Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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miércoles, 22 de octubre de 2014

El asesino de su hija

Frente a las costas de In-Chiang-Shan hay una pequeña isla llamada Dhzong-Min. En ella vivía un pescador con su mujer y sus dos hijos. Su nombre era Wang-Er-Lien y su único defecto era que siempre llevaba a toda su familia en su barca cuando salía a pescar.
-No está bien que hagas eso -le aconsejaban los otros pescadores. El mar es peligroso y se ceba siempre en los más débiles.
Pero Wang-Er-Lien se reía de sus consejos y decía:
-¿Qué pueden temer mi mujer y mis hijos? Se puede decir que han nacido en el mar y él lo sabe.
Un día, como era su costumbre, toda la familia Wang salió a pescar. El tiempo era apacible, pero, al regresar, se levantó una tormenta y la barca volcó.
-¡Hazte cargo de la niña! -gritó la señora Wang.
Pero el marido entendió que los dos niños están a salvo y gritó desde el seno de una ola:
-¡Está bien! ¡Voy a ver si logro salvar la barca! Nadad hacia la costa. Allí nos veremos.
Al llegar a la playa, se dieron cuenta del equívoco y lloraron con amargura.
-¿Por qué será el viento tan cruel? -preguntó, desesperado, Wang-Er-Lien. Fue él el que cambió el sentido de tus palabras.
-¿Para qué culpar a nadie? -le reprochó su mujer. La culpa es nuestra por sacar niños tan pequeños a la mar.
-Nuestra hija sólo tenía tres años. ¿Es que se ha vuelto ciego el dios del mar?
Y se fueron a vivir a otra parte de la isla, porque en aquel lugar todo les recordaba a la niña. Sin embargo a los pocos años el hijo cogió una enfermedad extraña y también murió.
-No me moveré de este sitio -dijo la señora Wang con amargura. Aquí se ha hecho polvo el cuerpo de mi hijo y aquí echaremos raíces.
-Nuestra descendencia las hará tan profundas como la sima en la que descansa nuestra hija -dijo su marido para darle ánimos.
Pero fueron pasando los años y no volvieron a tener ningún hijo.
El carácter de Wang-Er-Lien se agrió y no pensaba más que en sí mismo. Su mujer, por su parte, se volvió tan callada como la luna nueva. A veces se acercaba a la playa y gritaba sin despegar los labios:
-¿Estás ahí, hija mía? ¿Por qué nunca vuelves a vernos?
Sin embargo, la niña no se había ahogado. La encontró tendida en la arena un pescador llamado Luo-Cheng. Cuando su esposa le vio acercarse con su cuerpecito en los brazos, pensó que era un pez y le preguntó:
-¿Acaso ha bajado tanto hoy la marea que los peces se han quedado varados en la playa?
-Mejor que eso -contestó, alborozado el señor Luo.
Y le enseñó la niña. Durante varias semanas esperaron que aparecieran los padres de la pequeña. Pero, al final, como no tenían hijos, decidieron adoptarla y la trataron como si fuera hija suya.
-¿No es maravillosa la mar? -preguntaba la señora Luo. No sólo nos da alimento, sino que hasta ha tenido la delicadeza de regalarnos una hija.
Sin embargo, la niña conservaba recuerdos de sus primeros años y sabía que la familia Luo no era la suya. Durante quince años siempre llevó al cuello un colgante de plata con una inscripción que decía: «Vivirás más de cien años». Con idéntico cariño conservó, además, una pequeña caja de madera con juguetitos de niña.
«¿Quiénes serán mis padres?», se preguntaba, ilusionada.
Pero nunca comentó con nadie sus dudas, porque la señora Luo la trataba como una madre y todos la conocían como la hija de Luo-Cheng.
Ahora era una muchacha de dieciocho años. Su hermosura aventajaba a la del coral y su corazón no tenía que envidiar la belleza de las perlas.
Un día se levantó una gran tormenta. Las olas se hicieron cada vez más altas y amenazaron con borrar de la costa a todas las casas.
-Nos internaremos tierra adentro -decidieron, con preocupación, los ancianos del lugar.
Pero no les dio tiempo para ello. Todavía estaban hablando, cuando una ola gigantesca cayó en tromba sobre las casas y las hizo añicos.
-¡Socorro! -gritaron los pescadores y cuantos con ellos vivían. ¡Apiádate de nosotros, dios del mar!
Y, cuando toda esperanza estaba ya perdida, se dejaron llevar por las aguas y se animaban unos a otros diciendo:
-Todos somos hijos del mar. Nadad cuanto podáis y las aguas os respetarán.
La aldea había sido arrastrada mar adentro. Cada cual se agarraba a lo que podía y luchaba contra las olas. Sin embargo la hija de Luo-Cheng parecía más preocupada por salvar el colgante y la caja que por su propia vida.
«Si pierdo esto -se decía, nunca podré saber quiénes son mis verdaderos padres.»
Y milagrosamente continuó manteniéndose a flote.
La tormenta había afectado a toda la isla. Ni siquiera el remoto lugar en el que ahora vivía Wang-Er-Lien se vio libre de ella. En cuanto el pescador vio el color de las nubes, dijo. alarmado. a su mujer:
-Montémonos en la barca. Si logramos llegar a mar abierto antes de que el viento sacuda las olas, estaremos a salvo.
Pero la señora Wang no quería abandonar su casa.
-Aquí está enterrado nuestro hijo. ¿Acaso te has olvidado de la promesa que hicimos de no marcharnos jamás?
-Claro que no -respondió Wang-Er-Lien. Pero ahora debemos salir al encuentro de nuestra hija. Hace muchos años que no vamos a verla.
Entonces la señora Wang se puso muy contenta y saltó la primera a la barca.
Las olas les desviaron el rumbo y pronto se encontraron ante la aldea del señor Luo-Cheng. Vieron flotar casas enteras, pero Wang-Er-Lien dijo:
-Es mejor que no ayudemos a nadie. Si cogemos a algún náufrago, es posible que peligre nuestra propia seguridad.
La señora Wang vio en el agua a la hija de Luo-Cheng y le dio lástima.
-Recojamos a esa muchacha. Parece tan indefensa y me recuerda tanto a nuestra hija...
Wang-Er-Lien replicó:
-¡He dicho que no! ¿No comprendes que también nosotros podríamos irnos a pique?
Pero, al volverse, vio la caja que llevaba la joven y pensó:
«Seguro que esa muchacha lleva ahí todas sus joyas.»
Y le alargó una pértiga.
La hija de Luo-Cheng ató a ella la caja con el colgante y los juguetes.
-iNo hagas eso! -le gritó su verdadera madre. ¡Sálvate tú y olvídate de lo demás!
-Es lo que más quiero en el mundo. Por ello sería capaz de sacrificar mi propia vida -respondió la joven.
Entonces Wang-Er-Lien, su verdadero padre, la empujó con la pértiga y no la dejó subir a la barca.
-¿Para qué, si ya he conseguido lo que quería? -se disculpó, avaricioso, y la muchacha se ahogó.
Cuando regresaron a su casa, ni un solo poste quedaba en pie.
-¿Por qué lloras? -preguntó a su mujer. Con lo que hay en esta caja podremos reconstruirla antes de una semana. Deberías dar gracias por tener un marido tan previsor.
Y abrió la caja.
El pescador se quedó de una pieza. Sólo contenía un colgante con la inscripción «Vivirás más de cien años» y unos juguetes viejos.
-iEsto era de nuestra hija! -exclamó, esperanzada, la señora Wang. ¿Cómo es posible que lo guardara la hija de Luo-Cheng?
¡No lo sé! -respondió, malhumorado, Wang-Er-Lien. En seguida iré a pedirle cuentas.
Cuando llegó a la casa del otro pescador, toda la aldea estaba llorando a la muchacha. Ella había sido la única a la que se había tragado el mar.
¿Esa caja? La traía nuestra hija, cuando la encontramos en la playa hace más de; quince años -respondió, llorando, la señora Luo. Esperamos a que aparecieran sus padres, pero, como nadie la reclamó, nos quedamos con ella.
A Wang-Er-Lien se le puso el pelo blanco y empezó a temblar, como un pez recién pescado.
«¡He matado a mi propia hija! -se dijo con remordimiento. He matado a mi propia hija por una caja que no contenía nada.»
Se metió en el mar y dejó que las olas le borraran la vida.
-Es lo más sensato que podía hacer -comentaron los ancianos de la aldea. ¿Quién puede vivir pensando que es un parricida?
Y, de esta forma, todos aprendieron que, si el oro es valioso, más lo es la vida.

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El arquero y el vendedor de aceite

Aquel joven era un arquero excepcional. Su padre era el hombre más rico de la aldea y se pasaba todo el día practicando con su arco. Así, no es de extrañar que diera en el centro de la diana desde una distancia de cien metros. Sin embargo, los habitantes de la aldea eran gente inculta y le consideraban un gran héroe.
-¡Jamás se ha visto cosa igual! -comentaban entre sí. Este joven llegará a ser amigo personal del emperador.
-Más que eso -decían otros. Los dioses se disputarán tenerle a su servicio.
Comenzaron a llamarle, pues, el arquero maravilloso. El joven se sintió profundamente halagado. Ahora miraba a todo el mundo por encima del hombro, porque pensaba que era el hombre más capaz de todo el reino.
-No seas tan orgulloso, hijo mío -le aconsejaba su madre. Las personas engreídas son las que más sufren, porque el ser más insignificante puede ponerlas en ridículo.
-No será mi caso -respondía, ofendido, el joven. No hay nadie que pueda hacer lo que hago yo.
Un día recorrió toda la aldea gritando:
-¡Si queréis ver algo portentoso, acudid a la plaza del mercado!
Como era ya atardecido y hacía mucho calor, todos los aldeanos se dirigieron a ella. El joven había colocado la diana a doscientos metros. En la mano llevaba tres flechas. Satisfecho de su éxito, se movió entre la gente, diciendo:
-Antes, porque clavaba una flecha en el centro de la diana desde una distancia de cien metros, me llamabais el arquero maravilloso. ¿Cómo vais a llamarme a partir de hoy, que voy a clavar tres desde doscientos?
Todos dejaron escapar una exclamación de asombro.
-Eso es imposible -decían unos. Nadie jamás ha hecho una proeza semejante.
-Ni los dioses poseen una puntería igual -comentaban otros.
El joven entonces tomó su arco y..., zas, clavó una flecha en todo el centro. Los aldeanos aplaudieron, emocionados.
-Esperad. Aún no lo habéis visto todo -decía el joven, complacido. He dicho tres, tres flechas.
De nuevo tomó su arco y..., zas, tampoco falló.
-¡Asombroso! -decían todos. Este joven posee una vista más certera que la de un águila.
Cuando clavó la tercera, aquello fue el delirio. Hasta las doncellas aplaudían, olvidando su recato. El joven estaba tan contento que incluso hizo una reverencia. Entonces pasó la vista por todos los que le rodeaban y observó que solamente un viejo no aplaudía.
-¿Por qué no aplaudes tú? -le preguntó el joven con descaro. ¿No te ha parecido buena mi técnica?
-Tu técnica es excelente, muchacho -contestó el viejo. Pero lo que tú haces no tiene nada de particular.
-¿Cómo que no tiene nada de particular? -volvió a preguntar el joven. ¿Acaso tienes tú una puntería tan buena como la mía?
-Exactamente -replicó el viejo-. Mis ojos están ya cansados y mis manos a veces tiemblan, pero mi puntería es mejor que la tuya.
El joven entonces le puso el arco en las manos y dijo:
-Ahí tienes la diana. Haz lo que acabo de hacer yo. El viejo lo rechazó, sonriendo:
-Yo no sé usar un arco. Jamás he tenido uno en mis manos. Seguro que no daría en la diana ni a diez metros de distancia.
Cuando oyeron esto. todos los campesinos comenzaron a gritar:
-¡Basta de fanfarronadas! No sabes distinguir una flecha de un arpón y vienes con el cuento de que tienes una puntería excelente.
El viejo esperó a que todos se callaran. Después añadió:
-Os la demostraré. Traedme treinta mesas, mil litros de aceite de cacahuete, una botella de cuello corto y una moneda de cobre.
A regañadientes le dieron cuanto pedía. El viejo colocó la moneda en la botella y se subió a las mesas. Desde allí dijo:
-Bien sabéis que el agujero que hay en las monedas de cobre es muy pequeño. Pues bien. Desde esta altura voy a pasar por él estos mil litros de aceite. Por cada gota que se derrame, me daréis diez latigazos.
-¡No queremos maltratar a un anciano! -gritaron. Si no haces lo que dices, bastante tendrás con tu deshonra.
-Como queráis -dijo el viejo. Aun así, yo insisto en los azotes -y empezó a arrojar el aceite.
El silencio era absoluto. Todos estaban pendientes de sus manos. Su pulso parecía firme. Cuando llevaba vertidos cuatrocientos cuarenta y cuatro litros, el joven empezó a ponerse nervioso.
-¿Qué pasará si hace lo que ha dicho? -preguntó a sus amigos. Quedaré en ridículo y nadie volverá a respetarme.
-Estáte tranquilo -le respondieron. Mil litros son muchos y treinta mesas, una altura muy alta.
-Por eso mismo -volvió a decir el joven.
Entonces, como quien no quiere la cosa, se acercó a las mesas y golpeó la primera. El viejo se tambaleó en la altura.
-No te preocupes por mí -dijo, calmado. Estoy acostumbrado a que me muevan, mientras hago lo que estás viendo.
El joven estaba tan avergonzado que se retiró a donde nadie le viera. Sólo volvió a aparecer, cuando el anciano terminó los mil litros.
-Ya está -dijo, sonriendo. Ahora bajadme, porque como soy viejo, tengo el paso inseguro.
Todos se lanzaron sobre la moneda. ¡Ni una sola gota de aceite la había salpicado!
-Ciertamente hacer esto exige una puntería mayor que clavar tres flechas en una diana a doscientos metros.
-Y, además, moviéndole -dijeron otros. ¡Declarémosle el hombre con más vista de todo el reino!
Pero el viejo no quería aceptar honores. Se sentó en la última mesa y dijo:
¿Qué tiene esto de especial? Cualquiera que practique todos los días puede llegar a hacerlo mejor que yo.
-¡No te quites méritos! -gritaron unos jóvenes. Tu puntería es única.
Y todos, hasta el arquero derrotado, aplaudieron entusiasmados.
-Os lo digo de verdad -prosiguió el viejo. Durante más de cincuenta años he sido vendedor de aceite de cacahuete. Lo que acabáis de ver lo he hecho más de mil veces. ¿Qué hay de extraordinario en ello? Adquirir una técnica no es nada. Lo difícil es perfeccionarla cada día un poco más.
Así pues, al joven se le cayó la cara de vergüenza1. Se escabulló entre la gente y regresó a su casa. Cuando estaba recogiendo sus ropas, entró su madre en la habitación y le dijo:
¡Pobre hijo mío! Acabas de descubrir lo vacuo que es el orgullo y lo fatua que es la soberbia. ¡Espero que no hayas sufrido mucho!
El joven no dijo nada y abandonó la aldea. Diez años estuvo ausente. Por fin regresó una tarde. Se notaba que era un hombre distinto: ya no despreciaba a nadie.
-¡Pobre muchacho! -dijeron muchos al verle. Le destrozó la lección que le dio el vendedor de aceite.
En esto tres águilas surcaron el cielo. El joven tomó su arco y con una sola flecha las atravesó a las tres.
-¡Asombroso! ¡Este joven es un portento! -volvieron a exclamar los aldeanos. No nos equivocamos al llamarle el arquero maravilloso.
El joven no se volvió a recibir los aplausos. Llevaba grabadas en su corazón las palabras del viejo vendedor de aceite.
En sus manos la técnica del arco llegó a ser tan perfecta que nadie después fue capaz de igualarle.

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1 Literalmente. «perdió la cara». Para un oriental la cara es la concreción de toda la personalidad social. Su pérdida. por razones deshonrosas o de simple mala suerte, supone. por tanto la desaparición de tal identidad, lo que inevitablemente le lleva o bien al suicidio, o bien a una venganza implacable.

El arbol del dinero

La aldea estaba cerca de las montañas. Eran altísimas y llenas de barrancos y despeñaderos. Algunos decían que las habitaban extraños monstruos que devoraban a la gente. Los jóvenes hermanos Hwang no lo creían, pero nunca se acercaban a las cumbres. Un día, mientras araban sus campos, un caminante les pidió agua.
-Pareces muy cansado -le dijo Hwang-Si, el hermano más pequeño. Quédate en nuestra casa y recupera las fuerzas.
-No puedo -respondió el caminante. Si no continúo mi camino, es posible que florezca el árbol del dinero y yo haya hecho en balde este viaje.
-¿El árbol del dinero? -preguntó Hwang-Dung, el hermano mayor.
Entonces el caminante les contó que en aquellas montañas detrás de la aldea existía, en efecto, un árbol del dinero. Si se le movía una vez, dejaba caer monedas de bronce; si dos, de plata, y si tres, de oro. Florecía una vez cada diez mil años y sus poderes sólo duraban tres días.
-zY cómo sabes tú que ahora está a punto de florecer? -preguntó Hwang-Si.
-Lo dicen las estrellas -respondió el caminante. Ahora brillan con más fulgor.
Hwang-Dung le suplicó que le llevara consigo, pero el caminante le rechazó, diciendo:
-Eres demasiado joven y todavía no conoces el valor del dinero. No sabrías qué hacer con él.
Desde aquel día Hwang-Dung soñó con el árbol del dinero. Hablaba de él a todo el mundo y se pasaba las horas rnuertas mirando a las montañas.
-¿Por qué no me ayudas? Los campos están en sazón y yo necesito tus manos. No puedo recoger la cosecha yo solo -le dijo un día su hermano.
-¡Trabajar! ¡Sólo piensas en trabajar! -refunfuñó él. ¿Para qué sudar en los campos, si uno puede hacerse rico con el árbol del dinero?
-Eso son sueños..., sueños de pobre -replicó Hwang-Si, y le alargó una hoz.
Sin embargo, una mañana el pico más alto comenzó a emitir unos reflejos extraños. Tan pronto parecían de cobre como de plata u oro.
-¡Es el árbol del dinero, que ha florecido! -se dijeron los aldeanos y partieron hacia la cumbre.
Hwang-Dung quiso seguirlos, pero le retuvo su hermano, diciendo:
-Mientras no terminemos la cosecha no te moverás de casa. Me lo prometiste por nuestros antepasados. No puedes volverte atrás.
-Está bien -respondió Hwang-Dung, malhumorado.
Y trabajó tan duro que aquella misma noche estaba recogido todo el grano. Entonces partió hacia la montaña.
-Espérame -le dijo su hermano. Iré contigo.
-Así que a ti también te gusta el dinero, ¿eh? -preguntó, satisfecho, Hwang-Dung. Ya sabía yo que en el fondo tú eras como los demás.
Pero la verdad era que Hwang-Si no quería dejar solo a su hermano.
«Si muere en esas cumbres -se dijo, no podría soportarlo. Me moriría de pena.»
No había supuesto mal. El camino era muy peligroso. En los barrancos se veían cuerpos de aldeanos que no habían sabido escalar las empinadas laderas. A veces se oían gritos horribles y no se veía ningún pájaro.
-¡Vaya! Parece que tenían razón los que afirmaban que aquí había monstruos. iY nosotros nunca quisimos creerlo! -decía, arrepentido, Hwang-Si.
-No hables tanto y sigue caminando -le regañó Hwang-Dung. El árbol del dinero sólo está al alcance de los fuertes. Los monstruos son un obstáculo más.
Pero tuvieron suerte. Durante dos días anduvieron por laderas escarpadas y no se toparon con ninguna fiera. No obstante, Hwang-Si estaba inquieto.
-Vámonos a casa. Si en verdad existe ese árbol, habrá perdido ya sus poderes. Llevamos dos días en estas montañas y él sólo florece tres.
Hwang-Dung le miró enfadado.
-iSi no hubiéramos perdido tanto tiempo en los campos, nuestras posibilidades de dar con él hubieran sido mayores!
Estaban rendidos y decidieron pasar la noche debajo de un árbol de ramas tan débiles como el bambú.
Hwang-Dung refunfuñó:
-¿Estás loco? ¡Ese árbol está raquítico! ¿Por qué no buscamos otro mejor?
Hwang-Si, calmado, respondió:
-Si hacemos eso, seremos pasto de las fieras. Aquí no nos buscarán.
-Tienes razón -volvió a decir Hwang-Dung y se arrepintió de haber sido tan rudo con su hermano.
A la mañana siguiente estaban recogiendo todas sus cosas, cuando una moneda de oro le dio a uno en la nariz.
-¿Qué es esto? -preguntó, malhumorado. ¿Todavía tienes ganas de gastarme bromas?
Pero Hwang-Si no sabía explicarse de dónde había salido aquella moneda. Entonces levantaron la vista y descubrieron que, sin saberlo, habían pasado toda la noche bajo el árbol del dinero.
-¡Es asombroso! -dijo Hwang-Dung y comenzó a sacudir el árbol.
Las monedas de cobre eran tan abundantes que podría hacerse una campana con ellas.
-Es suficiente. No muevas más el árbol -le aconsejó Hwang-Si. Con este dinero podremos vivir holgadamente todo lo que nos queda de vida.
-No seas tonto -replicó Hwang-Dung, entusiasmado. Esto es sólo cobre -y sacudió el árbol dos veces con todas sus fuerzas.
Tal como les había dicho el caminante, al punto comenzaron a caer monedas de plata. Eran grandes como guijarros y cada una debía de pesar diez kilos. Los dos hermanos estaban maravillados.
-Déjalo ya -volvió a decir Hwang-Si. Con esta plata harás ricas a cinco aldeas como la nuestra. ¿Para qué quieres más dinero?
Pero Hwang-Dung se había dejado llevar por la avaricia, y respondió:
-¿Quién puede conformarse con la plata, teniendo el oro al alcance de los dedos?
Entonces sacudió el árbol con tal fuerza que a punto estuvo de arrancarlo de cuajo. Inmediatamente comenzaron a caer cantidades enormes de oro. Esta vez no eran monedas, sino pesadas rocas. Como Hwang-Dung estaba debajo del árbol, le sepultaron y murió allí mismo.
-Te lo advertí. ¿Por qué no me hiciste caso? -dijo Hwang-Si, llorando.
Pero no pudo recuperar su cuerpo. Tuvo que echar a correr, porque las rocas de oro empezaron a rodar por la pendiente. Parecía como si le persiguieran. Cuando, a propósito, cambiaba de dirección, el oro le seguía como si fuera un perrillo.
-¡Yo no quiero riquezas! -iba gritando Hwang-Si. ¡Sólo quiero recuperar el cuerpo de mi hermano!
Así, llegaron a la aldea. Las rocas de oro saltaron por encima de las casas y fueron a caer en el campo de Hwang-Si.
-iQué suerte! -decían los aldeanos. Hemos perdido a muchos de nuestra familia, pero este joven nos ha traído la riqueza a todos.
Cogieron picos y se dirigieron en seguida al campo sobre el que se había detenido el oro. Pero, al llegar, no encontraron ni una sola pepita.
-¿Qué has hecho con todo el oro que había en este campo? -preguntaron a Hwang-Si. Desde luego es tuyo, pero esperábamos que te apiadaras de nuestra pobreza y nos dieras un poco.
-Os lo regalo todo -dijo el muchacho, llorando. Por su culpa perdió mi hermano la vida en las montañas y ahora no puedo recuperar su cuerpo.
-Dejémosle tranquilo -se dijeron los aldeanos. Lo más seguro es que haya enterrado todo el oro en el campo.
Los más avariciosos tomaron, pues, los picos y empezaron a cavar. Entonces encontraron unos granos dorados que no habían visto nunca.
-Es el oro, que se ha transformado en pepitas pequeñas -dijeron algunos.
Pero los granos se transformaban en harina blanca, al molerlos con dos piedras, y los llamaron maíz.
A partir de aquel día toda la aldea los cultivó con esmero. Como la tierra era fértil, obtuvieron tres cosechas al año y se las vendieron a los pueblos vecinos.
La aldea prosperó tanto que se convirtió en una gran ciudad. En ella no había pobres ni mendigos, porque todos habían descubierto el valor del trabajo.
-¿Para qué soñar con oro, cuando el cuerpo humano tiene dos brazos, que son las ramas del árbol del dinero?
Y recordaban al joven Hwang-Dung, que había muerto, víctima de su avaricia, en las montañas.

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El acusado listo

Chen-Shr-Shan había sido tan pobre que ni ropa llegó a tener. Pero trabajó duro en su juventud, y ahora poseía un caballo. Con él transportaba mercancías de una parte a otra, y así se ganaba la vida. En realidad, se trataba de un buen negocio, porque ahora tenía una casa y a sus hijos no les faltaba de nada.
Un día, el hombre más rico de su aldea se fue a vivir a la ciudad y le encargó que le llevara sus cosas a su nuevo domicilio. Eran muchas. y el caballo, más que animal, parecía dragón enjaezado.
-No puedo llevártelas todas de un viaje -dijo Chen-Shr-Shan. Es demasiado peso para un solo caballo.
Pero el hombre montó en cólera y le amenazó, diciendo:
-Si no lo tengo todo en mi nueva casa dentro de tres días, no te pagaré.
Así que Chen-Shr-Shan tuvo que agachar la cabeza y aceptar sus condiciones.
-Está bien -dijo, resignado. Pero yo tendré que hacer el camino a pie, porque este caballo, cuando está muy cansado se pone como una fiera.
Esa misma noche abandonó la aldea y se dirigió a la ciudad. Caminó durante toda la noche. A la salida del sol descansó un poco, pero en seguida reanudó el camino.
-Es penoso transformar a un caballo en una bestia de carga -se dijo con el corazón oprimido. Pero este es mi negocio, y en casa me esperan unas cuantas bocas que alimentar.
Sin embargo, pronto lamentó haber aceptado ese encargo. El día resultó tan caluroso que hasta las piedras se derretían. Entonces vio un árbol con mucha sombra, y ató en él al caballo.
-Por lo menos que descanse el animal un poco, ya que es él el que hace todo el trabajo -y se marchó a buscar agua.
Al regresar vio acercarse a un hombre montado en un burro. Era de su misma aldea, y Chen-Shr-Shan le saludó con afecto.
-Si quieres agua -le dijo, aquí cerca hay un arroyo. Estoy seguro de que el burro te lo agradecerá.
Pero el hombre no le respondió, porque también él se dedicaba al transporte, y Chen-Shr-Shan tenía siempre más clientes. Sin hacerle caso, se bajó del burro y fue a atarle bajo el mismo árbol que el caballo.
-No hagas eso -le aconsejó Chen-Shr-Shan. Cuando mi jamelgo está muy cansado se transforma en una fiera.
-¿Acaso es tuyo ese árbol? ¡La sombra es de todos!
Pero, mientras discutían inútilmente, el caballo de Chen-Shr-Shan empezó a dar coces al burro y le mató.
-¿No te lo advertí? -dijo, apesadumbrado, Chen-Shr-Shan. Ahora tu burro está muerto y ya no tendrás con qué alimentar a tu familia.
Pero el hombre le tenía tanta envidia que sólo deseaba su ruina. Agarró una cuerda y le ató, como si fuera un criminal.
-¡Te llevaré ante el juez! -gritaba, fuera de sí. Has intentado arruinar mi negocio, así que voy a acusarte de ladrón.
Entonces se montó en el caballo de Chen-Shr-Shan.
-Ten cuidado -le advirtió éste-. A mi caballo el peso le vuelve loco.
Aún no había terminado de hablar. cuando el animal dio un salto y el hombre cayó por tierra.
-Si a esta bestia tuya no le gusta llevar peso -dijo con rabia, tú serás el que cargue con todo.
Y empezó a tirar al suelo lo que llevaba el caballo. Aunque tenía las manos atadas, Chen-Shr-Shan lo recogió todo y lo cargó sobre sus espaldas. Así recorrieron varios kilómetros. Por fin, llegaron a un pueblo, y la gente le preguntó sorprendida.
-¿Por qué vas tú tan cargado mientras tu amo cabalga sin nada a lomos de un caballo?
-Estáis equivocados. Ese hombre sin entrañas no es mi amo. Entonces los habitantes del pueblo se encararon con él diciendo:
-¿Te parece bien llevar así a quien ni siquiera es tu esclavo?
-Decís bien -respondió el hombre, porque éste que veis aquí es uno de los ladrones más peligrosos que hay en toda esta comarca.
Los campesinos cogieron palos y, sin pensárselo dos veces, empezaron a dar una paliza a Chen-Shr-Shan.
-¿Por qué hacéis eso? -protestó, desesperado. Yo soy tan honrado como vosotros.
Pero nadie hizo caso de sus gritos. Sólo dejaron de atizarle cuando uno de ellos dijo:
-No le matéis. En realidad no sabemos si este hombre es un ladrón o no. Sin embargo, si le decimos al juez que nos ha robado todo nuestro grano hará que nos lo devuelva, y así tendremos una cosecha doble.
-Tienes razón -dijeron todos los campesinos y, para no dejar escapar tan buena ocasión, decidieron ir también ellos a la ciudad.
Justamente a sus mismas puertas les salió al encuentro el cliente de Chen-Shr-Shan. Estaba impaciente, porque habían pasado ya dos días y creía que había perdido para siempre todas sus cosas. Al ver a Chen-Shr-Shan se echó a reír, y le preguntó:
-¿Qué haces con todo eso a tu espalda? ¿Acaso has perdido la razón y piensas que eres un caballo?
Pero el hombre y los campesinos le aconsejaron:
-Es mejor que no hables con él. Es el ladrón más peligroso de todo el reino. Agradécenos que le hayamos pescado con todo lo tuyo antes de que lo vendiera.
El cliente sabía que Chen-Shr-Shan era una persona honrada. Pero, como también él era muy avaro, se dijo: «Si le acuso de ladrón, no tendré que pagarle nada por el porte», y los acompañó al palacio del juez.
Allí expusieron todos a la vez sus quejas. El juez no sabía de qué iba el asunto, porque tanto el hombre como los campesinos y el juez querían ser atendidos los primeros.
«Seguro que este hombre no tiene mucho dinero -pensaba cada uno de ellos. Si dejamos que otros sean indemnizados antes que nosotros, lo más probable es que no nos llegue ni una moneda de cobre.»
Como era imposible, pues, escuchar a tanta gente, el juez se volvió a Chen-Shr-Shan.
-¿Se puede saber qué es lo que tienen contra ti todos éstos? -preguntó con impaciencia.
Pero Chen-Shr-Shan se puso a mirar al techo e hizo como si no hubiera oído la pregunta. El juez no sabía a qué atenerse.
-¡Este es un juicio de locos! -comentó con los alguaciles. Los acusadores no paran de hablar y el acusado es sordomudo.
Entonces, el hombre logró hacerse oír por encima de toda aquella algarabía y dijo:
-No le creáis. Este hombre habla y oye tan bien como vos y yo.
Los demás lo corroboraron. Pero el juez estaba harto de aquel alboroto y gritó furioso:
-¡Vuestro turno ha terminado! ¿Acaso creéis que yo estoy aquí para someterme a vuestros caprichos?
Y no volvió a oírse más voz que la suya. Con increíble paciencia interrogó a Chen-Shr-Shan. Pero éste continuó fingiendo ser sordomudo y no dijo ni media palabra. Así transcurrieron quince días. Al decimosexto, el cliente se dijo:
«Si sigo aquí no podré dedicarme a mis negocios y perderé más dinero que el que pensaba ganar», y abandonó la sala de audiencias.
Lo mismo les ocurrió a los campesinos y al hombre. Todos se fueron marchando poco a poco, y al final sólo quedó Chen-Shr-Shan.
-No hay razón para continuar este juicio -declaró el juez. Los acusadores han renunciado a su derecho.
Entonces Chen-Shr-Shan abrió la boca por primera vez y contó todo lo ocurrido. Los alguaciles soltaron la carcajada. Pero el juez alabó su astucia y le nombró ayudante suyo.
-Sólo quien conoce el valor del silencio -dijo- puede tomar decisiones justas.
Y desde aquel día le consultó en todos los pleitos que le expusieron.

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El accidente de las botas

El señor Dhzang tenía un millón de monedas de oro, pero vivía miserable-mente. Siempre vestía las mismas ropas y comía como un mendigo. Pero la gente le conocía por sus botas. Habían sido remendadas mil veces. Sus suelas fueron haciéndose, pues, cada vez más altas, hasta que, finalmente, llegaron a medir treinta centímetros.
-Cualquier día te vas a caer de ellas -le reprendía su amigo Wang-San. No comprendo cómo. teniendo tanto dinero, puedes vivir con semejante miseria.
-Las botas se pueden arreglar -respondía el señor Dhzang. ¿Para qué gastar diez monedas de cobre en otras nuevas, si éstas aún me valen?
El millonario no veía que el dedo gordo le salía por delante y que, más que unas botas, lo que calzaba era una extraña mezcla de zapatos, sandalias y chinelas.
-Tendré que regalarte yo unos zapatos nuevos -le decía Wang-San, y se marchaba, apenado, a su casa.
-¿Para qué? -se preguntaba el señor Dhzang. No comprendo la obsesión que tienen los pobres con gastar dinero -y se quedaba rascándose, incrédulo, la cabeza.
No es de extrañar, pues, que sus negocios prosperaran. Todo cuanto tocaba el señor Dhzang se convertía en oro. La gente comenzó a llamarle «Tresmillones».
Un día, Tresmillones se levantó de buen pie y se metió en unos baños. El agua estaba tan tibia que casi se quedó dormido. Fue el último en salir de la tinaja. Aunque tuvieron que echarle. Tres-millones se felicitó, diciendo:
-Yo no soy como esos tipos que todo lo despilfarran. Ya ves. Dan dinero por entrar en unos baños y después se marchan en seguida.
Como no había pagado por unas toallas, tuvo que secarse con la mano. Después buscó sus botas, pero no pudo encontrarlas. Recorrió los baños de arriba abajo y todo fue inútil. No estaban.
-Seguro que me las ha robado alguien -murmuró, furioso. Lo lamento, porque eran unas buenas botas.
Pero, cuando se iba a marchar, descubrió cerca de la puerta unos zapatos. Eran nuevos y le sentaban como anillo al dedo.
-¡Es mi número! -se dijo, alborozado. Seguro que Wang-San me ha comprado estos zapatos y se ha llevado mis botas. ¡El muy bribón! ¡Con el cariño que yo les tenía!
Así, contento como un niño, Tresmillones se marchó a su casa. Pero a la mañana siguiente fue a buscarle la justicia.
-¿Qué he hecho yo? -preguntó, alarmado. ¿Acaso no pago los impuestos regularmente? ¿Qué más quiere el señor gobernador?
-Sí. Estos son, en efecto, mis zapatos -dijo un hombrecillo iracundo que acompañaba a los guardias.
-¿Tus zapatos? Debes estar soñando, buen hombre -replicó Tresmillones. Estos son míos. Me los ha regalado mi amigo Wang-San.
Pero el hombrecillo insistió tanto que, al final, le llevaron ante el juez.
-¿Tú por aquí? -le preguntó en tono socarrón.
El hombrecillo no dejó que entraran en conversación.
-Posiblemente ustedes sean amigos, pero este hombre me ha robado mis zapatos nuevos y me ha dejado estas botas estropeadas.
Tresmillones se quedó de una pieza.
-¿Es eso cierto? -preguntó, severo. el juez, y Tresmillones contó lo que había ocurrido.
El juez soltó la carcajada, pero en seguida añadió:
-Pedir perdón no es suficiente. Como castigo, indemnizarás a este hombre con doscientas mil monedas de plata.
-¿Doscientas mil? -preguntó, incrédulo Tresmillones. Pero hubo de acatar la sentencia.
Con las botas en la mano caminó, cabizbajo, hacia su casa. Antes de llegar, había un puentecillo y las tiró por él, diciendo:
-Bastante dinero me habéis costado. No os agradezco ni uno solo de los inviernos que habéis protegido mis pies. Vuestro lugar es el arroyo.
Pero a los diez minutos se presentó en su casa un hombre con sus botas. Estaba airado, pero Tresmillones gritó más fuerte que él:
-¿Cómo te atreves a devolverme estas malditas botas? ¡No las quiero! Yo mismo acabo de tirarlas por el puente.
-¡Así que lo admites! Muy bien. Mejor así. Vengo a que me des trescientas mil monedas de bronce -anunció, satisfecho, el hombre.
Tresmillones estaba lívido de furor.
-¿Y por qué habré de darte yo tanto dinero? -preguntó.
-Pues porque yo soy un pescador, y estaba pescando tranquila-mente debajo del puente cuando, de pronto, estas botas cayeron encima de mis redes y me las destrozaron.
El hombre, en efecto, sacó unas redes tan agujereadas que ya no servían para nada. Pero Tresmillones se negó a pagarle, diciendo:
-¿Y quién me asegura a mí que es verdad lo que dices? Lo más seguro es que esas redes estuvieran rotas antes de que yo tirara mis botas.
El hombre llamó a la justicia y de nuevo compareció Tresmillones ante el juez.
-¿Otra vez por aquí? -le preguntó. Bueno. Veamos qué es lo que ha ocurrido esta vez -y el pescador relató punto por punto lo sucedido.
El juez meditó durante unos segundos y dijo:
-Me parece justo lo que pide este hombre. Como, además, vive de la pesca y hoy no podrá salir a faenar, le darás cien mil monedas más.
-¡No puede ser! -protestó Tresmillones. Estáis abusando de mí porque sabéis que soy un hombre rico.
Pero, al final, tuvo que pagar lo dictado por el juez.
Estaba tan abatido que aquel día no comió. Toda la tarde la pasó contando monedas. Cuando llegó a las ochocientas mil cuatrocientas catorce, se dijo:
-Estas botas me han traído la desgracia. Las quemaré y así no me causarán más problemas.
Pero estaban mojadas y, como eran tan grandes, apagaban el fuego.
-No importa -continuó diciendo. Las pondré a secar en la ventana y esta noche, cuando regrese, las quemaré.
Así lo hizo. Las colgó de una cuerda y salió a ganar dinero. Cuando, al atardecer, volvió a su casa, se encontró con que un enorme gentío se había reunido bajo su ventana.
-¿Qué pasa aquí? -preguntó, pensando que el emperador le había nombrado consejero.
-Parece ser que una bota ha matado a un niño -respondió una mujer-. Y estamos esperando a que vuelva su dueño.
En cuanto vieron a Tresmillones se abalanzaron sobre él para lincharle. Fue afortunado que en aquel mismo instante pasara la justicia por su calle.
-¿Qué culpa tengo yo de que el niño muriera bajo mi ventana? -protestó con energía Tresmillones. La muerte acecha en todos los sitios.
-Sí, pero fue tu bota la que le abrió el cráneo -dijo uno de los testigos.
-¡Imposible! -volvió a gritar Tresmillones. Mi bota estaba bien atada de una cuerda.
-Quizá sí -replicó el testigo. Pero tu perro empezó a saltar y la bota cayó a la calle.
El juez no quiso indagar más. Se levantó y dijo:
-Pagarás un millón de monedas de oro a los padres del niño y, si vuelves a aparecer por aquí, te encerraré para siempre en la cárcel.
Tresmillones no protestó esta vez. Estaba apenado porque, por su culpa, había muerto un niño. Pagó lo que se le pedía y salió del patio de audiencias. Entonces se dio cuenta de que llevaba las botas en la mano y regresó corriendo al tribunal.
-¿Qué quieres ahora? -le preguntó el juez. ¿No acabo de decirte que no quería verte nunca más?
-Ciertamente -respondió Tresmillones. pero quiero que encierres a estas botas.
-¿Estás mal de la cabeza? ¿Cómo voy a meter a unas botas en la cárcel?
-Pues porque si siguen conmigo -volvió a responder Tresmillones- no tendré dinero con qué indemnizar a sus víctimas y seré yo quien me pudra en prisión.
El juez sonrió y accedió a su ruego. A Tresmillones no le quedaba ya ni una moneda de cobre.

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El abanico valioso

El joven Chen-Shao vendía pescado en el mercado. Su negocio era muy pequeño y apenas le daba para vivir. Pero lo que más le preocupaba era que, a causa de su pobreza, ninguna mujer quería casarse con él.
-No te preocupes -le consolaba su madre. Aún eres muy joven y a las muchachas les caes bien.
Eso era verdad. Chen-Shao era alto y apuesto y todas las doncellas soñaban con él. Sin embargo, sus padres las desanimaban, diciendo:
-La juventud pasa pronto. ¿Qué podrá ofrecernos ese muerto de hambre cuando tenga treinta años? -y ninguna se atrevía a casarse con él.
Un día llegó a la tienda de su padre el jefe de los pescadores. Venía malhumorado y traía en la mano una larga lista de papel.
-Aquí está apuntado todo lo que me debes, viejo Chen. Con esto podría forrarse un barco entero. No volveremos a servirte pescado hasta que no nos pagues.
-Si haces eso, mi familia se morirá de hambre -protestó el viejo.
Entonces Chen-Shao se acercó al jefe de los pescadores y le dijo:
-¿Me aceptarías en tu barco a cambio de lo que te debe mi padre?
El pescador vio que tenía buenos músculos y no puso ningún inconveniente.
Mañana, antes de que el sol apunte en el horizonte, deberás estar en la playa.
Pero Chen-Shao tuvo muy mala suerte. En su primera salida a la mar el barco se partió en dos y se hundió. Chen-Shao se agarró a una tabla y dejó que le arrastraran las olas.
-Me llevará a la costa. Estoy seguro. Tarde o temprano todas las olas viene a romper en el litoral.
Sin embargo, la resaca era grande y le alejó cada vez más de la playa. Pasó todo el día en la mar. Al anochecer estaba tan rendido que ni fuerzas tenía ya para seguir agarrado a la tabla. Entonces vio una pequeña luz a lo lejos y volvió a renacerle la esperanza.
«Donde hay luz hay vida», se dijo, y comenzó a nadar con todas sus fuerzas.
En efecto, pronto se encontró en la playa de lo que parecía ser una isla. Levantó la cabeza y vio la luz que le había guiado hasta allí. Era más débil de lo que había supuesto.
-Debe ser una casucha. Si logro llegar hasta ella, me darán de comer.
Pero la luz parecía moverse. Chen-Shao caminó durante tres horas y no pudo alcanzarla. Entonces cayó en la cuenta de que era la luz de un candil.
-Así que quieren que los siga, ¿eh? Pues los seguiré y averiguaré quiénes son y qué desean de mí.
Chen-Shao pensaba que querían gastarle una broma y estaba furioso. El candil se metió, por fin, en una casa que se elevaba en una colina. Desde ella podía verse toda la isla. Era pequeña. con espléndidas playas de una arena resplandeciente.
«Es extraño -pensó, pero este lugar me recuerda a una gran concha nacarada.»
Entonces se puso a mirar por las ventanas de la casa. Estaba vacía. Pero él había visto una luz y tenía que dar con las personas que le habían conducido hasta allí.
«¡Nadie se ríe de Chen-Shao!», se dijo orgulloso, y subió al primer piso.
Abrió una puerta y se encontró con una doncella que estaba bordando. Durante unos segundos no supo qué decir. La muchacha le sonrió y dijo:
-Menos mal que has llegado. Te llevo esperando desde hace mucho tiempo.
-¿A mí? -preguntó extrañado, Chen-Shao. ¿Cómo puedes haber estado esperándome, si no nos conocemos? Una lástima, porque eres en verdad muy hermosa.
La muchacha se ruborizó y añadió:
-Tú a mí quizá no me hayas visto nunca. Pero yo hace ya muchos años que te conozco a ti.
Entonces le confesó que su padre era el dios del mar y que a veces cabalgaba sobre una ola hasta su casa y se quedaba contemplándole mientras dormía. Chen-Shao pensó que todo era un sueño. Pero a la mañana siguiente comprobó que la muchacha y la casa existían de verdad.
-¿Cómo has podido dudar de ello? -le preguntó la doncella. ¿Tan hermosa me encontraste que pensaste que sólo podía existir en los sueños?
Chen-Shao se puso rojo como el atardecer.
-Cuanto te he dicho es verdad -continuó la muchacha. Mi padre es el emperador del mar. Me cedió esta isla porque yo se lo pedí. Ahora bien, tú no abandones esta habitación, porque no sabe que te escondo aquí y, si lo descubre, es capaz de matarte.
-Por ti -respondió Chen-Shao, prendado de su bellezapodría vivir en el reducido espacio de una concha, sin echar de menos nada.
Así transcurrieron diez meses. Un día la muchacha le dijo:
-Hoy es el cumpleaños de mi tía. Quisiera quedarme contigo, pero tengo que ir a felicitarla. Si no lo hago, mi padre registrará esta casa y te encontrará.
Chen-Shao se puso muy triste, porque se había acostumbrado a la presencia de la joven.
-Estaré de vuelta esta misma noche -le consoló la doncella. Si te aburres, puedes abrir la ventana del norte, la del sur y la del este. Pero la del oeste, no.
Entonces sacó una espada hecha de madreperla y la colgó de la pared.
-Si te ataca algún ser extraño -añadió, di simplemente esto: «Espada mágica, corta a este monstruo la garganta», y te protegerá.
Después salió volando por la ventana. Chen-Shao la vio montar en un caballo con alas y pronto se confundió con el viento.
La mañana pasó rápida, pero las horas de la tarde se le hicieron muy pesadas.
-Es triste y larga la espera -se dijo. Abriré la ventana del norte, para que el tiempo vuele con la presteza del pensamiento.
Toda la belleza de la tierra se hizo presente a sus ojos. Estaba contenida en la angostura de aquella ventana. Pero Chen-Shao seguía pensando en la doncella.
-¿De qué vale la tierra y sus maravillas, si no se tiene al lado a quien se ama?
Y abrió la ventana del sur.
Todas las aves y cuanto contienen los cielos aparecieron ante su vista. Jamás ojo humano había contemplado tan sin par belleza. Pero Chen-Shao abrió, aburrido, la boca y dijo:
-¿Qué pueden esconder los aires que no guarde dentro de sí un corazón que ama?
Y por tercera vez abrió una ventana: la del este.
Contenía todas las riquezas del mar, pero Chen-Shao tampoco se sintió atraído por sus maravillas. Suspiró y dijo, conteniendo a duras penas sus lágrimas:
-Mis ojos están ciegos, porque les falta la presencia de mi amada.
Después, olvidándose de lo que le había dicho la doncella, abrió la ventana del oeste. Chen-Shao se quedó perplejo. No se veía nada especial desde ella. Pero, al asomarse, le descubrieron dos extrañas criaturas que estaban charlando sobre una barca.
-¿Has visto? -preguntó una de ellas. Hay un intruso en la habitación de la hija de nuestro señor.
-Sí -replicó la otra. Atrapémosle y démosle su merecido.
Entonces Chen-Shao se acordó de la espada y dijo:
-Espada mágica, corta a este monstruo la garganta.
Al punto la espada cobró vida. Voló por los aires y degolló a las dos extrañas criaturas. En ese mismo instante la doncella tuvo la corazonada de que algo iba mal.
-¿Te ocurre algo? -preguntó, preocupada, su tía. Jamás te había visto tan blanca.
-No es nada -respondió la doncella. Me encuentro perfectamente. Quizá sea el calor.
Entonces la tía abrió un pequeño cofre de coral y sacó un abanico.
-Toma -dijo, sonriendo. Esto es lo más valioso que poseo. Abanícate con él, pero no te des mucho aire, porque se encresparían las olas.
-Si es así, saldré fuera a tomar el fresco.
Pero la doncella se montó en el caballo con alas, y en menos de tres segundos estaba otra vez en su casa.
-¿Te has vuelto loco? -regañó a Chen-Shao-. ¿Acaso no te advertí que no debías abrir la ventana del oeste? ¿Por qué lo hiciste? ¡Di! ¿Por qué?
Chen-Shao bajó, avergonzado la vista. Estaba triste porque había hecho enfadar a su amada.
Te echaba tanto de menos ijo, sollozando.
La doncella descubrió cuánto amor le tenía y se arrepintió de haberle hablado tan duramente.
-Compréndelo -dijo, secándole las lágrimas. Mi padre montará en cólera cuando se entere de que has matado a sus dos mejores soldados y enviará un ejército entero a capturarte.
Aún no había terminado de hablar cuando todo el mar se cubrió de criaturas extrañas. Venían armados hasta los dientes y cantaban canciones guerreras.
-Me entregaré -dijo Chen-Shao. No quiero que por culpa de mi torpeza muera nadie más.
Entonces la doncella sacó el abanico de su tía y lo movió con todas sus fuerzas. En seguida se levantaron unas olas enormes que arrastraron al ejército del emperador del mar.
-Vamos -dijo la doncella. Hemos ganado una batalla. pero la guerra nunca podremos ganarla.
Se montaron en el caballo con alas y llegaron a la aldea de Chen-Shao.
-Tómame por esposa. Si lo haces, mi padre sabrá que te amo y dejará de perseguirnos.
-Pero yo soy pobre -replicó Chen-Shao.
La doncella sonrió y comenzó a sacudirse los cabellos. En seguida empezaron a caer de ellos perlas, coral y cuantas riquezas encierran los mares.
-¿Creías que iba a casarme contigo sin darte una dote? -preguntó, sin dejar de sonreír. Si te parece poco, mi padre te enviará más.
Pero Chen-Shao no vivió con lujos. Prefirió ayudar a su padre a vender pescado. Nunca más volvió a salir a la mar. Cuando escaseaban los peces, su esposa se iba a la playa y cantaba una extraña canción. En seguida la arena se llenaba de peces.
-¿De qué te extrañas? -preguntaba con ternura. Mi padre es el emperador del mar. Y ésta es su canción preferida.
Y agitaba el abanico para que se encresparan las olas y su tía supiera que aún la recordaba.

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