Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 6 de agosto de 2012

El pan y la sal

Había una vez un rey que tenía tres hijas; dos eran altivas y soberbias, la tercera era dulce y buena. El rey era muy viejo y decidió repartir entre sus hijas la herencia antes de su muerte. Por ello las mandó llamar y les dijo:
-Queridas hijas, quiero repartir el reino entre vosotras, pero primero me gustaría saber cuánto me queréis.
-Yo te quiero como a un sol -respondió altivamente la primera.
El rey se quedó complacido con esta respuesta y le regaló a su primera hija una tercera parte del reino.
-Yo te quiero tanto como a mi propia vida -dijo la segunda hija.
El rey se alegró también por esta respuesta y le regaló a su segunda hija otra tercera parte del reino.
Le tocaba ahora hablar a la muchacha más joven. Ella dijo simplemente:
-Te quiero como al pan y la sal.
El rey montó en cólera ante semejante respuesta.
-¿Cómo es eso? ¿Me quieres tan poco que me comparas con cosas tan vulgares como el pan y la sal? Vete, ya no eres mi hija. Ordenó a sus criados que soltasen los perros, y la joven huyó y se refugió en el bosque.
Durante tres días y tres noches, la pobre princesa erró por la selva, alimentándose de raíces y moras silvestres y durmiendo en la copa de los árboles.
Una mañana, al amanecer, la despertó un terrible estruendo. A los pies del árbol en el que estaba durmiendo, ladraba y se agitaba una jauría de perros de caza. Y con ellos estaba su amo, el joven príncipe del reino vecino.
El príncipe alzó los ojos hacia el follaje pya estaba a punto de disparar una flecha, cuando de pronto bajó el arco. Había visto, entre las hojas, el rostro de una joven bellísima.
-¿Quién eres tú y qué haces ahí arriba? -le preguntó, maravillado, el príncipe.
La pobre princesa le respondió:
-Soy la princesa del reino que limita con el tuyo, pero mi padre me echó de casa y tuve que refugiarme en el bosque.
Y le contó al bello cazador lo que le había respondido a su padre, el rey, y lo que había ocurrido después.
El príncipe se quedó encantando con la muchacha. La ayudó a bajar del árbol, la hizo montar en su caballo y la llevó a su palacio, donde hizo preparar enseguida una espléndida fiesta de bodas.
Invitaron a la boda a todos los reyes de los reinos vecinos, entre ellos el padre de la flamante esposa. Pero el viejó rey no fue. Alguien contó que sus hijas lo habían despojado también de la tercera parte del reino, que él había reservado para sí mismo, y ahora reinaban solas.
El viejo rey se vio obligado a vagar pidiendo limosna y nadie sabía dónde se encontraba.
La joven esposa comenzó a llorar e, inmediatamente después de la boda, dio la orden de que llevasen a su presencia a todos los mendigos que llamasen a la puerta del castillo.
Una noche, llamó un viejo de cabellos blancos, cubierto de harapos.
Como a los otros mendigos, también a él lo llevaron ante la joven reina. Ella lo reconoció a primera vista: era su padre. Pero la reina contuvo las lágrimas. Hizo sentar a la mesa al viejo y le sirvió pan y sal con sus propias manos.
El viejo dijo:
-Te agradezco, noble señora, este pan y esta sal. Son las cosas más preciosas de la tierra, como he podido aprender en carne propia.
-Tienes razón -respondió la joven reina, pero cuando le dije eso a mi padre, él montó en cólera, ordenó a sus criados que soltasen los perros y tuve que refugiarme en el bosque.
Sólo entonces el viejo rey reconoció a su hija y, echándose a llorar, se arrojó a sus pies. Pero la joven hizo que se incorporase, lo abrazó y le pidió que se quedase a vivir en el palacio.
¿Qué sucedió, mientras tanto, con las dos hijas mayores? Tan codiciosas eran que no les bastaba ya con la parte del reino recibida en herencia de su padre: disputaban entre sí. Estalló entre ellas una guerra, en la que murieron las dos. De tal modo, el reino le tocó por derecho propio a la hija más joven y a su esposo, que reinaron juntos, con justicia, hasta su muerte.

132. anonimo (suecia)

El alcalde y el diablo

Una vez, el alcalde de un pueblo se fue al mercado de una ciudad vecina y, a mitad de camino, se encontró con el diablo.
-¿Puedo viajar con usted? -preguntó el diablo.
-Sube, amigo diablo -respondió el alcalde.
Poco después, encontraron a un viejo que intentaba atrapar en el camino a un cerdo.
-Que el demonio te lleve, maldito cerdo -gritaba el viejo.
-Muévete, ve a coger tu jamón -le dijo el alcalde al diablo.
-¿Y por qué? -respondió el diablo meneando la cabeza. Ese viejo hablaba por hablar.
Siguieron avanzando y, en un tramo del camino, pasó por delante un chico y estuvieron a punto de atropellarlo. Su madre lo apartó justo a tiempo y se lo llevó a rastras mientras gritaba:
-¡Que el demonio te lleve, por travieso!
-¿Por qué no te llevas a ese chico, si su madre te lo ofrece? -observó el alcalde para estimular al diablo.
-¿Y por qué? Su madre hablaba por hablar -le respondió.
Avanzaron un poco más y se encontraron con una vieja, a la que el alcalde, en una ocasión, le había exigido su cabra porque la había sorprendido pastando en el prado del pueblo.
Cuando la mujer lo vio, se dirigió a él gritando:
-¡Que el demonio te lleve, alcalde, por pasarte la vida enga­ñando a los pobres!
-En este caso, la vieja no ha hablado por hablar -le dijo el diablo al alcalde. Lo cogió por el cuello y se lo llevó al infierno.

Fuente: Gianni Rodari

132. anonimo (suecia)

domingo, 8 de julio de 2012

Las flores de la estrella de la vida

Un día que el Príncipe de la Luna y la Princesa del Sol fueron a visitar a la Estrella de la Vida, la Dama Blanca, guardiana de las almas de los nenes no nacidos aún, les dió un ramo de flores de la Estrella. Eran preciosas flores de color plateado, con forma de estrella. Cuando los niños regresaron a sus palacios, no advirtieron que tres flores se habían desprendido del ramo, perdiéndose en el espacio.
Las tres bellas flores cayeron en la Tierra y echaron raíces. Sólo abrían sus pétalos en noches de luna, y entonces, ¡oh maravilla!, brillaban como si fueran rayos de plata. Las demás flores, que las tenían por orgullosas, les decían continuamente:
-Orgullosas princesas de plata, ¿acaso teméis que los rayos del Sol marchiten vuestros delicados pétalos, o es que vuestros ojos solamente miran a las estrellas?
Y ellas respondían:
-No somos orgullosas; si nos escondemos durante el día es porque el Sol cegaría nuestros ojos y no podríamos ver a nuestras hermanas, que habitan en las estrellas.
Las flores, al oír esta respuesta, se reían burlonamente de las presumidas, que creían tener hermanas en las estrellas.
En el mismo bosque había una casita habitada por una viuda y su hijita. La niña estaba gravemente enferma; cada día estaba más pálida y su fin parecía próximo. La pobre madre hacía cuanto podía para que su hijita no se diera cuenta de que la terrible enfermedad se estaba apoderando de ella.
Una noche que fué al pueblo en busca de una medicina, vió las tres flores de la Estrella de la Vida, que brillaban en la oscuridad, y pensando en la alegría que daría a su hijita, las cogió y se las llevó a su casa.
-¡Mira, hija mía, qué flores más bellas he encontrado en el bosque! Cualquiera diría que son rayos de Luna.
La pequeña abrió los ojos y miró las flores.
-¡Oh madre, qué hermosas son para la corona de un Hada! -dijo con una débil vocecilla.
-Tómalas, hija; para ti las he cogido.
La niña cogió con sus manos febriles las hermosas flores y volvió a cerrar los ojos.
A medianoche, la niña se despertó de repente y se encontró como nunca había estado; la fiebre había desaparecido por completo y sus ojos y oídos percibían el menor movimiento y ruido. Un rayo de luna se filtró por la ventana y fué a posarse sobre las bellas flores que tenía en su lecho. Las flores, que parecían marchitas por el calor del cuerpo de la niña, se revivificaron inmediatamente y sus pétalos lanzaron un brillo singular. Un murmullo, débil primero, y luego más fuerte, hasta convertirse en palabras bien claras, salía de las flores.
Y la niñita, entusiasmada de cuanto veía y oía, escuchó sin respirar apenas.
Las flores contaron cosas maravillosas del País de los Cuentos. "Allí no existe la enfermedad -decían-. Allí todos son eternamente jóvenes y felices. ¡Qué maravilloso es el País de los Cuentos, rodeado de una alta muralla de cristal transparente! Los niños, cuando llega su alma allí, cambian su trajecito por uno ricamente bordado en oro y piedras preciosas, y sus cabecitas lucen lindas coronas de oro. En el País de los Cuentos no hay ricos ni pobres; todos son Príncipes y Princesas. Todo lo que se puede desear se encuentra allí. Los juguetes tienen vida. Hay caballos de cartón que saltan y corren; muñecas que hablan, andan y se peinan; trenes que pitan aguda-mente y echan humo por su pequeña chimenea. Los árboles, las flores y hasta las piedras saben contar cuentos y leyendas como jamás se han contado en la Tierra. Hadas y Sílfides juegan con los niños y les dejan subir en sus carros dorados, tirados por pájaros y mariposas, y los llevan a visitar las otras estrellas."
La niña, al oír aquella conversación, sintió unas ganas terribles de ir a visitar el maravilloso País de los Cuentos.
-¡Oh, hermosas flores plateadas! Si es verdad todo eso, decidme, por lo que más queráis, cómo se puede ir a ese maravilloso país.
Las flores se miraron, cambiaron entre sí una sonrisa y dijeron:
-Tu deseo se cumplirá. El Ángel guardián de la Estrella de los Cuentos vendrá a buscarte; ten paciencia, que al salir el Sol te hallarás en tan deseado país.
La niña, satisfecha, besó las tres flores y sintió que un sueño profundo la invadía.
-¡No nos sueltes! -gritaron las flores. ¡Queremos ir contigo a la estrella maravillosa!
Y la niña, inconscientemente, apretó con fuerza los tallos de las flores de plata.
A la mañana siguiente, cuando la viuda despertó y fué a ver a su hijita, encontró a ésta durmiendo dulcemente, con una suave sonrisa en los labios. Las flores que tenía sujetas entre sus manitas lanzaban un resplandor extraordinario. Se acercó a la camita, besó las mejillas de la niña y, horrorizada, vió que estaba muerta.
Pero si la buena madre hubiese mirado al firmamento, habría visto un hermoso ángel que llevaba en brazos el alma de una niña hacia el maravilloso País de los Cuentos, y se hubiera sentido feliz.

132. Anonimo (suecia)


La niña que quiso ser hada

Era una vez un Hada que vivía con los hombres bajo la figura de una pobre viejecita. La Reina de las Hadas la había enviado a la Tierra hacía más de cien años, ordenándole que hiciera todo el bien que pudiese.
Y así, año tras año, el Hada pasaba el tiempo en ayudar a los hombres, pero raras veces encontró gratitud por sus desvelos. Ya empezaba a estar cansada de aquella vida. Una noche cogió un silbato que llevaba siempre consigo y sopló. Aparecieron dos pavos reales blancos tirando de una linda carroza de blancas plumas. Entonces el Hada transformóse en una bella joven de dorados cabellos, y sus viejos vestidos cambiáronse por suaves sedas y gasas. Se acomodó en la carroza y ordenó a los pavos reales que la condujeran al País de las Hadas.
Y volaron, volaron hasta una estrella muy lejana, habitada por las Hadas. Los pavos aterrizaron ante un palacio fantástico, construído solamente de perlas y nácar. Era el palacio de la Reina de las Hadas. Entró en el palacio el Hada y se dirigió al salón del trono.
Allí, sentada en un trono de pétalos de rosa, estaba la Reina, rodeada de su corte de honor.
Extrañóse la Reina de ver al Hada que ella creía entre los hombres y, poniendo cara seria, le dijo:
-¿Cómo es que has dejado tu sitio entre los humanos?
Y ella, arrodillándose, besó el borde del vestido de su Reina y respondió:
-¡Oh, hermosa e indulgente Reina mía! ¿No podrías hacerme relevar de mi misión en la Tierra? Hace más de cien años que estoy con los hombres.
La Reina llamó a todas las Hadas que había en el palacio y, cuando estuvieron todas reunidas, les dijo:
-¿Hay alguna de vosotras que quiera ir a vivir con los hombres?
Todas bajaron la cabeza y no contestaron.
Entonces la Reina dijo, dirigiéndose al Hada:
-Ya ves que ninguna quiere ocupar tu puesto. Debes volver a la Tierra.
El Hada miró el magnífico salón, que brillaba como el Sol; a la Reina, con su precioso traje tejido con luz de estrellas, y a las otras Hadas, todas bellas y ricamente vestidas. Comparó tanta magnificencia con su vida sin alegrías, con los vestidos viejos y feos que le esperaban al volver a la Tierra, y emprendió el vuelo hacia el planeta terrestre.
Cuando llegaron, ya era de día, y el Hada ordenó a los pavos reales que parasen en una pradera que había cerca de su choza. El Hada no se fijó en que, en la pradera, estaba jugando una niña. Ésta no salía de su asombro, pues nunca había visto una dama tan bella ni una carroza tan blanca tirada por pavos reales, y, sin darse cuenta, dijo en voz alta:
-¡No puede ser más que un Hada!
Entonces, el Hada vió a la niña y le dijo con voz muy dulce:
-¡Oh, pequeña! ¿Nunca habías visto un Hada?
Y la niña respondió:
-¡Oh, no, nunca! ¡Jamás pude imaginarme que fueran tan bellas! ¡Qué felices deben de ser las Hadas!
Al oír las exclamaciones de la niña, el Hada dijo con amargura:
-No tan felices como crees. No todo son rosas en nuestro camino.
-Si yo fuera Hada, me sentiría muy feliz -respondió la niña.
Entonces el Hada tuvo una idea, y dijo:
-Puedes serlo si quieres. ¿Ves este anillo? 
-Y al decir esto mostró a la niña una sortija que llevaba en la mano derecha. Si das una vuelta al anillo y dices en voz alta lo que deseas, en el acto lo verás realizado.
-¿No podrías prestarme el anillo? -dijo la niña.
-Sí, te lo dejaré por espacio de un año; siempre que me prometas hacer buen uso de él.
Y la niña se lo prometió.
El Hada le entregó el anillo, diciéndole:
-Para poder realizar mejor tus deseos, te convertiré en viejecita.
Apenas acabó de decir estas palabras, la niña vió arrugarse su piel, se sintió cansada y su vestido blanco volvióse largo y oscuro.
Miró al Hada para expresarle su sorpresa, pero había desaparecido.
La niña miró el anillo y pensó:
-Bueno, ahora soy un Hada. ¿Qué puedo desear?
Una maliciosa carcajada fué la contestación. Alguien se burlaba de ella. Miró en torno, pero no vió a nadie; acordóse del anillo y, dándole una vuelta, dijo:
-Me gustaría ver a quien se ríe así.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, vió salir del bosque a una joven muy guapa, con traje verde y una corona de hojas en la cabeza.
-¿Qué quieres de mí? -preguntó arrogante y maliciosamente, y fué acercán-dose con las manos a la espalda. Eres vieja y fea -continuó burlonamente; en cambio, yo soy joven y bonita.
La niña dió vuelta al anillo y deseó ser como antes de que la transformara el Hada. Y en el acto volvió a serlo.
-¡Ah! ¿Conque sabes transformarte? -dijo la Doncella del Bosque, acercán-dose más, pero siempre cuidadosa de no enseñar la espalda. Se sentó en un tronco frente a la niña y empezó a silbar.
Infinidad de pájaros de todas clases acudieron del bosque y se posaron en torno de ella.
-Mi pequeño pájaro: ¿cómo es que aún no estás aquí? 
-Y volvió a silbar la Doncella del Bosque.
Un pajarito rojo, que brillaba a la luz del Sol como un rubí, fué a posarse en la mano de la joven y empezó a cantar.
Cantó tan bonitas canciones, que a la niña se le llenaron los ojos de lágrimas.
-¿Quieres el pajarito? -dijo la Doncella del Bosque.
-Sí, me gustaría mucho -contestó la niña.
-Cierra los ojos y abre la mano.
La niña cerró los ojos. Entonces, la Doncella del Bosque se abalanzó sobre ella y le quitó el anillo.
-Pequeña tonta -le dijo, ahora estás en mi poder. 
-Soltó una horrible carcajada y empezó a bailar desenfrenadamente. Ya no se preocupaba de esconder la espalda. Y con espanto vió la niña que la Doncella del Bosque no tenía espalda: era completamente hueca.
La niña comprendió que estaba en poder del Espíritu malo del Bosque y lloró amargamente.
-¡Termina de llorar, pequeña tonta! -le reconvino la otra. Puedes quedarte conmigo y serás mi camarera; ya verás lo que nos divertiremos. Ven, coge este peine y péiname bien.
Le dió un peine de oro y se soltó el cabello.
La niña, temblorosa, empezó a peinarla.
-¡Qué torpe eres! -dijo el Espíritu, y pegó a la niña. Ven, ahora vamos a columpiarnos.
Y echó a correr bosque adentro, trepando por los árboles como un gato salvaje. Saltaba de rama en rama, balanceándose con una agilidad nunca vista.
-Ven tú también a columpiarte.
Pero a la niña le pareció demasiado peligroso el juego y no quiso ir.
-¡Eres una verdadera tonta! -dijo con disgusto el Espíritu malo. Ahora iremos a hacer rabiar a los enanos.
Ágil como un pájaro, corría por entre los árboles. A la pobre niña le era imposible seguirla. Entonces, la Doncella del Bosque, colérica ante la torpeza de la niña, le pegó tan duramente que la hizo llorar.
-Te pego porque quieres huir de mí -le dijo con rabia. Estaba tan enfadada que sus ojos se volvieron rojos. Tengo una idea. ¡Ajajá! Ya no volverás a huir de mí.
El Espíritu silbó y apareció una serpiente; la cogió y, enro. llándola al cuello de la niña, dijo:
-La primera vez que me desobedezcas o intentes huir, la serpiente te ahogará. 
-Y echó a correr.
La pobre niña no tuvo más remedio que correr con todas sus fuerzas, si no quería morir estrangulada. Tropezando en las raíces de los árboles y en los negros pedruscos, con las rodillas ensangrentadas, jadeante, pudo llegar a una alta cima. La Doncella del Bosque la esperaba sentada en una roca.
Al otro lado del montecito se divisaba un arroyuelo de claras aguas. Las orillas estaban pobladas de multitud de florecillas de vistosos colores. Bañándose en las frescas aguas había una ninfa que, al divisar a la niña, la saludó afectuosamente con la mano.
-Vas a ver algo más bonito que eso -dijo de repente el Espíritu malo del Bosque, y lanzó una carcajada. Vamos a saludar a los enanos de la montaña. Date prisa -dijo cogiendo a la niña de la mano.
Y la condujo ante una roca que tapaba la entrada de una caverna.
-Yo nunca había podido entrar en la morada de los enanos de la montaña, pero ahora, con ayuda del anillo, nos será fácil. Deseo que nos volvamos hormigas -dijo dando vuelta al anillo.
Y, transformadas en pequeñas hormigas, se metieron por una hendidura de la roca. De momento no pudieron ver nada, pues la oscuridad era muy intensa; pero cuando sus ojos se acostumbraron a ella, divisaron unos pequeños puntos luminosos que se movían, y se dirigieron hacia ellos.
A medida que avanzaban, los puntos luminosos tomaban forma, hasta convertirse en pequeños enanos con una potente linterna sobre sus cabezas. Ellos no se fijaron en las insignificantes hormigas, por lo cual éstas pudieron ir hasta la cámara del tesoro sin ser molestadas. Allí había inmensos montones de oro, plata y piedras preciosas. El Espíritu se cansó de ver tantas riquezas, por lo que dijo en voz baja a la niña:
-Vamos a ver al Rey de las Montañas.
Y se dirigieron, por un estrecho pasadizo, a una sala muy ilumina-da, donde estaba prisionero el Rey de las Montañas, atado con gruesas cadenas a las rocas.
-Le han hecho prisionero los enanos porque no les dejaba robar sus tesoros -dijo la Doncella del Bosque dando vuelta al anillo, que sujetaba entre sus patas. Y volvieron a tomar la forma corriente.
-Te aburres mucho, viejo -dijo el Espíritu malo tirando de la barba al Rey de las Montañas.
El anciano Rey no se dignó mirarla; sus ojos se posaron en la niña. Ésta tuvo mucha compasión de él y dijo al Espíritu del Bosque:
-¿No podríamos libertarlo?
-¡Me guardaré muy bien de hacerlo! Tiene muy mal genio el viejo. Ahora, vamos a divertirnos.
Y llevó a la niña adonde habían visto a los enanos.
-Deseo que todas las linternas se apaguen -dijo, y dio vuelta al anillo.
Grande fué el susto de los enanos al ver apagarse de repente sus linternas. Temiendo ser robados, empezaron a chillar.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Os voy a quitar todo el oro. 
-Las carcajadas del Espíritu malo podían oírse desde el otro lado de la montaña.
-¡El Espíritu malo del Bosque ha penetrado en nuestro Reino! -gritaron a coro los enanos.
Cuando se hubo divertido así, deseó encontrarse en el Bosque.
-Ahora vamos a hacer rabiar a los hombres -dijo a la niña.
Ella quiso protestar, pero un fuerte apretón en la garganta le dió a entender que no era libre de hacer su voluntad. El Espíritu echó a correr y fué a esconderse detrás de un corpulento árbol, hasta que acertó a pasar una tartana. El caballo andaba lentamente; el hombre dormía.
Transformó a la niña y a ella en dos avispas, y, zumbando con fuerza, picó detrás de la oreja al caballo. El pobre animal, al sentir la aguijonada, se espantó y echó a correr como alma que lleva el diablo. Tan ciego iba que se estrelló contra un peñasco.
-¡Vamos a auxiliarles! -dijo la niña, asustada.
-¡Siempre serás una tonta! -dijo el Espíritu malo. Ya estoy cansada de ti.
En esto, vieron venir a dos niños. El Espíritu y la niña se trans-formaron en dos lindas mariposas. Una, azul y plateada, y otra, roja y amarilla.
Al verlas, los niños no pudieron resistir la tentación de cogerlas y, sin darse cuenta, los pobres abandonaron la senda y se internaron bosque adentro. Cuando creían poderlas cazar, las mariposas volaban un poco más lejos.
El Espíritu malo creyó que a los niños les sería imposible encontrar el camino, y dijo:
-Dejemos a estos pequeños tontos y vayamos a la mansión de los duendes negros. De seguro que no has visto nunca ninguno. Yo te enseñaré al mismo Rey.
La niña lloraba, pues sentía mucha pena por aquellos niños perdidos en el Bosque.
El loco Espíritu dió vuelta al anillo y dijo:
-Deseo estar con los duendes negros.
Y se encontraron en un oscuro túnel. Anduvieron a tientas hasta que el pasadizo se ensanchó, formando una plazoleta. Echados en el suelo había muchos bultos negros.
-¡Buenos días, gandules! -gritó el Espíritu del Bosque. ¿Aún estáis durmiendo, cuando el Sol hace ya rato que brilla? 
-Y los fué sacudiendo uno a uno, hasta que se despertaron.
Nunca la niña había visto nada tan feo. Los gnomos negros iban muy sucios, tenían grandes bocas con dientes amarillos y todo el cuerpo cubierto de pelo.
-¿A quién traes contigo? -preguntó uno que parecía ser el Rey, pues llevaba una corona negra en la cabeza.
-¡Es una niña necia! -dijo ella. Ya me canso de tener que llevarla siempre conmigo. Mira, se me ocurre una idea: ¡quédatela!
-Será necia, pero no es fea del todo -dijo el Rey de los gnomos. Busco una esposa para mi hijo -continuó. Ninguna de las damas de mi corte le gusta. Tal vez esta niña necia es la que le conviene.
La niña sintió que el frío invadía su cuerpecito.
-Bueno, ahora a bailar y a divertirnos -dijo el Rey, y se sentó cómodamente en su trono, construído de trozos de carbón.
Dos grandes sapos se acomodaron en sus rodillas, y doscientos gatos negros, que hasta entonces habían estado dormidos, se desperezaron y, abriendo sus relucientes ojos, iluminaron la sala. Con hierros y maderas improvisaron una música horrible, pero que a los gnomos les parecía deliciosa, y empezaron a bailar.
-¡Baila con la niña necia! -gritó el Rey a su hijo.
Éste pasó su negro brazo alrededor de la niña y le obligó a saltar con él.
-¿Qué, te gusta? -le preguntó el Rey cuando acabaron de bailar.
-No, no me gusta; es demasiado torpe.
-Pues entonces, llévatela -dijo el Rey a la maligna Doncella del Bosque.
-¡Qué tonto eres! -dijo ésta. Tú la necesitas para cuidar de tus gatos y haceros la comida. Las señoritas de tu corte son demasiado perezosas para eso.
Esto le pareció más aceptable al Rey, y en seguida ordenó a la asustada niña que desollara y cociera todos los sapos que había en la cocina.
-Bueno, me voy -dijo el Espíritu malo del Bosque, satisfecho de dejar tan bien colocada a la niña. Y se marchó silbando alegremente.
A la niña le pareció más aceptable la vida entre los negros gnomos que la que llevaba con el Espíritu malo. Su obligación consistía en hacer la comida para los gnomos e ir a un pantano a buscar el agua sucia que ellos bebían. Siempre iba acompañada por los doscientos gatos, pero como era muy cariñosa con ellos, éstos hacían la vista gorda y dejaban a la niña pasearse por el Bosque.
Un día que la niña fué a beber a un riachuelo, se encontró con aquella Ninfa que viera unos días antes. Pronto se hicieron muy amigas y la niña le contó sus penas.
-¿Por qué no huyes? -dijo la Ninfa al saber la desgracia de su amiguita.
-Porque prometí a los gatos que no huiría y, si lo hiciera, los gnomos se los comerían para castigarlos. Los gnomos negros no son malos del todo; pasan el día durmiendo y, mientras yo tenga la comida a la puesta del Sol, no me molestan.
-Ya que tienes todo el día libre, podríamos hacer una cosa -dijo la Ninfa-. ¿Te gustaría ir a saludar a las Ninfas del Mar? Siguiendo este riachuelo, pronto llegaríamos.
-Mucho me gustaría -dijo la niña, pero no sé nadar.
-¡Oh, no importa! Si te coges bien fuerte de mi cuello, yo te llevaré.
Así lo hizo la niña, y, como la Ninfa nadaba ligerísima, pronto perdieron de vista el Bosque.
El riachuelo habíase transformado en un río grande que desembocaba en el Mar. Al llegar a éste, la Ninfa dijo a la niña:
-Cógete fuerte y no tengas miedo, que vamos a hundirnos. Y se hundieron en las profundidades del Mar.
Al principio, la niña tuvo un poco de miedo, pero al notar que podía respirar dentro del agua, comprendió que tenía poder de Hada.
Se detuvieron ante un castillo de coral rosa, donde había Ninfas de largos cabellos jugando a la pelota con perlas del tamaño de un huevo; otras daban de comer a los peces, de colores variadísimos. Las Ninfas, al ver llegar a su hermana de agua dulce con una forastera, salieron a su encuentro, muy amables, y se ofrecieron para enseñarles las maravillas que encierra el Mar.
La niña quedó asombrada de todo cuanto vio: peces de todos los colores del iris, plantas y flores rarísimas, perlas, coral, todo con tal abundancia que parecía increíble. Pero lo que más le maravillaba era la agilidad con que se movían las Ninfas del Mar. Era imposible seguir sus movimientos.
Cuando se cansaron de admirar la fauna marina, subieron en una carroza, que era una enorme concha tirada por peces azules y rojos con alas plateadas, más veloces que los caballos de la tierra. Pronto se hallaron en una pradera donde la hierba tenía más de dos metros y brillaba como si fuera un campo de esmeraldas. Grandes vacas blancas pacían las olorosas hierbas.
La niña extrañóse de ver vacas en el fondo del Mar, y su amiguita la Ninfa de agua dulce le explicó que eran del Rey del Mar. Tenían cuernos y pezuñas de plata, y eran mucho más grandes que todas las vacas que hasta entonces había visto la niña. Cuidaba de ellas un venerable anciano de largos cabellos y barba blanca, que vestía túnica verde y llevaba corona de plata en la cabeza.
Las Ninfas del Mar contaron a la niña que este anciano había sido Rey de la Luna, pero que una revolución lo destronó y echó de su Reino. Y como no podía ir a ningún otro planeta, pues la luz fuerte del Sol le cegaba, se escondió en las profundidades del Mar. En noches de luna clara salía a la superficie con una lira y entonaba unas tristes canciones que eran la tragedia de su vida.
Unas dulces notas dejáronse oír y vieron al anciano tocando la lira, que siempre llevaba consigo. Cuando acabó, gruesas lágrimas brotaron de los ojos de las Ninfas y de la niña.
Entonces, la Ninfa de agua dulce dijo que ya era hora de emprender el regreso. Todas las Ninfas del Mar las acompañaron hasta la desembocadura del río que debía llevarlas con los gnomos negros, y se despidieron de ellas entre juegos y risas.
Los últimos rayos del Sol desaparecían en el firmamento cuando la niña llegó a la morada de los gnomos negros. Éstos aún dormían, y la niña hizo la comida a toda prisa para que nada notaran al despertarse.
Así fué pasando el tiempo, hasta que un día, la Ninfa de agua dulce, que estaba tomando el Sol, vió venir a la maligna Doncella del Bosque dispuesta a bañarse en el riachuelo. En efecto, se tiró al agua y, cerrando los ojos, se dejó llevar por la corriente.
Entonces, la Ninfa aprovechó la ocasión y le quitó el anillo mágico.
No hay que decir la rabia del mal Espíritu al sentirse arrebatar el anillo, pero fué inútil que chillara y brincara, porque la Ninfa ya estaba lejos.
La alegría de la niña fué inmensa al verse nuevamente en posesión del anillo, y dijo agradecida a su amiga:
-No sé cómo expresarte mi agradecimiento; pídeme lo que quieras y te lo daré.
La Ninfa respondió sonriendo:
-Nunca he tenido ninguna pena; jamás he deseado algo. ¿Qué quieres que te pida, si todo lo tengo: luz, aire y una hermosa Naturaleza que contemplar?
La niña lo comprendió, y pensó que era una lástima no haber nacido Ninfa.
Después de una cariñosa despedida, la niña, dando una vuelta al anillo, deseó hallarse ante el Rey de las Montañas.
Y al momento se encontró ante el anciano monarca. Intentó quitarle las cadenas, pero no pudo, y entonces, recurriendo al anillo, dijo:
-Deseo que quede en libertad el Rey de las Montañas.
Las cadenas se rompieron como si fueran de cristal y el Rey quedó libre. Antes de que éste tuviera tiempo de darle las gracias, la niña deseó encontrarse en la pradera en que vió al Hada.
Aquel día hacía precisamente un año que el Hada le había dado el anillo, y, cuando se halló en la pradera, ya estaba allí esperando a la niña.
-Ya ves que de nada te ha servido el ser Hada -le dijo en cuanto la vió. Ahora reconocerás que nuestro camino no está sembrado de rosas. ¡Con qué facilidad te dejaste engañar por el Espíritu malo del Bosque! Si no llego a enviar a la Ninfa para que te ayudara, aún estarías con los gnomos negros haciendo de sirvienta. Debes reconocer que no sirves para Hada. De lo único que puedes enorgullecerte es de tu corazón de oro.
La niña entregó tristemente el anillo al Hada. Ésta lo rechazó y dijo:
-Guárdalo como recuerdo, pero ahora ya no tiene poder alguno. Siempre que lo mires recordarás que las apariencias engañan y te servirá de mucho.
Dichas estas palabras, el Hada desapareció. La niña, muy pensativa, se dirigió a su casa.

132. Anonimo (suecia)

La niña que lloró piedras preciosas

Era una vez una niña completamente sola en el mundo. Sus padres habían muerto y no le quedaba ninguna persona querida que se apiadara de ella. No tuvo más remedio que ir de puerta en puerta, por esos caminos de Dios, mendigando un mendrugo de pan. La niña, que se dejaba llevar de ilusorias ideas, decía continuamente: "Soy una gran Princesa a quien una mala Hada arrebató su reino, pero ya llegará el día en que encuentre uno, y mi cabeza lucirá una corona de oro."
Un día de sol espléndido, la niña emprendió un largo camino que atravesaba un gran bosque. Los rayos del Sol jugueteaban alegremente por entre el tupido follaje, y los pájaros cantaban gloriosamente lindas canciones que alegraban el corazón de la infortunada niña.
Una enorme rana apareció arrastrándose por el camino; se había roto una pata y no podía saltar.
-¿Quieres llevarme a la orilla de un lago que hay más allá del bosque? A mí me es imposible continuar, pues me duele horriblemente la pierna rota -dijo la rana a la niña, mirándola tristemente con sus ojillos verdes.
La niña cogió a la rana, la puso en su delantal y, con muchísirno cuidado para no hacerle daño, se dirigió al lago. Allí la depositó sobre la fresca hierba que crecía en la orilla.
La rana, agradecida, le preguntó:
-¿Adónde te diriges, querida niña?
Y ella respondió, dejándose llevar por su fantasía:
-Soy una gran Princesa y estoy buscando mi reino.
-¿Y dónde piensas encontrarlo?
La niña dijo:
-No sé.
-Yo sé de un país encantado que está en la cumbre de las Montañas de Cristal y que no tiene Reina. Muchos han intentado escalar la lisa Montaña de Cristal y jamás lo han conseguido, y es porque son ambiciosos que quieren reinar sin ser Reyes o hijos de Reyes.
-¿Pero no ha habido ningún Príncipe o Rey que la haya escalado? -preguntó, ansiosa, la niña.
-No. Como todos ellos tienen bastante con su reino, no se preocupan de los otros.
-¡Ah!, pues no tardará mucho en tener Reina el Reino de Cristal -dijo la niña. Adiós y gracias, no quiero perder tiempo.
-¡Escucha! -le gritó la rana. No te vayas tan aprisa, que antes tengo que decirte el modo de ir allá.
La rana aclaró un poco la voz y continuó:
-Siete días y siete noches caminarás hacia el Sur. Al cabo de esos días encontrarás un cruce de caminos. Tú sigues por el de la derecha. Pronto divisarás las altas Montañas de Cristal. Al pie de ellas hay varios pantanos en los que han sucumbido millares de ambiciosos. Te será imposible atrave-sarlos, y entonces debes recurrir a mi hermana Amok, que habita en los cenagales; le dices que vas de mi parte y te pasará a la otra orilla.
Después de darle las gracias a la rana, la niña emprendió la marcha, esperanzada de hallar por fin el reino soñado.
Fué un largo y difícil viaje, pero al fin llegó a los pantanos y llamó a grandes voces:
-¡Amok! ¡Amok! ¡Amok!
Apareció una rana de gran tamaño, y dijo:
-¿Quién me llama?
La niña le contó que iba de parte de su hermana la rana del lago del bosque, y lo que deseaba. Amok la hizo montar sobre sí y nadó hasta la otra orilla.
Mirando las altas Montañas de Cristal, la niña tuvo miedo.
Se perdían entre las nubes y era imposible ver su cima. En el suelo había montones de esqueletos, pertenecientes a los ambiciosos que habían intentado escalarla.
La niña, al ver aquel montón de huesos humanos, se desanimó mucho; pero como estaba resuelta a escalar la lisa montaña, empezó la ascensión. Agarrándose con las uñas a los pequeños huecos que habían hecho los otros, logró subir algunos metros; pero pronto las uñas le sangraron horriblemente, sus dedos no tuvieron fuerza para continuar y, ¡pum!, cayó al montón de huesos. Quedó tan dolorida por el fuerte golpe, que no tuvo ánimos para levantarse y permaneció todo el día allí. Al llegar la noche, un miedo horrible se apoderó de ella. De los pantanos empezaron a salir las almas de los infortunados muertos, que la miraban con sus cuencas vacías y se burlaban de ella. Pasó toda la noche temblando de frío y de miedo. Así que salió el sol, rogó a la rana Amok que la trasladara a la otra orilla; abandonando aprisa aquellos lugares.
Pero, pasados algunos días, olvidó por completo el susto y se dijo: "No tuve suerte y, además, no era muy agradable reinar tan arriba. Buscaré otro reino que no esté tan alto."
Un día encontró un gusano que se debatía furiosamente con una araña. Ésta, que era mucho más grande que el gusano, le tenía agarrado entre sus peludas patas y le ahogaba por momentos. La niña separó el gusano de la araña y aplastó a ésta con el pie.
Cuando el gusano recobró el aliento, le dijo:
-¿Cómo pagarte tu buena acción?
Y la niña le contestó:
-Podrías indicarme algún reino que esté sin Reina y que no se halle en las nubes.
El gusano miró a la niña, y respondió:
-Conozco una historia que quizá te interese. Uno de mis antepasados, que vivía en las orillas de un gran lago, la contó. Dijo que dentro de aquel gran lago había una pequeña isla poblada de hermosa vegetación. Las flores eran mucho más grandes que las corrientes, y sus colores, admirables; pero, entre todas ellas, había un rosal de singular belleza que solamente daba una flor al año, y era una rosa de color rojo oscuro, extraordinariamente hermosa. Pues bien, esa rosa tenía su leyenda, pero mi antepasado no la contó; lo único que se sabía de cierto era que quien alcanzase la rosa y la separase del rosal, conseguiría el Reino de la Felicidad y podría reinar en él.
La niña quedó admirada. Decidió ir en pos de aquel nuevo reino y preguntó al gusano:
-¿Está muy lejos esa pequeña isla?
El gusano, sin responder a la pregunta de la niña, continuó:
-Muchos han intentado coger la rosa sin conseguirlo, por que es muy caprichosa, o porque aún no ha encontrado al que tiene que reinar en el País de la Felicidad.
-¿Dónde se encuentra ese lago? -repitió la niña, nerviosa.
-Hacia donde nace el Sol; sigue siempre esa dirección y lo encontrarás.
Le dió las gracias y se fué en dirección al Este. Al cabo de algunos días llegó a las orillas de un gran lago. Encontró una barquita amarrada al tronco de un sauce que crecía en la orilla, subió a ella y remó hacia la isla de las bellas flores.
Al llegar a la isla, quedó embriagada por el perfume de miles de flores, y al contemplar la maravillosa rosa, quedó extasiada ante su belleza y perfume. Jamás, ni en sueños, había visto una rosa tan hermosa.
-No hay duda -se dijo- de que es la de que habló el gusano.
Y corrió a alcanzarla, pero cuanto más estiraba los brazos, más alta parecía la rosa; dió un salto, y otro, y otro. Todo inútil: la rosa estaba cada vez más alta y era imposible cogerla.
-Tengo los brazos cansados de remar, y los pies, de andar; esperaré a mañana, ya que por entonces estaré descansada -murmuró para si.
Se sentó al pie de una acacia en flor, y pronto el sueño invadió aquella cabecita loca.
A la mañana siguiente se despertó con nuevos bríos y fué resuelta a apoderarse de la rosa. Pero, al cabo de repetidos intentos, se convenció de que nunca la alcanzaría. Cansada y malhumorada, se sentó en el suelo.
Un hermoso pajarito, que había estado viendo las maniobras de la niña para coger la flor, fué a posarse en una rama del rosal y dijo:
-Sucia y harapienta Princesa de la carretera, ¿cómo pretendes alcanzar una rosa tan hermosa como no hay otra en el mundo?
La niña se miró el trajecito roto y manchado, los zapatos abiertos y llenos de barro, y sus sucias manos, y pensó, llena de tristeza, que el pajarito tenía razón. "Una rosa tan hermosa, solamente una Princesa de veras puede desearla. Debo quitarme de la cabeza estas ideas de que soy una Princesa desgraciada, y conformarme con mi suerte; entonces tendré alguna alegría, pues los pobres también las tienen", se dijo.
Y, avergonzada de su conducta, regresó al otro lado del lago y emprendió el regreso a través de un inmenso bosque. Sentóse a descansar a la sombra de un árbol y, al cabo de un rato de estar allí, una linda mariposa que volaba de flor en flor fué a posarse en las pequeñas florecillas blancas de una morera, pero con tan mala suerte que una de sus alas quedó clavada en un pincho.
La niña corrió a libertarla, y entonces la mariposa dijo, agradecida:
-Estoy al servicio de una poderosa Hada; su palacio no está muy lejos de aquí. Ven conmigo y te presentaré al Hada, que es muy generosa.
La niña pensó: "Quizás el Hada pueda tomarme a su servicio", y siguió a la mariposa.
Llegaron a un palacio muy raro, situado en medio del bosque. El edificio estaba construído de piedras verdes y adornado con cobre. Un enorme perrazo les abrió la puerta. Gatitas con delantales blancos eran las camareras del Hada.
La mariposa condujo a la niña hasta su reina. El Hada estaba sentada en un trono de terciopelo verde, adornado con clavos de cobre; vestía un raro traje de color bronceado y llevaba por pulseras dos serpientes de un verde muy brillante.
-¿Qué buscas aquí, niña humana? -le dijo el Hada.
-Soy una niña muy desgraciada y busco trabajo.
-Yo no necesito tus servicios -contestó el Hada. El trabajo debes buscarlo entre los hombres.
-¡No dejes marchar a la niña con las manos vacías! -exclamó la mariposa. Ella me libertó cuando quedé prisionera por una de mis alas en la morera.
-Márchate y ya pensaré el regalo que te voy a hacer.
La niña, llena de tristeza, se fué.
Sola por los polvorientos caminos, caminaba con el corazón afligido. Al atardecer llegó a un gran poblado; sus habitantes estaban tomando el fresco sentados ante las puertas de sus casas. Les fué pidiendo uno a uno trabajo, pero todos la miraban con repugnancia y contestaban que no tenían trabajo para una pordiosera. Los chiquillos se mofaban de ella y le tiraban piedras. No tuvo más remedio que huir de aquel pueblo.
Cansada y apenada, se sentó al amparo de una roca, y empezó a llorar desconsoladamente, mientras decía: "Todo el mundo tiene casa y seres queridos. ¿Por qué yo, Dios mío, he de ser diferente? ¡Cuán feliz sería si tuviera un hogar y alguien que me quisiera!"
Las lágrimas caían abundantes de sus ojos, y con extrañeza vió la niña que, al tocar su vestido, se convertían en piedras preciosas. Sorprendida, miró su falda, que ya estaba llena de ellas y lanzaban admirables destellos. Entonces comprendió que era el regalo del Hada, y pensó con ironía: "¿Para qué las quiero? Si alguien me las ve, creerá que las he robado y me llevarán a la cárcel. ¡Oh Hada poderosa! ¿De qué me sirven estas riquezas? Hubiera preferido un sitio en algún hogar de los hombres. Puedes quedarte con las piedras, sin valor para mí."
Sin saber lo que hacía, corrió al río, vació su falda en él y continuó la marcha como si se hubiera quitado de encima algo molesto.
Al anochecer llegó ante una destartalada choza. No se atrevía a entrar y pedir albergue por miedo de que la sacaran a palos, Vió que al lado de la choza había un pequeño cobertizo con mucha paja en el suelo, destinada al perro, y pensó pasar la noche allí.
Un perrazo negro salió de la choza y, al ver que la niña usurpaba su cama, empezó a ladrar desesperado. Al oír los ladridos del perro, salió un hombre de la cabaña y, cuando vió a la pálida y asustada niña, le dió compasión y la invitó a entrar en la pobre casa.
-No tenemos mucho que ofrecerte; partiremos nuestro pan seco contigo, pero, a lo menos, tendrás donde cobijarte.
El interior de la choza era extremadamente pobre; apenas había lo preciso. Allí sentada había una mujer con un niño en brazos.
-¿Tienes un pedazo de pan para esta niña, mujer? -le preguntó el hombre.
-Hay uno que yo había guardado para mayñana, pero dáselo a ella, que de seguro no ha comido en todo el día -repuso la buena mujer.
La niña sintió que las lágrimas inundaban sus ojos y pensó, arrepentida: "Si no hubiese sido tan orgullosa, ahora tendría las piedras preciosas y podría ayudar a esta buena gente."
Sintió que algo pesaba en el roto bolsillo de su vestido, y vió que era un diamante de gran tamaño que se había quedado en él. Muy contenta, se lo ofreció a la buena mujer, y le dijo:
-En cambio de tu pan te doy este trozo de cristal, que aunque para los hombres tiene mucho valor, para mí nada significa.
La mujer abrazó a la niña y le dijo, muy emocionada:
-¿Quieres quedarte a vivir con nosotros como si fueras nuestra hija?
La niña aceptó en seguida.
Desde aquel día es muy feliz; ya no tiene que recorrer los polvorientos caminos en busca de un reino de ilusión. Se ha hecho una mujercita formal y una buena ama de casa. Sus padres adoptivos vendieron el diamante por muchas monedas de oro, y con ellas compraron una casita y tierras, y aún les sobraron para guardarlas. Son muy felices y quieren mucho a la niña que les trajo la suerte.

132. Anonimo (suecia)