Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 30 de julio de 2012

La pastorcilla que se casó con el rey


La pequeña Metty era una pastorcilla: cada mañana llevaba a su rebaño de ovejas a pastar. A veces las guiaba a través de valles y colinas, pero sobre todo le gustaba llevarlas al prado que había al borde del sendero. En aquella época reinaba en la región un hermoso joven y, un día, decidió correr mundo para encontrar una esposa. Ésta debía ser bella, de origen noble, pero sobre todo modesta, labo-riosa y sincera. Ninguna que no tuviera esas virtudes le convenía. Tomada esta decisión, un mañana el rey montó en su caballo y partió.
Después de mucho cabalgar, el camino lo condujo muy cer­ca del prado donde estaba la pequeña Metty. Cuando el rey vio a la pastorcilla, la saludó amablemente y le dijo:
-Dios te bendiga, pequeña, ¿cómo estás?
-Bastante bien, gracias -respondió la pequeña Metty, aun­que esté vestida con estos harapos. Pero, cuando me case con el rey, tendré vestidos recamados en oro.
-Eso no ocurrirá nunca -repuso el rey.
-Oh, sí, estoy segura -dijo la pequeña Metty y el rey siguió su camino a caballo.
Después de mucho cabalgar, llegó finalmente a un reino ex­tranjero, donde se enamoró de una princesa: era muy bella g to­dos hablaban de su modestia. El rey pidió su mano y, cuando se la concedieron, invitó a su prometida a que le hiciese una visita antes de la boda. Y así, muy contento, volvió a palacio.
Pasados unos días, la princesa partió de su tierra con un ma-jestuoso séquito, camino del reino de su prometido. Cabalgó mucho tiempo, hasta que llegó al lugar donde pastaba el rebaño de la pequeña Metty. Cuando la princesa vio a la muchacha, la saludó amablemente y le preguntó:
-Buenos días, pequeña Metty, ¿cómo está el rey?
-Muy bien -respondió la pastorcilla, pero en el umbral de su castillo hay una piedra, y esa piedra revela el carácter de cual­quiera que pasa encima de ella.
La princesa prosiguió el viaje y, poco después, llegó al casti­llo del rey. En cuanto apoyó el pie en el umbral, una voz gritó:

Señor, la joven te quiere engañar,
su modestia no es nada sincera:
de su apariencia no te has de fiar,
no la elijas como compañera.

El rey escuchó lo que decía la puerta y se negó en redondo a bajar al encuentro de la princesa: ¡su mujer debía ser modesta de verdad!
Así, pues, la princesa tuvo que regresar tan callada como ha­bía llegado.
Poco tiempo después, el rey decidió emprender un segundo viaje en busca de una mujer. Por la mañana temprano montó en su caballo y traspuso la puerta de su castillo. De nuevo cabalgó durante varias horas hasta que el sendero lo condujo al sitio donde pastaba el rebaño de la pequeña Metty. Cuando el rey vio a la pastorcilla, la saludó cortésmente y le dijo:
-Dios te bendiga, pequeña Metty, ¿cómo estás?
-Bien, gracias -respondió la pequeña Metty, aunque esté vestida con estos harapos. Pero cuando me case con el rey tendré vestidos recamados en oro obrizo.
-Eso nunca ocurrirá -exclamó el rey.
-Sí, estoy segura de que sí -respondió la pequeña Metty y el rey siguió su camino a caballo.
Después de mucho cabalgar, finalmente llegó a otro reino, donde se enamoró de otra joven princesa extranjera. Ésta era más bella que la primera y la gente hablaba largo y tendido de su actitud laboriosa. El rey pidió su mano y, cuando el padre se la concedió, invitó a su prometida a que le hiciese una visita antes de la boda. Después, muy contento, volvió a palacio.
Pasados unos días la princesa, con un séquito de gallardos caballeros, dejó su reino para dirigirse al castillo del rey. Cabal­gó mucho tiempo hasta que el sendero la condujo al lugar don­de estaban la pequeña Metty y su rebaño. Cuando la princesa vio a la pastorcilla, la saludó amablemente y le preguntó:
-Buenos días, pequeña Metty, ¿cómo está el rey?
-Bien, gracias -respondió la pequeña Metty, pero en el um­bral de su castillo hay una piedra, y esa piedra revela el carácter de quien pasa por encima.
La princesa prosiguió su viaje y llegó al castillo del rey. En cuanto apoyó el pie en la piedra del umbral, una voz gritó:

Señor, la joven te quiere engañar;
poco modesta y nada laboriosa,
de su apariencia no te has de fiar,
no la debes tomar como esposa.

Y de nuevo la boda del rey se quedó en agua de borrajas. ¡Al fin y al cabo, su mujer debía ser sincera! Así, la princesa extran­jera volvió a su reino llena de vergüenza y sin marido. Y el rey salió por última vez a buscar una mujer. Por la mañana tempra­no montó en la silla y espoleó su caballo. Después de mucho ca­balgar, de nuevo el camino lo condujo a donde la pequeña MettU tenía su rebaño pastando. Cuando vio a la pastorcilla, el rey la saludó amablemente y le preguntó:
-Dios te bendiga, pequeña Metty, ¿cómo estás?
-Bien, gracias -respondió la pequeña Metty, aunque vista estos andrajos. Pero, cuando me case con el rey, tendré vestidos de oro obrizo.
-¡Jamás se verá algo semejante! -gritó el rey.
-Oh, sí, claro que se verá -replicó la pequeña Metty.
El rey prosiguió su camino hasta otro reino lejano, y allí se enamoró de otra princesa extranjera. Era mucho más bella que las demás y todos proclamaban que era modesta, laboriosa g sincera. El rey pidió su mano p, una vez dada la promesa de ma­trimonio, invitó a su futura esposa a que le hiciese una visita a su castillo antes de la boda. Y emprendió contento el regreso.
Un tiempo después, la princesa, con numeroso séquito, fue a visitar a su futuro marido. Cabalgó mucho tiempo hasta que el camino la condujo al lugar donde pastaba el rebaño de la pe­queña Metty. La princesa vio a la graciosa pastorcilla, la saludó amable-mente y le preguntó:
-Buenos días, pequeña Metty, ¿cómo está el rey?
-Bien -respondió la pequeña Metty, pero en el umbral de su castillo hay una piedra, y esa piedra revela el carácter de cual­quier persona que pasa por encima.
La princesa pensó un poco y le pidió a la pequeña Metty que se dirigiese al castillo en su lugar. La pequeña Metty aceptó la propuesta con gusto, se quitó sus harapos, se puso los vestidos de raso y seda de la princesa y cabalgó hacia el castillo del rey. Cuando se detuvo en el umbral, una voz gritó:

Señor, prepara una espléndida fiesta
para la joven que aquí se detiene.
Laboriosa, sincera y modesta,
es la mujer que a ti te conviene.

-¡Con esta joven me casaré, y no habrá ninguna otra! -gritó el rey al escuchar las palabras de la piedra.
Y, para reconocer siempre a su esposa sin equivocarse, tren­zó en sus cabellos un lazo de oro. Después le dijo que volviese a casa, con la promesa de que no tardaría en pasar a verla para pe­dirla en matrimonio.
La pequeña Metty regresó al prado donde pastaban las ove­jas, devolvió a la princesa sus hermosos vestidos y se puso de nuevo sus viejos harapos. Y la princesa extranjera se fue a su rei­no a esperar la llegada de su futuro esposo.
El esposo no tardó demasiado en salir de nuevo. Una mañana montó en su caballo y partió decidido a recoger a su esposa. El camino, como las otras veces, lo condujo hasta el sitio donde la pequeña Metty hacía pastar a las ovejas. Cuando el rey volvió a ver a la hermosa pastorcilla, la saludó amablemente y le pre­guntó:
-Dios te bendiga, pequeña Metty, ¿cómo estás?
-Bien, gracias -respondió la pequeña Metty, aunque lleve estos harapos. ¡Pero cuando me case con el rey, llevaré vestidos de oro obrizo!
-¡Eso no sucederá jamás! -gritó el rey.
-Oh, sí, claro que sucederá -replicó la pequeña Metty y, di­cho esto, sacudió su cabeza y algo brilló entre sus cabellos.
El rey se le acercó y ¿qué fue lo que vio? La pequeña Metty llevaba el lazo de oro que él mismo había puesto en la cabellera de su futura esposa. El rey comprendió enseguida lo que había ocurrido. Y cuando se dio cuenta de que no encontraría en su vida una mujer mejor y más hermosa en todo el mundo, montó a la pequeña Metty en su caballo y la condujo al castillo real.
Y así, finalmente, se hicieron realidad las palabras de la pe­queña Metty: la pastorcilla se casó con el rey y usó vestidos re­camados en oro obrizo.

031. anonimo (dinamarca)

La mujer que pensaba demasiado


Había una vez una pareja de ancianos que tenían una hija en edad de merecer. Un día llegó un mocetón a pedir su mano y, para brindarle una buena acogida, la madre mandó a su hija a la bodega por cerveza.
La muchacha fue a la carrera, acercó la botella al barril y abrió el grifo. En cuanto la cerveza comenzó a salir, la mucha­cha se puso a pensar: «Si me caso con este hombre -y seguro que me casaré con él- y tenemos un niño, y este niño se hace daño en la cabeza, ¿qué medicina le daré?».
Se sentó a pensar y, como mantenía la botella bajo el grifo abierto, la cerveza se derramó y siguió derramándose hasta lle­gar a la altura de sus tobillos. En la habitación de arriba, la ma­dre, cansada de esperar a su hija, decidió bajar a llamarla. Y en cuanto la vio, gritó irritada:
-¿Qué estás haciendo sentada aquí abajo? ¡Date prisa!
-Ay, madre -respondió la muchacha. Estoy sentada aquí porque hay algo que me atormenta: cuando me case con este hombre, y seguro que me casaré con él, y tengamos un niño y este niño se haga daño en la cabeza, ¿qué medicina le daré?
-Tienes razón: ¿qué medicina le darás? -se preguntó la ma­dre sentándose junto a su hija. Y ambas se quedaron allí, sin pa­rar de pensar, manteniendo la botella bajo el grifo. Y la cerveza comenzó a derramarse y siguió derramándose hasta que llegó a cubrirles las rodillas.
En la habitación de arriba, el padre se cansó de esperar a las dos mujeres y bajó corriendo a la bodega para hacerlas subir. En cuanto las vio, gritó encolerizado:
-¿Qué estáis haciendo sentadas aquí abajo? ¡Daos prisa!
-Ay, esposo mío -respondió la mujer-. Estamos aquí senta­das porque hay algo que nos atormenta: si nuestra hija se casa con este joven, y seguro que se casará con él, y tienen un niño y este niño se hace daño en la cabeza, ¿qué medicina le darán?
-Tienes razón: ¿qué medicina le darán? -observó el hombre y también él se sentó junto a las dos mujeres. Y se quedaron allí, sentados los tres, sin parar de pensar, mientras que la garrafa se­guía bajo el grifo del barril. Y la cerveza se derramaba y siguió derramándose hasta que les llegó hasta la cintura. El preten­diente, en la habitación de arriba, se cansó de esperar a sus anfitriones y bajó a la bodega a buscarlos. Los miró, estupefacto, y preguntó:
-Pero ¿por qué estáis sentados aquí abajo frente al barril de cerveza? ¿Por qué no subís?
-Ah, querido yerno -respondió el padre-. Estamos aquí sentados porque hay algo que nos atormenta: si nuestra hija se casa contigo, y seguro que se casará, y tenéis un niño, y este niño se hace daño en la cabeza, ¿qué medicina le daremos?
El mocetón, visto lo visto, se guardó sus pensamientos para sí y se fue sin decir palabra. No volvió nunca más.

Fuente: Gianni Rodari

031. anonimo (dinamarca)


La caldera mágica


Había una vez una viuda que vivía con su hijo en una pobre choza y cuya única riqueza era una vaca. Pero también esta riqueza se esfumó. Un día, se presentó el casero a reclamar el pago del alquiler, así que la viuda tuvo que mandar a su hijo a la feria para que vendiese la vaca y consiguiese el dinero que le hacía falta para saldar la deuda.
El muchacho se puso en marcha muy temprano. A mitad de camino, se encontró con un viejo que llevaba una caldera toda oxidada.
-¿Adónde vas con esa vaca?
-Voy al mercado a venderla -respondió tristemente el muchacho, y le contó al viejo lo que había ocurrido.
-No te aflijas -lo consoló el viejo. Yo mismo te compraré la vaca. Te daré a cambio esta caldera.
-No puedo hacer este cambio. Mi madre necesita dinero contante y sonante.
-No tengas miedo -sonrió el viejo. Esta caldera también te traerá dinero, créeme. Cuando llegues a casa, ponla al fuego y ya veras.
El muchacho se fió de lo que el viejo le decía. Le entregó la vaca, cogió la caldera oxidada y volvió deprisa a su casa. La pobre viuda, al verlo, se llevó las manos a la cabeza:
-¿Qué has hecho, hijo insensato? ¿Has cambiado la vaca por una vieja caldera? Ni siquiera tenemos comida para meter dentro de ella.
Y lloraba y se lamentaba. El chico bajó la cabeza, pero enseguida recordó lo que el viejo le había dicho y puso la caldera al fuego. En cuanto la tocaron las llamas, la caldera tembló y dijo:
-Op-lá, op-lá, yo salgo ya.
-¿Adónde? -preguntó el joven.
-A la cocina del casero -respondió la caldera y desapareció, pero no por mucho tiempo.
Muy pronto se oyó en la chimenea un gran estruendo y la caldera se colocó delante de ellos en la mesa, llena de sopa de cocido. Madre e hijo cogieron las cucharas y comieron hasta saciarse, como hacía mucho tiempo que no les ocurría. Después, sin embargo, la vieja volvió a lamentarse:
-¿Qué has hecho, hijo insensato? Has cambiado la vaca por una vieja caldera. Hoy ya hemos comido bastante, pero ¿qué sucederá mañana?
El muchacho bajó la cabeza, pero enseguida se acordó de lo que le había dicho el viejo y puso la caldera al fuego por segunda vez. En cuanto las llamas la calentaron, la caldera comenzó a temblar y dijo:
-Op-lá, op-lá, yo salgo ya.
-¿Adónde?
-A la despensa del casero.
La caldera desapareció pero, sin que diese tiempo a mirar alrededor, se ogó un gran estruendo en la chimenea y de nuevo el recipiente se colocó en la mesa, lleno de carne, tocino y patatas.
Madre e hijo llenaron todo el armario con estos víveres. Pero después la viuda volvió a lamentarse:
-¿Qué has hecho, hijo insensato? Has cambiado la vaca por una vieja caldera. Tenemos comida por lo menos para una semana, pero ¿con qué le pagaremos el alquiler al casero?
El muchacho bajó la cabeza, pero enseguida se acordó de lo que le había dicho el viejo y puso la caldera al fuego por tercera vez. En cuanto las llamas la calentaron, la caldera comenzó a temblar y dijo:
-Op-lá, op-lá, yo salgo ya.
-¿Adónde?
-A la sala del tesoro del casero -dijo la caldera y desapareció.
En cuanto se volvieron para ver dónde estaba, se oyó un gran estruendo en la chimenea y la caldera reapareció sobre la mesa, esta vez llena de monedas de oro.
Antes de que la viuda y su hijo pudiesen contar el dinero, un grito terrible brotó de la chimenea. Era el casero, que estaba en la campana y no podía ir ni hacia arriba ni hacia abajo.
¿Qué había ocurrido? El casero había sorprendido a la caldera mientras escapaba por la ventana después de haberse llenado de monedas de oro. Entonces, sin perder tiempo, la había cogido por el asa y no se desprendió de ella ni siquiera cuando la caldera salió volando por el aire. Así, voló él también hasta la chimenea de la pobre viuda. La caldera había bajado por el tubo de la chimenea, pero el casero era demasiado gordo para pasar por él y había quedado prisionero.
En cuanto se repuso un poco, comenzó a gritar:
-¡Ayudadme a bajar, maldición! Si no, me las pagaréis.
La viuda estaba muerta del susto, pero el hijo respondió riendo:
-Quédate donde estás.
Y echó un poco de leña mojada para que saliese más humo.
El casero comenzó a sofocarse y gritó:
-Ayudadme a bajar y os perdonaré todas vuestras deudas. La viuda quería ayudar al casero a bajar, pero el hijo respondió riendo:
-Quédate donde estás.
El casero, metido en la campana de la chimenea, estaba a punto de achicharrarse y gritó:
-Agúdame a bajar y te daré a mi hija como esposa y todo el dinero que quieras.
Sólo entonces el hijo se apiadó, subió al tejado y sacó al casero de la chimenea.
Una semana después se celebró la boda del hijo de la pobre viuda con la hija del casero, que era la más rica y la más hermosa muchacha de esas tierras.
El día de la boda, la caldera le preparó a su amo diez pasteles, los más sabrosos que nadie haya comido jamás. Pero después desapareció, esa vez para siempre. ¡Qué lástima, porque una caldera así haría feliz también hoy a mucha gente!

031. anonimo (dinamarca)

domingo, 27 de mayo de 2012

Olaf, el hijo de la sirena


Hace mucho tiempo vivía en Furreby, en el Skager Rack, un herrero llamado Rasmus Natzen. Era un hombre joven, vigoroso y guapo, pero se había casado muy joven y tenía numerosos hijos de corta edad. Por otra parte, en aquel pueblo apenas tenía el trabajo necesario y, por esta razón, toda la familia vivía casi sumida en la miseria. El herrero, sin embargo, era hombre industrioso y duro para el trabajo, de modo que cuando no tenía nada que hacer en la herrería, salía a pescar o se dedicaba a recoger los restos de naufragios que el mar arrojaba a la playa.
En cierta ocasión salio con su pequeño bote a fin de pescar algún bacalao. No regres6 aquella noche, ni al día siguiente, de modo que todos sus amigos y convecinos estuvieron persuadidos de que el pobre hombre se había ahogado. Pero al tercer día, Rasmus desembarco. Llevaba el bote lleno de pescado, de tamaño y calidad mucho mejores de lo que nunca se viera en el pueblo. El, por su parte, estaba bueno, descansado y satisfecho, y no se quejo de tener hambre ni sed. Al ser interrogado por sus vecinos y amigos, se limito a contestar que, de pronto, se había visto envuelto por una espesa niebla, cosa que lo desoriento y luego no pudo hallar el rumbo que había de conducirlo a tierra. Pero, en cambio, se abstuvo de dar cuenta del lugar en que había pasado todo aquel tiempo. Eso se descubrió únicamente seis años más tarde. Súpose entonces que cuando, en aquella ocasión, se hallaba en alta mar, fue cogido por una sirena que, mal de su grado, lo obligo a ser su huésped.
A partir de aquel momento, el herrero ya no volvió a salir de pesca, ni, al parecer, hubo necesidad de ello, porque el mar le ofrecía constantemente un rico botín en forma de restos de naufragios. De este modo se hizo dueño de varios objetos de gran valor y coma en aquella época todo el mundo podía hacerse dueño de lo que encontraba en el mar, no tardó el herrero en ser un hombre acomodado.
Cuando hubieron transcurrido siete años después de su ultima expedición pesquera, estaba una mañana Rasmus trabajando en la herrería, ocupado en reparar un arado, cuando entró un muchacho, muy guapo y, dirigiéndose a el, le dijo:
-Muy buenos días, padre. Mi madre, la Sirena, te envía muchos saludos. Y me ha dicho que, después que ella me ha criado y mantenido por espacio de seis años, cree muy conveniente que tú te encargues de mí durante igual espacio de tiempo.
Aquel niño desconocido era muy raro y cualquiera, al verlo, hubiese criado que tenía, por lo menos, dieciocho anos y no seis, porque aun era mucho mas alto, bien desarrollado y vigoroso que los jóvenes de aquella edad.
-¿Tienes hambre? -le pregunte el herrero.
Y cuando el niño Olaf, que así se llamaba, le hubo contestado afirma-tivamente, Rasmus encargó a su esposa que cortase una buena rebanada de pan para dársela al recién llegado.
La buena mujer obedeció sin replicar y entregó al niño el pan que acababa de cortar. Pero Olaf tomo la rebanada, se la tragó de un solo bocado y, dirigiéndose de nuevo a su padre, se quedo mirándolo.
-¿No te han dado bastante para comer? -preguntó Rasmus.
-No, padre - contestó, resueltamente, Olaf-. Apenas me ha bastado para probar a que sabía el pan.
En vista de tal respuesta, el herrero fué en busca de un pan entero, lo cortó en dos, a lo largo, unto de queso y manteca las dos mitades, y luego se lo entregó todo a su hijo.
Éste tomo el pan entero que se le ofrecía y, alejándose unos pasos, empezó a comer. A los pocos instantes volvió a presentarse a su padre, que le preguntó si ya estaba satisfecho.
-A un no -contesto el muchacho-. Todavía no he calmado el hambre. Y como ya preveo lo que me va a pasar aquí, me parece mucho mejor buscar algún lugar en donde me alimenten con mayor generosidad. Aquí pasaría mucha hambre.
Y se manifestó dispuesto a emprender inmediatamente la marcha, en cuanto su padre le hubiese facilitado una barra de hierro, en forma de bastón, pero exigió que fuese muy fuerte para que le durase algún tiempo. El herrero le entregó una barra de hierro del grueso que suelen tener los bastones, pero Olaf se la arrolló en torno de un dedo y dijo que no le servía. Entonces el herrero le presento otra barra de hierro, gruesa como la vara de un carro. Pero Olaf la doblo fácilmente sobre su rodilla y la rompió cual si fuese una caña. En vista de eso, el herrero tomo todo el hierro en barra de que disponía y con el hizo otra barra de un grueso extraordinario. Olaf la sostuvo por un extremo mientras su padre martilleaba por el lado opuesto y lo encorvaba en forma de cayado. En cuanto hubo terminado la operación, el muchacho levantó aquella barra de hierro y agradeció a su padre la molestia que se había tomado.
-Ahora voy a marcharme, padre -dijo. -Ya he recibido mi herencia.
El herrero se alegró de verse libre de aquel muchacho, capaz de sumirlo en la miseria por lo mucho que comía.
Olaf emprendió el camino y no tardo en encontrar acomodo en una granja, donde se ofreció a trabajar por doce hombres, aunque con la condición de que le diesen la comida destinada a otros tantos obreros.
Había llegado a la granja a última hora de la tarde, de modo que, después de cenar, se acostó. A la mañana siguiente se le pegaron las sabanas y el granjero fue a despertarlo.
-Dispensadme -dijo Olaf despertándose-. Me voy a levantar y, después de desayunar, estaré en disposición de emprender el trabajo.
El granjero había dedicado aquel día a trillar el grano y Olaf se encargó de una cantidad de trabajo verdaderamente extraordinaria. Pero era tanta su fuerza que rompió dos o tres mayales y no tuvo mas remedio que construir uno con la piel de un caballo y una viga del techo. Y como no tuviera espacio bastante para trabajar, quitó el tejado de la casa y luego se dedica a trillar con la mayor actividad. Terminada la faena volvió a poner el tejado en su lugar y fue a decir a su amo que ya había terminado su cometido.
El granjero se quedó asustado, y aunque la operación no estaba realizada a su gusto, no se atrevió a censurar a un obrero como Olaf, dotado de fuerza tan espantosa.
Sin embargo, consultó con su mujer acerca de como podría librarse de aquel muchacho verdaderamente terrible, porque el no se resolvía a despedirlo y, después de larga discusión, convinieron en que, al día siguiente, mandarían a todos los obreros al bosque a cortar árboles, advirtiéndose que el último en llegar a la casa seria ahorcado. Eso lo hacían con el propósito de que le correspondiese a Olaf este mal fin. Para ello se limitarían a dejarlo que durmiese cuanto quisiera y como saldría con mucho retraso, volvería. También después de los demás.
Olaf oyó sonriendo la condición impuesta por el amo. A la mañana siguiente se despertó muy tarde, cuando los demás habían partido ya hacia el bosque. Abrió por fin los ojos, se vistió y se desayuno sin darse prisa. Luego se dirigió a la cuadra y no encontró más que un carro viejo y dos caballos escuálidos y sin fuerzas. Sin embargo, se dirigió al bosque, al que llegaba siguiendo una estrecha garganta y Olaf, después de haber pasado, la obstruyo con una enorme roca. Al llegar al lugar en que se hallaban los demás obreros, fue objeto de sus burlas. Estaban ya cargados todos los carros de troncos y de ramas de árboles, pero Olaf no se apuro. Intento derribar los árboles con el hacha, pero como quiera que se le rompiese el mango de la herramienta, desistió de aquel medio y, abrazando el tronco de un árbol, lo desarraigó y lo arrojó sobre su carro. Continuo trabajando de esta manera y cuando el vehiculo estuvo bien cargado, emprendió el regreso. Pero los dos caballos que llevaba no podían con la carga. En vista de eso, Olaf los desenganchó y se cargó a la espalda el carro y los troncos.
Llegó de esta manera a la entrada de la garganta que él obstruyera poco antes con aquella gruesa piedra, de modo que sus compañeros se habían detenido allí sin poder pasar.
Él, sin embargo, quitó fácilmente la piedra y, continuando rápidamente su camino, fué el primero en llegar a la hacienda.
En cuanto el granjero lo vió cargado de aquel modo, se asusto tanto que se apresuró a cerrar y atrancar la puerta de la valla. Olaf llamó y en vista de que nadie acudía a abrir, tomó los troncos de árbol que había desarraigado y, uno a uno, los arrojo al patio por encima de la valla.
-Si no abro la puerta -pensó el asustado granjero al ver lo que ocurría -ese animal va a tirarme los caballos por encima de la cerca.
Para impedirlo, fue a abrir la puerta y Olaf entró. Al cabo de un buen rato llegaron los demás obreros y el joven, sonriendo, les preguntó cual de ellos habría de morir ahorcado.
-Sólo fue una broma -contestó el granjero-. Ya comprenderás que no podríamos cumplir tal amenaza.
Pero el granjero, su mujer y aun el alcalde del pueblo, estaban decididos a librarse de tan terrible obrero y, aquella noche, celebraron una conferencia, en busca de algún medio para conseguir sus fines.
-Podríamos hacer una cosa -propuso el granjero-. Mariana le haremos bajar al pozo seco para que lo limpie y, cuando este abajo, le arrojaremos una rueda de molino y de esta manera nos libraremos de él. Luego rellenaremos el pozo y ya no se hablara más del asunto.
En efecto, al día siguiente, encomendaron aquel trabajo a Olaf. El se manifestó dispuesto a realizarlo y bajo al pozo, en tanto que otros hombres se quedaban arriba, dispuestos, al parecer, a subir los capazos de tierra y piedras que, desde abajo, les mandara Olaf.
Al poco rato, y coma por accidente, dejaron caer sabre él una rueda de molino, seguros de que resultaría aplastado. Y, por si fuera poco, otros hombres hicieron rodar grandes piedras para dejarlas caer También al fondo del pozo.
 Pero, ¡cual no sería su asombro al oír que Olof les gritaba desde abajo que apartaran las gallinas, porque le arrojaban piedrecillas con las patas, cosa que le producía alguna molestia!
 Y en vista de que no le hacían ningún caso y de que seguían lloviendo las piedras sabre el, Olaf salió furioso, se quito de los hombros la piedra de molino por cuyo agujero había pasado la cabeza y, arrojándola a cierta distancia, se manifestó dispuesto a abandonar la hacienda.
 Aquella noche hubo en la granja otra larga discusión entre el granjero, su mujer y el alcalde del pueblo.
 -Se me ha ocurrido una idea -exclamó este- que quizá podría ser útil. Lo mandaremos a pescar al Lago del Diablo y con seguridad no saldrá vivo de la aventura, por que ya sabéis que el Demonio no consiente que nadie vaya a pescar en sus aguas.
De perlas pareció el consejo al granjero y a su mujer, y el primero se apresuró a ir en busca de Olaf, a quien aseguró que castigaría a los demás obreros por la broma pesada que le habían gastado y que le agradecería mucho que le hiciese un pequeño favor. Tratábase de ir a pescar al Lago del Diablo, para renovar la provisión de pescado ya terminada.
Olaf se manifestó, como siempre, dispuesto a encargarse de aquella faena y solo pidió que le diesen una buena cena fría para entretener el apetito.
Llegó al lago, se embarcó y, antes de empezar la pesca sintió apetito y se dispuso a comer. Pero cuando estaba más distraído surgió el Diablo del agua y lo agarró por el cuello, arrastrándolo hasta el fondo del lago.
Por suerte, Olaf tenía su bastón de hierro al alcance de la mano y se sumergió empuñándolo. Una vez hubo llegado al fondo del agua agarró al Diablo por el cuello y con el bastón le dio tan tremenda paliza que el otro acabo dándose por vencido y prometiendo que nunca más volvería a molestar a nadie.
-Antes de que lo suelte -le dijo Olaf- has de prometerme que mañana por la mañana llevaras a casa de mi amo todo el pescado que hay en el lago.
El Diablo no titubeo un momento en hacer aquella promesa y entonces Olaf lo dejo en libertad. Subió al bote, se dirigió a tierra, acabó tranquilamente la cena y luego volvió a la hacienda, donde se acostó.
A la mañana siguiente, cuando el granjero abrió la puerta de la cerca, vióse casi derribado por una enorme cantidad de pescado que se cayó al interior del patio. Asustado a más no poder, fué en busca de su esposa y le dio cuenta de lo que acababa de ocurrirle.
-No hay más remedio que librarse de ese terrible muchacho, como sea -dijo al fin.
Y ambos se entregaron a sus reflexiones, buscando la manera de alejar definitivamente de su casa al terrible Olaf.
Por fin tuvieron una buena idea. Lo enviarían al día siguiente al Infierno, para cobrar los intereses atrasados que el Diablo les debía.
Olaf no tuvo inconveniente en encargarse de aquella misión. Preguntó que camino había de seguir y, una vez se lo hubieron indicado, pidió las provisiones necesarias para el viaje, que le entregaron con el mayor placer y el, haciendo un fardo con todo, lo suspendió de la punta de su bastón de hierro, que apoyo en el hombre y emprendió el camino.
Después de andar por espacio de una jornada, Olaf llego a 1as puertas del Infierno. Llamó, golpeando la hoja de hierro con su bastón, y pacientemente espera a que alguien acudiese a abrir. Pero, al parecer, nadie lo había oído. Llamó de nuevo y otra vez esperó y, al fin, dándose cuenta de que, o no lo oían o no querían abrir, empuño su bastón y, con toda su fuerza, empezó a golpear la puerta, que no tardo en quedar destrozada.
Entró por la abertura y apenas había dado unos pasos cuando se le presento una legión de diablillos y uno de ellos le preguntó que deseaba.
-He venido -contestó Olaf- para ofrecer al señor Diablo los mejores saludos de parte de mi amo y luego a pedirle que me pague los intereses de tres años que le debe por las sumas recibidas en préstamo.
Los diablillos se echaron a reír y, juzgando equivocadamente acerca del vigor y del atrevimiento del recién llegado, lo rodearon dispuestos a hacerlo victima de sus bromas pesadas. Algunos quisieron tirarle de los cabellos y de las orejas, y otros pellizcarle las pantorrillas. Pero Olaf, desdeñando hacer uso de su bastón de hierro, se limito a repartir unos cuantos puñetazos, de modo que los diablillos se apresuraron a alejarse de él, gritando de miedo o de dolor. Y uno de ellos salió disparado hacia el interior del infierno, llamando a gritos al Diablo, que aún estaba tendido en la cama resentido de la paliza que le diera el mismo Olaf en el fondo del lago.
Por esta razó6n cuando le dijeron sus diablillos que acababa de llegar un mensajero del amo de la granja para cobrar los intereses vencidos de tres años atrás, y que a garrotazos había roto la puerta de hierro y que luego dió una paliza a varios de ellos, el Diablo tuvo un susto de muerte.
-Dadle los intereses correspondientes a diez años, poco me importa -exclamó-, pero no permitáis que llegue aquí. ¡De ninguna manera! Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para no ver más a ese terrible muchacho.
Los diablillos, en cumplimiento de las órdenes recibidas, fueron en busca de tan extraordinaria cantidad de oro y plata que daba miedo de ver. Lo ofrecieron todo a Olaf que, con la mayor calma y parsimonia, lleno el saco que ya llevaba a prevención, se lo cargo a la espalda y emprendió inmediatamente el camino de regreso a la hacienda.
Algunas horas después se presentó ante su amo, quien al verlo tuvo un susto de muerte. Olaf, a pesar de su buena voluntad y de su inocencia, acabo comprendiendo las malas intenciones que durante los últimos días habían guiado los actos de su amo, de manera que ya no quiso trabajar más para él.
Por consiguiente le dio la mitad del oro y de la plata que le entregaron en el Infierno.
La otra mitad la regaló a su padre, el herrero de Furreby. Hecho esto, se despidió de él, diciéndole que ya estaba cansado de vivir en tierra y del trato de los hombres, de modo que le parecía preferible ir a vivir con su madre la Sirena.
Poco después se perdía de vista a lo lejos, y ya nadie más volvió a ver a Olaf, el Hijo de la Sirena.


031. Anónimo (dinamarca)

El zorro y el campesino

En cierta ocasión un campesino se dirigió al bosque para cortar leña. Anduvo largo rato, observando, al pasar, los árboles que encontraba, pero sin decidirse por ninguno de ellos, por parecerle que eran demasiado buenos para estropearlos haciendo leña. Todos podrían servir, en su día, para madera de construcción. Pero, al fin, encontró un árbol más conveniente para su propósito, porque, tanto el tronco coma las ramas, estaban muy retorcidos. Ya no dudo más y, empuñando el hacha, se dedicó activamente a la tarea de derribarlo y de cortar luego el tronco y las ramas a las medidas convenientes para su objeto.
Cuando más ocupado estaba en su labor, oyó una vocecita que le decía:
- ¡Socórreme, buen amigo! ¡Devuélveme la libertad!
El campesino volvía la mirada a su alrededor para averiguar quien le dirigía la palabra y no tardó en descubrir una víbora muy grande, que estaba presa en la hendedura de un tronco vecino y la madera la sujetaba de tal manera que, por muchos esfuerzos que hacia el reptil, no conseguía libertarse.
-No -le dijo el hombre-. No te ayudare, porque, con seguridad, te apre-surarías a picarme en cuanto te vieses libre.
La víbora replicó asegurándole que no le haría ningún daño, y le rogó, de nuevo, que la pusiera en libertad.
Se dejó el hombre convencer por aquellos ruegos y promesas y, metiendo cuidadosamente la hoja del hacha en la hendedura, por debajo de la víbora, ensanchó la abertura y el reptil pudo salir.
Pero en cuanto estuvo en libertad, se enroscó varias veces sabre si misma, sacó su lengua bífida, mostró los ponzoñosos colmillos y se dispuso a morder a su salvador.
-Ya te decía yo -exclamó el hombre- que eres un ser malvado y que corresponderías con tu maldad al favor que acabo de hacerte.
-iOh!- contesta ella-. Por mucho que hables, poco me importa. Mi oficio es morder y matar, y voy a ejercerlo contigo.
-Pero, ¿es posible que te muestres tan ingrata? - exclamó el campesino-. ¿Acaso crees que es junto pagar el bien con el mal?
-Poco me importa- contesto la serpiente-. Y no me interesa nada lo que pueda opinar el mundo.
-Por lo menos -rogó el campesino- suspende la ejecución de tu intento, y consiente en que preguntemos al primero que podamos encontrar cual de los dos tiene razón.
-No hay inconveniente -contesta la víbora-. Por lo tanto, echa a andar y yo te sigo.
De este modo, el campesino y la serpiente salieron del bosque y, al llegar a un campo, encontraron un rebaño de ovejas que allí pacía.
-Mira - dijo la serpiente-, podemos preguntar a una de esas ovejas.
El campesino consintió de mala gana, porque no estaba muy seguro de que cualquiera de aquellas ovejas contestara en el sentido que él deseaba, pero, como había propuesto preguntar al primero que encontrasen, no pudo oponerse.
La serpiente se acercó a una oveja y le preguntó:
Atiende, amiga oveja. Escucha lo que vamos a decirte y contesta quien, a tu juicio, tiene razón.
-Hablare yo -se apresuro a decir el campesino-. Escucha, oveja. Hace poco rato estaba yo cortando un árbol en el bosque, cuando oí una voz que me llamaba pidiendo socorro. Era esta víbora, que estaba aprisionada en la hendedura de un árbol. Yo no quería ponerla en libertad, temeroso de que me mordiese, pero tanto insistió, prometiendo que no me haría daño, que, al fin, accedí. Y, en pago de haberla salvado, ahora quiere morderme y matarme. ¿Crees que hace bien?
La oveja permanecía unos instantes callada y luego dijo:
-Verdaderamente, no se que contestar.
Al parecer, tu, hombre, tienes razón, pero, considerando bien las cosas, los hombres no merecéis ser objeto de ningún acto bondadoso. Miradme a mí, por ejemplo. Los hombres me esquilan cada año, para quitarme la lana, y luego, tanto yo como todas mis compañeras, estamos seguras de que acabaremos asesinadas. iOjala pudiese, como la serpiente, vengarme de los hombres!
Tales palabras dejaron muy contrito al campesino. Y la serpiente, satisfecha en extremo, le dijo:
-Ya lo has oído. Par lo tanto, disponte a morir.
-Preguntemos a otro -roge el campesino-. Nunca conviene atenerse a una sola opinión.
La víbora consentía de buena gana y, al poco rato, al pasar por delante de una casa de labor, encontraron un gallo.
Le expusieron el caso y el gallo, después de meditar unos instantes, dio una respuesta muy parecida a la de la oveja, porque también él guardaba mala voluntad hacia los hombres, que criaban gallos y gallinas con el único objeto de devorarlos luego.
Al campesino no le llegaba la camisa al cuerpo al ver que se confirmaba su mal destino. Sin embargo, propuso preguntar todavía a otro, animado por una esperanza muy vaga y la serpiente consintió.
La tercera vez encontraron un zorro. El hombre y la serpiente lo interpelaron y luego le expusieron el caso con toda suerte de detalles. El hombre aprovecha un momento en que la serpiente miraba a otro lado, para hacer al zorro un guiño significativo, que el astuto animal interpretó perfectamente. Por lo tanto, fingió entregarse a profundas reflexiones y luego dijo:
-Verdaderamente éste es un caso difícil. Por lo tanto, explicadme bien, con toda suerte de detalles, cómo ocurrió la cosa. Y lo mejor será que cada uno de vosotros reproduzca, lo mejor que sepa y pueda, todos los movimientos que hicisteis para que yo este en situación de juzgar con acierto.
Entonces la serpiente se dirigió a un árbol vecino, se enrosco alrededor del tronco para sostenerse y llamó al hombre.
Este acudió y entre ambos se repitió el dialogo que habían sostenido en el bosque.
El zorro escuchaba y observaba con la mayor atención y, aprovechando un momento en que la serpiente habla vuelto la cabeza hacia otro lado, saltó contra ella y le dio tal mordisco en el cuello, que la mató.
-¡Esto es lo que debieras haber hecho, tonto! -dijo al campesino-. La serpiente es un animal malvado, incapaz de todo acto bondadoso y de sentir agradecimiento por el bien que se le haga. Supongo que lo sucedido te servirá de lección para lo venidero.
-Tienes razón, amigo zorro -contesto el campesino-. Confieso que me conduje con la mayor imprudencia y que es muy justo cuanto acabas de decirme. Ahora quiero demostrarte que yo soy agradecido y voy a recompensar muy bien el favor que acabas de hacerme. Acompáñame, pues, a mi casa y te daré dos hermosos gallos, para que saques el vientre de mal año.
Se quedo el zorro pensativo y, al fin, resolviéndose, contesto:
-Lo cierto es, amigo, que no me fío demasiado de lo que acabas de prometerme. ¿Quien me asegura que, al llegar a tu casa, no azuzarás los perros contra mí?
El campesino se apresuró a protestar de sus buenas intenciones, pero el zorro le dijo que, por lo que pudiera suceder, prefería esperarlo a cierta distancia.
No pudo el campesino convencerle de lo contrario y, al fin, se resignó. Echo a andar hacia su casa y al llegar a ella, cogió dos gallos, los mejores de su corral, los metió en un saco que se echo al hombro y se dirigió nuevamente al encuentro del zorro.
-Ahí tienes lo prometido -dijo-. Supongo que ahora quedaras convencido de mi sinceridad y de mi gratitud.
Abrió el saco, saco los dos gallos, y se los entrego al zorro, el cual, desconfiado como era por naturaleza, no acababa de creer lo que estaba viendo.
-Te aseguro -dijo que me he engañado-. Debo confesar, además, que cuando maté a la serpiente, obré casi en desacuerdo conmigo mismo, porque no tenía ninguna confianza en tu gratitud.
-Supongo que ya estas convencido de ella -dijo el hombre.
Y, despidiéndose cordialmente del zorro, que le había salvado la vida, se alejo.
El astuto animal se apresuro a cargar con los dos gallos, a los que ya había matado de un par de dentelladas, y se dirigió, muy satisfecho, a su cubil.
Poco después se dió una de las mejores comidas de su vida entera. Como le dijera el campesino, saco el vientre de mal año. Y cuando hubo acabado de comer, se relamió el hocico y murmuró:
-Verdaderamente, debo reconocer que en el mundo las buenas acciones obtienen siempre la debida recompensa. Hice mal en desconfiar de ese buen hombre y me alegro mucho de haberle salvado la vida, porque, en primer lugar, mate a un bicho malo y cruel, como la víbora, salve a un hombre de una muerte inmerecida y, además, por vez primera en toda mi existencia, he podido comer, sin temor y sin remordimiento, un par de gallos magníficos. Realmente, siempre vale más obrar bien. En primer lugar, para sentir la grata satisfacción que se produce en nuestra alma por haber llevado a cabo una buena acción y después, porque casi siempre lleva aparejada, un acto de tal naturaleza, una inmediata y merecida recompensa.

031. Anónimo (dinamarca)

martes, 15 de mayo de 2012

El aprendiz de zapatero

Hubo una vez un aprendiz de remendón, huérfano de padre y madre. Tenia un tío sacerdote, que se encargo de el. Sus padres habrían deseado que el muchacho siguiese la carrera eclesiástica, pero, por su desgracia, al quedarse huérfano y sin recursos, le fue imposible dedicarse al estudio, a pesar de la protección de su tío, porque el pobre hombre, por su parte, no tenia tampoco medios para sufragar aquellos gastos.
Y como era mucha la pobreza del tío y del sobrino, este no tuvo más remedio que entrar de aprendiz en el taller del remendón del pueblo.
En el momento en que empieza esta historia, el muchacho llevaba ya tres años al lado del maestro. Había recibido muchos correazos del remendón, cada vez que éste lo sorprendía inactivo o divirtiéndose en retorcer la cera entre sus dedos, para hacer muñecos de todas clases. También sufrió numerosos golpes por haber sido sorprendido en el momento en que hacia muecas a su maestro cuando él le había vuelto la espalda, o bien al interrumpir su tarea de clavar estaquillas de madera en las suelas de las botas, pues su inacción era notada en el acto por el remendón.
Este, a fuerza de golpes, llega a convertir al muchacho en un buen obrero, le enseño el oficio de cabo a rabo y aunque al joven nunca le había gustado aquella ocupación, sabía llevar a cabo todas las operaciones necesarias, tanto en lo que se refería a la confección de calzado nuevo, como a la reparación del ya usado.
Ocurrió, en una ocasión, que su maestro le dijo que podía tomar un día de fiesta y que, en vez de pasarse una serie de horas cosiendo piel y cuero, se fuese al bosque para cortar estaquillas, toda vez que no quedaba ninguna en el taller.
Aunque, como se ve, la amabilidad del maestro era, realmente, interesada, el muchacho salió muy contento y con toda la rapidez que le fue posible, pues le gustaba mucho correr, saltar y jugar al aire libre. Y una vez en el bosque, ya no se acordó más de las estaquillas. Se encaramó por todas las lomas y se hundió en todos los barrancos, en busca de nidos de pájaros y de frutas silvestres, o bien observaba los hormigueros o perseguía a las mariposas.
De esta manera, y sin que se diese cuenta del transcurso de las horas, pasa el día entero y no corto una sola estaquilla. De repente, sin embargo, al declinar la tarde, se acordó del objeto que lo había llevado al bosque. Muy preocupado, buscó, con la mirada, algunos álamos poco crecidos, porque de su madera hacen estaquillas los zapateros. Mas no encontró ninguno y era ya tan escasa la luz reinante, que ni siquiera pudo darse cuenta, con certeza, del lugar en que se hallaba. Y así acabó diciéndose que lo único interesante, por entonces, era buscar la salida de aquel obscuro bosque y volver al pueblo lo antes posible.
Echó, pues, a correr y aunque, sin duda, siguió un camino equivocado, tuvo por último, la alegría de contemplar, de nuevo, los dilatados Campos.
Precisamente en el momento en que salía del bosque, un perro enorme se acerco a él, al galope; al mismo tiempo ladraba con fuerza y lo más raro del caso era que el muchacho pudo entender perfectamente lo que le decía el can.
-iBub! iBub! Muchacho -le decía-, es preciso que me sigas inmediatamente al interior del bosque. Allí hay alguien que desea hablar contigo.
Al mismo tiempo el perro saltaba alegremente al lado del muchacho, sin dejar de ladrar, de modo que el pobre chico, asustado y receloso, no se atrevió a negarse, sino que echo a andar, en pos del can, que, en efecto, se internó en lo más espeso del bosque.
Cuando llevaban ya una hora de camino, el muchacho pudo ver, tendido en el suelo, un hermoso ciervo, provisto de gran cornamenta: el animal estaba muerto. A su lado, sosteniéndose sobre las patas traseras, vió a un enorme oso pardo, que dió un rugido. A corta distancia, y posado en una rama, hallábase un halcón, que también dejó oír su voz y, sobre un tallo de hierba, estaba una diminuta hormiga negra, cuya vocecilla pudo igualmente percibir el recién llegado, después de fijarse mucho.
En cuanto el muchacho se hubo repuesto del asombro que le causo aquella escena, el oso le dirigía la palabra y le ordena repartir el ciervo muerto entre los cuatro animales; cada uno de ellos se creía con derecho, a una parte, pero, hasta entonces, y aunque la discusión había sido larga, no lograron ponerse de acuerdo.
El muchacho empuño su cuchillo de zapatero, desolló el ciervo y luego corta la cabeza.
-Ahí tienes tu parte -dijo a la hormiga-. Es la que mejor te conviene- añadió-. Tiene tantos agujeros y puntos de entrada, que te servirán admira-blemente para penetrar dentro del cráneo y devorar cuanto encuentres al paso.
Luego abrió en canal el cuerpo del ciervo, saco todas las entrañas y se las ofreció al halcón, diciéndole:
-Esto es lo que te corresponde. Es carne blanda, que dividirás fácilmente con tu pico.
Cortó después las patas anteriores y posteriores, y se las dio al perro, diciendo:
-Esta es la parte más apropiada para ti, porque tiene carne y huesos, que podrás romper con el mayor gusto.
El tronco se lo dio al oso, diciéndole:
-Tu eres fuerte y corpulento, y estas dotado del vigor necesario para destrozar todo eso y comerte la carne y los huesos.
Aquel reparto equitativo dejo muy satisfechos a los cuatro animales, cada uno de los cuales empezó a comer su parte.
El muchacho se apodero de la piel, se la cargo al hombro y se alejó, pensando:
-En cuanto le de al maestro esta magnífica piel de ciervo, no me castigara por mi olvido, puesto que no le llevo las estaquillas que me encargo.
Pero cuando se hallaba a punto de salir del bosque, de nuevo se presente el perro y le dijo que debía regresar al lugar en que se hallaba el oso, que deseaba hablarle.
Mucho se asustó el aprendiz de zapatero al oír al perro, pues se figuró que los cuatro animales no le permitirían llevarse la piel del ciervo.
Manifestó al perro ese terror, añadiendo que, en el caso de haber obrado mal, llevándose la piel, arrepentíase de ello y estaba dispuesto a devolverla. Por otra parte, no tenia ningún deseo de verse, de nuevo, ante el oso, pues se dijo que, una vez devorado el ciervo, tal vez los cuatro animales quisieran atacarlo a el mismo. Pero el perro se apresuró a tranquilizarlo, asegurándole que el oso no quería otra cosa que hablar un poco con él. Y le aseguró que, desde luego, podría llevarse la piel del ciervo, en el supuesto de que le fuese útil.
En vista de eso, el muchacho no tuvo inconveniente en seguir otra vez al perro y en cuanto estuvo en presencia del oso, pudo notar que este lo acogía con la mayor cordialidad.
-Nosotros cuatro -le dijo, después de satisfacer el apetito, hemos decidido recompensar el servicio que nos has prestado, repartiendo con tanta equidad el cadáver del ciervo. Queremos hacerte un regalo. Y, por mi parte, te otorgo el don de transformarte, cuando lo desees, en un oso tan corpulento, vigoroso e inteligente coma yo mismo. Luego, en cuanto te lo propongas, podrás recobrar tu figura humana.
-A imitación de mi amigo el oso -dijo el perro-, te concede También el don de transformarte en un perro tan fuerte, rápido e inteligente como yo mismo y estarás dotado igualmente, de un olfato finísimo. Y, por descontado, podrás recobrar la figura humana en cuanto lo desees.
-Yo También -dijo el halcón- te doy la facultad de transformarte en halcón, provisto de plumas tan finas y de alas tan vigorosas como las mías, de ojos agudos como los que poseo y de una gran rapidez de vuelo. Y cuando quieras, como se comprende, podrás recobrar la figura humana.
-No puedo ser menos que mis amigos - exclamo la hormiga, con voz tan débil que apenas pudo el muchacho oírla, a pesar del silencio extraordinario que reinaba en el bosque-, por lo tanto, cuando lo desees, podrás transformarte en hormiga, dotada de todas mis cualidades, y, en el momento en que te parezca oportuno, recobraras la figura humana.
El muchacho, maravillado par lo que acababa de oír, dio las gracias a los cuatro animales y nuevamente emprendió el camino hacia el lindero del bosque. Aquella vez no se vió detenido por el perro y siguió adelante, a campo traviesa. Por ultimo llegó al pueblo y a la casa de su maestro. Por el camino había reflexionado largamente, diciéndose que si se viese obligado a manejar siempre mas la lezna y el hilo, durante todo el día, su vida sería, realmente, muy desdichada.
-¡Oh! -se dijo de pronto-. ¡Si pudiera convertirme en halcón!
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando se vió metamorfoseado en aquel animal nombrado.
Extendió las alas y empezó a cruzar el aire con la rapidez de una flecha. De este modo recorrió un espacio inmenso, volando por encima de la tierra y del agua. Deseaba alejarse lo más posible de su país y, como emprendiera el vuelo hacia el sur, llego al cabo a España.
Una vez allí descanso en una de las ramas de un árbol y, dirigiendo una mirada a su alrededor, se quedo maravillado y extasiado ante todo lo que veía, montes y gargantas, pueblos y gente, porque todo le parecía muy raro, pero, al mismo tiempo, muy bonito.
Voló luego en varias direcciones, examinándolo todo a su sabor, gozando con lo que veía y sintiendo con delicia la suavidad del clima, el calor del sol y la frescura de la brisa. De este modo llego hasta un enorme castillo, mucho mayor y mucho más hermoso y espléndido que todo cuanto viera hasta entonces. Con toda evidencia aquella magnifica mansión pertenecía al rey.
Pero lo raro de aquel castillo era que todas las ventanas que miraban al este, al oeste y al sur, estaban tapiadas, de modo que el edificio solo recibía aire y luz por las ventanas que daban al norte.
Ante la fachada principal del castillo veíase un hermoso y soleado jardín, en el que respiraban las flores, saturando el ambiente de dulces perfumes. Allí gorjeaban numerosos pájaros de pintados colores.
El halcón revoloteo por encima del castillo y del jardín, para observarlo todo y, por ultimo, fue a posarse en una de las ramas de un árbol corpulento que se hallaba frente a una ventana abierta.
Desde su observatorio pudo notar que en el interior de la sala había numerosa concurrencia. En un extremo diviso a una hermosa y joven princesa, rodeada por sus damas de honor. También estaba allí el Rey. Como la Reina había muerto algunos años atrás y la Princesa era la única hija que dejo, el monarca la amaba extraordinariamente. Y a causa de la jovencita, había mandado hacer importantes obras en el castillo, de modo que el edificio no tuviese obras ventanas que las orientadas al norte.
Eso obedecía a que, cuando nació la Princesita, una maga profetizó que si, alguna vez, la alumbraba el sol antes de haber cumplido treinta años, inmediatamente sería raptada par un gnomo, a quien la Reina difunta la había prometido antes de su nacimiento.
La Princesa había cumplido ya quince años y durante aquel tiempo viose obligada a vivir dentro de las habitaciones del castillo. Tan solo por la tarde, cuando ya se había puesto el sol, podía pasear por los jardines, pero, a otras horas, érale forzoso permanecer en el interior del castillo.
Como se comprende, el halcón hizo buen use de sus ojos magníficos y de la agudeza de la visión de que gozaba entonces. El aprendiz de remendón nunca había visto ni sospecho siquiera la posibilidad de que existiese una doncella tan hermosa coma la Princesita, cuyo cabello era tan negro como las alas de un cuervo y el cutis tan blanco y resplandeciente como las albas plumas del halcón.
La Princesita fué la primera en descubrir al ave de presa y, dirigiéndose al Rey, su padre, exclamó:
-Mira, papa, que hermosa ave esta posada en una de las camas de ese árbol, sin duda procede de lejanas tierras.
-En efecto replica el monarca-, vale la pena de contemplar esa ave; en nuestro país es muy rara y esta, sin duda, procede de las lejanas tierras del norte. Es un ave majestuosa y, entre sus compañeras, goza casi de regia consideración. Si pudiéramos cogerla, la meteríamos en una jaula y la cuidaríamos conveniente-mente.
No cayeron en saco roto estas palabras, pues una de las damas de la Princesa, ya entrada en años y muy experimentada, se apresuro a replicar:
-Con la venia de Vuestra Majestad, yo conozco el modo de capturar a esas aves silvestres, de modo que si Su Alteza Real, la Princesa, me lo permite, haré lo posible por aprehender a ese hermoso halcón.
La Princesa sonrió satisfecha y se apresuró a dar el permiso solicitado.
La dama ató un cordel fuerte a la ventana, le puso en el otro extremo un cebo de carne, que dejo sobre el antepecho y luego salieron todos los ocupantes de la habitación, excepción hecha de la Princesa, que deseaba capturar por si misma a la hermosa ave.
Para lograrlo, se oculto en la estancia, sosteniendo en la mano el extremo del cordel. Luego espere pacientemente.
En cuanto el halcón fue a posarse en el antepecho de la ventana, la jovencita se apresuró a cerrarla y el ave quedo presa.
Pero, desde luego, no se dejo atraer por el cebo de carne, sino que fue a situarse sobre el antepecho de la ventana, al darse cuenta de que ya no podía ver a nadie en la estancia. Creyó que había sido desocupada, por completo y no pudo resistir la tentación de entrar en ella para averiguar a donde había ido la Princesa.
Así fue cogido, pero, al darse cuenta de que se hallaba en poder de la hermosa joven, no sintió el menor disgusto, sino todo lo contrario. Mostróse manso a más no poder y permitió a la Princesa lo acariciara con su manecita suave y lo metiera luego en una gran jaula dorada, como si fuera un loro.
Logrado que hubo este resultado, la Princesa se apresuró a llamar a todos los demás.
Entraron inmediatamente el Rey, las damas de honor y algunos cortesanos, y todos ellos rodearon la jaula en que estaba encerrado el hermoso halcón, cuya belleza los dejo pasmados. En cuanto a la Princesa estaba tan complacida y tan orgullosa de su captura, que se empeño en que la jaula permaneciese siempre en su propio dormitorio.
Pocas o ninguna molestia sufrió el halcón; la Princesa le daba para comer pan y carne, con sus propias manos, y le dirigía toda suerte de nombres y apelativos cariñosos. Mas a pesar de eso y de que estaba muy satisfecho de la frecuente compañía de la joven, el halcón acabó por cansarse de permanecer todo el día encerrado en la jaula.
Una mañana, muy temprano, en cuanto la luz alumbro la estancia a través de la ventana, y la Princesa estaba aun dormida, ocurriósele decir al halcón:
-¡Cuánto me gustaría transformarme en hormiga!
Con rapidez tan extraordinaria que a él mismo le dejo maravillado, viose convertido en una hormiga, de modo que, con toda facilidad, pudo salir de la jaula. Pero en cuanto se vió andando por el suelo, tuvo el deseo de recobrar, al fin, su verdadera figura. Un instante después vió cumplido su deseo y se halló en el centro del dormitorio de la Princesa.
En aquel momento la joven despertó y, al ver al desconocido, empezó a gritar y tiro del cordón de la campanilla suspendido al lado de su cama. Estaba asustadísima. Y al oír sus voces y sus campa-nillazos, las doncellas y las damas de honor penetraron, tumultuosa y rápidamente, en el dormitorio.
Mientras tanto, el muchacho, habíase convertido otra vez en hormiga; penetro en la jaula y, en cuanto estuvo allí, adquirió de nuevo su figura de halcón, de modo que las damas y las doncellas le vieron tranquilamente posado en uno de los travesaños de la jaula.
En cuanto le hubieron preguntado por el motivo de su susto y de su llamada, la Princesa contestó que había visto a un joven en su dormitorio; las damas y las doncellas buscaron por todas partes y registraron con el mayor cuidado los armarios roperos y aun por debajo de la cama, peso, natural-mente, no encontraron a nadie. Quedaron convencidos de quo la Princesa había soñado o que, quizá estaba enferma. Y, en previsión de que fuera esto ultimo, la obligaron a tragar multitud de píldoras y de polvos medicinales, y a permanecer todo el día en cama. Y, a la noche siguiente, una de sus damas de honor se quedó a velar su sueño.
Durmió aquella noche la Princesa con la mayor apacibilidad y cuando se levanto a la mañana siguiente, diose la mayor prisa en ofrecer algo que comer a su halcón; lo invitó a que se posara en su mano, Cosa que el hizo sin ofrecer la menor resistencia, y luego le acaricio las blancas plumas, lo besó y lo llamó luego su querido amigo, reconviniéndose a si misma por haberlo dejado abandonado durante el día anterior.
Con grande extrañeza y susto de la Princesa, el halcón tomo entonces la palabra y le hablo así:
-No tengáis ningún miedo de mí, encantadora Princesa,
-¿Como? -exclamó ella, admirada-. ¿Puedes hablar?
-En efecto -conteste él-, y si me prometéis no revelarlo a nadie, os diré alga importantísimo.
-Cuenta con mi discreción -contestó la joven-. Juro no comunicar a nadie lo que me digas.
Entonces él le refirió que, cuantas veces quisiera, podría con-vertirse, alternativamente, en hormiga, en perro, en oso y en halcón y que, cuando lo quisiera, También tenia la facultad de recobrar su figura humana. Al fin acabó confesando que, en efecto, había recobrado su forma habitual a primera hora de la mañana del día anterior y que ello fue causa del susto que tuviera la joven.
Ésta manifestó la mayor curiosidad y el más intenso deseo de presenciar aquellas transformaciones. Él se apresure a complacerla. La Princesa se río mucho al verlo convertido en hormiga, se entusiasmó ante el perro que se le apareció de pronto, tuvo bastante miedo al ver al oso, pero cuando conoció al joven, en su verdadera forma humana, no tuvo el más pequeño terror, sino que, por el contrario, su interlocutor le resultó muy simpático, pues si bien ella era una Princesa y él tan solo un aprendiz de zapatero, no se podía negar que era también muy guapo.
A partir de aquel momento, el aprendiz de zapatero ya no se vió obligado a permanecer siempre dentro de la jaula, sino que la Princesa le permitía acompañarla adonde quiera que fuese, en figura de halcón, como se comprende. El se posaba en el hombro de la Princesita cuando se sentaba en la regia mesa, comía de su mano y ella lo llevaba, posado en el puño, si, por las tardes, iba a pasear por el jardín, en compañía de sus damas de honor.
Pero cuando estaban los dos a solas, en el saloncito, el joven adquiría, de nuevo, su forma humana; tenían mucho que decirse y acabaron sintiendo el mayor afecto mutuo. Convinieron en casarse, aunque la Princesa sabía muy bien que su padre nunca le daría permiso de tomar por esposo a un aprendiz de zapatero y menos aun consentiría verla desposada con un oso, un perro, un halcón o una hormiga. Pero no se desanimo por eso, sino que buscó los medios de vencer aquella dificultad, aparentemente insuperable. Tras muchas reflexiones, acabo dando a su amigo una bolsa llena de monedas de oro, con el encargo de que se alejase al vuelo, asumiera su forma humana y se vistiese de un modo regio; luego habría de comprar magníficos caballos, contratar los servicios de numerosos caballeros y pajes, y en cuanto dispusiera de todo esto, habría de regresar con la mayor pompa y lujo, cual si fuese un verdadero príncipe, con objeto de pedir al Rey la mano de la Princesita.
Así fue como, cierto día, desapareció el halcón y nadie, a excepción de la Princesa, tuvo la menor noticia relacionada con su paradero. Ella fingió el mayor desconsuelo por la perdida de la hermosa ave, pero el Rey, tuvo verdaderamente un disgusto a causa de la desaparición del halcón, de extraña y lejana procedencia.
Pero no fue posible hallarlo, y el Rey acabó olvidando al ave. La Princesa, por su parte, recobro el buen humor y en el Castillo la vida continúo su ritmo habitual.
Cierto día se vió como un lucido cortejo penetraba en el patio del palacio. Pronto se supo en las regias salas que el hijo del rey de Inglaterra -según se aseguraba- acababa de legar. Llamábase Príncipe Halcón. Lo acompañaban numerosos caballeros, de marcial y rico aspecto, y muchos pajes, y la cabalgata estaba formada por veinticuatro corceles de pura raza, cubiertos de gualdrapas de alegres colores, adornados con oro y plata.
El Rey dió orden de que se acogiese hospitalariamente a los recién llegados y el Príncipe extranjero, al ser recibido por el monarca, le comunico que el objeto de su viaje era solicitar la mano de la Princesita.
Contesto el Rey que dejaría a su hija en libertad de tomar la decisión que más grata le pareciese, porque no quería obligarla a contraer matrimonio a la fuerza; sin embargo, puso por condición que, quienquiera que fuese su marido, habría que compartir con ella la residencia que le estaba destinada y vivir en aquella parte del Castillo cuyas ventanas miraban al norte. El marido de la Princesa no tendría el derecho de llevarla a su propia patria ni a ninguno de sus palacios, hasta que la joven hubiese cumplido treinta años. Y, a la sazón, tenia quince. Comunicó al Príncipe que, si alguna vez un rayo de sol alumbraba a la joven, antes de que cumpliese los treinta años, un malvado gnomo se apoderaría de ella, según les había anunciado una poderosa maga. Y añadió que el, el Rey, había prometido a su difunta esposa, madre de la Princesita, que cuidaría a su hija hasta que ya no corriese peligro alguno.
El Príncipe extranjero aceptó de buen grado estas condiciones y, en vista de eso, el Rey dio la orden de que llamaran a su hija para que conociera al pretendiente.
Ella prometió contestar, pasados que fuesen tres días, durante los cuales el Príncipe y su sequito fueron tratados con la mayor esplendidez y cortesía.
Cuando se hubo cumplido el plazo fijado por la Princesa, ésta fue a anunciar a su padre que si el quería, por su parte no tendría el menor inconveniente en tomar por esposo al Príncipe ingles, en quien había reconocido, desde luego, a su halcón.
De este modo quedaron todos de acuerdo y se fijó la fecha para celebrar los esponsales, y algunos días más tarde, la ceremonia de la boda; en ambas ocasiones hubo muchos festejos, con gran regocijo del pueblo, que se interesó vivamente por la felicidad de los recién casados.
Algún tiempo después la corte hizo una visita a otro castillo real, en donde se celebró un magnifico torneo. Pero el Príncipe y la Princesa no acompañaron a los demás porque la recién casada no se atrevía a abandonar sus habitaciones, a causa de la amenaza siempre suspendida sabre ella, según le habían profetizado.
Estaba el día muy nublado y amenazaba llover; en vista de eso, el Príncipe indicó a su joven esposa que seguramente no habría temor alguno si ellos también se dirigían al otro castillo, para asistir a la celebración del torneo.
Como se comprende, la Princesa acogió encantada la proposición de su esposo, pues deseaba ver algo distinto del paisaje que todos los días podía contemplar desde las ventanas de su castillo que daban al norte.
Rápidamente hicieron los preparativos necesarios y, al poco rato, los dos príncipes subieron a una carroza dorada tirada por seis caballos lujosamente enjaezados y empenachados. Apenas habían legado al castillo y ocupado los asientos que les destinaron a los pies del monarca, en la gradería, el sol se abrió paso por entre las nubes por un solo instante y uno de sus rayos fue a dar a la Princesa, que estaba sentada al lado de su esposo. En el mismo momento el Príncipe Halcón se dio cuenta de que le era arrebatada su esposa, que desapareció como si se la hubiese tragado la tierra.
Ya se puede imaginar cual fue la conmoción general y el dolor que embargo a todos, porque la Princesa gozaba de generales simpatías. Su esposo, el Príncipe Halcón, no perdió la serenidad. Tras una breve reflexión comprendió que debía aprovecharse de la facultad que tenía de cambiarse en cualquiera de los cuatro animales, hormiga, halcón, perro y oso, y, hablando en voz baja, para si, exclamo:
-¡Oh, cuanto me gustaría ser perro!
Vióse cumplido su deseo en el acto. En forma de perro echo a correr con toda la prisa que le fue posible, siguiendo el rastro de su amada esposa, y para nada se ocupo en calmar el dolor en que se hallaban sumidos el Rey y todos los cortesanos.
Éstos regresaron tristemente a sus respectivas viviendas y el Rey se retira a sus habitaciones, después de haber dada orden de que no quería ver a nadie ni recibir consuelo de quienquiera que fuese.
El pobre hombre estaba desesperado al pensar que, después de haber protegido durante tantos años a su hija del peligro que la amenazaba, un solo momento de distracción había sido la causa de la mayor desdicha de su regia morada.
Mientras tanto seguía el perro las huellas de la desaparecida Princesa. Así recorrió una distancia enorme, y llego a un desierto que atravesó sin vacilar, pero al fin, y al hallarse al pie de una montaña, perdió ya el rastro que hasta entonces siguiera.
El Príncipe transformado en perro, saltó a un lado y a otro, subió y bajo por la montaña, pero en ninguna parte pudo descubrir el rastro y las huellas de su amada esposa. Comprendió, sin embargo, que, de un modo u otro, debía de hallarse en el interior de la montaña.
Sin abandonar un momento la observación y la vigilancia, el can vió transcurrir horas y días. Por ultimo se le ocurrió la idea de transformarse en hormiga y, ya cumplido su deseo, pudo registrar todas las grietas, todos los pequeños agujeros que había en la ladera de la montaña. Por ultimo vi6 recompensada su paciencia y su perseverancia, al encontrar una pequeña fisura que penetraba en la montaña. La siguió sin vacilar y, al cabo de buen rato, observe que aquella pequeña abertura se ensanchaba de un modo considerable, hasta convertirse en una gran cueva que constituía una especie de patio exterior perteneciente a un castillo construido dentro de la montaña. La hormiga penetró en el edificio y avanzo por los largos corredores, subió por las escaleras, atravesó numerosas estancias y, al fin, llego a una habitación de cuyo techo pendía una lámpara encendida. Allí estaba sentada la Princesa con los ojos bañados en lagrimas, pero no sola, porque el malvado gnomo se había sentado a sus pies y apoyaba la fea cabeza en el regazo de la joven, que se vela obligada a peinarlo mientras el reposaba. Así y se dormía apaciblemente.
La hormiga penetró en la habitación y se encaramo por la ropa de la Princesa. De este modo llego a una de sus orejas y, seguro ya de que nadie podría oírlo sino ella, le dijo:
-Estoy a tu lado, queridísima esposa.
La Princesa se sobresaltó, peso, en el acto, reconoció la voz de su marido, aunque su volumen era infinitamente menor, y coma ya sabia que podía adquirir, entre otras, la forma de una hormiga, comprendió perfectamente cómo había podido llegar hasta allí.
-No te apures, querida esposa, porque esta situación tiene remedio -añadió el Príncipe-. Por el momento, pregúntale al gnomo cuanto tiempo habrás de permanecer aquí cautiva.
La Princesa dejo inactivas las manos, interrumpiendo su ocupación de peinar al gnomo y este despertó inmediatamente, preguntando:
-¿Por qué dejas de peinarme?
-iOh! -contesto ella-. Estaba pensando algunas cosas.
-¿Ah, si? -exclam6 el gnomo-. ¿Y en que pensabas?
-Ante todo, en si habré de permanecer aquí toda mi vida -dijo la Princesa.
-Acerca de eso no hay ninguna duda- contestó el gnomo-. Mientras yo viva no recobraras la libertad. Ahora, pues, sigue peinándome.
La Princesa volvió a introducir el peine en su cabello y el gnomo se durmió otra vez. Entonces la hormiga dijo al oído de la joven:
-Hazle otras preguntas, porque conviene informamos de muchas cosas.
Ella dejo, de nuevo, inactivas las manos y el gnomo se despertó coma antes, exclamando:
-Sigue peinándome, ¿acaso te has entregado, otra vez a tus reflexiones?
-Sí -contestó la Princesa-. Y me preguntaba ahora cuanto tiempo durara tu vida.
-¡Oh! ¿Eso pensabas? Pues, mira. Mi vida será mucho mas larga que la tuya y nadie puede quitármela, porque esta concentrada en mi corazón, el cual no llevo conmigo en el interior del cuerpo, sino que esta muy bien guardado en lugar seguro. Por consiguiente, continúa tu trabajo y no pienses en esas tonterías.
La joven Princesa, vióse, pues, obligada a continuar peinando al gnomo, el cual se durmió otra vez.
-Pregúntale otra cosa -aconsejo la hormiga, quedamente.
La Princesa interrumpió su tarea y otra vez despertó el gnomo. Estaba ya muy enojado de que no le permitieran continuar su dulce sueño.
-¡Malditas sean tus reflexiones! -exclamó airado-. ¿Que tonterías estabas pensando ahora?
-Tú tienes la culpa de todo. Recuerda que, según acabas de decirme, tienes corazón, pero que no lo llevas en el interior del cuerpo. No lo comprendo. ¿Dónde esta?
-De poco te serviría saberlo -replicó el gnomo-. Pero como tampoco te perjudicara conocer este detalle, no tengo inconveniente en decírtelo. Se halla muy lejos de aquí, en un país llamado Suecia. Hay allí un enorme lago y en éste vive un dragón. Dentro del dragón vive una liebre, la cual sirve de habitación a un pato. En el cuerpo de este hay un huevo y dentro de ese huevo se halla mi coraz6n. Está, pues, muy bien oculto y a nadie se le ocurriría siquiera buscarlo allí. Te doy ahora motivo para seguir pensando y reflexionando, pero si no continúas tu trabajo inmediatamente, vas a recibir un severo castigo. ¿Comprendes?
La Princesa se apresuró a continuar su tarea de peinar al gnomo, el cual se quedó dormido y, en breve, empezó a roncar con tal fuerza, que toda la montaña se estremecía.
La hormiga habló de nuevo en voz baja al oído de la Princesa y le recomendó que recobrase el ánimo, porque muy en breve, se vería libre de su esclavitud,
La hormiga abandono la habitación a toda prisa, avanzo por la galería que luego se convertía en fisura y, de este modo, no tardó en verse en el exterior. Una vez allí se convirti6 en halcón y emprendió un vuelo con rumbo a Suecia.
Después de algunos días de viaje, se vió a la orilla de un enorme lago. Inmediatamente recobró su prístina forma humana. Llegó allí por la tarde y aunque volvió a mirar en todas direcciones, no pudo descubrir la menor señal de la existencia de un dragón. Todo lo que vió fur una casita aislada y, dirigiéndose a ella, llamó a la puerta y entro. Una vez en presencia de sus habitantes, les rogó que le permitiesen pasar la noche bajo techado. Ellos le contestaron que eran gente muy pobre y que no tenían ninguna habitación digna de tan distinguido caballero, pero, desde luego, se manifestaron dispuestos a darle el mejor alojamiento y la más substanciosa cena que les permitían sus recursos.
A la mañana siguiente el Príncipe Halcón se levanto muy temprano y se apresura a salir de la casa. Entonces pudo ver en una pocilga cercana una docena de cerdos muy bien cebados.
-¡Caramba! -dijo dirigiéndose a su huésped, cuando, de nuevo, hubo entrado en la casa-. No eres tan pobre como querías darme a entender. Acabo de ver en la pocilga una docena de cerdos muy bien cebados.
-¡Oh, Dios mío! -exclamo el pobre hombre-. No somos tan ricos como para poseer doce cerdos. Están destinados al desayuno del dragón, que vive en el lago inmediato. Ese monstruo ha amenazado con devastar todo el país si el rey no le da, todas las mañanas, una docena de cerdos bien cebados para su comida. Todos los días, al caer la tarde, los traen aquí y yo tengo el deber de llevarlos a la orilla del lago a la mañana siguiente. Pero lo malo es que apenas quedan ya cerdos en el país. Y en cuanto el monstruo haya devorado esos, no se lo que será de nosotros.
-Yo te acompañare -dijo el Príncipe.
-De ninguna manera -contesto el buen hombre-. No puedo permitirlo. Si el dragón ve a un desconocido se irritará de tal manera, que nos atacara en el acto y vos y yo seremos devorados en un santiamén.
Pero el Príncipe insistió de tal modo en acompañar a su huésped, que este consintió al fin. Luego los dos echaron a andar, en tanto que el campesino dirigía los cerdos hacia la orilla del lago. Una vez estuvieron allí, los dos hombres pudieron oír un rugido espantoso, gran chapoteo del agua y, a los pocos instantes, salio el dragón a tierra para devorar los doce cerdos.
-¡Oh, cuanto me gustaría ser oso! -pensó el Príncipe.
En el acto viose transformado en un enorme plantígrado. El dragón, al verle, rugió de un modo espantoso y dijo:
-Ven acompañando a los cerdos y ya verás como te trago de un bocado,
Pero el oso replica con gran gallardía.
-Eso lo veremos.
Y, sin vacilar, se arrojo contra el dragón. Los dos animales empezaron a luchar de un modo espantoso. Rugían, se arañaban y se mordían sin cesar, con rabia que aumentaba por momentos. De esta manera, y agrediéndose mutuamente con garras y dientes, siguieron combatiendo, aunque ninguno de ellos pudo alcanzar una decidida ventaja sobre su enemigo.
-Si, por lo menos, me hubiese comido esos doce cerdos -dijo el dragón-, no hay duda de que habría tenido la fuerza suficiente para acabar contigo.
-Pues si yo hubiese tomado un poco de pan y un vaso de vino, es seguro que habrías muerto a mis garras-contesta el Príncipe.
Estaban ambos tan fatigados, que no tuvieron fuerzas para continuar la lucha. El dragón volvió a sumergirse en el lago y desapareció, y el oso, por su parte, recobro la forma humana y, dirigiéndose al hombre que había presenciado la contienda, le dijo:
-Vuelve a encerrar los cerdos en la pocilga, porque hoy el dragón no tiene apetito.
Como, a su vez, necesitaba comer algo, se dirigió a la capital del rey, que no estaba lejana y durante todo el día rehizo sus fuerzas comiendo y bebiendo. Llegada la noche durmió muy bien, pero a la mañana siguiente se apresuró a regresar a la orilla del lago.
Llegó a tiempo para ver como su huésped del día anterior conducía veinticuatro cerdos al lago (puesto que le debía al dragón los doce del día anterior). Y otra vez oyeron el rugido y el chapoteo del agua cuando el dragón salió a tierra. Y aunque, dirigiéndose al porquerizo, le ordenó que se acercara con los cerdos para devorarlos, ya no lo hizo con acento tan arrogante como los otros días.
El Príncipe, mientras tanto, había asumido de nuevo la figura y la forma de un oso gris muy corpulento y, dirigiéndose al dragón, le advirtió:
-Antes será preciso que luchemos y que me venzas.
Otra vez se atacaron mutuamente. Y era tal la violencia de sus acometidas y la saña con que luchaban, que, en algunos momentos, se estremeció la tierra.
-¡Oh, si por lo menos hubiese podido comerme los veinticuatro cerdos! -exclamo el dragón-. No hay duda de que ya habría acabado contigo.
-Pues, mira, si yo hubiese tomado un poco de pan y un sorbo de vino -replico el Príncipe-, ya no vivirías.
El dragón volvió a sumergirse en el lago y el oso recobró la forma humana. Luego el Príncipe se dirigió a su posada.
El porquerizo encerró los veinticuatro cerdos en la pocilga y se apresuró a dirigirse a la capital para comunicar al rey el hecho de que el dragón no había recibido su ración de cerdos en los dos días anteriores y que un hombre-oso, dotado de unas fuerzas espantosas y de un valor extraordinario, había atacado al dragón por dos días consecutivos y que ambos lucharon sin descanso hasta agotar por completo sus respectivas fuerzas. También dió cuenta de lo que había dicho cada uno de aquellos animales monstruosos al terminar la lucha de cada día,
El hijo del rey se enteró de tales noticias; era muy joven todavía, pues apenas había salido de la niñez, pero, sin embargo, estaba dotado de gran valor y de una extraordinaria afición a las aventuras. E hizo observar que le parecía vergonzoso el hecho de que nadie hubiese cuidado de dar pan y vino al hombre-oso como él deseaba. No dijo nada más, pero decidió lo que haría a la mañana siguiente.
El porquerizo se dirigió al lago, conduciendo treinta y seis cerdos a la orilla, porque el rey lo había mandado Así, deseoso de que el dragón recibiese También las raciones atrasadas, mientras fuese posible procurárselas. El monarca era, en realidad, un hombre muy cobarde y estaba atemorizado por el dragón.
En cuanto los cerdos llegaron a la orilla, apareció el dragón y se tragó un cerdo, antes de que apareciese el oso; pero pronto tuvo que abandonar tan agradable entretenimiento, porque el oso se arrojó contra él y ambos reanudaron la lucha a zarpazos, mordiscos y empujones, de un modo que habría asustado a quien presenciara la mortal contienda. Pero ninguno de ellos consiguió dominar a su contrario.
-Si yo me hubiese comido los treinta y cinco cerdos que hay en la orilla -observó el dragón-, no hay duda de que ya lo hubiese vencido.
-Pues, mira, si yo hubiese tomado un poco de pan y un sorbo de vino, estoy seguro de que habrías muerto ya -contesto el hombre-oso.
Apenas había acabado de pronunciar aquellas palabras, cuando alguien he ofreció un enorme pan de trigo y un jarro de vino. Era el atrevido principito que, sin saberlo su padre ni ninguno de los habitantes del palacio, se dirigió al lago para ayudar al misterioso campeón.
En cuanto el hombre-oso hubo comido el pan y bebido el vino, se lanzó de nuevo contra el dragón y, en un abrir y cerrar de ojos, lo despedazó abriéndolo en canal.
Inmediatamente saltó una liebre, en dirección al bosque, pero, al verlo, el oso se transformó en perro, muy ágil y, echando a correr, alcanzó por fin a la liebre y la mató de un mordisco. Apenas el roedor estuvo muerto, salió de su cuerpo un pato que emprendió el vuelo. Más entonces desapareció el perro para ser substituido por el halcón, que se arrojó contra el pato y lo destrozó al fin con su pico y con sus garras.
El pato dejó caer un huevo y, como el halcón ya esperaba tal cosa, se fijó muy bien en el lugar a que iba a parar. Luego se convirtió en el Príncipe, se apoderó del huevo y, por un momento, lo observo. Había caído sobre una piedra enorme, pero, sin embargo, la cáscara estaba intacta.
-Es muy duro -exclamó el Príncipe-, pero conozco algo todavía más duro que él.
Se transformó otra vez en halcón y al vuelo emprendió el camino de regreso hacia la montaña en cuyo interior habitaba el gnomo. Al llegar allí se transformó en hormiga y volvió a penetrar por la fisura de la montaña. De este modo llegó a la cueva y una vez allí adquirió la figura humana y avanzó llevando el huevo en la mano.
Corriendo, penetró en los corredores, subió las escaleras y atravesó las enormes estancias del palacio, hasta llegar a la habitación alumbrada por una lámpara, donde la Princesa estaba sentada, con la cabeza del gnomo apoyada en su regazo.
La joven oyó llegar a su marido y el sobresalto y la alegría fue la causa de que se cayese el peine al suelo. Desesperada, unió las manos, pues comprendió que aquel era un trance de vida o muerte, tanto para ella como para su marido. El gnomo se despertó de su sueño y, comprendiendo en el acto la amenaza que pesaba sobre el, empuñó una gruesa barra de hierro. Pero, en el mismo instante, el Príncipe Halcón se acercó a él y le arrojó a la frente el huevo que llevaba en la mano derecha, y que se rompió en mil pedazos, derramándose luego su contenido por la cara del gnomo. Éste se tambaleó un momento sobre sus piernas y luego cayó de espaldas, de modo que su cabeza golpeó violentamente el suelo y, a los pocos instantes, expiró.
En el preciso momento en que ocurría eso, abrióse la montaña desde la cima hasta, la base, con gran ruido, y el Príncipe y la Princesa viéronse repentinamente, y por ante de encantamiento, en el balcón principal del castillo mas hermoso que se pueda imaginar. Todas las salas estaban llenas de oro y plata, sin contar las piedras preciosas que los adornaban. La comarca que rodeaba el castillo ya no era un desierto, sino un parque enorme, en el cual abundaban los árboles y las flores mas hermosas.
Por doquier se oían los trinos y los gorjeos de los pájaros. Habíase rota el encantamiento que pesaba sobre aquel lugar y todo volvía a ser como antes de que el gnomo lo transformase todo mediante un poderoso conjuro.
Después de solazarse en la contemplación de todo lo que se ofrecía a sus miradas y de reparar sus fuerzas comiendo y descansando unas horas, el joven matrimonio creyó llegada la ocasión de emprender el regreso al palacio del padre de la Princesita.
Fué el viaje mucho menos largo de lo que habían podido imaginar y ya se comprenderá la alegría del Rey ante la reaparición de su querida hija y el agradecimiento que sintió por todo lo que hiciera el Príncipe Halcón a fin de devolverle la libertad y destruir la amenaza que hasta entonces había pesado sobre ella.
Creyó el monarca llegada la ocasión de celebrar una esplendida fiesta, como si, de nuevo, quisiera celebrar el matrimonio de su hija. La alegría era general y todos, grandes y pequeños, demostraron cuanta parte tomaban en la felicidad de que gozaban los habitantes del castillo. El rey entregó a su yerno la mitad de su reino, y el joven matrimonio fué a fijar su residencia en el magnifico castillo que pertenecía al gnomo.
El anciano monarca ya pudo ordenar que se abriesen de nuevo todas las ventanas del castillo y, en adelante, vivía feliz y gozo de la compañía y del afecto de muchos nietos. Y, a su muerte, el antiguo aprendiz de zapatero fué Rey de España.

031. Anónimo (dinamarca)