Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 5 de agosto de 2012

Por qué las ranas croan

En un estanque, cerca de la aldea, vivían muchas ranas. Se lo pa­saban bastante bien, pero un día se desató en la aldea un incen­dio. Los tejados de las casas, que eran de paja, se quemaron en un instante y se alzaron hasta el cielo negras columnas de humo.
Ante semejante espectáculo, una de las ranas se zambulló en el agua y exclamó:
-¡Ah, pobres de nosotras, pobres de nosotras, qué tragedia!
Su vecina se asustó:
-¡Cielos! ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué te lamentas tanto?
-Pero ¿no lo ves acaso? La aldea está ardiendo.
-Pero nosotras estamos a salvo en medio del estanque.
-Por el momento sí, pero no por mucho tiempo -suspiró la primera rana. Dentro de poco vendrá la gente con cubos y cán­taros a coger agua. Y al coger agua nos cogerán también a noso­tras. Después echarán agua para apagar el fuego y caeremos también nosotras en el fuego. Al caer en el fuego, nos quemare­mos, y todo habrá acabado. Y saldremos en los periódicos, en las crónicas y en las necrológicas. ¿Te parece poca tragedia?
-Pero ¿estás segura de que saldrán cro, cro, cro, cro? -pre­guntó la vecina.
Y, en todo el estanque, las demás ranas le hicieron coro:
-¿Estás realmente segura de que saldrán cro, cro, cro, cro...?
-¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?
-Ha dicho que saldrán cro, cro, cro, cro, cro, cro.
-Cro, cro, cro, cro, cro.
Y, desde aquel día, en todos los estanques del mundo, las ra­nas siguen diciendo cro, cro. Aunque no haga incendio ni apa­rezcan en las cro cro crónicas ni en las necro cro crológicas.

170. anonimo (etiopia)

El leopardo, el elefante y las cabras

Una vez, una cría de leopardo se perdió en la estepa, y un elefante, sin querer, lo aplastó con sus patas enormes. Poco después, encontraron a la cría muerta y llevaron la noticia a su padre.
-Tu pequeño ha muerto -le dijeron al viejo leopardo, lo hemos encontrado entre la hierba, en el valle.
El viejo leopardo rugió de dolor y de cólera:
-¿Quién lo ha matado? Decidme quién lo ha matado, para que pueda vengarme.
-Ha sido el elefante.
-¿El elefante?
-Sí, el elefante.
El viejo leopardo se quedó pensativo y, al cabo de un rato, dijo:
-No, no ha sido el elefante. ¡Sin duda han sido las cabras! ¡Sí, las cabras! Ya veréis cómo me vengaré.
Y el viejo leopardo, inflamado por la cólera, se dirigió a la colina donde pastaban las cabras y despachurró a todo el rebaño.

170. anonimo (etiopia)

El asno pecador

Un día, el león, el leopardo, la hiena y el asno se encontraron y comenzaron a lamentarse por los malos tiempos que estaban vi­viendo. Hacía meses que no llovía y ni los hombres ni los ani­males encontraban ya nada de comer.
-¿De quién será la culpa? -se preguntaban.
-Tal vez alguno de nosotros ha cometido un terrible pecado y por eso ya no llueve.
-Ya, seguro que es por eso.
-El pecador deberá confesar, así podremos castigarlo. Y de ese modo, tal vez, volverá a llover.
Los animales se pusieron de acuerdo en que así debía hacer­se y el primero en confesarse fue el león.
-Pobre de mí, soy culpable de una muy mala acción. No hace mucho tiempo, descubrí un ternero cerca del pueblo: me abalancé sobre él y me lo comí.
Los otros miraron al león, observaron sus patas temibles y sus robustas garras y, finalmente, sacudieron la cabeza:
-No, no, ése no es un pecado grave.
El leopardo fue el segundo en hablar:
-Yo sí soy culpable de una mala acción. No hace mucho tiempo, en el valle, me encontré con una cabra que se había per­dido, la hice pedazos y me la comí.
Los otros animales miraron al leopardo, observaron sus miembros ágiles y fuertes, sacudieron la cabeza y dijeron:
-No, no, ése no es un pecado grave.
La tercera en hablar fue la hiena:
-Yo sí que soy culpable de una mala acción. No hace mucho tiempo robé una gallina y me la comí.
Los animales sacudieron la cabeza:
-No, tampoco ése es un pecado grave.
Por último, habló el asno:
-No sé si realmente se trata de una mala acción: lo cierto es que el otro día, mientras mi amo charlaba con un amigo, arran­qué un manojo de hierbas del borde de la carretera.
Los animales lo miraron en silencio un momento y después sacudieron tristemente la cabeza:
-Ése sí que es un pecado tremendo. Tú eres, pues, el culpa­ble de todos nuestros males.
Se echaron sobre él y se lo comieron.

170. anonimo (etiopia)