por más sangre real que tuviese?
Así, cuando el gandul se presentó en la corte montado en su burro para pedir la mano de la princesa, el rey se sintió muy feliz conce­diéndosela. Celebradas las nupcias sin pompa algu­na, embarcó a los flamantes esposos en una nave y les aconsejó que se fuesen lejos, a una tierra remota.
La princesa lloraba desesperada, pero el gandul dijo, rien­do: «¡Madera, gruta y mar!» y, como por encanto, desaparecie­ron los cuernos.
Apareció después, en medio del mar, una isla hermosísima, y en la isla había un palacio todo de plata con cúpulas de oro. Los esposos desembarcaron en la isla, donde fueron recibidos con alegría por siervos y cortesanos, soldados y músicos, y to­dos exclamaban:

¡Gloria, gloria, gloria!
Aquí se acaba la historia.
Si otro cuento queréis,
volved la página
y lo encontraréis.

Fuente: Gianni Rodari

152 Anonimo (bulgaria)